viernes, 30 de septiembre de 2016

BERNARDO DE IRIGOYEN, EL HOMBRE DE ESTADO. PRIMERA PARTE: LA ENVIDIA Y EL ODIO DE LOS MISERABLES







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En veinte años de vida profesional activa, defendiendo pleitos en que se interponían intereses valiosos y a veces pasiones políticas, no he recibido ni he dirigido una palabra injuriosa, no he tenido incidente alguno estrepitoso, ni me he empeñado jamás con juez ni  funcionario alguno en favor de las causas que he defendido. (Bernardo de Irigoyen)

En sitial destacadísimo entre los más preclaros e insignes estadistas que ha dado nuestro país, está, sin dudas ni quizás, el ilustre Bernardo de Irigoyen, exitoso empresario rural, eximio jurista, finísimo diplomático y geopolítico de extraordinarias sagacidad y firmeza puestas al servicio de los supremos intereses de la nación, celoso y eficaz guardián de los límites de nuestra República y defensor inclaudicable de nuestra soberanía.

En el seno  de una encumbrada familia de vasca prosapia, del matrimonio integrado por Fermín Francisco Irigoyen Calderón y María Loreto Bustamante de la Colina nació en Buenos Aires el 18 de diciembre de 1822, Bernardo Fermín Matías José María de los Dolores Irigoyen Bustamante.
Estaría llamado a altos destinos como uno de los más prominentes hombres civiles que hayamos tenido por estas tierras: oficial de la Legación Argentina en Chile designado por Rosas, vocal del Consejo de Estado de Urquiza y comisionado por éste ante los gobiernos provinciales, legislador provincial, procurador del Tesoro en la presidencia de Sarmiento, diputado nacional, ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Avellaneda, ministro de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Roca, candidato él mismo a presidente de la República en tres oportunidades: 1880, 1886 y 1892, senador nacional y gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El 8 de febrero de 1843, Manuelita Rosas dio una fiesta en el caserón situado en la esquina de las calles Moreno y Bolívar, donde vivía junto a su padre.



Entre los invitados se contaba Bernardo de Irigoyen, promisorio joven de 20 años y exponente de la mejor sociedad porteña, quien le llevó un obsequio consistente en un álbum de tapas forradas en terciopelo rojo punzó con un Cupido exquisitamente bordado en oro y plata, en cuyo interior se incluían un poema de su propia autoría y la partitura de la música que le había compuesto Juan Pedro Esnaola, titulado Canción Federal: El rebelde a la marcha gloriosa / Del gran Rosas se quiere oponer, / Y en el Monte, San Cala y Mendoza, / El gran Rosas lo vuelve a vencer. / Allí encuentra el malvado su tumba, / El valiente argentino su gloria, / Y en los ecos del mundo retumba: / ¡Unitarios mancharon la historia!


Seguramente, lejos estuvo Irigoyen de imaginar que aquellos versos juveniles de exaltado rosismo, habrían de convertirse, transcurrido el tiempo, en una cruz que debió cargar durante todo lo que le quedase de vida.
Ese mismo año, concluyó sus estudios de derecho, y al siguiente, Rosas, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Arana, lo designó oficial de la legación argentina en Santiago de Chile, la cual estaría a cargo de Baldomero García, a la sazón, nombrado ministro plenipotenciario. El joven Irigoyen pidió ser dispensado de tal puesto, alegando que le quedaba todavía por cumplimentar el resto del período de práctica forense en la Academia de Jurisprudencia (el cual ya había iniciado y más aún; se desempeñaba como prosecretario de dicha institución) que se exigía como requisito obligatorio para poder ejercer la abogacía; pero Arana denegó tal petición, y así, el 1 de diciembre debió partir hacia Chile.
La misión García-Irigoyen perseguía los objetivos de reclamar por la ocupación indebida del estrecho de Magallanes (el asentamiento de un fuerte en el sitio donde Pedro Sarmiento de Gamboa había fundado en 1584 la ciudad Rey Don Felipe), y por la actitud permisiva, complaciente y aún alentadora de las autoridades chilenas hacia los emigrados argentinos (Sarmiento, Alberdi, Gutiérrez, etc.) que atacaban al gobierno de la Confederación en la prensa trasandina (subvencionada oficialmente, dicho sea de paso), lo cual era manifiestamente violatorio de las normas que enmarcaban el derecho de asilo.
Rosas, ni bien se anotició de la ocupación chilena, encargó a Pedro de Angelis y Dalmacio Vélez Sarsfield el estudio del problema del estrecho, y también informó a la legislatura de Buenos Aires acerca de la acción de los emigrados: “La conducta de los salvajes enemigos de la Confederación refugiados en aquel Estado, es contraria a las reglas internacionales del asilo. El Gobierno se complace en anunciaros que ya se ha entablado una correspondencia entre el Gobierno de Chile y el Ministro argentino sobre los objetos importantes de la misión”.
García e Irigoyen llegaron a Chile en abril de 1845, y su misión duró exactamente un año.
La misma no tuvo incidencia en la cuestión del estrecho -como por supuesto, ya había previsto Rosas (que no olvidaba que había sido el gobierno trasandino el que había armado al Chacho Peñaloza y a Martín Yanzón para que invadieran San Juan y La Rioja, y que sólo esperaba desembarazarse del conflicto con Inglaterra y Francia, para inmediatamente abocarse a cobrárselas a los chilenos y ponerlos en caja de una vez por todas)-, porque García era miedoso e insistía constantemente ante Rosas para que se lo relevara del puesto; pero sí alcanzó un notable éxito en lo atinente a la prensa chilena, la cual modificó su actitud. Y hasta Sarmiento tuvo que darse por vencido e irse (a expensas del estado chileno, desde luego; porque su amigo, mentor, protector y valedor, el ministro Manuel Montt, lo mandó Europa, África y Estados Unidos).
¿Habrán apelado García e Irigoyen a esos fondos de reptiles que solía emplear el Restaurador para captar plumas y voluntades? De la contabilidad puntillosa y severísima de la administración rosista, no surge tal cosa; pero…
La actuación de Irigoyen en Chile fue impecable, no sólo en lo atinente a su misión específica, sino además; hasta sirviendo a muchísimos emigrados argentinos en todo cuanto estuviera a su alcance.
En abril de 1846, Rosas le indicó que pasara a Mendoza con el archivo de la legación, y esperara allí al nuevo ministro que había designado en sustitución del quejoso y timorato García: Miguel Otero, ex gobernador de Salta [“… un señor Otero de Salta, que está nombrado enviado extraordinario a Chile, i a quien Rosas ímprobo en nota oficial usar de la ‘i’ latina en los casos que su gobierno usaba de la ‘y’ griega ¡ordenándole abstenerse en adelante de incurrir en desliz tan imperdonable!” (sic), escribía en 1850 Sarmiento en Recuerdos de provincia]. Pero Otero no viajó, e Irigoyen debió permanecer en Mendoza hasta fines de 1850.
En esos años, además de fundar, por disposición de Rosas, el periódico La Ilustración Argentina para contrarrestar la prédica y los ataques que venían desde Chile; neutralizó la intención brasilera de azuzar el encono trasandino hacia nuestro país, y como representante del jefe de la Confederación Argentina, gravitó decisivamente en la política cuyana, siendo respetado y estimado por todos, rosistas y antirrosistas, a punto tal, que estos últimos hasta manifestaron -con nada menos que Tomás Godoy Cruz a la cabeza- su complacencia para con él, proponiéndolo para gobernador.
El 12 de octubre de 1850, contrajo matrimonio con una dama de la sociedad mendocina: Carmen Olascoaga Giadas, tras lo cual, a fines de ese año, regresó a Buenos Aires para desempeñarse en el ministerio de Relaciones Exteriores, el cual seguía a cargo de Arana. En enero de 1851, Rosas lo recibió en audiencia para que le transmitiese todo lo actuado en Santiago y en Cuyo y para tratar con él de la cuestión con Chile.
Se dijo que Rosas, inducido por personas de su gobierno y cercanas a él, estaba muy disgustado por la participación de Irigoyen en la política sanjuanina, y que debido a ello, había ordenado que éste volviera a Buenos Aires.
No hubo nada de eso ni fueron así las cosas. El Restaurador jamás permitió que alguien, sea quien fuese, influyera en sus decisiones. El regreso a Buenos Aires había sido solicitado por el propio Irigoyen -cuya madre había fallecido durante su larga ausencia, dicho sea de paso-, quien además; en sus apuntes consignó inequívocamente que Rosas -“siendo esa la primera vez que conversé con él”, escribió- lo había recibido “con atención y urbanidad”, y narró también los temas sobre los cuales trataron e incluso contó cómo se sorprendió ante la vastedad de conocimientos que evidenciaba don Juan Manuel tanto en lo relativo al asunto del estrecho, como en lo que respecta a la calibración exacta y sagaz de las figuras políticas de Chile, Bolivia y Perú.
Por otra parte, inmediatamente se encargaron a Irigoyen cuestiones muy importantes, como la recopilación de los antecedentes y documentos que respaldaban nuestros derechos sobre el estrecho de Magallanes, las relaciones con la Santa Sede en lo referente al nombramiento de vicarios capitulares y obispos, y el reclamo de la legación de los Estados Unidos por los perjuicios ocasionados a ciudadanos norteamericanos durante la guerra de la Independencia y las luchas civiles.
Así, ¿es pertinente inferir seriamente que Rosas encomendara semejantes asuntos de estado a alguien con cuyo desempeño previo estuviera disconforme? Por favor…
Por ese tiempo, se despertaron en Irigoyen inquietudes de historiador, y escribió y publicó sucesivamente sus Recuerdos del General San Martín y Recuerdos de Don Bernardo de Monteagudo.


Caído el rosismo en Caseros, Urquiza, el 28 de febrero de 1852, en previsión de que las desconfianzas y recelos de los gobernadores de las distintas provincias desbordaran en un período de anarquía que retardase la organización constitucional, lo designó comisionado suyo ante ellos, con plenos y amplios poderes.
Con una extraordinaria combinación de diligencia, tino, sutileza, sentido común, habilidad, prudencia, claridad y firmeza, Irigoyen obtuvo un éxito resonante en su misión, que le valió el caluroso encomio de Urquiza: “Debo contraerme a manifestar a V. mi reconocimiento por los servicios que ha prestado en la misión importante y delicada que confié a su honradez y patriotismo”.
Así, el Acuerdo de San Nicolás celebrado el 31 de mayo de 1852, se debió en gran parte a la inteligente y eficaz gestión de Irigoyen en el interior del país.
Regresado a Buenos Aires, fue designado vocal del Consejo de Estado que asesoría a Urquiza, erigido éste en Director Provisorio de la Confederación Argentina. Tuvo Irigoyen en dicho Consejo una destacadísima participación, pero luego no aceptó ser diputado al Congreso Constituyente ni por Buenos Aires ni por Mendoza, y asimismo rechazó el cargo de Secretario del Congreso que le ofreció personalmente Urquiza, pues deseaba dedicarse al ejercicio privado de la abogacía, para lo cual necesariamente debía concluir el período de práctica en la Academia de Jurisprudencia, que había iniciado diez años antes y no había podido terminar en razón de ser requerido para desempeñar las misiones oficiales precedentemente citadas. Pero ocurrió entonces la primera manifestación de la envidia y el odio de los miserables contra Irigoyen.
El 11 de setiembre de 1852 había estallado la revolución que marcó el inicio de la larga y desgraciada secesión de Buenos Aires del resto de la Confederación. En ella, habían andado juntos -cuándo no- porteños y correntinos, y coincidido los más exaltados unitarios -devenidos en “liberales”- (Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Carlos Tejedor, entre ellos), con notorios ex rosistas como Lorenzo Torres, Angel Pacheco y Pastor Obligado, por ejemplo y entre otros.Estos últimos encontraron allí el Jordán que los purificaría de su pasado rosismo, del cual, obviamente, tuvieron que hacer público repudio para acomodarse del lado donde calienta el sol (Lorenzo Torres hasta se estrechó con Valentín Alsina en el “abrazo del Coliseo”).
Pero Irigoyen no cayó en esas miserias humanas, y se negó a abjurar de su adhesión al Restaurador, por lo cual la Academia de Jurisprudencia le denegó la reinscripción en el período de práctica, pretendiendo, hipócritamente, ocultar la bajeza y la ruindad de su abominable proceder bajo el “argumento” de que tal decisión emanaba de no cumplir Irigoyen con lo prescripto en un artículo que disponía la obligatoriedad de tener dos años de residencia en Buenos Aires. Por supuesto, aplicar esa exigencia a alguien nacido allí, que allí había cursado y completado sus estudios de derecho, y que se había visto obligado a ausentarse por cumplir funciones oficiales para las cuales había sido designado por el propio gobierno, era una flagrante y  deleznable injusticia. Irigoyen respondió sólo con un elocuente silencio que evidenciaba su desprecio hacia los que incurrían en aquella iniquidad.
Al no poder ejercer la abogacía, formó, con su amigo Edward Lum, un acaudalado comerciante inglés, una sociedad dedicada a los negocios del campo y a la adquisición de tierras y desarrollo de establecimientos rurales.
Después, ya en 1857, concluyó el período de práctica (como si lo necesitase, más allá de esa reglamentación absurda) que antes algunos miserables le habían impedido finalizar, pudo dedicarse a la abogacía. Su afamado bufete profesional contó entre sus clientes a las empresas más poderosas del comercio nacional e internacional. Entre los cuantiosos ingresos que le procuraban, por una parte, los negocios del campo, y por otra, su estudio de abogado, Irigoyen redondeó una considerable fortuna.


El 2 de agosto de 1870, el presidente Domingo F. Sarmiento lo designó Procurador del Tesoro Nacional. ¿Pero cómo, Sarmiento nombrando en semejante cargo a su antiguo adversario en tiempos de Rosas?
Ocurría que desde la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz y Amistad entre España y la Confederación Argentina suscripto el 9 de Julio de 1859 entre el ministro español Saturnino Calderón Collantes y el ministro plenipotenciario argentino Juan B. Alberdi, y la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países en 1864, venían sucediéndose los reclamos al gobierno argentino por parte de hijos de españoles, alegando éstos perjuicios y exacciones supuestamente sufridos por sus padres durante la Guerra de la Independencia y las luchas civiles. Entonces, Sarmiento llamó a Irigoyen, quien estaba reputado como el mejor jurista a la hora de defender los intereses nacionales.

José María Rosa afirma que fue Adolfo Alsina quien indicó a Sarmiento que encargara del asunto a Irigoyen. Es posible que así haya sido (Alsina, gran conocedor de los hombres, fue quien había logrado sacar a Irigoyen de su ostracismo político voluntario para llevarlo al Partido Autonomista); pero lo que consta es que Sarmiento, en acuerdo de ministros, dijo: “A tamañas pretensiones les opondré tamaño jurista”, y años después, el 14 de julio de 1877, siendo senador, se refirió a aquella cuestión pronunciando en el recinto de sesiones estas palabras: “Siguiendo su curso el asunto, cayó en manos del Fiscal del Tesoro, el Dr. D. Bernardo de Irigoyen. El Gobierno llamó un abogado tan competente como ese, para ponerlo de Fiscal del Tesoro, a fin de guardarse contra estos ataques que recibía diariamente de los intereses particulares, empeñados en hacer servir el tratado de España para explotarlo y sacar cantidades de dinero que no se debían pagar. Era preciso que hombres de ese peso, estuviesen allí para informar y rechazar los defectos, las deficiencias y la falta de derecho de las partes”.
No pararía allí el Loco (que no era hombre de rencores y que, extrañamente en él, nunca había agredido desaforadamente a Irigoyen en la prensa, como solía hacer con todo el mundo), porque también lo designó vicepresidente de su chiche más preciado: la Exposición Nacional en Córdoba. Y ya veremos más adelante, estimado lector, cómo no habrían de ser esas las últimas veces en que coincidirían en la política los otrora encarnizados adversarios Irigoyen y Sarmiento.
En 1872, Irigoyen fue elegido senador provincial y convencional constituyente, y al año siguiente, diputado nacional.
En 1874, Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda decidieron fusionar sus respectivos partidos, el Autonomista y el Nacional, para formar entrambos el PAN (Partido Autonomista Nacional), cuya fórmula presidencial Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta resultaría triunfadora en los comicios del 12 de abril, obteniendo 146 electores; frente a la postulada por el Partido Nacionalista, Bartolomé Mitre-Juan Torrent, que logró 79. El 6 de Agosto, el Congreso realizó el escrutinio definitivo y proclamó presidente electo a Avellaneda, quien a poco dejó trascender que pensaba ofrecer la cartera de Relaciones Exteriores a Bernardo de Irigoyen, lo cual efectivamente hizo.
¡Inaudito, nada menos que el hijo del “mártir de Metán” ofreciendo la cancillería al “albacea de Cuitiño”!
Lo de llamar peyorativamente a Irigoyen “albacea de Cuitiño” provenía de una noticia publicada en La Gaceta Mercantil en su edición del 3 de julio de 1850, en la cual se consignaba que el coronel Ciriaco Cuitiño, gravemente enfermo y creyéndose en trance de muerte, había designado albaceas a Fortunato Benavente en Buenos Aires y a Bernardo de Irigoyen en Mendoza (tal como hemos visto, Irigoyen se encontraba por entonces en esa ciudad).
El odio y la envidia de los más enconados antirrosistas cayó como un anatema sobre Irigoyen, en la forma de una atroz campaña de prensa en su contra, iniciada por el diario La Tribuna, que desde el 21 de agosto y en menos de treinta días, publicó ¡trece artículos! denostando a Irigoyen y cuestionando al presidente electo por su intención de ofrecerle el cargo (decisión esa que, dicho sea de paso, éste mantuvo contra viento y marea, y sin arredrarse por los inicuos ataques).
Y entonces tuvo Irigoyen un gesto enaltecedor de esos que sólo surgen de las más grandes y nobles almas: en su aguda percepción de sagaz político a quien nada se le escapaba, sabía que Alsina, resuelto a influir de manera decisiva en la formación del gobierno, andaba chivo con Avellaneda porque éste, si bien le había reservado al primero un puesto en el gabinete; era muy celoso de sus deberes y prerrogativas, y consideraba un demérito para su investidura presidencial consentir en que otro -por más que ese otro fuera su aliado Alsina- le indicara a quiénes debía nombrar ministros, amenazando tornarse ese enojoso asunto en una verdadera crisis para un gobierno que ni siquiera había empezado. Con finísimo tacto y sutil diplomacia, Irigoyen, que era amigo de ambos, los reunió en su casa de la calle Florida N° 351, y al agradecer a Avellaneda su ofrecimiento para trascartón declinarlo amablemente, movió al presidente electo a pedirle a Alsina “sugerencias” -dice José María Rosa- para el gabinete. Don Adolfo, político habilísimo y ducho en esas lides, la cazó al vuelo: propuso a Félix Frías (quien estaba al frente de la legación argentina en Chile) para la cartera de Relaciones Exteriores y “aceptó” para sí el ministerio de Guerra -desde el cual pensaba manejar la política en el interior del país (de la de Buenos Aires ya era la figura principalísima) con vistas a su propia candidatura para cuando concluyera el período de Avellaneda-, zanjándose de esa manera el entuerto.
El presidente -que seguía siendo electo, porque aún no había asumido-, profundamente agradecido y reconocido, le ofreció entonces la legación en Brasil a Irigoyen, pero éste, muy dolido y afectado por los ataques de La Tribuna, rehusó también ese cargo y emprendió, a principios de octubre, un largo viaje por las provincias del litoral, para lamer en soledad sus heridas.
Retornó a Buenos Aires al iniciar el Congreso el período de sesiones de 1875 (recordemos que era diputado nacional), y fue electo por unanimidad presidente de la cámara.
Para mediados de 1875, se cernían sobre la República Argentina cinco frentes de tormenta: las tensas situaciones con Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Así las cosas, era más que probable; seguro, que se concretase a cortísimo plazo una formidable coalición contra nuestro país. 
El presidente Avellaneda se puso serio: tras los desaguisados que habían cometido y los dislates en que habían incurrido Rufino de Elizalde, Carlos Tejedor y Dardo Rocha (entre otros), no podía seguirse con el buen doctor Pedro Antonio Pardo, médico muy meritorio y afamado, pero que poco entendía de asuntos geopolíticos, y que de todos modos; no veía la hora de reintegrarse a su tranquilo decanato en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (porque Félix Frías, convenido, como vimos, entre Avellaneda y Alsina para esa cartera, estaba a cargo de la legación en Chile, y al regresar, manifestó su voluntad de renunciar al ministerio y consagrarse a la lucha cívica por los derechos territoriales argentinos en el conflicto con los chilenos); urgía poner a Irigoyen al frente de la cancillería (quien sin nombramiento oficial, ya lo estaba de hecho desde su regreso a Buenos Aires).
Pero si bien Alsina -caído, como vimos, su candidato Félix Frías por propia voluntad de éste- estaba ahora conforme con lo de llevar a Irigoyen al ministerio; subsistía el problema de la oposición en la prensa. 
Enterado de la cuestión Héctor Varela (que había sido uno de los fundadores de La Tribuna y que estaba residiendo en Turín), se comidió -tal vez por mediación de Avellaneda o quizá motu proprio- a hacer imprimir un folleto, al cual tituló Los hombres de Rosas y D. Bernardo Irigoyen, en el que hacía una encendida defensa de éste.En el opúsculo, resaltaba la calidad moral de Irigoyen (“no está manchado”, afirmaba textualmente), encomiaba sus aptitudes y sus méritos (“se destacó sobre la generalidad en la noche sombría de los dolores argentinos”), y advertía que con la persecución y la difamación de que se lo hacía objeto, no se estaba dañando sólo a la persona (“a tal o cual individualidad”), sino también a los intereses del país (“al pueblo entero de Buenos Aires”, ponía Varela, unitario al fin). Y concluía con un rotundo: “Rechazo franca y abiertamente las opiniones que hoy sostiene un diario que yo fundé, en el cual he trabajado tantos años y (en el) que hoy lamento ver enarbolar una bandera que está en oposición a lo que yo sostuve”. Más clarito… échele agua.
Eso decidía el asunto: si los mismísimos hijos de Marco Avellaneda, Valentín Alsina y Florencio Varela (nada menos que la flor y nata del unitarismo), entendían menester poner al “mazorquero”, al “cómplice de la tiranía”, a manejar las relaciones exteriores del país, ¿quién iba a oponerse y esgrimiendo cuáles argumentos? El periódico El Mosquito, en su edición del 1 de agosto de 1875, lo ilustró con una caricatura en la cual aparecía vestido de arlequín y en actitud de desesperación, Mariano Varela (director del diario La Tribuna), mientras Avellaneda entregaba los atributos de la cancillería a Irigoyen, quien aparecía diciendo: “Aunque mi traje esté cortado a la antigua, tendrá siempre más mérito que un traje de paño inglés cortado en lo de Murrieta”. El significado surge clarísimo: lo de Rosas y su época (el traje de Irigoyen “cortado a la antigua”), era más meritorio que lo que vino después de Caseros, con la saga de deudas contraídas con los ingleses (durante la presidencia de Sarmiento, Mariano Varela había gestionado un empréstito con la banca londinense Murrieta & Co. -“traje inglés cortado en Murrieta”-, en condiciones más que deprimentes para nuestro país).


El 2 de agosto de 1875 firmó, pues, el presidente Avellaneda el decreto designando ministro a Bernardo de Irigoyen. De hecho, la noticia, halagüeña para los intereses argentinos; no cayó nada bien ni en la cancillería chilena ni en el imperio brasilero. El Mosquito, en su edición del 8 de agosto, lo ilustraba de este modo:


El emperador Pedro II, calzando botas de potro, montando a Mitre (representado como un macaco, en alusión obvia a su sumisión a los designios brasileros), y llevando unas boleadoras (que son los presidentes del Paraguay, Juan Bautista Gill; de Chile, Federico Errázuriz; y del Uruguay, Pedro Varela) con las que procura cazar un ñandú (Avellaneda) que lo para en seco con un más que expresivo: ¿Adónde va que lo maten compadre, vea que no es para todos la bota de potro!”. Arriba, Pedro II como macaco, queriendo apoderarse de la naranja (el Paraguay), y Gill diciéndole que para ello tendrá que romper la “botijuela” (que es la triple alianza). Y la burla al diario La Tribuna, representado en el arlequín Mariano Varela (“ministro de empréstitos provechosos”), y apareciendo detrás suyo Héctor Varela, en actitud severa y correctiva, y Bernardo de Irigoyen, sonriendo socarronamente.
Y una semana más tarde, El Mosquito nos presentaba al presidente Avellaneda, al ministro de Guerra Alsina y al ministro de Relaciones Exteriores Irigoyen, clavando nuestra bandera en la Patagonia, sin hacer caso de la “ravieta” (sic) del chileno Manuel Bilbao:


Se barruntaba que algo en esa Argentina post Caseros y Pavón estaba cambiando, merced a una evidente recuperación del espíritu nacional. No interesaba mayormente si al frente del país estaban la imponente estatura del Tigre Rosas o la esmirriada figura del Chingolo Avellaneda; sino que lo importante residía en la conciencia plena de argentinidad y en la firme resolución de defender a ultranza el interés nacional frente a las apetencias extranjeras.
En la próxima entrega de este artículo asistiremos, estimado lector, a los prodigios que en materia de diplomacia y geopolítica, realizó Bernardo de Irigoyen en favor de nuestra patria.

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN, Fondo Tomás Guido, Sala VII.
         Secretaría de Rosas.
         Archivo Urquiza.
Amadeo, Octavio R., Vidas argentinas, Librería y Editorial La Facultad, Buenos Aires, 1934.
Barroetaveña, Francisco A., Don Bernardo de Irigoyen. Perfiles biográficos, Imprenta de M. Biedma e hijo, Buenos Aires, 1909.
Barros Van Buren, Mario, Historia diplomática de Chile, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1970.
Biblioteca Digital de Tratados del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Tratado entre la Confederación Argentina y España del 9 de Julio de 1859.
Biblioteca Nacional de la República Argentina, diario La Gaceta Mercantil, recopilación y resumen de Antonio Zinny t. III, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1912.
Diario La Tribuna, varias ediciones de agosto y setiembre de 1874.
Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad, Editorial Tor, Buenos Aires, 1952.
Honorable Senado de la Nación Argentina, Diario de Sesiones de 1877.
Informes de los Consejeros Legales del Poder Ejecutivo desde 1868 hasta 1874 inclusive t. II, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1891.
Museo Mitre, Correspondencia Sarmiento-Mitre 1846-1868, Imprenta de Coni Hermanos, Buenos Aires, 1911.
Partido Autonomista Nacional (una de sus fracciones), folleto de propaganda política Rasgos biográficos del Dr. D. Bernardo de Irigoyen, candidato a la presidencia de la República, publicados en 1880, ampliados por uno de sus amigos, Imprenta y Estereotipia de P. Buffet y Cía., Buenos Aires, 1886.
Periódico El Mosquito, varias ediciones desde 1875 hasta 1893.
Revista Caras y Caretas, varias ediciones desde 1899 hasta 1939.
Revista Todo es historia, edición de noviembre de 1977.
Rosa, José María, Historia Argentina ts. 6, 7 y 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Sáenz Quesada, María, La república dividida, 1852-1855, Ediciones La Bastilla, Buenos Aires, 1974.
Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Imprenta de Julio Belin y Compañía, Santiago de Chile, 1850.
Sierra, Vicente D., Historia de la Argentina t. 1, Editorial Científica Argentina, Buenos Aires, 1972.
Varela, Héctor F., folleto Los hombres de Rosas y D. Bernardo Irigoyen, Establecimiento Tipográfico de Vicente Bona, Turín, 1875.
Velar de Irigoyen, Julio, Bernardo de Irigoyen. Algo en torno de una vida argentina, Talleres Gráficos Didot S.R.L., Buenos Aires, 1957.

jueves, 15 de septiembre de 2016

DESATANDO NUDOS





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 2 de julio de 1893, el gobierno del presidente Luis Sáenz Peña se vio sacudido por una crisis ministerial (una de las tantas que acaecieron durante su mandato), al renunciar el ministro del Interior, Miguel Cané -que era quien había formado el gabinete- por haberle negado en público (a través de un reportaje del diario Tribuna) Julio A. Roca su apoyo, luego de habérselo prometido en privado (eso según Cané; aunque por su parte, el Zorro siempre negó haberle dicho tal cosa). 
De resultas de ello, el presidente expresó su intención de renunciar también él; pero Cané le aconsejó que antes de precipitar su dimisión, convocara a reunión a Mitre, Roca y Pellegrini. Sáenz Peña aceptó la sugerencia. Al fin y al cabo, habían sido ellos quienes lo instaron a embretarse en una candidatura que no ambicionaba (sobre todo, Pellegrini, mal que les pese a los historiadores que tendenciosamente cargan toda la "culpa" de aquello sobre el Zorro, "olvidando" que si bien la idea de matar la postulación modernista de Roque Sáenz Peña levantando la de su padre, en efecto había sido de Roca; quien se prestó para esa transa politiquera fue el Gringo (quien a la sazón, era nada menos que presidente de la República), usando a Mitre de emisario "proponente". Pues entonces, qué embromar, ahora que lo ayudaran los tres a salir del embrollo en el que ellos mismos lo habían metido.
La reunión no estuvo a la altura de lo que cabía esperar dados los participantes. Mitre le sugirió al presidente que formara un gabinete "homogéneo", es decir, integrado por hombres que pertenecieran todos a un mismo signo político; pero Roca lo objetó, afirmando que un solo partido no estaba en condiciones de garantizar la gobernabilidad y que en su opinión, había que persistir en el camino del acuerdo. Dado que no coincidían ni le ofrecían soluciones; Sáenz Peña insistía con lo de su renuncia; hasta que intervino Pellegrini con un seco: "ya que ustedes no pueden gobernar, dejen al menos que lo haga el presidente". Y trascartón, aconsejó a éste que llamara a formar gabinete a Aristóbulo del Valle. El estupor de Roca -y de Mitre, pero sobre todo del primero- al oír aquello fue mayúsculo; pues en la práctica, significaba entregar en bandeja de plata el gobierno a los radicales.
Finalmente, Sáenz Peña siguió el consejo de Pellegrini y convocó a Aristóbulo del Valle a la tarea de formar gabinete (este último y el Gringo eran íntimos amigos; pero a la vez, decididos adversarios políticos). Ni bien Aristóbulo se abocó a sus funciones; Pellegrini viajó a las termas de Rosario de la Frontera buscando alivio para su quebrantada salud.
Como sabemos, la cosa empezó y terminó mal (click en este enlace para acceder a mi artículo Los espadachines de la elocuencia). La intransigencia de Alem (quien no sólo se negó a apoyar a Del Valle; sino que además lo obstaculizó en todo lo que pudo) hizo fracasar aquello que se dio en llamar "revolución desde arriba", y fue al propio Pellegrini -vuelto a toda prisa desde Rosario de la Frontera- a quien le cupo el tener que desplazar del ministerio a quien era su amigo ("voy a sacar a ese zonzo de Aristóbulo", fueron sus palabras al subirse al tren).
Pellegrini se enteró (por interpósita persona, porque no era habitual en el Zorro criticar en público) que Roca había vertido duros conceptos referidos a la sugerencia que él le había hecho al presidente Sáenz Peña de convocar a Del Valle; pero el Gringo nada dijo respecto a las vituperaciones de su socio político, limitándose a voltear el gabinete de Aristóbulo, "solucionando" así -según su criterio- la gaffe que se reprochaba -también según su criterio- haber cometido aconsejándole a don Luis un "remedio" que en los hechos -y por los motivos que fueren, no importa- resultó un fracaso.
Transcurrieron ocho años desde todo aquello y en 1901 se produjo la ruptura -que habría de ser definitiva- del tándem Roca-Pellegrini (click en este enlace para acceder a mi artículo Una mitad del país contra la otra. Cuarta parte: La deuda externa). El Zorro y el Gringo (que nunca habían sido amigos, lo cual probablemente fuera la razón de que la sociedad política que conformaron durase nada menos que veinte años) se dijeron de todo y se tiraron los platos por la cabeza como matrimonio mal avenido; aunque fieles cada uno de ellos a su índole: en público y a los gritos Pellegrini; y en privado, por conducto de terceras personas o en papelitos que escribía en soledad y sólo para sí, arrojándolos luego al cesto, Roca. Una de las apreciaciones de este último, fue que el Gringo era una "fuerza loca y explosiva" y que "no sabía deshacer nudos si no era cortándolos".
En 1899 Pellegrini había fundado el diario El País, en cuya redacción entró a trabajar de periodista un joven tucumano que habíale parecido muy promisorio (y el tiempo le daría la razón): Ricardo Rojas. Cuenta éste en su libro Pellegrini (Editorial Coni, Buenos Aires, 1921):

Yo era un adolescente sin fortuna, que vagaba soñando con la gloria por los limbos de esta ciudad –recién llegado de aquel pueblo mío donde dejé la tumba de mi padre- cuando Pellegrini me llevó a la redacción de "El País", iniciándose así mi vida de publicista en Buenos Aires. Había transcurrido más de un año sin que volviese a hablar con Pellegrini, cuando una noche, en momentos de gran revuelo político, me enviaron a consultarlo en su casa de la calle Maipú, sobre cosas que habrían de comentarse al día siguiente. Salió de su escritorio a recibirme, y una vez enterado de mis preguntas, calóse las gafas en la punta de la ancha nariz carnosa, y sentóse a concretar por escrito ciertas graves cuestiones. Quedó silencioso el aposento: no se oía sino el rasguido de su pluma ligera, mientras yo, sentado al frente en un sofá, me distraía mirando los tejuelos de una biblioteca giratoria cercana a mi asiento. Yo tenía entonces (y no importa saber si ha variado) una muy baja idea de la cultura literaria de nuestros políticos, y grande fué mi asombro al ver allí un tomito de sonetos de Shakespeare y otro de poesías de Swinburne, ambos en inglés, junto a un libro de Bryce, entre varios sobre la democracia en los Estados Unidos. Confieso que me llené de juvenil asombro, y me puse a pensar con acrecida admiración en el político singular que tenía delante. De pronto se oyó el golpe de su lapicera tirada sobre la mesa, y al alzar mi vista me encontré con la de Pellegrini, que en aquel momento me dirigió esta inesperada pregunta: “¿Usted es el del poema?” – Yo era “el del poema”, en efecto; pero no entendí la pregunta porque el poema en cuestión era mi primer libro, recién entregado al impresor, y no conocido sino por muy pocas personas. Le averigüé de dónde sacaba tan peregrinas noticias sobre autor tan inédito y Pellegrini me respondió: “Lo he sabido por Joaquín González. Anoche nos han sentado juntos en el banquete de Concha Subercasseaux, y, para no hablar de política, hemos hablado de literatura. Él me ha dado noticias de su poema con mucho elogio. Tráigamelo, porque me ha despertado curiosidad.” - Lleno de turbación bien explicable, le respondí que la obra estaba en prensa; que él no tendría tiempo de atender aquella cosa tan nimia; y que lo demás eran bondades de González. “Tráigamelo mañana a las diez, aunque sea en los originales o en las pruebas: vamos a leerlo juntos.” – Salí de aquella casa transfigurado; pasó la noche, llegó el siguiente día, corrí a la imprenta, recogí el manuscrito, lo empaqueté prolijamente, y volví a la casa de la calle Maipú, donde Pellegrini esperaba. Me instaló a su lado en el sofá de la noche anterior; puso el paquete sobre sus rodillas, y empezó a trabajar con la cuerda del envoltorio, que se había apretado en nudo ciego. Yo, nervioso, de impaciencia, quise tomar el paquete; él me apartó las manos: “Tenga paciencia, joven señor poeta.” - Le propuse que rompiera la cuerda: “No, señor –me contestó- los nudos hay que desanudarlos.” – Entonces, estimulado por aquella afectuosa familiaridad, me atreví a responderle: “Como la gente dice que usted no sabe desatar nudos, sino cortarlos...” Sonrióse paternalmente; aguzó las uñas, empecinóse de nuevo, separó al fin las cuerdas, diciéndome con aire de triunfo: “Ya podrá usted alguna vez decir que Pellegrini sabe cortar nudos; pero también, cuando se lo propone, sabe desanudarlos".

La intervención del Gringo y todo lo atinente a su consejo al presidente Sáenz Peña de llamar a Aristóbulo del Valle, se sabría recién trece años después y por testimonio directo del propio Pellegrini, quien lo contó el 11 de junio de 1906 en su discurso en la Cámara de Diputados de la Nación, tal como consta en el Diario de Sesiones de esos día, mes y año. 
Y con respecto a la anécdota narrada por Ricardo Rojas, lo que refiere ocurrió; la primera parte, el 19 de setiembre de 1902; y la segunda, al día siguiente, el 20. Y admito que el estimado lector podría, perfectamente y con todo derecho, preguntarme: "¿Y cómo cuernos sabe usted cuándo sucedió, si Pellegrini no dijo nunca nada sobre ello y Rojas en su libro no lo especifica? ¿Tiene, por acaso, la máquina del tiempo o es adivino?". 
Responderé que ni lo uno ni lo otro, y que en efecto, el escritor no aclara cuándo pasó; pero sí nos da otros datos que me han permitido elucidarlo. Le cuento: en la narración de Rojas; Pellegrini, con eso de "en el banquete de Concha Subercasseaux", se refiere a Carlos, un político y diplomático chileno así apellidado, que fue designado por el gobierno de su país ministro plenipotenciario ante el nuestro desde 1900 hasta 1903. Supe, entonces, que la acción se daba en ese período. Asimismo, Rojas refiere que Pellegrini le dijo que lo habían sentado "junto a Joaquín González", aludiendo, por supuesto, a Joaquín V. González, político, jurista, escritor, filósofo, educador e historiador; con el cual "por no hablar de política, hemos hablado de literatura" (y dicho sea de paso, en esta nuestra Argentina, nadie -salvo, quizá, Borges- leyó en su vida tantos libros como González; tengo para mí que los leyó todos, incluso uno inédito de poemas de un hasta allí ignoto autor como lo era por entonces Ricardo Rojas). Perdón por la digresión, sigo: Y, ¿por qué Pellegrini no querría hablar de política con González, con quien al fin y al cabo eran amigos y correligionarios en el PAN? Pues claro está que era porque ya se había producido la ruptura con Roca, de quien González era ministro; con lo cual acoté entonces el lapso al trienio 1901-1903. Además, constaté que Pellegrini estuvo con Concha Subercasseaux en tres banquetes: uno de ellos se dio en 1902, y los restantes en 1903; supe entonces que debía ceñirme a esos dos años. Por último, descarté 1903, ya que en uno de los banquetes, que tuvo lugar en la Casa Rosada el 24 de mayo de ese año, Pellegrini no estuvo sentado al lado de González, tal como puede apreciarse (con esfuerzo, dada la mala calidad de la imagen) en esta fotografía de la revista Caras y Caretas de por entonces, y como puede leerse en el texto de la nota en el cual se detalla cómo estaban distribuidos ante las mesas los asistentes: "A la derecha del general Roca tomaron asiento el ministro de Chile, doctor Drago, general Vergara, monseñor Sabatucci, ministro Avellaneda; á su izquierda el vice almirante Montt, teniente general Mitre, ministro González, contralmirante Muñoz Hurtado y ministro Fernández, alternándose a un lado y otro por orden de precedencia, los miembros del cuerpo diplomático con los secretarios de estado, los delegados chilenos funcionarios, miembros de la comisión de festejos, jefes del ejército y armada, delegados uruguayos, comandantes y oficiales de buques de guerra extranjeros, secretarios de la presidencia y edecanes, notándose con satisfacción la presencia del doctor Pellegrini":


El otro banquete, celebrado en julio de 1903 y que tuvo lugar en el Prince George's Hall, fue con motivo del retiro del país de Carlos Concha Subercasseaux, quien retornaba al suyo y fue despedido por Pellegrini en un emotivo discurso que pronunció esa noche. Y tampoco en esa oportunidad, estuvo el Gringo sentado junto a González, como puede apreciarse en la imagen publicada en Caras y Caretas en su edición del 11 de julio de ese año:


El banquete al que se refería Pellegrini era, pues, el de 1902, que se realizó en la legación chilena el 18 de setiembre y en el cual, efectivamente, el protocolo lo había ubicado junto a González. Ergo, si Rojas consigna en su libro que el Gringo le dijo "anoche"; eso sitúa el encuentro entre ambos el 19, y lo de "tráigamelo mañana a las diez"; nos ubica en el día siguiente, esto es, el 20. Y de paso, ignoro si los biógrafos de Rojas tendrán o no el dato del año de su ingreso como periodista al diario El País; pero por si no lo tenían, ahí está: fue en 1901, ya que escribe: "pasó más de un año sin que volviese a hablar con Pellegrini".
Tenemos entonces que efectivamente, el Gringo sí sabía desatar nudos y no sólo cortarlos, como había afirmado el Zorro. Aunque claro, como le dijo a Rojas, eso "cuando se lo propone"; con lo cual uno podría lamentar que no se lo haya propuesto cuando, por ejemplo, apeló a cortar el nudo, declarando "rotos todos mis vínculos con el gobierno del general Roca", provocando así la fractura de una de las sociedades políticas más exitosas que hayamos tenido por estas tierras. O cuando tampoco se propuso deshacer el nudo con el que había atado a su íntimo amigo y socio, Roque Sáenz Peña, frustrando en 1892 el acceso de éste a la presidencia y atrasando el reloj de la historia argentina en 18 años.
Pero eso sí: con sus aciertos y errores, virtudes y defectos, méritos y deméritos, grandezas y miserias, eran otros políticos, eran otros hombres más hombres los nuestros. Y se me antojan ellos tan, pero tan lejos de los fantoches de este nefasto y oprobioso presente; que el sólo pensarlo me remite a la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.
En fin...

-Juan Carlos Serqueiros-