miércoles, 4 de abril de 2012

LA ANGUSTIA



















La angustia es el mejor motivo para olvidar lo que no puedes recordar.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

LA MUERTE Y YO



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cuando me preguntan qué son para mí Los Redondos, invariablemente contesto: una enorme historia de amor. (Marcelo Furtivo)

LA MUERTE Y YO
(Solari)

Cosa difícil de hacer
volver a la vida peces
y que así puedan nadar otra vez
en mi sopa de pescado.
La muerte y yo...
y siempre Dios contra todos.
Un pié en el tren
y otro en el andén, ardiendo...
Me he puesto grande, ya ves
sólo le pido a la vida que no me duela
y no estar aquí si cae más mierda del cielo.
Miro a mis pies y por distracción
recorto mis uñas secas, no son mías ya...
Te digo adiós para bromear -"que el Señor te rebendiga"-
No sirvo y nunca serví para tristes despedidas
Pobre mi amor! Bendito amor! Va saturando un pañuelo...
La larga sombra que ví es la de mi pasado
un paraíso de amor que viví en el corazón del infierno...
Y nunca más... (ella sigue allí)
ya nunca más tendré miedo... (luz crepuscular).
Cuando esa luz que crece en mí
sea la que domine el cielo...
Me va alumbrando la luz de los que no respiran...

¿Eh, cómo? ¿Que por qué puse esa frase de Marcelo Furtivo al comienzo? Ya va..., tenga mano, tallador; "todo en su medida y armoniosamente", decía cierto general... Mejor vayamos ordenadamente y empecemos como corresponde: por el principio; que para caos, ya hay demasiado con este cebollín que tengo por mollera.
Todos sabemos que Solari le dedicó El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel) a su hijo Bruno, y que se tomó su buen tiempo para reaparecer a través de ese disco, el primero suyo luego de la disolución de Los Redo. Hay en el mismo, mucho de relato intimista, mucho del Carlos Solari persona, de carne, tendones, huesos y piel quiero decir; más allá del Indio poeta y rocker. Y este tema La muerte y yo no es la excepción, por lo contrario; casi todo el disco, salvo quizá un par, tres a lo sumo, de temas; es claramente evocador.
La cosa comienza con una afirmación enfática de su agnosticismo, devenido casi (o tal vez, sin "casi") en ateísmo, a través de una metáfora que es sencillamente genial: "Cosa difícil de hacer volver a la vida peces y que así puedan nadar otra vez en mi sopa de pescado". O sea, nada de "una vida mejor, después de la terrenal" ni cosa que se le asemeje; eso lo descarta, lo niega rotundamente.
Y ya entrando en materia ("La muerte y yo..."), reflexiona en lo inevitable de ese momento que a todos nos ha de llegar, porque sabido es que está así decretado de antemano; todos conocemos cómo termina la película "(Y siempre Dios contra todos").
Sigue una alusión a la fragilidad del hilo de la vida, que puede cortarse en el instante menos pensado, y es por eso que la nuestra discurre "con un pié en el tren", es decir, gastando vida en vivir (como lo dijo en "Ropa sucia": "Vivir sólo cuesta vida"); y "otro en el andén, ardiendo...", porque al fin de cuentas, nadie quiere morir "antes de que le toque" ¿no?
Luego entabla un diálogo (que más que eso, es un monólogo suyo) acerca de la muerte, con su mujer, Virginia: le dice que siente, en razón de su edad, la cercanía cada vez más próxima de la muerte ("Me he puesto grande, ya ves"), y expresa el deseo de que la parca llegue súbita y plácidamente; no después de un deterioro físico excesivo, doloroso, de enfermedades y sufrimientos, los cuales, lógicamente, no quiere para él ("sólo le pido a la vida que no me duela y no estar aquí si cae más mierda del cielo"). Y colijo que este "diálogo" suyo con Virginia, tiene que haber tenido lugar realmente; porque a ver... por más genio de toda genialidad que sea el Indio como poeta; nadie puede estar aludiendo metafóricamente a cortarse las uñas de los pies y al sentirlas "resecas", ponerse a pensar en la proximidad de la muerte, no jodamos... Esa conversación TUVO QUE HABER EXISTIDO, y nadie me lo saca del balero. Y como Virginia, a diferencia de él, sí cree en Dios; él tontea y trata de restarle solemnidad al momento, aludiendo en broma a la fe de ella ("Te digo adiós para bromear -'que el Señor te rebendiga'- No sirvo y nunca serví para tristes despedidas"); broma esta no obstante la cual, ella, apenada y triste, llora, enjugando sus lágrimas con un pañuelo ("Pobre mi amor! Bendito amor! Va saturando un pañuelo...").
Y viene la explicación del motivo que lo condujo a pensar en la proximidad de la muerte: la evocación del pasado. Cuando uno entra seguido a rememorar tiempos pretéritos, es señal de que se va haciendo viejo ("La larga sombra que vi es la de mi pasado"). Y aquí presten especial atención: Solari pone -refiriéndose obviamente a Los Redondos y todo lo que vivió en torno a ellos- "un paraíso de amor que viví en el corazón del infierno...". Noten lo certero, lo exactísimo de la definición que hizo Marcelo Furtivo respecto a qué eran Los Redondos: "una enorme historia de amor". Y es tal cual, y (por si a alguno le hiciera falta) ahí está la prueba, emanada del mismísimo Indio... ¿Se entiende ahora qué son Los Redondos para un redondo? Bueno, eso son...
Como broche final, una aseveración de parte de Solari de su ausencia de temor cuando llegue la muerte: "Y nunca más... (ella sigue allí) ya nunca más tendré miedo... (luz crepuscular)". ¿Y por qué no siente miedo? Sencillamente, por una extraña y paradojal analogía de un agnóstico anque ateo como el Indio; con alguien que sí está convencido de la fe que profesa. Así como no siente temor de morir alguien que cree en una vida celestial y mejor después de abandonar esta terrenal; lo mismo ocurre con quien está persuadido de que la única vida que hay y habrá, es esta que tenemos. Y por eso, una vez que esa vida acaba, el crecimiento es infinito ("Cuando esa luz que crece en mí sea la que domine el cielo..."); esa es, para quienes somos agnósticos, "la luz de los que no respiran".
Y listo, che, bingo para mí... decretaron asueto mis neuronas (que no son muchas ni especialmente brillantes, justo es reconocerlo). Me fuí... chauuuu.