domingo, 29 de julio de 2012

ES AL ÑUDO QUE LO FAJEN AL QUE NACE BARRIGÓN























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Entre el 8 y 9 de febrero de 1817, el general José Miguel Carrera desembarcaba en Buenos Aires, procedente de los Estados Unidos de América,  adonde se había dirigido por iniciativa propia -sin detentar ningún cargo oficial- y donde había logrado (con engaños, estratagemas y esgrimiendo una inexistente condición de "Comisionado Superior del Gobierno de Chile" -que para peor, por entonces estaba en poder de los realistas-) contratar una escuadra con la cual planeaba ir a Chile para libertarlo definitivamente. Pero inmediatamente de llegar, se enteró de que San Martín (a quien odiaba), con el apoyo y el aval del Directorio (Pueyrredón), había formado un ejército en Mendoza y se aprestaba a batir al poder español en Chile; todo lo cual automáticamente significaba -y Carrera, que de tonto no tenía un pelo, lo sabía perfectamente- que O'Higgins (su gran enemigo) se haría cargo del gobierno en caso de triunfar la expedición argentina sobre los realistas.
Ante ese statu quo, Carrera pretendió convencer a Pueyrredón de que le permitiese zarpar para dirigirse a Chile por el cabo de Hornos en el buque en el que había arribado (la corbeta Clifton, que formaba parte de la flotilla que había contratado en los Estados Unidos de América). Obviamente, a Pueyrredón no se le escapaba que Carrera en Chile, en tanto incansable factor de discordia, representaba un peligro para San Martín y para O'Higgins, y se negó de plano.
El 26 de febrero se supo en Buenos Aires el triunfo de Chacabuco, y que O'Higgins había sido electo Director de Chile, con el apoyo y beneplácito de San Martín y luego de que éste declinara ocupar dicho cargo. Inmediatamente, Pueyrredón, de acuerdo con aquellos, ofreció a Carrera enviarlo a una misión diplomática en los Estados Unidos, lo que el chileno rechazó. Las cosas tornaron a ponerse graves: José Miguel Carrera y sus hermanos Xaviera, Juan José y Luis, entonados por el arribo a Buenos Aires de otro de los buques de la escuadra contratada por el primero en Norteamérica, el bergantín Sauvage; comenzaron a conspirar contra el gobierno chileno, contra San Martín y contra el Directorio, ante lo cual, a mediados de marzo, Pueyrredón ordenó la detención de todos los Carrera: confinó a Xaviera en un convento; a Juan José en el bergantín 25 de Mayo, y a José Miguel en el Belén (después sería trasladado a los cuarteles de Retiro). Luis no pudo ser aprehendido y logró escabullirse y ocultarse, evitando de ese modo la prisión.
A mediados de abril, San Martín está en Buenos Aires y va a ver a José Miguel Carrera, ahora trasladado del Belén, al cuartel de Granaderos, en Retiro. La reunión no fue cordial; fue un encuentro borrascoso: San Martín, lacónico como acostumbraba ser y con helada cortesía no exenta de consideración, le reiteró, en su carácter de general en jefe del Ejército Unido y en nombre de los directores de las Provincias Unidas y Chile, a Carrera el ofrecimiento de designarlo en misión diplomática a los Estados Unidos, acompañado, si quería, por sus hermanos, a quienes se les reconocerían además sus grados militares. Carrera lo tomó como una ofensa, y exaltado, alzando la voz, rechazó en términos descomedidos la propuesta, atribuyéndose, en virtud de la gran popularidad y adhesión de las que se ufanaba contar, la posibilidad de derrocar al gobierno de O'Higgins. San Martín, manteniendo el dominio de sí mismo, le retrucó parcamente que el gobierno chileno ahorcaría en la plaza mayor de Santiago a quien osara desestabilizarlo en tiempos de guerra contra los realistas, y a continuación, girando sobre sus talones, dio por terminada la entrevista diciendo a Carrera aproximadamente estas palabras: "Haga usted lo que le plazca; por mi parte yo sabré, llegado el caso, cumplir con los deberes que el sostenimiento de los gobiernos de las Provincias Unidas y Chile me demanden, en aras de la única causa a la que sirvo: la libertad de la América. Adiós, general".
Era un diálogo de sordos. Carrera, con las entendederas obnubiladas por el empaque de su soberbia, por el odio que en su alma anidaba hacia San Martín y especialmente hacia O'Higgins, y en el delirante afán de servir a su propia ambición desbocada que no reconocía límite alguno; no atinó a comprender que el primero, que sopesaba y ponderaba sinceramente el patriotismo de Carrera y los servicios que Chile le debía, sólo buscaba salvarlo. Y esa fue su perdición. Y también la de sus hermanos.
Pueyrredón hizo llegar a Xaviera pasaportes para ella, Juan José y Luis (que permanecía prófugo hasta ese momento). José Miguel, trasladado nuevamente -a solicitud suya- del cuartel en Retiro, al Belén, logró escapar en una arriesgada acción, pasando a Montevideo en un buque portugués.
El hado de los Carrera sería trágico. Exceptuando a Xaviera, que fallecería ya muy anciana en 1862, en Santiago de Chile; todos los hermanos morirían fusilados en Mendoza: Juan José y Luis el 8 de abril de 1818; y José Miguel el 4 de setiembre de 1821.
La ejecución de Juan José y Luis fue dispuesta por el gobernador de Cuyo, Toribio de Luzuriaga, luego de la instrucción de un juicio sumarísimo a cargo de Bernardo de Monteagudo; y para colmo de la desgracia, como ironía cruel del destino, el oficio a través del cual el propio O'Higgins -a petición de San Martín, que accedía a un ruego de la esposa de Juan José-, requería a Luzuriaga el indulto de los dos hermanos; llegó a Mendoza muy poco después de haber sido éstos fusilados y sepultados. Al enterarse de la condena a muerte y ejecución de los Carrera, el disgusto de San Martín -que llegaba a Mendoza de paso para Buenos Aires luego del triunfo de Maipú- con Monteagudo fue mayúsculo, y apostrofó a éste en durísimos términos; pero ya la calamidad se había consumado. Por su parte, José Miguel, exiliado en Montevideo, al saber la suerte corrida por sus hermanos, juró venganza contra San Martín y O'Higgins. Tratando de lograr ese cometido, y -asociado a Alvear, a la sazón, también exiliado en Montevideo- luego de una campaña de difamación panfletaria contra aquellos, y de participar activamente en la guerra civil argentina, tanto con la montonera ramirista como así también con los ranqueles de Yanquetruz, en la que cometió hechos aberrantes como el malón al pueblo de Salto -con saqueo, incendio, asesinatos a mansalva y rapto de mujeres incluidos-, y otros latrocinios, como la matanza que perpetró en la batalla de Ensenada de las Pulgas; fue batido en Punta del Médano por las tropas del coronel José Albino Gutiérrez, y posteriormente, traicionado por sus propios oficiales, quienes lo entregaron a éste, que lo hizo fusilar el 4 de setiembre de 1821, en el mismo lugar en que habían sido ejecutados sus hermanos Juan José y Luis 3 años antes.
José Miguel Carrera murió con gran entereza y valentía, emitiendo hasta el último momento comentarios despectivos y procaces acerca de los mendocinos y mendocinas que habían concurrido a presenciar su final. Quizá haya tenido algún recuerdo hacia aquel general San Martín a quien él tanto odió, y quien pretendió, con el ofrecimiento que le hizo de una misión diplomática a los Estados Unidos, salvarlo de un destino que se avizoraba para él, trágico. Tal vez..., chi lo sa... 

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 15 de julio de 2012

UNA DUDA DISIPADA























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Con fecha 28 de abril de 2012 escribí un artículo sobre el secretario del general Artigas, fray José Benito Monterroso, titulado "Bolas de fraile"; al cual pueden acceder mediante este ENLACE.
Como podrán observar, en una sección del mismo expresaba yo mi opinión con respecto a la suerte que había corrido Monterroso con posterioridad a la muerte de Francisco Pancho Ramírez, en la provincia de Santiago del Estero cuyo gobierno estaba ya por entonces a cargo del general Juan Felipe Ibarra. 
En cuanto a ese particular, mencionaba en mi opúsculo que la extendida creencia que existía en el sentido de que Monterroso había caído y permanecido por un tiempo prisionero de Ibarra, era errónea e infundada. Y explicaba por qué sostenía tal parecer y en qué basaba mi inferencia.
Con satisfacción puedo afirmar hoy, que en esa oportunidad no me había equivocado y que era acertada mi suposición. Pruebas al canto:
En carta fechada el 28 de julio de 1821, el gobernador de Córdoba (interino, por delegación del titular, que era Juan Bautista Bustos), Francisco Solano Bedoya, le escribía al gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, lo siguiente:

Paisano y amigo:
Por las adjuntas copias que remito a V. se informará de la comunicación oficial que he sostenido con el gobierno de Santiago. Cuando dispersé la fuerza de Ramírez que fue a los límites de esta jurisdicción, no quise introducirme a la de Santiago en persecución de ellos, creyendo equivocadamente que los encargados de la administración, obraran con la buena fe que guía mis pasos, ¡pero cómo me engañaba! El gobernador Ibarra ha dado una acogida y hospitalidad al inicuo Monterroso, que iba con la partida que se le presentó de ciento quince hombres y que ha desarmado, que acaso no se la daría a un aliado, pues le ha alojado en su casa y este fatal genio desplegará desde allí su ferocidad. (...)" (*) (sic) (Negritas y subrayados míos).
(*) Documento obrante en AGN, X-12-5-5, Guerra Civil, Rodríguez, 1821.

Esto despeja cualquier duda que pudiese existir en lo atinente a qué fue lo acontecido a Monterroso luego de muerto Ramírez por la tropa que para combatirlo, había destacado Bedoya desde Córdoba. Taxativamente queda establecido que Ibarra, lejos de tomarlo prisionero; acogió favorablemente al fraile y hasta lo alojó en su propia casa.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 14 de julio de 2012

SIN RUMBO (ESTUDIO)








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vida perra, puta... -rugió Andrés-, ¡yo te he de arrancar de cuajo!... (Eugenio Cambaceres, Sin rumbo)

Eugenio Cambaceres (1843 - 1888) fue un político liberal argentino, que por fuerza de las circunstancias que le tocó vivir y protagonizar, abandonó la política, desengañado y asqueado de ella, y terminó dedicándose exclusivamente a su condición de escritor. 
Su obra más notable y trascendental es su tercer libro: Sin rumbo (Estudio), de 1885, una novela que ha sido encuadrada alternativamente en el naturalismo, en el realismo, en el modernismo y en el positivismo; discusión esa que se mantiene hasta nuestros días, quizá porque no entra del todo en ninguna de esas clasificaciones y a la vez entra en todas, porque de todas incorpora elementos.
Particularmente, me parece una obra profundamente argentina, en tanto se constituye en acabada descripción de la característica distintiva de una época determinada: el hastío y el desespero que afligían las almas de algunos jóvenes (Eugenio Cambaceres, Julián Martel —pseudónimo literario de José María Miró—, Joaquín Castellanos y Lucio V. López, entre otros) quienes, sabiéndose llamados a integrar la élite dirigente y a desempeñar roles protagónicos destacados en la política vernácula, chocaron con una realidad de país que no les gustaba.
La novela —dramática, escéptica, pesimista— trata acerca de la vida de Andrés, un estanciero argentino que desprecia al gaucho y al indio, habitantes del campo que él asocia con una barbarie a la que odia. Pero si bien aborrece la barbarie; también descree Andrés de la civilización que le propone la ciudad, esa Buenos Aires a la cual considera degradada y desvalorizada por las oleadas de inmigrantes, y a la que sólo acude en busca de placeres y distracciones, sucedáneos que le dan efímera satisfacción a una vida signada por la sinrazón de una existencia de la que abomina. 
Como Andrés se aburre en el campo, seduce y embaraza a Donata, hija de uno de sus puesteros, ño Regino, y al hartarse de ella, la abandona y se dirige a la ciudad, para embarcarse en una aventura amorosa con Marietta Amorini, una cantante italiana a la cual también abandona después. 
Al volver a su estancia, se entera de que Donata murió y que Andrea, la hija que había tenido con ella, vive; entonces procura dotar de sentido a su vida consagrándose en todo a su hijita, en un intento supremo por redimirse, curándose de esa negación permanente de la voluntad de vivir que arrastra; pero sin dejar por eso de ser violento y despectivo con la peonada y con el entorno que lo rodea. El final, darwiniano, trágico y desolador, estremece, como un verdadero mazazo a los planos más altos de la psiquis. 
Una novela áspera, sórdida, crudelísima, que sacude los sentidos impactándolos de un modo brutal. Cada una de sus páginas es el cachetazo de una realidad que duele, agobia y asfixia. 
Un libro fundamental de la literatura nacional, que nos lleva a meditar y reflexionar sobre una Argentina en la que, aún hoy, creo; todos seguimos teniendo algo de ese Andrés que imaginó (o que quizá, no imaginó tanto...) ese gran escritor que fue Eugenio Cambaceres.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 12 de julio de 2012

CUANDO LLORÓ LA PATRIA SU RABIA























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La Plata y mayo 25 de 1862. La gente volcada a las callecitas celebra, entre la vocinglería y el estrépito de los cohetes, otro aniversario del grito revolucionario de 1809.
En un cuartucho misérrimo de una especie de fonda situada en el 218 de la calle España, una viejecita de 82 años de olvidada gloria, acaba de fallecer, con la mirada fija en un arca de cuero ajado que conserva todo su tesoro: un oficio que le fuera enviado por el jefe del Ejército Auxiliar del Perú, general Manuel Belgrano, comunicándole que por sus méritos y hazañas en la lucha contra los realistas, se le otorgaban los despachos de teniente coronel.
La Plata y mayo 25 de 1862: muere Juana Azurduy... y la Patria llora dolores rabiosos de madre herida.
Un niño, Indalecio Sandi, con quien la anciana compartía los pocos mendrugos que tuviese, y que dormía en un catre de tiento acomodado en esa misma piecita, ahogado en llanto va a verlo al Mayor de la Plaza, Joaquín Taborga; para comunicarle la muerte de la vieja guerrera y suplicar su ayuda. Pero el funcionario está muy atareado con los festejos y no halla el tiempo para ocuparse de los clamores del niño. Éste, en su desesperación, acude al cura del lugar.
Y ahí va el cortejo fúnebre... de dos personas: un chiquillo y un cura, que acompañan a la amazona en su último viaje, "en fábrica de un peso" hasta el "panteón general".
La Plata y mayo 25 de 1862. Las gentes en las calles ríen y festejan; mientras el frío de ese mayo chuquisaqueño hiela el llanto amargo de esa Patria tinta en la sangre de sus muertos: cuatro hijos, un esposo y tantos, tantos bravos...
Juana Azurduy se fue a la Historia, y un solitario niño llora su desamparo en medio de la inclemente algarabía ajena.
La Plata y mayo 25 de 1862: murió la heroica teniente coronel Juana Azurduy.
A nadie le importó.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 4 de julio de 2012

PRIMER PARTE DE BELGRANO AL TRIUNVIRATO SOBRE LA BATALLA DE TUCUMÁN








































Exmo. Señor
La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el dia 24 del corriente, dia de ntra. Señora de las Mercedes, baxo cuya proteccion nos pusimos: siete cañones, tres banderas y un Estandarte. cinq.ta Oficiales, quatro Capellanes, dos Curas, seiscientos prisioneros, quatrocientos muertos, las municiones de cañon y de fucil, todos los bagages, y aun la maior parte de sus equipajes, son el resultado de ella: desde el último individuo del Exto., hta el de mayor graduacion se han comportado con el mayor honor y valor: al enemigo le hé mandado perseguir, pues con sus restos va en precipitada fuga: daré á VE. un parte pormenor luego q. las circunstancias me lo permitan. (sic)

miércoles, 27 de junio de 2012

ANDRESITO Y LA MELCHORA. LA HISTORIA DE UN AMOR EN GUERRA









































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Andresito y la Melchora. La historia de un amor en guerra, es el título de este libro (Creativa, Posadas, 2008) de Jorge Luis Lavalle, correntino de Virasoro por nacimiento y misionero por adopción.
Es una crónica novelada que narra la vida y la epopeya del coronel guaraní Andrés Guacurarí y Artigas, el legendario Comandante Andresito, quien fuera el único indio que llegó a gobernar dos provincias: Corrientes y las Misiones, en tiempos de su padre adoptivo José Artigas y los Pueblos Libres o Liga Federal.
Su relación con Melchora Caburú, en el marco de la heroica y desigual guerra contra el invasor portugués, que corrió simultánea a la guerra civil entre federales y directoriales, constituye el núcleo de este excelente libro en el cual los personajes históricos son descritos con asombrosa fidelidad.
Hágase un favor a usted mismo: léalo. Lo va a disfrutar.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 22 de junio de 2012

LAS (A VECES) RISIBLES HISTORIETAS DE LA HISTORIA























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego creado por el gobierno sigue dando que hablar, aunque no precisamente acerca de historia; sino de las ora desopilantes, ora deplorablemente tristes, polémicas que en torno a él y quienes lo integran se generan.
La última se suscitó a raíz de la promoción post mortem al generalato de Felipe Varela por parte del gobierno. Aprovechando la volada, ni lerdo ni perezoso, el ex alfonsinista - menemista - delarruista y ahora devenido en kirchnerista presidente del citado instituto, Mario Pacho O'Donnell batió ¡cuándo no! el parche a través de una publicación (que pueden ver en este ENLACE) del 05.06.12 en el periódico Página/12, en la cual reprodujo parcialmente una proclama de Felipe Varela, a la que se le habían "podado" las expresiones antirrosistas que el caudillo catamarqueño vertía en ella. 
Eso motivó que Norberto Galasso saliera al día siguiente a enmendarle la plana a O'Donnell (ENLACE), destacando que la transcripción de la proclama era incompleta, que había error de fecha y que se habían omitido párrafos sustanciales de la misma en los cuales se fijaba taxativamente la oposición a Rosas por parte de Varela (todo lo cual en efecto, era absolutamente cierto: O'Donnell había cortado a su gusto y paladar partes de la proclama, la misma era de fecha 6 de diciembre de 1866 y no del 10 de ese mes y año, y dichas partes "olvidadas" -tijera mediante- por O'Donnell estaban referidas a lo que Varela reputaba como "centralismo odioso vencido en Caseros").
Atrás de Galasso (y como O'Donnell no podía contestar, porque ¿qué iba a argumentar, toda vez que había quedado en evidencia que recurrió a la "avivada" -o no tanto, ya que se le hizo boomerang- de quitar de un documento lo que no le convenía citar?), el prosecretario del Instituto Dorrego, Marcelo Gullo, salió el 13.06.12 (ENLACE) a tratar de arreglar la gaffe de su coequiper, pero no encontró mejor viga para apuntalar su argumentación -al principio, bien enunciada, dicho sea de paso; aunque después "se mancó en el codo"-, que tirarle por la cabeza a Galasso con Arturo Jauretche, su pensamiento acerca de Rosas, bla bla bla... 
Lo cual, a su vez; provocó que Galasso volviera por más, con una andanada contra Gullo (ENLACE). 
En toda esa ensalada, el "debate" (que no fue tal, porque lo que hubo, en realidad, fue una remake de la alleniana Robó, huyó y lo pescaron por parte de O'Donnell, y un débil intento de "operación apoyo" de Gullo -al que más le hubiera valido no meterse a redentor-, esterilizado desde el vamos por la supina estupidez de citar a Jauretche, como si el precio de la papa en el mercado de Tombuctú y la sociedad de fomento del barrio tuviesen algo que ver entre sí) lo ganó Galasso. Y por añadidura, con baile y por estrepitosa goleada. Un papelón -otro más y van...- del devaluado Instituto Nacional (¿o nació-mal?) Dorrego. Pero salgamos de la pista a respirar y volvamos a la historia y a Felipe Varela:
Más allá de que Galasso se floree y arrime hacienda a su corral -y es perfectamente lógico, legítimo y esperable que se aproveche de la circunstancia, ¡mirá si se la iba a perder!-; lo real es que el paupérrimo nivel exhibido por sus contendientes, lleva a que deba situarse la "victoria" de aquél en el rango adecuado: el de las obtenidas a expensas de un rival no calificado. Porque para Galasso, los merecimientos de Felipe Varela al generalato radican en su actuación en esa etapa en la que se convirtió en un bastión de rebeldía contra el horror de la inicua guerra del Paraguay desatada por el tiranuelo Francisco Solano López, y de lucha por la unión con los demás pueblos hispanoamericanos; y no en su juvenil oposición a Rosas, que ejerció -junto al Chacho Peñaloza, también hay que decirlo- integrado a la Coalición del Norte, en la cual claramente puede divisarse al -otra vez: para Galasso- "adalid del federalismo" Varela, de la mano de otros "federales verdaderos" tales como el zarco Brizuela, Avellaneda, Lavalle, Lamadrid, Cubas y demás. Lindos "federales"...
Lo de presentar a Varela como un "federal auténtico" oponiéndose al "unitario" Rosas, no resiste análisis serio alguno; así como tampoco lo soporta la delirante ocurrencia de mostrar a éste como un continuador del centralismo rivadaviano y un antecesor del mitrista. Con focalizarse brevemente en eso, bastaba para dar por tierra con la antojadiza y caprichosa interpretación de Galasso, pero en un rapto de imbecilidad difícilmente igualable; Gullo optó por meter a Jauretche en la cuestión. Y lo de O'Donnell fue peor aún: en la misma proclama de Varela estaban las pruebas de lo desacertado de su oposición a Rosas, pero él no las vio; prefirió hacer la gran Mitre y "olvidó" transcribir parte del mismo documento que pretendió utilizar en abono de lo que sostenía. Fue por lana y salió trasquilado.
El revisionismo debe ser ejercido puntillosa y honestamente, y no apelando a los recursos ilegítimos que fueran utilizados por la historiografía otrora oficial, porque si se incurre en sus mismas malas praxis y engaños; lo que se está haciendo es comerse al caníbal so pretexto de combatir al canibalismo. 
La mediocridad reinante en el Instituto Dorrego no es de extrañar. Ese engendro, infiero, debe de haberse dado a través de los trapicheos de un grupejo que, de algún modo y merced a la influencia de dos o tres politicastros cercanos a él colocados en puestos estratégicos de poder, lograron convencer a la presidente de la "imperiosa necesidad" de su existencia; y el haberle puesto el nombre Manuel Dorrego, obedece a la intencionalidad -vana pretensión- de nuclear en él a las distintas corrientes revisionistas: recurrieron a un "offside pasivo" como Dorrego, buscando quedar bien con tirios y troyanos, y como invariablemente ocurre cuando así se procede; quedaron mal con ambos.
Los de la vereda de enfrente, esto es, las viudas de Mitre pusieron el grito en el cielo apenas se enteraron de la creación del Instituto Dorrego por parte del gobierno: el adlátere del cipayaje, Luis Alberto Romero; la añosa Beatriz Sarlo -vívida patentización de que no siempre es cierto que los años traen aparejados el sentido común y la sabiduría-; y demás etcéteras, se desgañitaron vociferando en La Nación (¿dónde más, si no?) que "se avanza hacia la imposición del pensamiento único, una verdadera historia oficial". Y claro, su inveterada desmemoria los lleva a "olvidar" que eso y no otra cosa fue lo que hicieron Mitre, López, Ramos Mexía y en general toda la constelación de astros del celeste firmamento liberal, como así también les conviene no acordarse de que la petulante Academia Nacional de la Historia de la República Argentina "funciona" (no se sabe muy bien para qué) en dependencias del antiguo Congreso de la Nación, y que precisamente, la historia oficial son ellos mismos. Identificación proyectiva, que le dicen.
Y de nada le sirvió al saltimbanqui O'Donnell, presidente del Instituto Dorrego, salir desesperado a aclararle a esa "gente como uno" (como él, quiero decir) de La Nación, que él es "un revisionista que nunca ha hecho anti mitrismo" (lo cual es cierto: Pacho nunca hizo anti mitrismo, bah, en realidad, no podría haberlo hecho aunque quisiera; simplemente porque no es revisionista como se auto atribuye, y ni siquiera es historiador, por más que presuma de tal; es -en el mejor de los casos- divulgador y a gatas). Y quizá, el no haber hecho anti mitrismo, se deba a su mímesis con el patriarca de la calle San Martín, identificación esta la cual, a la luz de los hechos, O'Donnell lleva al extremo de emularlo en la manipulación de la heurística de modo de hacerla servir a la hermenéutica que mejor le acomode. 
Es inevitable algún grado de subjetividad en quienes nos ocupamos de la historia, porque no hay historia ni historiadores asépticos; de la misma manera en que con llamativa frecuencia los gobiernos no quieren sustraerse al pecado de emplear la historia con fines de servir a su política (después de todo ¿qué otra cosa es la historia si no la política del pasado?). Pero aún así, lo cierto es que ni este ni ningún otro gobierno debieran destinar fondos y recursos del Estado para financiar instituciones dedicadas a la actividad histórica, toda vez que para eso está el CONICET. 
Que existan, en buena hora, todos los institutos, academias, centros de estudio y fundaciones de historia que se quieran; pero que se sostengan por sí mismos. Y si bien es cierto que es de imposible alcance la objetividad en materia histórica, por lo menos -creo, me parece-; sí debiera ser una exigencia sine qua non la honestidad intelectual.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 17 de junio de 2012

CARTAS DE QUIROGA A ROSAS Y LAS RESPUESTAS DE ÉSTE























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Enero de 1832. El general Juan Facundo Quiroga acaba de deshacer el 4 de noviembre de 1831 en la batalla de La Ciudadela (Tucumán), al ejército de la Liga Unitaria creada por José María Paz (que meses antes había caído prisionero de Estanislao López) comandado por Gregorio Aráoz de Lamadrid. Desde allí, el 12 de ese mes, le escribe a Juan Manuel de Rosas dos cartas que a continuación transcribo:

Tucumán, enero 12 de 1832

Señor Don Juan Manuel de Rosas

Amigo de todo mi aprecio: contestando a su favorecida del 14 de diciembre digo a usted: que el no haberle dicho nada del parecer que me pedía en su apreciable de 4 de octubre con respecto a la formación de la Comisión Representativa y de la oportunidad para la reunión del Congreso, fue creyendo que mi silencio mismo le debía hacer entender el motivo; pero ya que no lo ha comprendido se lo explicaré claro y terminante. Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado la de los pueblos constantemente pronunciada por el sistema Federal; por cuya causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la general de la República; y siendo esto así, como efectivamente lo es, ¿cómo podré yo darle mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo? Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera, o pretenda en contrario, será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda de todo lo que se hace por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre que sea contra el sentimiento general de los pueblos.
Saluda a usted con la consideración que acostumbra, su amigo afectísimo que besa su mano.
Juan Facundo Quiroga
(sic) Nota: Resaltados y subrayados míos.

Tucumán, enero 12 de 1832.

Señor Don Juan Manuel de Rosas

Muy señor mío y amigo: tengo a la vista su favorecida de 13 del pasado que voy a contestar en cuatro palabras diciendo a usted que en balde se ha mortificado en explanar sus ideas y razones para convencerme que debo retrogradar en mi resolución, así que usted ha tenido bastante motivo para conocer, que no sé volver atrás en mis propósitos. Usted me dice que no pertenezco a mí mismo; pero yo quisiera que usted me diga a quién pertenecía Don Juan Manuel Rosas, y Don Estanislao López, cuando hicieron la guerra al Ejército sublevado a consecuencia de orden de la Convención Nacional y cuál la causa porqué dejaron las armas de la mano estando existente el motivo porque las empuñaron, y cuál la razón porque se me abandonó, y se me dejó solo en el campo del compromiso, y si era o no honroso a la República que si bien se ponen en la balanza de la justicia, nadie es responsable sino ustedes de cuanta sangre se ha vertido, y de tantas fortunas arruinadas; pero como nadie ve la paja en su ojo, no advierten que se contentaban con tranquilizar las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, dejando al resto de las demás bajo el yugo de la opresión, y ahora sólo yo debo ser quien voy a causar perjuicios a la República con mi separación del mando, bien que no dejan de tener razón en parte, pues que por sí solos no arribarían al objeto que se proponen, si yo separado del mando quisiera desentenderme enteramente de trabajar por el bien del país, en que no cesaré, puesto que para ello ya no es preciso tener la lanza enristrada, y puede ser, sin ser milagro, que recién me haya colocado en una posición en que pueda ser útil al país en general como pronto lo veremos, explorada que sea a fondo la voluntad de las provincias en orden a la constitución de la República.
Páselo usted bien y mande a su afectísimo servidor y amigo que besa su mano.
Juan Facundo Quiroga

(sic) Nota: Resaltados y subrayados míos.

Del tenor de esas cartas, escritas en términos fuertes, se desprende la evidente molestia de Quiroga hacia Rosas y sobre todo, hacia López; por ciertas cuestiones que más adelante analizo.
Estas misivas han sido utilizadas por la historiografía liberal para denostar simultáneamente a Rosas, presentándolo como un tirano que se oponía a todo trance a constituir el país; y a Quiroga, a quien se muestra como un sanguinario ícono de la barbarie que, "impulsado por los remordimientos" enfrentaba a Rosas en pos de dictar una constitución.
Pero también han sido abundantemente aprovechadas por ciertos "revisionistas" (¿?), empeñados en inventar (si fuese para "consumo propio" de ellos, no sería nada; el problema es que ese guisote pretenden hacérselo tragar a todos los argentinos) un ficticio "federalismo sin Rosas". La fértil imaginación de esos "revisionistas" ha engendrado una peculiar y antojadiza interpretación de la historia, según la cual Rosas sigue siendo el mismo monstruo que presentan sus colegas liberales, pero agravado por el hecho de que su federalismo sería sólo una pantalla tras la cual se esconderían sus negras intenciones de oprimir y expoliar a las provincias; y los "verdaderos federales" vendrían a ser Dorrego (que peleó contra Artigas del lado de los directoriales); o el Chacho Peñaloza (que supo andar entreverado activamente en la unitaria Coalición del Norte); y así... Quieren mostrar a Artigas como "seguidor de las ideas" de Moreno (que en el Plano de Operaciones llamó a aquél "sujeto famoso por lo conocido de sus vicios") y del "democrático" Monteagudo (gestor e inspirador de la dictadura que pretendió establecer Alvear). Así, en su firmamento, los ángeles celestes "unitarios" de la historiografía liberal, son reemplazados por ángeles rosados "federales", pero que al igual que los otros; integran los ejércitos celestiales que nos librarían de un mismo demonio execrable: Rosas.
La historiografía liberal, nacida de una concepción de país oligárquica y extranjerizante, y la historiografía marxista, tan anti popular y elitista como la anterior, son -con escasas, puntuales y honorables excepciones, por supuesto- dos caras de una misma moneda. A unos y otros, intereses sectarios y prejuicios dogmáticos les impiden comprender el hecho Rosas, así como también, y por carácter transitivo, les es vedado entender el hecho Artigas. Asimismo, unos y otros fallan, ora en la heurística, ora en la hermenéutica, y sea por comisión u omisión, su falta de comprensión radica en el desamor; porque sabido es que sólo se comprende aquello que se ama.
En el caso puntual de la correspondencia intercambiada entre Quiroga y Rosas, la historiografía liberal-marxista "ve" a un Rosas mezquino, astuto y maquiavélico sometiendo canallescamente a sus designios, con sus cantos de sirena; a un Quiroga que es pura pasión desbordada y escasa o nula inteligencia. Y van aún más allá, porque algunos afirman y otros insinúan, miserablemente y con doblez, que Rosas tuvo que ver en el magnicidio de Quiroga. Todas sandeces, voceo de otarios, giladas, como decimos en el barrio...
Ni Rosas era el siniestro personaje sibilino que con helado cálculo y falsas muestras de afecto llevaba del cabestro a Quiroga; ni éste era un tipo influenciable y poco despierto que se dejara conducir de la nariz por alguien, sea quien fuere ese alguien.
La verdad es que Quiroga y Rosas eran complementarios y había entre ellos una perfecta inteligencia y una sólida amistad que trascendió inclusive a la muerte del primero, lo cual surge del estudio de la correspondencia que se intercambiaron; y también de los hechos mismos, ¿o acaso no son hechos la estrechísima relación entre ambas familias; o que un hijo de Quiroga fue oficial de Rosas; o que su viuda, doña Dolores Fernández, no sólo acompañó invariablemente la política de Rosas, sino que además fue uno de los consecuentes sostenes económicos de éste en su exilio?
Con Plutarco aprendimos (aunque por lo visto, no todos, deplorablemente) la incidencia del factor índole personal en la vida y obra de los protagonistas de la Historia. Rosas era un político extraordinariamente hábil -habría que esperar hasta Alsina; luego hasta Roca y por último hasta Perón, para asistir a niveles parecidos de destreza política (y aclaro aquí: simplemente me estoy limitando a señalar una característica común a esos hombres; no estableciendo entre los mismos continuismo alguno ni más similitud que la citada; ni haciendo un juicio de valores positivo o negativo sobre ellos en tanto personajes históricos)-, poseedor de una despejada inteligencia, de una genial percepción y de una notable firmeza a la hora de llevar adelante sus propósitos. Quiroga, en cambio, era por entonces la primera figura militar del país -y la más influyente-; evidenciaba una agudísima inteligencia y un férreo apego a un inexorable principio de respeto a la voluntad popular que lo conducía incluso a defender la causa contraria a su propias preferencias políticas. Paciente y prudente uno (Rosas); impetuoso y temerario el otro (Quiroga); ambos brillantes, despojados de intereses espurios y decididos patriotas, se amalgamaron a la perfección.
Y si los señores que hacen la historiografía se hubiesen detenido a analizar toda la correspondencia cursada entre esos dos héroes; en lugar de aferrarse caprichosamente a sólo un par de notas para hacerlas coincidir con su delirante interpretación de las cosas; habrían notado que existía una total y absoluta coincidencia entre Quiroga y Rosas.

Y entonces, se me preguntará, ¿por qué expresaba Quiroga la molestia que se evidencia en sus cartas del 12 de enero de 1832? Sencillo: el hombre es siempre él y sus circunstancias; y las de Quiroga en esos momentos eran: a) Estaba en Tucumán, justo en el tórrido y húmedo verano tucumano, con lo cual los dolores provocados por el reuma que lo afectaba, debían de haber llegado al paroxismo; b) Se hallaba por entonces empeñado en instalar allí un gobierno federal, el que sería ejercido por Alejandro Heredia; pero Quiroga profesaba hacia Heredia una entrañable amistad, y en función de ello y en beneficio de su amigo; debía resignar en mucho sus pretensiones de cobrar a dicha provincia la indemnización a que era justo acreedor por la guerra que le habían hecho, con la considerable pérdida económica que ello le significaba; c) En el contexto del triángulo de poder que integraba junto a Rosas y López; Quiroga sentía celos -masculinos, viriles; pero celos al fin- de la buena inteligencia que el porteño se veía obligado a guardar con el santafecino. Quiroga desconfiaba de López (y por cierto, tenía fundados motivos para ello; porque éste le había escrito el 22 de noviembre de 1831 invitándolo a aliarse con él para entre ambos, anular a Rosas; y el riojano, que no sabía de dobleces ni los toleraba, inmediatamente le mandó el 26 de diciembre al porteño copia de la carta del santafecino) y le molestaba en alto grado que su amigo Rosas, tan franco y leal como él mismo; no rompiera estruendosamente con López, al que acertadamente el Tigre de los Llanos reputaba como ladino, falso y taimado.
¿Cómo, entonces, no entender la molestia de Quiroga? Rosas, que lo apreciaba sinceramente y comprendía a la perfección lo que le pasaba y las razones que le asistían; "la tuvo re-clara", como dicen hoy los pibes: aguantó mansamente la queja amarga y los reproches del riojano, y fue aún más allá; porque hasta le escribió el 28 de febrero de 1832 agradeciéndole el cachetazo: "... su apreciable del 12 de enero anterior, la cual tiene un mérito muy recomendable. La franca expresión que contiene su contexto, es la que cada vez debe unirnos estrechamente más y más", le contesta. Y en un alarde de alta política, subordinando todo a los supremos intereses del país, el estadista que había en Rosas intenta disculpar a López ante Quiroga, achacándole a Cullen la culpa de la carta insidiosa y pérfida que el santafesino había enviado al riojano; y así, el 6 de marzo de 1832 le escribe:

“… He leído la carta en copia que usted adjunta…, y su lectura al paso que me ha llenado de asombro, es para mí el documento de la muy grande confianza que a usted merezco, y que jamás olvidaré. La ingratitud y la infidencia son las verdaderas muestras del espíritu que contiene el contexto de esa miserable carta, que no sé cómo haya habido atrevimiento para escribirla o aconsejarla. Mi conciencia está tranquila, y puede sin encogimiento asegurar que la relación que contiene… es tan contraria a la verdad como ofensiva a la amistad. No poco tendrá que padecer el que la dictó cuando vea que ella no ha producido los efectos de desunirnos que tal vez se propondría… quién sabe si el que la firmó no ha sido sorprendido por el intrigante que la escribió, cuyo dictado y estilo conozco claro.
Hay males necesarios y que es preciso marchar por sobre ellos buscando el remedio en las oportunidades. Algún día nuestras explicaciones podrán hacerse hablando, y entonces nos entenderemos, sin tener por qué recurrir al uso de la pluma. Entre tanto yo puedo gloriarme de que soy un buen amigo, así como lo soy del país, y que siempre fiel y consecuente jamás desmentiré que para todo soy honrado…
Remito ese poncho por creerlo prenda de usted, y que le será grato que vuelva a su poder. Tuve noticias de él y recomendé al cura de San Nicolás de los Arroyos su diligencia. La carta adjunta le impondrá cómo fué adquirido y cómo me ha sido mandado.
… de usted su afectísimo compatriota.
Juan Manuel de Rosas

(sic) Nota: Resaltados y subrayados míos.

Nótese la exquisita diplomacia que exhibe Rosas, y la sutileza con la que le marca a Quiroga inequívocamente ("inequívocamente" para alguien que posea la percepción de éste, quiero decir), al mencionar el poncho de su propiedad que le remite y que el riojano dejó olvidado en San Nicolás, que nada escapa a su conocimiento; ni siquiera una prenda que a su dueño le pasó inadvertida. Y es un mensaje que el no menos perspicaz Quiroga descifra perfectamente; un algo así como: “Vea amigo, yo sé bien a qué atenerme respecto a López; porque nada hay que me pase desapercibido”.
Es un placer inenarrable asistir a un intercambio epistolar en el que uno -el riojano- escribe con una “honestidad brutal” (Calamaro dixit) no exenta de cortesía y sin faltar lo más mínimo a la educación y el respeto; y el otro –Rosas- se expresa con calculada intención, acertando a hacer comprender lo que entre líneas quiere significar.
Y no es para nada difícil inferir lo que después, reunidos en Buenos Aires, habrán conversado ambos, despojados ya de las limitaciones que conlleva la comunicación efectuada a través de cartas.
Y digo, si no pudieron las intrigas unitarias desunir en aquel entonces (después sí lo lograrían, por desgracia) al bloque federal; quiero creer que menos debieran poder ahora unos cuantos chantapufis inducirnos a engaño en lo que hace a entender nuestra propia historia ¿no?

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 11 de junio de 2012

EN POS DE UN OBJETIVO COMÚN, HASTA LAS ANTÍPODAS PUEDEN CONFLUIR























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Decía el general Perón que todo aquel que luchara por la misma causa que el peronismo era un compañero; pensara como pensase. 
Si nos adentramos en nuestra propia historia, encontraremos varios (seguramente no tantos como sería de desear) ejemplos de cómo hombres que se encontraban en las antípodas del pensamiento los unos de los otros, supieron oportunamente dejar de lado sus diferencias al percibir el llamado de un interés que atinaron a entender como trascendental a todos los demás: el del país.
Así, el ultraliberal y antirrosista Nicolás Avellaneda, no trepidó en designar en el ministerio de Relaciones Exteriores y después en la cartera de Interior, al doctor Bernardo de Irigoyen, quien no sólo jamás renegó de su rosismo; sino que además tenía el salón de su casa pintado de rojo punzó. Y cuando Avellaneda tuvo que responder a las feroces críticas de los diarios por "tener el tupé" de nombrar canciller a "un mazorquero", al "albacea de Cuitiño"; quien salió a defender a Irigoyen fue nada menos que Héctor Varela, hijo de Florencio, rabioso unitario. Y cabría agregar que  su adhesión a Rosas y su política, no le impidió a don Bernardo de Irigoyen estimar y valorar a Sarmiento, nada menos; quien por otra parte, cuando fue presidente no dejó que su antirrosismo visceral lo privase de nombrar a Irigoyen procurador del Tesoro.
Más cerca en el tiempo, el propio Perón no vio inconveniente alguno, por lo contrario; en elegir a un otrora enconado crítico suyo y tenaz opositor a su gobierno: el doctor Vicente Solano Lima, para acompañar en la fórmula a Cámpora. Y después, durante su presidencia, lo hizo su secretario general. Idéntico criterio siguió Perón cuando hizo ministro de Economía de Cámpora y luego suyo, a José Ber Gelbard, que era comunista.
Contrastando con lo antedicho, en estos días hemos visto en las noticias propaladas tanto por medios periodísticos proclives al gobierno nacional, como por los que son fuertemente críticos de su gestión; que los partidos de la oposición han rechazado la invitación que se les hizo para acompañar a la presidente de la República a la reunión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas en la que se tratará la cuestión Malvinas. 
Sin ánimo de entrar en disquisiciones de política interna, me imagino que todos coincidiremos en que la causa Malvinas hace al supremo interés nacional ¿no? Pero parece que algunos no lo entienden así, y prefieren mostrar su arista más miserable privilegiando conveniencias partidarias en aras de oscuros intereses sectoriales muy mal entendidos.
Que lo parió, dijo Mendieta.

-Juan Carlos Serqueiros-

GREGORIO ARÁOZ DE LAMADRID. UN ROBO ENCUBIERTO POR LA HISTORIA FALSIFICADA
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Es archisabido que el de Gregorio Aráoz de Lamadrid fue -sin dudas ni quizás- el coraje más temerario del que se tenga memoria por esta nuestra tierra (y eso en una época en que la valentía personal no era cualidad que escaseara precisamente entre quienes actuaron en la Guerra de la Independencia primero y en las luchas civiles que nos desangraron, después). Pero lo que no es tan archisabido (pese a que ya Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina lo dio a conocer), es que fue arrojado y corajudo; pero también botarate y ladrón.
En efecto, durante los episodios de la Liga Unitaria que armó José María Paz, Lamadrid invadió La Rioja, entró en ella a sangre y fuego sembrando el terror, apresó a la madre del general Juan Facundo Quiroga y poniendo una cadena al cuello de la anciana, trató de que ésta le revelara el sitio donde su hijo tenía oculto su dinero. El 19 de setiembre de 1830, Lamadrid le escribió a Juan Pablo Carballo la siguiente carta:

Acabo de saber por uno de los prisioneros de Quiroga, que en la casa de la suegra ó en la de la madre de aquél es efectivo el gran tapado (Nota mía: "tapado" era un tesoro oculto) de onzas que hay en los tirantes, más no está como dijeron al principio, sino metido en una caladura que tienen los tirantes en el centro, por la parte de arriba y después ensamblados de un modo que no se conoce. Es preciso que en el momento haga usted en persona el reconocimiento, subiéndose usted mismo, y con una hacha los cale usted en toda su extensión de arriba, para ver si da con la huaca esa que es considerable.
Reservado: Si da usted con ello es preciso que no diga el número de onzas que son, y si lo dice al darme parte, que sea después de haberme separado unas trescientas ó más onzas. Después de tanto fregarse por la patria, no es regular ser zonzo cuando se encuentra ocasión de tocar una parte sin perjuicio de tercero, y cuando yo soy descubridor y cuanto tengo es para servir á todo el mundo.

Lamadrid robó de ese modo a Quiroga 93.000 pesos fuertes. Nótese la amoralidad que evidenciaba y que eran tales el desparpajo con que se manejaba y la impunidad que descontaba, que se permitía decirle sin ambages a un secuaz, que pensaba apoderarse en beneficio propio de lo que él consideraba un botín de guerra. 
Posteriormente, Quiroga lograría apresar al tal Carballo, y encontró en uno de los bolsillos de éste esa carta, que muchos años después la hija de Quiroga facilitaría a Adolfo Saldías, merced a lo cual la conocemos.
Después de la batalla de La Ciudadela, en la que Quiroga derrotó a Lamadrid (que huyó a Bolivia); éste último le escribió pidiéndole al vencedor por su esposa, que había quedado en Tucumán. Quiroga le respondió por carta el 24 de noviembre de 1831, que no tenía por qué preocuparse, ya que no sólo permitiría que su mujer fuera a Bolivia a reunírsele; sino que además había dispuesto una escolta para que la acompañase. Y de paso, no se privaba el Tigre de los Llanos de enrostrarle la bajeza de haber encadenado a su madre y de mencionarle el robo de que lo había hecho objeto. 
Ese fue Lamadrid: héroe de la independencia y de una valentía legendaria, pero a la vez; un déspota cruel y despiadado. Y, al menos en esa oportunidad; un ladrón.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 9 de junio de 2012

INÉS DEL ALMA MÍA











































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Inés del alma mía es una especie de crónica novelada, escrita por la chilena Isabel Allende. Narra la vida, en el siglo XVI, de la costurera extremeña Inés Suárez, a la manera de recuerdos destinados a que los lea su hija.
Se cuentan su juventud en Placencia, su matrimonio con Juan de Málaga, cómo este decide viajar a América (como tantos otros españoles) encandilado por la quimera de El Dorado, la decisión, años después de la partida de Juan, de Inés, que se viene también para América en busca de su marido, y también de una libertad que las mujeres en la España de esa época no podían tener. Su llegada al Perú envuelto en las disputas de Pizarro, la conquista de Chile por Pedro de Vergara y sus amoríos con éste, la guerra con los araucanos y su casamiento con Rodrigo de Quiroga.
El heroísmo, la ambición, la traición, la generosidad, la crueldad, el hambre, el amor, el sexo; todo está en los personajes llenos de color y de vida que se van sucediendo página tras página: Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Pedro de Villalba, Francisco de Aguirre, Lautaro y Caupolicán.
Un gran libro de Isabel Allende, para disfrutarlo intensamente.

-Juan Carlos Serqueiros-