sábado, 31 de enero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. SEGUNDA PARTE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Ninguna cosa puse de mi cabeza más de traer ejemplos de propiedades de piedras y yerbas naturales, y por no ser conocidas vulgarmente de todos causan admiración, y aun vienen a ser tenidas de algunos por sospechosas, siendo naturales. (Pedro Sarmiento de Gamboa a la Inquisición, 1575)

Al concluir en 1572 la segunda parte (de las primera y tercera -suponiendo que efectivamente las haya escrito- nunca se supo nada ni a la fecha han podido hallarse) de su Historia, Sarmiento de Gamboa contaba 40 o 42 años y estaba, pues, en una edad meridiana, por así decirlo. Atrás habían quedado las travesuras cuasi adolescentes como aquel remedo de "auto de fe" que le significó su primer problema con la Inquisición, las aventuras galantes, las prácticas esotéricas y los arrebatos juveniles. Pero tenía su personalidad características que permanecían inalterables: escasa ponderación, tendencia a la fantasía, más temeridad que arrojo, compulsión a pleitear, arrogancia, predisposición a la indiscreción, insaciable curiosidad, férrea voluntad y cierto grado de paranoia.
Algunos de sus biógrafos han hecho hincapié en que tendría una supuesta propensión a agrandar en demasía sus propios méritos. Particularmente, creo que no hubo tal cosa y que esa percepción emana de no tomar en cuenta un factor que con mucho detalle ha analizado Ana María del Carmen Ribeiro Gutiérrez: el de la lealtad de los súbditos en el contexto de una monarquía absolutista. Y por más difícil que se torne hacerlo en este siglo XXI; se tiene imprescindiblemente que considerarlo, si es que se quieren comprender adecuada y cabalmente las acciones producidas por un personaje histórico de aquella época. En el mundo hispano-indiano del siglo XVI regía un sistema de soberanía concentrada en el monarca, y éste (que reinaba por derecho divino) y sus súbditos configuraban el corpus político, la res publica. Amar al rey era amar la patria, y las Indias no eran colonias; sino reynos, esto es, tan propiedad del monarca era el reyno del Pirú, por ejemplo; como lo era el de Castilla. Asimismo, el virrey era un álter ego del rey, alguien que reemplazaba a éste por razones de distancia, y por eso, no dependía "de España"; sino del propio monarca, y gobernaba tal "como si la misma Persona Real lo hiciera y cuidara si se hallara presente", estampando en sus disposiciones y ordenanzas el sello real. Acertadamente consigna José María Rosa: "El poder de una provisión sellada con las armas reales era tan grande, que un virrey podía empezar una guerra, como lo hizo Pedro de Cevallos contra Portugal". Consecuentemente, el amor al rey se demostraba con la lealtad que se evidenciase, la exaltación de la cual era, además del mérito que en sí mismo conllevaba su observancia estricta; la manera usual de ascender en el prestigio social y en la consideración del monarca. Por ello, cuando Sarmiento de Gamboa pone de manifiesto su valía, sus merecimientos y sus virtudes en sus relaciones y memoriales a Felipe II y Alvarez de Toledo, no debe verse en ello una intencionalidad manifiesta de exagerarlos (o, como decimos los argentinos, de hacer autobombo) ni una propensión al orgullo vano; sino un modo corriente (y legítimo) de reclamar para sí y legar a su posteridad el eventual fruto de sus esfuerzos. 
Tal parecía que empezaba a favorecerlo la buena estrella: era un encumbrado funcionario del virrey y gozaba de la confianza de éste, había logrado un resonante triunfo militar en la guerra entre los españoles y los incas que terminó con la captura y ejecución de Túpac Amaru I (el historiador inglés Clements Markham, le ha imputado el ser "cómplice del delito atroz de asesinato jurídico"), la fama le sonreía y su prestigio iba in crescendo. Y volvió a ser fácil presa de dos de sus obsesiones: la de demostrar a como diese lugar que, a pesar de la nula relevancia y fortuna que había tenido en vida su padre; él provenía de familia de ilustre linaje, y la de descubrir para España la Terra Australis Incognita a la que no había podido llegar por impedirlo (según él) Mendaña; para lo cual parece que estaba en tratativas con el piloto Juan Fernández (quien sería después el descubridor de las islas que llevan su nombre) y con algunos armadores y capitalistas de Chile.
Pero la sociedad de aquella Lima del siglo XVI, en la cual las intrigas, el favoritismo, el tráfico de influencias y las luchas intestinas por los espacios de poder y la obtención de privilegios y canonjías eran las reglas corrientes, no representaba por cierto el escenario más adecuado y propicio para la exhibición y aún la ostentación del éxito, la fama y sobre todo; la erudición. Las inteligencia e ilustración de Sarmiento de Gamboa en aquel ambiente de mediocridad, boato inútil y corrupción, era una provocación y a la vez una invitación a dañarlo. 
En el marco del proceso inquisitorial que culminaría con la quema en la hoguera de fray Francisco de la Cruz, alguien se acordó de sus problemas con la Inquisición en México y de aquella condena al destierro de 1565 no cumplida, y lo denunció, de resultas de lo cual en noviembre de 1573 el Tribunal del Santo Oficio volvió a perseguirlo, agregándole a los cargos que sobre él pesaban de antes; los de practicar la quiromancia y haber dicho en público que "no podía pretenderse que el Evangelio estuviera acabadamente divulgado en el Pirú si aún no lo estaba en España". Pese a que el virrey Alvarez de Toledo intentó sustraerlo a la Inquisición informando a ésta que tenía dél necesidad para la jornada contra los chiriguanes (guerra contra los indios chiriguanos); a mediados de 1574 fue a dar con sus huesos en las lóbregas mazmorras y fue condenado, a fines de 1575, a las mismas penas que se le habían impuesto diez años antes; agravadas con la humillación adicional de "salir a la vergüenza". Tal como lo había hecho allá por 1565, Sarmiento de Gamboa apeló, con buen éxito, la sentencia y también logró evitar que se lo desterrara del Perú. 
Fue decisiva la influencia del virrey, quien lo protegió. El terrible inquisidor Serván de Cerezuela (quien permanecería doce años en Lima, durante los cuales condenó a la hoguera a muchísimos herejes) mantenía con Alvarez de Toledo una añeja amistad (habían sido condiscípulos en España y el primero debía a la recomendación del segundo su nombramiento como inquisidor). Es conjeturable que entrambos hayan cambiado figuritas: el objetivo principal de Cerezuela (que era el único firmante de la sentencia contra Sarmiento de Gamboa) en el proceso, era fulminar (y lo consiguió, pues como consigné precedentemente, lo hizo quemar) al infortunado fraile Francisco de la Cruz; para lo cual había requerido originalmente a Sarmiento de Gamboa (lo de resucitar los cargos contra éste y la condena emergente de ellos, tiene que haberse debido más a celos, inquina y envidias del comisario y/o demás personajes influyentes; que a otros factores). La instalación formal y real del Tribunal del Santo Oficio en Lima fue una medida del virrey, que fue quien la propició (y se estableció por real cédula de Felipe II en 1569); como así también lo fue el deslinde de poderes entre el suyo y los de la Inquisición y la Audiencia. Así, gracias al alto concepto en que lo tenía Alvarez de Toledo, consiguió zafar Sarmiento de Gamboa. Y por añadidura, el virrey le fijó la cantidad de 1.000 pesos anuales por sus servicios.
Previsiblemente -quizá debido a una "sugerencia" de Alvarez de Toledo para evitarle males mayores; ya que la Inquisición quería que saliese desta tierra a cumplir destierro y reputaba como cosa peligrosa dejalle en ella-, mantuvo un perfil sorprendentemente bajo durante tres años, en el transcurso de los cuales es poco y nada lo que de él se sabe. Entretanto, había llegado a las Indias una real cédula de Felipe II, por medio de la cual mandaba se observase el eclipse de luna que habría de producirse en 1578. Y por descontado, el astrónomo que haría la observación era Sarmiento de Gamboa. Equipado con el instrumental necesario y en compañía de un piloto matemático y de un cura (lo de este último es fácilmente explicable por aquello de que el que se quemó con leche, ve la vaca y llora; no fuera el caso que a la Inquisición se le ocurriese que se trataba de hechicería) que oficiarían de testigos, observó el eclipse desde el cerro Quipaniurco, cercano a Lima, y desde la comparación con la observación que a su vez hizo Rodrigo Zamorano en Sevilla; determinó que había entre ambos puntos una diferencia de cinco horas menos cuatro minutos, lo cual representa 74 grados de longitud. "Y esto es lo que hay entre el meridiano de Sevilla y el de Lima", afirmó. Teniendo en cuenta la época en que Sarmiento de Gamboa realizó el cálculo y los elementos con que contaba, debemos convenir en que se aproximó notablemente a la exactitud; pues hoy por hoy sabemos que Lima está a 77° al oeste del meridiano de Greenwich y Sevilla a 5° 58', es decir, sólo 2° 58' menos que lo que él había estipulado.



Los españoles, en su búsqueda de la mitica ciudad de Trapalanda, se habían percatado de que los piratas ingleses podrían eventualmente pasar al Pacífico por el estrecho de Magallanes y robar y asolar en las aguas y costas de Chile y Perú. Ingenuamente, supusieron que bastaba con esparcir la noticia de que el paso se hallaba cerrado por "una mole de piedra o isleta arrastrada por las tempestades", para hacer desistir a quienes tuvieran esa intención. Vana ilusión y craso error el de descansar en ella.
En 1577 el traficante de esclavos y pirata inglés Francis Drake (Francisco Draquez para los españoles) partió del puerto de Plymouth al mando de una armada integrada por cinco barcos, y luego de atravesar, a mediados de 1578, el estrecho; entró en el Pacífico atacando y robando los buques cargados de oro y plata surtos en Valparaíso, Coquimbo y Arica.


Al filo de la medianoche del 13 de febrero de 1579, Drake arribó al puerto de El Callao, que estaba absolutamente desguarnecido, donde se hizo con la presa más codiciada: el galeón Nuestra Señora de la Concepción, con sus bodegas repletas de metales preciosos, y donde, después de saquearlos; hundió algunos barcos españoles de pequeño calado y cortó a otros las amarras dejándolos al garete, a fin de que no pudieran emplearse en su persecución; tras lo cual huyó a toda vela.




Catorce días después, el 27 de febrero, el virrey Alvarez de Toledo, dolido y furioso con los de Chile que no habían atinado a avisar al Perú de las correrías de Drake, envió dos naves con 120 hombres entre los cuales iba Sarmiento de Gamboa (contrariamente a lo que en general se afirma, éste no estaba al mando, el cual era ejercido por Luis de Toledo; sino que fue como sargento mayor), en seguimiento del pirata para que lo atrapasen; pero no pudieron lograrlo, pues Drake consiguió regresar a Plymouth con su cuantioso botín, tras haber circunnavegado el globo convirtiéndose en el segundo en hacerlo, más de medio siglo después de la epopeya de Juan Sebastián Elcano.
Vicente Fidel López, en su novela histórica (debo confesar que jamás pude entender eso de "novela histórica"; para este servidor, o es novela o es historia; ambas cosas a la vez, no) La novia del hereje o La Inquisición de Lima, escrita en 1846 en su exilio en Chile, incurre en el pecado original de nuestros historiadores liberales: la creencia ciega en la leyenda negra de la conquista española con sus curas corruptos y sus conquistadores sanguinarios; que no les permite saber lo que realmente sucedió ni mucho menos interpretarlo. Así, en esa novela romántica nos presenta a un caballeresco Drake, cuyo odio hacia España estaría justificado por el oscurantismo católico ibérico atacando a los buenos protestantes; que burla a un Sarmiento de Gamboa al cual se muestra poco menos que como un fanático estúpido, inepto y resentido. En fin, cosas del bueno de López, que en eso de escribir fantasía y no historia, era sin dudas un consumado experto.
La verdad es que aquellos hechos no están para nada claros, y no contribuye a conocerlos mejor la Relación de lo que el corsario Francisco Draques hizo y robó en la costa de Chile y Pirú, y las diligencias que el Virrey Don Francisco de Toledo hizo contra él, que acerca de ellos escribió Sarmiento de Gamboa en 1583, es decir, cuatro años después de producidos. 
En su relato, abunda en consideraciones acerca de las gentilezas de Drake (tu quoque Brute fili mi!) para con los españoles del navío abordado y saqueado, y en quejas del autor contra quien capitaneaba la expedición, porque éste no había seguido sus consejos (que era lo habitual en Sarmiento de Gamboa, por otra parte: quejarse de todo y de todos y criticar todo y a todos).
Lo real y concreto es que Drake en esa incursión pirata robó tesoros españoles por valor de 250.000 libras y pudo escapar sano y salvo. Lo cual, lógicamente, generó en Alvarez de Toledo la necesidad imperiosa de poner sobre el tapete la cuestión referida al estrecho de Magallanes. En consecuencia, resolvió el virrey enviar a la zona una armada integrada por dos barcos, el Nuestra Señora de Esperanza y el San Francisco, al mando de la cual iría ¡por fin! como capitán general Pedro Sarmiento de Gamboa, con el mandato de explorarla a fondo y determinar los sitios más aptos para erigir en ella fortificaciones. La misma zarpó de El Callao el 11 de octubre de 1579.
En la tercera y última parte de este artículo veremos, estimado lector, cómo llegó nuestro biografiado a la cima de su gloria... y también a la sima de su desgracia.

Continuará

viernes, 16 de enero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Y porque el talento que Dios me comunicó, que aspira a estas cosas, no se me demande de él cuenta estrecha. (Pedro Sarmiento de Gamboa)

Pedro Sarmiento de Gamboa, geógrafo, astrónomo, quiromante, matemático, alquimista, cosmógrafo, astrólogo, poeta, cartógrafo, historiador, militar y navegante; nació en 1530 (hay otros quienes sostienen que en 1532), en fecha y mes que no han podido ser precisados (Ernesto Morales cita -sin pruebas- el 18 de agosto), en Alcalá de Henares, como lo declarara él mismo; o (lo que aparece como más probable) en Pontevedra, como afirman otros de sus biógrafos, ciudad esta última en la cual transcurrieron sus infancia y adolescencia. Fueron sus padres Bartolomé Sarmiento, gallego de Pontevedra; y María de Gamboa, vasca de Bilbao. 
A los 18 años ingresó al ejército, al servicio del emperador Carlos I, dirigiéndose después, en 1555, al por entonces virreinato de Nueva España. 
Allí tendría la primera de sus muchas cuestiones con la Inquisición: se burló de los "autos de fe", haciendo en la ciudad de Puebla de los Ángeles (México) la parodia pública de uno, a raíz de lo cual fue condenado a ser azotado en la plaza y enviado de vuelta a España. De alguna manera, se las ingenió para eludir la sentencia y fugitivo, pasó a Guatemala primero, y al Perú después, en 1558. 
Fue en Lima donde Sarmiento de Gamboa, mientras se ganaba el sustento desempeñándose como preceptor de gramática; se dedicó con esmero y ahínco a la alquimia y la astrología, lo cual le acarrearía nuevos problemas con la Inquisición, que lo reputó de "mago" y atribuía a "la posesión de un talismán para tratar con mujeres y tener gracia con ellas" el éxito que cosechaba aquel osado y cultísimo joven entre el género femenino, pese a no ser "hombre de posición".


En 1558 el rey de España, Felipe II, había nombrado visorrey del Pirú a Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, quien llegó a Lima recién en 1561, año en el que tomó a su servicio a Sarmiento de Gamboa. Agradecido, éste le confeccionó al nuevo virrey su carta natal y le suministró unos "anillos mágicos con los que lo favorecerían, Venus en cuestión de amores; y Júpiter, que lo mantendría alto en el concepto del monarca. Otro astrólogo, por su parte, había prevenido al virrey acerca de las consecuencias fatales que le acarrearían su afición a frecuentar el trato (y sobre todo, la cama) de mujeres casadas.





Tal predicción se cumpliría inexorablemente: el conde de Nieva -que hizo caso omiso de las prevenciones, la astrología y el horóscopo, y que persistió en sus escándalos al punto que Felipe II, cansado de las quejas que sobre la conducta de él le llegaban, por real cédula del 27 de febrero de 1563 lo emplazó a "vivir más recatadamente"- andaba en amoríos con su prima, Catalina López de Zúñiga, casada con un caballero llamado Rodrigo Manrique de Lara.


El marido cornudo, que en la especialmente tórrida madrugada del 19 de febrero de 1564 había visto a Zúñiga descender por una cuerda o una escala desde la alcoba de su esposa infiel, mandó a sus criados que le dieran una paliza, y éstos, sea debido a un exceso o porque esas eran las órdenes que les había impartido su señor, le propinaron tantos golpes con cachiporras hechas con bolsas de arena, que de resultas de la feroz tunda el virrey fue encontrado agonizante en la calle y falleció poco rato después.


A pesar de que Lope García de Castro, quien asumió el gobierno en reemplazo del virrey muerto (nombrado por Felipe II el 16 de agosto de 1563, aún antes del fallecimiento de Zúñiga, pues el monarca, harto de las corruptelas, la inmoralidad y la ineficacia de éste, había resuelto suplantarlo) ordenó suspender las investigaciones sobre la muerte de su antecesor; el 2 de diciembre de 1864 el arzobispo, puesto a inquisidor, la tomó contra Sarmiento de Gamboa (que había sido denunciado por unos amigos suyos), a quien acusó de "hechicero", "nigromante", "proporcionar filtros amorosos y tintas para escribir misivas de amor que hacían rendir a las damas aún las más difíciles", de construir "anillos mágicos, hacer sortilegios y poseer ciertos cuadernos con signos de la Qaballah". Fue condenado el 8 de mayo de 1565, a ser encerrado en una celda del convento de Santo Domingo y luego "desterrado a perpetuidad destas Yndias". Pero él presumía de ser infinitamente más inteligente y hábil que los inquisidores: apeló la sentencia al papa y logró convencer al arzobispo, el fraile dominico Jerónimo de Loayza, de que se le permitiese quedar provisoriamente en Lima sin más consecuencia que la de "ser forzado a oír misa con candela de penitente", hasta que seis meses más tarde, solicitó su traslado al Cusco.
A continuación, vamos a conocer al Sarmiento de Gamboa aventurero y navegante, pues regresado a Lima; interesó a Lope García de Castro en preparar una expedición a la mítica Tierra de Ofir, donde según la biblia se situaban las legendarias minas de oro, plata y piedras preciosas del rey Salomón. 
El gobernador se entusiasmó con la iniciativa y pidió al arzobispo que dejara sin efecto la condena a Sarmiento de Gamboa, pues lo precisaba como cosmógrafo en dicha empresa. Así, fue nombrado en el cargo de capitán de una de los dos naves, Los Reyes (otros biógrafos ponen en duda este cargo, afirmando que no le confería el mandar la nave; sino que el mismo era sólo aparente: "capitán de Su Majestad" -como efectivamente consta en el rol de la expedición-), y consejero de derrota, pero la dirección de la empresa le fue confiada (por sugerencia del propio Sarmiento de Gamboa según escribiría éste después; pues esperaba con ello interesar aún más al gobernador en el negocio), como capitán general al sobrino de García de Castro; Alvaro de Mendaña; mientras que la capitanía del otro barco, Todos los Santos, la detentaría Pedro de Ortega; oficiando de piloto mayor Hernando Gallego. Sería esa expedición, compuesta por 157 hombres que partieron desde el puerto de El Callao el 19 de noviembre de 1567, la que descubriría (para Europa, se entiende) las islas Salomón.
Más temprano que tarde surgieron disidencias entre Mendaña y Sarmiento de Gamboa, pues el primero, al no hallar el tan preciado oro, quería volver a Lima; mientras que el segundo insistía en cumplir el mandato de la corona española: fundar una ciudad en las islas descubiertas y continuar después navegando en busca de lo que por entonces se denominaba Terra Australis Incognita, la cual él aseguraba que existía: una "grande Tierra" (que no era otra que Australia, la cual -después se comprobaría- estaba... ¡donde él decía que estaba!). Lamentablemente (lamentablemente para la gloria de Sarmiento de Gamboa, que perseguía algo más trascendental que la riqueza, quiero significar), la pulseada la ganó Mendaña y la expedición regresó al puerto del Callao el 22 de julio de 1569.

Para entonces, el Perú contaba con un nuevo virrey designado por Felipe II: Francisco Alvarez de Toledo, quien asumió su cargo en Lima, el 30 de noviembre de ese año.
Muy pronto, la brillante inteligencia, la vasta cultura, el ardor que ponía en la defensa de sus convicciones, la tenacidad que evidenciaba y la desbordante personalidad de Sarmiento de Gamboa, despertaron el interés del virrey; quien lo favoreció con sus dos primeros nombramientos, en virtud de los cuales lo designaba "Historiador" y "Cosmógrafo Mayor destos reynos del Pirú". Adusto, grave y aún taciturno, Alvarez de Toledo no era precisamente generoso a la hora de pronunciar elogios sobre los demás; no obstante lo cual afirmaría de Sarmiento de Gamboa que era "el hombre más hábil de cuantos he conocido". 
No enuncio nada original si consigno que Alvarez de Toledo fue un enorme estadista y el hacedor del virreinato del Perú (que si bien preexistía en lo formal; en la realidad efectiva no era más que un montón de líneas en los mapas, una tierra que integraba el imperio español pero que era prácticamente desconocida en la península ibérica y en el resto del mundo, o a lo sumo; un sitio remoto al cual ir a correr la aventura -quimera, la mayoría de las veces- de enriquecerse); pero debo hacerlo inevitablemente si quiero (y en efecto, quiero) dejar estipulado que su visión geopolítica demandaba la construcción de un relato, tanto histórico como así también sobre la actualidad socioeconómica, de aquellas regiones que le había tocado gobernar.
De las responsabilidades que le confirió a Sarmiento de Gamboa (las mencionadas precedentemente, a las cuales debe agregarse la de alférez real, rango que tenía cuando ocupó militarmente Vilcabamba luego de derrotar a Túpac Amaru I en la guerra hispano-incaica de 1572), surgió su monumental Historia Indica.
La misma debía constar, según estaba previsto, de tres partes: la primera sería una detallada descripción geográfica del Perú; la segunda, la historia del imperio incaico o Tahuantinsuyo; y la tercera, la historia transcurrida desde la llegada de los españoles a las Indias hasta la actualidad (entendiendo como "actualidad" a 1572). Razones políticas (siempre lo urgente postergando lo importante) obligaron a nuestro biografiado a empezar no por el principio, sino por el medio, esto es, por la Historia de los Incas, la cual escribió luego de dos años de ardua investigación, recorriendo en compañía del virrey todo el territorio peruano.
Diré, sucintamente y con la imprescindible brevedad a la que me circunscribe un artículo, que Sarmiento de Gamboa postula en su Historia la tesis de que los incas eran extranjeros al Perú que habían sometido a los primeros pobladores de dicha región, ejerciendo sobre ellos una tiranía (a la que califica de "pésima y más que inhumana"), a la cual los españoles venían a poner justo término. 
La obra está dividida en 71 acápites, de los cuales los cinco primeros tratan acerca de lo geográfico y etnográfico, combinando elementos de lo bíblico y de los antiguos griegos: los primeros habitantes de las Indias descenderían de Noé, tal como el primer rey hispano; Tubal, y habrían pasado a esas tierras a través de la Atlántida descrita por Platón en sus diálogos Timeo y Critias. Así, pues, para Sarmiento de Gamboa los que poblaron "las Indias de Castilla" eran "descendientes de los Atlánticos" (es decir, de los atlantes); y los españoles (que según él, tendrían con ellos un origen común) les traían la divina palabra de Cristo y venían a rescatarlos de la tiranía de los incas opresores. Los capítulos sexto y séptimo se refieren a la "fábula del origen destos bárbaros indios del Pirú, según sus opiniones ciegas". El octavo lo dedica a describir el estado de los pueblos del Perú, previamente a la entrada en escena de los incas. Considera a esa etapa como behetria, o sea, behetría, población que vivía en el desorden y cuyos habitantes, como dueños absolutos de ella, gozaban de total autonomía: "antes (antes de los incas, quiere decir) todas las poblaciones, que incultas i disgregadas eran, vivian en general libertad, siendo cada uno señor de su casa i sementera", consigna Sarmiento de Gamboa. El capítulo 9 está referido al valle del Cusco y sus antiguos habitantes. Los capítulos que van desde el 10 hasta el 47 tratan de la historia de los incas propiamente dicha: sus organización, instituciones, hazañas, guerras intestinas, conquistas, etc. Los capítulos 48 al 69 narran la llegada de los españoles y la caída del imperio incaico, la cual para él está representada por la muerte de Guascar (Huáscar), el duodécimo Inca del Tahuantinsuyo (y al que el historiador considera el último), en 1533. El capítulo 70 es una síntesis de la tiranía de los incas, indudablemente destinada a dejar instalado en las mentes de quienes leyeran su Historia, el racconto de las violencias y crueldades que les atribuye haber cometido. Y el final, el 71, es lo que Sarmiento de Gamboa llama "computacion sumaria del tiempo que duraron estos yngas del Pirú", es decir, la cronología de los reinados incaicos. Nuestro historiador afirma que "fue todo el tiempo desde Manco Capac hasta el fin de Guascar novecientos y sesenta y ocho años" y que "comenzó la tiranía de los yngas capacs del Pirú que tuvieron su silla en la ciudad del Cuzco, el año de quinientos y sesenta y cinco años de nuestra reparación cristiana", es decir, resta de 1533 d.C., año de la muerte de Huáscar; el 565 d.C., año de inicio del reinado del primer Inca, Manco Cápac, lo cual da como resultado los 968 años que según él, duró la tiranía incaica. Eso se ha tomado siempre, tanto en la propia época del historiador como en la actualidad, como una exageración.
Particularmente, opino que no es eso, sino que se trata de una cuestión de interpretación: creo que el período que consigna el cronista es congruente con su tesis; pues él postula que los incas eran extranjeros al Perú y entonces es perfectamente lógico que considere al inicio mismo de los reinados incaicos como el punto de partida de un estado que reputa como imperialista, expansionista e invasor; por más que la materialización efectiva de ello se haya dado recién a partir del noveno Inca: "Pachacuti" (Pachacútec). Por otra parte, el hecho mismo de atribuirle Sarmiento de Gamboa a la "tiranía inca" un período tan extenso, es la mejor prueba de su honestidad intelectual; pues manifiestamente eso se da de patadas con el propósito del virrey Alvarez de Toledo de presentar a los incas como usurpadores más o menos recientes del poder. Y los errores de datación y duración de cada uno de los reinados de los doce Incas en los que incurre, son los esperables (y entendibles, justificables y disculpables) en un cronista obligado necesariamente a abrevar en la sola fuente posible y disponible que tenía: la tradición oral, con todo lo que ello implica (y eso que ni siquiera tomo en cuenta que aún hoy en día sigue sin haber unanimidad al respecto; pese a la multiplicidad de fuentes y recursos con que se cuenta).
A continuación del último capítulo, hay una "Ffee de la Provança y Verificacion desta Historia", rubricada por el notario oficial del virrey Alvarez de Toledo: Alvaro Ruyz de Navamuel, "secretario de Su Excelencia y de la governacion y visita general destos Reynos y escrivano de Su Magestad", en la cual se hace constar que a petición de Pedro Sarmiento de Gamboa, el virrey convocó a una "junta de 42 yndios de los mas principales y de mejor entendimiento de los doze ayllos y decendencias de los doze yngas y otras personas que le paresciere, para que se les haga leer la dicha ystoria y se les declare por yntérprete y lengua de los dichos yndios, para que todos juntos vean y platiquen entre si, si es conforme a la verdad quellos saben. Y si ay alguna cosa que corregir y enmendar, y lo que paresciere questá en contrario a lo quellos saben, se enmiende y corrija". Seguidamente, está la enumeración de cada uno de los cuarenta y dos, con nombre, edad y linaje, y este texto: "Juraron dezir la verdad acerca de lo que supiesen de la dicha ystoria, y aviendo conferenciado entre si, declararon que solo avia que enmendar algunos nombres de personas y de lugares y otras cosas insignificantes; que por lo demas, la dicha ystoria estava buena y verdadera y conforme a lo quellos sabian y avian oydo dezir a sus padres y pasados".  
El 4 de marzo de 1572 en el Cusco, Sarmiento de Gamboa terminó de escribir su Historia (cuyo título completo es Segunda parte de la hisstoria general llamada yndica, la qual por mandato del Exmo. S. don Franco. de Toledo virrey gobernador y capt. general de los reynos del Piru y mayordomo de la casa real de Castilla compuso el capt. Po. Sarmiento de Gamboa), según consta en el memorial que éste dirigió al rey Felipe II; e inmediatamente la misma fue despachada al monarca por el virrey Alvarez de Toledo, quien la envió por conducto de uno de sus criados, Jerónimo Pacheco; conjuntamente con cuatro cuadros históricos pintados sobre tela por artistas indios. Está probado más allá de toda duda que Felipe II la recibió, pero la mala suerte que siempre tuvo Sarmiento de Gamboa, quiso que se extraviase y permaneciera perdida durante más de tres siglos; hasta que su original manuscrito, con la firma hológrafa del historiador, apareció en 1893 en Göttingen, Alemania, y se editó recién en 1906.


El hallazgo de 1893 se debe al lingüista, romanista e hispanista suizo Whilhelm Meyer-Lübke, encargado por el gobierno prusiano de confeccionar un catálogo de todos los manuscritos obrantes en las bibliotecas de las universidades alemanas; y la primera edición de la obra le correspondió al historiador alemán Ludwig Wilhelm Richard Pietschmann en 1906.
La Historia de Sarmiento de Gamboa se daba a conocer al mundo nada menos que ¡334 años después de haber sido escrita! Si eso no es tener suerte para la desgracia...

Continuará 

viernes, 2 de enero de 2015

ANDRÉ LAMBERT







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

André Lambert (n. Stuttgart, 1884 - m. París, 1967), fue un acuarelista, pintor, grabador y arquitecto de nacionalidad francesa y ascendencia franco-suizo-alemana. 
Se formó como arquitecto en la Escuela de Altos Estudios Técnicos de Munich, y luego cursó la carrera de Bellas Artes en dicha ciudad capital de Baviera, estudios estos últimos que completó en París, culminándolos en 1908.
Frecuentó la bohemia parisina, estableciendo su atelier en el barrio de Montparnasse, trasladándose posteriormente al de Saint-Louis. Sintiéndose inclinado a las artes gráficas, se dedicó a la ilustración de libros, como por ejemplo, Ars amandi, de Ovidio:



También colaboró como ilustrador en la revista satírica alemana Simplicissimus:



En 1919, asociado a Georges Aubault, fundó en París la revista Janus, la cual tenía la particularidad de editarse íntegramente en latín; y simultáneamente participaba en otra: Vita Latina, publicada en Avignon:


En 1912 viajó a España y se sintió cautivado por sus paisajes, gentes y costumbres, a punto tal que a poco de casarse, decidió establecerse en Jávea, Alicante, donde reconstruyó una casa, la aún hoy famosa "Cala Lambert" o “Cala del francés”, a la cual denominó la Domus Lambertina, que fue su vivienda y atelier.


Allí, el artista ilustró libros tales como por ejemplo, Cuentos, de Hoffmann; La Metamorfosis, de Ovidio; Candide, de Voltaire; El Lazarillo de Tormes; Salambó, de Flaubert; Fausto, de Goethe; Salomé, de Wilde y El Quijote, de Cervantes, entre muchos otros. Además, pintó acuarelas y realizó aguafuertes y grabados referidos a la comarca de Jávea y al folclore de la región; como así también escenas citadinas tanto parisienses como españolas; paisajes; ilustraciones eróticas y alegorías mitológicas. Su obra se inscribe claramente en el estilo modernista, con marcadas influencias del clasicismo greco-romano, el simbolismo y el erotismo de los artistas franceses Paul-Émile Bécat y Edouard Chimot.
















 










Tuvo gran suceso su serie de ilustraciones Les seuils empourprés. Dix evocations erotiques (Los umbrales carmesí. Diez evocaciones eróticas):













Asimismo, es especialmente célebre su serie de aguafuertes Les septs péchés capitaux: la luxure, la paresse, la gourmandise, la colère, l'envie, l'avarice y l'orgueil (Los siete pecados capitales: la lujuria, la pereza, la gula, la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia), realizada por el artista en 1918:








André Lambert murió el 24 de noviembre de 1967 en París. Sus restos fueron cremados y sus cenizas trasladadas luego a Jávea, donde se hallan bajo el pinar que él mismo plantó en la Cala Blanca alicantina.
-Juan Carlos Serqueiros-