miércoles, 13 de mayo de 2026

DE CORRALES A TRANQUERAS
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He hecho de todo, pero mi principal oficio ha sido el de presenciar la vida. (Osiris Rodríguez Castillos)

“De Corrales a Tranqueras” es una maravillosa canción en ritmo de milonga que fue creada en 1958 por el ilustre poeta, escritor, compositor, músico, cantor, luthier y artista plástico Osiris Rodríguez Castillos (n. Montevideo, 21.07.1925 – m. Montevideo, 10.10.1996).

DE CORRALES A TRANQUERAS
(Milonga)
Letra y música: Osiris Rodríguez Castillos

De Corrales a Tranqueras
cuántas leguas quedarán...
Dicen que son once leguas
¡Nunca las pude contar!

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna… y sol;
¡pero entonces no contaba
porque iba rumbo al amor!

Entonces todo era canto
agua, tierra, viento y sol;
entonces, todo cantaba
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero…
¡Mis años de domador!
Y los caminos... ¡cortitos
pa'l trote del corazón!

¡Camino de mis recuerdos!
¡Tierra roja y pedregal!,
bordeao de cerros parejos
que se empinan al pasar.

“Vigilante”, “Miriñaque”,
cerros de mi soledad,
repechaos por mis cantares,
sombras de toro y chilcal...

Hoy, que me duele la vida,
cansao de tanto changar,
baldao por los redomones
Ya no las puedo contar.

Y quebrao por una pena
pregunto a mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

A pesar de la belleza de su poesía y su melodía, recién en 1969 (exactamente ONCE años después de creada —y si alguno considera que la coincidencia entre tal lapso y la distancia de ONCE leguas entre Corrales y Tranqueras se debe a una mera casualidad, le sugiero que se abstenga de continuar leyendo este opúsculo—) se la daría a conocer al público en el LP vinilo KL-8307 “Osiris Volumen 3”, grabado en Buenos Aires pero editado y producido en Montevideo por el sello Discos De la Planta.


Las circunstancias de cuándo y cómo se le inspiró a Osiris esta canción son conocidas por todo el mundo (tenga mano tallador, no me apure; que más adelante explicaré por qué lo pongo en bastardilla): en 1958, en ocasión de visitar en Minas de Corrales a su hermano Horus (quien a la sazón fungía como administrador del hospital de dicha localidad), vio pasar a un joven montado en una bicicleta de carrera, lo cual llamó su atención. Horus le contó que se trataba de un amigo suyo llamado Celier Gutiérrez, quien trabajaba en el correo como telegrafista y había comprado la bicicleta para ir a visitar a su novia: Llusara Soto, residente en Tranqueras. Seguidamente, los presentó, se pusieron a conversar y al enterarse Osiris de que Celier había conocido a Llusara en un baile hacía ya tres años, que poco después se habían puesto de novios, que desde entonces cada domingo, fueran cuales fueren las condiciones climáticas, recorría, tanto de ida como de vuelta, las once leguas que mediaban entre ambas localidades y también que tenían decidido casarse en octubre de ese año; se conmovió por lo consecuente de aquel amor que cada semana vencía a la distancia y prometió que como obsequio de bodas les haría una canción, lo cual efectivizó, pero privadamente, tal como corresponde a un deber de amistad: escribió y compuso “De Corrales a Tranqueras” —obviamente, lo telúrico de su poesía lo “obligó” a reemplazar en los versos la bicicleta de Celier por un caballo parejero y su oficio de telegrafista por el de domador—, la grabó, la hizo registrar en un disco de pasta de 78 rpm y la envió a los recién casados acompañada de una esquela que simplemente rezaba: “¡Promesa cumplida! Les mando la canción de ustedes para que recuerden siempre a su amigo Osiris”. De aquel matrimonio nacieron siete hijos. Celier Gutiérrez falleció en 1983 y Llusara Soto en 2016.
Y eso es lo que “todo el mundo conoce” (o, mejor dicho; presume de conocer) acerca de esta canción, la cual la mayoría de la gente considera exclusivamente referida a lo que hasta aquí consigné. Pero sucede que se quedan cortos, porque el vuelo creativo del poeta no se limitó a enunciar en su lírica lo relativo a Celier y Llusara; sino que fue muchísimo más allá, con metáforas que abarcan incluso hasta lo autorreferencial. Veamos si no:
Tuve el alto honor de conocer a Osiris en el verano de 1994. Él vivía por entonces en el montevideano barrio de Palermo y al toque de allí, donde viene a fundirse con el barrio Cordón en la feria de Tristán Narvaja, alguien me pasó el dato del boliche al que solía caer cerca del mediodía. Fui y aguardé... tres horas o más... y de pronto, entró. Conversamos largamente —bah, él conversó; yo escuchaba, porque sólo un idiota puede andar palabreriando (José Larralde dixit) cuando está sentado frente a semejante poeta—. El café se volvió ginebra y yo, que siempre fui un seco; de pronto me hice rico ese día, porque él era un hombre de cultura inconmensurable que citaba a Borges, Poe, Baudelaire, Jung, hablaba del yoga, de la historia de la humanidad, de los filósofos de la Antigua Grecia, de los males que acarrea la modernidad y de la mitología egipcia (de la que derivan su propio nombre y los de sus tres hermanos: Horus, Isis y Nazar). Lo recuerdo como alguien más bien grave y sentencioso: el tipo decía algo y no esperaba respuesta; emitía afirmaciones como verdades indubitables.
En una de esas pausas me atreví a decirle que seguramente yo no había acertado a interpretar lo que él buscó transmitir con “De Corrales a Tranqueras”, por cuanto sabía que estaba dedicada a Celier y Llusara; pero que también barruntaba que había un “algo más” que no alcanzaba a descifrar y me extrañaba el marcadísimo contraste entre la alegría del enamorado que se dirige a visitar a su novia y la pesadumbre del que próximo a la vejez afirma que le “duele la vida”, que está “cansao de tanto changar” y que ya “baldao” (término exquisito que evidencia la enorme vastedad de su vocabulario y aquí desafío a cualquiera a elegir una palabra más apropiada y que pueda resonar musicalmente mejor que “baldado” para expresar agotamiento físico e impedimento por fatiga o lesión debido al exceso en esfuerzos previos), sabe que es tarde para contar las leguas entre uno y otro punto. Y pensé: “ahora me manda al carajo”.
Más no hizo tal cosa. Él, tan parco en elogios, alzó las cejas y me obsequió con un “sos muy perceptivo, porque en efecto, hice esa canción en homenaje a Celier y Llusara para regalárselas tal como les había prometido; pero la escribí en primera persona porque se basa en vivencias mías, en recuerdos propios”. Y trascartón me contó que siendo aún adolescente, hizo a caballo el trayecto entre Corrales y Tranqueras, extasiado, maravillado por la riqueza del paisaje aquel con lo rojizo de la tierra, el brillo del pedregal, lo imponente de los cerros, el consuelo del canto para atenuar el esfuerzo del repecho y el perfume de las chilcas. Y al mismo tiempo, poniendo especial cuidado en evitar que las sombras de toro pudiesen hincar los ojos de su caballo. En eso se encontró con un tropero que arreaba una punta de ganado. Haciendo un alto en el camino, se saludaron, intercambiaron tabacos, armaron cigarrillos y hablaron brevemente. Osiris le preguntó al paisano cuántas leguas faltaban para llegar a Tranqueras, obteniendo como respuesta un “¿Sabe, mozo? Tantas veces hice este camino… ¡y nunca las he contao!”. Y en otra ocasión se cruzó con un domador que le confió sus cuitas: andaba solo de toda soledad por su existencia andariega sin vínculo alguno de amor estable, con su físico estragado (“baldao”) por los redomones (caballos ya domados pero sin amansar del todo); a aquel gaucho le dolía “la vida” y estaba “quebrao por una pena”.
Así que de ahora en adelante, mi querido lector, ya puede usted afirmar que sabe de qué va la letra de esta hermosa milonga, pero sabe de verdad, con la historia completa; no como presuntuosamente declaran “conocer” los que se han quedado con sólo una parte de la misma.
Y de yapa le cuento: en junio de 1973, Alfredo Zitarrosa grabó en Buenos Aires para el sello Microfón, el LP vinilo I-418 “Zitarrosa en la Argentina”, en el cual está incluida como pista n° 11 “De Corrales a Tranqueras”.


La versión del Flaco es directamente MA-GIS-TRAL. Pero (vida puta, siempre hay un pero) inadvertidamente, Alfredo incurrió en un error al cantar “cerros parejos que se inclinan al pasar"; en lugar de “cerros parejos que se empinan al pasar”, tal como dice la letra original. Esa modificación —reitero: absolutamente involuntaria— no era en modo alguno una cosa menor y casi sin importancia, en tanto significaba "matar" la metáfora urdida por el poeta al pintar a un hombre consciente de su pequeñez frente a la grandiosidad de la geografía por la que transita; sustituyéndola por la de un hombre que se agranda ante los cerros, a los que percibe inclinados a su paso. Es decir, precisamente lo contrario a lo que líricamente quiso expresar Osiris (quien desde luego, puso el grito en el cielo y quedó muy disgustado).
No obstante, y más allá del error —grosero, si se quiere calificarlo así—; para mi gusto la interpretación de esta milonga en la voz del gran Alfredo Zitarrosa es muy superior a la del propio Osiris. Por otra parte, debe considerarse que antes de que él la grabara, la canción no había tenido lo que diríamos una gran difusión, sino que la popularidad le llegó, justamente, a partir de su versión. Y después de todo, hasta el mismísimo Osiris lo reconocería implícitamente veinte años más tarde, al declarar: “Detesto mis discos. Me han servido para fijar las obras, pero están mal grabados. Sucede que yo escribí los versos, hice la música, la ejecuté en la guitarra, con lo cual debía ser un virtuoso guitarrista (nota mía: ¡y vaya que lo era!), pero además de todo eso; tenía que ser un buen cantor. ¡Era el Pájaro Loco!”.
Mire, me permito aconsejarle que si puede hacerlo, no deje de visitar esos pagos. Será bien recibido por la cordial simpleza de la gente que los habita y podrá regalar a sus ojos el esplendor de sus paisajes y a su espíritu el regocijo del discurrir tranquilo, calmoso, del tiempo.

-Juan Carlos Serqueiros-