lunes, 11 de junio de 2012

EN POS DE UN OBJETIVO COMÚN, HASTA LAS ANTÍPODAS PUEDEN CONFLUIR





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Decía el general Perón que todo aquel que luchara por la misma causa que el peronismo, era un compañero; pensara como pensase. Si nos adentramos en nuestra propia historia, encontraremos varios -aunque seguramente no tantos como sería de desear- ejemplos de cómo hombres que se encontraban en las antípodas del pensamiento unos de otros, supieron oportunamente dejar de lado sus diferencias al percibir el llamado de un interés que atinaron a entender como trascendental a todos los demás: el del país.
Así, el ultraliberal y antirrosista Nicolás Avellaneda, no trepidó en designar en el ministerio de Relaciones Exteriores y después en la cartera de Interior al doctor Bernardo de Irigoyen, quien no sólo jamás renegó de su rosismo; sino que además tenía el salón de su casa pintado de rojo punzó. Y cuando Avellaneda tuvo que responder a las feroces críticas de los diarios por "tener el tupé" de nombrar canciller a "un mazorquero", al "albacea de Cuitiño"; quien salió a defender a Irigoyen fue nada menos que Héctor Varela, hijo de Florencio, rabioso unitario. Y cabría agregar que  su adhesión a Rosas y su política, no le impidió a don Bernardo de Irigoyen estimar y valorar a Sarmiento, nada menos; quien por otra parte, cuando fue presidente no dejó que su antirrosismo visceral lo privase de nombrar a Irigoyen procurador del Tesoro.
Más cerca en el tiempo, el propio Perón no vio inconveniente alguno, por lo contrario; en elegir a un otrora enconado crítico suyo y tenaz opositor a su gobierno: el doctor Vicente Solano Lima, para acompañar en la fórmula a Cámpora. Y después, durante su presidencia, lo hizo su secretario general. Idéntico criterio siguió Perón cuando hizo ministro de Economía de Cámpora y luego suyo, a José Ber Gelbard, que era comunista.
Contrastando con lo antedicho, en estos días hemos visto en las noticias propaladas tanto por medios periodísticos proclives al gobierno nacional, como por los que son fuertemente críticos de su gestión; que los partidos de la oposición han rechazado la invitación que se les hizo de acompañar a la Presidente a la reunión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas en la que se tratará el tema Malvinas. Sin ánimo de entrar en disquisiciones de política interna, me imagino que todos coincidiremos en que la causa Malvinas hace al supremo interés nacional ¿no? Pero parece que algunos no lo entienden así, y prefieren mostrar su arista más miserable, privilegiando conveniencias partidarias en aras de oscuros intereses sectoriales muy mal entendidos.
En ocasiones pareciera no solamente que los argentinos no hemos aprendido nada, sino que además; hubiéramos involucionado.
Que lo parió, dijo Mendieta.

-Juan Carlos Serqueiros-

UN ROBO ENCUBIERTO POR LA HISTORIA FALSIFICADA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Es archisabido que el de Gregorio Aráoz de Lamadrid fue -sin dudas ni quizás- el coraje más temerario del que se tenga memoria por esta nuestra tierra (y eso en una época en que la valentía personal no era cualidad que escaseara precisamente entre quienes actuaron en la Guerra de la Independencia primero y en las luchas civiles que nos desangraron, después). Pero lo que no es tan archisabido (pese a que ya Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina lo dió a conocer), es que fue arrojado y corajudo; pero también botarate y ladrón.
En efecto, durante los episodios de la Liga Unitaria que armó José María Paz, Lamadrid invadió La Rioja, entró en ella a sangre y fuego sembrando el terror, apresó a la madre del general Juan Facundo Quiroga y poniendo una cadena al cuello de la anciana, trató de que ésta le revelara el sitio donde su hijo tenía oculto su dinero. El 19 de setiembre de 1830, Lamadrid le escribió a Juan Pablo Carballo la siguiente carta:

Acabo de saber por uno de los prisioneros de Quiroga, que en la casa de la suegra ó en la de la madre de aquél es efectivo el gran tapado (Nota mía: "tapado" era un tesoro oculto) de onzas que hay en los tirantes, más no está como dijeron al principio, sino metido en una caladura que tienen los tirantes en el centro, por la parte de arriba y después ensamblados de un modo que no se conoce. Es preciso que en el momento haga usted en persona el reconocimiento, subiéndose usted mismo, y con una hacha los cale usted en toda su extensión de arriba, para ver si da con la huaca esa que es considerable.
Reservado: Si da usted con ello es preciso que no diga el número de onzas que son, y si lo dice al darme parte, que sea después de haberme separado unas trescientas ó más onzas. Después de tanto fregarse por la patria, no es regular ser zonzo cuando se encuentra ocasión de tocar una parte sin perjuicio de tercero, y cuando yo soy descubridor y cuanto tengo es para servir á todo el mundo.

Lamadrid robó de ese modo a Quiroga 93.000 pesos fuertes. Nótese la amoralidad que evidenciaba y que eran tales el desparpajo con el que se manejaba y la impunidad que descontaba, que se permitía decirle sin ambages a un secuaz, que pensaba apoderarse en beneficio propio de lo que él consideraba un botín de guerra. Se quedó con la mitad o más, de los 93.000 pesos, y sólo hizo ingresar a la caja de su propio ejército el resto.
La misiva sería un baldón que cubriría de oprobio su memoria; porque Quiroga lograría posteriormente apresar al tal Carballo, encontrándosele a éste en uno de los bolsillos esa carta, que muchos años después la hija de Quiroga facilitaría a Adolfo Saldías, merced a lo cual la conocemos.
Después de la batalla de La Ciudadela, en la que Quiroga derrotó a Lamadrid (que huyó a Bolivia); éste último le escribió pidiéndole al vencedor por su esposa, que había quedado en Tucumán. Quiroga le respondió por carta el 24 de noviembre de 1831 que no tenía por qué preocuparse, ya que no sólo permitiría que su mujer fuera a Bolivia a reunírsele; sino que además había dispuesto una escolta para que la acompañase. Y de paso, no se privaba el Tigre de los LLanos de enrostrarle la bajeza de haber encadenado a su madre y de mencionarle el robo de que lo había hecho objeto. 
Ese fue Lamadrid: héroe de la independencia y de una valentía legendaria, pero a la vez; un déspota cruel y despiadado. Y al menos en esa oportunidad; un ladrón.