viernes, 6 de abril de 2012

LA REPÚBLICA DEL TUCUMÁN: TIC TAC EFÍMERO


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Yo quería a Tucumán como a la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo, que he determinado irme a morir a Buenos Aires; pues mi enfermedad se agrava cada día más." (Manuel Belgrano)

San Martín había reservado para el Ejército del Perú (que estaba nuevamente al mando de Belgrano) un papel fundamental en la expulsión definitiva de los realistas: pedía que se concentrase en Tucumán, engrosase y equipase, destinando sólo alguna tropa del mismo para apoyar a Güemes; para que luego, una vez liberado Chile; marchara por tierra hacia Lima, de modo de converger con las fuerzas a su mando, que se dirigirían también hacia ese punto, pero por mar.
Pese a ello, el Directorio, desechando la atinada opinión de San Martín; utilizó al ejército de línea para "cuidar" al Congreso de Tucumán (que no estaba amenazado por nadie; salvo por los fantasmas que el propio Congreso -con algunas pocas y honrosísimas excepciones, como por ejemplo, los diputados por Córdoba- veía en el artiguismo) y combatir... seguramente a los realistas, ¿y a quién, si no?, pensarán ustedes..., no; ¡al federalismo!
Los enfrentamientos entre los directoriales y el artiguismo, y la traicionera conducta observada por los primeros, que desembocó en el dislate producido por el Congreso de Tucumán -aunque ahora, "de Buenos Aires", adonde se había trasladado y donde re inauguró sus sesiones el 12 de mayo de 1817- de dictar la constitución centralista de 1819; sembraron en las provincias más inquietud aún de la que hasta allí había.
A todo esto, el Directorio (Pueyrredón) seguía con las tratativas tendientes a coronar como rey del Río de la Plata al príncipe de Luca, negociaciones estas que estaban tan avanzadas, que ya el Congreso se aprestaba a modificar aquellos pocos, poquísimos  artículos de la constitución que había proyectado, que obstasen a una monarquía.
Paradojalmente vino a salvarnos... Fernando VII, el mariquita que bordaba; porque no se le ocurrió mejor idea que ponerse de acuerdo con el rey de Portugal, Brasil y Algarve, Juan VI, para mandar a estas tierras una expedición española de 20.000 soldados que desembarcarían en Montevideo y desde allí aniquilarían la Revolución Americana. Ante eso, Pueyrredón ordenó a San Martín y Belgrano que trasladasen sus ejércitos a Buenos Aires. Éstos lograron convencerlo de que debía primar la unidad como único modo de combatir a los realistas, pero ellos (don José y don Manuel, digo) estaban lejos; mientras que el poder real (la oligarquía que a través de la logia todo lo manejaba y controlaba, Directorio y Congreso incluidos) estaba cerca, así que no le fue difícil "hacer volver al redil" a Pueyrredón, "explicándole" que ni bien estuviese concluida la tratativa del príncipe de Luca, las tropas francesas de Luis XVIII "arreglarían todo el entuerto"; entonces Pueyrredón en lugar de prestar oídos a San Martín y Belgrano, debía reafirmarse en el convencimiento de que el enemigo no eran los realistas españoles; sino los "feroces anarquistas", es decir, el artiguismo.
Pueyrredón obedeció prestamente a la logia y reiteró a San Martín la orden de llevar el ejército a Buenos Aires, y éste, harto ya, por toda respuesta le mandó su renuncia. Pueyrredón se quedó con las patas en el aire: si confirmaba en el mando a San Martín y se allanaba a sus opiniones, se echaba encima a la logia, o sea, al poder; y si le aceptaba la renuncia, el prestigio generalizado del Libertador lo arrastraría hasta hacerlo papilla. Así que optó por "la más fácil", por una solución a lo Pilato: se lavó las manos, renunció al cargo de Director, y la logia lo reemplazó por Rondeau, que intentó quedar bien con tirios y troyanos (falsamente, pues él también era partidario de la coronación de un príncipe extranjero y de liquidar al federalismo). Urgido, Rondeau reiteró a San Martín y Belgrano la orden de conducir los ejércitos a Buenos Aires. Belgrano, ya por entonces gravemente enfermo, delegó el mando del suyo en el general Francisco Fernández de la Cruz y se fue de regreso a Tucumán, y San Martín reunió a sus oficiales en Rancagua y les puso sobre el tapete su decisión de desobedecer la orden emanada del Directorio, produciéndose allí la adhesión unánime de éstos al criterio de su jefe, todo lo cual se registró debidamente en el documento conocido como Acta de Rancagua.
Es en ese contexto en el que se formó la República Federal (?) del Tucumán.
Por la noche del 11 de noviembre de 1819, una guarnición del Ejército Auxiliar del Perú, que había quedado en Tucumán al mando del coronel Domingo Arévalo en el campamento de La Ciudadela, se sublevó conducida por Abrahán González -que actuaba según instrucciones de Bernabé Aráoz-, deponiendo al gobernador intendente Mota Botello (directorial), convocando a un cabildo abierto que elegiría gobernador a Bernabé Aráoz (instigador, ideólogo y propulsor del fragote) y apresando a Mota Botello, a Arévalo y a... ¡Belgrano! Lo aberrante que hubiese representado la prisión con grillos, como se pretendió hacerlo, del general Belgrano, no llegó a consumarse debido a la decidida acción del doctor Redhead, médico personal de Güemes a quien éste había enviado a Tucumán para asistir en su enfermedad al glorioso vencedor de Tucumán y Salta, al héroe máximo de nuestra Independencia. Fue el doctor Redhead quien, indignado, impidió con firmeza que Abrahán González y sus secuaces perpetraran semejante atrocidad.
El 14 de noviembre, el cabildo tucumano procedió a designar a Bernabé Aráoz gobernador de la provincia, pero eso sí: prudentes (¿o temerosos?), los cabildantes no lo eligieron gobernador autónomo respecto a cualquier otro poder; sino que consignaron que lo era mientras la dirección suprema de la Nación (o sea, el Directorio) nombrase otro gobernador o se dignase aprobar la elección.
Una vez caído el Directorio (Rondeau) luego de producida la batalla de Cepeda en la cual las tropas de Estanislao López y Francisco Ramírez descalabraron completamente al ejército directorial, Bernabé Aráoz se consideró de hecho desligado del poder central y se dedicó a dar forma a su ambición: la República Federal del Tucumán.
La jurisdicción de la gobernación del Tucumán, con capital en la ciudad homónima, alcanzaba por entonces a los cabildos de tres ciudades cabeceras: San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero y San Fernando del Valle de Catamarca, en función de lo cual Bernabé Aráoz circuló invitaciones a los cabildos de Santiago y Catamarca para que enviasen a Tucumán dos diputados cada una a fin de dictar una constitución (constitución esta que, obviamente, no iba a dejar librada a la "creatividad" e "iniciativa" de los diputados convocados a tal fin, no; Aráoz la tenía in mente y no era otra que la misma que había concebido el Congreso "de Tucumán" trasladado a Buenos Aires, adaptada -en la imaginación de Aráoz- a la "realidad tucumana" de por entonces tal como él la entendía). Santiago del Estero no mandó diputados, Catamarca envió los dos suyos: José Antonio Olmos y Pedro Acuña, pero poco después uno de ellos (Acuña) se retiró; quedando en consecuencia ese "congreso" reducido a tres miembros (los dos de Tucumán -José Serapión de Arteaga y Pedro Miguel Aráoz- y el que había quedado de Catamarca, Olmos), los cuales proclamarían en setiembre de 1820 la Constitución para la República Federal del Tucumán.
Los solemnes y pomposos títulos y tratamientos que se les otorgaron a las autoridades prescriptas por esa constitución eran tan ridículamente pretenciosos y exagerados, que aún hoy mueven a risa: el "poder legislativo" estaba integrado por cuatro -sí, leyeron bien: CUATRO- diputados: uno por Tucumán, otro por Santiago del Estero y otro por Catamarca; más uno que era eclesiástico y designado por el poder ejecutivo, que debían ser llamados "Alteza" y a los que distinguiría de los comunes mortales una gran medalla de oro que llevarían colgada al cuello acreditando su "jerarquía". El poder ejecutivo lo ejercía un funcionario que recibía el tratamiento de "Presidente Supremo", que por supuesto, no era otro que Bernabé Aráoz. Y el poder judicial lo conformaban los cabildos, ahora devenidos en "Cortes de Justicia", pasando en adelante los cabildantes, de simples regidores y alcaldes; a ser "Ministros de Justicia". Se estableció una moneda propia (tan feble que Juan B. Terán escribió al respecto: "de ley tan baja, que caída en el mayor demérito, perturbó por varios años los cambios, provocando las mas desesperadas medidas y las mayores angustias de ingenio en los estadistas de la época para conjurar las protestas y los daños producidos por la emigración de la moneda buena") y hasta una bandera para la novel "República", dice la tradición oral que azul y roja, a bandas horizontales. Eso sí, lo que no movía a risa, sino a llanto, eran las exorbitantes remuneraciones que los señores estos se auto-asignaban, por ej: el "Presidente Supremo", Bernabé Aráoz, pese a su importante fortuna personal, se había fijado un "modesto sueldo" de ¡4.000 pesos anuales! (sobre un presupuesto total para la República del Tucumán estipulado en 20.000). Y para "consolar" al destituído Mota Botello (al cual mantuvo preso hasta después de la caída del Directorio, por las dudas nomás, por si las moscas), el "generoso" (con plata del erario, claro) don Bernabé lo nombró teniente de gobernador en Catamarca, por supuesto, con su correspondiente sueldo.
Y ya es hora de ocuparnos de Bernabé Aráoz, ¿quién era y qué representaba? Dueño de un incalculable patrimonio, provenía de una de las más linajudas familias tucumanas. Apoyó la Revolución desde sus inicios y tuvo destacada participación en las batallas de Tucumán y Salta, así como también puso todo su concurso para la realización del Congreso de Tucumán. Era decidido y corajudo, capaz de enfrentar las más variadas contingencias con astucia y con un arrojo no exento de prudencia a la vez, y se proclamaba fervoroso partidario de la independencia. Su prestigio arrastraba huestes en su provincia y gozaba de la adhesión mayoritaria de sus paisanos. No se plegó al federalismo, por lo contrario; se mantuvo dentro del esquema directorial. Y no debemos ver  en la denominación de federal para la República del Tucumán creada a su influjo y capricho, la voluntad de segregar a su provincia del resto de sus hermanas ("unida sí con las demás que componen la Nación Americana del Sur", dice inequívocamente y sin dejar ningún lugar a dudas el texto de su constitución); ni tampoco una conversión suya a un federalismo autóctono que jamás sintió ni del quiso formar parte ni encarnar de manera alguna. La República del Tucumán la formó con el objetivo, además de servir a su ambición personal; de sustraer a la provincia de los efectos de la segura caída del Directorio (que se avizoraba como inminente y que en efecto ocurrió), y como prevención de que sobreviniera sobre ella la "anarquía", es decir, el artiguismo. Lo importante para él era asegurarse el predominio suyo y de su clase en la provincia, y de paso, si era posible, en todo el norte. Y después... bueno, se vería qué pasaba, cómo venía el baraje y qué cartas ligaba en el juego...
Bernabé Aráoz no era de esos engolados, petimetres, nariz pa' arriba, pagados de sus "luces", engreídos y extranjerizantes, no; el hombre era criollazo y patriota (si bien de un patrotismo elástico, tan elástico que entre otras cosas, le permitía vender mulas a los realistas); pero siendo un aristócrata, no atinó a quedarse en eso, asumiendo las responsabilidades y obligaciones que su origen, posición económica y condición social le imponían en favor de su tierra y su gente. Por los motivos que fuesen, degeneró en oligarca. Y desbarrancó.
También en algunas ocasiones, dejó que sus mezquindades, ambiciones personales, miserias humanas e influencia de intereses sectoriales primasen por encima de su flexible patriotismo haciéndolo incurrir en venganzas surgidas de rencores y envidias de las que no supo, o tal vez no quiso, desprenderse; a pesar de la extrema frialdad de carácter que le adjudicaban, entre otros, Paz. Siendo él gobernador de Tucumán en 1816 y estando el general Belgrano en esa ciudad al mando del Ejército del Perú, se produjeron entre ellos no pocos roces. Bernabé Aráoz era un mandón, estaba en "su" ciudad, de la cual se consideraba dueño, amo y señor, y a menudo se resistía a lo que él entendía como "imposiciones inaceptables" de Belgrano; quien por su parte, le achacaba al otro no poner todo el esfuerzo que debiera en pos de suministrar más recursos al ejército, manejos poco claros en la caja del mismo y ser dispendioso en exceso en materia de sueldos hacia algunos de los de su misma clase social. Las continuas quejas de Belgrano al Directorio (Pueyrredón), condujeron a éste a remover del gobierno a Bernabé Aráoz; reemplazándolo al culminar su período por Mota Botello, el mismo al que Aráoz haría derrocar y encarcelar en noviembre de 1819, como consigné precedentemente. También tuvo conflictos con Güemes, quien le reprochaba desidia y mora en ayudarlo en la desesperada y heroica resistencia que con sus gauchos oponía a los realistas.
La República del Tucumán tendría una brevísima duración (como dice el Indio Solari: "el tic no alcanza a tac... luces efímeras"): proclamada el 22 de marzo de 1820, sancionada su constitución el 18 de setiembre del mismo año (y jurada el 24 de ese mes, coincidentemente con el 8º Aniversario de la Batalla de Tucumán), culminaría su existencia con el derrocamiento de Aráoz por parte de aquel mismo personaje que él instigó a sublevarse en beneficio suyo: Abrahán González (no hay peor astilla que la del mismo palo, dicen), el 28 de agosto de 1821.
Al día siguiente, el 29, la República del Tucumán había dejado de ser. Santiago del Estero se separó de Tucumán proclamando su autonomía el 27 de abril de 1820; Catamarca, por su parte, haría lo propio en 1821. Abrahán González terminó sus días alejado de la política, trabajando un campo en Buenos Aires. Bernabé Aráoz conseguiría volver al gobierno de su provincia intermitentemente, hasta ser derrocado por el yerno de Diego Aráoz (pariente suyo y mortal enemigo), Javier López; quien ordenó su fusilamiento en Trancas, el 24 de marzo de 1824.
En apretada síntesis, ese fue el hombre a quien la "historia oficial" tucumana, tributaria a su vez de la "historia oficial" argentina, fogoneada desde el diario La Gaceta (así como la otra lo es desde La Nación) reputa como su prócer máximo.
No es para nada injusto resaltar los innegables méritos de Aráoz como héroe de la independencia, por lo contrario; está muy bien que se lo haga. Pero lo que sí es tendencioso e inexacto, es considerarlo el mayor exponente de "las luces y el progreso" incurriendo para ello en la mentira de clasificarlo como federal, y en relegar y ningunear a figuras históricas también señeras y de indisputable relevancia como por ejemplo, la de Celedonio Gutiérrez (a quien sin dudas debido a su rosismo, la tilinguería tucumana prefiere ignorar, a punto tal que sólo una apartada y cuasi ignota calleja lleva su nombre), y sobre todo la del general Alejandro Heredia, por lo menos tanto o más aún héroe de la independencia que Aráoz, y que fuera cobarde y arteramente asesinado por planeamiento e instigación de otro a quien también la oligarquía tucumana, en vez de clasificarlo como corresponde a los hechos luctuosos que produjo, un magnicida; lo considera un "mártir" y un "prócer": Marco Avellaneda.
¡Ay, mi querida Tucumán! Mucho daño te causan quienes ocultan a tus hijos tu verdadera, rica y heroica historia.

-Juan Carlos Serqueiros- 

EL MITO DE BUENOS AIRES VS. EL INTERIOR


Deliran, divagan (o mienten directamente, algunos) quienes hablan en historia del "enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior".
No hubo tal cosa. Lo que hubo fueron enfrentamientos entre las oligarquías, tanto de Buenos Aires como de las provincias; contra los pueblos, sean estos de donde fueren, incluido el de Buenos Aires, que fue tan víctima como sus hermanos "del interior".

-Juan Carlos Serqueiros-

LIMPIAR NUESTROS ESPEJOS



No importa si somos creyentes, no importa si somos agnósticos, no importa si somos ateos. Lo que se ve en esta imagen, es el reflejo de lo que sucede cuando ignoramos a alguien o lo discriminamos. Este es el espejo de nuestros actos cuando negamos ayuda, o nos hacemos los sordos; abandonamos a las personas o a los animales; desoímos al amigo o destratamos a un hermano. Este es el cristal que no queremos limpiar lo suficiente, para poder ver todas las veces que dimos la espalda, y las que nuestro silencio dejó una marca indeleble en la pregunta "¿por qué'".
Es nuestro egoísmo y la insana costumbre de dividir entre superior e inferior, en animal o humano, en blanco o negro, en normal o anormal; e incluso en bueno o malo.
Una herida abre y es allí donde divide dejando un surco en medio de algo que antes estaba intacto. Las marcas pueden quedar en la piel, por la brutalidad de un arma, o en el alma gracias a la soberbia e ignorancia.
Cada vez que vayamos a ejercer violencia por acción u omisión, sería bueno recordar al menos esta foto; aunque lo mejor sería limpiar bien nuestros espejos.

Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

EL VERDADERO MAESTRO



El verdadero maestro apunta que la razón capte, pero el corazón entienda.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica