domingo, 24 de febrero de 2013

LA SOLEDAD DEL MANAGER

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
La soledad del manager es la tercera novela de Manuel Vázquez Montalbán de la serie Carvalho, subsiguiente a las primera y segunda de ella: Yo maté a Kennedy (1972) y Tatuaje (1974).
Editada en 1977, narra, abordándolo en el marco de esa época de la historia española (transición del franquismo a la democracia electoral), el nuevo caso de Pepe Carvalho, un detective nacido en Galicia que vive en Barcelona, en el coqueto y aristocrático barrio de Vallvidrera en las faldas del Tibidabo; el cual es contratado por Concha, la viuda de Antonio Jaumá, director gerente (o manager) de la filial española de una gigantesca multinacional; para esclarecer la muerte de su esposo que había sido asesinado en el contexto de un crimen con implicancias, en apariencia, de proxenetismo y tráfico sexual.
Carvalho, que es un ex comunista, ex agente de la CIA norteamericana, y gourmet exquisito que se regala manjares preparados cuidadosamente en selectos restaurantes o por él mismo, en tanto consumado cheff, regados con los mejores vinos; que tiene una novia, Charo, que es una prostituta de las caras, y un ayudante ex presidiario, Biscuter, que lo admira y adora; se ve así envuelto en una compleja trama de la cual deberá extraer la verdad de lo ocurrido al marido de su cliente.
Para ello, Pepiño Carvalho cuenta con los datos certeros que le aportan personajes insólitos como el Bromuro, un lustrabotas que vive con la obsesión de que los poderes de turno le echan bromuro al agua como estupefaciente destinado a adormecer las entendederas de la gente; y el coronel Parra, un ex camarada suyo que de militante comunista y antifranquista, ha pasado a desempeñarse ahora como asesor financiero de un banco.
En esa convulsionada Barcelona de fines de los 70s, un cada vez más cínico y descreído pero perspicaz Carvalho, continúa quemando libros considerados obras cumbres de la literatura mundial para encender, haga calor o frío, el fuego en la chimenea de su casa; mientras bucea tenaz y resueltamente en la oligarquía de la industria y el capital, entre la represión de manifestaciones izquierdistas y sesudas reflexiones, para resolver el caso que tiene entre manos.
De lo mejor de Manuel Vázquez Montalbán.

CADENAS ASOCIATIVAS

 
























Escribe: Gabriela Borraccetti

¿Cuántas cosas tomamos a mal por haber asociado una palabra a una connotación o ámbito despectivo? Por ejemplo, la palabra "manipular" ha quedado relegada a lo sórdido; cuando en realidad se trata de la acción sutil y precisa que se contrapone a la directa, evidente e impulsiva dirigida hacia determinado fin.
Este hecho es simplemente un ejemplo más que común y que todos podemos observar con toda claridad en este instante. Sin embargo, dicho "error" se suscita cotidianamente, todo el tiempo, en el momento en que dos personas entran en diálogo. No son pocas las discusiones y desavenencias que se producen por connotar lo que alguien nos dice, en forma negativa; respondiendo a su vez, con el tenor que creemos correspondiente, y dando así a nuestras palabras un cariz cada vez más agresivo en respuesta a lo que hemos considerado ofensivo.
El problema esencial de la comunicación es que se encuentra sujeta a las asociaciones que interna e inconscientemente hayamos establecido entre las emociones y el lenguaje; encontrándonos condicionados a percibir del otro algo que llevamos dentro como una herida o como una cualidad. Para quien ya ha recorrido el camino de desandar sus imágenes y autoimágenes negativas, existirá la posibilidad de no caer en un círculo de retroalimentación del mismo signo; sin embargo, quien no sana sus heridas, va sintiendo que el mundo a su paso lo lastima.
El gran avance que realiza aquel que se suelta de los condicionamientos pasados radica en poder cobrar perspectiva y salirse de un círculo de agresiones percibidas y devueltas. Una vez afuera, la escalada del insulto, la agresión y la ofensa cede su paso a una espiral bastante más amorosa que, lejos de lastimar; nos sana y nos coloca en un estado de armonía.
Estar atentos al momento en que nos ofendemos, puede abrirnos la puerta de una comprensión mayor acerca de quiénes creemos que somos.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica