martes, 8 de diciembre de 2015

TRANSMISIONES PRESIDENCIALES TRAUMÁTICAS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 12 de octubre de 1922, el presidente saliente, Hipólito Yrigoyen, aguardó en la casa de gobierno al entrante, Marcelo T. de Alvear (electo tras haber ganado, in absentia, los comicios nacionales del 2 de abril y ser proclamado por los colegios electorales el 12 de junio), quien venía dirigiéndose a la Casa Rosada para la tradicional ceremonia de traspaso de los atributos presidenciales, luego de haber jurado el cargo ante la Asamblea y pronunciado su discurso inaugural en el Congreso.



El mes anterior, Yrigoyen, rompiendo el protocolo, había ido al puerto a recibir en persona a Alvear, que regresaba al país en el buque Massilia, estrechándolo en un abrazo. Una abigarrada y entusiasta multitud saludó al electo y lo aclamó hasta el delirio.


Parecía que la estima y el afecto profundo que mutuamente se profesaban, había primado por sobre las antiguas diferencias habidas entrambos, limándolas definitivamente. 
Resulta difícil imaginar extremos tan opuestos, antípodas tan distantes, como Alvear e Yrigoyen, conviviendo en armonía en un mismo espacio político. Aristócrata, mundano, conciliador, expansivo, generoso, temperamental, enfant terrible, el uno; enigmático, inflexible, desconfiado, tenaz, personalista, intransigente, caudillo, el otro.
Retomando la ilación, decía entonces que parecía que los pretéritos desencuentros entre ellos, habían llegado a su fin. Parecía. Más temprano que tarde se vería que no era así.
Aquel 12 de octubre, un Yrigoyen circunspecto, grave, adusto, al frente de su gabinete en pleno, aguardó en el Salón Blanco a un Alvear exultante, le colocó la banda (correctamente, quiero decir; luego de enmendar el fallido de ponérsela al revés, tal como se ilustra en la caricatura de Caras y Caretas que oficia de portada de este artículo), le entregó el bastón, le estrechó la mano y se retiró inmediatamente. Poco menos que en andas, lo sacaron a la plaza de Mayo, desbordada de radicales enfervorizados que coreaban su nombre. Dificultosamente, consiguieron que accediera a meterse en un automóvil, del cual descendió en la avenida de Mayo para entregarse al delirio de la gente que lo aclamaba. A partir de ese momento, se torna nebuloso determinar exactamente cómo siguió el día de Yrigoyen después del traspaso presidencial, porque algunos cronistas consignaron que "por fin, después de inmensos esfuerzos se consigue que suba" (al automóvil con un neumático de repuesto en el techo que podemos observar en la imagen, se refieren); mientras que otros afirmaron que "tomó un tranvía rumbo a Palermo, dispuesto a pasear" (el que también aparece en la foto, con una publicidad de anís Flor de Siria).


Mientras todo esto ocurría, Alvear dispuso para sí un alto en los actos protocolares (los cuales se hallaban en el punto de los plácemes, felicitaciones y buenos augurios que, con un apretón de manos, era de estilo brindar al flamante mandatario), para poder contemplar a través del ventanal del despacho presidencial, el espectáculo de la plaza con la gente rodeando a Yrigoyen. Y José María Rosa agrega un comentario: "Tal vez en lo íntimo comparará la cola escueta de quienes felicitaban al que entraba con la eclosión desbordante a quien se va". 
Puede que así haya sido, chi lo sa; pero particularmente, no coincido con esa percepción del venerable maestro don Pepe: Alvear no era envidioso, la cola de los que estrechaban su mano de ningún modo era "escueta"; sí estaba, lógicamente, limitada por la capacidad del salón, y entre los que ovacionaban a Yrigoyen, seguramente no se contaban los familiares de las víctimas de la tristemente célebre Semana Trágica.
Volvamos a Alvear: lo sacó de su contemplación desde los ventanales la urgencia apremiante del escribano de gobierno que lo instaba a proseguir con los actos oficiales, tomando juramento a los ministros de su gabinete. 
Y es hora de consignar que la asunción presidencial de Alvear fue la primera en nuestro país en ser transmitida en vivo por aquella Radio Argentina, propiedad del iniciador de la radiodifusión nacional, Enrique Susini, quien había sido elogiado y felicitado por Yrigoyen un par de meses antes.
Existe la creencia, por tradición oral principalmente, de que concluidas ya todas las ceremonias, sobre las 20 hs., el presidente que acababa de asumir el cargo llamó por teléfono a su esposa Regina Pacini, quien lo aguardaba en el palacio Fernández Anchorena (actual sede de la Nunciatura Apostólica), en el 1605 de la avenida Alvear, que había sido cedido para Residencia Presidencial provisoria, avisándole que se proponía "ir a cenar a lo de Hipólito para charlar a solas con él". 
¿Comieron juntos Yrigoyen y Alvear esa noche en la mítica cueva del Peludo situada en Brasil 1039 del barrio de Constitución? Es probable que así ocurriera; por lo pronto, la objeción formulada acerca de la supuesta imposibilidad de ello en razón de que los actos oficiales de asunción presidencial implicaban la asistencia del nuevo mandatario a la tradicional velada de gala en el teatro Colón, no tiene asidero: la misma se realizó, sí, y concurrieron Alvear y su esposa; pero dos días después, en la noche del 14 de octubre, ocasión en que se representó la ópera Aida, de Verdi. 
Sea como fuere, lo real y concreto es que más allá del tradicional acto de transmisión del mando; aquel 12 de octubre volvieron a reunirse en algún momento, tal como en sus Memorias Íntimas lo cita el ministro de Relaciones Exteriores de Alvear, Angel Gallardo. Narra éste que ese día Yrigoyen le pidió de favor a Alvear que lo dejara rubricar una serie de decretos de nombramientos diversos que "no había tenido tiempo" (?) de firmar antes, los cuales se publicarían en el Boletín Oficial con fecha antedatada al 12 de octubre. La natural bonhomía de Alvear lo impulsó a consentir en ello, y -siempre según Gallardo- "con ese pretexto constituyó Yrigoyen un segundo gobierno en la casa de Salaberry, desde donde pretendía seguir manejando el país".
Lo del gobierno paralelo que había instalado Yrigoyen (y que Alvear desmontó con mano firme) es un hecho histórico absolutamente comprobado y significó, si no una fisura insoldable en la relación entre ellos; sí el nacimiento de una marcada desconfianza hacia el primero por parte del segundo, la cual incluso se exacerbó, si tenemos en cuenta los relevos y cambios que introdujo el último en Campo de Mayo a partir del rumor que corría acerca de una conspiración militar yrigoyenista. 
La ruptura del radicalismo en personalistas (yrigoyenistas o peludistas) y antipersonalistas (alvearistas o azules, después llamados "contubernistas" por los yrigoyenistas, por su acercamiento a los conservadores) comenzaba a ser notoria. Y pasaría a evidenciarse como una realidad tangible.


Seis años después, el 12 de octubre de 1928, la escena de transmisión de la presidencia se repitió, y con los mismos actores, pero invertidos sus roles: el presidente entrante era Yrigoyen (que había ganado el 1 de abril las elecciones en todo el país excepto en San Juan -donde se abstuvo-, y que había sido proclamado por los colegios electorales el 12 de junio); y fue Alvear quien tuvo que hacerle entrega de los atributos.
Y una vez más la ceremonia fue traumática: luego de colocarle la banda a Yrigoyen y depositar en sus manos el bastón; Alvear se retiró por la explanada que da a Rivadavia. Allí lo esperaba una nutrida concurrencia de radicales peludistas que se habían convocado (por propia iniciativa o vaya uno a saber instigados por quién) para "saludarlo" con una estruendosa silbatina y "bendecirlo" con el grito de "¡traidor!". Alvear, que no era de los que se arrean con el poncho, se les fue encima como chancho a la batata. Sólo la oportuna intervención de sus ministros que lo acompañaban, evitó que aquella tragicomedia ridícula se tornara drama.
El que no pudo eludir el drama fue nuestro país, porque usted bien sabe, estimado lector, que lo que comienza mal, suele terminar peor: menos de dos años duró el gobierno de Yrigoyen que fue derrocado por la revolución del 6 de setiembre de 1930. Ni él pudo concluir su mandato, ni Alvear (que si bien no aplaudió la destitución de Yrigoyen; sí la entendió como esperable y lógica -"tenía que ser así", dijo- y no se privó de abundar en consideraciones sobre la ineptitud del Peludo y de emitir un lapidario "gobernar no es payar") pudo coronar su anhelo de volver a ser presidente.
Pese al agua que corrió bajo el puente, después de muchos desencuentros traducidos en tantos mandobles como se cruzaron Alvear e Yrigoyen; el primero visitó al segundo tres días antes de su muerte, el 3 de julio de 1933, y a su fallecimiento, presidió los actos populares de su entierro.
No por nada el sagaz e irónico Matías Sánchez Sorondo había pronunciado en 1925 aquella frase ferozmente mordaz: "Los radicales son como los esposos mal avenidos: se pelean todo el día, para acostarse juntos de noche".

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 5 de diciembre de 2015

SEMANARIO EL MOSQUITO, EDICIÓN DEL 20 DE ABRIL DE 1879




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En esta caricatura de El Mosquito (litografía de Henri Stein), con un epígrafe que reza: "¿Dónde está el bastón? Está en el Río Negro. Roca lo fue a buscar", se ilustra, con fino y sagaz humor, la lucha en 1879 de los distintos personajes políticos de primera línea por llegar a empuñar el bastón de presidente de la Nación, sucediendo a Nicolás Avellaneda. 
Entre los que lo buscan aparecen, de izquierda a derecha: Bernardo de Irigoyen; Victorino de la Plaza, que se vale de la ayuda de un perro rastreador; Carlos Tejedor, de gorra; a su lado, en el suelo, Dardo Rocha; más al frente, Bartolomé Mitre; detrás de éste, Domingo Sarmiento (satirizado en uniforme de general, por su obsesión de llegar a ese grado, que después alcanzaría); y Saturnino Laspiur. 
Y detrás de estos dos últimos, se distingue a la República que le señala el camino a Julio A. Roca, en obvia alusión a la Expedición al Río Negro que lo catapultaría a la presidencia de la Nación.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 21 de noviembre de 2015

EL MEDIO PELO VERSIÓN 2015







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Uno admira muchísimo a don Arturo Jauretche y lo relee constantemente. Pero por desgracia, se ve obligado, por fuerza de las circunstancias, a releerlo como fuente, a seguir abrevando en ese manantial inagotable de su infinita sabiduría; y no como debiera hacerlo: como un disfrute, como sucedería si -felizmente- sus perspicaces enunciados hubiesen perdido actualidad.
Reitero: lastimosamente no es así, y Jauretche está tan vigente como lo estaba... ¡hace más de medio siglo!
Tener que leer a Jauretche así, en este contexto oprobioso, es sufrirlo; porque aprendizaje y dolor son sinónimos. Y uno quisiera regalarse el goce de leer a ese maestro con el respeto profundo de los grandes cariños (Miguel Cané dixit) y con la paz anidada en el alma; no de tener que recurrir a él una y otra vez. Y otra, y otra, y otra... Que lo parió.
Es que el medio pelo sigue, deplorablemente, gozando de buena salud. Vastos sectores de las clases medias, que siempre fueron la víctima propiciatoria, el "cliente" predilecto, de la colonización cultural de la que somos objeto, lo son hoy más que nunca antes. Infección esta que ahora parece haberse extendido, por desgracia, a algunos segmentos más bajos de la sociedad argentina, que otrora eran inmunes a esa peste y que constituyeron el subsuelo de la patria sublevado (Scalabrini Ortiz dixit) y el basamento y razón de ser del movimiento que fue a la vez su redención: el peronismo.
Que la oprobiosa tilinguería vernácula no sólo tolere, sino que además; aplauda y celebre a una despatriada en tanto renegada de su país, inmunda y desfachatada, a una escoria bancada por el sionismo, empleaducha a su servicio y obediente a sus negros designios, a una mentirosa, cínica e hipócrita como esa laucha repugnante que lleva por iniciales Pilar Rahola; es el indicativo certero e inconfundible de que el medio pelo argentino se ha expandido hasta niveles inéditos.
Que semejante bazofia ose venir, con el beneplácito de la genuflexa intelligentzia, a este nuestro país -por supuesto, contratada y pagada por el establishment que en mala hora ha conseguido encaramar como candidato presidencial al hijo de Griesa, el cipayo Mauricio Macri- a darnos lecciones tratando de convertir en héroe a un traidor y corrupto como Nisman que estaba al servicio de la CIA y el Mossad, y se atreva a hacer juicios de valor sobre nuestra política interna, es una afrenta que el medio pelo, complacido... ¡festeja alborozado!
Mire usted en este ENLACE, si no.
Don Arturo Jauretche descansaría por fin en paz, si el medio pelo fuera nada más que un vergonzante recuerdo, pero así las cosas; el pobre se debe estar revolviendo en su tumba.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 14 de noviembre de 2015

JORGE NEWBERY A BORDO DE SU ANASAGASTI CON SU PERRO KING, c.1911



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La foto -que según cuenta la tradición familiar de los Newbery, estaría tomada desde la casa de Carlos Delcasse en Belgrano- es probablemente, de 1911, a lo sumo 1912. En ella aparecen Jorge Newbery sentado en su automóvil Anasagasti, y a su lado, su perro King, un bull dog inglés al que adoraba.
El ingeniero Jorge Alejandro Newbery fue un argentino que prestigió a nuestro país en el mundo entero. Patriota y emprendedor incansable, funcionario público eficiente y ejemplar, deportista cabal y destacado en múltiples disciplinas, mecenas y presidente honorario del club Huracán, personalidad principalísima de su época, y hombre de mundo, de ciencia y de progreso. Valiente y arrojado, podría decirse de él que se bebió la vida como suelen hacerlo los héroes que nos dejan temprano: apurándola a grandes tragos. Se lo llamaba "el poeta de la energía", por la voluntad que ponía en todo lo que acometía; para él, una vez adoptada una decisión, no había paz ni descanso hasta planear y ejecutar lo que se había propuesto. 
En 1908 concretó un matrimonio poco feliz con la bellísima Sarah Escalante (separándose los cónyuges en 1912), del cual nació, en 1909, un hijo: Jorge Wenceslao Newbery, que falleció antes de cumplir los diez años al caerse de un caballo. 
Decidido partidario de la gestión estatal para los servicios y de la propiedad estatal de los recursos naturales, escribió y publicó un libro relativo al petróleo de Comodoro Rivadavia, que fue para la época una obra de consulta y referencia. 
Jamás quiso saber nada con la politiquería partidista y electorera; sus desvelos eran para la patria que amaba y no para ninguna divisa. Su obsesión era que no nos ganaran de mano los chilenos en el cruce de los Andes en avión, y en ese cometido murió trágicamente, el 1 de marzo de 1914. Sus exequias fueron imponentes y todo el país lo lloró. 
¡Gloria a Jorge Newbery!

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 12 de noviembre de 2015

EL LOBBY DE LA NECEDAD


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 3 de noviembre de 1902, Zenón Gonsales desde Santa Fe; les enviaba a Atanasio Rodríguez y Vicente Suárez que estaban en La Plata, acerca del objetivo de nacionalizar la Facultad de Derecho que perseguían, esta carta de su puño y letra:

Santa Fé, Noviembre 3 de 1902
Sres. Atanasio Rodriguez y Vicente A Suárez
La Plata

Estimados compañeros:
De acuerdo a lo indicado por Uds. en telegrama del 29 del mes pasado, fuimos en corporación a ver al General Roca con el objeto de pedirle incluyera entre los asuntos a tratarse en las sesiones de prórroga, el referente a la nacionalización de nuestras facultades. Desde el principio se mostró enemigo de la nacionalización, diciendo que él no creía que fuera una necesidad para nuestro país: que había un exceso enorme de abogados sobre las demás profesiones, y que él desearía que la juventud se dedicara a profesiones más prácticas, tales como el comercio, industria, etc.
Le manifestamos que si bien es cierto que existe un exceso de abogados sobre las demás profesiones, no lo era menos que esto constituyera un peligro, como él parecía dar a entender; que había que tener en cuenta que estos últimos tiempos las industrias y los progresos materiales habían recibido un impulso poderoso y que había que equilibrar dichos adelantos con los progresos morales e intelectuales, promoviendo la cultura superior y creando las clases dirigentes por medio de las universidades. Abundamos en otra serie de consideraciones para fundar nuestro pedido y demostrar la justicia del mismo pero fue inútil; insistió el Gral. Roca hasta el último que no era una necesidad la nacionalización de nuestras universidades.
Como se ve, hay que perder toda esperanza de parte del PE para que consigamos nuestros deseos, solo nos queda el recurso de acudir al Congreso; pero para ello sería bueno que Uds. desde esa y nosotros desde acá, veamos al mayor número de diputados y comprometamos su voto a favor de nuestro asunto.
Sin más y aprovechando la oportunidad de ponerme a sus órdenes, se despide su compañero.
Zenón Gonsales
Facultad de Derecho Sta. Fé.
P.D. Voy a permitirme solicitar de Ud un servicio, del que le estaré muy agradecido. Como esta facultad ha adoptado el programa de derecho civil de la facultad de Bs. Aires, le ruego tenga a bien enviarme el correspondiente al primer libro.




Uno no puede menos que asombrarse ante la imprevisión, la impertinencia, la necedad y la carencia de tacto, de sentido de la oportunidad y de sentido de las proporciones en las que incurrió Zenón Gonsales en ocasión de reunirse con Julio A. Roca. 
Mientras que el presidente de la Nación tuvo la deferencia de atenderlo personalmente - porque convengamos en que podría haber derivado la cuestión a un ministro, a un secretario o a un funcionario de segundo orden, y sin embargo; lo recibió en persona- (quizá haya sido un pedido del gobernador de Santa Fe, Rodolfo Freyre, porque desde los tiempos de Simón de Iriondo, esa provincia era un baluarte del autonomismo y lo seguía siendo: el antecesor de Freyre en el cargo, José Bernardo Iturraspe, había estado entre los primeros en adherir en 1898 a la candidatura presidencial del Zorro); él -Gonsales, quiero decir- ni siquiera tomó la más elemental precaución de interiorizarse, antes de la reunión, acerca de cuál era el pensamiento del presidente con respecto al asunto que iba a exponerle, y cuáles podrían ser los argumentos más efectivos a utilizar ante él, conducentes al objetivo que se proponía. Es decir, prepararse para la entrevista. Se nota que Gonsales no sabía ni siquiera servir a su propia conveniencia. 
Además; se mostró como un impertinente y un mal educado, porque nótese que ante la categórica afirmación de Roca en el sentido de que no consideraba el asunto como de interés nacional; Gonsales, en lugar de apelar al "sí, pero (y a continuación, la consideración sobre la que se quiera llamar la atención del interlocutor)", se puso a discutirle. 
Y como lo que empieza mal, termina mal, culminó la sucesión de barrabasadas evidenciando su soberbia, ya que escribía: “pero fue inútil; insistió el Gral. Roca hasta el último que no era una necesidad la nacionalización de nuestras universidades". O sea, quien fue a ver al presidente de la República, le planteó el asunto y se puso a discutirle, había sido él; y después resulta que para Gonsales... ¡el que “insistió hasta el último” fue Roca! En fin, el hombre aquel fue allí la vívida expresión de la fatuidad y el engreimiento
Y la cereza del postre la ponía cuando se manifestaba dispuesto a iniciar un lobby en el Congreso, para lo cual recababa el concurso de los otros, esos a quienes escribía la carta. Pensemos, Gonsales, intentando hacer un lobby contra el Zorro Roca, nada menos… ¿cómo cree usted que le podría haber ido? Si hasta provoca risa hoy, ciento trece años después, el sólo imaginarlo.
Hay que decir que era absolutamente coherente la postura asumida por el presidente Roca ante el despropósito del planteo y la forma de encararlo, y que era impolítico e inoportuno el pedido que se le hacía, sencillamente porque obviaba la consideración de tiempo y circunstancias y más aún; les importaba tres velines las necesidades de la nación en su conjunto. Veamos.
El año anterior, el Congreso (la oposición mitrista e incluso algunos roquistas) había impedido la concreción en ley de la iniciativa de 1899 del ministro de Justicia e Instrucción Pública, Osvaldo Magnasco, con su Proyecto de Ley de Enseñanza General y Universitaria, el cual combinaba elementos del positivismo en boga con otros del utilitarismo, con el objeto de "imprimir a la enseñanza las direcciones prácticas que el problema de la educación y la índole de nuestro país exigen", poniendo a los argentinos "en aptitud de enfrentar la realidad con sentido práctico" y estipulando "desechar del plan todo conocimiento abstracto cuyas virtudes de aplicación no sean una necesidad bien comprobada". El rechazo del proyecto, y un enfrentamiento personal entre el ministro y Bartolomé Mitre, desencadenaron la renuncia de Magnasco.
Por otra parte, el presidente Roca y su ministro Joaquín V. González (que era una especie de comodín dentro del gabinete), venían observando con preocupación el hecho incontrastable de que cada vez mayor cantidad de jóvenes abogados recién recibidos llegaba desde el interior a Buenos Aires para engrosar la creciente burocracia estatal medrando en empleos públicos, como antesala de los cargos a los que se creían de antemano con derecho a aspirar, convirtiéndose así en parásitos que mamaban de la teta del Estado; mientras que en las provincias faltaban ingenieros, técnicos y peritos formados con programas que se ajustaran a las características geoeconómicas de cada una de ellas.
Entonces, ir a pedirle la nacionalización de una facultad de derecho a Roca, que había visto frustrarse una iniciativa que consideraba de fundamental importancia y que además, eso le había costado nada menos que tener que prescindir de un ministro que reputaba como de lujo (y Magnasco lo era, sin dudas), encima esgrimiendo argumentos que desde el vamos debería haber sabido Gonsales como fuertemente objetados por el presidente; era no solamente impolítico e inoportuno, sino que además reflejaba una falta de comprensión de las problemáticas nacionales rayana en el desinterés y la imbecilidad.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 8 de noviembre de 2015

EL DELANTERO CENTRO FUE ASESINADO AL ATARDECER







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Porque habéis usurpado la función de los dioses que en otro tiempo guiaron la conducta de los hombres, sin aportar consuelos sobrenaturales, sino simplemente la terapia del grito más irracional: el delantero centro será asesinado al atardecer. (Manuel Vázquez Montalbán, El delantero centro fue asesinado al atardecer)

El delantero centro fue asesinado al atardecer es la novela número 14 de la Serie Carvalho, y esa ubicación en la saga de ninguna manera es casual; el genial Manolo así lo determinó, y no es muy complicado deducir los porqués: catorce fueron los años que llevaba el Fútbol Club Barcelona sin salir campeón de la Liga Española, cuando en 1973 llegó al equipo Johan Cruyff (el ídolo futbolístico de Vázquez Montalbán, quien por supuesto, era hincha fanático del Barça) para sacarlo de esa prolongada sequía de títulos; 14 era el número que solía llevar el holandés en su camiseta, y catorce fueron los goles que anotó para el Barcelona en la temporada 1976-1977.
Escrita y editada en 1988, en la novela se narra, en el marco de esa época de la historia peninsular (la España de Felipe González y el PSOE), un nuevo caso de Pepe Carvalho, un detective privado nacido en Galicia que vive en Barcelona, en el coqueto y aristocrático barrio de Vallvidrera, en las faldas del Tibidabo. Ex comunista, ex agente de la CIA norteamericana, y gourmet exquisito que se regala manjares preparados cuidadosamente en selectos restaurantes o por él mismo en su casa, en tanto consumado chef, regados con los mejores vinos y licores; Carvalho es contratado en esta oportunidad por la directiva del "club más poderoso de la ciudad, de Cataluña, del universo" (sic), en alusión implícita (que no explícita; pues el autor no lo menciona específicamente en ninguna de las páginas) al Fútbol Club Barcelona. La institución ha fichado a la estrella del balompié europeo, al jugador más cotizado del mundo: el goleador inglés Jack Mortimer, y desde su llegada al club, se han recibido retóricos e inquietantes anónimos en los cuales se afirma que "el delantero centro será asesinado al atardecer"; por eso se le encomienda al detective investigar el asunto, para lo cual tendrá que asumir el rol de psicólogo deportivo, haciéndose pasar por tal.


Paralelamente a todo esto, otro club catalán, el Centellas, que si bien posee una antigua y valiosa cancha ubicada en un barrio de Barcelona que se ha tornado muy apetecible para los grandes consorcios (¿mafias?) dedicados a emprendimientos urbanísticos millonarios, y ostenta un pasado pleno de pretéritas (y cuasi olvidadas) glorias deportivas; está en franca decadencia, por lo cual, en un aparentemente denodado y supremo esfuerzo por evitar la venta de su estadio y sus consiguientes liquidación y desaparición, ha contratado a un centro delantero: Alberto Palacín, quien otrora fuera un renombrado futbolista español y que tras haber sufrido una grave fractura y haber pasado por el fútbol mexicano, se halla, a sus treinta y seis años, en el ocaso de su carrera deportiva.
Vázquez Montalbán ha plasmado una intrincada trama en la que, so pretexto de abordar y tratar -lo cual hace magistralmente, dicho sea de paso- la temática del fútbol, tanto el de élite como el de divisiones menos favorecidas e infinitamente más modestas; se mete en los entresijos mismos de la sociedad de aquella Barcelona preolímpica, para volcar en las páginas de esta novela (que muy apropiadamente abre con un párrafo de Carl Gustav Jung en El hombre y sus símbolos) su particular visión sobre ella. Los personajes, una joven puta y su chulo, Marta y Marçal, ambos drogadictos y delincuentes de poca monta; doña Concha, una ex trotacalles que tras haber sido la querida de unos cuantos, ha escalado, a expensas de los cuartos que les sacó a esos cuantos, hasta convertirse en una respetable matrona (a la que todavía de cuando en cuando le acomete la urgencia del deseo sexual), dueña de una pensión en la calle San Rafael a la cual va a dar con sus huesos Alberto Palacín, aquel crack que en sus tiempos supo hacer enronquecer las gargantas de los aficionados que festejaban sus goles; el aristocrático Basté de Linyola, mandamás del club poderoso, un empresario y ex político acerca del cual Vázquez Montalbán estampa que "había hecho de la presidencia del club una cuestión de penúltima significación social… le convertía en un poder fáctico y amaba el poder como único antídoto contra la autodestrucción"; y el presidente del club modesto y en riesgo de desaparición, Juan Sánchez Zapico, un comerciante en chatarra y pequeño fabricante de peladillas y garrapiñadas que bajo su apariencia de benefactor y mecenas del bastión deportivo de la barriada, está metido hasta el cuello en la mafia de los especuladores de tierras, son maravillosamente descritos, sueltan parrafadas imperdibles y podría merecer, cada uno de ellos, un sesudo tratado de psicología.
En cuanto al protagonista principal, José Pepe Carvalho Larios, el autor nos lo representa más viejo, hastiado, escéptico, egocéntrico y cínico que nunca, a punto tal que en todo el desarrollo de esta novela, sólo tiene sexo una vez con Charo, su ¿novia?, y no lo intenta con ninguna de las mujeres que aparecen en la trama, y más aún -¡inaudito!- ya ni siquiera se masturba en el baño como solía hacerlo antes; limitándose ahora a engullir cantidades industriales de exquisitos manjares y trasegar hectolitros de finísimos vinos. Su familia está compuesta por Rosario Charo Garcia López, una call-girl, una puta de citas por teléfono, que recibe a sus clientes en su pisito del barrio Chino de Barcelona, que ahora en El delantero centro fue asesinado al atardecer, tiene cada vez menos trabajo, las carnes más pesadas, las formas más macizas, el cuerpo más relleno, y que es la ¿novia? de Carvalho, quien la conoce desde 1971, la única mujer hacia la cual experimenta una especie de afecto mezclado con atracción, costumbre, paciencia y compasión, mélange esa que, dada su índole egoísta, es lo más aproximado al amor que él es capaz de sentir; José Biscuter Plegamans Betriu, "un feto rubio y nervioso condenado a la calvicie", con "facciones de hombre que no ha crecido demasiado" y con "cabeza de hijo de fórceps", en las poco amables palabras del propio Vázquez Montalbán (que ha volcado, inadvertidamente o adrede, vaya uno a saber, mucho de sí mismo en el personaje) a quien Carvalho conoció en los 60, en la cárcel a la cual habían ido a dar él por comunista y Biscuter por ratero, y a quien años después, en 1974 o 1975, reencuentra en Barcelona, saca de las calles para que no se convierta nuevamente en víctima propiciatoria para la prepotencia policial y en carne de prisión, y lo hace su devoto y fiel ayudante; Enric Fuster, persona cultísima, solitario empedernido y de profesión gestor, combinación de abogado y contador, que tiene su casa situada también en el exclusivo barrio de Vallvidrera, a pocos metros de la del detective, de quien es amigo, asesor legal y contable -el único contacto que mantiene Carvalho con el ámbito de las leyes comunes y los impuestos, esos de los que reniega y que invariablemente tarda hasta la morosidad en pagar), y compinche de juergas gastronómicas y etílicas que invariablemente culminan en memorables borracheras; y Francisco Bromuro Melgar, un personaje insólito, falangista y fascista enragé, xenófobo, ex soldado de Franco y ex legionario, devenido en lustrabotas y confidente de Carvalho, a quien le suministra preciosos datos referidos al submundo de la marginalidad y el hampa de Barcelona, que vive con la obsesión de que los poderes de turno le echan bromuro (de ahí su apodo) al agua como estupefaciente destinado a adormecer las entendederas y reprimir la sexualidad de la gente.
Precisamente, la muerte del pobre Bromuro, acaecida sobre el final de la compleja trama, es uno de los indicadores que nos ponen de manifiesto a las claras que El delantero centro fue asesinado al atardecer no es simplemente una novela más de entre las de la Serie Carvalho; sino que el autor la considera uno de los hitos fundamentales de la saga.
En resumen, una viñeta crudelísima (quizá demasiado), una novela extraordinaria que, pese a las casi tres décadas transcurridas desde su concepción y publicación; conserva una sorprendente actualidad, con un desenlace (no se preocupe, que no voy a contárselo) inesperado y... descorazonador, desesperanzador, dirán algunos, tal vez. El genio del bueno de Manolo Vázquez Montalbán (al que sólo puedo encontrarle un par de defectos: haber sido comunista y no haber nacido argentino -que largamente merecía serlo-), raya aquí a gran altura, palabra de honor.


Mire, no se lo pierda, es un buen libro, ¿sabe? Y por si usted -Dios no lo permita- pertenece al club de los miserables que se resisten a gastar unos pocos pesos en una de esas obras que hay que leer sí o sí; siempre le queda el recurso de delinquir en complicidad conmigo, pidiéndome que se lo mande por e-mail en formato electrónico.
Como sea, empéñese en ser bueno consigo mismo: regálese el placer de disfrutarla. Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 1 de noviembre de 2015

MIS ÚNICOS HÉROES EN ESTE LÍO






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Hay hermosas, loables y dignas de imitar actitudes individuales que no van a cambiar el mundo; pero que seguramente sí van a cambiar el mundo de aquellas personas que se beneficien con ser los destinatarios de ellas. 
El niño al que el centro de los All Blacks, Sonny Bill Williams, le regaló su medalla de oro; y el joven rugbier con síndrome de Down con quien el head coach de los Pumas, Daniel Hourcade, se sacó una foto, jamás en sus vidas olvidarán esas muestras de amor en forma de distinciones que recibieron de parte de quienes son sus héroes deportivos.




Mientras haya rugby, habrá esperanza. ¡Salud, Campeones de la Vida!

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 31 de octubre de 2015

HUMOR, DULCE HUMOR







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La tapa de la edición del 24 de abril de 1909 de la revista Caras y Caretas, traía esta ilustración de Cao. Bajo el sugestivo título "Adelante los que quedan" (la famosa frase que Leandro Alem insertara en la carta que dejó al suicidarse el 1 de julio de 1896), aparecen representados en ella Julio A. Roca y José Evaristo Uriburu, ambos ex presidentes y además; consuegros, pues una de las hijas del primero, Agustina Eloísa la Gringa Roca, estaba casada con un hijo de Uriburu que llevaba los mismos nombres que su padre.
Roca le dice a Uriburu: "-Cinco presidentes han caído bajo esta presidencia; y aún falta un año y cinco meses...", y éste asiente espantado y responde: "-¡Dios nos ayude!".
La significación del conjunto caricatura y texto es obvia: remiten a la condición de "jettatore" que se le endilgaba al por entonces presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, desde cuya asunción, cinco ex primeros mandatarios habían fallecido: Bartolomé Mitre el 19 de enero de 1906, Carlos Pellegrini el 17 de julio de 1906, Manuel Quintana el 12 de marzo de 1906 (precisamente, Figueroa Alcorta era su vicepresidente y juró formalmente el cargo el mismo día de la muerte de Quintana; pero ya venía ejerciendo la primera magistratura desde que éste enfermó y tuvo que delegar en él la presidencia de la República el 17 de enero), Luis Sáenz Peña el 4 de diciembre de 1907 y Miguel Juárez Celman el 14 de abril de 1909 (nótese que sólo diez días antes de la fecha de esta edición de Caras y Caretas).
Pero el genio de Cao en esta tapa, no se agota en la referencia a la mala suerte que el imaginario popular le atribuía al cordobés acarrearles a los demás, sino que también le “cae” a Roca en la forma de un finísimo humor ejercido a expensas del Zorro, utilizando para ello una graciosa ironía que se mantiene en sus límites sin ultrapasarlos para caer en la hiriente befa sarcástica, con la alusión implícita a una muerte que no es la física, el final de la existencia; sino una en sentido figurado: la pública, el ostracismo definitivo como figura rectora de la política argentina; porque ocurría que fue precisamente Figueroa Alcorta (declarado adversario de Roca), quien en una magistral jugada de ajedrez político, un año antes había dado por tierra con todo el andamiaje electoralista del roquismo, triunfando ampliamente el oficialismo en las elecciones del 8 de marzo de 1908 (ver en este Enlace mi artículo "A veces, la taba se da vuelta ¿no, Zorro?").
Y la cereza del postre, Cao nos la regala en forma de un alarde de sutileza; porque la elección de la frase de Alem para el título, en modo alguno es casual, sino causal: Figueroa Alcorta trató de acercarse a los radicales, de manera de no tener muchos frentes de guerra abiertos y poder concentrarse en la pelea contra el roquismo, y si bien no logró atraérselos, por impedirlo la intransigencia de Hipólito Yrigoyen; sí consiguió que por lo menos no lo inquietaran demasiado con revoluciones como la que le habían hecho a Quintana.
En fin, José María Cao Luaces, un maestro del humor político, para una revista que dejó su impronta: Caras y Caretas.
Ah, y el bueno de Figueroa Alcorta no debe haber sido tan “jettatore” como lo pintaban, porque en definitiva, tanto Roca como Uriburu se “salvaron” de contarse entre los ex presidentes fenecidos durante su período: el Zorro murió el 19 de octubre de 1914, y el Búho, tan sólo cuatro días después, el 23.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 30 de octubre de 2015

CÁTULO CASTILLO, EL POETA QUE AMABA LOS PERROS


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Producido el 16 de setiembre de 1955 el golpe de estado que derrocó al presidente Juan Domingo Perón, uno de los hombres en quienes se cebó la venganza del gorilismo fue el poeta Cátulo Castillo, profundamente identificado y consustanciado con el gobierno depuesto y con su líder, a punto tal que era nada menos que el presidente de la Comisión Nacional de Cultura, cargo para el que había sido designado por el mismísimo Perón, quien lo hizo así luego de escucharlo en una conferencia que pronunció referida a la historia del teatro argentino.
Ferozmente perseguido por los miserables del régimen instaurado por las armas, que no le perdonaban su condición de peronista y el haber llevado el tango, con el fueye del Gordo Troilo, al Colón; tuvo que malvender todo y mudarse a una casa a orillas del río Matanza. Allí vivió, junto a su esposa Amanda Peluffo, dedicado a la pintura, a los versos, a la grafología, a la astrología (intervenida SADAIC y prohibidas sus obras; llegó a tener que vivir de confeccionar cartas natales) y... a desparramar amor por los perros de la calle, a los que recogía y albergaba en su casa. Llegó a tener 95 perros, 19 gatos y 2 corderitos, a los que puso por nombres Juan y Domingo, y como no tenía plata para la atención médica de tantos bichos, se vio obligado a estudiar veterinaria, al menos, hasta un punto que le posibilitara bastarse para atenderlos él mismo.
Debido a su inmensa bondad, su amigo, el genial Hombre Gris de Buenos Aires, Julián Centeya, lo "bautizó" con el apodo de "San Cátulo", y así quedó, siendo desde entonces y para siempre, "San Cátulo, el santo de los perros".

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 23 de octubre de 2015

CHAU MOHICANO







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cuando Uncás siga mis huellas, ya no quedará quien lleve nuestra sangre, porque mi hijo será el último de los mohicanos. (James Fenimore Cooper, “El último mohicano”)

Hacía rato que había resuelto no continuar con mis interpretaciones de la lírica solariana (son tantos los cocineros que joden la sopa, viste); pero como Google, a raíz de las denuncias de unos mamarrachescos personajes, obsecuentes, arrastrados, genuflexos y alcahuetes vinculados al gobierno de turno que les da chapa en “calidad” de funcionarios, había aplicado a Esa Vieja Cultura Frita sanciones consistentes en quitar del buscador la visualización de los enlaces a mis artículos y publicaciones, y en la aparición, cada vez que alguien quería visitar la página, de un cartelito anaranjado "alertando" sobre su supuesto "contenido ofensivo" (?) (sanciones esas las cuales, felizmente, luego de comprendida por parte de Google la injusticia que conllevaban, fueron levantadas), resolví, para sacarme la mufa y mitigar el amargor que me dejó lo sucedido; festejar el regreso al normal funcionamiento de mi website, metiéndome con una poesía que se las trae: la de Chau Mohicano.
Tomalo, entonces, como una catarsis a la cual yo también tengo legítimo derecho, qué joder. Veremos cuánto tiempo me insume la catarsis y por ende, cuánto me dura la decisión de retomar eso de las interpretaciones; porque es archisabido que… esta es la primera y la última noche.
Así, pues, estoy intentando que los versos de Chau Mohicano me traspasen, mientras desde el equipo de música me llegan la voz de Beth Hart y la viola de Joe Bonamassa sumiéndome en el placer de oír, virtuosa y magistralmente interpretada, I'll take care of you.
Qué cosa rara… a la hora de querer comprender una letra del Indio en su etapa redonda, se me hacía más fácil la cuestión si al tiempo que la leía; la escuchaba en el disco hecha canción, de manera de sentirla simultáneamente en el cerebro y el corazón. Oír y leer, pensar y sentir; ésa era la clave.
Pero desde la disolución de la banda, con la poesía de Monsieur Sandoz me ocurre que, si quiero comprenderla, entender lo que quiso transmitir; no hallo otro modo de hacerlo que no sea a través de la empatía que (a veces; no siempre corona el éxito el procurarlo) pueda establecer con Solari. Y para ello, se hace imperativo que me abstraiga de cualquier otra cosa (incluso de escuchar la melodía que le haya puesto el mismísimo Indio) que no sea leerla y dejarme envolver en la musicalidad de las palabras hiladas en frases; tratando paralelamente de ubicarme en la situación que (para mí) describe.
¿Por qué me ocurre eso? ¿Cambió el Indio? ¿Cambié yo? ¿Cambiamos los dos (lo cual a priori, me parece lo más probable)? Chi lo sa… tendría que preguntarle a Gabriela y que ella me lo explique desde la psicología, pero la jabru está ocupada escribiendo un sesudo artículo referido a su profesión; así que mi interrogante no llega a plantearse y tendrá nomás que esperar mejor oportunidad… quelevachache.
Consecuentemente, y como las cosas, si se encaran, han de hacerse seria y responsablemente; mejor levanto el culo de la silla, apago el equipo y me aboco a lo que me proponía:

Chau Mohicano
(Solari)

Un par de horas en un bar para olvidar
después el día no podrá con mi sopor.
Dejo a mis ojos ver allí y nada atrapa mi atención.
Se me hizo piedra el corazón, (respiro igual)
Mi furia antigua se licuó y me silenció.
Media sonrisa y poco más… ningún secreto que cuidar.
La cacería terminó, presas no hay.
Hay pajaritos…
¡Bravos muchachitos!
¡Me convencí de que es mejor y me hizo bien!
¡Estoy curado! ¡Ya sané! (me oigo chillar)
y tengo sueños de ratón
y de terraza de Hospital.
Qué deliciosa sensación… sofocación.
Sin desafíos a cumplir… ya sin temor
dejé mi hocico más feroz
sin mi aliento más bestial.
Y con más tiempo que perder, calmé mi sed.

Chau Mohicano, track N° 6 de Pajaritos, bravos muchachitos, es una viñeta nítidamente autorreferencial del Fisgón Ciego; la evocación de una circunstancia puntual: el momento en que decidió decirle adiós a ciertas sustancias non sanctas.
De movida, esta canción es -en el ranking legitimado por Solari, al menos- si no la más; sí con seguridad una de las más importantes de su último disco, pues (“pequeño” detalle) en ella está contenida la frase que le da nombre al mismo. Casi nada, ¿no?
Una regla‘e fierro a la hora de interpretar una letra de Solarium (como lo llamaba Marcelo Furtivo, mi amigo y coequiper en eso de andar por la ruta redonda), es elucidar la significación -enorme, siempre- del título. “Mohicano”, se autoaplica el Indio, ¿y por qué? Sencillamente porque como hombre ilustrado que es y tal como hizo en otras oportunidades, apela a alguna obra literaria de trascendencia mundial, en este caso, la célebre novela de James Fenimore Cooper que seguramente como tantos de nosotros, leyó durante su adolescencia o su juventud, ya sea en aquella muchas veces por él mentada biblioteca familiar, o bien en esos comics de los cuales era (o sigue siendo, no sé) feroz e implacable caníbal: The Last of the Mohicans, El último mohicano (o, si alguno prefiere la traducción menos apropiada, pero eso sí; literal: El último de los mohicanos). “Viejo lobo de mar” y “Último mohicano” eran muletillas que con harta frecuencia usábamos en los años 70 y 80 para designar, con cierta admiración, a alguien (que por lo general era de la barra o del círculo en el que nos movíamos) a quien reputábamos como el guerrero, el líder arquetípico, el referente, el mejor en alguno de esos tan importantes métiers como por ejemplo: minas, escabio, música o deportes.
Así lo tenemos, entonces, al amigo sumido no en la reminiscencia, porque el recuerdo de la situación no es en modo alguno vago ni impreciso; sino en el detallado revival de aquella coyuntura.
Todo resurge, nítido, de su memoria: “un par de horas en un bar (no tiene relevancia cuál era el bar, qué nombre tenía; por eso es simplemente un bar) para olvidar”; donde olvidar está utilizado metafóricamente para referirse al tiempo que demorará en irse el estado en que lo colocó el consumo de la droga con la que se haya fajado. Y trascartón, lo implícito se torna explícito con eso de “después el día no podrá con mi sopor”, como clarísima descripción de estar falopeado hasta los bujes. Es decir; cuando lo agarre la salida del sol, ni siquiera la claridad diurna y el diario fárrago citadino lograrán que se le vaya ese sopor. Indicativo a priori, por otra parte, de que pueda haberse dado con un opiáceo (posiblemente heroína) y no con cocaína, porque esta última no causa somnolencia, sino al contrario; provoca un estado de euforia y vigilia pertinaz, que viene acompañado de un efecto de contractura (estar duro). A menos que haya aspirado papusa y después contrarrestado la vigilia con un psicofármaco (clonazepan, por ejemplo), y de allí el sopor que ahora experimenta; ese sopor con el que “el día no podrá”.
Y posiblemente haya sido nomás esto último, porque a continuación hay dos frases que ilustran un estado producido por el consumo de cocaína: “Dejo a mis ojos ver allí y nada atrapa mi atención”. Es decir que por la acción del estupefaciente, sus ojos están abiertos, pero miran sin distinguir. O sea, una expresión en el mismo sentido de aquella de Ji ji ji, “ojos ciegos bien abiertos”, ¿te acordás? Bueno, esta de ahora va también en esa dirección. Y la otra, “se me hizo piedra el corazón, (respiro igual)”, es aún más elocuente, si cabe; pues sabido es que el consumo de cocaína provoca taquicardia, palpitaciones y trastornos en la respiración. Está tan duro, que siente que hasta el corazón se le hizo piedra, pero a pesar de las dificultades que experimenta para respirar; puede hacerlo igual.
Y se viene por fin la toma de consciencia, es llegado el momento de mandar a cagar definitivamente la droga. “Mi furia antigua se licuó y me silenció”, dice. Pero ¿cuál furia y contra qué o quién está dirigida? Contra nada ni nadie en especial, porque no se trata de furia enfilada hacia el ataque a algo, a alguien o a sí mismo; sino furia empleada en el sentido de empeño en la consecución de estupefacientes y de compulsión a consumirlos, una búsqueda furiosa, digamos. Empezó como una experiencia a curtir, tanto como para ver qué onda da, pero se ha tornado en algo que, de persistir en ello; amenaza con convertirse en una adicción. Y que además, hizo que se pegue un soberano cagazo: esa taquicardia, esas palpitaciones, esas dificultades para respirar… Y para colmo, es algo que obligatoriamente ha de mantener oculto, por supuesto. No, ya es demasiado… el capricorniano Solari, con “media sonrisa y poco más”, se despide de la frula; de ahora en más, no habrá “ningún secreto que cuidar”. El último mohicano hace mutis por el foro.
Se acabaron las visitas al dealer (“la cacería terminó”), donde el término cacería está aplicado en su acepción lunfarda, esto es, ir en busca de droga; y “presas no hay”, es decir, no habrán más papeles, bolsitas ni tizas.
Dicho sea de paso, ¿te fijaste en la cantidad de “análisis” de las letras del Indio (y ésta en particular no es la excepción) que andan dando vueltas? Como si la poesía –sea la de Solari o la de Magoya- fuera pasible de analizarse… La poesía impacta en los sentidos o no, traspasa el alma o no, conmueve o no, está bien escrita o no; pero ¿analizarse? Ni en pedo. Además ¿quiénes van a analizarla? ¿Los “críticos de arte”, esos ñatos escribas que en general no son más que artistas frustrados? Por favor… En medio del rencor incurable que sienten debido a su propia carencia de arenilla dorada y condenados a quemarse en los fuegos de la mediocridad eterna con el sinsabor de su fracaso, sólo saben descargar los resabios de esa inquina en forma de crítica, o –en el caso de ser “favorables”- vender su complacencia y su aplauso por unos morlacos. Y si tratan de interpretarla o “descifrarla” (como si la poesía fuera arcana, cifrada o críptica), no atinan a hacerlo porque no tienen ni la más p…álida idea de qué significado otorgarle a términos como (por ejemplo) cacería. ¡Qué mierda van a interpretar así! Mirá, por enésima vez: hay pocos que merecen el crédito de que los leas, que manyan de verdad y te van a batir la justa. Ellos son: Claudio Kleiman, Alfredo Rosso y Tom Lupo. Si hay otros, no he tenido el gusto de conocerlos.
En fin… antes de calentarme más; mejor retomo la ilación: decía que no hubo para Solari más cacería ni presas. ¿Y qué hubo entonces? Pues… "pajaritos… ¡bravos muchachitos!", entre los cuales, como en cualquier otro ámbito, habrá de todo: los que lucharán contra las perversiones de un orden sistémico y también los que nunca saldrán del estado de boluditos de la luna o de tipas porno-nazi look, e incluso habrán esos pavotes en cuyas manos todo el sueño quedó...
Seguidamente el Indio, desde el presente, mira en retrospectiva aquel momento y saluda -quizá con un dejo entre irónico, burlón y resignado- (o al menos, a mí me suena a que es así) aquella decisión (“¡Me convencí de que es mejor y me hizo bien!”).
Sin embargo, no presume de que la cosa haya sido fácil, pues a pesar de una primera afirmación que pareciera dictada desde un tremendo ego: “¡Estoy curado! ¡Ya sané! (me oigo chillar)”, refiriéndose a que una vez que tomó la decisión; se mantendrá su voluntad de que así sea; no deja por eso de rememorar también el mono, el síndrome de abstinencia que hubo de superar: “y tengo sueños de ratón y de terraza de Hospital”, aludiendo a que en ocasiones –es onírico, lo remarco por si alguno no se fijó en “sueños”- se sintió como un cobayo, y que otras veces hasta soñó que se amasijaba tirándose desde la terraza de un hospital. Y una particularidad solariana que extrañamente, ha pasado desapercibida: Hospital, pone, evitando con el uso de la mayúscula inicial, precisar con cuál de ellos soñó. O quizá, hasta en sueños y en algo tan íntimo como el momento de decirle chau a la frula, se sitúe en esa Nueva York que tanto le gusta, y entonces en lugar de hospital Carrillo u hospital Penna, como decimos y escribimos los argentinos; puso Hospital pensando en… qué sé yo… el Memorial o el Presbyterian, por ejemplo, escrito en gringo, con las iniciales en mayúscula. Vaya uno a saber…
Disfruta, entonces, de su victoria: “Qué deliciosa sensación… sofocación”, escribe, complacido de sí mismo por ahogar, dominar y en fin; sofocar, la tentación de darse algún que otro nariguetazo, que seguramente le habrá acometido de vez en cuando. Llegó al fin el momento en que no hubo ya más metas que alcanzar en cuanto a días sin fajarse (“sin desafíos a cumplir”) ni miedo a reincidir en el consumo que lo atenacee (“ya sin temor”), y puede jactarse así de aquel triunfo que logró sobre la droga (“dejé mi hocico más feroz sin mi aliento más bestial”).
Por eso afirma -en otra muestra, una más, por si hiciera falta, de su genialidad para escribir poesía-: “Y con más tiempo que perder, calmé mi sed”, refiriéndose, bajo la "excusa" de describir esa reacción orgánica de sed acuciante que subsigue al consumo intenso de cocaína; a la sed de probarlo y explorarlo todo, todo… todo. Lejos ya de esas noches que de creativas; habían degenerado en no hay más bohemia, todo es chusmear ¿te acordás? Y sobre todo… ya sin mandanga.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado; eso es to-to-todo, amigos! Chau, Mohicano!

ENLACE a Chau Mohicano en YouTube

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 19 de octubre de 2015

SE HIZO JUSTICIA







































Finalmente, Google, comprendiendo las razones que nos asistían, quitó las restricciones que había impuesto a este website Esa Vieja Cultura Frita, consistentes en suprimir en su buscador los enlaces a nuestros artículos y publicaciones, y poner un cartelito naranja "alertando" a quienes visitaban la página sobre su supuesto "contenido ofensivo" (?), que fueran aplicadas a raíz de las denuncias que habían hecho unos mamarrachos impresentables con la chapa que les da ser funcionarios (y alcahuetes) del gobierno. 
Por lo tanto, cuando quieran acceder a Esa Vieja Cultura Frita, ya no les aparecerá la advertencia de "contenido ofensivo", y al utilizar el buscador de Google, en él aparecerán todos nuestros trabajos.  
Este website nació por y para ustedes, y esperamos seguir contándolos entre quienes lo visitan y favorecen a diario con su preferencia.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 16 de octubre de 2015

PARA RICOTEROS, REDONDOS Y LOS QUE SE QUIERAN SUMAR



















En este sitio que lleva 4 años y monedas, se ha dejado mucha cultura de la vieja, de la frita y de la que el Indio en sus letras deja impresa. Horas de sentarse frente al teclado, hoy son sancionadas por un tema que va más allá de estas canciones que suelen hablar de la libertad de las personas, de una forma de mirar la vida que nada tiene que ver con el "apriete" ni con dejarse condicionar: la historia argentina. Quien quiera comprobar lo que digo, puede borrar cookies y caché del su ordenador e intentar el acceso. Allí verán que este blog ha sido sancionado "gracias" a denuncias que tienen que ver con lo político, puesto que escribir acerca del pasado de un país, puede enfrentar a las personas que no coinciden con la versión de quien no intenta manipular la historia a favor de algún candidato, sino solo contarla según su interpretación, conocimientos e investigación. El "CONTENIDO OFENSIVO" tal como advierte Google antes de entrar aquí, ofendió a algunos que no están de acuerdo con esta forma de enfocar los hechos históricos y este es el motivo por el cual el blog tenderá a desaparecer de los contadores y de las búsquedas. Cuando ustedes busquen el título de alguna de estas notas, Google los llevará de paseo por la web, pero jamás los volverá a traer a este sitio salvo que atraviesen ese cartel que se les colocará a la entrada como CUIDADO, LOBO SUELTO. ¡Vaya!
Será una resolución a tomar el hecho de abrir otro blog para migrar el contenido de este, ya que si bien en un principio pensé en dejarlo todo acá, no creo que valga la pena permitir que en la puerta, me pongan un cartel de mierda para asustar a tantos que seguirán escuchando música e interesándose por ampliar su oído hasta entrar en el fondo de lo que el Indio ha transmitido. Ya ven lo peligroso que es pensar por uno mismo, no es cierto? Este es un lamentable ejemplo y tiene un costo, ese del que tantas veces habló el Indio.

-Gabriela Borraccetti de Serqueiros-

domingo, 27 de septiembre de 2015

LAS VOCES DE HUAYRA Y LOS CANTORES DEL ALBA: FUNDADORES Y PADRINO ARTÍSTICO EN COMÚN





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Llevó por nombre Las Voces de Huayra un conjunto folclórico creado en Salta en 1956, conformado por Luis Alberto Valdez (voz y bombo), Jorge Cafrune, Tomás Campos y Gilberto Vaca (los tres en voz y guitarra) por iniciativa de los dos primeros (e incluso el nombre fue idea de una tía de Cafrune: Amelia Murillo de Cafrune). A poco, incorporaron a un quinto integrante (que era el único de ellos con estudios académicos de música): José Sauad, y así el cuarteto original se transformó en quinteto. El grupo tuvo tanta aceptación, que logró celebrar un convenio con el sello Columbia para grabar veinte temas, y además; Ariel Ramírez lo contrató para agregarlo a su famosa Compañía de Arte Folclórico en una gira por distintas provincias:



Valdez y Cafrune ya habían sido convocados para la conscripción, pero una vez incorporados, no tuvieron mayores inconvenientes a la hora de conseguir permisos especiales en el ejército para grabar (principalmente Valdez, al que incluso le permitían salir de gira con el grupo; mientras que con Cafrune fueron un poco menos permisivos y sólo lo dejaron viajar para las grabaciones y no para actuaciones). Y dado que Gilberto Vaca, que hacía la voz más baja, se alejó del conjunto; ingresó Luis Adolfo Rodríguez en su lugar. Esta foto de 1957 tiene la particularidad de que podemos apreciar en ella a un joven (contaba por entonces 20 años) Turco Cafrune sin su característica barba, ya próximo a cumplir con el servicio militar obligatorio:


El disco que grabaron para el sello Columbia, un larga duración en vinilo que incluyó doce temas de los veinte documentadamente comprometidos, salió con el título Las Voces de Huayra y se masterizó con esta formación: Luis Alberto Valdez, Jorge Cafrune, Tomás Campos (en la contratapa del disco, por error, se consignó "Alberto" como su segundo nombre; en lugar del verdadero: Estanislao), José Eduardo Sauad y Luis Adolfo Rodríguez:



Y en la segunda edición del mismo disco, Columbia incurrió en la gaffe de mencionar a Sauad y Rodríguez entre "sus primeros integrantes"; pero ya vimos, querido lector que la cosa no fue así:


Una vez que hubo cumplido con el servicio militar, Cafrune se dejó crecer la barba (que usaría hasta su muerte) y albergó el propósito de reintegrarse a Las Voces de Huayra, sobre todo, para participar de la grabación de los temas que por contrato habían quedado pendientes. Pero aconteció que Sauad y Valdez, que tenían trabajos estables y bien remunerados en la banca y el comercio respectivamente, manifestaron que no estaban dispuestos a arriesgar sus empleos en aras de la actividad artístico musical y en consecuencia, no viajarían. Esa circunstancia y las diferencias que mantenía con Rodríguez, motivaron que Cafrune resolviera abandonar el conjunto y que Campos hiciera lo propio. Y entonces el grupo Las Voces de Huayra, del que sólo quedaba Rodríguez, de hecho se disolvió.
Paralelamente a todo eso, Ariel Ramírez volvió a convocar a Cafrune y Campos, pero como éstos ya no tenían conjunto, se abocaron a la tarea de componer otro, para lo cual llamaron a Gilberto Vaca (que como vimos, había integrado por poco tiempo la primera formación de Las Voces de Huayra) y a Javier Pantaleón. Así, en 1958, en la casa (hoy museo) del mítico Guillermo Pajarito Velarde, padrino artístico y mecenas del grupo, nacieron Los Cantores del Alba. El nombre emanaba de una copla popular que circulaba por entonces en Salta: “Las aves cantan al alba, / yo canto al atardecer. / Ellas cantan porque saben, / yo canto para aprender”, y fue sugerido por una turista norteamericana que se hallaba circunstancialmente allí.
El paso de Cafrune por el conjunto Los Cantores del Alba fue breve, brevísimo; se limitó a una gira por las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, integrando la Compañía de Arte Folclórico de Ariel Ramírez:


Por diferencias con Gilberto Vaca (y sin que eso pusiera fin a la relación amistosa que había entre ellos), Cafrune se alejó del grupo y en su reemplazo ingresó Alberto González Lobo:


Con esa formación entonces (Javier Pantaleón, Tomás Campos, Gilberto Vaca y Alberto González Lobo), los Cantores del Alba grabarían en 1959 su primer disco para el sello Music-Hall:


A todo esto, Luis Adolfo Rodríguez, único “sobreviviente” de Las Voces de Huayra, intentaba rearmar el conjunto, también con el padrinazgo de Pajarito Velarde; lo cual consiguió: el grupo, luego de un fugaz paso por el mismo de José Miguel Berríos (que después integraría Los de Salta), Baby Acosta y Cacho Isella; quedó conformado por el propio Rodríguez, Juan Frank, Roberto Juri y Desiderio Arce Cano (que usaba el pseudónimo artístico Antonio Arce). En lugar de Las Voces de Huayra; le pusieron por nombre Las Voces del Huayra, y aprovechando aquella vinculación con Columbia precedentemente mencionada, grabaron para dicho sello con esa formación, dos discos; uno en 1958 y otro en 1959, titulados Entre valles y quebradas y Vienen llegando respectivamente:




En el arte de tapa del primero, los ejecutivos de la compañía no citaron los nombres y apellidos de los integrantes, de modo de aprovechar el éxito que habían cosechado Las Voces de Huayra, procurando instalar en el imaginario colectivo que ese nuevo conjunto Las Voces del Huayra; era el mismo que había grabado en 1957 aquel disco que tan buen suceso causó entre el público. La artimaña marketinera fue tan eficaz en la confusión que provocó, que aún hoy, cuarenta y siete años después; la misma se mantiene. Por supuesto, voces tan particulares como la del recordado Turco Cafune y la de Tutú Campos, son imposibles de suplantar y basta con que usted, estimado lector, se tome el trabajo de entrar a YouTube y escuchar algún tema interpretado por uno y otro grupo, para percibir la diferencia. Mire, le ahorro la molestia y pongo a continuación un ENLACE a “Villa de Villares” interpretado por Las Voces de Huayra, y otro ENLACE a “Vamos mulita” en la versión de Las Voces del Huayra:
Pero sin perjuicio de lo antedicho, debe reconocerse que Las Voces del Huayra, especialmente en los casos de Juan Frank y el boliviano Desiderio Arce Cano, también tenía lo suyo y fue un excelente conjunto folclórico, ¿no le parece?
La cuestión no terminó ahí. Recordemos que el nombre Las Voces de Huayra había sido una idea de la tía de Cafrune, Amelia Murillo de Cafrune, y ésta, al enterarse de que Luis Adolfo Rodríguez lo usaba con la sola y ligera variación de reemplazar la preposición de por la contracción del; lo demandó ante los tribunales de Salta. La causa judicial no prosperó, ya sea porque la habitual exasperante lentitud de la “justicia” argentina condujo a que el expediente durmiera el sueño eterno, porque se haya retirado la denuncia,  porque algún magistrado la desestimara o por los motivos que fueren; pero lo concreto y evidente es que Las Voces del Huayra perduraron como conjunto por lo menos hasta mediados de los 70, y aún después de haberse retirado Rodríguez del grupo en 1978 aproximadamente; e incluso grabaron en esa década otros dos larga duración; uno para el sello Odeon, que llevó por título Somos… Las Voces del Huayra, y otro para Microfon, Vuelven Las Voces del Huayra:




Pero independientemente de grafías similares, denuncias y juzgados, ¿incurrió Rodríguez en apropiación indebida del nombre del conjunto? 
Más allá de tecnicismos leguleyos (no califico como opinión autorizada porque no soy abogado, y además; desconozco algo que el sentido común me indica como un punto de capital importancia: si la señora Murillo había registrado formalmente a su favor la marca Las Voces de Huayra o no); mi impresión particular es que Luis Adolfo Rodríguez no cometió ilícito alguno, sino que en todo caso se limitó a emplear un nombre que sonara fonéticamente parecido a otro ya impuesto en las preferencias del público, pero al cual quienes detentaban supuestamente el derecho a su uso exclusivo, habían renunciado, de hecho, expresamente al mismo. Veamos: como consigné al principio, Las Voces de Huayra se conformó por iniciativa de Cafrune y Valdez, y fue el segundo quien integró a Vaca, quien a su vez llevó a Campos; pero el penúltimo se alejó incluso antes de la grabación del primer y único disco del conjunto, mientras que Valdez prefirió seguir con su trabajo estable; antes que dedicarse a incursionar profesionalmente en una actividad artística que reputaba como de incierto, problemático y aún improbable rédito económico. En cuanto a Cafrune, si se hubiera considerado a sí mismo como poseedor legal del nombre del grupo al momento de surgir las diferencias que tuvo con Rodríguez, hubiera echado a éste y retenido en su poder la marca, de haberlo querido; pero lejos de hacerlo así, optó por irse. Y lo mismo hizo Campos.
Por otra parte, es más que evidente que no hay similitud (fuera de la común inscripción de ambos conjuntos en el género folclórico argentino), ni en el estilo general ni en el repertorio interpretado y registrado en las discográficas, como así tampoco la hay en los arreglos musicales, entre Las Voces de Huayra y Las Voces del Huayra.
En función de lo hasta aquí enunciado, ¿a quién perjudicó entonces el Gallego Rodríguez (hombre muy apreciado por todos quienes le conocieron y trataron, entre los que invariablemente gozó de excelentes concepto y reputación, dicho sea de paso) adoptando para el conjunto que creó, un nombre casi idéntico al de uno que preexistió y se disolvió? En mi humildísimo parecer, a nadie.
En fin, estimado lector, son sólo anécdotas de nuestro folclore, las cuales espero y deseo le haya complacido leer. Felizmente, nada ni nadie nos impide disfrutar del arte de Las Voces de Huayra, Los Cantores del Alba y Jorge Cafrune, y también ¿por qué no?... del de Las Voces del Huayra. Todos los protagonistas de las historias narradas ha mucho ya que han abandonado este mundo para partir a alguna dimensión en la cual, seguramente, estarán guitarreando y cantando juntos por toda la eternidad.
Y al fin de cuentas, como sabiamente afirma el dicho popular: el gusto está en la variedad.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-