sábado, 25 de febrero de 2012

CAPRICHOS

























Podemos vivir atados a motivos, pero no a caprichos; porque el capricho es ciego y la ceguera, compulsión.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

LO SALVABA LA HERMOSA CONDICIÓN DE LA AUSTERIDAD


Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Periodista: -Señor presidente: ¿La declaración del estado de sitio se tomó por decisión unánime del gabinete de ministros?
Presidente Ramón Castillo: -Sí, señor; por supuesto, por unanimidad... de uno, que es el presidente, o sea; yo. (Ramón Castillo en rueda de prensa, el 17 de diciembre de 1941)

El secreto de mi longevidad es haber largado los vicios a tiempo: Desde que cumplí 75 años que no fumo; desde los 80 que no me emborracho; y a los 85 largué las putas para siempre ¡Palabra de honor! (Miguel Culaciati, ministro del interior del presidente Ramón Castillo)

La denominada década infame (José Luis Torres dixit), fue en realidad una “década” rara, no convencional, ya que en lugar de diez; la componen casi trece años: específicamente desde el 6 de setiembre de 1930 hasta el 4 de junio de 1943.
Ejerce la presidencia de la nación el doctor Ramón Antonio Castillo (quien sería luego clasificado en la historiografía como “Ramón S. Castillo”, cuando su segundo nombre era Antonio y no ningún otro que empezara con “S”). Pero veamos ¿quién era Castillo y qué representaba?
En lo esencial, y sintéticamente, un político conservador que detentaba la primera magistratura del país como consecuencia de haber integrado, junto al radical antipersonalista Roberto Marcelino Ortiz -otra rara avis, dicho sea de paso- en calidad de candidato a vicepresidente, la fórmula triunfante (en comicios escandalosamente amañados y fraudulentos) en las elecciones de 1938. Dado que Ortiz era diabético, en 1940 se vio obligado por su enfermedad a delegar -bien que a pesar suyo y después de un sinnúmero de idas, vueltas, marchas, contramarchas y cabildeos- el poder en su vicepresidente Ramón Castillo -reitero, por si las moscas: Ramón ANTONIO Castillo (o Ramón A. Castillo, como prefieran) y no "Ramón S. Castillo"-; y como de resultas de la misma enfermedad, se había quedado ciego, debió renunciar efectivamente, con lo cual Castillo pasó en ese momento (1942) a detentar formalmente una presidencia que ya en los hechos venía ejerciendo desde 1940.
Campeaba en el gobierno de Castillo -que en lo personal era de una insobornable honestidad-, un altísimo índice de corrupción. En efecto, y a pesar de la estricta honradez del presidente; muchos de sus funcionarios (y en especial un tal Miguel Culaciati, ministro del Interior, de filiación radical el hombre) estaban acusados y sindicados como responsables de trapisondas, negociados, coimas, abusos de autoridad y envilecimientos tales como, por ejemplo, el llamado “escándalo de los Niños Cantores de la Lotería Nacional”. Y al citado personaje Culaciati se lo vinculaba además con las transnacionales que ejercían el monopolio del comercio de granos. Esa corruptela generalizada en el gobierno de Castillo generaría, además de la lógica repulsa popular; despertó en determinados círculos militares la inquietud de que el Ejército Nacional se hiciera con el poder, de modo de “llevar a cabo una acción moralizadora para terminar con esas prácticas”.
Esa era, en apretada síntesis, la situación interna en los niveles del poder por entonces.
Pero resta aún considerar un elemento que suscitaría no pocos enconos entre los distintos factores en pugna: el orden global. En 1939 se había desatado la Segunda Guerra Mundial, en la cual combatían entre sí el llamado Eje, que conformaban la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón imperial; y la Entente o los Aliados: Los EE.UU. de Roosevelt, la Inglaterra de Churchill y la Rusia de Stalin.
Mayoritariamente la prensa, dominada por los dos principales diarios: La Nación, de los Mitre; y La Prensa, de los Paz, era abiertamente aliadófila (como igualmente aliadófilo era Crítica, de Botana). También lo eran los poderes económicos (la Bolsa, el comercio, los monopolios que fijaban el precio de las cosechas, etc.), como asimismo aliadófilos eran la mayoría de los generales del ejército que departían amigable e ineficazmente en los cómodos sillones del Círculo Militar, y los almirantes de la Marina. Por último, aliadófilos también eran –¡y cómo no habrían de serlo!- los cenáculos de señorones de la oligarquía que “arreglaban el mundo” en los exclusivos y suntuosos salones del Jockey Club.
En cambio, eran germanófilos algunos diarios y revistas de escasa tirada, como por ejemplo, El Pampero y Cabildo, que se atribuían la representatividad del “nacionalismo” vernáculo.
Así las cosas, parecía que el presidente Castillo, en consonancia con la “opinión generalizada de los argentinos” (es decir, los aliadófilos precedentemente citados, que presumían de ser todos los argentinos), alinearía al país con los EE.UU. Al fin de cuentas el "Viejo” (como lo llamaban, por su apariencia) Castillo era un hombre del Régimen, de modo que ¿cómo dudar de hacia dónde se inclinaría? No, impensable…
Pero… ocurrió un imponderable, uno de esos que suelen acaecer en un país tan profundamente contradictorio como el nuestro: resultó que Castillo... ¡no se revelaría aliadófilo como se lo suponía a priori

¿Eh? ¡¿Te volviste loco Serqueiros?! ¿Acaso no era conservador Castillo? Sí señor, lo era, y además; muy… ¿Y entonces? Ah, bueno, pasa que los argentinos tendemos a veces a tener una visión maniquea de las cosas, y en razón de ello, en ocasiones simplificamos todo racionalizando (erróneamente) los términos de la ecuación. 
No te entiendo, Serqueiros, ¿no podrías, aunque sea por una vez, ser un poco más explícito? Cómo no, con mucho gusto: hemos creído (o lo que es aún peor: nos han hecho creer) que todos los conservadores eran corruptos y vendepatrias, entonces, cuando nos topamos con hechos históricos que se dan de patadas con esa tesis, nos sorprendemos y no acertamos a interpretar adecuadamente las causas por las cuales se producen y las consecuencias que se derivan de; esos sucesos.
Castillo era, efectivamente, un político conservador, con una concepción jerárquica de la sociedad, amante del “orden” y reacio a los cambios bruscos; pero también era un criollo de tierra adentro (catamarqueño de Ancasti, el hombre), afable, sentencioso, simple y llano en el trato personal, con una sana desconfianza hacia los gringos y sobre todo hacia las “cosas de gringos”. Tenía asimismo un alto grado de patriotismo, perfectamente definido su sentido del deber (había sido un irreprochable juez y un gran jurista) y bien clara la pertenencia a una nacionalidad (aunque fuese una nacionalidad en ciernes, no importa). Una cosa era alguna que otra camándula para “arreglar” elecciones (el tristemente célebre fraude patriótico, viste), hacer, en pos del necesario equilibrio en la Concordancia, la vista gorda ante algún negociado poco transparente de un ministro (remember el personaje ese que mencioné, Culaciati), o alguna pequeña travesura a la hora de tener que apelar a una policía brava para prevenir ulterioridades; ya que todo eso no repugnaba mayormente a su conciencia republicana ("después de todo, gobernar la Argentina no es tarea sencillita, che", pensaría Castillo; "hay ocasiones en que se hace imprescindible meter la mano en la mierda para destrancar la cloaca"), y otra cosa muy distinta entregarle el país atado de pies y manos a los yanquis ¡Y eso no, señores! Con Castillo, por lo menos, no. Resumiendo: Castillo era un aristócrata, sin ninguna duda; pero no un oligarca. Entonces no estaba dispuesto a someterse a los caprichitos e imposiciones del imperio del norte. Además, el Viejo no era ningún zonzo a la hora de entender el país, y sabía perfectamente cuál era el significado de la palabra “libertad” en el concepto de la élite que manejaba la Argentina mentalmente colonizada de las vacas, el trigo, el Jockey Club, La Nación, La Prensa, la Bolsa y el Círculo Militar (¡si lo sabría Castillo!, cuántas veces habría usado y abusado del término “libertad” en sus bien cortados discursos conservadores…). En nombre de esa “libertad”, los oligarcas se embarcarían ardorosa y alegremente en el buque aliadófilo anglo-yanqui; y Castillo no iba a convalidar, y mucho menos a permitir- eso.
No le faltaba a ese presidente una buena dosis de olfato político y de cintura para salir airoso en situaciones desventajosas y comprometidas. Lo segundo le sirvió para sortear las distintas conspiraciones militares que lo amenazaban. Y lo primero lo usó para comprender que más allá de aliadófilos y germanófilos; la inmensa mayoría de los argentinos permanecía al margen de tal disyuntiva, e intuía que nada suyo se jugaba en una guerra europea. Es decir, esa mayoría era partidaria de la observancia de una neutralidad a todo trance. Un viejo zorro como Castillo, no iba desperdiciar semejante oportunidad de codearse con la popularidad, compañera de baile esta que les era esquiva a los conservadores desde siempre.
Por supuesto, sabía también que una golondrina no hace verano, y que bailarse un tango con la popularidad, no necesariamente significaba que de la noche a la mañana fuera a convertirse en un líder popular. Nada de eso; él mejor que nadie era consciente de que no se le perdonarían el origen fraudulento de su gobierno, las trenzas de comité, los comicios amañados, la policía brava y las mil agachadas de las que era capaz todo conservador que se precie de tal; pero ya el sentirse, si no aclamado y legitimado, por lo menos sí tolerado y asentido; era para él un triunfo completo, sobre todo, entrado en la etapa final de su mandato.
Y de todas maneras, Castillo no iba a abjurar de sus convicciones conservadoras; aspiraba solamente a concluir aceptablemente su gobierno para retirarse al seno de su hogar con la satisfacción íntima de quien sabe que ha cumplido con su deber, honrada y patrióticamente.
Para cuando Castillo asumió la presidencia de la nación por delegación del presidente titular, Ortiz; en el ejército se habían producido grandes mutaciones como consecuencia del recambio generacional. Los oficiales que comandaban efectivamente los distintos regimientos (tenientes coroneles) eran decididamente partidarios de sostener a rajatabla la posición de neutralidad con respecto a la guerra europea (posición diametralmente opuesta a la mantenida por los generales, que se pronunciaban mayoritariamente por el alineamiento con los EE.UU.). Aquellos tenientes coroneles veían en la neutralidad una clara manifestación de soberanía y no estaban dispuestos a ceder ni un tranco de pollo en eso.
Por otra parte, les chocaba la corrupción existente en el gobierno nacional -de la cual excluían expresamente al presidente Castillo (lo que estrictamente correspondía, ya que se trataba como dije, de una persona de intachable honradez); responsabilizando principalmente a su ministro del interior, Miguel Culaciati, y también a otros ministros y funcionarios, entre los que se encontraban los integrantes del Concejo Deliberante de Buenos Aires (recordar que por esas épocas, no existía la figura de ciudad autónoma para Buenos Aires)-.
Así las cosas, la cintura política de Castillo, su fina percepción y acendrado patriotismo, lo llevaron a entenderse perfectamente con la oficialidad del Ejército precedentemente mencionada (la que detentaba el mando real de las tropas; que no los generales, como consigné antes). Hablaron largo y tendido, se pusieron de acuerdo en algunos puntos que ambas partes entendían como básicos (mantener la neutralidad argentina en la guerra a todo trance, cerrar el Concejo Deliberante de Buenos Aires e implantar el estado de sitio, eran los más importantes), y entonces parecía que todo iba a andar bien.
Pero... el diablo metió la cola, y a metros nomás del disco, el caballo se mancó. Y se mancó por dos motivos. El primero fue que (como ocurría y sigue ocurriendo con los presidentes argentinos, que habitualmente se arrogan el "derecho" a designar al candidato que habrá de encabezar la fórmula partidaria para las elecciones siguientes) Castillo no se privaría de intervenir decisivamente en la nominación de quien se presentaría en los comicios para sucederlo en el gobierno, y eligió mal: a Robustiano Patrón Costas, cuya postulación significaba en concreto la continuación del fraude electoral y, casi con total certeza, el abandono de la posición de neutralismo; lo cual de ninguna manera habría de ser aceptado por los oficiales que formaban el GOU (Grupo Obra Unificación o Grupo Oficiales Unidos).
Y el segundo motivo fue que, desplazado el ministro de Guerra, Tonazzi; Castillo designó en carácter de tal al general Pedro Pablo Ramírez, quien contaba con el apoyo del GOU. Pero resultó que Ramírez -que era una completa nulidad y tenía una marcha gambetera (tal como después lo evidenciaría al asumir la presidencia de la nación, cometiendo una macana tras otra, lo que llevó a que lo reemplazaran por el general Farrell)-, como ministro de Guerra quiso dárselas de árbitro de la situación y creyó que podría ser candidato de la mano de los radicales (¡cuándo no!, los radicales armando lío y haciendo lo único que saben hacer: cagadas). Ramírez, pues, no acertó a comprender al presidente Castillo y traicionó la confianza que éste le había otorgado, hubo una serie de malos entendidos, ambos motivos: la designación de Patrón Costas y la creencia errónea (empezando el error por él mismo) de que Ramírez sería removido, confluyeron, y... ¡zas!, vino la Revolución del 4 de junio de 1943, que derrocaría a Castillo y que inició el proceso que desembocaría finalmente en las elecciones del 24 de febrero de 1946, que consagraron el triunfo de la fórmula encabezada por Juan Domingo Perón.

Producida la revolución, al día siguiente, 5 de junio, Castillo fue obligado a renunciar. Éste, una vez que hubo entregado su dimisión a los militares les dijo, tranquila y reposadamente: "Al fin voy a poder descansar, hace 13 años que no tengo un día de descanso", y se fue a la residencia presidencial a buscar a su familia y a retirar sus efectos personales.


De él diría José Luis Torres (que hasta sufrió persecuciones y cárcel durante su mandato), que “lo salvaba la hermosa condición de la austeridad”. 
El doctor Ramón Castillo murió poco después de esos sucesos, el 12 de octubre de 1944, a los 70 años. Al fallecer, su cuenta bancaria arrojaba como saldo, la "escalofriante fortuna" de... 70 pesos, lo cual fue una especie de certificado post mortem que establecía sin lugar a dudas para la posteridad, la escrupulosa honradez que durante toda su vida lo caracterizó.

-Juan Carlos Serqueiros-