jueves, 20 de abril de 2017

TRES ASPECTOS QUE NO DEBES DEJAR DE LADO AL TOMAR UNA DECISIÓN





















Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

A cada momento la vida nos pone frente a decisiones que en muchos casos, eludimos.
Contestar a alguien, confrontar cuando no estamos de acuerdo, elegir entre el camino de la conveniencia o de la consciencia, son unas pocas de las tantas situaciones que nos obligan a definirnos y pagar el costo que implica descartar algo para elegir una opción.
Por cada elección que realizamos en nuestra existencia, hacemos una especie de balance que no siempre resulta grato, puesto que aquello que quedará del lado de afuera del círculo que enmarca nuestra personalidad, es muchas veces una característca a la que aspiramos aún si no se trata de una cualidad que respeta nuestra esencia. Todos quisiéramos ser de amianto, insensibles ante el dolor o irreverentes ante la culpa. Algunos quisieran parecer a superman, otros imitar a la mujer maravilla y otros más a santos o gurués; no obstante, en una personalidad balanceada, no hay extremos, menos imitiaciones y por eso hay algunas preguntas básicas que haríamos bien en responder antes de descartar un camino y elegir tomar posición.

1: Soy LIBRE de decidir?


Cuando tenemos una disyuntiva, no siempre somos tan libres como creemos: nos acucian las voces de nuestros padres, de la sociedad y de lo que "se dice" que hay que tener/ser/parecer feliz.
Solemos buscar muchas veces la dicha, la aprobación o el éxito siguiendo "mandatos" que poco tienen que ver con lo que en realidad nos entusiasma. Por lo tanto es bueno revisar todo lo que se interpone en en la mente como cuestionamiento al propio deseo, debiendo saber si ese argumento es algo realmente válido o algo que se desprende de la culpa o del prejuicio. 

2-Lo que voy a decidir, es un paso en dirección a ser quien quiero ser?


Cada decisión es un paso y cada paso construye nuestra identidad. Si lo que voy a hacer me avergüenza, denigra o disfraza, definitivamente el resultado será convertirme en alguien con doble faz que libra una batalla con dos frentes: uno interno, entre una y otra cara-, y otro externo para tratar de convencer y convencernos de que hemos hecho lo correcto. Al final terminamos siendo esclavos de esa impostura, ya que de tanto falsear nuestra verdadera identidad, terminamos por identificarnos con nuestro invento. Pasado un tiempo considerable de llevar la máscara, no sabemos que responder cuando alguien nos pregunta: QUE TE HARÍA REALMENTE FELIZ?. Y sí, hace mucho que no somos nosotros y nos hemos perdido en el camino de las elecciones.

3-Tomo la decisión que tomo con vistas a dar marcha atrás?



En muchos casos, nos imponemos algo que es correcto pero a último momento, llevados por la inseguridad y poca autovaloración, reculamos y cedemos a un impulso que sabemos será motivo de arrepentimiento. En este caso no queremos pagar alguna consecuencia que por el momento, resulta mucho más importante que nosotros mismos. Poner la vara alta para no poder llegar y dar recurrentemente marcha atrás, genera un sentimiento de fracaso que a su vez transmite una enorme volubilidad. De este modo, nos volvemos poco confiables para nosotros y obviamente para los demás, cayendo en un círculo vicioso que va de la autocompasión a la autodenigración. Ante esta situación habría que hacerse el favor de no ponerse varas o hacer un gran esfuerzo para autosuperarnos.

Si has evaluado mínimamente estas 3 opciones, lo único que te queda es: NO AUTOENGAÑARTE!

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

jueves, 13 de abril de 2017

LA FALSA POLÉMICA SOBRE LOS COLORES DE LA BANDERA






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Es notable cómo los argentinos seguimos empecinadamente proclives a enzarzarnos en cualquier polémica que tienda a dividirnos más aún de lo que ya estamos.
Y lo más triste -y que debiera avergonzarnos- es que en dichas discusiones nos prendemos de una, impelidos y hasta llevados de las narices por cualquier tinterillo ignoto que se ampara en el pomposo título de "periodista", el cual se arroga aún cuando no sepa ni siquiera hablar y escribir correctamente.
Ahora le tocó el turno a la polémica (inexistente, en tanto fue creada artificiosamente por esos pseudo periodistas que se propagan como yuyos en un jardín) en torno a nada menos que... ¡la bandera nacional!
Para ello, lanzaron al ruedo los análisis que llevaron a cabo científicos del CONICET sobre una bandera que data de 1812-1814 y se conserva en el templo de San Francisco en la ciudad de Tucumán; estudios esos los cuales concluyeron en que sus colores eran blanco y azul "ultramar" o "lapislázuli".
Pero los científicos del CONICET de ninguna manera demostraron que la bandera nacional creada por Belgrano fuera azul y blanca; sino que simplemente dictaminaron que esa bandera en particular que analizaron, había sido blanca y azul antes de que el tiempo y la exposición a la atmósfera y a la luz volvieran imperceptibles a la vista sus colores originales.
Sin embargo, fue tal el vuelo que tomó la "polémica" -reitero: armada por esos fantoches irresponsables que la van de "periodistas", tergiversando y mintiendo-; que hasta tuvo que salir el mismísimo Instituto Nacional Belgraniano a aclarar, por medio de su presidente, lo obvio, lo indiscutible: que LA BANDERA NACIONAL ES BLANCA Y CELESTE porque así lo dejó inequívocamente escrito su creador el general Manuel Belgrano el 27 de Febrero de 1812 en Rosario en su comunicación al Triunvirato: "Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional" (sic).


Asimismo, el 21 de setiembre de 1815, el Director Supremo Ignacio Alvarez Thomas impartió a Guillermo Brown, Hipólito Bouchard y Vicente Anastasio Echevarría, instrucciones reservadas para la guerra de corso en el Pacífico, detallando claramente en el punto 3° de las mismas el formato de la enseña: "Si se trabare algún combate se tremolará al tiempo de él el Pabellón de las Provincias Unidas, a saber, blanco en su centro, y celeste en sus extremos al largo" (sic).
Y a través del decreto N° 10.302 del 24 de abril de 1944, emitido por el presidente Edelmiro Julián Farrell en acuerdo de ministros y referido a la reglamentación sobre los símbolos patrios, se estipuló que: "La Bandera Oficial de la Nación es la bandera con sol, aprobada por el Congreso de Tucumán, reunido en Buenos Aires el 25 de febrero de 1818. Se formará según lo resuelto por el mismo Congreso el 20 de julio de 1816, con los colores celeste y blanco con que el General Belgrano creó, el 27 de febrero de 1812, la primera enseña patria" (sic). Decreto ese cuyo texto se acompañaba de la siguiente ilustración:


Como puede apreciarse, no hay en todo esto más "polémica" que la instalada por cagatintas miserables que ni siquiera se atreven a firmar los textos con los cuales envenenan a la gente, como por ejemplo y entre otros, uno del diario Clarín al cual podemos acceder por medio de este enlace:

https://www.clarin.com/sociedad/azul-celeste-descubren-color-original-bandera-argentina_0_Bki5cMYae.html

Sin perjuicio de lo hasta aquí enunciado; no hay que perder de vista que los estudios realizados sobre la bandera del templo de San Francisco en Tucumán, son también importantes, pero no porque puedan modificar lo que tiene certeza absoluta: que la enseña nacional es blanca y celeste; sino porque muy probablemente sea esa la segunda confeccionada en el país, después de aquella primigenia creada por Belgrano en Rosario.


En ese orden de ideas, es de lamentar que los científicos del CONICET que efectuaron dichos análisis sobre unas hebras de esa bandera que se conserva en Tucumán, hayan ultrapasado imprudentemente los límites y la especificidad de la materia de su conocimiento, de su dominio y de su especial competencia, abundando en consideraciones sobre aspectos que no les incumbían de modo directo; en lugar de interactuar con sus colegas de dicho organismo versados en historia, como debieran haberlo hecho.



No dudo de su pericia a la hora de los análisis que hicieron ni de la validez y exactitud de la conclusión a que arribaron, pero a la vez; estimo que resulta menester dar respuesta a ciertos interrogantes, como por ejemplo: ¿por qué, esa misma bandera que los científicos del CONICET afirman que era "sin dudas azul y blanca"; tanto los frailes Joaquín Masian, Pedro José Acosta y Gavino Piedrabuena, como así también el síndico de la orden franciscana y luego gobernador de la provincia de Tucumán, Bernabé Aráoz, consignaron en el acta inventarial del 7 de setiembre de 1813, que era "CELESTE y blanca"?: "En la escuela se apuesto una Bandera de tafetán celeste, y blanco con sus borlas de lo mismo y dos sintas de mas de quatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que penden de la lanza esta es de lata con su asta de dos varas, y tres quartas, q.e la costeo el Govierno para los paseos de los jueves por la Plaza y otras festividades que se hagan por orden del Govno." (sic) (Archivo del Convento de San Francisco, Libro de Ingresos 1780-1843, t. II, fs. 153 vta.).
¿Qué, hay que creer que tres religiosos (entre ellos el padre Masian, que la tenía a cargo y era el responsable de su guarda) y la principal figura política y militar de la provincia, se confabularon hace 204 años para mentir a la posteridad acerca del color de una bandera? ¿O que los cuatro fueron simultáneamente engañados por sus sentidos y veían celeste lo mismo que los científicos del CONICET dos siglos después sostienen que era azul? Por favor...
Si las conclusiones que surgen de aplicaciones tecnológicas sobre vestigios, es decir, las hebras, por un lado; y la heurística, esto es, la evidencia del documento testimonial, por otro, difieren entre sí; entonces estamos frente a un problema causado por la excesiva precipitación en pasar sucesivamente a la hermenéutica, a la síntesis y -lo que es más grave aún- a la divulgación de esta última como si se tratase de una verdad establecida; sin haber atravesado previamente el requisito indispensable de la etapa de crítica histórica, la cual saltearon irresponsablemente. Y es eso, pues, lo que urge subsanar.
Si asistimos a una conclusión reputada como inobjetable toda vez que emana del empleo de la más moderna tecnología, y, simultáneamente; a un documento histórico cuyas legitimidad y autenticidad están comprobadas y son indisputables, de manera tal que no resulta posible invalidar a una u otro; ¿no sería lógico y prudente buscar el elemento que concatene ambos factores y explique la contradicción volviéndola aparente?
Tenemos los argentinos que habituarnos a poner los bueyes donde deben ir, o sea, antes del cachapé y no al revés. Y sobre todo, debemos ceñir nuestra conducta al principio de estricta observancia de la honestidad intelectual. "No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado", dijo Adolfo Saldías, y es rigurosamente cierto.
Yo agregaría que tampoco se sirve a su comprensión manipulando inescrupulosamente la historia. 

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 3 de abril de 2017

LAS ACTAS SECRETAS DE LA JUNTA CONSULTIVA DE LA REVOLUCIÓN FUSILADORA


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En su sitio web www.zuletasintecho.com, el periodista Ignacio Zuleta publicó hoy el siguiente texto:
Raffo (nota mía: se refiere al diputado por la CABA Julio Raffo), calladamente, lleva adelante una batalla con la burocracia del Estado para que se desclasifiquen las actas secretas de la Junta Consultiva, el órgano asesor de la llamada Revolución Libertadora. Lo integraron, entre otros, Isaac F. Rojas, Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot, Miguel Ángel Zavala Ortiz, Américo Ghioldi, Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz, Nicolás Repetto, José Aguirre Cámara, Rodolfo Corominas Segura, Adolfo Mugica, Reinaldo Pastor; Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble, Horacio Thedy, Rodolfo Martínez, Manuel Ordóñez; Enrique Arrioti y Horacio Storni. Funcionó entre 1955 y 1958 y sus deliberaciones quedaron testimoniadas en actas que se hicieron públicas, con excepción de aquellas amparadas por el rótulo de “secreto”. Raffo inició una causa administrativa ante la escribanía General de Gobierno y le respondieron que esas actas se habían perdido. Insistió, y aparecieron, pero le niegan vista porque son secretas. La ley de acceso a la información recién estará vigente a fines de este año y allí podría haber mejor suerte. Pero el diputado interpuso un recurso jerárquico ante el titular de Justicia, Germán Garavano para que, en cinco días, partir de la presentación, le permitan ver esas actas secretas. ¿Qué puede haber allí? Raffo presume que por las fechas coinciden con los fusilamientos de junio de 1956 de los militares y civiles peronistas que intentaron un alzamiento. En esas actas pueden figurar las opiniones de los integrantes sobre ese hecho que le costó la vida a 27 personas bajo una dictadura militar. Maneja la información de que los representantes de la Iglesia (Martínez y Ordóñez) se opusieron a convalidar esa masacre, como la llamó Rodolfo Walsh en un célebre relato que publicó por primera vez el dirigente nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo en el sello de su propiedad, Ediciones Sigla. También que la representante del socialismo, Moreau de Justo, habría sido enfática en apoyarlos. Eso se sabrá fehacientemente, cuando el gobierno desclasifique esas actas. (sic)
Llamativamente, ni Néstor Kirchner ni Cristina Fernández levantaron, durante los doce años que entrambos estuvieron en el gobierno, el rótulo de “secreto” para esa documentación.
Idéntica postura adoptó Mauricio Macri (lo cual por supuesto, era esperable) desde que asumió la presidencia. Y la sigue manteniendo, lo cual motivó la iniciativa que lleva adelante el diputado Julio Raffo tendiente a que tal información sea desclasificada.
¿Qué información "peligrosa" contienen esos documentos, que pueda explicar una cerrazón de medio siglo en su torno? ¿Será que quizá esas actas demostrarían inequívocamente la aprobación de los asesinatos perpetrados por la revolución fusiladora en junio de 1956, por parte de algunos (o todos, no se sabe) integrantes de la junta consultiva conformada por radicales, socialistas, conservadores, demócrata-progresistas, demócrata-cristianos y nacionalistas? Lo cual, de ser así, los convertiría automáticamente en coautores y cómplices de dichas aberraciones.
Aquella denominada junta consultiva nacional (¿qué tendría de “nacional”, por el amor de Dios?) estaba presidida por el coimero Isaac Rojas y la conformaban además: Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot y Miguel Ángel Zavala Ortiz, por la UCR; Américo Ghioldi, Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz y Nicolás Repetto, por el Partido Socialista; José Aguirre Cámara, Rodolfo Coromina Segura, Adolfo Mugica y Reinaldo Pastor, por el Partido Demócrata (conservador); Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble y Horacio Thedy, por el Partido Demócrata Progresista; Rodolfo Martínez y Manuel Ordóñez del Partido Demócrata Cristiano; y Enrique Arrioti y Horacio Storni del Partido Unión Federal (nacionalista).
Particularmente, infiero que -además de Norteamérico Ghioldi (como “bautizó” a ese energúmeno el genial Arturo Jauretche), que hizo pública en el pasquín de su partidejo sucialista, La Vanguardia, su opinión favorable a los asesinatos, la cual incluía aquellas tristemente célebres frases “se acabó la leche de la clemencia” y “hay que desperonizar”-; al menos Alicia Moreau de Justo (entusiasta adherente a la revolución fusiladora); y también el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz -quien después sería ministro del “apóstol de la democracia” (?) Arturo Illia)-, autor de una frase que en cuanto a infamia no le iba en zaga a la de su colega Ghioldi, la cual consta en una de las actas que escaparon al secreto y que fue recopilada por la historiadora María Sáenz Quesada: “este gobierno, el más pacificador y tolerante, tuvo que acudir a medidas de una energía inusitada que ponen en riesgo su gran prestigio democrático”; alentaron y apoyaron esas atrocidades.
¿O qué otra postura cree usted, querido lector, podría haber sustentado toda esa canalla capaz de asignar a un gobierno como aquella ferozmente sanguinaria tiranía la calificación de “pacificador y tolerante”, y que recurría al eufemismo de “energía inusitada” para referirse a los asesinatos que tal régimen odioso y oprobioso cometía?  
Pero si bien mantenerlas como secretas es perfectamente congruente con el “criterio” de un asqueroso cipayo y oligarca como Mauricio Macri; ¿por qué también a su turno lo habrá hecho el kirchnerismo (que en 2014 hizo públicos los documentos en los cuales Isaac Rojas reconocía haber ordenado los asesinatos; pero que omitió expresamente desclasificar las actas de la junta consultiva)?
¿Será que la "transversalidad" dispuesta por Néstor Kirchner y continuada por Cristina Fernández, los llevó a la pretensión de ocultar la participación en aquellos espantosos sucesos, de Alicia Moreau de Justo, de cuya figura histórica (como así también de las de otras “notables” sucialistas) alentaron la abundante propagandización, especialmente por la vía de ese terrorista de la historia llamado Felipe Pifia? Chi lo sa… 
¿Habrá sido también por eso, que ninguno de los tantos parásitos acomodaticios y alquilones que fungían de “historiadores” que el kirchnerismo rejuntó en el inicuo (y felizmente fenecido) instituto “revisionista” Borrego se atrevió tan siquiera a mencionar la cuestión de las actas secretas de la junta consultiva? Vaya uno a saber… 
En cuanto a que tampoco hiciera alusión alguna al tema la bandita de pseudo filósofos e intelectuales no inteligentes como la vaca José Pablo Feinmann, el pavote Ricardo Forster, el huele braguetas Federico Andahazi (actualmente devenido en fervoroso macrista), el postmarxista (?) Ernesto Laclau y demás lamentables etcéteras “pensadoras” por el estilo amuchadas en Carta Abierta, no es en absoluto cosa que extrañe: son fundamentalmente anti Perón, con lo cual…
Por mi parte exijo, como ciudadano argentino e historiador amateur, la inmediata desclasificación de las actas de la junta consultiva de la revolución fusiladora hasta hoy mantenidas como secretas.
¿Y usted?

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 1 de abril de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO. TERCERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Por el picor de mis pulgares, algo malo se aproxima. (William Shakespeare, Macbeth)

Habíamos asistido, en las dos entregas anteriores, al inicio de la telefonía en nuestro país. Le propongo, estimado lector, que analicemos ahora cómo fue su evolución.
En 1881 operaban, además de la anteriormente mencionada Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie. (Sociedad Nacional del Panteléfono) dirigida por Clément Cabanettes; la inglesa Gower-Bell Telephone Company (Compañía de Teléfonos Gower-Bell), representada por Benjamin Manton, con oficinas situadas en la calle Florida entre Corrientes y Lavalle; y una subsidiaria de la norteamericana Bell Telephone Company, de Boston: la River Plate Telephone Company (Compañía Telefónica del Río de la Plata-Continental de Teléfonos Bell Perfeccionado), que tenía sus oficinas en la calle Maipú entre Cangallo y Sarmiento y cuyo director era Walter Keyser.




En los meses de marzo y abril de ese año, el presidente Julio A. Roca firmó los decretos (en los cuales no se fijaban plazos de vencimiento, ni se estipulaban condiciones para la prestación del servicio ni mucho menos se enunciaba un marco regulatorio) autorizando a las tres compañías a “construir a su costo en la Capital y suburbios Oficinas Telefónicas de esta invención, sin que esto importe concederle ninguna clase de privilegio” (sic).  
Mayoritariamente, los historiadores inscriptos en el campo revisionista, han interpretado esos decretos como una expresa renuncia a la participación pública en dicho sector de actividad, clasificándolos como ejemplos por antonomasia del dejar hacer típico del estado-gendarme que tan caro ha sido siempre a los liberales.
Discrepo con esa visión, la cual me parece sesgada y nublada por el anacronismo. Ni la letra ni el espíritu de los decretos llevan necesariamente a concluir en que la tan mentada “renuncia” fuera, en efecto, tal cosa, y encima; “expresa”. Ni a que la no intervención del Estado haya sido dispuesta por Roca desde lo dogmático. Antes bien; entiendo que los emitió (a sólo cinco años de patentado el teléfono por Bell, recordemos) revestidos de un carácter meramente provisorio, en tanto se verificase, con el transcurrir del tiempo, cuál habría de ser el desarrollo (o el ocaso) de “esta invención” (como reputó literal e inequívocamente al teléfono). Por otra parte, se estipulaba taxativamente en ellos que no implicaban el otorgamiento de “ninguna clase de privilegio” y que su ámbito de aplicación se circunscribía a “la Capital y suburbios”, con lo cual ¿qué obstaba para que el Estado nacional interviniese llegado el momento, si así lo considerara conveniente, o para que los Estados provinciales, si lo quisieran, participaran ya sea directa o indirectamente en la actividad? La respuesta es: nada, no había en aquellos decretos impedimento alguno.
¿Entonces? Es que a eso tan elusivo llamado verdad histórica no puede arribarse partiendo desde la concepción oligárquica propia de las viudas de Mitre, ni tampoco desde el catecismo materialista de la historia predicado hasta el hartazgo con empeño digno de mejor causa por los apóstoles del marxismo trasnochado; sencillamente porque el objeto y sujeto de la historia es el hombre y éste es tanto materia como espíritu.
Así, por ejemplo, la invención del teléfono por parte de Antonio Meucci no obedeció a un criterio mercantilista; sino a su necesidad de comunicarse con otro ser humano: su esposa enferma que se hallaba postrada en la planta alta de su casa. Siempre está la pasión creadora (Stefan Zweig dixit) precediendo necesariamente a la obtención de utilidad económica emergente de su transformación en un bien o servicio pasible de ser comercializado. Siempre hay un Meucci antes de un Bell o un Boyd antes de un Dunlop ¿o es que acaso puede alguien imaginar que Fleming descubrió la penicilina impelido por el afán de ganar dinero?
Por supuesto, todo eso no significa, a la hora de construir el relato histórico, que se deba prescindir de la consideración de la etapa consiguiente de comercialización y búsqueda de rédito económico, y de los intereses que hubieran en juego; al contrario, ¿o qué otra cosa es -por citar un ejemplo- el seguro, sino la simple aplicación del cálculo matemático de probabilidades a los riesgos físicos y patrimoniales de la actividad económica? De hecho, es posible que más allá de cuestiones de orden tecnológico, la sociedad Cayol & Newman haya quedado fuera del negocio debido a una evaluación errónea del mercado potencial al que se dirigió preferentemente: el ámbito público (telégrafo y policía); en lugar de orientarse hacia donde lo hicieron sus competidores: el segmento de alto poder adquisitivo de la sociedad porteña.
Por aquellos años, la telefonía no era todavía considerada un servicio público necesario, y el teléfono era percibido como un artículo de boato, una tentación ofrecida a las clases pudientes, o a lo sumo; como un vehículo cultural (lo cual explica que en las noticias referidas a las pruebas y ensayos que se realizaban, todas las crónicas periodísticas mencionaran la transmisión exitosa de música, además de la de voz). Aún se estaba lejos de imaginar al teléfono contribuyendo a la integración entre las distintas regiones del país (que de hecho, no lo hizo, sino hasta después de entrada la segunda mitad del siglo XX), papel que se reservó al ferrocarril y al telégrafo.
Asimismo, es pertinente destacar que no había entre el gobierno nacional presidido por Roca y el municipal encabezado por Alvear, uniformidad de criterios en cuanto a las compañías telefónicas. Mientras que el primero dictaba en los meses de marzo y abril los decretos mencionados precedentemente; el segundo solicitaba por nota al ministro del Interior, Antonio Del Viso, que el poder ejecutivo sometiera a consideración del congreso un proyecto de ley -cuyo texto le adjuntaba-, consistente en veintiocho artículos con las normas y condiciones que sugería imponerles a las operadoras: consulta al Departamento de Ingenieros de la municipalidad previa al otorgamiento de la concesión, autorización de la municipalidad para el tendido de las líneas, obligatoriedad para las empresas de ir reemplazando los tendidos aéreos por subterráneos, estudio y aprobación de las tarifas por parte del poder ejecutivo, cada empresa debía pagar a la municipalidad un canon del 10% sobre sus ingresos brutos, tarifas diferenciales (50%) para los organismos nacionales y municipales, etc.
La iniciativa de Alvear fue a parar al archivo general, esto es, al cesto de los papeles.


No hubo, pues, ni marco regulatorio de la actividad ni control federal ni municipal. Así las cosas, la competencia entre las tres empresas fue encarnizada y hasta feroz; mas ello no se tradujo en una baja sensible de las tarifas que aplicaban.
Los principales diarios se involucraron en la cuestión y tomaron campo alentando a tal o cual compañía, focalizándose principalmente en las ventajas competitivas (reales o ficticias) que asignaban a los aparatos que cada una de ellas proveía. Mientras El Nacional y La Prensa exaltaban las bondades de los construidos en el país por Cayol y Newman; La Nación hacía propaganda para los de la Gower-Bell inglesa. Más temprano que tarde, la publicidad de las empresas en los periódicos se volvió chocarrera y chicanera. 
Así, por ejemplo, la Sociedad del Panteléfono hacía insertar un aviso de este tenor: “El Sr. D. Henry K. Goodwin, ingeniero electrologista y superintendente de los trabajos de la Compañía Bell (Director W. S. Keyser), acaba de entrar en nuestro servicio en las mismas condiciones, habiendo reconocido la superioridad del Panteléfono de Locht sobre todos los demás sistemas telefónicos”. 
Y luego, de la guerra en los diarios se pasó directamente al sabotaje, con destrucción de redes y equipos y causando no pocos escándalos.
A fines de 1881, entre las tres empresas sumaban alrededor de 200 abonados. Al año siguiente, ingresaron capitales británicos a la hasta allí estadounidense Compañía Telefónica del Río de la Plata, la cual se fusionó con la Sociedad Nacional del Panteléfono, constituyéndose de ese modo la United Telephone Company of the River Plate Ltd. (Compañía Unión Telefónica del Río de la Plata Limitada), con sede en Londres. La nueva sociedad entró pisando fuerte, anunciando que pondría su abono a “menos precio que cualquiera otra Compañía”. Claro que “cualquiera otra compañía”, sólo podía ser la Gower-Bell, porque para entonces no había ninguna otra.
Pero pese a la declamatoria propagandística, la competencia entre ambas empresas no llevó a una mejora en la calidad del servicio ni tampoco a una baja en las tarifas. No obstante; en 1884 los abonados a una u otra ya totalizaban 600.
En general los historiadores consideran que por aquellos años la telefonía era un servicio que se circunscribía a la Capital Federal y suburbios. La cosa no fue así, o al menos; no tan así.
Si bien es innegable que Buenos Aires concentraba la mayor cantidad de abonados; en otras ciudades importantes como La Plata, Rosario o Córdoba, por ejemplo, también se habían instalado empresas telefónicas, tal como podemos comprobar a través de estos (entre muchos otros de tenor similar) avisos publicitarios insertos en el diario rosarino El Mensajero, en su edición del 5 de marzo de 1884.




La existencia y actuación comercial en ciudades principales del interior del país, de compañías dedicadas a la actividad telefónica, todavía en los inicios de la misma, muy probablemente haya sido más considerable de lo que sabemos con certeza; aun descartando las subjetividades y exageraciones propias de la comunicación institucional y la propaganda.
El 24 de septiembre de 1882, se ensayó con éxito una línea con aparatos Siemens que enlazaba el Hotel Universal y el Club Social. Más tarde, otra línea con iguales resultados comunicó las estaciones Rosario y Roldán del Ferrocarril Central Argentino. Con el nombre de Compañía Telefónica Siemens se inauguró, el 1 de abril del año siguiente, la empresa precursora de teléfonos que desarrolló una intensa actividad. Así, el 19 de junio, se informó que ya funcionaban las líneas de los diarios La Capital y El Independiente y de los comercios de Otero y Cía., Allende y Cía., Emilio Ortiz y Cía., y de Rosendo Olivé (h), entre otros… El 15 de julio, mediante el alambre del telégrafo, se realizó una conversación entre Rosario y Buenos Aires utilizando un aparato portátil Siemens. Era la primera vez que en Sudamérica se conversaba a una distancia tan grande.A fines de 1883, la compañía ya tenía 213 abonados en Rosario, 10 en San Lorenzo y 6 en Alberdi. Un año más tarde la cifra ascendió a 350 y sus líneas estaban conectadas con los pueblos de San Lorenzo, Puerto de San Lorenzo, La Posta, Alberdi, Arroyito, Avila, Roldán, San Gerónimo y Carcarañá.
En 1886 la Compañía Unión Telefónica Limitada absorbió a la Gower-Bell, tras lo cual se constituyó en Londres la razón social United River Plate Telephone Company, que actuaría en nuestro país bajo el nombre Unión Telefónica del Río de la Plata.
El primer acto de la Unión Telefónica fue… ¡aumentar las tarifas! ya de por sí abusivas que venían cobrando los oligopolios que la precedieron. Ante eso, el diario La Nación, en su edición del 11 de enero de 1887, puso el grito en el cielo publicando un furibundo editorial que tituló “El teléfono y el espíritu público”.
Donde no hay espíritu, no son solamente los gobiernos los que se atreven contra el público. Todo el que tiene en su mano un servicio tiende a convertirse en tirano y a imponer por ley su voluntad y su avaricia, sobre todo cuando el servicio es casi imprescindible para el que lo recibe y cuando la competencia es imposible o no se verifica en circunstancias determinadas. En las instalaciones telefónicas sucede algo peor. Cuando existían dos compañías desligadas y en guerra permanente, todo lo prometían y todo se esperaba, en la mejora del servicio y de los precios (pésimo el primero y exorbitantes los últimos), para cuando tuviera lugar la reunión de esas empresas. Al fin el hecho se realizó y, con sorpresa de todos,  él debía envolver la más sórdida e insolente conspiración contra el público. Las compañías fusionadas venían ensayándose de antemano en el camino de los abusos. No sólo servían mal y de mala voluntad, cobrando caro, sino que se permitían exacciones de todo género. Una de éstas era el uso gratuito, obtenido a veces instalaciones de que ellas solas sacaban provecho. Ahora, en lugar de haber corregido estos abusos, el servicio ha empeorado y la Unión Telefónica, que no era sino la confabulación de dos empresas, se ha presentado elevando todavía sus precios. Es el primer hecho de este género que nos pone a prueba y su resolución dará la regla de lo que puede intentarse o de lo que nadie se atreverá a intentar en lo sucesivo.
Comenzábamos a transitar, de la mano del presidente Miguel Juárez Celman, por el siempre peligroso sendero de la imprevisión, el despilfarro irresponsable, la sustitución del trabajo por la especulación como motor de la economía y el ajuste y la sujeción al positivismo spenceriano como dogma del gobierno.
Asistimos así, querido lector, a un período que abarcaría casi medio siglo de supremacía de los oligopolios ingleses en la telefonía argentina. En la próxima (y última) entrega veremos cómo siguió y terminó la cosa.
¡Hasta entonces y gracias por la atención!

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
_________________________________________________________________________

REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Mensajero, edición del 5 de marzo de 1884.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878, 28 de abril de 1881 y 11 de enero de 1887.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Marchand Editores, Buenos Aires, 1981.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Museo de los Corrales Viejos, Sala Historia del teléfono.
Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Porto, Ricardo A. y Claudio Schifer, El inicio de las telecomunicaciones, blog Ricardo Porto Medios, publicación en Internet del 29 de febrero de 2012.
Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
Revista de Historia Iberoamericana V6 N2, Fundación Universia, Madrid, 2013.
Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, ediciones del 24 de febrero de 1878 y del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.

miércoles, 22 de marzo de 2017

QUIEN ESTÉ LIBRE DEL SISTEMA, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA. EL FRACASO DE LAS RELACIONES


























Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

Al comenzar a leer este artículo, creerás que se trata de algo feminista, o que habla sólo de las relaciones entre el hombre y la mujer. Ten un poco de paciencia y léelo hasta el final, y quizá encuentres una respuesta.
Algunas, que ya cruzamos los cuarenta hace rato -y antes y después de esa edad también-, escuchábamos como consejo cuando estábamos muertas de amor por alguien, un lapidario "hacete rogar".
¿Qué?
¿Cómo?
¿Soy como una diosa?
¿Soy de otro mundo?
¿Soy una santa como para que me rueguen?
Entonces, ¿qué es una pareja?
-Una relación de superior a inferior?
-Un forzamiento de la identidad?
-Fingir lo que uno no siente?
-Convertirse en objeto de adoración?
-Un juego histérico?
-Es que pareja, paridad, ¿no quiere decir algo así como de igual a igual?
Con el tiempo la cosa parece no haber resultado, porque la que se hacía rogar terminaba descubriendo que ese no era el mejor de los consejos para asegurarse más que una victoria pírrica, basada en un fingimiento, y una constante barrera para ser genuinas y dejar salir en libertad al corazón para enfrentarse a la aceptación o al rechazo, pero al menos, conocer la verdad.
Había que jugar el papel de una virgen inmaculada que no se vende a cualquiera, cuando se supone que ese otro no era cualquiera para nosotros, y equivocadas o no respecto de la valoración que hacíamos ese partenaire, se nos escapaba la oportunidad de desenmascarar de entrada y sin dilación, quienes éramos realmente tú y yo.
Mientras nosotras jugábamos a "no regalarnos", ellos buscaban satisfacción por otros lares, llevando en la cabeza un hermoso par de cuernos que luego nos podíamos arrancar solo con lágrimas y victimización: "Yo!!!, la que te di los mejores años de mi vida, la que parió tus hijos, la que estuvo con vos y cumplió con todo lo que querías. Atorrante!". Los hombres eran los malos; nosotras... santas.
Por este motivo, -y como suele suceder con todo lo que se fuerza-, nos fuimos a la vereda de enfrente y algunas veces sin ningún otro sustento que el de probar una nueva estrategia. Nos "liberamos" por hartazgo de la Santa y nos convertimos en Putas, hallando a su vez la otra cara de la moneda: los prejuicios de ellos que incrustados en un cerebro machista, calificaban a una mujer bajo los criterios de "esta no será la madre de mis hijos".
Como sucede en un alma femenina frustrada, venían otra vez las lágrimas, porque además ahora pendía de nuestras cabezas y nuestra sexualidad, un descalificativo que nos encadenaba a un corrillo constante típicamente masculino que reforzaba el ego de quien consigue con el sexo un trofeo: "esa es una fácil".
El dolor nos atravesaba, por ser nuevamente objeto; pero de otra manera: expuesta, vejatoria, y condenatoria que terminaba abrevando en el "son todos iguales" y en un cada vez más fuerte grito de desvalorización, hiciese lo que se hiciese.
Con toda la bronca y el rencor, nos repetimos muchas veces la frase de que al final es preferible ser "la otra", así no me como los cuernos de la pobre fiel, ni el mote de puta, porque es el lugar ideal para ser amadas y no ser ciegas. Este fué el argumento que fortaleció las defensas contra el daño que se producía en el alma.
En síntesis, de un lado y del otro, con una u otra estrategia la palabra común al desdén de no ser, es el convertirse en OBJETO.
 ¿EN QUÉ QUEDAMOS?
Nos preguntábamos. Y respondíamos con el "todos son iguales", cayendo así en una total falta de discriminación o en una minuciosa investigación que pretendía saber con quien estábamos dando, cosa de resguardarnos de lo imposible: fracasar en el intento.
El acento de quien es objeto, siempre cae afuera: todo depende de quién sea el otro.
¡Y yo? Yo no tengo nada que ver.
ENTONCES, ¿DE QUIÉN ES EL GRAN BONETE?.
Cambiamos todo: tácticas, estrategias y máscaras, y nosotras nos olvidamos que somos tanto santas, como putas, madres, amantes, vengativas, compasivas, comprensivas hasta lo incomprensible y crueles hasta el desprecio por nuestra propia mismidad y totalidad; es decir, receptoras del mismo desprecio del que éramos objeto y víctimas gracias a esa visión fraudulenta que encasilla a la mujer a un solo papel y le quita la posibilidad de conocer lo que significa ser UNA MISMA.
Como nada se detiene, las horas, los días, los años, las generaciones siguieron corriendo hasta llegar al punto de imitar en una supuesta igualdad, la conducta masculina en una sociedad con modelos falocéntricos: asumimos el mando, tiramos al demonio la receptividad, nos convertimos en profesionales, gerentes, presidentas, laburantes, paraollas, cuerneadoras profesionales, -en eso somos mucho mejores porque aprendimos muy bien de nuestros maestros pero le agregamos la cara de póker-, pisoteando todo lo que nos distingue como féminas.
Desde nuestra contextura física, nuestro receptivo útero, nuestra carne blanda, nuestra ternura, comenzamos a intentar disfrazarnos de mujeres de hierro: menos siento, menos sufro, más poder, mayor control y dominio. “¡A mí no me pisás más, desgraciado!”, se oía en nuestro interior-. Y allí fue el hombre el que empezó con el cantito y el dolor de no encontrar alguien que los quiera por lo que son; siempre interesadas, siempre frías, solo les interesa tu billetera, billetera mata galán, etc., depositando ahora sus "traumas", en la explicación que se daban para justificar el desamor.
Cada vez más, y como comprobante de lo que digo, ellos comenzaron a echar mano hasta de las cirugías estéticas, queriendo modificar los exigentes parámetros de armonía, equilibrio y belleza que nos habían impuesto a nosotras, para ahora pasar a ser ellos las víctimas de un régimen e incluso una dieta, que era impuesta por una mujer más poderosa, y por un sistema de expoliación de lo genuino. 
Los nuevos parámetros afectaron lazos, vínculos y relaciones de modo tal, que hasta para conseguir un trabajo, había que pesar 50 kilos, lucir como una jovencita nosotras y como el muñeco Kent de la Barbie ellos, sin importar el currículum y la experiencia, salvo la apariencia, y como robots o maniquíes de exposición, se nos empezó a tratar como material descartable, del mismo que usa un cirujano para convertir a una persona única en un "prototipo". No obstante, el problema es que nunca un prototipo es un ser genuino. Y esta vez estabamos los dos, ella y él, bajo el mismo régimen de imposiciones. Comenzamos sin saberlo, a transformarnos en una máquina que ni bien envejece un poco se reemplaza por un modelo más nuevo, del mismo modo en que ahora tiramos un celular por las exigencias del mercado que fabrica descartables para que llegado el momento, debamos arrojarlo a una montaña de contaminación para consumir otro supuestamente mejor pero más endeble, del mismo modo en que te dejan sin salario y presciden de tus servicios porque afuera "hay miles como vos que pueden ocupar tu puesto". Fuimos de a poco arrastrados en nuestra totalidad por el mismo mercado que actualmente rige las relaciones de todo tipo, y el que sigue enterrando bajo capas de lo que no se es, a lo que se es verdaderamente, vendiéndonos bajo la palabra "libertad", "igualdad", "atractivo", "deseable", todo aquello que nos esclaviza y nos coloca en situación de abandonar nuestra verdadera escencia para padecer total desigualdad e injusticia. Se pregona una igualdad igualmente forzada, -como al principio fué forzada la de la mujer-, que tiró a los viejos a la basura, a los abuelos los colocó en el lugar de los cuidadores, a los jóvenes en los mandamás de gente con experiencia, a los padres en lugar de "generadores", a los docentes en lugar de educadores, a la experiencia en lugar de vasallo, y al poder en lugar de la experiencia, y en general a todos en un lugar de "sálvese quien pueda".
Bajo los escombros de tanta mentira grita nuestro SI MISMO:
-Escúchame!!!
Y nosotros respondemos:
-No puedo!!!
La obligación reemplazó a la responsabilidad. Tenemos hijos pero otros deben hacerse cargo.
Barbie no puede ni ver a Kent, ni éste a Barbie, porque formar una familia es un problema, un costo, un balance que tiene todo puesto en manos de un otro que ni siquiera es quien nos paga el sueldo, sino de algo que se transformó en un SISTEMA de vida. Por supuesto la mujer que acostumbrada a ello desde siempre, fue la que mejor -y por desgracia-, se adaptó, y pudiendo manejar varias cosas a la vez, creyó realizarse en lugar de sentirse más esclava. Eso sí, al costo de no conocer qué le sucede al hijo, y turnándose con la pareja para ir a la escuela a gritar al docente la culpa de que su hijo no haga los deberes, se emborrache y no tenga donde ir gracias a que ellos tienen que ir trabajar. Oh, incomprensible maestro!
Lindo panorama.
Si sigo escribiendo el artículo, puedo llegar a desarrollar un libro, puesto que por más que nos creamos iluminados, libres, conscientes, igualitarios e inteligentes; estamos atrapados en algo que NO SOMOS ni sirve. Le gritamos al sistema, pero seguimos en él porque ya no sabemos quiénes somos. Lo olvidamos hace rato, en la profundidad de los prejuicios que cambiamos por valores.
Por otra parte, no apunto a que la madre se quede en casa y el padre salga a trabajar. Se trata de no ser objetos, y esto cada uno lo vive en una o varias esferas diferentes. El pasaje de objeto a sujeto, es eso que podría romper con lo que ya no va. Romper con las máscaras, con el auto engaño, con forzamientos auto impuestos que dieron pié a que luego nos lo impongan masivamente desde afuera, y con modelos preestablecidos, cualesquiera fueren, que nos permitan SER;
-en lugar de tener
-de parecer
-de padecer, y de tantos otros engaños que buscando el crecimiento nos dejan enanos.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

martes, 14 de marzo de 2017

YA PUEDEN ALEGRARSE: LIBRARON A SUS HIJOS DEL PELIGRO DE UN MAESTRO
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Quienes buceamos en la historia, buscamos aprehender, o sea, asir y comprender el pasado, para que sepamos de dónde venimos y para que las acciones que provoquemos en el presente, nos conduzcan a un futuro mejor.

Somos los argentinos un pueblo altamente especializado en romper todo aquello que pueda convertirse en un vínculo que nos cohesione, en un eslabón que nos concatene con la otredad.
En el marco de nuestros desencuentros, los cuales parecen ser crónicos, empezamos por destrozar a los próceres, es decir, a los fundadores de la nación. Que si Belgrano esto, que si San Martín lo otro, que si Rosas o Sarmiento, y dale que va, total...
Después, nos dedicamos a desguazar la educación pública y a ningunear y desjerarquizar a los docentes, de manera de eliminar cualquier posibilidad de nivelación hacia arriba; porque tampoco es cuestión de que el/la maestro/a siguiera siendo una persona estimada y respetada en el barrio, viste. Y tampoco podía ser que tolerásemos que los desangelados tuvieran a su alcance una escuela que los contuviera y ayudara a salir de la condición de tales.
Luego, nos ocupamos de desmalvinizar, porque si había algo en lo que TODOS estábamos de acuerdo, era en que las Malvinas son argentinas. Y eso... NO; ¿cómo era posible el estar TODOS de acuerdo en algo? ¡De ninguna manera! Había que barrer debajo de la alfombra a los héroes que fueron a redimirlas y condenar al ostracismo el recuerdo de quienes dejaron allá sus huesos.
Por último, había que destruir al único artista que puede convocar a la multitud que se le antoje; no sea cosa que a alguien se le fuera a ocurrir comparar esa capacidad suya, con la nula que exhiben los politicastros esos que supimos conseguir.
Pueden estar contentos, eh, porque lo lograron ampliamente; es un triunfo completo el que obtuvieron.
Me viene a la memoria aquella vieja canción de Patxi Andión, esa que dice: ... y ahora las buenas gentes / tienen tranquilo el sueño, / pues han librado a sus hijos / DEL PELIGRO DE UN MAESTRO.
No hay que perder de vista la característica distintiva de los hijos de puta: la contracción full time a su "trabajo"; no descansan nunca.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 12 de marzo de 2017

LADREN LO QUE LADREN LOS DEMÁS







































En Esa Vieja Cultura Frita sabemos cuidar nuestro culito, y sobre todo; sabemos dónde llevamos el dolor.
A muerte con vos, Indio, como siempre. Ladren lo que ladren los demás.


-Juan Carlos Serqueiros-


martes, 28 de febrero de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO (SEGUNDA PARTE)


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Prefiero que me lastime la verdad a que me consuele una mentira. (Khaled Hosseini)

Habíamos visto en la anterior entrega que aquella establecida el 4 de enero de 1881 entre Roca e Irigoyen no fue como se estipula en el relato oficial, “la primera comunicación telefónica en nuestro país”. Pero si no fue aquella, restaba entonces determinar cuál lo había sido. Vamos a ello, pues.
El mérito de haber despejado el interrogante corresponde al historiador Mario Tesler, quien después de una paciente y tenaz investigación,  logró determinar sin lugar a dudas que la primera comunicación telefónica en nuestro país se efectuó en Buenos Aires el 17 de febrero de 1878 -sólo dos años después de patentado el teléfono por Bell, dicho sea de paso-, vinculando las oficinas del Telégrafo ubicadas en la calle de la Piedad (actual Bartolomé Mitre) N° 83; y la redacción del diario La Prensa, que por entonces se hallaba en Moreno 109, es decir, dos puntos situados a seis cuadras de distancia uno del otro.
A instancias de Domingo F. Sarmiento, el viejo periódico El Nacional que veintiséis años antes había fundado Dalmacio Vélez Sarsfield, venía desarrollando una campaña en la cual propugnaba la introducción y desarrollo de la telefonía en nuestro país. En ese marco, el 24 de enero de 1878 publicaba dicho diario lo que sigue:
EL TELEFONO
Es cosa de preguntar cuando empezamos nosotros los ensayos para aprovechar las ventajas que proporciona el teléfono.Tenemos elementos cientificos como para efectuarlos con igual éxito á cualquier otra nacion. A este respecto podemos decir que hay indolencia, descuido.Se nos ocurren con pesar estas reflexiones, porque vemos por los diarios, que de las invenciones modernas la del teléfono es la que mas pronto ha sido esplotada.Prusia, Inglaterra, España, Italia, Francia, etc., ya lo usan. El Brasil ya ha empezado á dar pasos para establecerlo; mejor dicho, lo tiene en uso. Lease lo siguiente que hallamos en el Jornal do Commercio.“Hicieronse esperiencias con este instrumento), entre la estacion de Petropolis y la estacion central de telégrafos en el campo de Santa Ana, bajo la direccion de Rodde. Las esperiencias se hicieron regularmente, aunque el hilo telegráfico no trabajo por el sistema ordinario. A media noche debian repetirse las nuevas esperiencias entre las mismas estaciones”.En otro lugar da cuenta el Jornal do Commercio de otras esperiencias practicadas por el Cuerpo de Bomberos, desde su estacion, con el establecimiento el Rey de los Magos.“La transmision del sonido, dice, se efectuaba con la mayor facilidad, haciendose perfectamente distintas todas las palabras, reconociéndose los variados timbres de las distintas voces que hablaron por el teléfono, y oyéndose con toda claridad de estacion á estacion una melodia cantada”.Esos resultados entusiasman. Repetimos: ¿por  qué nuestras oficinas telegráficas no se entregan también á estas esperiencias? Habrá honra, provecho y amor propio satisfecho. (sic)
Un par de años antes de todo esto, el 12 de julio de 1876, la Jefatura de Policía había contratado a dos jóvenes técnicos argentinos, Carlos Cayol y Fernando Newman, como inspectores de líneas telegráficas. 
Las carencias presupuestarias hicieron que dicho  convenio finalmente no se efectivizara. Ante ello, Cayol se fue a Alemania en viaje de estudios y perfeccionamiento, y a su regreso, se asoció con Newman en 1877 fundando entrambos una empresa dedicada a la electricidad, la telegrafía y la incipiente telefonía, sita en la calle Cuyo (actual Sarmiento) N° 211.
Fue en ese contexto que a principios de 1878 anunciaron Cayol y Newman que el 17 de febrero realizarían la prueba de establecer, con aparatos de fabricación nacional y elaborados por ellos mismos, la comunicación telefónica entre las oficinas del Telégrafo y el diario La Prensa que cité al principio, ensayo ese que sería presenciado y certificado por los ingenieros Luis Augusto Huergo y Guillermo White; un distinguido catedrático de la Universidad de Buenos Aires, el matemático e ingeniero italiano Emilio Rosetti; y otras destacadas personalidades de la ciencia y el empresariado.


El ensayo, durante el cual se transmitieron, además de voces; silbidos, música y canto, tuvo un resonante éxito y así lo reflejó el periodismo de la época que se ocupó abundantemente del asunto, tanto en El Nacional como así también en los diarios La Prensa y La Nación.
Por su parte, el semanario satírico El Mosquito, en su edición del 24 de febrero de 1878, saludaba complacido el acontecimiento con: “El ensayo ha tenido un éxito completo”. Para después comentar humorísticamente la participación del operador en la comunicación telefónica: “Nadie querría serlo a pesar de las dulces compensaciones que podría encontrar en la transmisión de las manifestaciones amorosas”.



Superada la etapa de pruebas y demostraciones, la pujanza de aquellos jóvenes emprendedores pronto se tradujo en la consecución de clientes. Así, la sociedad conformada por Cayol y Newman proveyó de teléfonos a organismos oficiales y comercios.
Fue, pues, aquella del 17 de febrero de 1878 la primera comunicación telefónica realizada en nuestro país; mientras que lo del relato oficial estipulando que había sido la establecida el 4 de enero de 1881 entre Roca e Irigoyen es absolutamente erróneo, pura sanata.
Y el coup de grâce a esa patraña, se lo da el diario La Prensa en su edición del 29 de enero de 1881, en la cual se consigna inequívocamente que los precursores de la telefonía en nuestro país fueron Cayol y Newman en 1878 y que a ellos corresponde el mérito de la primera comunicación.
En lo cual, desde ya, se cagó olímpicamente la historia oficial.
Pero como lamentablemente suele ocurrir con harta frecuencia en esta nuestra bendita tierra, si con respecto a los primeros tiempos de la telefonía -y a otras diversas cuestiones- nos engañó la historia oficial; también lo hicieron, ya sea involuntariamente o adrede, algunos revisionistas quienes, enancados a lo que determinó la meritoria investigación de Tesler, han examinado el tema partiendo exclusivamente desde sus paradigmas ideológicos, desechando toda otra consideración, dejando de ponderar distintos factores y apresurándose a concluir en que Cayol y Newman cesaron su actividad porque no tenían ni consiguieron los capitales necesarios para consolidar y expandir la empresa que habían fundado, y en que los gobiernos de por entonces les negaron la exclusividad prefiriendo, en cambio; favorecer a las compañías extranjeras que vinieron a radicarse a fines de 1880 y principios de 1881.
No, mi estimado lector, no ocurrieron así los hechos ni fueron tales los motivos que condujeron al cierre de Cayol & Newman S. H.
Ni Carlos Cayol ni Fernando Newman eran gente de escasos recursos económicos, por lo contrario; es evidente que disfrutaban de una posición, digamos, desahogada. 
Y ambos pertenecían a familias de empresarios de afamada, reconocida y dilatada trayectoria, los que además; se encontraban entre los fundadores del Club Industrial Argentino, la entidad que agrupaba a los fabricantes, tal como se desprende de sus primeros registros.
De modo tal que de haber demandado capitales de cierta consideración; los hubiesen tenido disponibles entre sus propios familiares y parientes, o en los bancos o entre los poseedores de cuantiosas fortunas -que no eran tan pocos en aquella Buenos Aires que se había convertido ya en La Gran Aldea que magistralmente describió Lucio V. López en 1882-, porque lo cierto es que estaban muy bien relacionados con la mejor sociedad.
Por otra parte, cuando iniciaron su actividad empresarial no les habían faltado los activos financieros necesarios para importar los componentes de los aparatos que fabricaban ni debió de ser significativamente cuantioso el capital requerido para tender después unos centenares de metros de alambre galvanizado común y corriente de modo de conectar ¿cuántos?… ¿media o una docena de teléfonos, como mucho?, y para afrontar el pago de los sueldos de una escasamente numeraria plantilla de empleados (a lo sumo, algún administrativo o contable y cuatro o cinco obreros que tiraran el alambre por las azoteas, seguramente no más que esos). 
Y para expandirse, contaban con el propio giro del negocio -que se vislumbraba por cierto más que promisorio en razón del potencial que tenía-, dividendos esos que, de quererlo así, podían reinvertir en su totalidad; porque ninguno de los dos vivía exclusivamente de aquella aún incipiente telefonía.
Tampoco les faltaba a Cayol y Newman divulgación por parte de los diarios; lejos de ello. El Nacional era su decidido propagandista y apoyaba resueltamente la iniciativa local. 
Todavía el 25 de abril de 1881, dicho periódico hacía una encendida defensa de los teléfonos argentinos y de quienes los fabricaban y comercializaban: 
… son al parecer mejores que los que vienen del exterior. Decimos esto porque los señores Drysdale y Ca. (se refiere a la casa de maquinaria agrícola Tomás Drysdale & Cía., que se contaba entre los clientes de Cayol & Newman S. H.) han preferido los construidos en el país por dichos mecánicos ... pasan de una docena los pedidos que tienen ya estos inteligentes mecánicos, para colocación de aparatos construidos por ellos... No es extraño pues hace ya más de tres años que son conocidos los resultados satisfactorios que dieron los ensayos de estos señores en varios puntos de Buenos Aires. (sic)
Con respecto a que los gobiernos de la época tuvieran como propósito favorecer a las compañías extranjeras de telefonía en desmedro de la única argentina existente por entonces, es una sandez que no resiste ni siquiera el más superficial de los análisis.
Avellaneda (que era el presidente de la República cuando Cayol y Newman iniciaron sus actividades) y Roca (que lo era cuando cesaron), en tanto hombres de su tiempo, eran -qué duda cabe- doctrinariamente liberales. Más dogmático y principista el primero y más pragmático -y si se quiere verlo así; menos escrupuloso- el segundo; pero de todos modos, liberales y positivistas ambos y creyentes fervorosos en el dios Progreso. Que en ese orden de ideas los dos adscribían a la libre empresa en competencia, es más que evidente; pero sindicarlos al buenazo del Chingolo y al astuto Zorro como fautores de un plan sistemático tendiente a quebrar una empresa nacional, es un completo delirio.
Si hasta El Nacional (que como hemos visto, era activo favorecedor de Cayol y Newman), en su edición del 14 de diciembre de 1880, se complacía en anunciar que:
Bien venidos sean: -Procedente de Nueva York, ha llegado á Rio Janeiro para trasladarse enseguida á Buenos Aires un personal práctico con gran cantidad de materiales telefónicos. Destinaran una gran parte de esos materiales á formar en la ciudad fluminense una red aplicable á las necesidades del comercio y la administración pública, semejante a las que funcionan en varias capitales de Europa y los Estados Unidos. (sic)
Por otra parte, quienes infieren semejante desvarío se “olvidan” que a partir de fines de 1880, quien en los hechos se arrogó la facultad de reglamentar (sin haberlo conseguido sino en ínfima parte) la actividad de las compañías telefónicas, fue la municipalidad de Buenos Aires con Torcuato de Alvear como presidente de la Comisión Municipal primero e intendente después. 
En mayo de 1884, cuando éste dispuso la demolición de la  Recova, demandó en dos oportunidades a las compañías que retiraran los postes, anclajes e hilos conductores que habían colocado. Como no lo hicieron, fue él mismo al frente de una cuadrilla municipal y arrancó todo, provocando la incomunicación de un crecido número de abonados. 
Convengamos entonces en que era esa una curiosa manera de “favorecer a las empresas extranjeras”, ¿no?
Comprobamos así que, si como vimos en la primera entrega, una serie de inexactitudes y disparates invalida el relato oficial; no menos fantasiosa resulta ser a la postre la versión revisionista.
La verdad es, mi apreciado amigo lector, que nunca sabremos con certeza los motivos que llevaron al cese de actividades de Cayol & Newman S. H., sencillamente porque no hay elementos de la heurística que nos permitan despejar la incógnita; todo lo que existe se reduce a un libro de recuerdos familiares editado en 1967 por un descendiente de Carlos Cayol, que el propio Tesler hubo de desechar como evidencia histórica.
Podemos, sí, elaborar hipótesis de trabajo (obviamente, que tengan visos de seriedad y razonabilidad; de ninguna manera ese desatino que hemos visto precedentemente). Por ejemplo, estimar como posible que haya existido algún desacuerdo entre los socios (no estoy afirmando que lo hubiera; digo simplemente que podría haberlo habido) que provocara la disolución de la empresa, o inferir que tal vez pudo concurrir algún factor de orden político; porque se ignora con qué bando simpatizaron y/o en cuál de ellos actuaron (si es que adhirieron a o participaron en, alguno de los dos en pugna) Cayol y Newman en ocasión de la guerra civil de 1880.
Por mi parte, me hago la siguiente pregunta: ¿no pudo pasar que hayan topado con algún impedimento tecnológico que les resultara prácticamente imposible de resolver, como -por ejemplo- la cuestión de la conmutación de las llamadas? 
Porque una cosa era fabricar localmente aparatos capaces de competir con y aún de superar en calidad a (como consignó el diario El Nacional), los teléfonos norteamericanos y europeos, de modo de comunicar punto a punto una, dos o más comisarías con la Jefatura de Policía, o el negocio de Drysdale con su residencia particular; y otra muy distinta lograr la comunicación todos con todos, para lo cual se requería sí o sí de un conmutador (y consecuentemente, de un/una o más operadores/as). ¿Tuvo la firma Cayol & Newman S. H. ese conmutador (la carencia del cual la hubiera dejado automáticamente fuera del negocio)? Chi lo sa… Pero me hallo inclinado a creer que no.
En principio y  a falta de pruebas en contrario, me atrevo a suponer a ese factor como el más probable de ser el que ocasionó el cese de actividades de dicha empresa. Y creo que ello explica que Cayol y Newman pidieran al gobierno que se les concesionara con exclusividad el servicio en razón de ser una empresa argentina; aun a sabiendas de que tal solicitud les sería denegada. En mi opinión, procuraban ganar tiempo de manera de emplearlo en tratar de resolver el problema de la carencia de conmutador, lo cual esperaban solucionar ya sea importando uno o desarrollándolo ellos mismos.
En la próxima entrega veremos, apreciado lector, cuál ha sido la evolución de la telefonía en esta nuestra patria.
Hasta entonces, y como siempre, gracias por su inestimable compañía.

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
_________________________________________________________________________

REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Mensajero, edición del 5 de marzo de 1884.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878 y 28 de abril de 1881.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Marchand Editores, Buenos Aires, 1981.
Fraga, Rosendo, El hijo de Roca, Emecé Editores, Buenos Aires, 1994.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Museo de los Corrales Viejos, Sala Historia del teléfono.
Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Porto, Ricardo A. y Claudio Schifer, El inicio de las telecomunicaciones, blog Ricardo Porto Medios, publicación en Internet del 29 de febrero de 2012.
Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista de Historia Iberoamericana V6 N2, Fundación Universia, Madrid, 2013.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, ediciones del 24 de febrero de 1878 y del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.