lunes, 17 de junio de 2019

LA ALFOMBRA AZUL


LA ALFOMBRA AZUL 
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Incaico y porfiado sol se ponía entre cerros
Apuñalando de luces una alfombra azul
Desde un balcón venían efluvios
Ungiendo dos cuerpos sobre la alfombra azul

Dos seres: Ella y Él, jugando a cambiarse
Sentires y ciencias, sobre la alfombra azul
Saberes secretos, caricias guardadas
Palpitantes trocaban sobre la alfombra azul

Bandeja con migas, resignada a un costado
Video olvidado y plasma mudo de enojo
Jadeos, susurros y al fin los gemidos
Proyectan imágenes sobre la alfombra azul

Ella y Él, alquimistas crueles
Desprecian cines desde la alfombra azul
Vencidos que fueron el sol y los cerros
Humillados capitularon sobre la alfombra azul

Silentes magos ahora, Ella y Él
Desde la trama apretada de la alfombra azul
Las sombras celosas divierten contrastes
Ejerciendo venganzas contra la alfombra azul

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 19 de mayo de 2019

HISTORIAS DE PUTAS, CAFÉS PARISINOS Y CUADROS: EN CABINET PARTICULIER O AU RAT MORT









































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Le Rat Mort… le paradis qu'Eve nous fit perdre, mais que ces dames nous font retrouver. (Guide des Plaisirs à Paris, 1899)

En esta obra "En cabinet particulier" o "Au Rat Mort" (para el mundo hispanoamericano titulada "En un reservado del Rat Mort", y para el mundo anglosajón "In a Private Dining Room at The Rat Mort"), Henri de Toulouse-Lautrec representa una pareja de la Belle Époque, integrada por un caballero al cual se ve sólo parcialmente, y una demi-mondaine, cenando en un reservado del Café du Rat Mort.
Una “demi-mondaine” ("medio mundana") era una mujer que se desenvolvía en el "medio mundo" -expresión que proviene de la comedia “Le Demi Monde", de Alejandro Dumas (h)-, es decir, aquel mundo que se presume fino, elegante, rico, culto y glamoroso (los españoles, a instancias de la RAE, prefieren emplear glamuroso, pero me complace embromarlos un poco a esos tiranos del idioma cada vez que puedo); pero en el que muchos -quizá la mayoría- de sus "habitantes" son en sí mismos una impostura, porque después de todo; son capaces de las peores miserias y abyecciones, y de perpetrar idénticos delitos a los que a diario vemos / escuchamos / sufrimos / cometemos en el "gran mundo", o sea, ese que es el real y tangible.
A menudo englobada (inapropiada y erróneamente, en mi opinión) bajo el denominador común de "prostituta", una demi-mondaine no debe ser confundida con una grisette, que era una muchacha independiente, obrera de la industria del vestido (de allí lo de "grisette", por el tono gris de los uniformes que utilizaban las costureras de los talleres de confección) y por ello, de condición muy humilde, que vivía sola, se bastaba a sí misma (con frecuencia, en medio de grandes privaciones y con la amenaza constante del hambre y la tisis, dados el salario misérrimo que percibía, las extenuantes jornadas de trabajo que soportaba, y la alimentación escasa), ejercía libremente su sexualidad y se relacionaba, en el ambiente de la bohemia, con pintores, poetas, músicos y escritores). Ni con una lorette ("lorette" por el sitio del cual procedía: las inmediaciones de la iglesia de Notre-Dame-de-Lorette, o sea, Nuestra Señora de Loreto), que era una joven que vivía exclusivamente de prostituirse. Ni tampoco con una cocotte, es decir, una "cacerola", que ejercía la prostitución en los estratos sociales más altos. Una demi-mondaine no era nada de eso; sino que pertenecía, por derecho propio (sea por haber nacido en el seno de la aristocracia o de la burguesía terrateniente, banquera o industrial, o sea por haber logrado acceder a él por los medios que fueren), a ese "medio mundo" o "semi mundo" que describí precedentemente.
La demi-mondaine era, generalmente, mantenida por uno o varios amantes que sufragaba/n su estilo de vida rumboso, en medio del boato, y residía en un lujoso apartamento cuando no en una suntuosa mansión o en un coqueto petit hotel; aunque (más frecuentemente de lo que se cree) también se daba el caso inverso y era ella quien mantenía a algún amante o “favorito” que se constituía así en su gigoló (claro que a costa del bolsillo de otro amante, poderoso y adinerado, que era el “protector” de la demi-mondaine).
El ámbito en que transcurre la escena pintada por Toulouse-Lautrec es Le Rat Mort, un café restaurante parisino situado en Place Pigalle, más precisamente, en el número 7 de la rue homónima, y con entrée particulière, es decir, la entrada para acceder (directa y discretamente) a los reservados, en el 16 de la rue Frochot, en Montmartre.




Hay tres versiones que procuran explicar el porqué de tal nombre para aquel establecimiento gastronómico, de espectáculos y… otras cositas. 
Una sostiene que se originó en el hecho de encontrarse los parroquianos -más precisamente, un couple (una pareja) según se estipula en la publicidad (que podemos considerar como oficial, ya que es la que se consigna en la Guide des Plaisirs à Paris)- con la desagradable sorpresa de una rata muerta atascada en la bomba de tirar chopp instalada sobre el barril de cerveza; otra afirma que obedecía al olor nauseabundo que se desprendía de un vaciadero de desperdicios que la gente desaprensiva arrojaba alrededor de la Fontaine Pigalle (obra del arquitecto Gabriel Davioud); y la tercera dice que surgió por el olor “a rata muerta” que emanaba del enyesado fresco en ocasión de remodelarse el local (que antes de 1867, había albergado al Grand Café Place Pigalle). Particularmente, me hallo inclinado a inferir que la más probablemente acertada sea la que cité al último. 
Sus paredes estaban adornadas con paneles en los que se representaban escenas alusivas al nombre del café restaurante, los cuales conocemos gracias a los dibujos de Joseph Faverot en su Dessins de rats en action au Café du Rat Mort (1886): “Le Baptême", "La Noce", "L'Orgie" et "La Mort” ("El bautismo”, “La boda”, “La orgía” y “La muerte”).






A las mesas de Le Rat Mort se sentaron Verlaine, Rimbaud, Castagnary, Desnoyers, Mendés, Forain, Coppée, Villemessant, Willette, Steinlen, Anquetin, Guibert, Degas, Matisse, Vlaminck, Sescau, Conder y, por supuesto, también Toulouse-Lautrec y tantas, tantas otras celebridades de las letras, del arte y de la política. Allí concertaban sus citas las cocottes más renombradas, y también allí, en compañía del bacán que te acamala (Celedonio Flores dixit), disfrutaban sus cenas, con platos seleccionados de entre la gran variedad que ofrecía el menú -exquisitamente ilustrado por el mismísimo Adolphe Léon Willette-, las demi-mondaines, como por ejemplo, la que aparece en el cuadro de Toulouse-Lautrec que nos convoca y sirve de portada a este artículo.




Y también acudían a Le Rat Mort, cómo no, lesbianas en procura de otras mujeres con quienes compartir las preferencias sexuales que tenían en común. Se ha propagado hasta el hartazgo (y se lo sigue haciendo), que en las dos últimas décadas del siglo XIX, aquel establecimiento se había convertido en un “café para lesbianas”. 
Se trata de una exageración, de la afirmación de un presunto “hecho histórico” que no se puede sostener al momento de confrontar el relato con la evidencia que surge de la heurística: Lo cierto es que no se registran, en los archivos de la policía parisina, procedimientos, arrestos y detenciones de mujeres, que indiquen que hubo una persecución al lesbianismo.
Obviamente, ello no implica negar en redondo que concurriesen lesbianas a Le Rat Mort, porque de hecho; sí iban algunas (o posiblemente varias y quizá hasta muchas), tal como se desprende de artículos periodísticos y obras literarias de la época y tal como taxativamente escribí más arriba. Pero de allí a considerar válida y veraz la aseveración de que era un “café para lesbianas”… bueno… ciertamente, ¡hay un campo de distancia!
Y agregaré: sí existían, en tiempos de Le Rat Mort, cafés exclusivos para lesbianas, como -por ejemplo y por citar sólo un par de ellos-: La Brasserie du Hanneton y La Souris. Incluso, el primero se promocionaba así: “Por la noche, rara vez te encuentras con un representante del sexo fuerte; mujeres emasculadas, amantes del lugar incluidas, cenan solos, en mesas pequeñas, y se ofrecen luego los cigarrillos, los dulces y los besos. Ver como curiosidad patológica.” (sic). Y en ambos se desalentaba sin ambages la entrada de hombres y como presencia masculina sólo se admitía y era bienvenida, la de Henri de Toulouse-Lautrec, por concesión especial de quienes los regentaban: Madame Armande, la Hanneton; y madame Palmyre, La Souris (que además; eran amigas personales del artista).
El relato edulcorado que procura (y mayormente consigue) instalar en el colectivo una mirada romántica, idílica, sobre los establecimientos y centros de diversión nocturnos que combinaban lo artístico con lo literario y el espectáculo de entretenimientos en París, en el período que se extiende entre las tres últimas décadas del siglo XIX y fines de la primera mitad del XX, se acerca mucho más a la ficción que a la verdad histórica.
La visión de una París-faro irradiando al mundo desde Montmartre, Pigalle y el Quartier Latin los rayos de una vanguardia cultural y artística transformadora en realidad tangible de los postulados de liberté, égalité, fraternité para todo el orbe (y de paso, también para los distintos géneros), es nada más que un espejismo, una fantasía. Creer seriamente que las demandas de la mujer en procura de sus derechos encontraron allí y en esa época, eco favorable, constituye, cuanto menos, una ingenuidad inadmisible.
Y asimismo lo es la percepción de la Belle Époque como un tiempo en el que floreció el arte y a su mágico conjuro desapareció el flagelo de las miserias humanas. Como si Pierrot hubiese dejado de ser el zonzo que sufre por Colombina, y ésta hubiera derivado, de voluble y miserable pizpireta, en EL amor puro e idealizado. Como si las grisettes, milagrosamente, ya no murieran de tisis o de consunción por el hambre en los talleres de costura o en la sórdida estrechez de las buhardillas parisinas en que malvivían, o ya no languidecieran de pena, desarraigo y fracaso, trasplantadas a la orilla del Plata por aquel argentino que entre tango y mate la alzó de París (Enrique Cadícamo dixit). O que por decreto divino, todos los pintores y poetas, de pronto pudieran hacer tres comidas decentes al día y ya no muriesen como moscas, atrapados en el delirium tremens, en los vahos etílicos y mentirosamente felices de la verde diosa absenta o en la telaraña letal de la sífilis. O como si las presuntamente alegres y divertidas hetairas parisinas no fueran, a menudo, protagonistas de su propio infierno como esclavas de la morfina cuando no de la atropina o del éter. O como si la sola pertenencia al mundillo de la bohemia creativa, bastara para garantizar la inexistencia en él de lacras como el colonialismo, el racismo, la xenofobia y la misoginia.
Obviamente, lo antedicho no debe leerse en modo alguno como menoscabo de la trascendental importancia de toda esa movida en torno a las artes, la literatura y la filosofía que tuvo lugar en la ciudad luz durante el período precitado, ni ocultar o negar la influencia que ejerció en el mundo -(o al menos, en el mundo occidental y cristiano). Ni tampoco, debe llevarnos a caer en el error de analizar las actitudes de aquellos hombres y de los hechos que protagonizaron, utilizando los parámetros culturales, los valores ético-morales y la percepción que de esas cuestiones tenemos vigentes en la actualidad; porque ellos fueron hombres de su tiempo y lo que corresponde es estudiarlos situándonos en la época y en el contexto en que vivieron, tan aproximadamente como nos sea posible hacerlo. Rasgarnos las vestiduras y condenarlos, cual si fuésemos un tribunal póstumo de justicia, por los prejuicios que muchos de ellos tuvieron, por la frontera entre géneros que establecieron y por la misoginia que evidenciaron, equivaldría poco más o menos a que condenemos al ostracismo definitivo la memoria y el pensamiento de Aristóteles porque consideraba que la esclavitud era natural.
Le Rat Mort llegó al apogeo en cuanto a notoriedad y afluencia de clientes a partir de la Exposición Universal de París de 1889 (y vaya uno a saber, mi apreciado lector, cuántos argentinos habrán pasado por aquel café restaurante y habrán disfrutado allí sus cenas y se habrán solazado en la compañía de las bellas damiselas que a él concurrían… ¡riche comme un argentin!), y su existencia se prolongó hasta después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo de cerrar para siempre sus puertas. Actualmente, en ese edificio del 7 de la Rue Pigalle hay instalado un banco.


Y pensando bien la cosa (Borges dixit), existe cierta ironía cruel en el hecho de que en el mismo sitio donde antaño se hicieran transacciones, digamos... gastronómicas y sexuales (y por ende, placenteras); se realicen hoy por hoy, asimismo transacciones, sólo que… financieras.  
Pero volvamos a Lautrec y esa pintura suya en particular. No existe, entre los historiadores y críticos de arte que han analizado e interpretado (o, más apropiadamente expresado; han tratado de interpretar) este cuadro, coincidencia de opiniones en cuanto a lo que pretendió transmitir el artista en su obra, ni tampoco en lo que atañe a la motivación que lo impulsó a pintarla. Veamos.
Está representada, en primer plano, Lucie Jourdan, una célebre demi-mondaine de la Belle Époque, ricamente ataviada con un vaporoso vestido y tules que se extienden incluso hasta su cabeza, en una especie de caperuza coronada con un moño negro. A su lado aparece un caballero rubio del que no se ve su rostro más que parcialmente. No obstante ello, sabemos -o al menos; creemos saber, por los testimonios de la época que nos han llegado a través de la tradición oral- que se trata de Charles Conder, un pintor e ilustrador de la corriente simbolista nacido en Londres y formado en Australia, que vivió en París, donde trabó estrecha amistad con Lautrec. Ambos personajes están instalados en un reservado del Rat Mort, en el que presumiblemente, han disfrutado o se aprestan a hacerlo, de una opípara cena y se hallan junto a una fuente llena de frutas, tomando champagne (o al menos, la dama; porque la copa del hombre no se visualiza en la escena). Ella tiene ante sí, además; otra copa que, o bien es para el agua, o bien nos sugiere (por los reflejos verdes) que bebió o se dispone a beber, absenta.
Puede usted estar tranquilo, mi querido amigo lector: no voy a aburrirlo con consideraciones pseudo explicativas de la obra (para lo cual no califico, y que por otra parte; significaría entrar en materia propia de esa deleznable especie que son  los críticos de arte), ni tampoco me atreveré a esbozar un perfil psicológico del artista (tengo un acuerdo con Gabriela, mi esposa, y me propongo atenerme a él: ella no se mete con la historia ni yo con la psicología). Pero sí voy a mencionar determinados aspectos, los cuales estimo importantes.
Pintado en 1899, este cuadro significó la rentrée de Toulouse-Lautrec a la actividad artística (y de paso; también su recaída en el consumo desenfrenado de alcohol y su vuelta al mundo de la noche, las mujeres galantes y los amigos de juergas y francachelas), después de haber estado recluido, por disposición de su familia, en el sanatorio de Neuilly, entre febrero y mayo de ese año, en procura de desintoxicarlo y curarlo de sus adicciones. Así, no me parece casual (de casualidad, maldita palabreja a la que se apela cuando no se tiene explicación para determinadas coincidencias) esa ambigüedad de los reflejos verdes en la copa de la dama, como insinuando que, minga de agua; lo que hay en ella es ajenjo. ¿No estaría eso que en el cuadro aparece como incierto, originado en el mono que sufría Lautrec por la abstinencia que se le había ordenado? Qué sé yo... se me ocurre…
Y en cuanto a lo de aparecer cortado por el extremo derecho del cuadro el rostro de Conder, para representarlo sólo parcialmente y que algunos sabihondos “explican” atribuyéndolo a que el hombre "quiso mantenerse en el anonimato para que no se supiera de su relación con una prostituta", diré que tal inferencia me parece un disparate; porque ¿para qué cuernos querría Conder, que contaba por entonces 31 años y era soltero y descomprometido (se casaría recién en 1902, en Inglaterra y con una inglesa), “mantenerse en el anonimato” evitando aparecer en un cuadro que lo mostraba cenando con una de las más codiciadas mujeres de París? Máxime, cuando en 1893, esto es, seis años antes, ya había sido retratado por Lautrec en su cuadro “Aux Ambassadeurs: Gens Chic”, en el cual aparecía representado cenando con una dama en el célebre café concert Les Ambassadeurs, situado en los Campos Elíseos.


Y también había aparecido Conder pintado, junto a Toulouse-Lautrec, Jean Moréas, Henri Bourges y Louis Anquetin en una acuarela obra de este último, titulada “Rencontre d'amis à Bougival” (“Encuentro de amigos en Bougival”), en la que se representa una escena que los muestra a todos en ese sitio de las afueras de París, en un alegre y desprejuiciado picnic en el que las mujeres están desnudas.


Así las cosas, se convendrá conmigo en que resulta absurdo eso de que Conder quería “mantenerse en el anonimato” y que se deba a ello el que su rostro no aparezca totalmente en el cuadro.
Prefiero suponer como más probable, que Lautrec lo haya pintado por iniciativa propia -y no “por encargo del barón de W.” (?), quien supuestamente sería “un caballero adinerado, cliente fijo de esa prostituta y que por obvias razones no quería que se lo representase en la obra”, como afirman otros. Infiero que Lautrec, que era buen gourmet y mejor cocinero, y odiaba tener que cenar solo, habrá buscado la compañía de su amigo Conder, antiguo camarada de borracheras y lupanares. Y si le sumamos la presencia de la amante de Conder por esos días: Lucie Jourdan, que era pelirroja… bueno, ¡bingo en la sala! (las pelirrojas eran el fetiche de Lautrec). La cena en Le Rat Mort debe de haberla sufragado la damisela en cuestión (que era, reitero, una demi-mondaine y no una “prostituta” como la califican, con escasa caballerosidad, los sabios críticos de arte), o quizá el propio Lautrec; porque Conder invariablemente andaba de la cuarta al pértigo, sin un centavo en el bolsillo. Y de allí también lo de representar en primer plano a Lucie.
De todos modos, no deja de ser peligrosa la pretensión de narrar la historia fundándose en elementos intrínsecamente subjetivos, tales como obras de arte, ya sea que se traten estas de cuadros, esculturas o poesías; porque sabido es que en ellas no se expresa o traduce la realidad tal como fue y ocurrió, sino como la percibió y representó simbólicamente el artista.
De manera que no corramos riesgos innecesarios incursionando en un terreno tan fangoso y dediquémonos, mejor, a disfrutar de la contemplación de este cuadro magistral y a tener a mano la copa llena de un bon vin para brindar por la memoria de Henri de Toulouse-Lautrec, Lucie Jourdan y Charles Conder. Y desde luego, también por la felicidad de usted, mi apreciado lector, que ha tenido la gentileza de favorecerme con su paciente interés.
À votre santé!

-Juan Carlos Serqueiros-
_____________________________________________________________________

REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Albert, Nicole G. Saphisme et Décadence dans Paris fin-de-siècle. La Martinière, París, 2005.
Baxter, John. Chronicles of Old Paris. Exploring the Historic City of Light. Museyon Inc., Nueva York, 2011.
Balducci, Richard. Les Princesses De Paris: L'âge d'or des Cocottes. Les Presses de la Cité, París, 1994.
Bibliothèque nationale de France. a) Guide des Plaisirs à Paris. Édition Photographique, París, 1899.
                                                       b) Semanario Le Courrier français, edición del 25 de febrero de 1894.
Carcas Castillo, M. Rosario. El alcohol entre la vida y la obra de Toulouse-Lautrec. Prensas de la Universidad, Zaragoza, 2012.
Coquiot, Gustave. Lautrec. Libraire Ollendorff, París, 1921.
Dumas, Alejandro (h). Demi-Monde: comedia en cinco actos. Editorial Estrella, Madrid, 1919.
Duret, Théodore. Lautrec. Bernheim-jeune, éditeurs. París, 1920.
Galbally, Ann. Charles Conder: The Last Bohemian. Melbourne University Press, Melbourne, 2003.
Guigon, Catherine. Les Cocottes - Reines du Paris 1900. Parigramme, París,  2012.
Lepage, Auguste. Les cafés politiques et littéraires de Paris. J. Clayer, imprimeur, París, 1874.
Morrow, William C. Bohemian Paris of To-Day. J. B. Lippincott Company, Filadelfia, 1899.
Néret, Gilles. Henri de Toulouse-Lautrec: 1864-1901. Taschen, Colonia, 2009.
Rodríguez Suárez, María. El cronista de la noche: La temática de Henri Toulouse-Lautrec. Universidad de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, 2015.

domingo, 5 de mayo de 2019

INEXACTITUDES EN "HISTORIA DEL CLUB ATLÉTICO HURACÁN. 1908-1968", DE JORGE NEWTON



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Estoy leyendo el libro referenciado en el título y he descubierto en él algunas inexactitudes a saber:
Newton sitúa el inicio de las obras de construcción del Palacio el 1 de agosto de 1943, lo cual es correcto. Pero a continuación, consigna: "ceremonia oficial que cuenta con la presencia de las más altas autoridades de la Nación, encabezadas por el entonces presidente Ramón S. Castillo." (sic).
Se trata, pues, de un error grosero, por cuanto Castillo había sido derrocado el 4 de junio por el estallido de la Revolución del 43. Consecuentemente, el presidente de la República que encabezó el acto en el estadio de Huracán en agosto de ese año, fue Pedro Pablo Ramírez, tal como puede observarse y escucharse en el video conservado en el Archivo DiFilm:


Todo lo cual indudablemente, Newton no pudo haber desconocido. De modo tal que la gaffe debe de haberse producido por una mala pasada que le jugó su memoria y que se le deslizó inadvertida al momento de describir los sucesos. Y por otra parte, Castillo no se llamaba "Ramón S.", sino, en todo caso -si es que quiere citarse sólo la inicial de su segundo nombre (que era Antonio)-; "Ramón A.".




Asimismo, Newton especifica, que Tomás Adolfo Ducó -que era socio de la institución desde 1916- presidió por primera vez el club Huracán en 1938, cuando tenía el grado de capitán, lo cual es exacto. Pero pocas páginas más adelante, el historiador le atribuye detentar el grado de mayor hasta en 1949, año en que se produjo la inauguración oficial del Palacio. E incluso, en esas páginas a las que me refiero, lo hace a pesar de que en que dos párrafos de las mismas, consigna expresamente que detentaba el de teniente coronel… ¡para luego volver a mencionarlo como “el mayor Ducó”!
Lo cierto es que Tomás Adolfo Ducó había sido ascendido de capitán a mayor entre 1939 y 1940, y posteriormente, de mayor a teniente coronel en 1942. Y pasó a retiro con ese último grado, luego de sublevar, el 29 de febrero de 1944, el Regimiento 3 de Infantería que estaba a su mando, en pos de resistir el reemplazo, en la presidencia de la Nación, de Pedro Pablo Ramírez por Edelmiro Julián Farrell -lo cual significó, además; el rompimiento de la íntima amistad que hasta entonces había mantenido con Perón (tan estrecha relación tenían, que ese vínculo fue lo que los llevó a ambos a adoptar la decisión conjunta y juramentada de resistir a los tiros y hasta la muerte, en el departamento donde se habían atrincherado, la orden de detención que contra Perón había impartido Castillo a la policía-.
Como teniente coronel lo sitúan a Ducó tanto José María Rosa en su Historia argentina, como también el historiador norteamericano Robert Potash en sus obras El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945. De Yrigoyen a Perón y Perón y el GOU. Los documentos de una logia secreta; como tal lo tiene Fermín Chávez en su repositorio de documentos relativos al GOU (manuscritos de Perón); con ese grado se lo menciona en el video del Archivo DiFilm precedentemente citado, y como tal puede distinguírselo inequívocamente por las charreteras que luce en su uniforme, en la fotografía suya -tomada en 1943- que el propio Newton incluye en su libro.




Por último -e inexplicablemente- Newton no menciona un hecho significativo de la historia del Club, cual lo es la disputa del primer partido jugado en el Palacio el 7 de setiembre de 1947 -es decir, dos años antes de su inauguración oficial el 11 de noviembre de 1949- entre los primeros equipos de Huracán y Boca Juniors (que ganó el Globo por 4 goles a 3), suceso profusamente difundido en los titulares y páginas interiores de los diarios y en la revista El Gráfico en su edición del 12.09.1947, que incluso le dedicó la tapa.


No deja de ser extraño que los errores y omisiones no hayan sido notados, ni por el historiador al momento de revisar sus textos, ni por los correctores de la editorial, ni por los dirigentes de Huracán que forzosamente tuvieron que haber leído y aprobado el manuscrito de Newton antes de mandarlo a imprenta.
Por supuesto, todo lo que hasta aquí cité, debe ser tomado como exclusiva y estrictamente dado en obsequio a la verdad histórica y no implica en modo alguno menoscabo del libro de Newton, el cual está muy bien escrito, veraz y objetivamente, en un estilo literario ameno y amigable, concienzudamente documentado, exquisitamente encuadernado, que constituye sin dudas una herramienta imprescindible a la hora de historiar al club de mis amores,  cuya lectura me ha enriquecido y de la cual he disfrutado intensamente.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

_____________________________________________________________________

REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo DiFilm. Video de Sucesos Argentinos, Buenos Aires, agosto de 1943.
Diario Crítica. Ediciones de fechas 02.08.1943 y 08.09.1947.
Diario Democracia. Edición de fecha 07.09.1947.
Diario La Nación. Ediciones de fechas 02.08.1943 y 08.09.1947.
Diario La Prensa. Ediciones de fechas 02.08.1943 y 08.09.1947.
Newton, Jorge. Historia del Club Atlético Huracán. 1908-1968. Frigerio Artes Gráficas, Buenos Aires, 1968.
Potash, Robert. a) El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945. De Yrigoyen a Perón. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1971.
                       b) Perón y el GOU. Los documentos de una logia secreta. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1984.
Revista El Gráfico. Edición del 12.09.1947.
Rosa, José María. Historia argentina t. 13. Editorial Oriente S.A., Buenos Aires, 1979.

martes, 2 de abril de 2019

MIS DIEZ DISCOS, DIEZ LIBROS Y DIEZ FILMES FAVORITOS
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Supongamos que por una burla cruel del destino, de pronto nos viésemos obligados a elegir de entre la música, la literatura/poesía y el cine que nos gusta, diez y sólo diez discos; diez y sólo diez libros; y diez y sólo diez películas.
En esa espantable circunstancia, ¿cuáles serían, mi querido lector, las obras por usted seleccionadas?
Por mi parte, serían estas (obviamente, el orden en que aparecen mencionadas e ilustradas es puramente aleatorio y no implica grado alguno de prelación):

DISCOS


  • Oktubre (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)
  • Troilo for export (Aníbal Troilo y su Orquesta)
  • The Wall (Pink Floyd)
  • Canciones de cerro y luna (Los Fronterizos)
  • Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles)
  • Almendra (Almendra)
  • Chronicle (Creedence Clearwater Revival)
  • Chopin Sämtliche Walzer (Sondra Bianca)
  • La luna (Sarah Brightman)
  • Juan Moreira. Banda original de sonido de la película de Leonardo Favio (Luis María Serra y Pocho Leyes)


LIBROS



  • El principito (Antoine de Sait-Exupéry)
  • El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro (José Hernández)
  • Los hermanos Karamázov (Fiódor Dostoyevsky)
  • 1984 (George Orwell)
  • Romancero gitano (Federico García Lorca)
  • Platero y yo (Juan Ramón Jiménez)
  • Vidas paralelas (Plutarco)
  • El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra)
  • Doña Bárbara (Rómulo Gallegos)
  • Los Malavoglia (Giovanni Verga)


PELÍCULAS



  • Juan Moreira (Leonardo Favio)
  • El bebé de Rosemary (Roman Polanski)
  • Sacrificio  (Andréi Tarkovski)
  • Gata sobre un tejado de zinc caliente (Richard Brooks)
  • Adiós, muñeca (Dick Richards)
  • El pibe (Charles Chaplin)
  • El huevo de la serpiente (Ingmar Bergman)
  • Cabaret (Bob Fosse)
  • Sentimental ( Réquiem para un amigo)  (Sergio Renán)
  • Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet)


-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 29 de marzo de 2019

METETE LA LENGUA EN EL C...ONGRESO, QUERÉS
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Más allá de las payasadas tristes que protagonizó y del servilismo propio de lacayos que evidenció durante el... no sé cómo llamarlo... evento, digamos, siendo buenos; le propongo que dejemos un instante de lado al bruto, ridículo y cipayo Macri y pongamos el foco en la cuestión de la lengua castellana propiamente dicha.
La revolución independentista americana fue consecuencia del abandono que, en los hechos, la corona española hizo de sus reinos en Indias, que pasaron de su condición de tales, a ser considerados meras colonias a partir del cambio de Austrias o Habsburgos por Borbones. Tal mudanza trajo aparejada la burocratización del otrora reconocido y poderoso Consejo de Indias, que en adelante languidecería hasta convertirse en un ente inútil y desprestigiado. Después, a partir del rechazo que en 1783 Carlos III hizo del sabio consejo del conde de Aranda en el sentido de propugnar una alianza estrecha, íntima, trascendental e inmarcesible entre España y la América central y meridional; y de dejar, en 1806 y 1807, a Buenos Aires librada a su propia suerte ante el invasor inglés, el divorcio sólo era cuestión de tiempo. De poco, muy poco, tiempo.
En épocas de Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña, la Argentina procuró restablecer su vínculo ancestral con la península, y décadas más tarde; Perón dio otro paso en pos de ello, mandando trigo a una España asolada por el hambre (y no precisamente el hambre en sentido metafórico, figurativo; sino el hambre de verdad, flagelo real y terrible).
La respuesta a la generosidad argentina por parte de una España ensoberbecida por su novedosa condición "europea" desde su ingreso en 1986 a una CEE (actual UE) que siempre la miró (y aún la mira) como "carne de cogote", como al "pariente pobre" que "no hay más remedio que aguantarse"; fue el cachetazo en forma de ese peyorativo "sudacas" con que se dignó "bendecirnos".
Y obviamente, en lo que atañe a la lengua, la actitud española está concatenada a lo antedicho y en coherencia y consonancia con ello: las normas las estipula y fija la RAE, el marco operativo es designio privativo del Instituto Cervantes, y los argentinos no tenemos vela en ese entierro.
El tan cacareado VIII Congreso de la Lengua Española -que (burla cruel del destino) se realizó en la misma mediterránea y docta Córdoba que fuera contrarrevolucionaria en 1810- está tan distante de ser un encuentro académico, como lo está La Quiaca de Algeciras; se trata, en realidad, de una mesa de negocios vinculados al idioma. Simple, lisa y llanamente eso.
Y de allí la identificación entre el reyezuelo Felipe, proveniente de una dinastía degenerada que se caracteriza por la superabundancia de cretinos, ladrones, cornudos y putas; y un presCiNdente fantoche como Macri. Es que -ya que tratamos acerca de idioma- ambos hablan el lenguaje que tienen en común: el de las transas y las corruptelas.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 22 de marzo de 2019

POEMA ESDRÚJULO PARA ATENEA







































POEMA ESDRÚJULO PARA ATENEA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Con las sílabas de tu amor esdrújulo
Psicóloga
Urdimbre de ilusiones tejí
Por el hilo de un teléfono
(Inalámbrico)

Ni cálculo ni brújula ni bitácora
Sólo ímpetu
Ánimo para entregarme entero
Cuasi autómata
(A tu cúspide no llegan pusilánimes)

Gnóstica te presentía
Etérea y cósmica te supe
Astrónoma, sí
Y desde el polvo silente de edad pretérita
Acuerdo unívoco de encontrarnos hubo

Tu anatómica presencia
Mayestática
Vi surgir, venérea
De la espuma secular

Nada lúdico fui, y lúcido
Áurea cónyuge te pretendí
Para borrar tanta cicatriz cárdena
Rodear el ánfora de tu cintura
Y que cada átomo púbico se conmueva
Fálico y eléctrico

Para desterrar el melancólico esplín
De días escépticos, monótonos
Catedrática Atenea, quiero ser tu oráculo
Yacer a tu lado después de un ósculo
Y plantar mi lábaro ondeante
Al céfiro del crepúsculo

Y que esa heráldica mitológica me revele
Ante el mundo extático, amantísima
Devoto perpetuo de tu amor esdrújulo


-Juan Carlos Serqueiros- 

viernes, 8 de marzo de 2019

UNA CARICIA A MI EGO















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Voy por la página 406 de Recuerdos que mienten un poco (lo cual representa un muy buen promedio de lectura, si se tiene en cuenta que la empecé ayer por la tarde, hasta la noche, y la retomé hoy a partir de maso las 15 hs., y con las interrupciones obligadas de todo tipo que son de esperar).
Me pasan dos cosas con el broli (obviamente, me refiero a cosas... "extras", digamos; más allá del placer siempre renovado de leer al Indio -e implícitamente, por supuesto, también a Marcelo Figueras, que es un escritor de puta madre- quiero significar).
Una de ellas es que por primera vez desde que tenía 12 años y en un concurso televisivo de preguntas y respuestas sobre la vida y epopeya de San Martín gané un Método de Lectura Veloz ILVEM, logré quitarme el hábito de aplicarlo.
Y no vayan a creer que se trata de una cuestión menor, eh; una vez adquirido, es un vicio muy difícil de erradicar, lo cual, de suyo; lleva a que uno tenga que leer tres, cuatro y hasta cinco veces una obra literaria, debido a las páginas que fue salteando por "culpa" de ese re puto método que uno tiene incorporado como si se tratara de una compulsión innata, de una marca que se lleva en el orillo como una suerte de estigma.
Por supuesto, no abrigo esperanza alguna de que esa... enmienda, digamos, que hago de mí mismo, vaya a prolongarse más allá de finalizada la lectura de Recuerdos que mienten un poco, porque al fin de cuentas, biografía oficial del Indio va a haber esa sola, así que seguramente, no tardaré en volver a caer en el pecado capital de Lectura Veloz. De hecho, tuve que apelar a castigos auto infligidos cada vez que estuve a punto de sucumbir a la tentación de saltear párrafos; porque abstenerse de aplicar el ILVEM, equivale a privarse del tinto o del pucho: un mono muy difícil de sobrellevar. Y lo estoy logrando (de modo que pueden aplaudirme, si quieren).
Y la otra cosa "extra", es por demás alentadora (para mí), porque voy pasando las páginas y observo que, en líneas generales, las interpretaciones que en su momento había hecho yo de la lírica solariana vienen a resultar, con asombrosa frecuencia, acertadas. Un ejemplo chiquito, nomás (que por suerte, no es el único; es simplemente por citar uno solo para no aburrirlos): al referirse a Mi perro dinamita, el Indio dice: "Cuando se me ocurrió la letra, lo del perro que es un desobediente que ni siquiera hace el muertito, me causó gracia. Por supuesto, ese tipo de 'ropes', de perros, somos nosotros" (donde "nosotros" es la banda, los Redondos, claro). O sea, tal como lo interpretó este servidor de ustedes (así que acá también están autorizados a aplaudirme e incluso ovacionarme).
Perdón por la inmodestia, pero bueno, yo también puedo permitirme de vez en cuando una caricia a mi ego, ¿no? Después de todo, un "certificado" expedido por las palabras del propio Indio no es, en modo alguno, un premio menor.
Chin chin por la dupla Carlos Solari - Marcelo Figueras y EL broli. Bebamos de las copas más lindas. À votre santé!

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 22 de febrero de 2019

CARVALHO: PROBLEMAS DE IDENTIDAD








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Esto es una mierda, pero hasta el más miserable se aferra a ella. (Carlos Zanón, "Carvalho: problemas de identidad", Editorial Planeta, 2019)

Me aconteció uno de esos casos -afortunadamente, raros- en los que la lectura de una muy buena novela... no significó, ni mucho menos, una acertada elección literaria. Quiero decir, no precisamente para la tarde de un viernes, espacio temporal ese en que lo mejor que uno puede hacer es llegar a su casa, figurarse que Mugricio Lacri y su cipayesca banda no están en el gobierno, olvidarse que tiene los grilos más flacos que nunca, servirse una copa de lo mejor que le haya quedado en stock y sumirse en la lectura de algo que lo transporte muy lejos de la realidad opresiva. Algo... light, digamos, descomprometido, si se quiere.
Pero resultó que este libro es lo menos a propósito para ello, porque es una novela negra, no sólo por tratarse de un thriller; sino porque es negra en serio, crudelísima, lacerante.
Carlos Zanón reflota a Carvalho, el personaje fetiche de Manuel Vázquez Montalbán, pero trayéndolo al presente, más cínico, descreído, sarcástico e irónico que nunca, y achacoso al punto de ir al médico (y lo que tiene, pinta como algo grave). ¿Puede imaginarlo? ¡Carvalho acudiendo a la consulta de un doctor! Su maestría de chef se mantiene, pero ya sin sus deleites de refinado gourmet en compañía de su amigote el gestor Fuster (al que ha reemplazado un picapleitos) y -para colmo- ya sin Charo, "su" puta. E incluso -cosas veredes...- ya ni siquiera se aguanta a su fiel escudero, el pobre fetillo Biscuter. Y si bien sigue quemando libros y odiando la música (no podía ser de otro modo); el bueno de Pepiño se ha visto obligado -concesión cruel a los tiempos que corren- a instalar computadoras en su agencia y, consiguientemente, a tener que bancarse a un cráneo informático.
A la par de sumergirse en una angustiosa búsqueda en pos de sí mismo, Carvalho (que para colmo, se ha enredado con una mujer que está casada con un encumbrado personaje del poder que se las trae); deberá investigar los casos de una prostituta deficiente mental desaparecida y de un horrendo crimen familiar.
La novela es muy buena; lo malo es el momento que yo elegí para leerla: me sacudió fuerte. De todos modos, la disfruté -y la sufrí- intensamente, porque (es sabido y tendré que admitirlo de una vez) en el fondo... soy un masoquista.
Pero también soy un tipo de suerte: en medio del bajón que pintó tras la lectura; me llamó un gomía para invitarme a un asadito en su quinta. Pileta y vino me esperaban para distraerme de la pálida de este mundo de hoy.
Ah, léala, eh; vale la pena.

-Juan Carlos Serqueiros-