¡Básicamente, las mujeres y las flores son como hermanas! (Liane de Pougy, "Idilio sáfico", 1901)Más fiel en su inconstancia que otros en su fidelidad. (Natalie Clifford Barney, “Cinco pequeños diálogos griegos”, 1901)
En la imagen de portada (una fotografía tomada en 1899 en París y conocida como “la foto del escándalo”), aparecen besándose la bailarina, cortesana, escritora, editora y princesa Liane de Pougy —de nacionalidad francesa y cuyos verdaderos nombres y apellido eran Anne-Marie Olympe Chassaigne (n. La Flèche, Sarthe, 02.07.1869 - m. Lausana, 26.12.1950)—; y la poetisa, escritora, feminista, pacifista y mecenas norteamericana Natalie Clifford Barney (n. Dayton, 31.10.1876 - m. París, 02.02.1972). La primera era bisexual, mientras que la segunda se asumía como exclusivamente lesbiana. La breve y turbulenta relación pasional entre ellas fue, por lo sonada y desprejuiciada, el comentario escandalizado de tout Paris por esos años de la Belle Époque. Aquel romance lésbico llevó a la francesa a escribir, durante el año siguiente, su novela “Idylle Sáphique” (“Idilio sáfico”), editada en 1901; mientras que paralelamente, la norteamericana escribía, bajo el pseudónimo Tryphé, su “Cinq Petits Dialogues Grecs” (“Cinco pequeños diálogos griegos”), libro que sería publicado ese mismo año.
Con una vida propiamente de novela, Liane de Pougy se había criado en un convento del que fugó en 1886, cuando contaba tan sólo 16 años, para luego casarse con un oficial de marina: Armand Pourpe. Al año siguiente, tras el nacimiento de un hijo, Marc, y hastiada de un matrimonio infeliz; Anne-Marie se procuró un amante, y descubierta que fue en pleno adulterio, su esposo le descerrajó un tiro hiriéndola levemente en el culo, tras lo cual ella huyó a París donde dos años después se le notificó la sentencia de divorcio que disponía conceder a Armand la tenencia de Marc y la condenaba a pagar las costas judiciales.
Siendo amante del vizconde de Pongy, la hasta entonces Anne-Marie Chassaigne (que previamente había pasado como “pupila” por un oscuro burdel —fichada como prostituta por la Brigade mondaine de la Préfecture de Police de París—, el cual más temprano que tarde abandonó para ejercer la prostitución por su propia cuenta) trocó la “n” por la “u” para convertirlo en el Pougy que, precedido por un “de” en señal de distinción y puesto a continuación del nombre que había elegido para sí: Liane (forma abreviada de Éliane, o sea, “liana”, “enredadera”, por su flexibilidad), compuso su nom de guerre, el pseudónimo que adoptó y bajo el cual alcanzaría la fama.
Rápidamente, se transformó en la bailarina que era atracción principal en el cabaret Folies Bergère, tuvo numerosísimos amantes tanto hombres como mujeres, y amasó como hetaira una inmensa fortuna en dinero, piedras preciosas, joyas, obras de arte e inmuebles. Alta, andrógina, hermosa, divertida e ingeniosa, se caracterizaba por complacer todas las fantasías y hasta las perversiones y depravaciones de sus clientes, incluidos sexo grupal y sesiones de sadomasoquismo (por ejemplo, ella misma contaría cómo en Londres se prestó para ser “esclava sexual” del egiptólogo Lord Carnarvon, permitiendo que la azotara cruelmente a cambio de obsequiarle éste una perla valuada en cien mil francos, y también cómo en San Petersburgo satisfizo los juegos masoquistas del conde ruso Wladimir Miatlef, a quien flageló a cambio de joyas por valor de un millón de francos).
Tanto ella como Émilienne d'Alençon (su aliada y amante ocasional pero frecuente) y Carolina La Bella Otero, eran consideradas las diosas de París, las bellezas rutilantes de la época, y popularmente las llamaban Las Tres Gracias, por la archiconocida pintura de Rubens. En la Salle Blanche del Casino de Montecarlo puede admirarse la obra del artista francés Paul Gervais, pintada en 1903 y titulada, precisamente, “Les Grâces Florentines” en la cual aparecen representadas, desnudas, las tres.
En su faceta de escritora, además de la precedentemente citada “Idylle Sáphique” (“Idilio sáfico”); en 1898 había publicado “L' Insaisissable” (“La escurridiza”), y en 1899 “Myrrhille, ou la Mauvaise part” (“Mirrilla o la parte menor”), novelas ambas en las que asumía una encendida defensa de las cortesanas. Subsiguieron “L'Enlizement” (“El atolladero”), en 1900; “Ecce homo: d’ici, de là” (“Este es el hombre: de aquí y de allá”), en 1903; “Les Sensations de Mlle de La Bringue” (“Las sensaciones de la señorita de la Bringue”), en 1904; “Yvée Lester”, en 1906; y finalmente “Yvée Jordan”, en 1907. Asimismo, como la avezada mujer de negocios que demostró ser, en su arista como editora lanzó y dirigió el semanario para mujeres L’art d’être Jolie (El arte de ser bonita).
A todo esto, gozando ya de una desahogada y sólida posición económica, hacia 1903 experimentaba cada vez más intensamente el hartazgo que le producía su condición de cocotte y comenzó a caer con frecuencia en períodos depresivos (los cuales desde mucho antes se evidenciaban en sus fraguados “intentos de suicidio”).
Cuando contaba 40 años, introdujo en el lujoso petit hôtel que habitaba como residencia particulier, a un efebo quince años más joven que ella: Georges Ghika, príncipe de Rumania, perteneciente a una familia noble pero económicamente muy venida a menos, con quien se casó el 8 de junio de 1910. “Moría” así la demi-mondaine Liane de Pougy, y “renacía” Anne-Marie, sólo que ahora con el apellido Ghika y detentando el título nobiliario de princesse consort de Roumanie. El matrimonio así concertado parecía satisfacer a ambos cónyuges: el empobrecido Georges podía seguir su parasitaria existencia codeándose con la alta sociedad, gozando de viajes, placeres y veraneos en sitios paradisíacos —todo sufragado con la fortuna de ella, claro; porque al tipo lo daban vuelta y no se le caía una moneda—; mientras que Anne-Marie dejaba atrás la promiscua vida de cortesana, cultivaba relaciones más… intelectuales y espirituales, digamos; disfrutaba de largas temporadas en su propiedad Le Clos-Marie en Roscoff, Bretaña; adquiría (y estimo pertinente aclarar que con lo de adquiría no pretendo sonar peyorativo) estabilidad afectiva y expandía su sexualidad para abarcar aspectos psicológicos, emocionales y sociales; a la par que limitaba su genitalidad al ocasional débito conyugal, aunque sin por ello privarse de escarceos y aventuras pasajeras con alguna que otra fémina, porque siempre prefirió las mujeres antes que los hombres —al fin y al cabo, ella se había comprometido a ser fiel a su esposo, más aclarándole a éste que sólo lo sería “de la cintura para abajo” (sic)—. En todo caso, ella evitó cuidadosamente que su conducta frente a su marido se tiñera de apetencia por el desquite, pues si hasta entonces su genitalidad, como la de todas las mujeres, estaba sujeta al control masculino mediante la relación dineraria que retribuía la prestación del “servicio” carnal; Anne-Marie, si bien en cierta forma lo había “comprado”; se abstuvo de exigir lo mismo de él y toleró que continuase siendo el pajero que siempre había sido en tanto onanista compulsivo desde su más temprana adolescencia.
Así las cosas, en apariencia todo marchaba sobre ruedas, pero acaecieron dos hechos aciagos: uno que impactó de lleno en el alma misma de Anne-Marie, dejándola devastada, y doce años después; otro que ensombreció su vida llenándola de frustración, despecho e ira. Primero debió sufrir la tragedia de perder a Marc. su único hijo, quien en el contexto de la Primera Guerra Mundial murió al precipitarse a tierra el avión de combate que tripulaba. Y en 1926, a su marido el príncipe le agarró el viejazo, es decir, la tan mentada crisis de los 40 o de mitad de la vida: se enamoró de una veinteañera que, para colmo de los colmos, también era la amante de su esposa: Manon Thiébaut, marchándose con ella a Rumania.
Mientras lamía sus heridas, Anne-Marie buscó apoyo, comprensión y consuelo en sus dos amigos más íntimos, leales depositarios de sus confidencias: Max Jacob y Jean Cocteau. Y trascartón, una rentrée en París con el amor de su vida: Natalie Clifford Barney, quien por entonces tenía una aventura —término que ella misma empleó— con la baronesa italiana Maria Mimy Franchetti, a la cual compartió con Anne-Marie para conformar un apasionado, volcánico, ménage à trois. Pero (¿tal vez, para "vengarse" del abandono de que había sido objeto por parte de Natalie en 1900? chi lo sa...), el caso es que Anne-Marie se la “robó”. Paralelamente, astuta y eficaz como era a la hora de defenderse, dejó trascender en la prensa (y hasta el New York Times se hizo eco) que se disponía a divorciarse de su esposo, tras lo cual efectivamente contrató a los mejores abogados e inició el juicio tendiente a tal fin. Dado que en el acuerdo previo al matrimonio, en una prolija y detallada división habían quedado estipulados claramente los bienes de la una y del otro; aterrado ante la posibilidad cierta de quedarse sin la rumbosa vida que hasta entonces llevaba gracias a la fortuna de Anne-Marie; Georges Ghika se apresuró a abandonar a Manon Thiébaut y volver contrito a Francia, implorando a su esposa que lo perdonase. Ella accedió a no romper la sociedad conyugal, pero el amor entre ellos, si es que alguna vez lo hubo; estaba irremisiblemente acabado y se limitó en adelante a una relación pour la galerie, estrictamente formal y más o menos cordial.
Durante un viaje que hicieron apenas “reconciliados”, el 15 de agosto de 1928, en las inmediaciones de Grenoble, vieron y visitaron una institución para discapacitados mentales: el Asilo Santa Inés, el cual era dirigido por una monja: la madre superiora Marie Xavier. Hondamente conmovida, Anne-Marie decidió ayudarla aportando económicamente en forma particular y también instando a sus relaciones a colaborar, logrando así juntar 300.000 francos.
A pesar del deterioro de su matrimonio, Anne-Marie nunca dejó de cuidar la salud de su marido y de costearle la atención médica (por demás onerosa en tanto fue prestada por los mejores especialistas y requirió de cirugías para extirparle cálculos uretrales y un tumor sobre el labio superior diagnosticado como chancro sifilítico, y además; le habían detectado una cirrosis hipertrófica). En esta foto de 1932 podemos ver a ambos a bordo de un trasatlántico durante un viaje a Estados Unidos.
En 1939, buscando escapar a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Anne-Marie y Georges se radicaron en Lausana, Suiza. Fue allí donde ella conoció al sacerdote dominico Alex-Ceslas Rzewuski, que en adelante sería su confesor y guía espiritual, y que a la postre, el 14 de agosto de 1943 la ordenaría como monja seglar terciaria dominica bajo el nombre sœur Anne-Marie de la Pénitence. Asimismo, fue él quien hizo publicar en 1977 bajo el título “Mes cahiers bleus” (“Mis cuadernos azules”), las memorias registradas en los diarios que ella había escrito entre 1914 y 1941, los cuales le fueron cedidos en enero del año citado en segundo término.
En 1945 Georges Ghika murió a consecuencia de un derrame cerebral, y cinco años después, el 26 de diciembre de 1950, falleció Anne-Marie.
Entre nosotros los castellano-parlantes, quien con mayor frecuencia se ha referido en sus obras a Liane de Pougy fue el nicaragüense Rubén Darío —aunque en ocasiones lo hiciera con escasas caballerosidad y discreción como, por ejemplo, en “Todo al vuelo” (ed. 1912)—.
A fuer de sincero, debo decir que no comparto en absoluto la visión errónea por lo sesgada, prejuiciosa, machista y tendenciosa que la iglesia católica intenta trasladar al colectivo sobre la figura histórica de Liane de Pougy, presentándola como una mujer depravada que atormentada por la culpa y arrepentida de sus “pecados” (porque como “el mayor de ellos” calificó a su relación con el amor de su vida: Natalie Clifford Barney), buscó expiarlos a través de la caridad, ordenándose como monja (encima, bajo un nombre que remarcaba su condición de penitente) y regalando sus bienes a la orden religiosa, por todo lo cual merecería largamente ser declarada como santa. No puedo creer en el juicio histórico de una iglesia que, así como antes no vaciló —por ejemplo— en alterar los escritos de Flavio Josefo en procura de demostrar la existencia física de Jesús, ni en acotar los evangelios a los cuatro estipulados como canónicos, ni en continuar sosteniendo empecinadamente que el proceso contra Galileo fue “razonable y justo” (sic); pretende ahora limitar el análisis de una personalidad complejísima como la de Liane de Pougy, a su faceta como cristiana en la segunda mitad de su vida. Es como decir “ah, sí, fue muy puta y tortillera, ¡y qué hermosa era!, la más bella de su tiempo; pero al fin se arrepintió, se metió a monja y se consagró a Dios”. En fin, "hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, /sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis" (Sor Juana Inés de la Cruz dixit).
Para mí, la verdadera Liane de Pougy fue la que siendo en esencia una incurable romántica y convencida de merecer el amor; buscó desesperadamente amar y ser amada, la que fraguaba intentos de suicidio para llamar la atención, la que defendió a capa y espada a sus congéneres cortesanas, la que en un mundo de hombres, los despreciaba pues motivos para ello tuvo sobrados, y en fin; la que fue capaz de reinventarse y sobreponerse a todo, por más que por dentro la devorase la pena y la depresión la sumiera en el más hondo y negro de los abismos.
Hasta aquí, mi querido amigo lector, he narrado sucintamente la vida de Liane de Pougy. En principio, mi intención era la de establecer un paralelismo con la de Natalie Clifford Barney, pero me lo ha impedido el tener que circunscribirme a la brevedad de un opúsculo, de modo que me comprometo a llenar el faltante en otro momento al cual nos convoque este café virtual que hemos dado en llamar Esa Vieja Cultura Frita.
¡Hasta la próxima!
-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS
Chalon, Jean. a) Liane de Pougy, courtisane, princesse et sainte. Flammarion, París, 1994.
b) Natalie Barney. Retrato de una seductora. Institució Alfons el Magnànim-Centre Valencià d'Estudis i d'Investigació, Valencia, 2005.
Darío, Rubén. Todo al vuelo. Editorial Renacimiento, Madrid, 1912.
De Pougy, Liane. Idilio sáfico. Egales, Barcelona-Madrid, 2009.
De Pougy, Liane (con prefacio de Alex-Ceslas Rzewuski). Mes cahiers bleus. Éditions Plon, París, 1977.
Morillas Cobo, Ana. Liane de Pougy y Émilienne d'Alençon, las dos “Gracias” que nos faltaban (en Ellas, las prostitutas. Historia de la prostitución vol. II. Con nombre propio: vidas de prostitutas). Khronos Historia, Madrid, 2020.
Misrahi, Alicia. Los poderes de Venus. De Catalina la Grande a Grace Kelly: la historia de las mujeres que se atrevieron a disponer de su sexo. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2006.
Rodríguez, Suzanne. Natalie Barney. Editorial Circe, Barcelona, 2004.






