miércoles, 1 de febrero de 2012

LA SUERTE


La suerte es la capacidad lúdica con la que vivimos la vida. Nace de la fe, la esperanza y la creencia firme en que hoy puede ser un gran día.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

VAMOS LAS BANDAS





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vamos las bandas
(Beilinson-Solari)

Y cuanto vale dormir tan custodiado
de expertos cínicos y botones dorados?
¿Y cuánto vale ser La Banda Nueva
y andar trepando radares militares?
¡Vamos las bandas, rajen del cielo!
¿Y cuánto vale tu estómago crispado
y tus narices temblando por el miedo?
¿Y cuánto vale todo lo registrado
si el sueño llega tan mal que te condena?
¡Vamos las bandas, rajen del cielo!
¿Y cuánto valen todas tus enfermeras
y tus temblores de moco super-caro?
¿Y cuánto valen satélites espías
y voluntades que creés haber sitiado?
¡Vamos las bandas, rajen del cielo!
¿Y cuánto valen tus ojos maquillados
y meditar con éter perfumado?
¿Y cuánto vale ser La Banda Nueva
y andar trepando radares militares?
¡Vamos las bandas, rajen del cielo!

El vertiginoso Vamos las bandas es un mensaje del Indio, una arenga, una (no tan sutil) bajada de línea (de las pocas que se ha permitido Solari) hacia su público, los redonditos de abajo.
No está dirigida a "las bandas" en el sentido de grupos de rock; sino a "las bandas" de los barrios, es decir, la gente, el público. Es un llamamiento a esa gente a que “rajen del cielo”, es decir, a no dejarse dominar por el temor a la inseguridad. Y de paso, un palo para la yuta (los “expertos cínicos de botones dorados”) y los milicos (“andar trepando radares militares”).
Lo de "tus ojos maquillados" se refiere a la moda banal de cambiarse el color de ojos con lentes de contacto, le está pegando a eso que considera una idiotez; y lo de "meditar con éter perfumado" es una reminiscencia de la época en que el Indio vivió en Brasil: el "éter perfumado" es el popular "lanzaperfume", un tubito, un sifoncito de vidrio lleno de éter mezclado con cloroformo y alguna fragancia. Se lo creó a principios del siglo XX para tirar en época de carnaval, como un artículo fino, y después se fue popularizando, sobre todo en Brasil donde su uso se masificó; hasta que en los 60 fue prohibido porque se convirtió en algo corriente darle otro uso: al aspirarlo, el éter mezclado con cloroformo da como un flash, un "viaje" cortito (claro, dada su volatilidad en contacto con el aire). Después vino el auge de darse un saque con eso mientras uno estaba fifando: al llegar al climax, darse con lanzaperfume era "lo más", era como "convertir" el orgasmo en éxtasis.  Una canción brasilera, muy conocida, de Rita Lee, versa sobre eso y se titula precisamente Lança-perfume.

¿DÓNDE ESTÁN LOS RESTOS DE PANCHO RAMÍREZ, LA DELFINA Y NORBERTA CALVENTO?



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Los pormenores de y las circunstancias que rodearon a, las relaciones sentimentales entre el general Francisco Pancho Ramírez y su prometida Norberta Calvento primero, entre el caudillo entrerriano y la Delfina luego y entre ambas mujeres después, son vastamente conocidos y no voy a referirme a esos aspectos. Mejor dejar tan “importante responsabilidad” como lo es espiar alcobas, oler calzones y braguetas y escarbar entre las miserias humanas y los chismes, a los pseudo historiadores empeñados en banalizar el pasado, o a los miserables estilo Rial o Tinelli. Por mi parte, prefiero aportar humildemente a interrogantes tales como los que se plantean muchos argentinos y extranjeros que visitan una provincia tan rica en historia como lo es Entre Ríos, e inquieren en qué cementerios o iglesias pueden visitar las tumbas de distintos personajes históricos, como por ejemplo, los mencionados.
Lamentablemente, debo decir que es esta una pregunta que todo indica –hoy por hoy-, que quedará sin respuesta; al menos en lo que atañe a la ubicación de los restos del general Francisco Ramírez y de la Delfina.
Se sabe con certeza que inmediatamente después de muerto en las cercanías de Villa María de Río Seco (Córdoba), el 10 de julio de 1821, a Pancho Ramírez le cortaron la cabeza y luego de enarbolarla en una pica a modo de trofeo, fue cubierta con sal para conservarla algún tiempo y después envuelta en cuero de oveja para remitírsela como “presente” a Estanislao López. El cuerpo de Ramírez quedó en el lugar donde cayó y fue seguramente banquete para los caranchos. También se sabe que una vez recibida la cabeza por Estanislao López, éste dispuso, por medio de José Ramón Méndez, encargarle a su suegro, el doctor Manuel Rodríguez y Sarmiento (el mismo que actuó profesionalmente junto al doctor Cosme Argerich atendiendo a los heridos del combate de San Lorenzo), la tarea de embalsamarla, trabajo por el cual el doctor Rodríguez y Sarmiento pasaría al Cabildo de Santa Fe una factura por $ 42 (la cual se conserva de puño y letra de su emisor), según el siguiente detalle:


RELACIÓN DEL GASTO OCASIONADO PARA PRESERVAR DE CORRUPCIÓN LA CAVEZA DEL FINADO SUPREMO DE ENTRE RÍOSFRANCO. RAMÍREZ, EL QUE HE VERIFICADO POR MANDATO DELSOR. COMANDANTE DEL 2º ESCUADRÓN DE DRAGONES DE LAINDEPENDENCIA, DN. JOSÉ RAMÓN MÉNDEZ, GOBERNADOR SOBS-TITUTO DE ESTA PROVINCIA.


Pesos 
Por doze pesos de estrato de Vino retificado.........................................12
Más diez pesos de Iodo alcarforado......................................................10
Por veinte pesos de mi trabajo personal por las operaciones que he ejecutado con la expresada caveza, como son la del Trépano y demás Cirúgicas cuyo valor es sumamente infimo como lo descontará cualesquiera Facultativo en el dicho Ramo..................................................................................................20
IMPORTA PESOS...............................................................................42
Por manera que según la Cuenta que precede asciende esta a la cantidad de quarenta y dos pesos y por ser asi firmo el presente documento en la Ciudad de Santa Fe a 23 de Julio de 1821.
Manuel Rodríguez

Luego, Estanislao López hizo colocar la cabeza embalsamada dentro de una jaula de metal, la cual dispuso fuera exhibida en la iglesia matriz de Santa Fe con una leyenda que rezaba: “Para perpetua memoria y escarmiento de otros que intenten oprimir a los bravos y libres santafecinos”. Aparentemente por protestas de la curia, López accedió a sacar de la iglesia matriz el macabro trofeo y mandó colgarlo de un gancho a la entrada del cabildo de Santa Fe (gancho ese que puede verse incluso hoy día). Se ha afirmado que López utilizó la cabeza embalsamada de Ramírez como pisapapeles durante cierto tiempo, hasta que por petición del obispo Amenábar, concedió que se le diera cristiana sepultura, lo cual se verificó, supuestamente, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, hoy denominada Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros.

En 1999 por iniciativa del gobierno entrerriano y con anuencia del santafesino, se decidió que se encaren los trabajos tendientes a dar con la cabeza del Supremo Entrerriano (título este que, dicho sea de paso, Ramírez jamás utilizó ni permitió que se lo llame de ese modo), tareas estas que aún se ejecutan.
En cuanto a La Delfina, se ignora prácticamente todo. Se desconoce su filiación, su nacionalidad (se la presume portuguesa, nacida en Brasil, en Río Grande do Sul, pero sin certeza ni documentación que respalde tal creencia, y hay también quienes afirman que era porteña, asimismo; sin prueba histórica alguna). Igualmente, se desconoce si Delfina era su nombre de pila, su apellido o una alusión a una condición nobiliaria. Asimismo, se ignoran sus rasgos físicos (salvo la especial característica de su hermosura, que le es atribuida unánimemente), es decir, si era alta o baja, rubia, morena o pelirroja, y el color de su tez. No hay retrato alguno de ella, ni tan siquiera un bosquejo. El general Anacleto Medina (por entonces oficial de Ramírez y si hemos de creerle a sus supuestas memorias, las cuales habrían sido dictadas a Gerónimo Machado, ya que él era analfabeto), puesto al frente de 58 soldados sobrevivientes de los sucesos del 10 de julio de 1821, logró conducirla de regreso a Arroyo de la China (antiguo nombre de Concepción del Uruguay), atravesando en penosísimo periplo (con alguna ayuda de Felipe Ibarra) Santiago del Estero y luego el Chaco y Corrientes, pudiendo arribar finalmente a Concepción, todos medios muertos de hambre y de sed luego de semejante odisea. 
La Delfina vivió 18 años más en Concepción del Uruguay, muriendo el 27 de junio de 1839. 
La partida de defunción, fechada el 28 de junio, consigna: “Sepulto con entierro rezado, el cadáver de María Delfina, portuguesa, soltera, no recibió sacramento alguno, de que doy fe. Agustín de Los Santos". Fue enterrada en el antiguo cementerio de Concepción del Uruguay, en terrenos sobre los cuales hoy día se yergue el barrio La Concepción (así llamado porque en él se sitúa la antigua iglesia de la Inmaculada Concepción, en el lugar que diera origen a la fundación de esa villa entrerriana), y si bien se tiene una idea aproximada del sitio; su tumba específica no ha podido hallarse. Por otra parte, y aunque se encarasen las tareas de exhumación de todos y cada uno de los restos enterrados en ese viejo cementerio; igualmente jamás podrían identificarse los de la Delfina, ya que al ignorarse por completo sus datos de filiación, no habría manera de realizar la identificación a través de la técnica del ADN, por no haber con quién compararlos genéticamente.
En lo que se refiere a Norberta Calvento (en realidad, María Norberta Calventos), la novia de Pancho Ramírez a la que luego éste abandonaría y con la cual rompería de hecho su compromiso al conocer a la Delfina; murió también en Concepción del Uruguay, el 22 de noviembre de 1880. Según su fe de bautismo, Norberta había nacido en Arroyo de la China, el 4 de julio de 1790, por lo cual al momento de su muerte debía contar 90 años. Sin embargo, curiosamente, en su partida de defunción se lee: “En el día veintidós de noviembre del año mil ochocientos ochenta, fue sepultado en el cementerio de esta Parroquia de la Concepción del Uruguay, el cadáver de Norberta Calvento que murió en el día de hoy en esta Capital, de edad noventa y dos años. Falleció de congestión cerebral y recibió los Santos Sacramentos y por verdad yo lo firmo. Yo, el Cura Vicario encargado Genaro R. Pérez”. O sea que, o bien hubo un error del vicario que la enterró (lo que por mi parte, considero lo más factible que haya ocurrido) al consignar su edad al momento del fallecimiento; o bien (en mi modesta opinión, lo más improbable) fue bautizada dos años después de nacer.
Como quiera que fuese, de ese triángulo amoroso Pancho Ramírez – la Delfina – Norberta Calvento; de la única persona de la cual se sabe exactamente dónde están sus restos, es de esta última. Y ello ocurre sencillamente porque fue sepultada en el llamado “Nuevo Campo Santo”, inaugurado en 1856 por Urquiza y que sigue siendo en la actualidad, el cementerio de Concepción del Uruguay. Allí, en el panteón de la familia Calventos, descansa para siempre Norberta Calvento.

-Juan Carlos Serqueiros-

ESPEJOS




















Cuando aún en silencio y soledad nos sentimos atormentados y perseguidos por los problemas, es probable que estemos pensando como pensaría alguien más, que estemos sintiendo lo que sentiría un otro, o que estemos creyendo en lo que se nos enseñó a creer.
Eso a lo que llamamos identidad es un cementerio de identificaciones, llenos de "te parecés a...", "sos como..." o "verás cuánta razón tengo en...". Plagados de fantasmas y designios ajenos, creemos ser nosotros mismos; cuando en realidad, estamos lejos de conocer la mismidad.
Animarse a ser uno mismo, es estar dispuesto a romper esos espejos que nos impiden ver quiénes somos en verdad.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

UNA ORIGINAL INVITACIÓN A TROMPEARSE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 27 de julio de 1828, Juan Antonio Lavalleja le escribía a Fructuoso Rivera una carta que se conocería a través de la copia que su destinatario, con más que dudosísimas caballerosidad e hidalguía, hizo publicar en un periódico montevideano con la indisimulable intención de perjudicar ante el imaginario colectivo al remitente. Pero veamos ¿era ese el verdadero móvil que conducía a Rivera a incurrir en un acto semejante?
Leamos primero la carta, la que si bien seguramente no introducirá mayores variantes en la opinión que cada uno de nosotros se haya formado acerca de estos dos personajes de nuestra historia; sí muy probablemente contribuirá a que comprendamos más acabadamente sus índoles personales:

“Señor Don Fructuoso Rivera. Cerro Largo, julio 27 de 1828.

Mi estimado compadre: Ayer he escrito a usted por mano secreta, y ahora lo hago de mi puño para decirle las cuatro verdades del barquero. Esto es hablando como amigo, y como usted mejor que nadie me conoce, y lo que usted no conoce de mi, es porque no quiere, o porque no le trae cuenta. En esta confianza voy a hablarle con la franqueza que siempre me ha caracterizado. Usted no podrá negar que ha sido mi amigo y que yo lo he sido suyo, en el extremo que los dos hemos sido una misma persona. Los acontecimientos políticos en la época desde que los portugueses tomaron posesión de la provincia, usted ha visto de un modo distinto las cosas: si su política ha sido la de gambetearles a los portugueses, yo nunca he estado por ésta y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí. Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26. Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses, y le confieso compadre que me había propuesto de nunca jamás tomar la pluma para usted. Yo le hablo con esta franqueza, porque soy incapaz de marchar contra mis sentimientos ínterin ni estoy convencido de lo contrario, y como usted mejor que nadie me conoce, se lo pongo de manifiesto. Usted sabe que soy un diablo, pero usted es con uñas, patas y astas; y desgraciadamente de nuestras incomodidades resultan males de mucha gravedad a nuestra patria: nada sería que a usted o a mi nos llevase tipa y media de diablos, sino causáramos males a nuestras compatriotas, nuestros hijos, nuestras familias, y últimamente que seamos detestados por todos los hombres sensatos.
Le confieso como amigo que el mayor deseo que he tenido en este mundo ha sido el tener una entrevista con usted pero los dos solos en un cuarto a puerta cerrada, y que nos diéramos más trompadas que mentiras ha echado usted en esta vida, y después que saliéramos de amigos, y que mientras no estuviésemos convencidos de esta justicia, nos hicieran morir emparedados allí. Yo me alegro que haya j... (Nota mía: el original debe haber dicho "jodido", de joder, como sinónimo de "fornicar", el acto sexual; y Rivera -o más probablemente algún escribiente del periódico-, al reproducir la carta en la prensa, queriendo aparentar una urbanidad, unas buenas maneras y melindres para utilizar "malas palabras" que jamás tuvo el "pardejón", habrá reemplazado "jodido" por "j...") bien en lo que ha rodado bien por esas provincias para que vea lo que es el mundo; y si algún día se ofrece otra, tenga más moderación y pulso en sus cosas. Yo lo he pasado primero que usted y se muy bien lo que es, C… (Nota mía: Consideraciones idem anterior. Infiero que en el original habrá estado escrito "carajo")
Ya le he hablado a usted la verdad en un tono que usted dirá lo de siempre 'estas son las rabietas de mi compadre'; pero son verdades, que si fuera a hablar todo lo que debía no bastaría una resma de papel, si usted quiere volver a nuestra amistad antigua, yo le prometo bajo el nombre sagrado de amigo, que lo seré suyo, y en todas las circunstancias; y sino seremos bien hablantes. Acuérdese, C… (Nota mía: Consideraciones idem anteriores. El original debe haber dicho "carajo") los piojos que hemos muertos juntos por salvar nuestra patria. Recuerde la amistad; traiga a la memoria la noche de Arerunguá, -que Lavalleja era su amigo en los brazos de quien usted derramó lágrimas-. Tengamos más mundo, hemos padecido lo bastante y vamos a unir nuestros corazones, y que no se rían de nuestras miserias; y que otros disfruten de las glorias que hemos adquirido con nuestros esfuerzos en obsequio de la libertad de nuestra patria. Si usted conviene en esto, vamos a trabajar por conciliar todo, tanto entre amigos, como familias, y nosotros particularmente. En tanto le desea a usted toda felicidad su afectísimo compadre
Lavalleja
P.D. Mándeme una chinita linda, y le mandaré a su tuerta Juana la consabida.

Es copia del original a que me remite.
Rivera"

Entrando en materia, Lavalleja y Rivera habían sido, además de amigos; oficiales de Artigas y compadres entre sí. Más aún: cuando en 1817 Lavalleja se casó con Ana Monterroso, lo hizo por poder, dada la férrea oposición que sus padres (los del novio, Lavalleja, digo) hacían de esa boda a la cual reputaban como inconveniente, y su apoderado en esa oportunidad fue precisamente Rivera; que por ese entonces era su oficial superior, su jefe inmediato en la milicia. Caracteres disímiles: frontal, exaltado, gritón, extrovertido, audaz hasta la temeridad y a menudo ingenuo el uno (Lavalleja); taimado, ladino, astuto, calculador, pícaro, arrogante, insolente y hasta ofensivo muchas veces el otro (Rivera) y celos profesionales (parece que frecuentemente Lavalleja actuó hacia Rivera movido por esas emociones); no habían conseguido mellar del todo el aprecio que ambos se tenían, que siempre terminaba por imponerse y que les permitía la prolongación de una amistosa camaradería, que continuaba a despecho de la sorda rivalidad que se incubaba en sus pechos, de los distintos procederes que ambos evidenciaban y de las distintas opiniones que sustentaban. Quizá ayudaba también al sostén del sentimiento fraterno entre esos dos hombres tan distintos y a la vez tan similares en algunas carencias (la intelectual era una de ellas, aunque más iletrado aún era Rivera -cuasi analfabeto y que leía y escribía a duras penas y con enormes dificultades- que Lavalleja), la condición común que detentaban de profundos conocedores de la geografía oriental y de las gentes de la campaña, considerados ambos extraordinarios baqueanos, tal como lo dice de Rivera, Sarmiento en ese su Facundo tan lleno de "inexactitudes a designio", según lo afirmara el propio sincericida. Como sea que haya sido, se las arreglaron para mantener una cordial relación hasta que el diablo metió la cola, en la forma de la invasión luso-brasilera a la Provincia Oriental; y allí todo se iría adonde Rivera -o el escribiente del periódico- no quisieron estipular lisa y llanamente, esto es, al carajo.
Lavalleja se mantuvo leal a Artigas (y hasta caería prisionero de los luso-brasileros que lo recluyeron en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro); mientras que Rivera comenzó a patentizar una cada vez más frecuente desobediencia a las órdenes del Protector, llegando en 1820 (algunos sostienen que mucho antes, lo cual es más que posible; probable) a perpetrar la traición desembozada de pasarse a las filas del invasor portugués. No obstante ello, pareciera que habría habido -si bien no constituye una disculpa a su infernal conducta- algo de calculada intención en evidenciar una actitud colaboracionista hacia el enemigo por parte de Rivera; pero con miras a algo ulterior, a sacudírselo de encima después, digamos ("su política ha sido la de gambetearles a los portugueses", le escribe Lavalleja creyéndolo así). Y en obsequio a la verdad histórica, es menester decir también que, si bien Lavalleja se mantuvo firme junto a Artigas; mucho después de la caída de éste y ya estando el Protector exilado en el Paraguay del doctor Francia, le escribiría a Alvear el 18 de junio de 1826 estas repudiables frases (que mucho mejor hubiera sido para su gloria póstuma abstenerse de volcar al papel) acerca de las tropas que comandaba: "no serán destinadas a renovar la funesta época del Caudillo Artigas... El que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón que le degrada...". En fin, lo de siempre: las miserias que afloran en los hombres cuando se obra al calor de la pasión política desenfrenada y no se tiene una psique capaz del renunciamiento. Sin embargo, preciso es convenir en que la gaffe de Lavalleja en esa oportunidad, no es en modo alguno comparable a la flagrante traición de Rivera. Y es precisamente eso lo que le reprocha en el párrafo: "... y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí (Nota mía: Lavalleja se refiere aquí a la epopeya de Los Treinta y Tres Orientales). Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26 (Nota mía: Lavalleja tiene aquí la delicadeza para con Rivera de usar el eufemismo 'usted es testigo ocular', en lugar de recordarle derechamente que tuvo que amenazarlo con el fusilamiento por traición, para que el 'pardejón', aterrado y suplicando que se le conserve la vida, se decidiera a tomar partido por quienes sostenían la causa patriota; lo cual la historiografía mentirosa trocaría después en un supuesto 'abrazo del Monzón' que jamás existió). Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses..."
La carta de Lavalleja rezuma sinceridad y en ella reconoce las fallas de carácter que pueda tener: "usted sabe que soy un diablo", le dice a Rivera; para a continuación espetarle un rotundo "pero usted es con uñas, patas y astas" (en lo cual por cierto, no le faltaba razón).
Seguidamente, lo invita a pelear a trompadas, encerrados ambos en un cuarto, para no salir hasta que no queden completamente zanjadas las diferencias; lo cual viene a demostrar que, a pesar de todas las trastadas que se mandó Rivera; Lavalleja, si bien enojado, no llegaba a odiarlo; por eso lo desafía a pelear a trompadas y no lo reta a un duelo a muerte. Y por eso también, se empeña en arreglarse definitivamente con el antiguo amigo. Y de paso, nos permite entender hasta qué punto llegaba la ingenuidad de Lavalleja; porque suponer un cambio en un individuo como Rivera, sólo podía hacerlo un completo crédulo. Y debo decir asimismo que el candor de Lavalleja era tanto más sorprendente, cuanto que no ignoraba en modo alguno que el mote de "pardejón" le había sido endilgado a Rivera por Rosas, precisamente por ser como ciertas crías de mula que jamás se amansan y de las cuales siempre debe desconfiarse, so pena de recibir sus coces en el momento más impensado.
Y concluye Lavalleja, expresando en la más completa y despreocupada camaradería a quien le supone -errónea e ingenuamente- iguales sentimientos que los que a él lo animan, que si le manda alguna "chinita linda"; el le enviará asimismo a "su tuerta Juana la consabida", refiriéndose a alguna geisha criolla pródiga en dispensar sus favores sexuales, de los que el pardejón ya había disfrutado antes, y de allí el uso del pronombre posesivo su que hace Lavalleja. Y en este punto quisiera detenerme unos instantes, para expresar mi desacuerdo con algunos historiadores que suponen que la publicación en la prensa que dispuso Rivera de esta carta, perseguía el propósito de opacar ante la gente la imagen de Lavalleja, exhibiendo su promiscuidad en materia de mujeres. Discrepo con ese criterio. Para mí, los móviles que guiaban a ese gaucho taimado que era el "pardejón", eran muy otros. Creo que lo que buscaba era, sabedor de la infamante condición de traidor a que se había hecho acreedor a través de sus muchas fechorías; instalar en sus coetáneos la idea de que su adhesión al invasor luso-brasilero era sólo una máscara que ocultaba sus móviles de "abnegado patriota". Y Lavalleja, en su infinita ingenuidad, le dió (seguramente, sin quererlo) pie para ello.
Y me gustaría terminar resaltando algo que está explícitamente indicado en la carta de Lavalleja: que éste en modo alguno buscaba por entonces la independencia de la Banda Oriental, pretendiendo erigirla en un estado separado del resto de las provincias argentinas. Habrá notado usted, estimado lector, que escribe invariablemente "provincia"  y "libertad de esta provincia", dejando en claro que no la concebía como un nacionalidad aparte de sus hermanas argentinas. Y que si después Lavalleja terminó por aceptar la independencia de su patria chica, ello se debió a que lo forzaron (a él y a otros orientales, o a la mayoría de ellos) las circunstancias (la influencia británica y especialmente el desapego de los malos argentinos, de esos que lo son sólo de nombre). Por ellos, perdimos esa porción de territorio patrio. No olvidar.