jueves, 28 de febrero de 2013

EL GORRIÓN CORDOBÉS


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Consigo vivir de esto con mucha dificultad. Y a veces, muy cuestionada por mí misma." (Mara Santucho, en entrevista concedida al programa Sangre de monos, de Radio Nacional Córdoba)

Hará unos... cinco, o quizá seis años, si no me marra la cuenta (Borges dixit), escuché, al azar, de pura casualidad, en un taxi cordobés; una voz que me impactó y me conmovió. Pregunté, y así supe que se trataba de la de ella: Mara Jimena Santucho, nacida en 1977 en Córdoba capital (ciudad esta donde continúa residiendo), actriz y cantante.
En lo actoral, ha protagonizado películas como Cuatro mujeres descalzas, de Santiago Loza; Por sus propios ojos y Lengua materna, de Liliana Paolinelli; El dedo, de Sergio Teubal; y Salsipuedes, de Mariano Luque.
Formó en 2001, en conjunto con Sol Pereyra y Alfonso Barbieri, la banda Los Cocineros; una propuesta de alto, primerísimo nivel artístico que concatena lo teatral con lo musical, y en la que Mara es la cantante e ícono principal. Fue (y es) un éxito rotundo. ¿Por la música que hacen, me pregunta? Bueno, como ellos mismos se encargan de elucidar: "es la que escuchábamos tararear en las cocinas a nuestras abuelas mientras preparaban los ravioles domingueros" (lo cual de paso, nos explica el por qué del nombre del grupo). Conjugando géneros diversos como rock, tango, ska, pop, bolero, reggae y cuarteto, la banda lleva editados ya siete discos, todos ellos platos exquisitos dignos del más exigente gourmetPeras al olmo (2002); La hazaña rellena (2003); Niños revueltos (2004); Morrón y cuenta nueva (2005); Platos voladores (2006); En vivo en el Comedia (2008); y Diente libre (2009). Cliqueando en este ENLACE, se puede acceder a un excelente cover que hacen Los Cocineros con la inconfundible voz de Mara Santucho, de aquel hit de los 60 de las Hermanas Navarro: el twist Mami.
Pero pese al extraordinario suceso de Los Cocineros; ella no descuida el proyecto solista que realiza paralelamente: Mara Santucho y los Cinzanos; acompañada por Ignacio y Agustín Falco en guitarra y percusión respectivamente; y por Tomás Gazzo en contrabajo.
Me pongo a escuchar, por ejemplo, esa maravillosa balada rock que es Estación del olvido, de Andrés Clifford (para acceder, cliquear sobre el ENLACE); y surge potente y a la vez arrulladora, la peculiar voz de Mara  con una cuidada, perfecta entonación; me llega como una caricia a los oídos, impacta en mis sentidos y me traspasa, laburando planos muy altos de mi psique.
¡Gracias por la magia de tu canto, gorrión cordobés!  

QUÉ NOS DICEN LOS SUEÑOS




Escribe: Gabriela Borraccetti
 
Estamos acostumbrados a hablar de los sueños como si fuesen premoniciones, mensajes o jeroglíficos que contienen la clave de algo que está más allá. Y en cierto modo, el sueño es todo eso, pero no por contener "revelaciones" de un plano "angélical", sino de un mundo que a pesar de habitarnos y ser nuestro; desconocemos.
En ese mundo que hemos conformado a fuerza de no ser ni hacer lo que queremos, se quedan en sombras muchos impulsos destinados a alcanzar nuestro deseo; para después de habernos resignado a su irrealización, poder seguir sintiendo que nada ha sucedido y que se nos quiere, se nos aprueba y se nos ama por haber conseguido obedecer.
El SER, muchas veces implica incurrir en la DESOBEDIENCIA; pero tendremos que recorrer un largo camino antes de poder desenterrar algunas piezas valiosas de ese mundo que hemos reprimido y se denomina INCONSCIENTE.
Cuando somos pequeños, nuestros sueños suelen ser simples: si hemos querido comer helado de frutilla y mamá o papá decidieron que nos haría mal a la garganta, no tardará en llegar la noche para que una vez ingresados a la fase "R.E.M" (rapid eye movement, es decir, movimiento ocular rápido), descarguemos en forma de onírica, las imágenes del deseo cumplido. El texto del sueño es literal y sus imágenes muy claras; no obstante, a medida que vamos creciendo, serán necesarias dosis superiores de represión y deformación, cosa que la consciencia se despiste y no pueda saber o siquiera enterarse por accidente, qué es aquello que está amputando de la propia personalidad. Reconoceremos todos que el alma de un niño es mucho más transparente que la de un adulto, y que las cosas que se le prohiben a un niño no tienen el mismo calibre que las que vienen aparejadas con el despertar sexual y la problemática adulta. Es por ello que para evitar que hagamos consciente el dolor de no poder ser, necesitaremos de un "trabajo mayor" en contra de aquello que desde dentro, empuja para salir y desobedecer.
Las partes amputadas de nuestra personalidad, gruñirán desde el Tártaro de lo Inconsciente, y no dejarán de pugnar por volver a la superficie y ser integradas a la personalidad total.
Una de las principales funciones del sueño es aflojar la tensión que se crea entre un deseo que puja por realizarse, y la prohibición de poder cumplirse en el mundo vigil; alimentando así al depósito de frustraciones, donde dejaremos todo aquello que tuvimos que resignar para poder seguir siendo niños que obedecen para no perder el amor. No obstante, en el inconsciente se encuentran también las claves necesarias para convertirnos en seres completos; y es por ello que sus metáforas son los símbolos capaces de transformarnos volviéndonos de una "copia fiel" de papá o mamá;  al original que ha venido al mundo sin la "mácula" del "tú debes".
Lamentablemente, la vulgarización de la psicología ha creado una especie de "recetario" de interpretación para todos; como si soñar con tal o cual cosa, significase tal y tal otra; olvidando el hecho fundamental de que nadie es igual a nadie más que a sí mismo; y que los sueños se forman exclusivamente con los "textos" de nuestro propio mundo. 
Difícilmente puedan existir dos interpretaciones similares, cuando las personas difieren hasta en sus huellas digitales; y si desde lo físico sólo podemos ser a lo sumo parecidos; ¿qué sentido tendría ser idénticos desde lo psíquico y el alma? Quizá este "uniforme psíquico para todos", le sirva a un sistema que pretende uniformarnos para ser autómatas; no obstante, habría que poner atención a todo aquello que nos convierte en perlas de un mismo color, haciendo de los collares; lazos con los cuales ahorcar nuestra unicidad. Después de todo, eso es lo que hace la educación: crear seres que respondan de idéntica manera ante una misma situación, para luego conformarlos con idénticas interpretaciones de la realidad.
En fin, para pensar... Pero sobre todo, para prestar más atención a ese mundo que quiere decirnos algo... acerca de quiénes somos.
 
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica 

miércoles, 27 de febrero de 2013

CITROËN










            




   
         





Escribe: Juan Carlos Serqueiros

CITROËN
(Carlos de la Púa)

Siempre en cucliya te miró mi pena,
antes de ser lo que sos hoy: bacana,
en la enlozada vieja en que se entrena
el políglota loro de Ritana.
Después, con más chiqué y con más tacto,
en la aliviada que te dio la guita,
te divisé montada al artefacto
que Lola Mora en el Balneario imita.
Y en el Florida matutino
que cantara Rubén en verso fino,
te campanié de nuevo, embelesado.
En la higiénica imagen atrevida,
tu blanco Citroën de mantenida
era como un bidet estilizado.

En Citroën, Carlos de la Púa nos pinta la evocación sentida, nostálgica, apenada, que de una prostituta le surge a un chabón.
“Siempre en 'cucliya’ te miró mi pena / antes de ser lo que sos hoy: bacana, / en la enlozada vieja en que se entrena / el políglota loro de Ritana": El tipo la conoció a la mina cuando ella era pupila en un queco, un tugurio del centro disfrazado de pensión conocido como “lo de la Ritana”, que quedaba en la calle Viamonte entre Esmeralda y Maipú y lo regenteaba una fulana que se hacía llamar Madame Jeanne y cuyo nombre real era Giovanna Ritana. Entre las mujeres que laburaban ahí, había polacas, brasileras, rusas, etc.; de allí lo de "políglota loro de Ritana"; porque a las prostitutas extranjeras se les decía "loras" (de allí viene la expresión la concha de la lora).


El tipo se retrotrae en el tiempo, y la evoca con lástima, por la vida que llevaba ella ("te miró mi pena"). La recuerda en "cucliya" (agachada, en cuclillas) lavándose la vagina después del acto sexual en una palangana mugrosa compartida con las demás ("la enlozada vieja", refiriéndose a esa especie de jofaina enlozada que se usaba por entonces en casi todas las casas; ya que los artefactos de baño como el inodoro, el bidet y la bañera eran lujos carísimos reservados a muy poca gente).




"Después, con más chiqué y con más tacto, / en la aliviada que te dió la guita": Ahora la recuerda cuando ella ya no laburaba en el prostíbulo de la Ritana, sino en otro más lujoso, o en un departamento, y había adquirido más roce, cierta cultura ("más tacto"), y adoptado costumbres "chiqué", es decir, modales ostentosos. La mina se iba convirtiendo en un gato finoli, digamos, y venía cazando un buen billete porque se había transformado en una prostituta cara ("la aliviada que te dio la guita").
"Te divisé montada al artefacto / que Lola Mora en el balneario imita": Geniales las metáforas de Carlos de la Púa. "Te divisé montada al artefacto", es decir, la mina ya no terminaba de fifar y se lavaba en una palangana como hacía antes en lo de la Ritana, sino que en ese lupanar más lujoso, había bidet; entonces se lavaba "montada" en él.


Y esta otra es más genial todavía: el "artefacto que Lola Mora en el balneario imita" es una analogía que hace entre el bidet en el que la mina se lava, y la obra de la escultora tucumana Lola Mora "La Fuente de las Nereidas". Esa obra representa el nacimiento de la diosa Venus, y en el centro de la escultura una nereida sostiene una valva, una concha de ostra, gigante, de la cual surge Venus; entonces en el imaginario popular de la época, Lola Mora está imitando en esa escultura, a una mina lavándose la vagina en el bidet. Y lo de "en el balneario" es porque la Fuente de las Nereidas está ubicada en la Costanera Sur, en una parte que a principios del siglo XX era el balneario de Buenos Aires, cuando el río de La Plata aún no estaba contaminado y la gente podía bañarse en él. 
"Y ayer, en el Florida matutino / que cantara Rubén en verso fino, / te ‘campanié’ de nuevo embelesado": Otra metáfora demostrativa de la gran cultura general que ostentaba Carlos de la Púa: el día anterior, justamente ("y ayer"), se la cruzó a la mina, ya convertida en una gran dama, paseando por la calle Florida; y la "campanea embelesado"; es decir, la contempla admirado; la mina está hecha una diosa. Y lo de "que cantara Rubén en verso fino" se refiere al poeta nicaragüense Rubén Darío, que por esa época vivía en Buenos Aires, deslumbrado por el ambiente de gran metrópolis mundial en que se estaba convirtiendo nuestra capital, e hizo unos versos muy buenos describiendo el hechizo que le producía la calle Florida.
"En la higiénica imagen atrevida / tu blanco Citroën de mantenida / era como un bidet estilizado": La ve a la mina subir a su coche (un Citroën blanco), auto de "mantenida", es decir que ya no es la trola que conoció en diversos prostíbulos baratos y caros; ahora la percanta pelechó, vive como una bacana y es la amante de un tipo de guita que le regaló el auto. Entonces él compara las veces en que la vio en el quilombo lavándose ("higiénica imagen atrevida") primero en una palangana y después en un bidet, con la imagen que le proyecta la mina ahora; hecha una gran dama subiendo a su Citroën blanco, que a él se le antoja un "bidet estilizado".

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 26 de febrero de 2013

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE EGO




Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

Ustedes podrán ver en la foto a personas establecidas sobre un suelo transparente, pero con una estructura metálica y reforzada que las sostiene para no caer en un precipicio caótico y vertiginoso.
A pesar del refuerzo de cristales diseñados con el propósito de no romperse -salvo por un inmenso impacto que resultase un accidente de dimensiones gigantescas-; sus pies están apoyados en la parte que ciega el fondo del paisaje, a varios metros de altura; es decir que se encuentran parados sobre el borde que contornea y atraviesa el suelo, con el fin de crear una sensación de máxima seguridad. Aquello que constituye un borde reconocible, delimitando una forma a la cual ver, tocar y reconocer como segura; impide a su vez que la vista comunique al cerebro la sensación de estar derrumbándose sin salvación. 
Aún así pareciera que falta algo más para tener la certeza de ocupar un lugar, un punto determinado y bien definido en el espacio; y es por ello que el límite o contorno, no figura sólo debajo de los pies; sino que se extiende alrededor con forma de una baranda. Ésta baranda de la cual poder sostenerse, impide que el vértigo paralice reflejos e imposibilite acciones; y es por ello que cabría una seria reflexión acerca de lo que denostamos cuando hablamos de ego. 
Pareciera ser que últimamente se ha transformado en la función de amurallante del alma; pero sería todo un acto de consciencia -ya que hablamos tan seguido de ella- poder reflexionar acerca de lo que sucedería al remover de golpe la estructura (representante de nuestro ego) desde donde estas personas, están contemplando la vida. ¿Se pueden imaginar qué sentirían si repentinamente se eliminase la plataforma sobre la que apoyan sus pies? ¿Qué sucedería si junto con ella desapareciera la baranda que los contiene? Todas estas preguntas nos las podemos formular poniéndonos como protagonistas de la escena, y quizá sea bastante difícil de componer el cuadro completo de sensaciones caóticas que se producirían en nuestro interior. No obstante, no pueden caber dudas de que tal acontecimiento nos transportaría a la desesperación, teniendo esa sensación de pérdida irremediable en un vacío imposible de significar. La desaparición de los puntos de referencia en tiempo y espacio nos entregarían a la ausencia de puntos coherentes, imposibilitando cualquier ilación, orden y claridad necesaria para tomar decisiones, reflexionar y pensar.
Descenderíamos estrepitosamente al caos absoluto, y junto con ello, al desconocimiento del suelo que pisamos o el sitio que habitamos. La nada sería el único punto de referencia posible, e imaginar a la nada, por más que la confundamos con una fantasía acerca de ella y nos pretendamos extensos e infinitos en un nivel finito; no nos es posible en forma completa salvo que se elimine la estructura del ego. En ese camino al vacío, el cuerpo aparecería como un átomo que se fragmenta en partículas cada vez más pequeñas, y desapareciendo en el acto lo que conocemos como brazos, pies, y cabeza; tanto literal como metafóricamente; quedaría tan sólo el terror de una nadedad que no nos dejaría en paz hasta desaparecer atomizados en un mundo muy diferente del que el ego estructura. La función del ego hace posible tanto la mismidad como la otredad, ya que dibuja los bordes que distinguen al otro de mí. La visión de "lo completo" cambiaría totalmente nuestra percepción, y pasaríamos a formar parte de una consciencia global, perteneciente a todos... y a nadie; desconociendo a su vez el significado de las palabras "todo" "y" "nadie". El adiós a las formas sería definitivo y la ausencia de tiempo y espacio, la nueva ley. 
Este es más o menos el resultado de lo que se vivenciaría a causa de la pérdida de las referencias y de la entrada a un mundo en donde todo se quiebra como el cristal y las estructuras que antes nos sostenían sobre el seguro y concreto suelo-mundo.
Si el ego desaparece, desaparece la posibilidad de toda distinción, y sería algo así como si el inconsciente inundara por completo nuestra consciencia. Eso que hoy llamas "loco", "insano", "enfermo", es lo que paradojalmente se ensalza al hablar de lo fatídico del ego; y sin embargo quisiera ver cuantos new agers son capaces de vivir emanando "luz" y "bendiciones", al convivir con uno de ellos. 
Por supuesto, hay egos de todos los colores y tamaños, porque todos somos de muchos colores y tamaños; no obstante si hay algo que por ahora y en este nivel de evolución, no podríamos hacer, es imaginarnos sin él; pues eso es quizá lo que en la actualidad llamamos muerte.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

lunes, 25 de febrero de 2013

SEXO Y CORRUPCIÓN EN LA INGLATERRA MEDIEVAL







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En la primera década del siglo XIV, más precisamente en 1307, accedía al trono de Inglaterra Eduardo II, de la casa Plantagenet, tras la muerte de su padre Eduardo I, acaecida el 7 de julio de ese año.
Ya desde su adolescencia el nuevo y joven rey (que no se distinguía precisamente por su inclinación a tareas, juegos y distracciones muy... varoniles, digamos) venía evidenciando sus preferencias sexuales orientadas inequívocamente hacia personas de su mismo género.
Por el año 1298 se había enamorado de Pedro Gaveston (Piers Gabastone), que tenía aproximadamente su misma edad (14 años) y era uno de los funcionarios favoritos de la corte de su padre y a quien éste tenía en gran consideración. Consideración largamente merecida, porque en efecto Gaveston, de origen plebeyo (era hijo de un fiel servidor, oficial y funcionario del rey), exhibía un juicio ilustrado, criterioso y atinado, y poseía excelentes aptitudes tanto en lo militar como en lo administrativo, debido a lo cual el monarca lo incluyó entre las compañías de su hijo, del cual se convertiría Gaveston en inseparable.


Eduardo I The Longshanks (el Zanquilargo) lo había calculado y previsto todo para el futuro reinado de su hijo una vez que él muriese; pero claro, todo... excepto que el príncipe se enamoraría de Gaveston. Cuando el rey se percató de ello, convocó al Parlamento y en presencia de la nobleza, dispuso que aquél debía ser desterrado (un destierro en condiciones más que benignas, ya que lo mandó a Francia y le señaló a Gaveston una significativa pensión que percibiría mientras durase el mismo), ordenó que en adelante no podría verse con el príncipe sin autorización suya, y en cuanto a su hijo, después de darle una (nunca mejor aplicado el término) soberana paliza (lo tomó de los cabellos, lo arrojó al piso y lo pateó hasta quedar exhausto), lo obligó a acompañarlo en lo que consideraba sería la etapa final para el sojuzgamiento de Escocia por parte de Inglaterra.


Pero sorpresivamente Eduardo I enfermó de disentería y falleció. Antes de expirar, alcanzó a llamar a su lado a su hijo y heredero, le reiteró todo lo que se esperaba de él y le prescribió que a su muerte no enterrase su cadáver; sino que hirviéndolo hasta que quedaran sólo los huesos, los portase hasta concluir la guerra con Escocia y sólo en ese momento les diese sepultura.
El hasta entonces príncipe de Gales y ahora rey de Inglaterra, Eduardo II, lejos de proceder según los últimos deseos de su padre; hizo que sus restos fueran inhumados en la abadía de Westminster, lo cual se verificó el 27 de octubre, se apresuró a abandonar la campaña de Escocia y dispuso que su amado Gaveston regresara de su exilio en Francia para incorporarlo inmediatamente a su corte (y de paso, a su lecho) y colmarlo de cargos -por ejemplo, lo nombró nada menos que earl (conde) de Cornualles- y honores. Asimismo, hizo casar a Gaveston con una sobrina suya (y nieta del fallecido Eduardo I), Margarita de Clare, celebrándose la boda en la mismísima residencia de la que había sido hasta allí la reina consorte: su madrastra Margarita, principiando así una serie de festejos con ningún sentido de la oportunidad; ya que los acontecimientos tenían lugar paralelamente a la terminación de los funerales del extinto Eduardo I. Todo esto, demás está decirlo, malquistó al flamante rey con la nobleza; además de que el odio hacia Galveston creció exponencialmente.
A principios de 1308, Eduardo II se casó en Boulogne-sur-Mer con Isabelle Capet (Isabel -o, indistintamente, Isabela- Capeto de Francia), una boda que había sido previamente pactada entre el padre de Isabel, Felipe IV el Hermoso, rey de Francia; y el de Eduardo, que como hemos visto, era Eduardo I, rey de Inglaterra; en un convenio que, después de diez años, zanjaba un litigio entre ambas coronas con respecto a las tierras de Gascuña, Anjou, Aquitania y Normandía. Hay unanimidad en cuanto a los atributos físicos de Isabel, de extraordinaria hermosura (considerada la mujer más bella de su tiempo); aunque no la hay en cuanto a la edad que tenía al casarse con Eduardo, ya que se desconocen la fecha, el mes y el año de su nacimiento (situado entre 1292 y 1295); generalmente se acepta que al momento de su boda tenía 12 años.
En el ínterin de su viaje de dos semanas para casarse, Eduardo había dejado a cargo de su reino, en calidad de regente a Gaveston, lo cual por supuesto, llevó al paroxismo las iras de los nobles hacia el valido del rey.
Más temprano que tarde, Isabel pudo notar que su flamante esposo, lejos de buscar su compañía y de cumplir sus deberes maritales; pasaba todo el tiempo con Gaveston.


Por esos días le escribía a su padre, Felipe IV: "No existe en la tierra mujer más desgraciada que yo. Mi esposo es un completo extraño en mi cama". Y Cristopher Marlowe en su obra Eduardo II, le atribuye estas palabras: "¡Ni Zeus enloqueció por Ganímedes tanto como el rey por el maldito Gaveston!". No obstante asignársele a Eduardo el ser esquivo a frecuentar el lecho de su esposa; debe decirse que tuvieron cuatro hijos, entre ellos el primogénito, llamado también Eduardo y que sucedería a Eduardo II en el trono, tras la abdicación forzada de éste.
La imprescindible brevedad a la que debe necesariamente ceñirse un artículo me inhibe en esta oportunidad para abundar en detalles sobre el complejísimo proceso de las guerras intestinas en la Inglaterra de Eduardo II. A quienes le interese el tema, me permito sugerirles la lectura de la abundante y variada bibliografía que hay al respecto: Edward of Carnarvon, 1284-1307 y The place of the reign of Edward II in English history: based upon the Ford lectures delivered in the University of Oxford in 1913, ambos de Hilda Johnstone; Edward II, de Seymour Phillips; The Greatest Traitor: The Life of Sir Roger Mortimer, 1st Earl of March, Ruler of England, 1327–1330 y The Death of Edward II in Berkeley Castle, ambos de Ian Mortimer; The Tyranny and Fall of Edward II, 1321–1326, de Natalie Fryde; Edward II, 1307-1327, de Mary Saaler; y por supuesto, la crónica más antigua existente sobre el particular, ya que fue escrita en 1326: Vita Edwardi Secundi, de autor anónimo.
Consecuentemente, me limitaré a consignar que la guerra civil, atizada por las intrigas y las ambiciones en el seno de la baronía sin que la débil y fluctuante voluntad de Eduardo bastara a evitarla (antes bien; contribuyó a enardecerla) se encendió, y luego de una enconada lucha entre las facciones, con la nobleza y el clero repartidos en sus preferencias por uno u otro de los bandos, Gavestone fue asesinado, según algunos historiadores, o ejecutado tras un breve juicio según otros.
Eduardo juró venganza contra aquellos a quienes reputaba como culpables de la muerte de su amado favorito; aunque después les concedería la gracia del perdón real (no obstante lo cual haría ejecutar a Tomás Plantagenet, conde de Lancaster, al que consideraba el máximo culpable).
La guerra civil trajo aparejada la pérdida ("pérdida" para Inglaterra, quiero significar) de Escocia, que se independizó en 1314.
Tras la muerte de Gaveston, Eduardo eligió como favorito (otra vez y al igual que la anterior, "favorito" en la corte y también en la cama) a sir Hugo Le Despenser, que "casualmente" era concuñado de Gaveston (estaba casado con una hermana de Margarita, la esposa -ahora viuda- de Gaveston: Leonor de Clare).
Las aberraciones cometidas por el déspota Despenser (por ambos Despenser, en realidad; pues el nuevo amante del rey era hijo y tocayo de sir Hugo Le Despenser, llamado el Viejo para distinguirlo de aquél al cual se lo conocía como el Joven) desatarían nuevamente la lucha interna, que involucraría además, a la reina consorte, Isabel; quien ayudaría a fugar de la Torre de Londres donde había sido recluído, a sir Rogelio Mortimer, conde de March, el principal opositor a la tiranía de los Despenser, quien se asilaría en Francia, donde reinaba ahora el hermano de Isabel, Carlos IV.
Y precisamente con éste se desataría un nuevo conflicto para Eduardo, por las tierras de Gascuña. A través de la sugerencia del papa Juan XXII, en 1325 Isabel convenció a Eduardo de destacarla ante la corte francesa para resolver el litigio. Isabel, en París, llegó prontamente a un acuerdo con su hermano Carlos IV, en virtud del cual se declaraba la paz y se le devolvería Gascuña a Eduardo. Para legitimar dicho tratado, Eduardo II debía rendir homenaje a Carlos IV, pero el primero, temeroso de que si se separaba de Despenser, los barones asesinaran a éste, reeditando lo ocurrido a Gaveston; prefirió enviar a su hijo y heredero, Eduardo de Windsor, que así se reunió con su madre en Francia.
A todo esto, Isabel se había reencontrado con Mortimer y se habían hecho amantes. 
Como era de esperar, Eduardo II reclamó a Carlos IV que hiciera que Isabel volviese inmediatamente a Inglaterra, y éste le respondió educada pero secamente, que su hermana había ido a Francia por propia voluntad y que asimismo, podía regresar a Inglaterra cuando quisiera; pero que si deseaba permanecer en Francia, no le correspondía a él echarla. Eduardo II recurrió entonces al papa, quien escandalizado ante el adulterio más que evidente, aconsejó a Carlos IV que la expulsase de su corte. Éste entonces, lo hizo, pero sólo en apariencia, pour la gallerie; mientras la seguía apoyando. La reina consorte de Inglaterra, que hasta entonces despertaba simpatía y compasión por estar casada con un rey mariquita que gustaba de los hombres; se vio así considerada como una puta adúltera.




Isabel se dirigió a Holanda y allí celebró un convenio con su primo Guillermo I, de la casa Avesnes, comté de Hainaut (conde de Henao), por medio del cual se estipulaba el futuro casamiento de su hijo, el joven Eduardo; con Felipa, la hija de Guillermo, y a cambio éste se obligaba a financiar un ejército integrado por mercenarios franceses y holandeses, con el cual Isabel y Mortimer proyectaban invadir Inglaterra, acabar con la tiranía de los Despenser y derrocar a Eduardo II, colocando en el trono al adolescente Eduardo con ellos como regentes.
Y efectivamente, todo les salió de acuerdo a lo que habían planeado. En setiembre de 1326 ni bien desembarcados Isabel y Mortimer con su ejército en la costa inglesa, la mayoría de los barones, encabezados por Enrique Plantagenet (hermano de Tomás de Lancaster, quien había sido ejecutado por orden de Eduardo II, como vimos antes), tomó partido por ellos, y en sólo dos semanas la formidable coalición en torno a Isabel y Mortimer tomó Londres y provocó la caída de Eduardo II, quien en compañía de su amante Hugo Le Despenser el Joven huyó a Gales. Las turbas londinenses, enardecidas y sin control alguno, salieron a cazar a los partidarios de los Despenser; los linchamientos, violaciones y saqueos se sucedieron y la ciudad fue presa del terror. Enrique apresó en Bristol a Hugo Le Despenser el Viejo y lo condenó a ser ahorcado, decapitado y descuartizado, tras lo cual ordenó que sus restos fueran arrojados a los perros.
Seguidamente, procedió a capturar a Eduardo II, al que llevó personalmente a Kenilworth, y a Hugo Despenser el Joven, a quien envió prisionero a Hereford, donde se encontraban Isabel y Mortimer. La ejecución que éstos le tenían reservada era espeluznante. Despenser fue conducido a la plaza, donde se lo desnudó y se leyó el bando en el cual se enumeraban los crímenes de los que se lo tenía por culpable. A continuación, lo ahorcaron; pero justo antes de que llegara a morir, fue descolgado.

 
Luego fue atado a una escalera al pie de la cual se encendió una gran hoguera.

 
Y seguidamente el verdugo le cortó el pene y los testículos, lo desolló, luego lo evisceró y finalmente le arrancó el corazón, arrojando al fuego los órganos.


Los alaridos de dolor que daba Despenser eran festejados por la multitud enardecida, distinguiéndose las ruidosas carcajadas de Isabel, que disfrutaba intensamente del "espectáculo".
Allí se ganó el apodo de Loba de Francia por el cual se la llamaría en adelante, debido a la blancura de sus dientes (característica esta rarísima en la Edad Media) exhibidos en las risotadas que lanzaba y a su crueldad. Después, bajaron el cadáver de Despenser, lo decapitaron y descuartizaron.
En cuanto a Eduardo II, fue encerrado en la Torre de Londres mientras un consejo se reunía y resolvía qué hacer con él; ya que las opiniones estaban divididas entre quienes querían ejecutarlo y los que no. Después de diez días de deliberaciones, se decidió que fuera recluido de por vida. 


En enero de 1327, el Parlamento reclamó su abdicación por una larga lista de cargos que se le formulaban, la cual se produjo el 21 de ese mes en favor de su hijo Eduardo de Windsor, que fue coronado el 1 de febrero y que en adelante reinaría con el nombre de Eduardo III; pero con Isabel y Mortimer como regentes en razón de su minoría de edad (tenía 14 años). 


El 21 de setiembre, Eduardo Plantagenet (ex Eduardo II) moría en el castillo de Berkeley en circunstancias que se desconocen. Hay quienes afirman que falleció por enfermedad, quienes sostienen que fue un estrangulamiento, quienes creen que fue asfixiado con una almohada, quienes se atienen a la versión más difundida: la de que fue asesinado por orden de Isabel y Mortimer por empalamiento (le habrían introducido un cuerno en el ano, haciendo pasar a través de él un hierro al rojo vivo), y hasta los hay quienes creen que no murió en ese entonces; sino que consiguió escapar y mantenerse oculto, falleciendo muchos años después de muerte natural. Particularmente, me hallo inclinado a suponer que murió de resultas de la combinación entre las condiciones de extrema insalubridad del sitio de reclusión y el abatimiento espiritual. Su cadáver fue embalsamado y sepultado en la abadía (hoy catedral) de Gloucester.
Isabel y Mortimer (especialmente éste), como regentes, actuaron con el mismo despotismo que había ejercido Le Despenser, reiterando sus prácticas de corrupciones, persecuciones y exacciones y sembrando el terror en beneficio propio y en el de sus esbirros.
El 24 de enero de 1328 Eduardo III, que contaba por entonces 15 años, se casó con Felipa de Henao, que tenía 13. El 15 de junio de 1330 nacería el primero de los 14 hijos que tendrían: Eduardo, el Príncipe Negro. El 19 de octubre de 1330, estando aún sujeto a la regencia de su madre y de Mortimer y percibiendo que la tiranía que éstos habían implantado era tan funesta y terrible como la anterior; se presentó sorpresivamente en el castillo de Nottingham donde estaba la pareja de regentes y apresó a Mortimer, al cual hizo encerrar en la Torre de Londres y ahorcar por traición un mes después, y proclamó su autoridad real, sin aceptar ya tutela alguna; a pesar de no haber llegado aún a la mayoría de edad. 



Obligó a su madre a retirarse y le fijó una pensión considerable. Isabel murió a los 67 años en su castillo de Rising, en Norfolk. Había tomado el hábito de clarisa.
De unos años a esta parte se han hecho tantos esfuerzos para reivindicar la figura histórica de Eduardo II, como los que desde el siglo XVI en adelante se hicieron para denostarla. En líneas generales, puede decirse que los primeros exhiben un bagaje tan paupérrimo en cuanto a la hermenéutica, que los argumentos esgrimidos para desechar las imputaciones paradojalmente llevan a que el lector se incline a reafirmar las mismas, aún cuando a todas luces sean injustas; y que los segundos, que cojean del mismo pie, pongan tal énfasis en la descalificación, que caen en invenciones inútiles y en la manipulación de la heurística. Y así, ambos se alejan de la honestidad intelectual que debería guiarlos en pos de esa utopía llamada verdad histórica.
Opino que Eduardo II estuvo tan distante de ser el dócil instrumento exento de mayores culpas en las manos inescrupulosas de ambiciosos seres abominables que quieren mostrarnos los unos; como de ser el mariquita vicioso, sanguinario, amoral y tirano que nos presentan los otros.
En apretada síntesis, considero que fue un botarate inserto en un contexto de lugar, tiempo y circunstancias en el que no tenía posibilidad alguna de sobrevivir. Puesto a reinar sin tener la más mínima aptitud para ello y obligado a hacer la historia, a provocar los sucesos, invariablemente fue detrás de los mismos, siendo así una hoja en el turbión. Adhirió, ya en su adolescencia, a una especie de adelphopoiesis secreta y sin iglesia, para terminar cayendo en la cuenta de que ni siquiera su propia carne podía dominar. Y no fue su elección sexual el condicionante mayor a la hora de su inexorable, rotundo fracaso (fracaso reconocido por él mismo en su abdicación forzada, por otra parte); sino su absoluta inanidad. Para colmo de males, los hados del destino, tan putos como él mismo, no le tiraron ni un centro. Si por lo menos, en lugar de la hermosa y astuta pero ruin Isabel de Francia le hubiera tocado una esposa como Felipa de Henao; quizá las cosas hubieran sido distintas, o por lo menos, algo distintas. Pero los dioses esa mujer se la dieron a su hijo, a él ni siquiera eso...
Eduardo II no fue un puto bueno ni un puto malo sino que fue una calamidad que atrasó la historia. 
Y esa fue la gran tragedia.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 24 de febrero de 2013

LA SOLEDAD DEL MANAGER

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
La soledad del manager es la tercera novela de Manuel Vázquez Montalbán de la serie Carvalho, subsiguiente a las primera y segunda de ella: Yo maté a Kennedy (1972) y Tatuaje (1974).
Editada en 1977, narra, abordándolo en el marco de esa época de la historia española (transición del franquismo a la democracia electoral), el nuevo caso de Pepe Carvalho, un detective nacido en Galicia que vive en Barcelona, en el coqueto y aristocrático barrio de Vallvidrera en las faldas del Tibidabo; el cual es contratado por Concha, la viuda de Antonio Jaumá, director gerente (o manager) de la filial española de una gigantesca multinacional; para esclarecer la muerte de su esposo que había sido asesinado en el contexto de un crimen con implicancias, en apariencia, de proxenetismo y tráfico sexual.
Carvalho, que es un ex comunista, ex agente de la CIA norteamericana, y gourmet exquisito que se regala manjares preparados cuidadosamente en selectos restaurantes o por él mismo, en tanto consumado cheff, regados con los mejores vinos; que tiene una novia, Charo, que es una prostituta de las caras, y un ayudante ex presidiario, Biscuter, que lo admira y adora; se ve así envuelto en una compleja trama de la cual deberá extraer la verdad de lo ocurrido al marido de su cliente.
Para ello, Pepiño Carvalho cuenta con los datos certeros que le aportan personajes insólitos como el Bromuro, un lustrabotas que vive con la obsesión de que los poderes de turno le echan bromuro al agua como estupefaciente destinado a adormecer las entendederas de la gente; y el coronel Parra, un ex camarada suyo que de militante comunista y antifranquista, ha pasado a desempeñarse ahora como asesor financiero de un banco.
En esa convulsionada Barcelona de fines de los 70s, un cada vez más cínico y descreído pero perspicaz Carvalho, continúa quemando libros considerados obras cumbres de la literatura mundial para encender, haga calor o frío, el fuego en la chimenea de su casa; mientras bucea tenaz y resueltamente en la oligarquía de la industria y el capital, entre la represión de manifestaciones izquierdistas y sesudas reflexiones, para resolver el caso que tiene entre manos.
De lo mejor de Manuel Vázquez Montalbán.

CADENAS ASOCIATIVAS

 
























Escribe: Gabriela Borraccetti

¿Cuántas cosas tomamos a mal por haber asociado una palabra a una connotación o ámbito despectivo? Por ejemplo, la palabra "manipular" ha quedado relegada a lo sórdido; cuando en realidad se trata de la acción sutil y precisa que se contrapone a la directa, evidente e impulsiva dirigida hacia determinado fin.
Este hecho es simplemente un ejemplo más que común y que todos podemos observar con toda claridad en este instante. Sin embargo, dicho "error" se suscita cotidianamente, todo el tiempo, en el momento en que dos personas entran en diálogo. No son pocas las discusiones y desavenencias que se producen por connotar lo que alguien nos dice, en forma negativa; respondiendo a su vez, con el tenor que creemos correspondiente, y dando así a nuestras palabras un cariz cada vez más agresivo en respuesta a lo que hemos considerado ofensivo.
El problema esencial de la comunicación es que se encuentra sujeta a las asociaciones que interna e inconscientemente hayamos establecido entre las emociones y el lenguaje; encontrándonos condicionados a percibir del otro algo que llevamos dentro como una herida o como una cualidad. Para quien ya ha recorrido el camino de desandar sus imágenes y autoimágenes negativas, existirá la posibilidad de no caer en un círculo de retroalimentación del mismo signo; sin embargo, quien no sana sus heridas, va sintiendo que el mundo a su paso lo lastima.
El gran avance que realiza aquel que se suelta de los condicionamientos pasados radica en poder cobrar perspectiva y salirse de un círculo de agresiones percibidas y devueltas. Una vez afuera, la escalada del insulto, la agresión y la ofensa cede su paso a una espiral bastante más amorosa que, lejos de lastimar; nos sana y nos coloca en un estado de armonía.
Estar atentos al momento en que nos ofendemos, puede abrirnos la puerta de una comprensión mayor acerca de quiénes creemos que somos.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica


sábado, 23 de febrero de 2013

SU CEREBRO CABE EN UNA CAJA DE FÓSFOROS



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡Este Sabattini no entiende nada! Su cerebro cabe en una caja de fósforos. (Juan Domingo Perón)

Perón aprendió y aprendía con gran velocidad porque era muy inteligente. Por ejemplo, sobre la vieja política argentina, creo haberle sido muy útil para informarle o para conocer, pero aseguro que pronto sabía más que yo. Y tenía ciertas aptitudes revolucionarias que los hombres ya formados no tenemos, una capacidad para no sorprenderse de nada, para aceptar hechos nuevos y para adaptarse a la realidad. (Arturo Jauretche)

Promediando el año 1944, bajo la presidencia del general Farrell, el por entonces coronel Juan Domingo Perón detentaba los cargos de vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. Había logrado triunfar en la interna que mantenía en el seno del gobierno con el general Luis César Perlinger, ministro del Interior quien, sustentando criterios opuestos a los suyos, lo había venido obstruyendo cuanto podía. Desembarazado de Perlinger, Perón era el hombre fuerte del gobierno y como tal, tenía innegablemente parte del poder; pero de ninguna manera -como lo hiciera notar sagazmente Jauretche- todo el poder. ¿Cuáles eran los motivos de la controversia que entre esos dos hombres se había desatado?
La historiografía liberal, antiperonista toda ella, y también la de inspiración marxista (la contraria al peronismo y aún la que le es afecta) sostienen que Perlinger era un nacionalista de derecha, pro nazi, que por pureza de principios no aceptaba la actitud híbrida de Perón (?). Nada más lejos de la realidad. En todo caso, se trataría de algo discursivo, pour la gallerie, o de últimas, metodológico; porque Perlinger integraba el GOU, con lo cual deben descartarse matices ideológicos en el enfrentamiento. Lo que en verdad ocurría, era que Perlinger y quienes lo seguían, entendían que el gobierno militar debía sostenerse y prolongarse sin término definido, hasta que el pueblo, "una vez que estuviese regenerado y reeducado", acertara a elegir a "los mejores" que habrían de gobernarlo (y de suyo, ellos descontaban que estarían entre esos "mejores", obviamente). Perón, en cambio, tenía una postura más pragmática y creía que había que profundizar las reformas introducidas hasta allí, fortalecer la política obrerista y las conquistas sociales, y luego de todo eso llamar a elecciones.
En medio de esa disputa con Perlinger, Perón empezó a tomar contacto con los referentes políticos de distintos sectores del conservadurismo y del radicalismo, y entre estos últimos; con Amadeo Sabattini, exponente ineludible de la intransigencia radical. La intención de Perón era absorberlos para la fuerza política que estaba empeñado en formar. José María Rosa le escucharía pronunciar: "La realidad efectiva, hoy por hoy, son los radicales y conservadores. Fagocitemos a los que están más próximos a nosotros". 
El historiador Norberto Galasso deja entrever, sin afirmarlo taxativamente, que Arturo Jauretche fue fundamental artífice a la hora de concretar esa entrevista: "Jauretche ha mantenido varias conversaciones con el caudillo cordobés, de las cuales nace una reunión Perón-Sabattini, hacia mediados de 1944, que se realiza en el despacho del administrador de Ferrocarriles del Estado, mayor Juan C. Quaranta", dice. La verdad es que por entonces, Jauretche se hallaba disgustado con Perón, con quien había tenido un cortocircuito (que no fue el primero ni sería el último), y la iniciativa de la reunión entre Perón y Sabattini (que dicho sea de paso, no era cordobés, como consigna Galasso; sino porteño afincado en Villa María) había sido de Quaranta; no fruto de las gestiones oficiosas de Jauretche.
Y séame permitida aquí una digresión: hay en el llamado progresismo, una tendencia a presentar a los forjistas como teniendo una capital influencia sobre Perón, a quien pintan siguiendo sus consejos como si se tratasen del infalible Oráculo de Delfos. La cosa era bien distinta: Jauretche, Manzi, etc., fueron hombres de extraordinaria relevancia en el campo del pensamiento y las letras; pero actuaron como asesores de Perón, aportándole a éste ideas y acercándole personas. No era que los forjistas formaron a Perón, sino que éste se formó a sí mismo; porque siempre fue hombre de inducir sus propios raciocinios.
Volviendo a lo de Perón-Sabattini, mucho se ha escrito sobre la reunión que mantuvieron y mucho más se ha especulado acerca de ello por parte del radicalismo y del antiperonismo en general.
Y claro, se comprende: es una manera de exaltar la importancia de Sabattini (y de paso, del desprestigiado, alicaído radicalismo) en el mapa político argentino de la época y de poner de relieve aquellos supuestos grandes méritos de su férrea intransigencia, factor este que, afirman, lo habría conducido a rechazar una supuesta candidatura a la vicepresidencia que en esa oportunidad le habría ofertado Perón.
Pamplinas. No hubo nada de eso. La reunión duró como mucho 15 minutos, que bastaron para que ambos se diesen cuenta de que estaban en las antípodas el uno del otro. Según afirmó Sabattini, Perón le ofreció al radicalismo todos los cargos del próximo gobierno, excepto la presidencia que reservó para el Ejército pero dejándole el segundo término de la fórmula, y a esa propuesta él habría respondido que la única candidatura posible sería la de un radical como presidente, porque "el radicalismo es la fuerza rectora del país; nada de frentes populares"; agregando: "estamos contra el 6 de setiembre de 1930, contra el 4 de junio de 1943 y contra cualquier intervención militar", y además; con un seco y tajante "yo no soy contubernista" (frase que por otra parte, usaba como muletilla siempre, por pura imitación del Peludo Yrigoyen).
Por su parte, el general Raúl Tanco afirmaría luego de realizada la entrevista, que Perón exclamó: "¡Este Sabattini no entiende nada! Su cerebro cabe en una caja de fósforos".
Preguntado por Félix Luna, Perón le contestaría que en modo alguno se habló de candidaturas: "Entre los políticos con los cuales conversé, hablé con Sabattini. Pero no me pude entender con él: era totalmente impermeable. Un hombre frío que no tenía posibilidad de entrar en una cosa como la nuestra... Él estaba en los viejos cánones". Luna: "-¿Usted ofreció a Sabbatini todas las candidaturas reservándose la presidencial?". Perón: "-No. De ninguna manera. No tratamos de eso. La impresión que saqué es que si yo le hubiera ofrecido algo para ser, hubiera aceptado, pero yo... ¿qué le iba a ofrecer a Sabattini?". Y en efecto, lo que le dijo Perón a Luna era estrictamente cierto, porque pensemos: si no podía Perón imponer su candidato para la intervención a la provincia de Buenos Aires, y tuvo que consentir en que lo fuera el general Juan Carlos Sanguinetti, identificado con Perlinger y en cuyo gabinete sólo logró poner a uno o dos ministros de entre la lista que le había acercado a petición suya Jauretche, ¿cómo podría entonces ofrecerle a Sabattini -o para el caso, a cualquier otro- nada menos que todos los cargos electivos excepto la presidencia? No estaba en condiciones de hacerlo, desde luego, y no lo hizo, sencillamente porque no hay que olvidar que Perón no era el gobierno; el gobierno era el Ejército, y dentro de ese esquema, Perón tenía una parte importante, decisiva si se quiere, del poder; pero como consigné precedentemente, no todo el poder. No le era dable ni posible hacer lo que se le antojara; debía necesariamente consensuar y acordar.
Y Sabattini, innegablemente poseía en un altísimo grado hermosas y loables virtudes cívicas que lo enaltecían y una escrupulosa honestidad puesta mil veces a prueba y jamás desmentida; pero vivía inmerso en un mundo ficcional, totalmente alejado de la realidad que lo circundaba, a la cual no comprendía ni siquiera remotamente. Se creía llamado a la alta misión de ser el continuador de la obra -según él, inconclusa (y debo confesar que me cuesta no poco agregar "felizmente, gracias a Dios" a eso de "inconclusa")- de Hipólito Yrigoyen, al cual admiraba con una devoción rayana en el fanatismo. Se veía a sí mismo como un apóstol regenerador de la política y no vislumbraba otro arbitrio que reeditar la intransigencia, los silencios y el misterio que en sus tiempos había empleado el Peludo como estrategia y sistema.
Pero así como la utilización por parte de Patroclo de la armadura de Aquiles no necesariamente convertía a aquél en éste; la adopción que hacía Sabattini de los métodos y estilo de Yrigoyen, no lo mostraba más yrigoyenista, sino que lo hacía aparecer como (y lo era) un yrigoyencito. Después, en octubre de 1945, se lo verá a Sabattini instigando al general Eduardo Avalos a la deposición de Perón y vanagloriándose de ser el que había "sacado de un ala a Perón" y jactándose de "voy a volverlo a sacar cuantas veces sea necesario" (se nota a las claras que lo suyo no era profetizar, decididamente), oportunidad en la que pudo ser presidente, llevado al sillón de la mano de Avalos, y que desperdició inexplicable e ingenuamente por haber reiterado el error de persistir en lo absurdo y extemporáneo de la intransigencia que imitaba.
No le quedaría ni siquiera el dudoso privilegio de ser en 1946 el candidato de aquel radicalismo amuchado al influjo de Braden en la inicua Unión Democrática.
¡Ah! y tenía razón Perón: Sabattini no entendía nada. Nunca entendió nada. Y es que la esfinge de Villa María era, en efecto, irremisiblemente impermeable a la realidad.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 22 de febrero de 2013

REALIDAD VIRTUAL Y NO VIRTUAL: UNA ESCICIÓN INTERNA



 
 
 
 
 
 
 
 

Escribe: Gabriela Borraccetti
 
Recién leía las noticias en Facebook. Un mundo maravilloso en donde todo el mundo se bendice, se saluda y reconoce en un Namasté la presencia del alma del otro.
La bondad, la sensibilidad y el compromiso escrito derraman las aguas de un manantial que se niega a agotarse. Pareciera que se acentúa la letra acerca de lo que nos hace más espirituales, dejando a las emociones más acaloradas y súbitas en el lugar de los desperdicios, esos a los que que hay que sacarse de encima como si se tratase de un virus extraño; a cambio de fortalecer una imagen angelical recién caída del cielo.
En ese formato idealizado y casi etéreo, no cabe ni una uña de la sombra de Belcebú! Cualquier controversia queda disimulada en un diálogo que a los ojos de cualquiera saca gigantes chispas, pero que a los ojos de sus participantes, se hunde bajo una alfombra de frases sutiles y aladas, y lecciones de vida que con una supuesta buena intención; se espetan casi casi como una ironía. Al salir de ese mundo en donde la santidad emana como un manantial escencial en la vida, y retomando el paso en el reino de la más tosca pero cotidiana tierra firme; es común que por ej,. al encender el televisor, resuenen esplendorosas las discusiones salvajes entre personas que quieren colgarse de la yugular de su interlocutor. Las palabras son altisonantes y en muchos casos, se utilizan en un estudio de T.V. los insultos que se escuchan en una cancha de fútbol; sólo que ahí no hay que pagar ninguna entrada y cualquiera, incluso los niños, pueden asistir al crico romano en minúsculas de la modernidad.
No obstante, aún nos falta salir a la calle; porque a pesar de haber salido de la faz virtual de un cielo espléndido, luminoso y lleno de buenos deseos -espejo de nuestros anhelos e ideales superiores y no por ello menos real-, nos encontramos con que somos de carne y hueso, y hay que trabajar, o hacer las compras, o ir a pagar impuestos. Es en ese momento en donde el tráfico nos vuelve sordos y las agresiones de auto a auto cobran tintes que pueden llegar a extremos inesperados; y que más de una vez terminan en violencia física. Ya se trate de vehículos que chocan, vecinos que se insultan, barrabravas que matan a un hincha de la tribuna de enfrente, saqueos, violaciones y demás actos funestos; caemos en la cuenta de que la agresión en la realidad no virtual, está la la orden del día.
Entonces, me pregunto ¿cómo tenemos un mundo tangible tan virulento, y uno virtual tan elevado? ¿Hasta dónde somos conscientes de nuestros autoengaños? ¿Somos capaces de abrazar a alguien que nos ha ofendido cuando lo tenemos justo enfrente? ¿Somos tan silenciosos en nuestro hogar, que las discusiones con nuestra pareja, hijos o padres son coloquiales y en un tono inaudible?.
Quizá nos haga falta recordar que la manifestación de la violencia tiene una fuerza directamente proporcional a la cantidad de energía que precisamos para llevar a cabo la represión del instinto agresivo; que por otro lado es tan natural e innato en el ser humano como lo es el amor; y que por lo tanto, tanta comprensión depositada en el lado luminoso de la balanza, está creando en el día a día, esos disparos verbales y no verbales que pesan del lado oscuro del platillo del "afuera", cuando por la ventana entra el ruido de una bala, o a la casa de un vecino, la bala misma. Si bien somos entes individuales, tenemos responsabilidad social y colectiva. Y si negamos, repudiamos, reprimimos algo que nos pertenece como individuos; lo veremos llegar como destino desde esa mirada que dirigimos al mundo del cual nos creemos eximidos.
Podremos disimular iras en un lugar en donde está tildado de anti espiritual cualquier manifestación que declare el gusto por ser el primero en llegar; está penado con comentarios anti ego cualquiera que se anime a declarar que no todo lo que reluce es dios y compasión; y por sobre todo; está totalmente condenado el acto de ser directo con las palabras hasta llegar a transformarlas en algo que se repite como un cliché, o retorcerlas para lanzarlas como una indirecta de la que no nos terminamos haciendo cargo cuando el otro se enoja.
Como si fuera poco, acto seguido, y si el otro reacciona; se le declara un loco que anda proyectando sus contenidos inconscientes en nuestras verbalizaciones! En el acto de clausura, se pone un tapón, las bocas se cierran y la pileta se termina inundando de un color furioso y tan silencioso como lo es el agua.
En esa absurda carrera de sentirnos más espirituales, llegamos a negarnos la posibilidad de ser tan auténticos como una palabra a tiempo, y dicha de la mejor manera posible: de frente.
A esta altura de la vida, sin dudas ya tenemos que habernos visto en alguna situación que nos haya generado al menos bronca, pero quizá nunca nos pusimos a balancear los excesos o defectos en el acto de erigir nuestra autoafirmación. Cuando hacemos este tipo de evaluación, sería bueno reflexionar acerca de cuánto debe ser ajustado el enojo al ritmo interno; en lugar de sujetarlo a permisos o convenciones sociales. Dichas normas implícitas y explícitas, hacen que quienes sean más proclives a un ataque, sean aquellos que parecieran menos inclinados a dar un puñetazo contra una mesa. Quizá debamos ponernos a observar que por lo general las víctimas de la agresión tienen colgado el cartel de "buena persona". Tal vez eso nos ayude a repensar cuánto bien nos estamos haciendo a nosotros mismos y a la humanidad, etiquetando violentamente a quienes no rezumen una cristalina e incipiente comprensión y bondad, y absteniéndonos de dar un grito de vez en cuando.
Prestar atención a cuán auténticos somos en la expresión integral de nuestro ser, nos puede dar la pauta de cuánto esfuerzo estamos haciendo para "no quedar mal" o quedar como seres iluminados que mantienen a oscuras la furia durmiendo en el placard. La diferencia que hay entre estos dos mundos -virtual y no virtual-, nos habla más que de la hipocresía; de una división interna que, hasta no resolver, dejará en sombras a aquello que consideramos como "el diablo";  perdiéndonos la oportunidad de ser seres completos, en donde se puede ver la luz gracias a la presencia -y no al ocultamiento-, de la oscuridad.
Nada hace posible la visión, si no es por el contraste de luz y sombra.
¡Que tengas un buen día!

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

NO ACLARES, QUE OSCURECE


 
 
 
 
 
 
 
 
 











Escribe: Gabriela Borraccetti
 
A muchos les habrá pasado tener que frenar alguna contestación incipiente, gracias a que después de dirigirnos un dardo, nuestro interlocutor acudió al gastado y ya manoseado paraguas protector del: "NO ME DIGAS QUE TE HAS OFENDIDO!!!  Recurso este cobarde si los hay, pero que aquí intentaremos desenmascarar de una vez por todas.
Existen muchos mecanismos de defensa, entre los cuales -y con mucha menos exigencia y gasto de energía por parte del aparato psíquico- se encuentra la negación. Este recurso, que por lo general confundimos con cualquier cosa que neguemos, no se aplica en absoluto a todo aquello a lo que antepongamos la partícula "no"; sin embargo, vamos a dar unos cuantos "tips" para reconocer el uso de este "artilugio", impidiendo que lo usemos sin leer el verdadero mensaje oculto.  
Por lo general, cuando acabamos de clavar una astilla, una duda o algo "comprometedor" en la mente de nuestro interlocutor, acudimos a hacer una aclaración, ya sea negando haber querido ser agresivo; negando haberlo hecho adrede; o interpelando al otro, cosa de ponerlo contra la pared del ridículo antes que nos muerda.
Estas argumentaciones posteriores al puñal, son todas ACLARACIONES, que tienen dos características:
-Ser autoprotectivas
-Haber nacido sin que nadie nos haya preguntado al respecto.
Por ej.:
"No es que yo quiera ser chusma, pero resulta que fulanita me dijo que te detesta";
o si no:
"No es que yo te haya sido infiel, pero en el artículo dice que en las parejas es un 67% probable que existan infidelidades";
o quizá:
"Es una broma! No me diga que lo tomaste a mal".
Entonces, tranquilamente el otro podría preguntar: ¿Por qué aclarar que no quieres ser chusma? ¿Acaso yo te lo he preguntado? ¿O será que lo que estás haciendo es ser indiscret@ y te niegas a verlo? ¿Por qué aclarar si fuiste infiel o no? ¿No será que tienes ganas y lo aclaras para reforzar tu duda? Y por último: ¿No crees que es muy tarde para negar lo que acabas de espetar?
Aquí, se trata de una negación que fracasa; algo que llega tardíamente como recurso desesperado de tapar con un dedo el sol, y antes de que Drácula, -que ha comenzado a transfigurar su cara-, nos meta el colmillo en la yugular.
No obstante, en los dos ejemplos anteriores claramente lo que se intenta negar  es algo que nosotros somos, sabemos, hicimos, nos preguntamos o deseamos hacer. Es algo que si bien no está guardado en el inconsciente propiamente dicho, está en una etapa en la que precisa ser reprimido o liberado; y la decisión... siempre está en nosotros.
Sea como fuere, no aclares, que oscurece.
 
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica