domingo, 21 de octubre de 2012

UNA FUGA FRUSTRADA. SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Una vez sofocada la rebelión de los prisioneros realistas en San Luis, la prensa de Buenos Aires difundió ampliamente los sucesos y las expresiones de beneplácito se sucedieron. Lamentablemente, a la hora de interpretar los hechos, no ocurriría lo mismo con la historiografía.
El chileno Benjamín Vicuña Mackenna, por ejemplo, en su libro La guerra a muerte, llama a Monteagudo "intrigante" y "mulato sádico", y afirma que "el arte de matar había sido una de las ocupaciones predilectas de su vida"; y a Dupuy le enrostra calificativos tales como "venal", "lujurioso", "servil", "incapaz de una sola virtud", "cínico" y "verdugo". Concluye Mackenna en que con Dupuy y Monteagudo en San Luis, "el tigre y la hiena se habían juntado en esa jaula del desierto".
Y otro chileno, Francisco Encina, no se quedaría atrás a la hora de llamar "mulato" a Monteagudo, de tildarlo de "chacal repelente" y "sátiro inmundo"; y de emitir temerarios juicios tales como "una de estas jóvenes, Margarita, encendió la concupiscencia de sátiro que había en Monteagudo”.
Por su parte, Carlos Galván Moreno, en su pretendidamente imparcial biografía Monteagudo: Ministro y consejero de San Martín, lo tacha al tucumano de cobarde, por haber huido despavorido a los primeros tiros de Cancha Rayada (lo cual en efecto, era cierto: Monteagudo escapó a Mendoza; no sé si por cobardía, pero lo cierto es que lo hizo) y de "maestro en el arte de la simulación".
En resumen, para estos (y otros cuantos no citados aquí por razones de espacio) historiadores, los realistas sublevados, a los que muestran llenos de talento y valentía, habrían sido unas pobres e inocentes víctimas sacrificadas a los más bajos instintos de Dupuy y Monteagudo; que vendrían a ser así, dos abominables monstruos sanguinarios sedientos de venganza y movidos por bajas pasiones. Y encima, se dan el lujo de pintar al Libertador General San Martín -¡a San Martín!- como un hombre abrumado y decaído, cediendo a la influencia nefasta de un hábil e intrigante Monteagudo, al que pretenden erigir como el gran culpable de que los prisioneros hayan ideado una conjura para fugar.
Lo de estos historiadores realmente mueve a la indignación, pero mejor dejemos de lado sus delirios y dediquémonos a examinar los hechos y la abundante documentación existente; a ver qué conclusiones podemos extraer.
Analicemos, ante todo, quién era Vicente Dupuy, teniente gobernador de San Luis por esa época; y qué papel jugó Monteagudo frente a la conspiración realista. 
Nacido en Buenos Aires en 1774, Vicente Dupuy se había distinguido durante las Invasiones Inglesas en el Regimiento de Arribeños. En los días de Mayo de 1810, se pronunció entusiastamente por la deposición del virrey, formando parte de los chisperos, pasando después a la Banda Oriental para el sitio a Montevideo, donde permaneció hasta que la plaza cayó en poder de las fuerzas patriotas. Designado teniente gobernador de San Luis, fue uno de los más destacados colaboradores de San Martín, contribuyendo decisivamente a la formación del Ejército de los Andes. Dupuy gozaba del respeto y la estima generalizados del pueblo puntano y adhería incondicionalmente a San Martín, al cual profesaba una admiración rayana en la devoción. Si San Martín le hubiese ordenado a Dupuy que escalara el Aconcagua y se arrojara desde su cima; éste no habría dudado un instante en hacerlo, tal era su grado de lealtad y afecto al Gran Capitán. Cuando se produjo la llegada de los prisioneros realistas a San Luis, hubo un especial pedido del Libertador en el sentido de que los mismos fueran tratados con toda consideración, e interesándose personalmente en el teniente coronel Lorenzo Morla, que había sido su camarada de armas en España y de cuya familia había recibido muchas atenciones. Dupuy cumplió al pie de la letra el requerimiento de San Martín, brindando su hospitalidad a Morla, dándole su amistad, compartiendo con él su mesa y hasta auxiliándolo con su propio dinero (se conservan las cartas de Morla, y también de Ordóñez, a San Martín en las cuales ambos reconocen y agradecen las inmensas atenciones que les hacía Dupuy). Ese era el hombre al que los miserables historiadores más arriba mencionados califican de "incapaz de una sola virtud", "venal", "verdugo", etc.
Sobre fines del año anterior, esto es, 1818, llegó a San Luis el doctor Bernardo de Monteagudo, deportado allí por orden de San Martín, quien estaba muy disgustado con él por su actuación en el proceso y fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera (ver mi artículo al respecto en este
ENLACE), y por la dudosa muerte del abogado y coronel Manuel Rodríguez. A la vez, Dupuy había recibido una carta del gobernador intendente de Cuyo, Toribio de Luzuriaga, en la cual le recomendaba encarecidamente que tuviera las mayores prevenciones para con Monteagudo, ya que éste iba a la Punta castigado por San Martín, debido a lo cual el confinado fue recibido por Dupuy con extrema frialdad. No obstante ello, Monteagudo alternó con los puntanos del mismo modo en que lo hacían la corta guarnición local y también los prisioneros realistas. Así surgió la leyenda esa por la cual se atribuyen al despecho de Monteagudo, supuestamente surgido de una rivalidad amorosa, los móviles de los conjurados: se dijo que Monteagudo quiso seducir a Margarita, una de las hermanas de Juan Pascual Pringles -en casa de cuya familia se realizaban por los general los bailes y veladas-, mujer de extraordinaria belleza; y que ésta prefirió otorgar sus favores a un oficial español que habría sido el teniente Juan Ruiz Ordóñez (algunos, y otros; al percatarse de la incongruencia evidente surgida de que Ruiz Ordóñez tenía por entonces 17 años, mientras que la bella Margarita Pringles contaba 30; optaron por cambiar de "favorecido", reemplazando al adolescente por su tío, el general Ordóñez). Según ese difundido mito, Monteagudo, ciego de odio hacia un imaginario rival suyo en materia de amores, consiguió convencer a Dupuy (al que se lo quiere hacer aparecer como un imbécil sugestionable) de dictar el 1 de febrero de 1819 un decreto prohibiendo a los prisioneros salir de noche; y que ese bando gubernamental habría sido la causa única de la tragedia que se desató.
Está fuera de toda duda que Monteagudo quiso "ganarse" a Margarita Pringles -lo confirma su hermana Melchora (que un año después de la rebelión se había convertido en la esposa de Juan Ruiz Ordóñez, como consigné en el capítulo anterior)- en carta a Angel Justiniano Carranza-; pero pretender acotar un hecho de semejante magnitud cual lo es una sublevación de prisioneros con intento de asesinato de un gobernador y propósitos de fuga, a una mera cuestión de celos masculinos, es perder de vista la perspectiva histórica y mostrar a los protagonistas como si actuaran movidos sólo por impulsos irracionales, bajas pasiones, sadismo y crueldad.
Lo que ocurrió en realidad, fue bien distinto a lo que cuentan esos "genios" escribas de la "historia" (entre ellos, Mitre, que como de costumbre, se equivoca): independientemente de su afición al bello sexo (que era una característica de su índole personal que mantendría durante toda su corta vida, y que además; entra perfectamente en el terreno de lo natural: al hombre le gustaban las mujeres y tenía el arte de la seducción, ¿y, dónde estaría el problema?), Monteagudo poseía una despierta inteligencia y una aguda percepción, y no puede habérsele escapado el peligro representado por el daño que la eventual unión de montoneros alveacarreristas y confinados realistas podía ocasionar a la causa de la independencia (y en efecto, así lo dice en una carta a O'Higgins de fecha 5 de noviembre de 1818, escrita a poco de llegar a la Punta); amenaza esta que por otra parte, como cité antes, preocupaba y no poco a San Martín -de lo cual Monteagudo (y también Dupuy) tiene necesariamente que haber estado al tanto-.
Vicente Fidel López en su Historia de la República Argentina, afirma que el coronel Agustín Murguiondo, que formaba parte de las fuerzas españolas rendidas a las tropas patriotas en 1814 en Montevideo, y que se había pasado -como otros muchos de sus connacionales- a estas últimas influído por Alvear; les dijo en Montevideo a él y a Esteban Echeverría que había sido entre 1818 y principios de 1819, el agente y nexo entre Carlos de Alvear y José Miguel Carrera por una parte, y los prisioneros realistas en San Luis por otra. "De él mismo lo tengo", consigna; y agrega López que en el complot -que consistía en derrocar al gobernador de Santa Fe, Mariano Vera; hacer fugar a los confinados en San Luis; voltear a Pueyrredón (quien sería reemplazado por Alvear); y asesinar a San Martín y O'Higgins asumiendo Carrera el control de Chile-, entraron, además de franceses y chilenos; Estanislao López -que suplantaría a Vera en Santa Fe- y Francisco Pancho Ramírez.
Y efectivamente, el plan de Alvear y Carrera era el que menciona Vicente Fidel López, quien de no haber sido por su proverbial apego a la tradición oral en desmedro del estudio de los documentos, podría haber desentrañado toda la trama de la conjura en San Luis, porque él también, a pesar de estar bien rumbeado y en posesión de todos los elementos de juicio; cae en la creencia de los mitos ridículos de la "rivalidad amorosa" de Monteagudo con alguno de los principales oficiales realistas (sostiene que con el general Ordóñez), y de su capacidad de "sugestión" sobre Dupuy, como elementos decisivos en la cuestión. Si López hubiese analizado concienzuda y exhaustivamente el sumario a los sublevados, seguramente se habría percatado -por ejemplo- de que en él consta que éstos, además del baqueano conocido como "Marín", habían apalabrado para el mismo cometido a un indio que servía en la casa del teniente gobernador; lo cual indica que muy probablemente no había en todos los conjurados el propósito de tomar el mismo rumbo, sino que algunos planeaban hacerlo en dirección a la montonera (como por ejemplo, Carretero, quien fue el nervio de la rebelión); y otros -¿como Ordóñez y Morla, quizá?- irían a unirse a los araucanos y pasar luego a Chile para persistir en su empecinada lucha contra el independentismo americano algunos, o volverse a Europa otros; como acertadamente infiere López, pero sin atinar a dar con los elementos que avalen su tesis (y que los tenía, reitero, ante sus ojos).
Dupuy no era el tonto, voluble, infatuado y sugestionable que se nos quiere hacer creer que fue. Por lo contrario; era un patriota firme, corajudo y decidido que supo estar a la altura que la coyuntura le demandaba. Y la frase de su propio informe: "Yo los mandé degollar en el acto" que a menudo se cita para remarcar su supuesta crueldad, no hace más que indicarnos su estado de ánimo, natural en quien comprueba que aquellos a quienes había colmado de atenciones, intentaron asesinarlo. 

¿Qué pretendían que hiciera Dupuy? ¿Que después de haber compartido con los prisioneros todo cuanto tenía, inclusive su propio dinero, al verse pagado de esa manera; les dijese algo así como "caramba, señores enemigos realistas, os habéis portado mal y me habéis defraudado"??? Por favor...
Y Monteagudo, más allá de los deplorables excesos y actitudes impolíticas en que haya incurrido junto a Castelli en el Alto Perú (y que tantos males causaron), y de los errores que haya cometido; en oportunidad de la conjura realista en San Luis actuó como correspondía, en defensa de los más caros intereses de la patria. Nada tuvieron que ver en todo esto asuntos de polleras ni celos; Monteagudo hizo lo que hizo porque se dió perfecta cuenta de que si quería seguir desempeñando un rol protagónico y destacado, necesitaba imprescindiblemente volver al favor de San Martín (al de O'Higgins ya había vuelto con su participación en lo de los Carrera y en lo de Manuel Rodríguez), y aventar las sospechas que en el Libertador, en Luzuriaga y en otros, despertaban su pasada actuación junto a Alvear en 1814, cuando éste era Director Supremo.
¿Si Monteagudo, de no mediar esas circunstancias hubiera procedido como procedió? Y, qué sé yo... nadie puede saberlo. Y además ¿qué importa? La historia analiza hechos, y las especulaciones acerca de si esto o lo otro, amén de ociosas e inconducentes; corren por cuenta de quien las haga.

Lo cierto es que aquel 8 de febrero de 1819, Dupuy, Monteagudo, Quiroga, Pringles y sobre todo; el heroico y abnegado pueblo de San Luis, salvaron a la Revolución Americana de un gravísimo peligro que sobre ella se cernía. Lo demás es chicharrón de vizcacha.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 18 de octubre de 2012

UNA FUGA FRUSTRADA. PRIMERA PARTE



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La mayor parte de los oficiales realistas y una porción de las tropas a su mando, prisioneros emergentes de los triunfos patriotas en las batallas de Chacabuco y Maipú, fueron confinados en San Luis, donde gozaron de cierta libertad de movimientos y hasta llegaron a alternar normalmente con la sociedad puntana, e inclusive con las autoridades.
Hasta que el diablo metió la cola: una serie de factores confluyeron y... se desató el drama, principiado en una revuelta.
El 8 de febrero de 1819, lunes, cerca de las 8 de la mañana, el teniente gobernador de San Luis, teniente coronel Vicente Dupuy, fue avisado por su ordenanza que un grupo de entre los prisioneros realistas pedía entrevistarlo, a lo cual aquél accedió de inmediato, recibiéndolos en su despacho (cabe aclarar que Dupuy vivía en una casa que había sido del vecino de San Luis, don Tomás Osorio, sita en el terreno donde actualmente se alza la catedral). El gobernador estaba acompañado por su asistente, el capitán de las milicias puntanas José Manuel Riveros; y por un médico español, el doctor José María Gómez (que también se encontraba confinado allí). Los prisioneros que entraron al despacho de Dupuy fueron: el coronel Antonio Morgado, el teniente coronel Lorenzo Morla y el capitán Gregorio Carretero.
La conversación se desarrollaba informal, amable y distendida cuando, de pronto, Carretero extrajo un cuchillo de entre sus ropas y se abalanzó sobre Dupuy, gritándole: "¡So pícaro, estos son los momentos en que toca a usted expirar! Toda la América está perdida y de esta no se escapa usted". El gobernador -que no era precisamente de los que se arrean con el poncho-, reaccionó instintivamente y acertó a darle un manotazo a Carretero que le hizo caer a éste el cuchillo. Al ataque contra Dupuy de Morgado y Morla, se sumaron el general José Ordóñez, el coronel Joaquín Primo de Rivera y el teniente Juan Burguillo, que venían de reducir al soldado Domingo Ledesma (el ordenanza que había avisado a Dupuy de las visitas), que estaba de centinela en la puerta, y de darle una puñalada al secretario de Dupuy, Riveros, que se dirigía a la calle pidiendo auxilio ante la agresión de que era víctima el gobernador.
Paralelamente a esto, otro grupo de oficiales realistas se había dirigido a la casa en que se alojaba el doctor Bernardo de Monteagudo, con el propósito de reducirlo o asesinarlo, mientras que simultáneamente, otros conjurados intentaban copar el cuartel y cárcel (que distaba exactamente una cuadra de la casa del gobernador), en cuyas dependencias se encontraba una cincuentena de "montoneros" que había enviado presos a San Luis el gobernador de Córdoba. Los montoneros no sólo no quisieron saber nada con los realistas que les proponían plegarse a ellos, sino que además; encabezados por el entonces capitán de milicias de los Llanos, Juan Facundo Quiroga, quien estaba "armado" solamente con un asta que le servía de chifle;  los corrieron.
Al sentir los gritos de pedido de auxilio provenientes de la casa del gobernador que profería el doctor Gómez, la gente salió a las calles en tropel, dirigiéndose a ese punto; mientras que en fulminante reacción, las milicias puntanas -destacándose entre ellas el por entonces alférez Juan Pascual Pringles-, sofocaron la sublevación realista, dando muerte a cuanto prisionero encontraban al paso y matando asimismo a los que momentáneamente habían logrado tomar el depósito de armas del cuartel.
A todo esto, los conjurados que se hallaban en el interior de la casa del gobernador, aterrados, imploraban a éste que contuviera a la gente agolpada frente a ella que intentaba derribar la puerta, y le pedían que les garantizase la vida, a lo cual parece que accedió Dupuy, quien se dirigió, armado con un sable que los realistas le permitieron tomar, a quitar los cerrojos de la puerta. En cuanto lo hizo, una multitud se precipitó dentro de la casa, y el gobernador les gritó: "¡A matar godos!", dando el ejemplo él mismo, decapitando con su sable a Morgado. En cuestión de instantes, la gente del pueblo que había irrumpido en la casa, acabó con Ordóñez, Carretero, Morla y Burguillo; mientras que Primo de Rivera lograba escapar por los corredores e introducirse en la habitación de Dupuy, en la cual halló una carabina con la que se suicidó disparándose en la cabeza.


Alrededor de las 9 de la mañana, todo había terminado. La revuelta había sido sofocada, ahogada en sangre, y en la habitualmente apacible San Luis, conmocionada por el suceso; su teniente gobernador disponía se sustancie un proceso tendiente a esclarecer los hechos, determinar los culpables y estipular su castigo, para lo cual comisionó como juez a Bernardo de Monteagudo, quien se encontraba allí confinado por decisión del general San Martín.
El 13 de febrero, Monteagudo elevó a Dupuy el resultado de la instrucción de la causa. Al día siguiente, éste solicitó a aquél su dictamen definitivo; contestándolo Monteagudo el mismo día, declarando inocentes a los realistas mariscal Francisco Marcó del Pont, coronel Ramón González de Bernedo y soldado Antonio Olmos; también inocentes a los confinados -presos por razones de seguridad, pues se los tenía por enemigos de la causa (es decir, por españoles de ideas y convicciones opuestas a la independencia)- Nicolás Ames (un comerciante vizcaíno radicado en San Luis) y Pedro Bouzas (un campesino natural de Galicia, también habitante de la Punta); y culpables al resto, sentenciando a muerte a todos los que habían quedado con vida luego de la represión, a los que se les había comprobado su participación en la conjura o que habían confesado; con la sola excepción de un paisano conocido en San Luis como José Marín, que en realidad se llamaba José María Guarda, al que habían apalabrado para que les hiciera de baqueano, y para el cual estableció la pena de reclusión perpetua.
El gobernador ratificó el dictamen de Monteagudo y fueron todos fusilados, menos el teniente Juan Ruiz Ordóñez, un adolescente de 17 años, sobrino del general Ordóñez; que pidió clemencia a Dupuy y éste le conmutó la pena, al parecer, accediendo a súplicas en ese sentido de la familia Pringles.
El 3 de marzo, Dupuy ordenó despachar copias del expediente ya finalizado y cerrado al Director Pueyrredón y al gobernador intendente de Cuyo, coronel Toribio de Luzuriaga, y el original al general  San Martín.
Éste, que al recibir el 17 de febrero la primera noticia de la conspiración se encontraba en Curimón, en viaje desde Chile a Buenos Aires, temía una eventual alianza de los prisioneros realistas con la montonera que sabía alentaban desde Montevideo José Miguel Carrera y Carlos de Alvear, y albergó en principio serias sospechas de que Monteagudo pudiera haberse involucrado en algo que el Libertador reputaba como muy peligroso para la causa independentista, y receloso, apresuró su marcha. Al llegar a Mendoza, Luzuriaga lo tranquilizó al informarle que la revuelta había sido reprimida, y al arribar finalmente a San Luis, se interiorizó debidamente de todos los sucesos y aprobó sin reservas lo actuado por Dupuy y Monteagudo, dando por terminado el confinamiento de este último y nombrándolo auditor del ejército en Mendoza.
El 9 de marzo, San Martín remitió el original del proceso al Auditor General Matías de Irigoyen
Asimismo, el general San Martín pidió llevasen a su presencia a Juan Facundo Quiroga, y después de encomiar su actitud durante la revuelta y felicitarlo, dispuso fuera puesto en libertad. También solicitó ver al adolescente Juan Ruiz Ordóñez, y luego de hablar con él, ordenó le fueran quitados los grillos, se le proveyera ropa nueva y se atemperasen las condiciones de su prisión, dejándolo en una virtual libertad. Al año siguiente, Ruiz Ordóñez se casó en San Luis con Melchora Pringles, hermana del por entonces alférez de milicias puntanas Juan Pascual, que se había distinguido durante la represión de la conjura.
Hasta aquí la relación de los hechos, tal cual surgen de la clara y abundantísima documentación al respecto; en la próxima entrega, daré mi interpretación de los mismos.

(Continuará)

domingo, 14 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (TERCERA Y ÚLTIMA PARTE)


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

(Continuación)

El nacimiento de un mundo se aplazó por un momento; / fue un breve lapso del tiempo, del universo un segundo. / Sin embargo parecía que todo se iba a acabar / con la distancia mortal que separó nuestras vidas. (Pablo Milanés)

Para 1816, transcurridos ya seis años de revolución, el panorama distaba mucho de ser halagüeño.
Las Provincias Unidas, que de esa presunta condición de unidad sólo conservaban el nombre, estaban partidas en dos bloques antagónicos: por una parte, las que componían la Liga Federal, es decir la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y las Misiones; y por otra, las que giraban en la órbita del Directorio, o sea Buenos Aires, Salta (que incluía a Jujuy), Tucumán (que incluía a Santiago del Estero y Catamarca), Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis), y el Alto Perú. Córdoba se mantenía en un precario equilibrio entre ambas posturas.
Declarada que fue el 29 de Junio de 1815 en el marco del Congreso de Arroyo de la China la independencia por parte de las provincias nucleadas en los Pueblos Libres (con más la asistencia de Córdoba); las que respondían al Directorio se aprestaban a hacer lo propio en el que se había convocado en Tucumán (que contaría también con la adhesión de Córdoba). Y por cuanto ya resultaba a todas luces evidente que ninguno de ambos bloques tenía la capacidad de imponerse al otro; se había alcanzado una virtual situación de stalemate que amenazaba con asfixiar a una revolución que se debatía así entre los egoísmos de la prepotencia sectaria de los directoriales; y los mezquinos localismos anárquicos de los federales.
Para salir de ese brete alevoso, se precisaba de una propuesta superadora, equidistante de ambas posturas, y fue entonces que, una vez más y como siempre; surgió el genio portentoso del gran ideólogo y nervio motor de la revolución: el general Manuel Belgrano, con su proyecto de monarquía incaica con trono asentado en el Cuzco.
El mismo, a la vez que reflotaba uno de los principios más caros a la Revolución de Mayo expresado en versos de la canción patria, prefiguraba no sólo la unidad del ex virreinato del Río de la Plata; sino además la integración política con el del Perú, la ex Capitanía General de Chile y el sur del Brasil, y además; al ser inclusivo, multiétnico y prever una regencia ejercida por una aristocracia con auténtico sentido nacional, sintetizaba en sí mismo los postulados sociales más relevantes tanto de los sostenedores del federalismo, como así también de los directoriales.
Inmediatamente, los intereses en pugna de unos y otros se pusieron en juego para abortarlo. Frente a la grandeza de la propuesta belgraniana, se alzaron las pequeñeces de la politiquería vernácula, obediente tanto a los dictados de ultramar como a la estrechez de miras de los localismos ridículos. Había sólo un Belgrano, sólo un San Martín y sólo un Güemes, y la golondrina representada por ellos no bastaba para hacer propiamente un verano que, efímero, se mostró escuálido y poco tórrido ante un largo invierno especialmente gélido, encarnado en tanta mezquindad reinante.
Así las cosas, en el seno del Congreso la moción del diputado Azevedo, originalmente apoyada por la mayoría; naufragaría frente a las trenzas y enjuagues dilatorios de los diputados porteños duchos en componendas, en connivencia con no pocos de sus pares provincianos. Para muestra basta con un botón, y si no, leamos lo que el congresal José Darregueira, diputado por Buenos Aires, le escribía a Guido en fecha 27 de junio de 1816: "Por cartas contextes recibidas en el correo anterior, estamos convencidos de la necesidad de trasladar el Congreso a ésa (Nota mía: se refiere a trasladar el Congreso a Buenos Aires, como en efecto, se verificó después). Sin embargo, por asegurar el golpe, hemos convenido con algunos diputados que nos son adictos, en suspender la moción hasta que empiecen a llegar las tropas de arriba y el nuevo Director nos ayude desde ahí en la empresa" (subrayados míos). 
Por su parte, Rivadavia conseguía infundir dudas en el Director Supremo, Pueyrredón, quien a principios de 1817 le escribía a San Martín: "Ayer he tenido comunicaciones de Rivadavia del 22 de febrero último en París. Dice que ha sido recibida con extraordinario aprecio la noticia de que pensábamos declarar por forma de gobierno la monarquía constitucional; pero que ha sido en proporción ridiculizada la idea de fijarnos en la dinastía de los Incas. Discurre con juicio sobre esto, y me insta para que apresure la declaración de la primera parte. Éste ha sido mi sentir, pero no sé si los doctores pensarán de un modo igual". Era ese el mismo Pueyrredón que en carta a Belgrano del 3 de diciembre de 1816, decía a éste: "Me ofrece V. instruirme del enviado al interior a promover las ideas de Inca, Constitución, etc., etc.: si me interesa saber su nombre, dígamelo V. pero si no, omítalo, para no exponerlo al riesgo de un correo".
Por el lado de los federales la incomprensión no era menor, y ya en el anterior capítulo habíamos visto cómo Artigas usaba la carta de Belgrano para ejemplificar a sus oficiales en qué residía aquello a lo que en su opinión, había que oponerse a como diera lugar.
De nada serviría la hermosa proclama del 27 de julio de 1816 del General a las milicias en Tucumán: "He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de gobierno que ha de regir la Nación, y he oído discurrir sabiamente en favor de la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación soberana en la casa de los Incas y situando el asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional, tan noble y justo con que aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos".
Sería asimismo otra campana de palo la no menos heroica de Güemes, aquella de: "En todos los ángulos de la tierra no se oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. ¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la corona? Pelead, pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la provincia de Salta y su jefe vela incesantemente sobre vuestra existencia y conservación".
Resultaría también infructuoso el entusiasta y decidido apoyo del ínclito general San Martín enunciado, por ejemplo, en esta carta del 22 de julio de 1816 a Godoy Cruz: "Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan una regencia de personas, en el momento que pase de una todo se paraliza y nos lleva el diablo, al efecto no hay más que variar de nombre a nuestro Director y quede un Regente, esto es lo seguro para que salgamos a puerto de salvación".
Un a esa altura ya muy preocupado Belgrano, escribía a Güemes el 10 de octubre de 1816: "Crea V. compañero que tengo mi ánimo muy afligido y más cuando veo que nuestros sabios reunidos no dan el gran paso que promoví desde que llegué: se contentaron con declarar la independencia, acto insignificante si no era acompañado de la forma de gobierno, pues que ya la teníamos de hecho y después no han dado un paso a constituirnos, dejando a los amigos del desorden en sus mismos caminos y prestándoles oído a sus opiniones tan ridículas, como imposibles de ejecutarse".
Y no otra cosa que deplorable fue el papel que le cupo en la cuestión a cierto sector de la prensa, tal como consignaba el General en carta a Güemes del 18 de octubre de 1816: "El editor de la Crónica Argentina nos da dicterios y zahiere por el pensamiento de Monarquía Constitucional y del Inca: contra mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que mi conducta e intenciones se dirijan al bien general".
Aquel ya casi dos siglos lejano 1816, el muy raras veces generoso y siempre apremiante tren de la historia pasó por Tucumán, deteniéndose muy brevemente. Los argentinos, adormecidos en el andén, con la consciencia colectiva obnubilada por tanto estupefaciente consumido en la forma de cantos de sirena, lo dejamos seguir; sin atinar a subirnos a él.
Y desde entonces aguardamos su regreso.

-Juan Carlos Serqueiros-

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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Fondo Congreso General Constituyente.
Astesano, Eduardo, Juan Bautista de América. El Rey Inca de Manuel Belgrano, Castañeda, Buenos Aires, 1979.
Cáceres, Ramón de, Memoria Póstuma o Acontecimientos de la Vida Pública del Coronel Don Ramón de Cazeres, Revista Histórica, Montevideo, 1959.
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 2, Editorial P.A.D.E.E., Buenos Aires, 1968.
Gianello, Leoncio, Historia del Congreso de Tucumán, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1968.
Güemes, Luis, Güemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979.
López, Vicente Fidel, Historia de la República Argentina, Tomo V, Librería La Facultad de Juan Roldán, Buenos Aires, 1911.
Mitre, Bartolomé, Historia de Belgrano, Tomo II, Ledoux y Cía. - Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1859.
Registro de inhumaciones del cementerio de La Recoleta.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 3, Editor Juan C. Granda, Buenos Aires, 1965.

miércoles, 10 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (SEGUNDA PARTE)

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

(Continuación)

¿Era efectivamente Juan Bautista Túpac Amaru en quien había pensado Belgrano para sentarlo en el trono que a la faz del mundo habría de alzarse en el Cuzco?
Es difícil (y a menos que aparezcan documentos hasta hoy desconocidos; será imposible) saberlo. El General no hizo nombres cuando expresó su proyecto, ni públicamente, ni en cartas privadas, como afirman irresponsablemente algunos; sin especificar a cuáles "cartas privadas" se refieren ni dónde se hallan las mismas.
Estimo pertinente resaltar que no es cierto lo que sostienen los actuales fogoneros mediáticos y politiqueros del asunto, en el sentido de que Juan Bautista Túpac Amaru era el "único" sobreviviente de la familia de José Gabriel Condorcanqui atrozmente ejecutada en 1781 en el Cuzco. Al respecto, señala apropiadamente José María Rosa: "Tupac-Amaru tenía un hermano, ya casi octogenario, preso en los calabozos de Cádiz, y parientes en su confinamiento de Tinta" (subrayado mío).
Y treinta años después de los sucesos, Tomás Manuel de Anchorena, recordando su participación en la cuestión como diputado por Buenos Aires al Congreso (y olvidado de su original -aunque efímero- apoyo a la propuesta belgraniana), le escribía el 4 de diciembre de 1846 a su primo Juan Manuel de Rosas, contándole que el general Belgrano, preguntado por los congresales en aquella sesión secreta del 6 de julio de 1816 con respecto a quién sería el candidato a ocupar el trono; les respondió que "a su juicio particular debíamos proclamar  la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco" (subrayado mío). Ergo, está claro que para Anchorena, en quien había pensado Belgrano no era precisamente Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba preso en Ceuta o en Cádiz, y que a menos que tuviera el don de la bilocación, obviamente no podía ser a la vez el que "existía en el Cuzco". Aunque por supuesto, debe tenerse en cuenta que, más allá de la voluntaria o involuntaria tergiversación en lo que hace a su actuación personal en el tema, pasados nada menos que treinta años; la memoria (sea la de Anchorena o la de cualquiera) bien pudiera tener algún fallo. De todos modos, no deja de ser un indicio más.
Al cual, dicho sea de paso, adhiere Vicente Fidel López, que en su Historia de la República Argentina dice: "el proyecto de erigir como casa reinante a la familia de los incas, de la que se decía que andaba por el Perú un indio viejo que era vástago genuino y notorio de Túpac-Amaru, aquel que en 1782 había sido destrozado a cuatro caballos en el Cuzco" (subrayado mío). Aquí incurre López en un par de errores, quizá porque como es sabido, escribió su Historia basado en los relatos orales de su padre, don Vicente López y Planes, que fuera el autor de nuestro Himno Nacional: consigna equivocadamente como año de las ejecuciones de Cuzco a "1782", cuando en realidad, esas tuvieron lugar en 1781; y reputa como de edad avanzada a alguien que, en caso de ser efectivamente "vástago de Túpac-Amaru", no podía bajo ningún punto de vista ser considerado en 1816 como "un indio viejo", toda vez que andaría frisando en los 40 o 45 años, a lo sumo). 
Por otra parte, la dinastía de los Incas no se circunscribía sólo a la familia de Túpac Amaru; había, por ejemplo, en España miembros de la nobleza incaica, como ser Dionisio Inca Yupanqui, coronel del Regimiento de Dragones del Real Ejército Español y diputado a las Cortes de Cádiz, quien desde muy joven había sido enviado desde el Cuzco a estudiar al Colegio de Nobles de Madrid, y a quien le cabría una destacada actuación en la llamada Guerra de la Independencia española contra los franceses. 
Es sugerente que el cónsul general y encargado de negocios de Inglaterra ante la corte de Río de Janeiro, sir Henry Chamberlain, escribiera el 29 de agosto de 1816 desde el Brasil a su jefe en el Foreign Office, el ministro inglés Henry Robert Stewart, vizconde de Castlereagh, anoticiándolo acerca de las deliberaciones del Congreso en Tucumán: "La persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial del Ejército Español que actualmente se encuentra en España, si es que no está en Madrid mismo". Quien pasó el dato a Chamberlain, tiene que haber sido Manuel José García, quien por esa época estaba en Río de Janeiro incitando a los portugueses a invadir la Banda Oriental, lo cual éstos, efectivamente, habrían de verificar. ¿Podemos, si queremos proceder seria y razonablemente en cuanto al análisis de una cuestión histórica, desechar la consideración aunque más no sea como un indicio, de un documento que proviene nada menos que de la siempre bien informada y eficaz diplomacia inglesa? En mi opinión, no, no podemos; debemos necesariamente tomarlo en cuenta. No pretendo significar que esto compruebe que el candidato del general Belgrano al trono incaico fuese Dionisio Inca Yupanqui, para nada; digo simplemente que es uno más de los tantos elementos que demuestran que de ninguna manera puede aceptarse más allá de toda duda que hubiera pensado sí o sí en Juan Bautista Túpac Amaru.
Particularmente, sigo al presente inclinado a inferir como la hipótesis más plausible, la que hace tiempo induje: que Belgrano, en el Alto Perú y en 1813, debe de haberse anoticiado, ya sea por haberlo conocido en persona o por mentas que le llegaron, de la existencia de algún integrante de la dinastía incaica, y que en él era en quien pensaba cuando elaboró su proyecto. Y además, creo que lo concibió (no como proyecto realizable en esos momentos y esas circunstancias, pero sí como idea) ya en ese año de 1813 y no en 1816 como todo el mundo tiene por válido sólo porque fue en ese año que el General lo dio a conocer.
Hay un elemento muy importante que (llamativamente) no es tenido en cuenta: La Memoria póstuma ó acontecimientos en la vida Pública del Cor.l D.n Ramon de Cazeres. Este militar oriental tuvo activa participación en la política del Plata entre 1812 y 1852, y escribiría, a solicitud de Andrés Lamas, sus memorias, las cuales dedicó a éste. Respecto al tema que nos ocupa, dice Cazeres: "Mis opiniones estaban entonces de acuerdo con muchos de los 1.os hombres de la Rebolucion: D.n Jose Artigas nos habia mostrado algunas veces una carta de D.n Man.l Belgrano, escrita desde Sta. Fee, (hay aquí una llamada '[8]', a una nota de pie de página, la cual reza: 'me parece q.e en el año 13') diciendole q.e le parecia no podria constituirse la America del Sud, sino bajo la forma de una monarquia constitucional, proyectaba se buscase un descendiente de los Yncas p.a coronarlo, y conciderandole hombre sin educacion y sin talentos, proponia la formacion de una regencia, en la q.e. tendrian parte los hombres mas ilustrados, y q.e mas hubiesen trabajado en la rebolucion; Ese docum.to yo creo que no está perdido, y q.e ha de ver la luz un día." (sic). Nota mía: el texto es la transcripción fiel de lo escrito por el autor, sin correcciones gramaticales ni ortográficas.
Cazeres sitúa la carta como escrita desde "Sta. Fee", es decir, Santa Fe, en 1813; pero acota en relación al año: "me parece". No debe haber sido de 1813, ya que ese año Belgrano no estuvo en Santa Fe; sino de 1814 (en cuyo caso, tampoco debería estar emitida desde esa ciudad), en que se produjo su intercambio epistolar con Candioti acerca de la situación de Santa Fe y la Banda Oriental y la mediación que a éste le había encomendado Posadas (ver mi artículo al respecto en este ENLACE); o bien de 1816, cuando tuvo que marchar a hacerse cargo del Ejército de Observación. 
Y de paso, el testimonio de Cazeres me reafirma en mi creencia de que el Inca en quien pensaba Belgrano, no era Juan Bautista Túpac Amaru ni era Dionisio Inca Yupanqui (hombres cultos ambos, sobre todo, el segundo); sino algún otro que desconocemos, alguien que, como dice el oriental que se estipulaba en la carta dirigida a Artigas, no poseía considerables educación y talentos.
¿Se hace perceptible como se va clarificando la cuestión? Así, lo vemos al general Belgrano tendiendo un puente hacia la postura ideológica del general Artigas, procurando -en vano, porque éste utilizaba la carta para ejemplificar ante sus oficiales lo distantes (y en efecto, así era, por desgracia) que estaban un punto de vista del otro- convencerlo de que la tesis de la monarquía incaica a la que le proponía adherir, era una concepción superadora tanto del centralismo directorial que se había demostrado egoísta, sectario y exclusivista; como de la anárquica confederación de provincias con sus localismos mezquinos y disolventes.
Y ese será, precisamente, el eje sobre el cual girará el próximo capítulo.

(Continuará) 

sábado, 6 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (PRIMERA PARTE)




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Últimamente, los argentinos hemos sido llevados a asistir a una especie de revival del proyecto monárquico (en cuanto a recuerdo y abundante mención mediática del mismo, me refiero) sustentado por Belgrano en 1816.
El general artífice de nuestra independencia residía por entonces en dicha ciudad y fue recibido en sesión secreta el 6 de julio por los congresales, que se abocarían a partir del 12 del mismo mes a tratar la cuestión forma de gobierno. 





Es archisabido que en esa oportunidad Belgrano (que había vuelto de Europa poco antes) abundó en detalles acerca del desprestigio en el que por entonces había caído la Revolución Americana en el concepto de las naciones europeas, y también en consideraciones referidas a las restauraciones monárquicas acaecidas en el Viejo Continente. También habló de otros temas, como el de que los preparativos bélicos de los portugueses estaban dirigidos a prevenir la expansión del artiguismo (la infección en el Brasil, dijo). Y propuso como forma de gobierno una "monarquía constitucional a la inglesa" (paradojalmente, es de hacer notar que Inglaterra no tenía constitución escrita, pero la expresión se utilizaba para describir a una monarquía no absolutista), cuyo trono debía, a su juicio, ocupar alguien perteneciente a la "dinastía de los Incas".
Declarada que fue la independencia el 9; el 12, como citamos precedentemente, se daría inicio al tratamiento de la forma de gobierno, existiendo en principio amplio consenso en favor de lo que se dio en llamar la monarquía temperada en la dinastía de los Incas.
En definitiva, diversos factores  (entre otros, la invasión portuguesa a la Banda Oriental, la oposición de no pocos de los congresales, la feroz crítica de un sector de la prensa porteña y la descalificación por parte de Rivadavia) hicieron que el proyecto no se llevara adelante.
Actualmente, una pléyade de sabios historiadores se está dedicando (con una enjundia que resultaría más efectiva si la aplicaran al sano ejercicio de inducir raciocinios propios) a poner de relieve la figura histórica de quien ellos consideran que era el candidato en quien pensaba Belgrano para el trono: Juan Bautista Túpac Amaru (o Tupamaro, como algunos lo escribían por esa época, y como se estipula en el Registro de Inhumaciones), un medio hermano de José Gabriel Condorcanqui que había sobrevivido a las atroces ejecuciones de Cuzco en 1781, que permanecía prisionero de los españoles en Ceuta hasta su liberación entre 1821 y 1822 durante el interregno liberal, y que arribaría a Buenos Aires en 1822 o 1823, muriendo allí el 2 de setiembre de 1827, siendo sepultado en el cementerio de La Recoleta.
En una remake de esos accesos febriles colectivos que de tanto en tanto nos acometen a los iberoamericanos y en especial a los argentinos, se despertó súbitamente el interés por Juan Bautista Túpac Amaru, cuyo tratamiento histórico hasta hace cuatro o cinco años nomás, había quedado circunscripto prácticamente a Eduardo Astesano y su Juan Bautista de América. El Rey Inca de Belgrano, editado allá por los convulsionados 70, si no me falla la memoria. Digamos a todo esto, que entre los principales fogoneros "actualizadores" figuran, por ejemplo y entre otros, el inefable Hugo Chumbita (el propulsor del mito ridículo según el cual San Martín no era hijo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras, sino de Diego de Alvear y Rosa Guarú), Osvaldo Bayer -que desafortunadamente, luego de la meritoria investigación histórica que volcara en su excelente libro Los vengadores de la Patagonia trágica (después reeditado con el título trocado en La Patagonia rebelde), quizá nublado por sus convicciones ideológicas; no pudo persistir en la buena senda ("buena senda" en cuanto a historia, quiero decir, y entonces incurre en lamentables excesos como esa fobia hacia Roca, quien en modo alguno fue el monstruo genocida de indios que se empeña en pintar y denostar)-, Araceli Bellota (sí, la que oficia de coequiper de Pacho O'Donnell en el kirchnerista Instituto Dorrego), etc. 
Pero quien se lleva todas las palmas en materia de delirios, es la peruano-salteña Katia Gibaja, quien afirma que Juan Bautista Túpac Amaru no fue liberado por los españoles en 1821 o 1822, sino ¡en 1813!, según ella, porque "en 1813 llegó allí el padre Marcos Durán Martel, que lo ayudó a conseguir su libertad y lo embarcó rumbo a Buenos Aires". Y no se detiene en eso la fértil imaginación de esta señora; ya que también sostiene que "cuando Túpac Amaru llegó a Buenos Aires conoció en persona a Belgrano, San Martín e incluso debió conocer a Güemes", lo cual lo convertiría nada menos que en "uno de los principales ideólogos del proyecto libertario que se gestó en Argentina". Dice Gibaja que todo esto lo sabe por haber leído el libro de memorias que (según Mitre) a pedido y bajo el patrocinio y apoyo económico de Rivadavia, habría escrito el Inca en Buenos Aires: El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú; pero ni la Gibaja ni nadie, explica por qué extraños motivos a un figurón ostentoso y pagado de sí mismo como Rivadavia (por entonces, ministro de Martín Rodríguez), tan opuesto en 1816 al proyecto belgraniano de monarquía incaica, se le ocurrió sostener con una pensión gubernamental a Juan Bautista Túpac Amaru. 
Digamos, siendo buenos, que entre la evidencia histórica y los divagues de Katia Gibaja hay una distancia insalvable. Veamos, si no.
El fraile agustino Marcos Durán Martel, de oficio carpintero, había sido uno de los que propulsaron y encabezaron la insurrección de Huánuco, en el Perú, allá por febrero de 1812. Juzgado por revolucionario, fue condenado a 10 años de servicios en el real ejército español, a cumplir en la terrible fortaleza - prisión norafricana de Ceuta (en donde seguramente debió conocer a Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba asimismo preso allí, como hemos dicho). En 1816 dirigió un pliego a Fernando VII en el cual le solicitaba una mejora en las condiciones de su prisión, y declaraba que la revolución se había producido por culpa de "los que han administrado el reyno durante la cautividad de Vuestra real persona y los males que han resultado a aquellas provincias". En 1820 comenzó en España el llamado Trienio Liberal, de resultas de la política del cual en diciembre de 1821 fue amnistiado y consecuentemente liberado de su cautiverio. Todo esto consta en los documentos que se conservan en el Archivo de Indias. Como pude apreciarse claramente, tan sólo en los intrincados laberintos oníricos de Katia Gibaja habría podido fray Martel Durán embarcar al Inca "rumbo a Buenos Aires" en 1813.
En fin, comprobamos así cómo, aún con objetivos, puntos de vista y posiciones ante la historia claramente diferenciados, utilizando los mismos (nocivos y perjudiciales) "métodos" y "herramientas", pueden arribar a idénticos resultados: la mentira y el mito, supuestas antípodas como Mitre, por un lado; y Chumbita, Gibaja y demás etcéteras por el estilo, por otro. El eslabón que los une es el aferrarse como práctica habitual a la manipulación de la heurística de modo de hacerla servir a los paradigmas de los cuales parten. Si los documentos y los hechos se dan de patadas con lo que se pretende sostener, no importa; sencillamente ellos los desechan, los ignoran, los esconden o desaparecen y ya está: se alteran las fechas, atrasando o adelantando el reloj de la historia según convenga a lo que quiere erigirse en verdad histórica, y "listo el pollo".
Pero mejor dejemos enhorabuena a esta constelación de "sabios" debatiéndose y naufragando en el océano de sus mentes calenturientas, y volvamos al tema del proyecto de monarquía incaica del ínclito general Belgrano.

(Continuará)