miércoles, 5 de diciembre de 2012

UN CONSEJO DESESTIMADO


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La independencia americana fue la consecuencia natural y lógica de la crisis española (de la crisis española "existencial", quiero decir; que no la de la última etapa, que desembocó finalmente en el Mayo de 1810).
Esa América que le había aparecido al paso a Colón, salvó a éste, pero... no salvó a España.
Paradojalmente, la primera nación europea en llegar a la unidad, la que había sido capaz de sacudirse de encima a los moros que la habían ocupado por siete siglos, no podría mantener el imperio que había forjado, y el oro y la plata americanos le resultarían indigestos.
Mientras hasta el último remendón español soñaba con el paraíso de Mahoma y la ciudad de los césares, las demás potencias europeas, especialmente Inglaterra; se relamían tejiendo planes para su participación en el festín, tal como se relamen los lobos contemplando un indefenso rebaño.
Y sería en vano que Hernandarias se desgañitase clamando a su rey apoyo para liquidar la corrupción en el puerto de Buenos Aires, tan en vano, como que Felipe II quisiera dar a los estrógenos de Elizabeth I otra aplicación que no fuera la del saqueo pirateril, mandando a la "pérfida Albión" su temible armada y tan en vano como las proezas de heroísmo de Cartagena de Indias, de Colonia del Sacramento y de Buenos Aires... ¡Alea jacta est!
El proceso de deterioro de la hispanidad se aceleró aún más con el cambio dinástico en el trono luego de la Guerra de Sucesión. Sustituir Habsburgos (o Austrias, indistintamente) -aún apuntando en la cuenta de éstos el "debe" que hay necesariamente que contabilizarles por el calamitoso reinado de Felipe IV- por Borbones, lejos de ser un remedio para unos supuestos oscurantismo y atraso; hundió aún más al otrora poderoso imperio donde nunca se ponía el sol, ahora disfrazado con el ropaje del "modernismo" que los iluminaría con las "luces del siglo", incógnita de una ecuación que los azorados españoles de ese tiempo nunca lograron despejar.
Y por el lado de Indias, la mudanza de Austrias a Borbones no representó mejora alguna; fue tan desastroso como lo fue en lo que concernía a la península. El centralismo y absolutismo borbónicos desecharon el papel importante que hasta allí había jugado el Consejo de Indias, el cual permaneció languideciendo en una intrincada burocracia que lo condenaba al arcón de los olvidos más que al de los recuerdos, las autonomías políticas se acabaron, y lo que eran los reinos de Indias; pasaron a ser las colonias de América.
Desde Utrecht (incluido, por supuesto) en adelante, la declinación española se convirtió en franca (y nunca mejor aplicado el término "franca") caída. Caída que no alcanzaron a detener los denodados e inteligentes esfuerzos de Isabel Farnesio (que pese a no ser española -era de Parma-, valía infinitamente más para España que su estúpido y pusilánime esposo, el maníaco depresivo Felipe V).
Pero ¿había remedio para la enfermedad española? Sí, lo había; aunque se necesitaba "un gran remedio para un gran mal" (Indio Solari dixit): estaba en su psique el achaque, y la medicina había que buscarla allí mismo, en el alma, es decir, en el pueblo.
Y de allí salió: Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, el bien amado de las plebes y las clases medias españolas, quien con extraordinaria perspicacia y largueza de miras comprendió cabalmente la amenaza que se cernía sobre el imperio a partir de la independencia norteamericana (lograda con el auxilio de la entente franco-hispana), y en razón de ello, en 1783 aconsejaba de esta manera a su rey: 

Esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aún coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido... y sólo pensará en su engrandecimiento... el primer paso será apoderarse de las Floridas... aspirará a la conquista de Nueva España que no podremos defender... y toda la América meridional... Que V.M. se desprenda de todas las posesiones del continente de América, quedándose únicamente con las islas de Cuba y Puerto Rico en la parte septentrional y algunas que más convengan en la meridional, con el fin de que ellas sirvan de escala o depósito para el comercio español. Para verificar este vasto pensamiento de un modo conveniente a la España se deben colocar tres infantes en América: el uno de Rey de México, el otro del Perú y el otro de lo restante de Tierra Firme, tomando V.M. el título de Emperador.

En buen romance, el conde de Aranda prevenía las ulterioridades que resultarían de la emergencia de los recientemente creados Estados Unidos como nación potencia a corto plazo, y sugería al monarca erigir tres reinos los cuales junto con España, conformarían un imperio consolidado en perdurable unidad.
En general los historiadores han tomado el consejo del conde a su rey como un antecedente de lo que se ha dado en llamar comunidad de naciones al estilo del Commonwealth británico, y algo hay de eso; pero tengo para mí que la concepción del proyecto superaba ese propósito y representaba algo más ambicioso todavía: encarnaba nada menos que la alianza estrecha, íntima, trascendental e inmarcesible entre España y la América central y meridional; no una comunidad de naciones sino una sola nación de formidable poderío, sustentable en el devenir de los siglos y no sujeta a la influencia de otras potencias.
Pero resultó que el médico que atendía al enfermo... ¡rechazó el remedio que se le ofrecía para curar al mismo! Si la "pérfida Albión" tuvo la suerte de que el sentido común inglés condujera a Jorge III a justipreciar adecuadamente la enorme valía del libro de Edmund Burke Reflections on the Revolution in France, acertando a sustraer a Inglaterra de la influencia de los aspectos más indeseables de ese hecho; no tuvo España la misma suerte. El voluble, falto de energía, indeciso, en una palabra; inepto Carlos III, desoyó el atinado consejo del conde de Aranda y se perdió así la última posibilidad de detener la debacle de la hispanidad.
Las calamidades que a España (y a nuestra América) les sobrevendrían después de eso, de la mano de aquel imbécil cornudo consciente y complaciente que fue Carlos IV y de la del repulsivo histérico mariquita bordador que era Fernando VII, son bien conocidas; tan bien conocidas como las de la incontrastable evidencia patentizada en el actual exponente de esa irremisiblemente degenerada dinastía borbónica: el miserable botarate bueno para nada que es Juan Carlos I.
Para la hispanidad, desgracia y borbones fueron y son sinónimos.

-Juan Carlos Serqueiros-