viernes, 20 de octubre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los gobiernos de Territorio son apenas de gestión ante los poderes públicos nacionales. (Juan S. Mac Lean)

El 16 de junio de 1931, Juan Samuel Mac Lean asumía la gobernación del Chaco, que por entonces era aún territorio nacional.
De ascendencia escocesa, nacido en Buenos Aires el 5 de julio de 1852, su infancia transcurrió en Entre Ríos. Siendo aún adolescente, sus padres lo enviaron a estudiar a Escocia, desde donde regresó al país en 1880 para, c. 1887, dirigirse al Chaco, donde se afincó.
Atrapado por el Desierto verde, quedó cautivo de esa tierra que era por entonces “rugir de tigres y hachas”, de “selvas tupidas y también de extensas pampas” (Luis Landriscina dixit).
Atinó a comprender -y comprender es amar- tanto aquel suelo como las gentes que lo habitaban. Y muy pronto le destacaron entre ellas su despierta inteligencia, su clara percepción, sus inquietudes progresistas y sus constancia y tenacidad en todo lo que acometía. Fundó empresas propias y fue, además; liquidador de una compañía colonizadora, asesor de consorcios ferroviarios y consejero de sociedades ganaderas y forestales. Los gobiernos nacionales fueron encargándole distintas misiones y responsabilidades, las cuales aceptó siempre de buen grado, aplicándose a ellas esforzada, honrada y eficazmente.
Así, al concebirse el proyecto de una ruta que vinculara al puerto de Barranqueras con Santa Cruz de la Sierra, y siendo designado en 1907 al frente de la Comisión Exploradora que definiría el trazado de la misma; Mac Lean hizo el recorrido entre ambos puntos a lomo de caballo y de mula, y en el curso del mismo tomó contacto con los pueblos indios del Gran Chaco. Eso marcaría en su vida un clivaje.
Recién a partir de la década de 1880 el Estado argentino pudo ejercer efectivamente su soberanía sobre todo el territorio nacional e imponer sus leyes, sus regulaciones sobre la actividad económica, impartir instrucción pública y transmitir al imaginario colectivo el relato histórico que se había adoptado para el país post Pavón. La consolidación de todo ese proceso no se produjo en el Chaco sino hasta bien entrada la segunda década del siglo XX.
La colonización subsiguiente a la expedición militar de conquista u ocupación definitiva, con la explotación forestal y la actividad agropecuaria, quebró tanto el modo de vida como los medios tradicionales de subsistencia de los indios chaqueños. Y provocó que éstos fuesen incorporados por la fuerza y/o el hambre al nuevo orden económico de la región como mano de obra barata (o a menudo, esclava).
Se cumplía a rajatabla -con las variantes que lo empírico obligaba a adoptar por sobre lo dogmático- con el postulado alberdiano (del primer Alberdi, el de Bases, quiero decir; que no del segundo, el de Peregrinación de Luz del Día, ya evolucionado de mero intelectual a inteligente) de “necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de la libertad, por otras gentes hábiles para ella”, instalando el modelo pretendido de ciudadano argentino: un individuo masculino, blanco y alfabetizado.
Significaba, en la realidad efectiva, el rechazo a la otredad, la exclusión del cuerpo social del país de las etnias que lo habitaban desde antes de la llegada de los europeos.
La constitución sancionada y promulgada en 1853 estipulaba en su artículo 67°: “conservar el trato pacífico con los indios”. Pero claro, no había -no ya sólo en dicha carta; sino en ningún otro cuadernito (Rosas dixit)- prescripción alguna que indicara la manera de compatibilizar esa tan cacareada voluntad de paz y concordia, con la actitud asumida -y evidenciada en lo tangible- de expulsarlos de su hábitat, negarles obstinadamente la condición de ciudadanos y volverlos heterónomos forzándolos a suplantar su cultura ancestral por los usos, costumbres e ideas de aquel individuo masculino, blanco y alfabetizado que se imponía como gálibo (el cual, para colmo, encerraba una contradicción en sí mismo; porque era variopinto en tanto provenía de las hordas pauperizadas y famélicas que las guerras y hambrunas expulsaban de Europa y Asia).
Entretanto, se debatía qué hacer con el problema indígena. Había dos posiciones: la adoptada por quienes propugnaban lisa y llanamente el exterminio de aquellos pueblos; mientras que el otro sector de opinión postulaba que debía integrárselos a la civilización.
Mac Lean tomó campo decididamente por la segunda. Consideraba que era imprescindible propender a la elevación del nivel de vida de los aborígenes, de modo de rescatarlos de la barbarie, y vio en la reducción de indios, la escuela pública, el servicio militar, las vacunas, los hábitos de higiene y las condiciones dignas de trabajo, las herramientas para lograr ese objetivo. 
Consignó inequívocamente: “La civilización no ha hecho nada por el pueblo indígena. Al contrario, lo explota y corrompe convirtiéndolo en elemento peligroso”, poniendo la cuestión sobre el tapete y anticipándose en ello tres años a la famosa controversia suscitada en 1910 entre los etnógrafos Juan Bautista Ambrosetti y Robert Lehmann-Nitsche.
Como cité precedentemente, en aquella prospección a Bolivia, Mac Lean se relacionó con los tobas y matacos (parafraseando a Landriscina, ese “ramillete de indios fuertes de melancólicas razas”) y aprendió sus usos, costumbres, tradiciones y lenguas. Fue para él una epifanía, quizá transportada inadvertidamente en su sangre caledonia de generación en generación, para revelársele cual chamán picto surgido desde el fondo de los siglos. Se vinculó con los indios hermanándose con ellos desde el desprejuicio y la empatía, y se propuso hacer cuanto pudiera en su favor. Y ellos le correspondieron llamándolo Cacique blanco.
Los indios fueron relocalizados en reducciones o misiones con el objeto de reformarlos, es decir, “adaptarlos a la civilización”. Con ese objeto se dispusieron concesiones de tierras fiscales y se destinaron recursos presupuestarios. Pero a pesar de los loables propósitos declamados harto frecuentemente a gran estrépito; la implementación del criterio adoptado se tradujo en un fracaso que no tardó mucho en patentizarse. Las partidas asignadas resultaron insuficientes y las tierras otorgadas a las reducciones distaban mucho de estar entre las mejores, por lo contrario; no eran aptas para desarrollar eficazmente la agricultura.
Por otra parte, en el Chaco de la etapa territoriana, el valor supremo era el dinero. Y fue esa su principal característica distintiva con respecto a las provincias y a la capital del país, porque en aquellas y esta última el linaje, la alcurnia, y en fin, la portación de un apellido de prosapia, eran lo que confería el derecho a la preeminencia social que reclamaban para sí -y de hecho, obtenían- aquellas familias que conformaban la clase dirigente; por más que en muchos casos no tuvieran un centavo. El éxito económico era lo que marcaba en el Chaco el grado de figuración social de quienes llegaban a alcanzarlo. 
Así, pues, en modo alguno era casual que se evidenciasen en la población el desdén por la participación política, el desapego y aún el descuido hacia y de los intereses comunitarios, y el desprecio por las actividades espirituales, intelectuales y culturales.
La ley 1532 llamada de Organización de Territorios Nacionales sancionada en 1884 estipulaba que el gobernador fuese designado por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado, ejerciendo sus funciones por un período de tres años al cabo de los cuales podía ser renombrado. Las facultades y atribuciones que se le otorgaban estaban muy acotadas, debido a lo cual era percibido por los habitantes del territorio, esto es, sus gobernados, como poco más que un simple delegado del ministerio del Interior -y convengamos que en la práctica, efectivamente lo era-; alguien que ni remotamente tenía el poder de decisión imprescindible para resolver las problemáticas que los afectaban ni mucho menos para arbitrar los medios conducentes a la defensa de sus intereses.
Para peor, los gobiernos nacionales a partir de 1916 y hasta la provincialización dispuesta por el presidente Juan Domingo Perón, ayudaron poco y nada para modificar aquel statu quo, cuando no directamente contribuyeron a agravarlo.
Durante las presidencias de Sarmiento, Avellaneda y Roca -en sus dos períodos- (y exceptuando expresamente la calamitosa administración de Juárez Celman, durante la cual el Chaco perdió sus mejores colonias, que se entregaron a la provincia de Santa Fe), los gobernadores designados fueron militares en su totalidad y estuvieron consagrados a la exploración, conquista y ocupación efectiva del territorio; a la fundación, apoyo, protección y consolidación de las colonias, al desarrollo de las comunicaciones (caminos, ferrocarril, telégrafo y teléfono) y a la continua expansión de la “frontera interior”, esto es, la frontera… con los indios.
También durante el llamado orden conservador 1904 - 1916 se designaron gobernadores eficaces y que cumplieron, en general, aceptables administraciones. Y algunas de ellas, incluso muy encomiables. 
Entre éstas últimas, merece destacarse la de Martín Goitía, el primer gobernador civil del territorio, quien en 1905 informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos.
Durante la presidencia de José Figueroa Alcorta se lanzó un ambicioso Plan de Fomento de los Territorios Nacionales. Y en 1912 el presidente Roque Sáenz Peña dispuso, a través de su ministro del Interior, Indalecio Gómez,  la creación de la Dirección General de Territorios Nacionales, al frente de la cual se nombró a Isidoro Ruiz Moreno.
Al año siguiente se celebró en Buenos Aires la Primera Conferencia de Gobernadores de Territorios Nacionales, lo cual significó nada menos que la apertura de un ámbito de deliberación y participación (aunque todavía, no de debate amplio). Cierto es que hubo también una clara diferenciación entre discurso y praxis a posteriori del cónclave, que el temario abordado en el mismo fue decidido unilateralmente por el ministro del Interior (que concurrió con diecisiete funcionarios suyos; mientras que los gobernadores eran solamente diez) y que se soslayó el tratamiento de temas fundamentales como, por ej., la cuestión aborigen, la conformación de legislaturas en los territorios que ya hubiesen alcanzado el número de habitantes prescripto por la ley (como era el caso del Chaco, precisamente) y la creación de un ministerio en el que se concentrase lo atinente a los territorios nacionales; pero con todo, aquella Conferencia fue un acontecimiento muy importante y representó un cambio de paradigma en la relación Estado nacional-gobiernos territorianos.
En 1916 se produciría el advenimiento del radicalismo al gobierno nacional. A partir de allí, todo cambiaría en el Chaco. Y no precisamente para mejor, como veremos, apreciado lector, en la próxima entrega.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 19 de octubre de 2017

CUANDO RIVERA SE OFRECIÓ A RAMÍREZ PARA ASESINAR A ARTIGAS




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sor. D. Franco. Ramirez
Montev.o, Junio 13 de 1820
Hayer recibí su carta del 31 por El Capitán D. Laureano Marques q. sale ahora mismo con la presente.
Hace dos días q. escribí a V. instruyendolo de mi actual situación, y al mismo tiempo, del estado de esta Provincia, indicandole lo interesante q. sería para Esa y esta establecer relaciones de amistad y comercio para cuyo medio lo ponia (sin comprometer a la q. gobierna) en estado de reparar los males q. ha causado la guerra.
Todos los hombres, todos los Patriotas, Deben sacrificarse hasta lográr destruir enteramente a D. Jose Artigas; los males q. ha causado al sistema de Libertad e independencia, son demaciado conocidos p.a nuestra desgracia y parece escusado detenerse en comentarlos, quando nombrando al monstruo parece q. se horripilan. No tiene otro sistema Artigas, q. el de desorden, fiereza y Despotismo; es escusado preguntarle cual es el q. sigue. Son muy, son muy (Nota mía: repetición del escribiente, que puso dos veces “son muy”) marcados sus pasos, y la conducta actual q. tiene con esa patriota Provincia justifica sus miras y su Despecho.
El suceso de Correa me ha sido sensible y puedo asegurarle q. todos han sentido generalm.te que hubiese conseguido Artigas este pequeño triunfo. Yo espero y todos q. V. lo repare, y para q. V. conosca mi interes diré lo q. he podido alcanzar en favor de V. de S.E. el S.or Baron de la Laguna, (Nota mía: a continuación de la coma, hay un tachón sobre una palabra indescifrable. Al parecer, el escribiente iba a continuar la frase, y posiblemente, siguiendo el dictado de Rivera, tachó la palabra que había escrito, y siguió abajo, como si hubiese habido un punto y aparte).
S.E. apenas fue instruido p.r mi de sus Deseos me contestó que habia sido enviado por S.M. (Nota mía: “S.M.” -Su Majestad- era el monarca del reino unido de Portugal, Brasil y Algarve, Juan VI) p.a protegér las legitimas autoridades, haciendo la guerra, a los anarquistas, en tal caso considera a Artigas, y como autoridad legítima de la provincia de Entre Rios á V., por consig.te para llevar a efecto las intenciones de S.M me previene, q. avise a usted q. están prontas sus tropas para auxiliarlo, y apoyarlo como le convenga, y para esto puede usted mandar un oficial de confianza, con credenciales bastantes al Rincon de las Gallinas, donde se hallará el Gener.l Sal (finaliza aquí la primera página de la carta, que consta de dos).

(Continuación, segunda página)
daña, con quien combinará el punto o puntos por donde le conbenga hacer presentar fuerza e igualm.te la clase de movimientos q. deven hacer.
V. persuadase que los deseos de S. E. son q. V. acabe con Artigas y p.a esto contribuira con cuantos auxilios Están en el Poder.
Con respecto a que yo vaya á ayudarle, puedo asegurarle que lo conseguiré, advirtiendolé q. devo alcanzar antes permiso Especial del Cuerpo Representativo d. la Provincia para poder pasar á Otra, mas tengo fundadas esperanzas de que todos los Sres. q. componen este Cuerpo no se opondrán á sus deseos ni los mios cuando ellos sean ultimar al tirano d. nuestra tierra.
No deje V. de continuar dandonós sus noticias, mucho nos interesa la suerte d. Entre Rios; p.a q. V. le asegure una paz solida, todos estos Señores. S. E. el Sor. Barón, y yo trabajaremos.
En todos casos quiera contar con la amistad de su atento So. Sor. y amigo Q. B. S. M. (Nota mía: “So. Sor. y amigo Q.B.S.M.”: "Seguro servidor y amigo que besa su mano").
Fructuoso Rivera
(sic)


Hallándome circunstancialmente en Corrientes, se me dio la oportunidad de tener en mis manos y a la vista el original de esta carta de Fructuoso Rivera a Francisco Pancho Ramírez. Y debo reconocer que en principio, estuve inclinado a pensar que el documento era apócrifo. 
La letra, como pueden apreciar en las imágenes, se corresponde con la de alguien que denotaba cierta instrucción; no era en modo alguno la trabajosa caligrafía de un cuasi iletrado como Rivera, que a duras penas si sabía leer y escribir -y aún eso, con grandes limitaciones-, y no tiene, pese a algunos errores en que incurrió el escribiente; las faltas habituales en Rivera al querer expresarse por escrito (lo cual sé y me consta porque vi, en los archivos uruguayos, algunas cartas de su puño y letra: verdaderos galimatías prácticamente ilegibles y plagados de horrores ortográficos).
Pero al concluir con su lectura, se me disiparon instantáneamente los reparos que tenía, porque fue como si el espíritu del Pardejón surgiera desde la noche de los tiempos, de ese par de amarillentos papeles. En ellos está expresado fielmente Rivera en los ribetes de acomodaticio, taimado, astuto y mendaz que había en su índole. 
Además, cuando posteriormente requerí el dictamen de una amiga experta en grafología: Betina Passon, pude saber con absoluta certeza que la firma era de él.
Seguramente, le dictó la carta a algún secretario suyo letrado (letrado... hasta por ahí nomás, pero que al menos, sabía escribir de corrido, lo cual para Rivera representaba una ímproba tarea) y luego la firmó, despachándola a Ramírez a través del tal Laureano Marques citado en la misma.
De ella puede extraerse una serie de conclusiones, además del “gentil y desinteresado” ofrecimiento que Rivera le hacía al entrerriano de encargarse personalmente de asesinar a Artigas. Pero veamos primero, sintéticamente, cuáles eran los sucesos principales que definían el contexto general de ese momento:
1) La Banda Oriental estaba invadida por las fuerzas luso-brasileras de Juan VI, al mando del general Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna.
2) Los principales jefes artiguistas (Andrés Guacurarí y Artigas, Juan Antonio Lavalleja, Fernando Otorgués, Manuel Francisco Artigas, Bernabé Rivera y Leonardo Olivera) estaban prisioneros en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro (ver mi artículo ¿DÓNDE ESTÁ ANDRESITO?), y los que no fueron apresados o muertos; habían defeccionado.
3) El 22 de enero de 1820, las fuerzas luso-brasileras al mando del conde de Figueira habían sorprendido y derrotado completamente en Tacuarembó a las tropas artiguistas dirigidas por Andrés Latorre y Pantaleón Sotelo. Este último (que era lugarteniente de Andrés Guacurarí y Artigas, y que cuando éste cayó prisionero, lo reemplazó al mando del ejército guaraní) murió en la acción. El desastre de Tacuarembó se tradujo en el virtual cese de la resistencia de los Pueblos Libres a la invasión portuguesa (tolerada por el Directorio e instigada por Rivadavia, Manuel José García y parte del Congreso).
4) El 1 de febrero de 1820, las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe, dirigidas por Francisco Ramírez y Estanislao López respectivamente, batieron en la cañada de Cepeda a las tropas directoriales de José Rondeau (quien en junio de 1819, había sucedido como Director a Pueyrredón), que se rindieron a discreción sin luchar. 
5) Poco después, en marzo y abril Rivera escribió a los gobernadores de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos: Juan Bautista Bustos, Estanislao López y Francisco Ramírez, respectivamente, solicitándoles auxilio en la lucha contra el invasor de la Banda Oriental.
6) Cepeda significó la caída definitiva del Directorio, pero luego de la “batalla” (en realidad, no la hubo; el suceso se limitó a la carga de los federales, a la cual inmediatamente siguió la desbandada de los directoriales), Manuel de Sarratea consiguió arrancarles a López y Ramírez la firma del Tratado del Pilar, celebrado el 23 de febrero, el cual significaba la pública defección del artiguismo de ambos jefes (que en realidad, ya había comenzado a producirse cuando aceptaron integrar a Carlos de Alvear y José Miguel Carrera, notorios enemigos de Artigas éstos).
A partir de allí, Ramírez -que no López, quien no llegaría a tales extremos- combatiría con saña feroz (no hay rencor más enconado que el de un apóstata) a Artigas; a quien conseguiría derrotar en una rápida sucesión de acciones militares, forzando el asilo de éste en el Paraguay del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (ver mis artículos LUCES Y SOMBRAS DE FRANCIA y POLÍTICA Y NEGOCIOS EN 1820).
Fue en aquel statu quo en que Rivera le escribió a Ramírez la carta transcripta (que estaba precedida de otras fechadas 4 de marzo, 4 de abril y 5 de junio), ofreciéndose para asesinar él mismo a Artigas e instigando al entrerriano a unirse a los portugueses. Era una obsesión de Rivera constituir un estado integrado por la Banda Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y las Misiones; de manera que, colocado este entre la Argentina y el Brasil (y gobernado por él, obviamente), le permitiera sacar ventajas ora de la una, ora del otro.
Pero decía precedentemente que pueden derivarse del análisis del documento algunas inferencias y hasta ciertas conclusiones, como por ejemplo:
Fue Ramírez quien buscó el concurso del Pardejón para asesinar a Artigas; ya que Rivera le escribía en respuesta a “su carta del 31” (de mayo). Infiero que quien instó al entrerriano a escribirle al oriental, debió de ser uno de estos dos: Sarratea o López. Y si bien era este último el que conocía personalmente a Rivera, lo cual a priori lo sindicaría como el más probable para indicárselo al otro; particularmente me inclino por la hipótesis de que debe de haber sido Sarratea. Al pato se lo conoce por la cagada, suele decirse, y el pato era Sarratea, ya que era éste el enemigo declarado y mortal de Artigas, y como buen representante del centralismo, partidario por entonces de la segregación de la Banda Oriental y en connivencia con los luso-brasileros. Asimismo, esas referencias al “despotismo”, a la “fiereza”, al “sistema de libertad e independencia”, y al “monstruo”; eran expresiones de uso habitual en Ramírez, quien por esa época se creía poco menos que Aníbal enfrentado a los romanos. Y tiene que haber sido Sarratea -por sí o por interpósita persona- quien se las transmitió a Rivera y éste, de manera sibilina, las debe haber volcado en su carta buscando halagar al Supremo Entrerriano (cuyo lado flaco conocía -¡y cómo no!- de sobra Sarratea).
Por otra parte, días después de Cepeda, el 29 de febrero, Ramírez había escrito a su medio hermano, Ricardo López Jordán, instándolo a entablar "relaciones amistosas con el general Rivera".
En cuanto al “pequeño triunfo” obtenido por Artigas sobre Ramírez, del cual se conduele Rivera en su carta, esperando que éste “lo repare”, alude al enfrentamiento de Arroyo Grande, que se produjo entre las fuerzas artiguistas al mando del Comandante General de las Misiones, Francisco Javier Sití (quien luego se pasaría a Ramírez); y las tropas de este último al mando de Gregorio Correa (ex directorial, devenido luego del Tratado del Pilar en acérrimo partidario del Supremo Entrerriano).
Los restantes párrafos de la carta son más que elocuentes. Nos muestran a un Rivera totalmente entregado a Lecor y abundan en las seguridades que el Pardejón le da a Ramírez con respecto a que el monarca de los macacos lo consideraba la “autoridad legítima” de Entre Ríos, etc. (no hay que olvidar que en el Tratado del Pilar, se había arrogado el título de "gobernador" de Entre Ríos, cuando en realidad, sólo había sido hasta entonces uno más entre los tenientes de Artigas). ¡Cómo debe haberse henchido de orgullo aquel entrerriano soberbio y pagado de sí mismo al que las luces malas del centro -by Sarratea- le hicieron meter la pata, al sentirse "aprobado" por el rey de los portugueses y brasileros!
Y terminaba Rivera la carta ofreciéndose para ir él mismo a asesinar a Artigas. 
¿Era sincero el ofrecimiento? ¿Quería y se proponía, en verdad, el Pardejón ultimar a Artigas? Es una cuestión que aún debaten los historiadores orientales y un secreto que Rivera se llevó a la tumba. 
Particularmente, me hallo inclinado a inferir que no; creo que lo que intentaba era salir del brete en que lo había metido Ramírez al requerirlo para tal cometido (consecuencia que el Pardejón no previó al escribirle él mismo tanto al entrerriano como también a López y Bustos), tratando de zafar con eso del "permiso especial del Cuerpo Representativo de la Provincia" (el cual, por otra parte, nunca pidió, y eso, algo debe significar, ¿no?).
Particularmente, la correspondencia entre Ramírez y Rivera me parece el intercambio entre dos potenciales aliados que se desconfiaban mutuamente (para lo cual tenían, ambos, sobradas razones). Actuaban, sin percibirlo ellos (en especial Ramírez), como simples marionetas que otros más poderosos e inteligentes (Sarratea, Alvear y -en menor medida- Carrera) manejaban a su antojo. 
En fin…

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Abella, Gonzalo. Artigas, el resplandor desconocido. Editorial Betum San, Montevideo, 1999.
Archivo General de Corrientes, Sala 2, Correspondencia Oficial años 1810 a 1921, Tomo 09, folios 053 al 055.
Gómez, Hernán F. Corrientes y la república entrerriana, 1820-1821. Imprenta del Estado, Corrientes, 1929.
Reyes Abadie, Washington; Melonio, Tabaré y Oscar H. Bruschera. Documentos de Historia Nacional: el Ciclo Artiguista, t. II. Editorial Medina, Montevideo, 1951.
Salteraín y Herrera, Eduardo. Rivera: caudillo y confidente. Talleres Gráficos Al Libro Inglés, Montevideo, 1945.

LA CAÍDA






















LA CAÍDA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Un año más…
Tu espejo devuelve, implacable y sobrador
Una imagen que se ha tornado odiosa
Un año más…
Hora de balances, mi viejo, ¡horror!
¿Qué has de hacerle? Si sólo resulta gananciosa
La de siempre, esa antigua y oprobiosa
Comedia del vivir
Un año más…
Tu abdomen, otrora plano; hoy redondeado
Se te voló otra chapa… una menos a cubrir
Tanto pretérito pecado
Miedo de esbozar tu sonrisa canchera
(que Ella definió: “degenerada”)
Y denunciar ese teclado amarillento
Impiadoso cancerbero de notas desgarradas
Un año más…
Harto de tu piel, ya no te gustás
“-¿A qué le sabrá a ella?” –te preguntás
Esa piel que antaño prepotente
Exhaló viriles sudores deportivos
Y de la que ahora, ¡triste presente!
Emanan aromas rancios de vejez y muerte
(tu Aramis ya no ejerce de postigo)
Un año más…
¿Qué empezará a pudrirse primero?
¿El hígado, los pulmones, el cerebro
O será tu corazón el que te haga prisionero?
¿Hasta dónde sostendrás (de verdad, digo)
La compulsión pretenciosa de tu carne
Cuando oponga pétreo muro a tu libido
Tu colgajo en mudo, patético desaire?
Se ha hecho tarde ya… es hora de calzar
Tu traje de Arlequín y buscar
A Colombina, tu partenaire
Para salir al escenario y cumplir tu rol
Ese, sí, el de vivir
Que después de todo (dicen)
Nada es mejor
Aún cuando ciego en sombras
Igual vislumbres tu nadir
Un año más
¿O un año menos?
Todo declina, querido, todo…
Hasta vos

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 6 de octubre de 2017

UN SORETE PSEUDO PERIODISTA "DEPORTIVO"















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El Perú es un país hermano en tanto tiene con el nuestro (además de los vínculos naturales que derivan de nuestra condición de hispanoamericanos) un Padre y una Historia en común.
De modo que si jamás hice ni voy a hacer de una competencia deportiva, sea cual fuere, una cuestión de nacionalidad, y mucho menos con un pueblo profundamente enraizado en mi corazón como lo es el peruano; necesariamente tiene que exasperarme e indignarme que un subnormal, un despreciable borderline como ese tal martín arévalo (así, en minúsculas, como corresponde a su enanismo intelectual y moral), ningunee, denigre e insulte a un integrante de la selección de fútbol de ese país hermano; máxime en oportunidad de tener nosotros los argentinos las insoslayables obligaciones que emanan de nuestra condición de anfitriones circunstanciales (hasta los beduinos en el desierto consideraban sagrada e inviolable la hospitalidad).
Ese abyecto tipejo es tan infame y ruin como casi todos los (mal) llamados "periodistas deportivos" (?) quienes, salvo puntuales y honrosas excepciones; no son sino mierdas parlantes, cagatintas diplomados en vileza, y además; ineptos, brutos, imbéciles, arrastrados y corruptos. 
Hubo una época -feliz y añorada- en la cual no existía, en la noble actividad del periodismo, esa supuesta y declamada especialización en lo "deportivo" (una estafa lisa y llana); simplemente habían grandes periodistas que poseían, evidenciaban -y hacían gala y aún se jactaban de ello- una amplia, extraordinaria cultura, que les posibilitaba escribir o hablar opinando con autoridad y buen criterio sobre cualquier temática o aspecto.
Por ejemplo, un Dante Panzeri, un Osvaldo Ardizzone, un Horacio García Blanco, un Carlos Juvenal, un Guillermo Oscar Tipito o un Diego Bonadeo -por nombrar sólo algunos de una muy extensa lista- eran profesionales que podían escribir tanto una excelente nota sobre fútbol, rugby, automovilismo o lo que fuere; como así también eran perfectamente capaces de hacerles un magistral entrevista a Marechal o a Borges, o de realizar un concienzudo y fundamentado análisis de una obra artística. Y por añadidura tenían, en grado sumo, dos cosas fundamentales: calle, mucha calle, y eran, en lo sustancial, buena gente. 
En cambio, los actuales (pseudo) periodistas y en especial la mayoría de esos que presumen de “deportivos”; son una pura mierda, como ese aborto de ameba apellidado arévalo.
martín arévalo hijo de tres millones de putas sifilíticas: me gustaría tenerte al alcance de la mano sólo dos minutos, con eso me conformo. 
Pero eso sí, después de abollarte la trompa y bajarte el comedor a piñas, me voy a revisar los grilos, porque siempre hay que tener cuidado con los soretes ladrones como vos; no sea cosa que mientras te cago a trompadas, me chorees la treinta y única chirola que me queda en ellos.

-Juan Carlos Serqueiros-