martes, 25 de diciembre de 2012

FERNANDO, EL PERRO BOHEMIO Y MELÓMANO ÍCONO DE UNA CIUDAD


La autoría de este relato que a continuación leerán, no me pertenece. Es (creo) una recopilación de notas periodísticas de la época en que este perrito, por derecho propio ícono de Resistencia, alegró y enterneció la vida de quienes en esa ciudad moraban. 
Sí puedo dar fe de la veracidad de su historia; porque mi padre, que lo conoció y que era uno de los tantos pasajeros de hoteles y parroquianos de bares que disfrutaron de su siempre grata y confortante compañía; me la relataba siempre.
Viví y trabajé muchos años en Resistencia y tengo dos hermosas hijas allí nacidas. Por y para ellas, que al igual que yo, aman los perros; quise engalanar y enriquecer este mi website con la historia de este perrito, símbolo imperecedero de la bohemia, la libertad, la ternura y la amistad: Fernando, el perro bohemio y melómano que distingue a Resistencia.
-Juan Carlos Serqueiros-

Esta historia comenzó al despuntar la década del 50, un día que el recuerdo no ha registrado. En Resistencia, capital de la provincia del Chaco, apareció un forastero con una guitarra al hombro y un perrito blanco que no se despegaba de su lado. El hombre entró a una humilde pensión, y con voz serena preguntó si allí se podían hospedar él y su perro. El dueño, tras mirarlo de reojo, le respondió: “-Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden”.
Jornadas después, el artista ambulante del cansancio pasó al descanso eterno. El propietario de la pensión se quedó frío con un cadáver aún caliente. La Municipalidad dió sepultura al cantor desconocido. En tanto, el dueño de la pensión y algún vecino, compasión en ristre; resolvieron quedarse con el perro. Vano intento. El perrito no se sometía a nadie y al instante tomó la ciudad como su casa.
Poco a poco, aquel valiente cuzquito de espíritu callejero se fue adueñando del cariño de la gente. Sus andanzas y alegría calaron hondo, pues entregó su amistad a los niños y su compañía a los ancianos. Pero seguía siendo libre. De todos obtenía buen trato, y respeto por la libertad que demandaba.
Mas un aciago día al perrito blanco lo atropelló un automóvil y lo dejó a orillas de la muerte. Los niños quedaron estupefactos y doloridos. Ellos sabían que el perro necesitaba un doctor, y sólo conocían a Pipo Reggiardo (un médico que en la plaza Belgrano, a veces jugaba un ratito a la pelota con ellos). Se lo llevaron. El doctor Reggiardo lo auxilió con presteza y, al tratarse de un animal sin dueño, lo "internó" en su consultorio adentro de una caja de cartón. La entrega del médico y el preciso tratamiento, en pocos semanas consiguieron la total recuperación.
El animalito volvió a la calle enarbolando su natural propensión a la amistad. Así, el simpático vagabundo, fue dejando tras de sí una estela de modestia, agradecimiento y saber estar.
Sin embargo, no es posible interpretar la historia de este perrito, sin conocer a su amigo del alma, al que algunos llaman (erróneamente) su "dueño" (porque Fernando nunca tuvo "dueño", ya que fue un símbolo de la libertad, y si en todo caso perteneció a alguien -fuera de aquel hombre con el cual llegó-; fue a todo el pueblo de Resistencia), el cantante Fernando Ortega, más conocido por su pseudónimo artístico: Fernando Ortiz; (fragmentos de una larga entrevista concedida por el cantor unos años antes de su fallecimiento):

-Lo conocí en el 51, en el bar Los Bancos, junto a la plaza. Era un perrito blanco, chiquito, y tenía más o menos un año. Cuando lo ví, lo comparé con un capullo de algodón. No lo llamé, pero él vino directamente a echarse a mis pies. Los mozos me preguntaron si molestaba. Les respondí que no. Se quedó a mi lado, y cuando salí me siguió hasta el hotel Colón, donde yo vivía. A la mañana siguiente lo encontré debajo de mi cama. Como hacía calor y yo no cerraba la puerta, seguramente entró mientras dormía. Entonces lo bañé, le di de comer, y comenzó la amistad. -En el hotel, al principio, yo disimulaba su presencia. Hasta que Coco Lucas, el dueño, lo descubrió. Coco, conmovido por mi mirada y la mirada del perrito, en vez de echarlo le hizo colocar una cucha para que pudiera descansar. -Yo actuaba en Los Bancos con una orquesta, y cuando actuábamos, el perro se iba a echar detrás del piano. No se separaba de mí. A la salida, siempre me ladraba de manera especial. Yo sabía que era su forma de invitarme a la plaza, donde cumplía una especie de rito: perseguir a los gatos. No los agredía. Jugaba corriéndolos. -En una oportunidad hubo una reunión de artistas. El perro se sentó junto a mí en la punta de la mesa. Los muchachos decidieron ponerle mi nombre. Él respondió bien al nombre de Fernando y jugó con todos ellos. En la amistad era como los humanos. A mí me parecía un ser humano vestido de perro. -A Fernando le gustaban mucho los picantes y el azúcar, y eso no podía ser bueno para un perro. Como era blanco se ensuciaba mucho, y en cualquier casa lo bañaban. Hasta tres o cuatro veces por semana. Y eso tampoco podía ser bueno para un perro. -Una noche que hacía mucho frío se me ocurrió darle grappa con azúcar. Al principio no le gustó, pero al rato, empezó a pedir más. Cuando nos fuimos, le costó bajar de la silla, y caminaba de costado, borracho. -De vez en cuando visitábamos a un gran amigo; el pintor René Brusseau. Fernando se hizo muy amigo de René. Otro de sus amigos fue el escultor Víctor Marchese. Con Juan de Dios Mena, iba al Fogón de los Arrieros. En el Fogón, lo aceptaron y lo hicieron socio de la institución. Allí destacó como crítico musical. Su mayor virtud era su oído. Como nadie, captaba la belleza de los sonidos. -Para él, lo fundamental era la noche. Recorría el bar Sorocabana, el bar Los Bancos y el Club Social. Y si oía música se acercaba. La música le encantaba. Pero si no le gustaba algún artista, se iba. Y la gente lo seguía. -No se perdía ninguna fiesta. En los conciertos se colaba y se iba a echar cerca de la orquesta, o del solista. Cuando meneaba la cola aprobaba la actuación, pero ante las pifias gruñía, y a veces aullaba. Él nunca fallaba. Y los músicos admitían haber metido la pata en el punto indicado por el perro. Era un crítico riguroso. Y ninguno se atrevía a pedir que lo pusieran de patitas en la calle, porque la gente se fiaba de su oído. -Recuerdo que el maestro Hermes Peresini, eximio violinista, sabía ponerlo a prueba. Tocaba un fragmento de las Czardas de Monti, y en algún momento colocaba mal alguna nota. Fernando respondía dando un salto y se ponía a gruñir, mientras el maestro se reía. El perro tenía un oído musical muy desarrollado. Quizás esa fue la herencia que le dejó el artista que lo trajo a Resistencia.
Como perro que era, Fernando se ceñía a su código de costumbres: pernoctaba en la recepción del hotel Colón (en ocasiones, en El Viejo Rincón), a primera hora de la mañana entraba con los empleados al Banco de la Nación Argentina, y se dirigía al despacho del gerente, donde éste le hacía servir el desayuno: café con leche y medialunas (en la imagen, podemos verlo en la oficina del gerente, con su taza):


Después, iba a visitar la peluquería que estaba al lado del Bar Japonés. A continuación, dormía un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en el restaurante El Madrileño. En casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta eran la contraseña para entrar). Y tras la siesta, se cruzaba a la plaza 25 de Mayo a divertirse hostigando a los gatos. Al atardecer, corría al bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela.
En La Estrella le ocurrió un desagradable episodio cierta vez que un "chistoso" pasado de vinos, le pegó una patada. A su aullido de dolor replicaron los parroquianos, que querían linchar al agresor. La trifulca se saldó con la expulsión a puntapiés del tipejo, y con Fernando comiendo maníes bajo una mesa.
Fernando volvió a callejear por la ciudad. No hubo evento artístico o social que no contara con su asistencia. Todo le atraía: fiestas, tertulias, conciertos, espectáculos, bailes populares; y él, sirviéndose de su don para hacerse querer, recalaba en cualquier reunión.
Con su presencia alegró bodas y cumpleaños, y fue motivo de orgullo para aquellos que lo recibían en sus casas.
En los velorios pasaba otro tanto; si asistía era un honor, pero si no aparecía; derivaba en desdoro para el fallecido y sus familiares.
En las exposiciones pictóricas, los organizadores temblaban al verlo entrar. Si Fernando recorría la sala y luego se echaba en un rincón, todos contentos. Mas, si se marchaba; el pintor ya podía ir descolgando sus cuadros.

ALGUNAS DE LAS ANÉCDOTAS QUE LO LLEVARON AL BRONCE
En 1954 (y en un momento de alarma social, pues se habían producido muertes de niños por mordeduras de perros), la vacuna antirrábica llegó al Chaco. Se estableció la obligatoriedad de vacunar a todos los canes. En la Municipalidad se llevó a cabo el cometido, y a la Municipalidad acudió Fernando sin que nadie lo llevara. Por propia voluntad dejó que el doctor Andreu lo inmunizara. Tal actitud, impropia en un animal, obtuvo su justo premio: le concedieron la patente número uno, y lo nombraron Primer perro civilizado de Resistencia. Sin embargo, ni la patente número uno ni el título de "Perro civilizado", lo libraron de un aciago incidente. Una mañana, los hombres de la perrera lo cazaron, y medio dormido lo introdujeron en la jaula del camión. Mas, la providencial intervención de Tatalo Dominguez (campeón chaqueño y argentino de boxeo) y de Moisés Zaín (promotor de espectáculos artísticos y deportivos) trastocó las cosas; porque además de reprender a los de la perrera, instaron a otras personas a unirse a la protesta. Se armó un alboroto. Hasta que una mano anónima abrió la puerta de la jaula. Entre los aplausos y las risas de la gente, Fernando, como un balazo, se metió en el Sorocabana seguido por el resto de perros capturados.
Cuenta el periodista y escritor chaqueño Mempo Giardinelli:
-El 57 o el 58, visitó Resistencia un famosísimo pianista polaco, Paderewsky, y ofreció un único concierto en el Cine Teatro Sep, y por supuesto mis padres me llevaron. La sala estaba repleta, y Fernando se acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes de la ineludible presencia del cuzquito). Y a la vista de cientos de personas, se diría que Pederewsky y Fernando comenzaron el concierto. Nunca olvidaré la impresión de aquel público cuando en medio de una sonata de Beethoven, Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero Paderewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Hacia el final, nuevamente el perro sacudió las orejas y miró fijo al pianista, como diciéndole: "-Oiga, la está pifiando". Entonces, Paderewsky, con europea elegancia, detuvo las manos, miró al perrito y dijo en duro castellano: "-Tiene razón, equivoqué dos veces". Hizo un da capo y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bis, y el discreto mutis de Fernando.
Y siguen las anécdotas:

-Un afamado violinista europeo, en tournée por el noreste del país, se presentó en el Cine Teatro Sep. Fernando asentó su alba figura entre la primera fila y el escenario. El concertista tocaba con dulzura, y el perro, como buen melómano, disfrutaba con la música. De pronto abrió los ojos, levantó las orejas y lanzó un aullido. El músico había errado unas notas y el animal lo percibió. El hombre, contrariado, interrumpió la actuación, abandonó el escenario y entre bambalinas, exigió la inmediata evacuación del perro. La respuesta, muy a la chaqueña, fue tajante: "-Fernando sabe lo que hace" -le dijo uno de los responsables. "-Así que, tocás bien o el que se va sos vos" -agregó otro.

Agonizaba la década del 50, y a fin de inaugurar unas obras visitó Resistencia el militar golpista general Aramburu. En el Club Social se organizó un acto. Comparecieron el golpista presidente de facto y las autoridades provinciales. Aramburu ocupó la cabecera de la mesa, y a su derecha se sentó el gobernador. De repente, sobre el alfombrado apareció Fernando. Su irrupción provocó estupor, murmullos y risas. Entonces, ante la confusa mirada de Aramburu y su séquito, el gobernador se puso de pie, y tal como si presentara un embajador en el Vaticano, dijo en voz alta: "-Señor presidente, el perro Fernando". Fernando miró a todos, y se retiró. Él no comulgaba con los militares golpistas y asesinos en el poder.
René Brusseau (prestigioso artista plástico) y Fernando, establecieron una agradable relación de amistad. Muchas veces el perro le hacía compañía en su estudio mientras él pintaba. Mas, una tarde del año 1956, Fernando salió a la calle poseído de una repentina urgencia. Sus ladridos y movimientos extrañaron a la gente. Comprendiendo que algo pasaba, varias personas entraron al estudio, y encontraron tirado en el suelo el cuerpo sin vida del pintor. Su mano izquierda aún sujetaba la paleta. Se ignora cómo, pero Fernando supo que René iba a ser velado en El Fogón de los Arrieros. Cuando el vehículo fúnebre llegó con el cuerpo, el perro estaba esperando. Pasó la noche junto al ataúd del amigo. Al otro día acompañó el cortejo. Tras el entierro, todos abandonaron el cementerio. Pero Fernando, no; él se quedó unas horas más.
En el bar La Estrella, una noche de invierno oíase una audición de tangos, que el bullicio y la humareda no invitaban a escuchar. O al menos eso pensó uno de los dueños del bar, ya que apagó la radio. Al instante retumbaron los ladridos de Fernando. Se hizo un breve silencio. Conectaron nuevamente el receptor. El perro se calló y se tumbó junto al mostrador a deleitarse con la música.
Una mañana muy temprano, la Plaza 25 de Mayo tembló con los ladridos de Fernando. Los taxistas que estaban en la parada acudieron a ver qué ocurría, y encontraron un señor mayor tirado en el suelo. Uno de los taxistas, hábil en primeros auxilios, le practicó ejercicios de reanimación. Luego, en uno de los taxis llevaron al anciano al Hospital Perrando. A Fernando le impidieron el paso, mas él quedó merodeando. Los taxistas regresaron contentos; el señor, que había sufrido un infarto, se salvó.
Aún se recuerda su "colaboración" con el Coro Polifónico de Resistencia (galardonado dos veces en certámenes internacionales en Italia: Arezzo-1968, y Pescara-1974). Ocurrió en el Cine Teatro Sep. Iba a dar comienzo la función y Fernando subió al escenario. Miró uno a uno a los cantantes, y luego de agitar la cola ante la mítica directora, Yolanda de Elizondo, fue a tenderse al lado de la candileja. La señora de Elizondo captó el mensaje de anuencia e inició la actuación.
Durante una representación teatral, y en el momento en que la protagonista era acosada por un hombre lobo, Fernando entró en escena y lamió la cara de la actriz, Delma Ricci, tal como si le dijera: "-No tengas miedo, aquí estoy". En ese punto, concluyó la obra. El perrito conoció el aplauso.
SU MUERTE
Fernando murió de diabetes el 28 de mayo de 1963, y sus restos fueron enterrados en la vereda, junto a la entrada del Fogón de los Arrieros, una institución cultural y artística, peña literaria y museo de la ciudad. Allí, junto a su estatua, puede leerse un epitafio que dice: "A Fernando, un perrito blanco que, errando por las calles de la ciudad, despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento".
En Resistencia, conocida justamente como la ciudad de las esculturas, hay tres que representan a Fernando. La primera de ellas es la que está en su tumba, a la entrada del Fogón de los Arrieros, en calle Brown 350:


Otra, frente a la Casa de Gobierno, en la esquina de Av. 25 de Mayo y calle Mitre:


Y la tercera, ubicada en la platabanda de la Av. Avalos, frente al parque 2 de Febrero y al club Regatas:

lunes, 24 de diciembre de 2012

CIUDAD BAIGON





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Ciudad Baigón
(Solari)

Porque hay un cielo que está mejor
con pooles de venecita antigua
joden y te engañan con crueldad
porque Positano es muy chico
y jamás va a alcanzar para vos
no va a ser nunca tu paraíso.
Mirá las almas a tu alrededor
mirá el amor que está a tu costado.
Muchos infiernos, diversos, ví
y sin embargo yo aquí paseo
voy apilando puteadas y sigo ofreciendo mis gentilezas.
Te obligan siempre a volar así
en bingo-fuel y ametrallado a sopapos
que la costumbre da por el mandato ruin de los muertos.
Un pobre diablo yo sé que soy
que vá a la vida con arrogancia
en fin. y gracias a dios (¡Por dios!) no sigue nadie
con mis consejos.
Y los notables dicen que envidian a la gente común como vos
y se la pasan tratado de cagar a la horma del queso viejo.
Poder. placer. poder.
Rumores oscuros que confunden la cabeza
y perturban a los corazones secos.
Y va a llegar ese día en que se desvanezcan tus alegrías
y esa llamita que, apenas, sos
se extinga y de ella no quede nada
ni la pregunta de cómo hiciste para aguantar
y gastar tu vida entre todos tus venenos
y temores que te rendían.
Y hasta el gusano que envidian todos
y que sabe muy bien que no está hecho para el amor
ríe del placer de ser tan cruel e inaccesible.

Una viñeta con “contenido social” (como la definió el propio Solari en un reportaje concedido a la revista Rolling Stone), sobre la vida que se lleva en las grandes urbes con la polución, la contaminación ambiental y todo eso con que nos "fumigan" a diario a quienes vivimos en ciudades densamente pobladas.
El título, siempre tan importante en la lírica solariana, es una sutileza del Indio: apela a la reminiscencia de la marca de cucarachicida más conocida del mundo (el popular "Baygón", de la Bayer, cambiando la "y" por la "i", posiblemente para no tener problemas legales, no sé...), para "graficar" mejor la idea de cómo nos envenenan todos los días tanto material como espiritualmente. Y a la vez, está implícita la asimilación de la gente que vive en grandes ciudades, a cucarachas. 
Y bien pensado, hay en eso un mensaje esperanzador: por más que nos envenenen condenándonos a vivir en ciudades contaminadas, la gente que habita en ellas va a sobrevivir; porque las cucarachas existieron desde siempre. Y porque la manera más cruel y despiadada de fumigarnos, no es el Baygón, ni el glifosato, ni los transgénicos; es el desamor.
“Hay un cielo que está mejor”, que es más puro que el de las ciudades contaminadas: el cielo del Mediterráneo (más adelante vamos a ver por qué es el Mediterráneo). A ese cielo que “está mejor”, algunos lo reemplazan con el sucedáneo mentiroso  de “pooles de venecita antigua” con los que “joden y te engañan con crueldad”. Porque en las grandes ciudades contaminadas no hay un mar puro; por eso hay que conformarse -en el mejor de los casos- con una piscina (pool, en inglés). La venecita es un material utilizado en la construcción para revestir piscinas; unas cerámicas, unas mayólicas pequeñas de 2 x 2 cm., y lo de "antigua" es porque antiguamente, hace varias décadas, se usaban esas mayólicas, y luego las modas y tendencias en arquitectura fueron dejando de lado ese material que hoy vuelve a usarse, como símbolo de lujo, distinción y buen gusto.
El cielo limpio podrá ser reemplazado, si tenés guita y cierta dosis de poder, con la ilusión de una piscina revestida en venecita; pero eso no alcanza para salvarte de la fumigación con el más poderoso pesticida jamás “inventado”: la ausencia de amor; porque “Positano es muy chico / y jamás va a alcanzar para vos / no va a ser nunca tu paraíso”. Positano es una pequeña y paradisíaca ciudad del sur de Italia, ubicada cerca de Nápoles sobre el mar Mediterráneo en la costa amalfitana. Es un sitio muy exclusivo, donde no se permiten nuevos residentes permanentes ni edificaciones; sólo las tres mil personas que viven en la ciudad y nada más. No se puede ir a Positano, comprarse un terreno y edificar, por más guita que se tenga; sólo se puede ir de turismo y al tiempo tenés que pirar. Por eso dice "Positano es muy chico y jamás va a alcanzar para vos".  
Y, ¿quién es ese “vos”? Las letras supuestamente “crípticas” que se le achacan a Solari son un mito; ellas siempre pueden entenderse si nos dejamos traspasar por la lírica. Y por si la menesunda de sensaciones y pensamientos nos llevara a perdernos por algún rumbo extraviado; ahí está otra faceta artística del Indio: la gráfica, que oficia de mapa. En este caso, el arte que acompaña a la canción nos muestra una dama veneciana con un antifaz (la impostura, el aparentar ser lo que en realidad no se es), a las puertas de la CIA. El director de la CIA, con su guita y poder, podrá tener una lujosa piscina revestida con venecita antigua; pero eso no lo exime de la prohibición que representa el hecho de que Positano jamás va a ser su paraíso; él nunca podrá vivir allí. A menos, claro, que lo invada, lo conquiste y lo acapare para sí; pero entonces… Positano ya no sería Positano. El Positano verdadero, real, ese… nunca será para él.
Trascartón nomás, insta, conmina casi, a un interlocutor imaginario: “Mirá las almas a tu alrededor / mirá el amor que está a tu costado”, le dice; porque El tesoro de los inocentes / Biengo-fuel es un disco de amor. Nada de él puede comprenderse sin convenir previamente en ello.
El Indio viajó mucho, vió muchas grandes metrópolis contaminadas (“muchos infiernos, diversos, ví”); no obstante, sigue moviéndose en esa Nueva York que le encanta (“y sin embargo yo aquí paseo”, siendo ese “aquí”, Nueva York). Una ciudad a la que ama, aún a pesar de su manifiesta hostilidad (“voy apilando puteadas y sigo ofreciendo mis gentilezas”).
Y es que después de todo, “vivir sólo cuesta vida”, y hay que vivir, no queda otra; por más que la vida se empeñe en cagarte a palos (“te obligan siempre a volar así / en bingo-fuel y ametrallado a sopapos”).  La gran ciudad es así y tenés que vivir así; a los pedos y siempre al límite ("bingo-fuel" es la expresión que usan los pilotos de aviones aludiendo a que tienen el combustible justo para llegar, están al límite. Y de paso, es una de las dos frases que dan título al disco El tesoro de los inocentes / Bingo-fuel; lo cual nos lleva a que esta canción en particular sea, junto a El tesoro de los inocentes, el tema "principal" del disco, para el Indio).
Y esa “manía” de vivir de ese modo infernal, nos viene de nuestros antepasados, siempre fue así la cosa (“que la costumbre da por el mandato ruin de los muertos”).
Resaltar la impostura y el desamor de una señora detrás de su antifaz y del director de la CIA, no va a cambiar el mundo, una canción no va a cambiar el mundo, el rock no va a cambiar el mundo; pero sí tal vez cambie tu forma de ver el mundo (“un pobre diablo yo sé que soy / que va a la vida con arrogancia”). Y se felicita de que nadie siga su opinión: [“en fin. y gracias a dios (¡Por dios!) no sigue nadie / con mis consejos”]. De paso, hay veladamente una referencia al descreimiento del Indio en Dios (notar que pone "dios" así en minúsculas). Son reiteradas sus declaraciones en el sentido de que no cree que haya vida después de la muerte como sostienen todas las religiones; él cree que te morís y listo, chau ("cuando este velador Solari se apague, se apaga y nada más, no hay otra cosa después" es una de su frases predilectas).
Y se viene un garrotazo a los hipócritas que reniegan de su posición, lujo y notoriedad (“y los notables dicen que envidian a la gente común como vos / y se la pasan tratando de cagar a la horma del queso viejo”). A él no le gusta ser notable, no disfruta de eso; pero tampoco le va hipocresía de los que dicen que la gente común vive mejor que ellos, que son notables; eso le parece una mentira. Y por supuesto, es una mentira.
La verdad / consecuencia “poder. placer. poder.”, es innegable. El poder está concatenado al placer, así como el desamor, en tanto incapacidad de sentir y dar amor (“rumores oscuros que confunden la cabeza / y perturban a los corazones secos”); está implícito en la soledad del poder: es el precio a pagar.
Cuando ya el placer y el poder no signifiquen nada (“y va a llegar ese día en que se desvanezcan tus alegrías”), va a ser tarde para que te preguntes por qué te quedaste con esa vida de mierda, tan limitada y envenenada (“ni la pregunta de cómo hiciste para aguantar y gastar tu vida entre todos tus venenos”), no te va quedar ni el recuerdo de la rebeldía adolescente; porque vaya a saber qué miedos (“y temores que te rendían”) te impidieron mandar todo al carajo. Y el Indio está aquí apelando a un recurso muy frecuente en su lírica: el de utilizar una misma metáfora con múltiples significaciones; ya que también alude a su carencia de fe y a su propio convencimiento de que no hay vida después de la muerte como sostienen todas las religiones (asimila lo de “esa llamita que, apenas, sos / se extinga y de ella no quede nada”; con la frase del velador citada anteriormente y que siempre anda pronunciando).
Cuando llegue ese momento, decía, será irremisiblemente tarde para “vos”. Tan terriblemente tarde, que hasta excederá esa tardanza expresada por el Ofe Rivero en Pucherito de gallina, cuando decía “hoy han pasado los años y no encuentro calor de hogar, familia y juventud”. Será muy tarde para "vos", ¿sabés?; porque “hasta el gusano que envidian todos / y que sabe muy bien que no está hecho para el amor / ríe del placer de ser tan cruel e inaccesible”. O sea, tan tarde será…; que ni tiempo para el arrepentimiento tendrás. Lapidario.
Por eso, chabón, no pierdas de vista que El tesoro de los inocentes / Bingo-fuel es un disco de amor. Y sabido es que “si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía ¡no vas a regatear!”.

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domingo, 16 de diciembre de 2012

LA TERNURA Y LA INOCENCIA














Las representaciones más sublimes de la ternura y la inocencia en el arte, son para mí la película "The kid" (en nuestro país; "El pibe"), de Charles Chaplin; y la serie "El Chavo del 8", de Roberto Gómez Bolaños.
-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 9 de diciembre de 2012

LADREN LO QUE LADREN LOS DEMÁS, MACBETH

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Por el picor de mis pulgares, algo malo se aproxima. (William Shakespeare, Macbeth)

"Esto, señores, es de lo mejor que se ha escrito en mi contra. Ya verán ustedes cómo nadie me defiende así". Dicen (dicen que dicen) que esas fueron las palabras que pronunció Juan Manuel de Rosas luego de leer el Facundo de Sarmiento.
Sean o no exactos y veraces la cita y el hecho, lo indudable es que era verdad lo que supuestamente señaló Rosas de manera tan acertada; porque en efecto, un libro genialmente escrito (y el Facundo lo es, pese a estar lleno de esas inexactitudes a designio en las que su propio autor reconoció haber incurrido) es capaz de instalar en el imaginario colectivo que la ficción bajo la cual fue creado, viene a ser la crónica real del personaje histórico que se haya elegido como el protagonista central de su trama.
Abundando en ejemplos, lo mismo ocurre con Yo, el Supremo, la obra (magistral, dicho sea de paso, pero claro; desde lo literario) de Roa Bastos que contribuyó a cimentar la leyenda negra que edificó con empeño digno de mejor causa cierta historiografía a la hora de tratar en juicio póstumo la figura del doctor Francia.
Macbeth es, para mí, la más sublime de las tragedias surgidas del genio portentoso del trascendental William Shakespeare.
Fue escrita en algún momento a principios del siglo XVII, tomando su autor como fundamento "heurístico" para el delineamiento del perfil del personaje, a la monumental Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de Raphael Holinshed; quien a su vez, en lo referente a la tierra del kilt y el buen whisky, se había limitado a traducir del latín la Historia de Escocia, de Hector Boyce. Pero hete aquí que el amigo Boyce estaba financiado a través del mecenazgo del rey Jacobo V de Escocia, que en tanto perteneciente a la casa de los Stuart (Estuardos), se consideraba descendiente de Banquo (lo cual no es más que leyenda; porque Stuart proviene de steward, es decir, mayordomo del reino, un título otorgado por David I, hijo de Margarita de Escocia, la segunda esposa de Malcolm III, a la familia anglo-normanda Fitz-Alan; siendo ese su verdadero origen) y entonces, para hacerse grato a su patroncito, manipuló a gusto y piaccere lo relativo a Macbeth, que vino así a quedar en la historia como el ser odioso que nos pinta el ínclito dramaturgo de Stratford-upon-Avon.
O sea, pretender conocer la verdadera historia de Macbeth a través de la obra de Shakespeare, equivale  a querer comprender la historia de Rosas y su tiempo mediante la lectura (por parte de quienes tengan estómago para semejante proeza) del bodrio Amalia, de Mármol, con todas sus patrañas acerca de la somatén restauradora y demás.
El Macbeth real nada tiene que ver con el de la ficción shakespeareana y muy lejos estuvo de ser el abominable monstruo supersticioso, tirano y asesino empujado al magnicidio por una esposa tan deleznable como él o más aún, que se describe en la tragedia.



El Macbeth de carne y hueso vivió en el siglo XI y fue un monarca de la dinastía celta que reinó en Escocia desde 1040 hasta 1057, y no accedió al trono mediante el asesinato alevoso y cobarde de su antecesor; sino que a la muerte del hasta entonces rey, Malcolm II, se empeñó en una lucha contra su primo Duncan I (que había sido coronado mediante la recurrencia de Malcolm II al ardid de mudar las reglas que enmarcaban hasta entonces el proceso sucesorio escocés), convencidos cada uno de sus mejores derechos; y lo mató en combate, en la batalla de Pitgaveny, cerca de Elgin, el 14 de agosto de 1040 (hay quienes sostienen que Duncan pereció a manos de sus propias tropas, lo cual tal vez diera origen a la versión "conspirativa" de su muerte, pero en cualquier caso; lo cierto es que en modo alguno era el bueno, justo, generoso y venerable anciano rey que imaginó Shakespeare; sino un botarate inepto para gobernar, que en lo militar saltaba de derrota en derrota y que había sumido a su reino en una profunda crisis política que lo hacía odioso a los ojos de los caballeros de Escocia).
Macbeth, que profesaba una profunda fe cristiana, viajó a Roma circa 1050, en un largo peregrinaje de 6 meses (se dice que para obtener el perdón divino por haberse visto obligado a matar a Duncan; aunque probablemente eso no sea más que otro mito). Gozaba de amplio consenso entre sus súbditos y ejerció un reinado prudente y eficaz, acertando a unir bajo su sabia gestión monárquica a Escocia, que por esos tiempos era un territorio ahogado en la sangre de seculares disputas tribales. Macbeth pondría fin a las mismas apelando a una novedosa herramienta por él ideada consistente en la creación de lo que hoy llamaríamos una especie de policía rural, que patrullaba continuamente los campos estableciendo el imperio de cierto orden. 
En 1046, el earl (conde) Siward de Northumbria, encabezó una rebelión tendiente a coronar al padre de Duncan I, el abad laico de Dunkeld, Crináin; que Macbeth conseguiría sofocar, muriendo Crináin durante esos sucesos. Pero en 1052 Siward volvió a atacar (algunos historiadores sostienen con fundamento que instigado por Eduardo III El Confesor, monarca inglés, quien se habría disgustado con Macbeth a raíz de haber asilado éste a unos normandos a los cuales él perseguía; lo cual probablemente no fuese más que un pretexto tras del cual se escondía la intención de influir decisivamente Inglaterra en Escocia), esta vez con el objeto de poner como rey a Malcolm Canmore (de Ceanmor, o sea, Cabeza Grande) hijo de Duncan I, al cual Macbeth, luego de derrotar a éste, había desterrado junto a su hermano Donald Bain (el Donalbain de Shakespeare).
Nuevamente, Macbeth consiguió mantenerse en el trono, pero  a costa de la pérdida de vastos territorios en el sur, que quedaron bajo el dominio de Malcolm. La guerra civil prosiguió hasta 1057, en que Macbeth fue muerto tras 17 años de reinado (un período larguísimo para la época medieval, lo cual es claramente indicativo de su popularidad) en la batalla de Lumphanan, a manos de Malcolm (que tampoco era el inocente despojado de sus derechos por el cruel e inescrupuloso déspota regicida que nos pinta Shakespeare); quien luego de emboscar y asesinar a Lulach Macgillecomgan, hijo de Macbeth habido con su primera esposa (la verdadera lady Macbeth, que tampoco tenía nada que ver con la arpía instigadora de asesinatos de la ficción de Shakespeare y que por lo contrario; fue una mujer muy abnegada que se preocupó por el bienestar de viudas y huérfanos) y sucesor legítimo de éste; se coronó en 1058 nuevo monarca de toda Escocia con el nombre de Malcolm III.
Por supuesto, no estoy con esto instando a desmerecer y ajar el lábaro enarbolado por las felizmente numerosas huestes "literarias" en aras de izar como único digno el de los amantes de la historia, para nada; en modo alguno debe leerse bajo esa perspectiva lo que escribí.
Digo simplemente que no hay nada que nos impida disfrutar intensamente de una obra maestra como lo es Macbeth, surgida de la magia creativa de Shakespeare; sin perder de vista que por su parte, la historia tiene el mandato inalienable de arrojar su luz que ha de esplender sobre la noche de los tiempos.
Me conmueve los sentidos el Macbeth de Shakespeare, y al mismo tiempo, me apasiona la historia del Macbeth real. ¿Está mal?

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 5 de diciembre de 2012

UN CONSEJO DESESTIMADO


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La independencia americana fue la consecuencia natural y lógica de la crisis española (de la crisis española "existencial", quiero decir; que no la de la última etapa, que desembocó finalmente en el Mayo de 1810).
Esa América que le había aparecido al paso a Colón, salvó a éste, pero... no salvó a España.
Paradojalmente, la primera nación europea en llegar a la unidad, la que había sido capaz de sacudirse de encima a los moros que la habían ocupado por siete siglos, no podría mantener el imperio que había forjado, y el oro y la plata americanos le resultarían indigestos.
Mientras hasta el último remendón español soñaba con el paraíso de Mahoma y la ciudad de los césares, las demás potencias europeas, especialmente Inglaterra; se relamían tejiendo planes para su participación en el festín, tal como se relamen los lobos contemplando un indefenso rebaño.
Y sería en vano que Hernandarias se desgañitase clamando a su rey apoyo para liquidar la corrupción en el puerto de Buenos Aires, tan en vano, como que Felipe II quisiera dar a los estrógenos de Elizabeth I otra aplicación que no fuera la del saqueo pirateril, mandando a la "pérfida Albión" su temible armada y tan en vano como las proezas de heroísmo de Cartagena de Indias, de Colonia del Sacramento y de Buenos Aires... ¡Alea jacta est!
El proceso de deterioro de la hispanidad se aceleró aún más con el cambio dinástico en el trono luego de la Guerra de Sucesión. Sustituir Habsburgos (o Austrias, indistintamente) -aún apuntando en la cuenta de éstos el "debe" que hay necesariamente que contabilizarles por el calamitoso reinado de Felipe IV- por Borbones, lejos de ser un remedio para unos supuestos oscurantismo y atraso; hundió aún más al otrora poderoso imperio donde nunca se ponía el sol, ahora disfrazado con el ropaje del "modernismo" que los iluminaría con las "luces del siglo", incógnita de una ecuación que los azorados españoles de ese tiempo nunca lograron despejar.
Y por el lado de Indias, la mudanza de Austrias a Borbones no representó mejora alguna; fue tan desastroso como lo fue en lo que concernía a la península. El centralismo y absolutismo borbónicos desecharon el papel importante que hasta allí había jugado el Consejo de Indias, el cual permaneció languideciendo en una intrincada burocracia que lo condenaba al arcón de los olvidos más que al de los recuerdos, las autonomías políticas se acabaron, y lo que eran los reinos de Indias; pasaron a ser las colonias de América.
Desde Utrecht (incluido, por supuesto) en adelante, la declinación española se convirtió en franca (y nunca mejor aplicado el término "franca") caída. Caída que no alcanzaron a detener los denodados e inteligentes esfuerzos de Isabel Farnesio (que pese a no ser española -era de Parma-, valía infinitamente más para España que su estúpido y pusilánime esposo, el maníaco depresivo Felipe V).
Pero ¿había remedio para la enfermedad española? Sí, lo había; aunque se necesitaba "un gran remedio para un gran mal" (Indio Solari dixit): estaba en su psique el achaque, y la medicina había que buscarla allí mismo, en el alma, es decir, en el pueblo.
Y de allí salió: Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, el bien amado de las plebes y las clases medias españolas, quien con extraordinaria perspicacia y largueza de miras comprendió cabalmente la amenaza que se cernía sobre el imperio a partir de la independencia norteamericana (lograda con el auxilio de la entente franco-hispana), y en razón de ello, en 1783 aconsejaba de esta manera a su rey: 

Esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aún coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido... y sólo pensará en su engrandecimiento... el primer paso será apoderarse de las Floridas... aspirará a la conquista de Nueva España que no podremos defender... y toda la América meridional... Que V.M. se desprenda de todas las posesiones del continente de América, quedándose únicamente con las islas de Cuba y Puerto Rico en la parte septentrional y algunas que más convengan en la meridional, con el fin de que ellas sirvan de escala o depósito para el comercio español. Para verificar este vasto pensamiento de un modo conveniente a la España se deben colocar tres infantes en América: el uno de Rey de México, el otro del Perú y el otro de lo restante de Tierra Firme, tomando V.M. el título de Emperador.

En buen romance, el conde de Aranda prevenía las ulterioridades que resultarían de la emergencia de los recientemente creados Estados Unidos como nación potencia a corto plazo, y sugería al monarca erigir tres reinos los cuales junto con España, conformarían un imperio consolidado en perdurable unidad.
En general los historiadores han tomado el consejo del conde a su rey como un antecedente de lo que se ha dado en llamar comunidad de naciones al estilo del Commonwealth británico, y algo hay de eso; pero tengo para mí que la concepción del proyecto superaba ese propósito y representaba algo más ambicioso todavía: encarnaba nada menos que la alianza estrecha, íntima, trascendental e inmarcesible entre España y la América central y meridional; no una comunidad de naciones sino una sola nación de formidable poderío, sustentable en el devenir de los siglos y no sujeta a la influencia de otras potencias.
Pero resultó que el médico que atendía al enfermo... ¡rechazó el remedio que se le ofrecía para curar al mismo! Si la "pérfida Albión" tuvo la suerte de que el sentido común inglés condujera a Jorge III a justipreciar adecuadamente la enorme valía del libro de Edmund Burke Reflections on the Revolution in France, acertando a sustraer a Inglaterra de la influencia de los aspectos más indeseables de ese hecho; no tuvo España la misma suerte. El voluble, falto de energía, indeciso, en una palabra; inepto Carlos III, desoyó el atinado consejo del conde de Aranda y se perdió así la última posibilidad de detener la debacle de la hispanidad.
Las calamidades que a España (y a nuestra América) les sobrevendrían después de eso, de la mano de aquel imbécil cornudo consciente y complaciente que fue Carlos IV y de la del repulsivo histérico mariquita bordador que era Fernando VII, son bien conocidas; tan bien conocidas como las de la incontrastable evidencia patentizada en el actual exponente de esa irremisiblemente degenerada dinastía borbónica: el miserable botarate bueno para nada que es Juan Carlos I.
Para la hispanidad, desgracia y borbones fueron y son sinónimos.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA MARIPOSA DE OBSIDIANA






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
Por este mismo mes del pasado año me tomaba yo el atrevimiento de sugerirles la lectura de otro título (cliquear sobre este ENLACE para ver aquello) de este mismo autor sobre el cual vuelvo hoy: Juan Bolea, un escritor español, gaditano para más datos, que ha creado un personaje que es el protagonista central de sus novelas: la inspectora Martina De Santo, una mujer policía bella, inteligente, audaz e inquietante.
En esta oportunidad, Martina debe investigar, en la región norte de España, el asesinato de una stripper cometido de modo de replicar los sacrificios rituales aztecas: con un cuchillo de piedra, de obsidiana.
Un libro ameno, atrapante, un thriller que sin golpes bajos; transporta al lector al mundo de la mejor ficción policial.
Que lo disfruten.

viernes, 23 de noviembre de 2012

UNA FOTO POST MORTEM



























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Fotografía del cadáver de Justo José de Urquiza tomada en Concepción del Uruguay cerca de las 15 hs. del 12 de abril de 1870, día siguiente al de su muerte, acaecida el 11, sobre las siete y media de la tarde en el Palacio San José.
La imagen la tomaron dos tucumanos: Augusto y Guillermo Aráoz, quienes por entonces estudiaban en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y habían instalado un pe
queño negocio de fotografía en esa ciudad.
Esa misma tarde los Aráoz tomaron también una de Ricardo López Jordán e hicieron 500 copias de cada una de las fotografías con el propósito de venderlas.
Pueden distinguirse nítidamente la herida de bala en la cara y las cinco puñaladas en el torso que presentaba el cadáver de Urquiza.
Al historiador tucumano Carlos Páez de la Torre le corresponde el mérito de haber establecido que la fotografía había sido tomada por los estudiantes tucumanos Aráoz, uno de los cuales dejó registrada su memoria del suceso en un documento que estaba en poder de la también tucumana María Elisa Colombres de De la Rosa, al cual tuvo acceso Páez de la Torre, que lo copió parcialmente, a mano.
Sin embargo, Páez de la Torre incurre en groseros errores de interpretación, como por ejemplo, afirmar que “se nota perfectamente la sangre que mana de la nariz y de la boca -donde impactó la bala- así como los orificios del puñal” (sic).
Cualquiera que pensara un poco sobre el particular se habría dado cuenta de que lo que se distingue en la imagen no puede ser sangre que “mana”, ya que el cadáver de alguien que había sido muerto a las siete y media de la tarde-noche del día anterior; no podía estar sangrando todavía transcurridas veinte horas, a las tres de la tarde del día siguiente, cuando fue tomada la foto. Y si fuera sangre que “mana” de esa herida de bala, como dice Páez de la Torre; también debería haber sangre “manando” de las puñaladas, y claramente se ve que no es así, que el cadáver está exangüe. 

Tampoco debe ser sangre seca; porque se nota perfectamente que el cuerpo había sido limpiado y lavado, seguramente por la esposa e hijas de Urquiza, quienes según sus propias afirmaciones -que constan en el expediente judicial-, habían pasado toda la noche junto al cadáver en la sala donde Urquiza fue muerto, bajo la vigilancia de quienes lo mataron. ¿La esposa e hijas de Urquiza iban a limpiar del cadáver la sangre de las heridas de puñal en el pecho e iban a dejar la sangre del balazo en la cara? Ridículo.
En cuanto al balazo, no fue como dice Páez de la Torre, en "la boca, donde impactó la bala"; sino que fue debajo de la nariz, en el espacio que media hasta el labio superior, como consta en el expediente judicial y como se ve en la imagen.

domingo, 18 de noviembre de 2012

LAS PISTOLAS DEL GENERAL BELGRANO: EL ESTADO AUSENTE













Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Creo que el comprador inevitable será un argentino, alguien que las quiera devolver a su tierra; si no para exhibirlas o donarlas a un museo, para que al menos estén en una colección argentina. Son piezas vinculadas de manera íntima a la historia argentina que lamentablemente no han estado en ese país por más de 150 años. Deberían estar en algún museo allí, son un tesoro nacional. (Conor FitzGerald, asesor y apoderado del coleccionista norteamericano que subastó en Christie's las pistolas que pertenecieron al general Manuel Belgrano)


Se equivocaba usted, señor FitzGerald, todos quienes admiramos y veneramos la figura histórica del general Belgrano, hubiésemos deseado con toda el alma que se cumpliera su vaticinio; pero lamentablemente, no fue así.
En efecto, como usted suponía, hay muchos argentinos poseedores de considerables fortunas a quienes no les hubiera significado ningún esfuerzo económico desembolsar 374.400 dólares para que las pistolas regresaran a esta patria nuestra de la que el general Belgrano fue artífice y a la cual dio nada menos que su independencia; pero, ¿sabe?, a esos argentinos multimillonarios no es precisamente el amor a nuestra historia y a nuestros héroes lo que los conmueve y guía.
Debería haberlas comprado el Estado, porque al fin de cuentas, para un gobierno 374.400 dólares son una nadería; pero ¿cree usted que un estado que no sirvió ni para custodiar eficazmente su reloj y que cuando éste fue robado, no atinó ni siquiera a dar pasos elementales en pos de recuperarlo para el acervo histórico de los argentinos; arbitraría las medidas y recursos tendientes para que las pistolas se reintegren al patrimonio cultural de nuestra nación? Impensable, directamente.

Esta es la historia de esas pistolas narrada por el mismísimo Instituto Belgraniano:

21 de agosto de 1814: Belgrano recibe por parte del Cabildo de Buenos Aires un par de pistolas en reconocimiento por su triunfo en Salta.Belgrano se hallaba retirado en el pueblo de San Isidro y el Cabildo de Buenos Aires, le remitió, con oficio de 21 de agosto de 1814, un par de riquísimas pistolas de arzón “con los emblemas e inscripciones que realzan su mérito”; en justo reconocimiento, le decía, del triunfo de Salta; pidiéndole que las aceptase “como una fineza de un padre para con un hijo a quien ama tiernamente.”Se evidencia el reconocimiento del Cabildo a los méritos de Belgrano a poco que había sido sobreseído del proceso que se le había seguido en virtud de sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma; alejado temporariamente el prócer de la escena política, restableciendo su salud en la quinta de Perdriel, propiedad familiar.En el Acuerdo del Extinguido Cabildo de Buenos Aires del 25 de noviembre de 1814 se registra la cuenta del costo de las pistolas encargadas a Londres para obsequiar al Gral. Belgrano por ser “Vencedor en Tucumán y Salta”, ascendiendo a 637 pesos 7 reales (abonada por el Ayuntamiento en pagos sucesivos).Con respecto a la cuestión de las características de las pistolas en sí, y en cuanto a detalles de su manufactura se conoce, pues, que fueron hechas por Henry Tatham & Joseph Eggs, de Londres, el fabricante más destacado del momento. Llevan el sello de los plateros de Londres correspondiente al año 1813 y están montadas en plata. Como podrá observarse en las fotografías, todas las incrustaciones de plata están doradas. El encendido es a chispa y las colas de disparador “al pelo”. Las cazoletas y los oídos están dorados y los cañones son de 10 ½ pulgadas. Incrustadas en oro en las caras visibles de los octógonos de los cañones se lee:"la Ciudad de Buenos Ayres al General Belgrano, vencedor de Tucumán y Salta. La libertad de la patria establecida", las pistolas presentan incrustaciones de oro y plata cincelado, y vienen en un estuche de madera, en cuya tapa aparece grabado el nombre de Manuel Belgrano.En las empuñaduras aparece grabado el escudo de la Asamblea del año 1813 y la inscripción Provincias Unidas del Río de la Plata. Los ornamentos de las pistolas de presentación de Belgrano poseen lujosa artesanía (de plata incrustada en el arma) con detalles tales como diseños de viñas y trigos (representando la riqueza agraria de las Provincias Unidas del Río de la Plata). Consisten en hojas de parra y enredaderas y los guardamontes están ricamente decorados. Las pistolas están contenidas en la caja original de palo de rosa, con todos los accesorios, las balas y el equipo originales. El estuche tiene un anillo externo para transportarlo y en la tapa de caoba se lee la siguiente inscripción: “A su amigo Jn. Ml. de Rozas, J. N. Terrero”.Tras el deceso de Belgrano en 1820, las armas pasaron a manos de su albacea, Juan Nepomuceno Terrero, quien en 1834 se las regaló a su consuegro y ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.Años más tarde, el ex gobernador se las legó a su hija Manuelita Rosas y Terrero, quien las pasó a sus descendientes.Tras un viaje que duró más de un siglo, las pistolas reaparecieron en manos de William Simon, secretario del Tesoro de Estados Unidos durante la presidencia de Gerald Ford (1974-1977).Fue el propio Simon quien se las vendió al propietario que las puso en subasta, un estadounidense de la costa este de EE.UU., del que sólo se sabe que es coleccionista de autos y un gran conocedor de la historia latinoamericana.
No, señor FitzGerald, lastimosamente, su pronóstico era erróneo: las pistolas del general Belgrano seguirán en el extranjero… HASTA QUE VENGA EN ESTA TIERRA ALGÚN CRIOLLO A MANDAR.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 15 de noviembre de 2012

FIESTA EN LA SEDE DE HURACÁN


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Esta fotografía forzosamente tiene que haber sido tomada entre junio de 1943 y principios de 1944. Me inclino por la primera posibilidad, porque si fuera en 1944; entonces no pudo haber sido más allá de febrero, ya que el 25 de ese mes, Ramírez delegó el poder en Farrell, y el 29 se produjo, en apoyo del primero, el levantamiento del Regimiento 3 de Infantería con cuarteles en Parque de los Patricios por parte del jefe de esa unidad, que era el teniente coronel Tomás Adolfo Ducó; hecho ese que pondría término definitivo a la íntima amistad que hasta entonces había entre él y Perón.
El acontecimiento tuvo lugar en la vieja sede social de Huracán (la nueva la construiría tiempo después Ducó).
Y con respecto a Ducó, esta es la primera imagen suya de cuerpo entero que veo. Vaya uno a saber por qué (tal vez por la enorme significación y trascendencia que a su obra fecunda, inmensa, le otorgamos los huracanenses), yo lo hacía mucho más alto; pero observo que era medio petiso (nótese que Perón, aún inclinado, le lleva media cabeza).
El entonces presidente de la Nación, general Pedro Pablo Ramírez, es el que está de civil, de traje oscuro. 
A su izquierda (derecha de la imagen) aparece el general Edelmiro Farrell.
El que podemos observar sonriéndole al presidente Ramírez, a la derecha de éste -centro de la imagen-, es el general Anaya. En 1973, Perón, disgustado con el hijo de este Anaya (que también se llamaba Elbio como su padre), celebró que se proyectara en todo el país la película La Patagonia rebelde, porque Anaya (padre) había sido, cuando tenía el rango de capitán, el segundo del teniente coronel Benigno Varela, aquel de la represión de obreros en Santa Cruz durante el gobierno de Yrigoyen. Fue una pequeña "venganza" de Perón hacia Anaya, tanto como pa' que aprenda que el agua no se masca
Y el que aparece entre Perón y Ducó, que se estrechan las manos, es el coronel Emilio Ramírez.
 
-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 13 de noviembre de 2012

NOS TAPÓ EL AGUA



 












Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Definitivamente, nos tapó el agua: acabo de recibir por e-mail el newsletter mensual de EL HISTORIADOR - GACETA HISTÓRICA, que dirige el mediático Felipe Pigna. 
Según él, "12 de noviembre 1863: Muere fusilado el caudillo riojano general Ángel 'Chacho' Vicente Peñaloza" (sic). 
Se ve que para Pigna, un lanzazo mortal en el abdomen, seguido del acribillamiento a balazos de un cuerpo en el suelo en irreversible agonía o ya muerto (lo más probable), y la posterior decapitación; equivalen a "fusilamiento".
En fin...

domingo, 21 de octubre de 2012

UNA FUGA FRUSTRADA. SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Una vez sofocada la rebelión de los prisioneros realistas en San Luis, la prensa de Buenos Aires difundió ampliamente los sucesos y las expresiones de beneplácito se sucedieron. Lamentablemente, a la hora de interpretar los hechos, no ocurriría lo mismo con la historiografía.
El chileno Benjamín Vicuña Mackenna, por ejemplo, en su libro La guerra a muerte, llama a Monteagudo "intrigante" y "mulato sádico", y afirma que "el arte de matar había sido una de las ocupaciones predilectas de su vida"; y a Dupuy le enrostra calificativos tales como "venal", "lujurioso", "servil", "incapaz de una sola virtud", "cínico" y "verdugo". Concluye Mackenna en que con Dupuy y Monteagudo en San Luis, "el tigre y la hiena se habían juntado en esa jaula del desierto".
Y otro chileno, Francisco Encina, no se quedaría atrás a la hora de llamar "mulato" a Monteagudo, de tildarlo de "chacal repelente" y "sátiro inmundo"; y de emitir temerarios juicios tales como "una de estas jóvenes, Margarita, encendió la concupiscencia de sátiro que había en Monteagudo”.
Por su parte, Carlos Galván Moreno, en su pretendidamente imparcial biografía Monteagudo: Ministro y consejero de San Martín, lo tacha al tucumano de cobarde, por haber huido despavorido a los primeros tiros de Cancha Rayada (lo cual en efecto, era cierto: Monteagudo escapó a Mendoza; no sé si por cobardía, pero lo cierto es que lo hizo) y de "maestro en el arte de la simulación".
En resumen, para estos (y otros cuantos no citados aquí por razones de espacio) historiadores, los realistas sublevados, a los que muestran llenos de talento y valentía, habrían sido unas pobres e inocentes víctimas sacrificadas a los más bajos instintos de Dupuy y Monteagudo; que vendrían a ser así, dos abominables monstruos sanguinarios sedientos de venganza y movidos por bajas pasiones. Y encima, se dan el lujo de pintar al Libertador General San Martín -¡a San Martín!- como un hombre abrumado y decaído, cediendo a la influencia nefasta de un hábil e intrigante Monteagudo, al que pretenden erigir como el gran culpable de que los prisioneros hayan ideado una conjura para fugar.
Lo de estos historiadores realmente mueve a la indignación, pero mejor dejemos de lado sus delirios y dediquémonos a examinar los hechos y la abundante documentación existente; a ver qué conclusiones podemos extraer.
Analicemos, ante todo, quién era Vicente Dupuy, teniente gobernador de San Luis por esa época; y qué papel jugó Monteagudo frente a la conspiración realista. 
Nacido en Buenos Aires en 1774, Vicente Dupuy se había distinguido durante las Invasiones Inglesas en el Regimiento de Arribeños. En los días de Mayo de 1810, se pronunció entusiastamente por la deposición del virrey, formando parte de los chisperos, pasando después a la Banda Oriental para el sitio a Montevideo, donde permaneció hasta que la plaza cayó en poder de las fuerzas patriotas. Designado teniente gobernador de San Luis, fue uno de los más destacados colaboradores de San Martín, contribuyendo decisivamente a la formación del Ejército de los Andes. Dupuy gozaba del respeto y la estima generalizados del pueblo puntano y adhería incondicionalmente a San Martín, al cual profesaba una admiración rayana en la devoción. Si San Martín le hubiese ordenado a Dupuy que escalara el Aconcagua y se arrojara desde su cima; éste no habría dudado un instante en hacerlo, tal era su grado de lealtad y afecto al Gran Capitán. Cuando se produjo la llegada de los prisioneros realistas a San Luis, hubo un especial pedido del Libertador en el sentido de que los mismos fueran tratados con toda consideración, e interesándose personalmente en el teniente coronel Lorenzo Morla, que había sido su camarada de armas en España y de cuya familia había recibido muchas atenciones. Dupuy cumplió al pie de la letra el requerimiento de San Martín, brindando su hospitalidad a Morla, dándole su amistad, compartiendo con él su mesa y hasta auxiliándolo con su propio dinero (se conservan las cartas de Morla, y también de Ordóñez, a San Martín en las cuales ambos reconocen y agradecen las inmensas atenciones que les hacía Dupuy). Ese era el hombre al que los miserables historiadores más arriba mencionados califican de "incapaz de una sola virtud", "venal", "verdugo", etc.
Sobre fines del año anterior, esto es, 1818, llegó a San Luis el doctor Bernardo de Monteagudo, deportado allí por orden de San Martín, quien estaba muy disgustado con él por su actuación en el proceso y fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera (ver mi artículo al respecto en este
ENLACE), y por la dudosa muerte del abogado y coronel Manuel Rodríguez. A la vez, Dupuy había recibido una carta del gobernador intendente de Cuyo, Toribio de Luzuriaga, en la cual le recomendaba encarecidamente que tuviera las mayores prevenciones para con Monteagudo, ya que éste iba a la Punta castigado por San Martín, debido a lo cual el confinado fue recibido por Dupuy con extrema frialdad. No obstante ello, Monteagudo alternó con los puntanos del mismo modo en que lo hacían la corta guarnición local y también los prisioneros realistas. Así surgió la leyenda esa por la cual se atribuyen al despecho de Monteagudo, supuestamente surgido de una rivalidad amorosa, los móviles de los conjurados: se dijo que Monteagudo quiso seducir a Margarita, una de las hermanas de Juan Pascual Pringles -en casa de cuya familia se realizaban por los general los bailes y veladas-, mujer de extraordinaria belleza; y que ésta prefirió otorgar sus favores a un oficial español que habría sido el teniente Juan Ruiz Ordóñez (algunos, y otros; al percatarse de la incongruencia evidente surgida de que Ruiz Ordóñez tenía por entonces 17 años, mientras que la bella Margarita Pringles contaba 30; optaron por cambiar de "favorecido", reemplazando al adolescente por su tío, el general Ordóñez). Según ese difundido mito, Monteagudo, ciego de odio hacia un imaginario rival suyo en materia de amores, consiguió convencer a Dupuy (al que se lo quiere hacer aparecer como un imbécil sugestionable) de dictar el 1 de febrero de 1819 un decreto prohibiendo a los prisioneros salir de noche; y que ese bando gubernamental habría sido la causa única de la tragedia que se desató.
Está fuera de toda duda que Monteagudo quiso "ganarse" a Margarita Pringles -lo confirma su hermana Melchora (que un año después de la rebelión se había convertido en la esposa de Juan Ruiz Ordóñez, como consigné en el capítulo anterior)- en carta a Angel Justiniano Carranza-; pero pretender acotar un hecho de semejante magnitud cual lo es una sublevación de prisioneros con intento de asesinato de un gobernador y propósitos de fuga, a una mera cuestión de celos masculinos, es perder de vista la perspectiva histórica y mostrar a los protagonistas como si actuaran movidos sólo por impulsos irracionales, bajas pasiones, sadismo y crueldad.
Lo que ocurrió en realidad, fue bien distinto a lo que cuentan esos "genios" escribas de la "historia" (entre ellos, Mitre, que como de costumbre, se equivoca): independientemente de su afición al bello sexo (que era una característica de su índole personal que mantendría durante toda su corta vida, y que además; entra perfectamente en el terreno de lo natural: al hombre le gustaban las mujeres y tenía el arte de la seducción, ¿y, dónde estaría el problema?), Monteagudo poseía una despierta inteligencia y una aguda percepción, y no puede habérsele escapado el peligro representado por el daño que la eventual unión de montoneros alveacarreristas y confinados realistas podía ocasionar a la causa de la independencia (y en efecto, así lo dice en una carta a O'Higgins de fecha 5 de noviembre de 1818, escrita a poco de llegar a la Punta); amenaza esta que por otra parte, como cité antes, preocupaba y no poco a San Martín -de lo cual Monteagudo (y también Dupuy) tiene necesariamente que haber estado al tanto-.
Vicente Fidel López en su Historia de la República Argentina, afirma que el coronel Agustín Murguiondo, que formaba parte de las fuerzas españolas rendidas a las tropas patriotas en 1814 en Montevideo, y que se había pasado -como otros muchos de sus connacionales- a estas últimas influído por Alvear; les dijo en Montevideo a él y a Esteban Echeverría que había sido entre 1818 y principios de 1819, el agente y nexo entre Carlos de Alvear y José Miguel Carrera por una parte, y los prisioneros realistas en San Luis por otra. "De él mismo lo tengo", consigna; y agrega López que en el complot -que consistía en derrocar al gobernador de Santa Fe, Mariano Vera; hacer fugar a los confinados en San Luis; voltear a Pueyrredón (quien sería reemplazado por Alvear); y asesinar a San Martín y O'Higgins asumiendo Carrera el control de Chile-, entraron, además de franceses y chilenos; Estanislao López -que suplantaría a Vera en Santa Fe- y Francisco Pancho Ramírez.
Y efectivamente, el plan de Alvear y Carrera era el que menciona Vicente Fidel López, quien de no haber sido por su proverbial apego a la tradición oral en desmedro del estudio de los documentos, podría haber desentrañado toda la trama de la conjura en San Luis, porque él también, a pesar de estar bien rumbeado y en posesión de todos los elementos de juicio; cae en la creencia de los mitos ridículos de la "rivalidad amorosa" de Monteagudo con alguno de los principales oficiales realistas (sostiene que con el general Ordóñez), y de su capacidad de "sugestión" sobre Dupuy, como elementos decisivos en la cuestión. Si López hubiese analizado concienzuda y exhaustivamente el sumario a los sublevados, seguramente se habría percatado -por ejemplo- de que en él consta que éstos, además del baqueano conocido como "Marín", habían apalabrado para el mismo cometido a un indio que servía en la casa del teniente gobernador; lo cual indica que muy probablemente no había en todos los conjurados el propósito de tomar el mismo rumbo, sino que algunos planeaban hacerlo en dirección a la montonera (como por ejemplo, Carretero, quien fue el nervio de la rebelión); y otros -¿como Ordóñez y Morla, quizá?- irían a unirse a los araucanos y pasar luego a Chile para persistir en su empecinada lucha contra el independentismo americano algunos, o volverse a Europa otros; como acertadamente infiere López, pero sin atinar a dar con los elementos que avalen su tesis (y que los tenía, reitero, ante sus ojos).
Dupuy no era el tonto, voluble, infatuado y sugestionable que se nos quiere hacer creer que fue. Por lo contrario; era un patriota firme, corajudo y decidido que supo estar a la altura que la coyuntura le demandaba. Y la frase de su propio informe: "Yo los mandé degollar en el acto" que a menudo se cita para remarcar su supuesta crueldad, no hace más que indicarnos su estado de ánimo, natural en quien comprueba que aquellos a quienes había colmado de atenciones, intentaron asesinarlo. 

¿Qué pretendían que hiciera Dupuy? ¿Que después de haber compartido con los prisioneros todo cuanto tenía, inclusive su propio dinero, al verse pagado de esa manera; les dijese algo así como "caramba, señores enemigos realistas, os habéis portado mal y me habéis defraudado"??? Por favor...
Y Monteagudo, más allá de los deplorables excesos y actitudes impolíticas en que haya incurrido junto a Castelli en el Alto Perú (y que tantos males causaron), y de los errores que haya cometido; en oportunidad de la conjura realista en San Luis actuó como correspondía, en defensa de los más caros intereses de la patria. Nada tuvieron que ver en todo esto asuntos de polleras ni celos; Monteagudo hizo lo que hizo porque se dió perfecta cuenta de que si quería seguir desempeñando un rol protagónico y destacado, necesitaba imprescindiblemente volver al favor de San Martín (al de O'Higgins ya había vuelto con su participación en lo de los Carrera y en lo de Manuel Rodríguez), y aventar las sospechas que en el Libertador, en Luzuriaga y en otros, despertaban su pasada actuación junto a Alvear en 1814, cuando éste era Director Supremo.
¿Si Monteagudo, de no mediar esas circunstancias hubiera procedido como procedió? Y, qué sé yo... nadie puede saberlo. Y además ¿qué importa? La historia analiza hechos, y las especulaciones acerca de si esto o lo otro, amén de ociosas e inconducentes; corren por cuenta de quien las haga.

Lo cierto es que aquel 8 de febrero de 1819, Dupuy, Monteagudo, Quiroga, Pringles y sobre todo; el heroico y abnegado pueblo de San Luis, salvaron a la Revolución Americana de un gravísimo peligro que sobre ella se cernía. Lo demás es chicharrón de vizcacha.

-Juan Carlos Serqueiros-