viernes, 1 de febrero de 2013

EL HOMBRE DEL SILENCIO




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Son algunas de unas cuantas cuartetas más, que cada tanto me aparecen, recordando a los hombres que hicieron la época anterior a la que yo vivo, y que por suerte; conocí a algunos de ellos" (José Larralde)

"Si es el silencio un cantor / lleno de duendes en la voz" (Pablo Raúl Trullenque)

Le tengo rabia al silencio / por lo mucho que perdí, solía cantar ese criollazo sabio que era don Atahualpa Yupanqui.
Y, ¿quiere que le diga? Yo también le tengo rabia... pero al silencio de la historia, vio; a ese que se tiende en derredor de aquel a quien se busca condenar al olvido perpetuo, seguramente porque su recuerdo molesta, como molesta un jején, y porque evocarlo no les conviene a algunos que se han erigido en dueños de la memoria colectiva.
Paulino Orihuela y Rivero había nacido circa 1778 en Atiles, en los llanos de La Rioja. Producida la Revolución de Mayo, la política riojana, enmarcada por el enfrentamiento interminable entre el clan de los Dávila y el de los Villafañe; hubo de engrosarse con los Quiroga, los Peñaloza, los Argañaraz, los Ocampo, los Brizuela y Doria, los del Moral y... los Orihuela. Estrechamente vinculado a los Quiroga en tanto íntimo amigo y de toda la confianza de don José Prudencio (padre del Tigre de los Llanos), Paulino Orihuela era el conductor de los arreos de mulas y ganado con los que se contribuía desde La Rioja al Ejército Auxiliar del Perú al mando del general Belgrano en Tucumán, y también al de los Andes en Mendoza. 
No escaparía Paulino, esforzado, infatigable, confiable, reservado, callado, dueño de profundos y elocuentes silencios, a la fascinación que provocaba el general San Martín, y así se sumó a la campaña a Chile primero y al Perú después. Ascendido a coronel por el mariscal Sucre, regresó a los Llanos cubierto con el mismo poncho de silencio con el que se había marchado diez años antes. Hecho gobernador de La Rioja en marzo de 1831 en sustitución del  zarco Brizuela -ese mismo que años después, estando nuestro país en pleno conflicto con Francia, se enredaría en aquella inicua Coalición del Norte; convertido en un patético cornudo borrachín que terminaría haciéndose matar sin pena ni gloria (ver mi artículo al respecto en este ENLACE)- por influencia de Juan Facundo Quiroga (que lo adoraba), volvería a detentar brevemente dicho cargo en 1841.
El 23 de agosto de 1831, el por entonces gobernador Paulino Orihuela le escribía al general Quiroga:

"(...) saludarlo, y al mismo tiempo solicitar el consejo de V. para resolver en orden al nombramiento de la Junta Provincial de que hasta el presente carecemos: Yo ignoro de su conveniencia, o desconveniencia, por cuyo motivo hasta la fecha no he resuelto la correspondiente invitación, y lo haré o lo callaré según el parecer de V. (...)"

Gozaba Orihuela de universal respeto, aprecio y consideración entre sus paisanos, sin que intervengan en la opinión que de él se tenía, esas cuestiones de banderías políticas que suelen con tanta frecuencia dividirnos a los argentinos. El historiador nacido en Buenos Aires pero por adopción y afincamiento tan riojano como el que más, teniente coronel Marcelino Reyes, nos dice de Paulino Orihuela que era éste un "ciudadano de antecedentes honorables que lo hacían estimar ante sus comprovincianos, no obstante de pertenecer á la 'Federación' de Quiroga, que si bien gobernó en una época nefasta no dejó tras de si ningún recuerdo que empañase su buen nombre y su bien cimentada reputación" (sic).
Ducho y hábil a la hora de defender lo que consideraba suyo -sin ser ni por asomo doctor en leyes y ni siquiera poseer una esmerada educación- en argucias judiciales que le envidiaría hasta el más fogueado leguleyo, y con una notable cintura política, Orihuela (convertido ya en el indiscutible referente de los Llanos) fue, durante la presidencia de Sarmiento, el beneficiario de importantes contratos del gobierno para la construcción de represas y caminos.
Vivió, dicen, hasta los 114 años.
¿Era federal? ¿Era unitario? ¿O quizá no era ni una cosa ni la otra y tenía la habilidad de pasar alternativa y sucesivamente por ambas condiciones ubicándose en cualquiera de ellas según lo demandara el alineamiento con el orden imperante a nivel nacional? Poco importa, pues Paulino Orihuela era ante todo; argentino, y podrían aplicársele estos versos de José Larralde en su Fragmentos de Catalino Paredes: "Él sabía darle una mano a cualquiera / cualquiera fuera la divisa del que pedía / la suya, era la única que sirve: la de gaucho argentino".
Tal vez, quienes escribimos sobre historia debiéramos en ocasiones ser más humildes y dejar de lado la pretensión de juzgar; porque al fin de cuentas, como escribió Jorge Luis Borges de su Jacinto Chiclana: "Sólo Dios puede saber / la laya fiel de aquel hombre. / Señores, yo estoy cantando / lo que se cifra en el nombre".
Y si alguien preguntara por su tumba, le respondería, desde el fondo mismo de la historia, desde un ignoto sepulcro perdido para siempre en la noche de los tiempos; la voz del silencio.
Del mismo obstinado, reconcentrado, silencio del que fue amante durante los 114 años de su vida ese coronel Paulino Orihuela a quien se me antojó hoy despojar de ese manto de injusto olvido que sobre él se echó.

-Juan Carlos Serqueiros-

LA BÚSQUEDA (JULIO SOSA)


























La búsqueda
(Julio Sosa, de su libro de poemas Dos horas antes del alba)

Otra vez el agónico beso
semejante y distinto en cien bocas.
Otra vez el orgasmo demente
y una nueva esperanza que aborta.
Otra vez el cadáver de un sueño
naufragado en un lago de esperma.
Lujurioso y sediento, el cerebro
sublimiza las frases obscenas.
Otra vez la caricia crispada
en la mórbida carne de seda.
Nuevamente las mismas palabras
siempre iguales mintiendo promesas.
Otra vez el temblor convulsivo
precursor del abismo adorado.
Siento en mí la presión de tus muslos
un inmenso collar nacarado...
El marfil estatuario del vientre
es testigo del húmedo beso
que palpita en mi boca afiebrada
y en la seda sin par de su sexo.
Y un violento huracán de lujuria
convulsiona sus manos de lirio
y su monte de Venus se agita
bajo el beso que es dicha y martirio.
Luego aplasta mi pecho jadeante
la armoniosa esbeltez de sus senos
y penetro su carne, y su boca
se hace beso en el grito supremo.
Después, siempre es igual, sin palabras
crece el gran malhumor del cansancio
y qué frío y ausente es el beso
un instante después del orgasmo...
Otra vez el inútil intento
por creer que el amor está cerca
y dejar pesaroso la almohada
con el alma más vieja y enferma...
 
-Julio Sosa-