jueves, 1 de diciembre de 2011

A LA MODA DE CHACABUCO, FALTA ENVIDO Y TRUCO



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Compañeros del Ejército de los Andes: La guerra se la tenemos que hacer como podamos: si no tenemos dinero; carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres y lo demás no importa. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje. (José de San Martín)

Todos los años, en la fecha 12 de febrero se conmemora un nuevo aniversario de la acción bélica de 1817 por la Libertad Americana conocida como batalla de Chacabuco, entre el ejército patriota al mando del general José de San Martín, y el realista al mando del general (grado este alcanzado merced a un ascenso reclamado por el propio beneficiario del mismo, pero esa es otra historia) Rafael Maroto.
El contexto era el siguiente: la idea original de San Martín consistía en consolidar militarmente el gobierno patriota en Chile, a fin de que una vez conseguido eso, pudiera emprenderse la etapa de la liberación del Perú, embarcando las fuerzas argentino-chilenas para una guerra marítima, complementada con el avance del ejército que al mando de Belgrano estaba acantonado en Tucumán, al cual se haría marchar por tierra sobre Lima a través del Alto Perú, haciendo converger sobre la capital peruana todo ese poderío en un movimiento de pinzas y dando el jaque mate al realismo. Pero esa idea no pudo concretarse en la realidad tangible, porque los chilenos fueron derrotados por los maturrangos en Rancagua y porque los sucesivos gobiernos centralistas estaban más preocupados en utilizar al ejército en las luchas internas, que en emplearlo en los planes trazados por San Martín.
Sólo el extraordinario genio militar, político y revolucionario de éste podía superar esas dificultades que aparecían como infranqueables y en efecto, el Libertador lo lograría. De la nada, conseguiría crear un ejército magistralmente instruido y perfectamente equipado (fue de fundamental importancia la participación entre los colaboradores de San Martín, de fray Luis Beltrán, de José Antonio Alvarez Condarco y del doctor Diego Paroissien).
Solamente a través de la comprensión cabal de ese contexto podemos darnos una idea de la enorme significación de la epopeya sanmartiniana y calibrar adecuadamente las calidades intelectuales y morales del Gran Capitán, de lo contrario; nos quedaremos con la imagen del Libertador que se empeñó en transmitirnos la mentirosa historiografía en la cual se reduce a San Martín a la condición de una figura de aula, adornada con frasecitas rimbobantes y destinadas a la producción en serie de minusválidos mentales, como por ejemplo, la del “santo de la espada”. En fin…
Ese ejército, decía, formado y organizado por San Martín, fue el que realizó la proeza de atravesar los Andes y fue el que el 12 de febrero de 1817 batiría a los realistas en la cuesta de Chacabuco. El triunfo patriota fue grandioso: los españoles tuvieron 500 muertos, dejaron 600 prisioneros, perdieron 1.000 fusiles, 2 piezas de artillería, todo el parque y se les tomaron 3 banderas.
Pero no todas fueron flores: resulta que el amigo O’Higgins (y no es por caerle con tutti al chileno; es simplemente en obsequio a la verdad histórica), incurrió en indisciplina y desobedeció las instrucciones que le había dado San Martín en el sentido de coordinar el avance de sus tropas con las del ala de Soler; “gracias” a lo cual casi perdemos la batalla. Menos mal que estaba San Martín, que aceleró los tiempos de las fuerzas de Soler y dispuso retrogradar las de O’Higgins hasta que llegaran aquellas, que si no…
El que logró escapar (por poco tiempo), fue el gobernador realista de Chile, Casimiro Marcó del Pont, quien había expulsado a Alvarez Condarco consignando en su pasaporte una leyenda ofensiva hacia San Martín en la que atribuyéndole tener “mano negra”, hacía alusión a la supuesta traición de éste a España y al color de su piel. Tres días más tarde, una partida al mando del capitán José Aldao (hermano del fraile Félix Aldao, futuro caudillo federal), capturaría a Marcó del Pont y lo llevaría ante la presencia de San Martín, quien recibió al prisionero con un irónico: “¡Mi general, venga esa blanca mano!”. El gallego (en el estricto sentido del término eh, no es peyorativo; Marcó del Pont era de Galicia), no sabía dónde meterse…
Entre el delirio y las aclamaciones del pueblo chileno -los festejos por la victoria los organizó Pedro Viera, Perico, el bailarín (ver en este ENLACE mi artículo al respecto)- San Martín entró triunfalmente en Santiago el 14 de febrero de 1817 e inmediatamente ordenó la convocatoria a un Cabildo Abierto, que culminaría en la designación de 3 electores, que erigieron a San Martín en Director Supremo de Chile el 15 de febrero.
El Libertador rehusó el cargo y los honores; siendo nombrado O'Higgins en reemplazo suyo.

-Juan Carlos Serqueiros-

NO SEAS FORRO, USÁ FORRO


Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

Algún tiempo atrás, allá por los 90, a poco de aparecer, se consideraba que el HIV/SIDA, era una enfermedad "terminal". Mucho lucharon los agentes de salud, dedicados a difundir acerca de la prevención, el tratamiento y el cuidado de la población; que aún sin medios económicos, -y bajo la vergonzosa "inauguración" de hospitales vacíos y sin siquiera una bolsa de algodón-, se propusieron llegar a todos, incluso, a concientizar a los mismos médicos que, como seres humanos, tenían tantos miedos como el prejuicio y el desconocimiento pueden sembrar en el interior de cualquier persona, por más que lleve puesto guardapolvo blanco.
Por este motivo, se hacía casi un martirio brindar una atención humanizada a un paciente con HIV. Se creaban graves, enormes obstáculos, que iban desde el negarse a aceptar un paciente derivado por las consecuencias de la infección, pasando por la negación de la ambulancia para un traslado; hasta la imposibilidad de dar atención integral a quien portara el cartel de "sidoso". Tampoco era posible compartir en el buffet, si uno era miembro del Servicio de Medicina Preventiva en enfermedades de transmisión sexual (ETS), un sandwich con otros colegas. Éramos "contagiosos", por el solo hecho de atender a nuestros pacientes.
Quien lea hoy esto, puede creer que es exagerado. Pero no. Gracias al esfuerzo de muchos que a pulmón y remando en contra de políticas mentirosas y de exclusión, se plantearon la meta, hoy se han caído muchos velos de enjuiciamientos previos y tenemos una juventud que consume preservativos en una proporción mucho mayor a la que nuestra generación (la de aquellos que pasamos los 40), hemos empleado en toda nuestra vida. Y como siempre, el mejor homenaje es:  NO SEAS FORRO, USÁ FORRO.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica