jueves, 2 de agosto de 2012

UNA DE ESPIONAJE: CUANDO "PALITO" PISÓ EL PALITO


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Hay que avanzar con la marea, para no quedar en seco. (Juan Domingo Perón)

A principios de 1944, las presiones sobre el entonces presidente de la Nación, general Pedro Pablo "Palito" Ramírez eran agobiantes: por un lado, las descaradas exigencias de los EE.UU., las solapadas y de "bajunje" del Brasil, y las más educadas pero no menos fuertes de Inglaterra -que eran acompañadas y aplaudidas por los principales diarios: La Prensa y La Nación, y por el establishment- para que la Argentina rompiera relaciones con el Eje; y por el otro, ciertos sectores del ejército, preocupados por la negativa yanqui a vender armas a nuestro país, en tanto dicha ruptura no se materializase.
Pero uno de los postulados de la revolución del 4 de junio de 1943, era precisamente el mantenimiento a rajatabla de la neutralidad argentina en la guerra, punto este que el GOU adoptó como dogma y que consideraba irrenunciable, y entonces Ramírez (que dicho sea de paso, debía su presidencia al GOU), no podía ceder, al menos; en la exterioridad, a presiones locales y foráneas; si bien por lo bajo, había andado en componendas para sacarse de encima la influencia de la logia militar que lo había llevado al cargo -ya sea porque no soportase más la tensión a la que estaba sometido, o porque esas marchas y contramarchas que daba, se debieran a su índole vacilante y gambetera (de la que ya había dado muestras cuando era ministro de Guerra del presidente Castillo y estaba entre decidirse o no a encabezar la revolución), o ya sea obedeciendo a un criterio propio en tal sentido-; con militares "genioles" (es decir, cipayos, en la jerga usual en el GOU) y politicastros no menos cipayos, como el inefable (¿norte?)Américo Ghioldi, por ejemplo y entre otros.
En ese contexto, cuatro de sus más cercanos colaboradores: el secretario de la Presidencia, coronel Enrique González (que ejercía funciones similares a las que hoy tiene el Jefe de Gabinete, ya que dicha secretaría habíase elevado a ministerio por decreto del propio Ramírez); el ministro de Relaciones Exteriores, coronel Alberto Gilbert; el ministro de Marina, contralmirante Benito Sueyro; y el jefe de policía, coronel Emilio Ramírez, deciden "cortarse solos" e intentar resolver por su cuenta el tema adquisición de armas: ya que EE.UU. se negaba; las comprarían a Alemania. González tenía amistad con uno de los agentes alemanes en Argentina, Johann Leo Harnisch, que le había sugerido la posibilidad de destacar un emisario del gobierno argentino ante Hitler, para conseguir que Alemania proveyese a nuestro país de las armas que buscaba adquirir el ejército. Obviamente, el enviado debía ser argentino, de manera que Harnisch ofreció para la misión a un empleado suyo, Oscar Alberto Hellmuth, que había nacido aquí, era de ascendencia alemana y reservista de la Marina. El presidente, "Palito" Ramírez, luego de un par de whiskies (o tres o cuatro), acogió de buen grado la idea. Se designó a Hellmuth cónsul en Barcelona, en la España franquista, desde donde los servicios de inteligencia alemana lo trasladarían a Berlín para que se entrevistase con Hitler. Se le entregaron así, cartas oficiales del gobierno argentino dirigidas al alemán, y allá fue Hellmuth, embarcado en una nave española.
¿Por qué hicieron eso González, Gilbert, Sueyro y Ramírez (Emilio), y por qué aceptó que lo hicieran el presidente Ramírez (Pedro Pablo)? El presidente, porque su margen de maniobra estaba muy acotado por su dependencia del GOU, y los otros, por celos y envidias. González, Gilbert y Ramírez pertenecían al GOU, y antes de dar semejante paso, deberían haberlo informado y consultado con la logia (no consta que lo hicieran); pero sentían -sobre todo González- envidia de la preeminencia y relevancia cada vez mayor que adquiría Perón; de modo que pensó que si lograba por las suyas resolver la cuestión compra de armas, ganaría unos protagonismo y prestigio que lo colocarían en la consideración de sus camaradas y de la gente, muy por encima de Perón. Lo cual por supuesto, era cierto; pero González... erró con el remedio.
Hombre de toda la confianza y mano derecha del presidente, íntimo amigo de Gilbert y también de Emilio Ramírez, los convenció de su plan, y consiguieron hacer entrar a Sueyro en el enjuague, le sometieron la propuesta al presidente Ramírez, y éste "agarró viaje", como expliqué antes.
La operación resultaría -como era previsible- un desastre: Hellmuth fue detenido a fines de octubre o principios de noviembre de 1943 por los ingleses en Trinidad, y confesó todo, hasta aquello sobre lo cual no fue interrogado. 
A fines de diciembre, el embajador inglés en Buenos Aires, David Kelly, hizo saber al ministerio de Relaciones Exteriores argentino (Gilbert), de manera oficial pero reservada, "la condición de agente alemán de Hellmuth y la existencia de una red nazi en Argentina" (como si Gilbert -es decir, el gobierno- no lo supiera, y como si lo del frustrado viaje de Hellmuth a Berlín fuera dictamen de los hados del destino). La jugada de la diplomacia inglesa fue habilísima y sutil: no mencionando a Gilbert absolutamente nada acerca de los papeles incautados a Hellmuth, le dejaba al gobierno (que así no aparecería en público cediendo a presiones extranjeras) espacio para que por motu proprio, desmontara la organización alemana en Argentina, y dejaba pendiente sobre su cabeza la consabida espada de Damocles (porque por supuesto, quedaba implícito que si el gobierno no se decidía a romper relaciones con el Eje; los documentos que llevaba Hellmuth, saldrían a la luz). Desesperados, González y Gilbert se apresuraron a agarrarse del salvavidas (de plomo) que les tiraba Kelly: pactaron con el inglés que en "los pocos días que demande el trámite" el gobierno anunciaría la ruptura de relaciones. Demás está decir que lo de "los pocos días que demande el trámite", en realidad era un eufemismo para referirse a una necesidad: someter la cuestión al GOU. Se comenzó preparando a la opinión pública, para lo cual el 22 de enero se difundió un comunicado del gobierno fechado el día anterior, en el cual se informaba a la ciudadanía que se había descubierto la existencia de "un agente alemán", y que se encaraba la "investigación acerca de una posible extensa red de espionaje". Paralelamente a ello, se circuló a todos los adherentes al GOU, por medio del paper interno de la logia, Noticias (en su edición Nº 17), la necesidad de "cerrar filas en apoyo al gobierno".
Todo esto "solucionaba" una parte: se conformaba a Inglaterra; pero quedaba aún por "resolver" otra, y bien espinosa: las presiones de los EE.UU. a través de su embajador Norman Armour. Los yanquis estaban empeñados en ver la mano del gobierno argentino en el golpe de estado que se había producido en Bolivia el 20 de diciembre para derrocar al gobierno pro-norteamericano del general Peñaranda; sustituyéndolo por el nacionalista del coronel Villarroel. Para frenar los ímpetus de Armour, Gilbert le comunicó por nota, el 24 de enero, que el gobierno rompería relaciones con el Eje, luego de "los preparativos necesarios" (idéntico eufemismo al empleado con Kelly, para no decir derechamente que era necesaria la previa aquiescencia del GOU).
Ante la delicada situación, Gilbert se hizo un tiempo para ir a pedirle la escupidera a Perón y rogarle su apoyo para lograr la aprobación de lo actuado y por actuar. Perón le dio su palabra de hacerlo así (y la cumplió).
La reunión de la logia se efectivizó la noche del 25 de enero en la Secretaría de Trabajo (ergo, Perón "jugó de local", ya que era secretario de Trabajo y Previsión, y secretario del ministerio de Guerra). Fue un verdadero "quilombo chino" y terminó a los capazos. No hubo (explicablemente) manera de convencer a algunos logistas, y fue necesario que el ministro de Guerra, general Farrell consintiese en prestar acuerdo para que Gilbert cumpliera con lo prometido a los embajadores inglés y yanqui. Los que más férreamente se habían opuesto, optaron por retirarse, altamente ofendidos y decepcionados (todo lo cual en los hechos significó la disolución del GOU, formalizada poco después, el 23 de febrero).
Pero quedaba aún un paso por dar: llamar al mozo, pedir la cuenta y pagarla (encima y para peor, la cuenta de un banquete que no fue tal): González, Gilbert y compañía, no podían quedar en sus cargos luego de todo lo que había pasado,  y debieron en consecuencia ser reemplazados, el 15 de febrero, por exigencia de Perón y Avalos.
Pero por más lastre que arrojara y por más intentonas de mantenerse que ensayase, el gobierno de "Palito" Ramírez estaba herido de muerte, y a poco éste debió delegar el mando el 25 de febrero en el general Farrell, para renunciar definitivamente el 9 de marzo. Con el ascenso de Farrell a la presidencia, Perón pasaría a ser ministro de Guerra, y después, vice-presidente, con retención del ministerio. El 27 de marzo, Argentina declaró la guerra al Eje.
Como siempre, la oligarquía de derecha e izquierda le atribuye a Perón un manejo perverso de la cosa, como si éste hubiese tenido la culpa de la imbecilidad en la que incurrieron Ramírez y su staff en la "misión Hellmuth". Es dable conjeturar que un oficial de inteligencia como Perón (sin duda el mejor y más capaz, por lejos), debe haber tenido conocimiento de ella, quizá por Ludwig Freude o por su hijo Rudi (Rodolfo), y tiene que haberle parecido un dislate; porque era un delirio suponer que Alemania, por más que quisiera, estuviese en condiciones de venderle a la Argentina armas que necesitaba imprescindiblemente para sí misma. Por otra parte, por ese tiempo ya era indisputable que resultaría perdidosa en la guerra.
Y Ramírez -que cuando era ministro de Guerra de Castillo (ver mi artículo en este ENLACE) había participado en una fallida operación de compra de armas a Alemania- no podía ignorar todo eso; entonces ¿por qué se embarcó en algo de antemano condenado al fracaso y que a la postre le costaría el gobierno? La respuesta surge clara: porque Ramírez (y todo su equipo) no funcionaba bien bajo presión. No imaginó que lo de Hellmuth se convertiría en un boomerang; lo vio como una carta más en el mazo, se tomó un whisky, y sin meditarlo mucho, le puso unas fichas... Estaba en su índole lo de jugar a dos o más puntas: procedió así cuando siendo ministro de Castillo anduvo fluctuando entre la lealtad que debía a éste, candidatearse a presidente de la mano del radicalismo, o ir del brazo del GOU;  y adoptó idéntica actitud basculante en lo de las armas: intentó, con lo de la nota de su ministro almirante Storni a Cordell Hull, convencer a los yanquis, y como no pudo, porque Hull era un elefante en un bazar; entonces jugó la carta de Hellmuth.
Se había agotado el tiempo de Ramírez, y era necesario que se fuera a tomarse los whiskies en su casa, en vez de hacerlo en el despacho presidencial. 
Las circunstancias exigían hombres que acertaran a manejarse atinada e inteligentemente, aún bajo presiones extremas, y esos hombres eran, primero Farrell y Perón, y después... Perón solo.

-Juan Carlos Serqueiros-