miércoles, 20 de mayo de 2026

ENRIQUE STEIN. PERIODISMO SATÍRICO, POLÍTICA, PUBLICIDAD, ARTE Y NEGOCIOS





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El día que abraces tu totalidad, sólo habrá un mundo para todos. (Gabriela Borraccetti)

El Mosquito fue un periódico hebdomadario que se editaba en Buenos Aires, salía los domingos y se autodefinía “independiente, satírico, burlesco y de caricatura”. Aunque a eso de independiente… bueno, mejor tómelo usted con pinzas, mi apreciado amigo lector, ya que la cosa no era así —o al menos, no tan así—, porque en 1882 se obligó contractualmente a ponerse, por el término de dos años, bajo el auspicio (léase apoyo económico) del Partido Autonomista Nacional de la provincia de Buenos Aires. Y después de eso, ya sin que mediase convenio legal escrito que lo obligara, pero sí como algo trasuntado en su línea editorial; resignó definitivamente tal condición a partir de su indisimulado alineamiento con el roquismo y el juarismo. Fundado en 1863 por el dibujante y litógrafo francés Henri Meyer, su primera edición salió a la calle el 24 de mayo de dicho año. Las caricaturas las hacía el propio Meyer y sus redactores eran un lujo literario: el también francés (nacionalizado argentino) Luciano Choquet, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde (que escribía bajo el pseudónimo Julio Bambocha), nada menos. En 1868 se incorporó como ilustrador otro francés: Henri —después argentinizado en Enrique— Stein (n. París, 04.10.1843 – m. Buenos Aires, 17.01.1919), quien pronto se constituiría en factótum pasando, en 1872, a detentar el cargo de director gerente para después, en 1875, adquirir el periódico y convertirse en su editor y director propietario, mimetizándose con la publicación hasta el punto de identificarla con su propia figura caricaturizada y “armada” con un filoso lápiz a guisa de lanza. Quedaba claro que El Mosquito y Stein eran una sola cosa, un ente inescindible. Y que sus sátiras eran tan de temer como las punzantes plumas de Sarmiento en El Nacional o de Varela en La Tribuna (a los cuales, por otra parte; El Mosquito no trepidaba en interpelar e increpar).
En 1874, no obstante ser Stein director gerente de El Mosquito (y por lo tanto alineado con el Partido Autonomista de Adolfo Alsina); sorpresivamente aceptó una oferta del Partido Nacionalista para ilustrar el periódico La Presidencia, el cual postulaba la candidatura de Bartolomé Mitre. Dado que obviamente se vería obligado a contradecir, desde las páginas del semanario mitrista, las publicaciones del que él mismo dirigía, firmaba sus caricaturas en El Mosquito con su nombre y apellido; mientras que rubricaba con el pseudónimo Carlos Monet o las iniciales C. M. las que hacía para La Presidencia. Y a los reproches que recibía, los contestaba con el argumento: “no soy argentino ni político, soy dibujante”, es decir, actuaba como un profesional que no veía impedimento alguno para cobrar de Alsina y a la vez, también de Mitre.
El Mosquito se mantuvo en el primer lugar de las preferencias del público durante treinta años. Satirizaba a todos y de todos se reía, empezando por sí mismo, es decir, por quienes constituían su propio staff: a la pregunta acerca de si era “mashorquero” (rosista) o “salvage” (unitario), “crudo” (alsinista) o “cocido” (mitrista); respondía: “soy político y como todos los demás del gremio disbarro y disbarraré” (donde se emplea disbarro por “desbarro”, o sea desatino, dislate, yerro, barbaridad, disparate). Quedaba clarísimo: El Mosquito podía asumir cualquier postura político partidaria e incluso adherir ocasionalmente a un candidato, para inmediatamente después zaherirlo y ponerse en contra, arrogándose la prerrogativa de ostentar una llamativa volubilidad a la cual consideraba derecho propio y hasta motivo de orgullo. La excepción que confirmaba la regla fue la inalterable admiración de Stein hacia la figura política de Julio A. Roca, la cual —tengo para mí— más que en la coincidencia entre su propio apellido (que en alemán quiere decir roca) y el del Zorro; se basaba en el postulado “paz y administración” que este último enunciaba y en las ideas de republicanismo liberal que ambos profesaban.
Pero lo que me propongo, más que narrar la historia de El Mosquito; es referirme a las aptitudes innatas que de sobra se evidencian en Stein a la hora de analizarlo no ya como artista y periodista; sino en su faceta de publicista, actividad en la cual obtuvo también un éxito nada desdeñable. Para ello, he elegido como portada de este opúsculo una publicidad de Bagley del año 1889, diseñada por él y ejecutada en la técnica litografía coloreada, que le fuera encargada por su cliente y amiga, la inglesa Mary Jane Hamilton viuda de Melville Sewell Bagley, quien desde la muerte de su esposo ejercía la dirección de dicha empresa. Estaba destinada a difundir y promocionar las manufacturas características de la compañía: la bebida Hesperidina, aperitivo argentino por antonomasia hecho a partir de corteza de naranja agria; el dulce (mermelada) Bagley, elaborado con la pulpa de naranja que quedaba en el proceso como excedente; y las galletitas Adelina, por entonces recientemente lanzadas al mercado y así llamadas en homenaje a la soprano Adelina Patti.
Se trata de una propaganda comercial inspirada en la situación política de la época, de manera de aludir a las profundas discrepancias que en materia de ideas, opiniones y criterios, existían entre los personajes en ella representados (de izquierda a derecha: Ramón J. Cárcano, Julio A. Roca, Bartolomé Mitre, Miguel Juárez Celman, Dardo Rocha y Eduardo Wilde), pero a la vez; minimizándolas y volviéndolas relativas mediante una inscripción que reza: "En algo han de estar de acuerdo y es que los productos de Bagley son 3 cosas buenas" (sic). La magistral asociación entre imagen y epígrafe en aquel mensaje publicitario venía así a resultar altamente eficaz en tanto establecía una conexión directa con el consumidor transmitiéndole optimismo y positivismo.
Pero en rigor de verdad, debo mencionar también que Stein tenía un criterio bastante… elástico, digamos, al momento de observar y respetar, en el ámbito de la propaganda comercial, el límite entre el legítimo empleo de la fantasía como medio de generar deseo; y lo que era lisa y llanamente publicidad engañosa: en su edición de fecha 30 de julio de 1882, El Mosquito (léase Stein) incurrió en esa mala práctica al hacer promoción —para colmo, encubierta, disfrazada de noticia— de la cerveza que fabricaba su cliente y amigo Emilio Bieckert, expresando beneplácito ante la decisión de éste de rehusar la medalla de oro emergente de la obtención del primer premio en el contexto de la Exposición Continental Sud-Americana de ese año. Aparentando no necesitar de ningún galardón, Bieckert a través de la pluma de Stein hacía trascender que renunciaba al premio que se le otorgaba, molesto e indignado porque el jurado había cometido “la increíble injusticia de dar uno igual a otro cervecero” (sic), pero sin siquiera especificar de cuál “otro cervecero” se trataba, pues no revelaba ni la empresa elaboradora ni la marca comercial, lo cual no le impedía endilgarle “tener cuñas y servirse de ellas”, para concluir preguntando: “¿No es acaso el público consumidor el que da el fallo en esta cuestión?”. Todas macanas. La verdad era que Bieckert no rehusó ningún premio y que el público no estaba en condiciones de “dar el fallo”, al no poder probar otras marcas, toda vez que se le había concedido a Bieckert la exclusividad en el expendio de cerveza en todos los cafés, restaurantes y pabellones de la Exposición. Así las cosas, en esa publicidad subrepticia, enmascarada de modo de hacerla pasar por cordial adhesión a la actitud de un amigo, Stein incurrió en nada menos que falsear información, tergiversar y ocultar datos.
En fin… una de cal y otra de arena. Después de todo, nunca hay que olvidar que de carne somos. Ah, y a propósito: estimo pertinente destacar que en 1888 Stein había procedido con nobleza cobijando en su propia casa a su archirrival periodístico: Eduardo Sojo, director del periódico Don Quijote (ferozmente opositor al gobierno), de modo de sustraerlo a la persecución de que era objeto por parte del jefe de policía Alberto Capdevila y de Lucio V. Mansilla (quien incluso, el año anterior lo había hecho encarcelar).
En enero de 1889, más o menos coincidentemente con los días en que lanzaba la publicidad para Bagley, Stein recibió un mensaje del presidente de la Nación, Miguel Juárez Celman, por el cual éste le ofrecía “complacerle en algún favor” (se sobreentendía que ese “favor” adquiría el carácter de “especial”, por cuanto de hecho, El Mosquito estaba subvencionado por el gobierno tanto directa como indirectamente). Entonces Stein manifestó que le gustaría integrar la comitiva oficial que viajaría a París con motivo de la participación argentina en la Exposición Universal de ese año, lo cual le fue concedido. Así, en marzo dejó la dirección del periódico en manos de su colaborador Eugenio Damblans y viajó a la “ciudad luz”, en la cual permaneció hasta agosto, en que regresó a Buenos Aires para reasumir la dirección de El Mosquito en septiembre.
Por entonces, se sentía cada vez más hastiado de la política y proyectaba alejarse de ella. Desde 1881 había venido desarrollando sostenidamente su propio comercio: Librería y Papelería Artística Stein, del cual podía vivir cómodamente y sobre todo; más tranquilo (nunca evidenció excesiva apetencia por el dinero ni se demostró afecto al lujo). Pocos días antes del estallido de la Revolución del Parque, anunció que vendía El Mosquito a “una sociedad anónima” (sic) y consecuentemente, cesaba en su función de editor responsable, quedando “solamente” (sic) a cargo de los grabados y la administración. Y en tal carácter siguió hasta la edición n° 1580 del domingo 13 de julio de 1893, fecha en que el semanario, sin anuncio previo, simplemente dejó de salir. De allí en adelante, en lo comercial se dedicó a su negocio de librería, papelería, fotografía y galería de arte, mientras que en lo artístico se consagró principalmente al dibujo histórico. Su óleo sobre tela pintado en 1903 y titulado “Declaración de la Independencia” continúa reproduciéndose en láminas ilustrativas en los manuales escolares.
Enrique Stein falleció en Buenos Aires el 17 de enero de 1919. Si existe eso llamado eternidad, ya lo encontraremos en algún recodo de ella con su lápiz-lanza en ristre dispuesta a destripar algún político, tendiendo su mano caballeresca y fraterna al rival en desgracia, tejiendo la urdimbre de verdad-mentira en el reino de la publicidad comercial y con el corazón siempre dividido entre su amada Francia y esta nuestra Argentina en la que vino a dejar sus huesos.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

AGN. a) Biblioteca. Colección Celesia. Productos Bagley. El Mosquito, 1889.
          b) Fondo Enrique Stein, Sala VII, Leg. 1438-1441.
BNMM. Diarios y revistas. El Mosquito, periódico semanal, independiente, satírico, burlesco y de caricatura.
Román, Claudia A. Prensa, política y cultura visual. El Mosquito (Buenos Aires, 1863-1893). Editorial Ampersand, Buenos Aires, 2017.
Suárez Danero, Eduardo M. El cumpleaños de El Mosquito. Eudeba, Buenos Aires, 1964.


lunes, 18 de mayo de 2026

NO ME JUZGUES























NO ME JUZGUES
(Poema de Gabriela Borraccetti)*

No me juzgues
Si no ves una arruga.
No me juzgues
Si en mí no encuentras
Al cruel testigo del tiempo.
No me juzgues;
Toma mi mano y dime
Si no ves en ella el sepia
Que en la del viejo labriego
Ha dejado inclemente el otoño.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


miércoles, 13 de mayo de 2026

DE CORRALES A TRANQUERAS
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

He hecho de todo, pero mi principal oficio ha sido el de presenciar la vida. (Osiris Rodríguez Castillos)

“De Corrales a Tranqueras” es una maravillosa canción en ritmo de milonga que fue creada en 1958 por el ilustre poeta, escritor, compositor, músico, cantor, luthier y artista plástico Osiris Rodríguez Castillos, nacido en Montevideo el 21 de julio de 1925 y fallecido en dicha ciudad el 10 de octubre de 1996..

DE CORRALES A TRANQUERAS
(Milonga)
Letra y música: Osiris Rodríguez Castillos

De Corrales a Tranqueras
cuántas leguas quedarán...
Dicen que son once leguas
¡Nunca las pude contar!

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna… y sol;
¡pero entonces no contaba
porque iba rumbo al amor!

Entonces todo era canto
agua, tierra, viento y sol;
entonces, todo cantaba
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero…
¡Mis años de domador!
Y los caminos... ¡cortitos
pa'l trote del corazón!

¡Camino de mis recuerdos!
¡Tierra roja y pedregal!,
bordeao de cerros parejos
que se empinan al pasar.

“Vigilante”, “Miriñaque”,
cerros de mi soledad,
repechaos por mis cantares,
sombras de toro y chilcal...

Hoy, que me duele la vida,
cansao de tanto changar,
baldao por los redomones
Ya no las puedo contar.

Y quebrao por una pena
pregunto a mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

A pesar de la extraordinaria belleza tanto de su poesía como de su melodía, recién se la daría a conocer al público en 1969 (exactamente once años después de ser creada —y si alguno considera que la coincidencia entre tal lapso y la distancia de once leguas entre Corrales y Tranqueras se debe a una mera casualidad, le sugiero que se abstenga de continuar leyendo este opúsculo—), en el LP vinilo KL-8307 “Osiris Volumen 3”, que fue grabado en Buenos Aires pero editado y producido en Montevideo por el sello Discos De la Planta.


Las circunstancias de cuándo y cómo se le inspiró a Osiris esta canción son conocidas por todo el mundo (tenga mano tallador, no me apure; que más adelante explicaré por qué lo pongo en bastardilla): en 1958, en ocasión de visitar en Minas de Corrales a su hermano Horus (quien a la sazón fungía como administrador y laboratorista del hospital de dicha localidad), vio pasar a un joven montado en una bicicleta de carrera, lo cual llamó su atención. Horus le contó que se trataba de un amigo suyo llamado Celier Gutiérrez, quien trabajaba en el correo como telegrafista y había comprado la bicicleta para ir a visitar a su novia: Llusara Soto, residente en Tranqueras. Seguidamente, los presentó, se pusieron a conversar y al enterarse Osiris de que Celier había conocido a Llusara hacía ya tres años, que poco después se habían puesto de novios, que desde entonces cada domingo, fueran cuales fueren las condiciones meteorológicas, recorría tanto de ida como de vuelta las once leguas que mediaban entre ambas localidades y también que tenían decidido casarse en octubre de ese año; se conmovió por lo consecuente de aquel amor que semana tras semana vencía a la distancia y al clima, prometiendo entonces que como obsequio de bodas les haría una canción, lo cual efectivizó, pero privadamente, tal como corresponde a un deber de amistad: escribió y compuso “De Corrales a Tranqueras” —obviamente, lo telúrico de su poesía lo “obligó” a reemplazar en los versos la bicicleta de Celier por un caballo parejero y su oficio de telegrafista por el de domador—, la grabó, la hizo registrar en un disco de pasta de 78 rpm y la envió a los recién casados acompañada de una esquela que simplemente rezaba: “¡Promesa cumplida! Les mando la canción de ustedes para que recuerden siempre a su amigo Osiris”. De aquel matrimonio nacieron siete hijos. Celier Gutiérrez falleció en 1983 y Llusara Soto en 2016.
Y eso es lo que "todo el mundo conoce" acerca de esta hermosa canción, la cual la mayoría de la gente considera exclusivamente referida a lo que hasta aquí consigné. Pero sucede que se quedan cortos, porque el vuelo creativo del poeta no se limitó a enunciar en su lírica lo relativo a Celier y Llusara; sino que fue muchísimo más allá, con metáforas que abarcan incluso lo autorreferencial. Veamos si no:
Tuve el alto honor de conocer a Osiris en el verano de 1994. Él vivía por entonces en el montevideano barrio de Palermo y al toque de allí, donde viene a fundirse con el barrio Cordón en la feria de Tristán Narvaja, alguien me pasó el dato del boliche al que solía caer cerca del mediodía. Fui y aguardé... tres horas o más... y de pronto, entró. Conversamos largamente —bah, él conversó; yo escuchaba, porque sólo un idiota puede andar palabreriando (José Larralde dixit) cuando está sentado frente a semejante poeta—. El café se volvió ginebra y yo, que siempre fui un seco; de pronto me hice rico ese día, porque él era un hombre de cultura inconmensurable que citaba a Borges, Poe, Baudelaire, Jung, hablaba del yoga, de la historia de la humanidad, de los filósofos de la Antigua Grecia, de los males que acarrea la modernidad y de la mitología egipcia (de la que derivan su propio nombre y los de sus tres hermanos: Horus, Isis y Nazar). Lo recuerdo como alguien más bien grave y sentencioso: el tipo decía algo y no esperaba respuesta; emitía afirmaciones como verdades indubitables.
En una de esas pausas me atreví a decirle que seguramente yo no había acertado a interpretar lo que él buscó transmitir con “De Corrales a Tranqueras”, por cuanto sabía que estaba dedicada a Celier y Llusara; pero que también barruntaba que había un “algo más” que no alcanzaba a descifrar y me extrañaba el marcadísimo contraste entre la alegría del enamorado que se dirige a visitar a su novia y la pesadumbre del que próximo a la vejez afirma que le “duele la vida”, que está “cansao de tanto changar” y que ya “baldao” (término exquisito que evidencia la enorme vastedad de su vocabulario y aquí desafío a cualquiera a elegir una palabra más apropiada y que pueda resonar musicalmente mejor que “baldado” para expresar agotamiento físico e impedimento por fatiga o lesión debido al exceso en esfuerzos previos), sabe que es tarde para contar las leguas entre uno y otro punto. Y pensé: “ahora me manda al carajo”.
Más no hizo tal cosa. Él, tan parco en elogios, alzó las cejas y me obsequió con un “sos muy perceptivo, porque en efecto, hice esa canción en homenaje a Celier y Llusara para regalárselas tal como les había prometido; pero la escribí en primera persona porque se basa en vivencias mías, en recuerdos propios”. Y trascartón me contó que siendo aún adolescente, hizo a caballo el trayecto entre Corrales y Tranqueras, extasiado, maravillado por la riqueza del paisaje aquel con lo rojizo de la tierra, el brillo del pedregal, lo imponente de los cerros, el consuelo del canto para atenuar el esfuerzo del repecho y el perfume de las chilcas. Y al mismo tiempo, poniendo especial cuidado en evitar que las sombras de toro pudiesen hincar los ojos de su caballo. En eso se encontró con un tropero que arreaba una punta de ganado. Haciendo un alto en el camino, se saludaron, intercambiaron tabacos, armaron cigarrillos y charlaron brevemente. Osiris le preguntó al otro paisano cuántas leguas faltaban para llegar a Tranqueras, obteniendo como respuesta un “¿Sabe, mozo? Tantas veces habré hecho este camino… ¡y nunca las he contao!”. Y en otra ocasión se cruzó con un domador que sin reserva le confió sus cuitas: andaba solo de toda soledad por su existencia andariega sin vínculo alguno de amor estable, con su físico estragado (“baldao”) por los redomones (caballos ya domados pero sin amansar del todo); a aquel gaucho le dolía “la vida” y estaba “quebrao por una pena”.
Así que de ahora en adelante, mi querido lector, ya puede usted afirmar que sabe de qué va la letra de esta encantadora milonga, pero sabe de verdad, con la historia completa; no como presuntuosamente declaran “conocer” los que se han detenido en sólo una parte de la misma.
Y de yapa le cuento: en junio de 1973, Alfredo Zitarrosa grabó en Buenos Aires para el sello Microfón, el LP vinilo I-418 “Zitarrosa en la Argentina”, en el cual está incluida como pista n° 11 “De Corrales a Tranqueras”.


La versión del Flaco es directamente MA-GIS-TRAL. Pero (vida puta, siempre hay un pero) inadvertidamente, Alfredo incurrió en un error al cantar “cerros parejos que se inclinan al pasar"; en lugar de “cerros parejos que se empinan al pasar”, tal como dice la letra original. Esa modificación —reitero: absolutamente involuntaria— no era en modo alguno una cosa menor y casi sin importancia, en tanto significaba "matar" la metáfora urdida por el poeta al pintar a un hombre consciente de su pequeñez frente a la grandiosidad de la geografía por la que transita; sustituyéndola por la de un hombre que se agranda ante los cerros, a los que percibe inclinados a su paso. Es decir, precisamente lo contrario a lo que líricamente quiso expresar Osiris (quien desde luego, puso el grito en el cielo y quedó muy disgustado).
No obstante, y más allá del error —grosero, si se quiere calificarlo así—; para mi gusto la interpretación de esta milonga en la voz del gran Alfredo Zitarrosa es muy superior a la del propio Osiris. Por otra parte, debe considerarse que antes de que él la grabara, la canción no había tenido lo que diríamos una gran difusión, sino que la popularidad le llegó, justamente, a partir de su versión. Y después de todo, hasta el mismísimo Osiris lo reconocería implícitamente veinte años más tarde, al declarar: “Detesto mis discos. Me han servido para fijar las obras, pero están mal grabados. Sucede que yo escribí los versos, hice la música, la ejecuté en la guitarra, con lo cual debía ser un virtuoso guitarrista (nota mía: ¡y vaya que lo era!), pero además de todo eso; tenía que ser un buen cantor. ¡Era el Pájaro Loco!”.
Mire, me permito aconsejarle que si puede hacerlo, no deje de visitar esos pagos. Será bien recibido por la cordial simpleza de la gente que los habita y podrá regalar a sus ojos el esplendor de sus paisajes y a su espíritu el regocijo del discurrir tranquilo, calmoso, del tiempo.

-Juan Carlos Serqueiros-


miércoles, 6 de mayo de 2026

SIN GUIRNALDAS























SIN GUIRNALDAS
(Poema de Gabriela Borraccetti) *

Puedo decir mucho más
Me puedo pasar diciendo
Florando versos
Adornando palabras
Lustrando acentos
Poniendo un mejor palito a la letra T
Hurgando en la espiral de la letra C
O colgando las guirnaldas de la letra E.

Sin embargo hoy no quiero
(O tal vez no puedo)
Fabricar una pausa
Para dejarte salir.

Mi amor...
Te he esperado tanto
Que me ahogo si callo
Cuando te respiro, suspiro
O si tan sólo te atisbo
Con el rabillo de un recuerdo
Con las alas de mi pincel
Que con giros en el aire
Te hace aparecer en una servilleta
En un libro o en cualquier papel.

Para qué repasar las vueltas
De tantos callejones vividos
Si con haberte encontrado
Mi vida tiene sentido.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.


sábado, 2 de mayo de 2026

ARAMIS






























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Aramis" es una fragancia para hombres creada en 1963 por Estée Lauder, quien la concibió con el propósito de hacer de ella "un clásico atemporal de la perfumería masculina" (sic) y la definió como "ideal para un hombre tradicional y seguro de sí mismo" (sic). Invariablemente, sus publicidades buscaron destacar el "carácter elegante, fuerte, sofisticado y varonil de una fragancia amaderada-chipre que incluye notas de cuero, sándalo y tomillo" (sic).

 


Se trata del perfume que uso desde hace ya cuarenta y seis años. Lo "descubrí" allá por 1980, en Buenos Aires, en la pilchería Glenmore de la calle Florida. Mi jefe me había dicho: "Che, comprate un jetra, una camisa y una corbata para la fiesta de cierre del ejercicio y pasame el gasto que yo te lo autorizo, pero ojo que te tengo junado, eh: nada estrafalario; comprate pilcha 'tipo mormón': traje negro, camisa blanca y corbata al tono; no me hagas pasar papelones porque te rajo". Y bueno, entré a patear Florida, recalé en Glenmore, elegí un traje, una camisa, y después, vizcacheando entre las corbatas que se exhibían, vi entre ellas, junto a gemelos y tie clips, el "Aramis". Le pregunté al empleado que me atendía si podía olerlo, me dijo que sí... y la fragancia me encantó.



No sé si entraré o no en la categoría de "hombre tradicional y seguro de sí mismo" que imaginó Estée Lauder; pero qué quiere que le diga... la cuestión es que la uso desde entonces y es como si ya estuviera mimetizada con la de mi propia piel. 
Cuántas veces en mis siempre recurrentes y malditas malarias económicas me vi obligado a limitar su uso a apenas una gota en cada muñeca y otra sobre el globo de Huracán que llevo tatuado... Pero lo real y concreto es que siempre andamos en yunta "Aramis" y yo.

-Juan Carlos Serqueiros-


viernes, 1 de mayo de 2026

RESPETAR A LA MUJER


































RESPETAR A LA MUJER
(Poema de Gabriela Borraccetti) *

Y entonces nos venden
Canciones melosas,
Cremas rosas,
Cirugías pasmosas,
Curvas forzosas,
Posturas latosas,
Ideas penosas,
Consciencias borrosas
Y una serie de tips
Que hacen de la Mujer
Algo así como una bolsa.

-Gabriela Borraccetti-

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.

lunes, 27 de abril de 2026

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Cuando cante el gallo azul" es una canción realmente folclórica porque no se sabe quién compuso la música. (Eduardo Larbanois)

 No abandones tus sueños, no traiciones tu destino! (Washington Benavides)


La maxixa es un género musical brasilero. Se trata de... cómo explicarlo… una especie de polca tangueada en ritmo de 2 x 4, digamos. Dentro de la forma maxixa, me gusta mucho esta en especial: "Cuando cante el gallo azul", escrita a fines de los años setenta por el oriental tacuaremboense Washington Benavides (Washington Benavídez Aliano en el documento de identidad) y aplicada a una melodía popular de autor anónimo recopilada por el acordeonista intuitivo (y de oficio taxista pa’ ganarse el mango) Bolívar Pérez, tacuaremboense también, claro está (más precisamente, de Pueblo de los Cuadrados). Y qué quiere usted… no por nada Tacuarembó es, sin dudas, la capital uruguaya de la polca, la mazurca, la ranchera y la maxixa.

CUANDO CANTE EL GALLO AZUL
(Letra: Washington Benavides – Música: recop. de Bolívar Pérez)

Fue por Cañas que encontré
en un rancho entre las sierras
la moza tierna que canto yo.

Era fiesta familiar,
cumpleaños de la moza,
mejor que rosa era esa flor.

Ondulaba el acordeón
una maxixa liviana
y daban ganas de al baile entrar.

Yo le dije: —¿Me permite?
Y ella dijo: —¡Como guste!,
—¿De usted es el “cumple”? —pude atinar.

—¿Vino de la ciudad?
—Vine de Tacuarembó.
—¿Sólo por verme a mí…?
—Su humilde servidor.
—¿Se marchará de aquí…?
—Cuando cante el gallo azul.
—¿Y allá me olvidará…?
—¡Que no vea más la luz!

Más la vida me llevó
por campos desconocidos,
llegó el olvido, todo llevó.

Acampé en Cebollatí
y dormí por la frontera,
la brasilera me acompañó.

Ahora quiero recordar
a la moza de ojos pardos,
en aquel rancho blanco y azul.

Y "doblao" junto al fogón,
ni su fogata me alumbra,
vivo en penumbras, cargo mi cruz.

La letra —tragicómica, con ribetes que van desde lo festivo y anecdótico hasta lo melancólico y desdichado— gira en torno a un errabundo buscavidas de mil oficios que seduce a una cumpleañera comprometiéndose a no abandonarla nunca.
La cosa comienza cuando el hablante lírico de la poesía llega a un pueblito rural: Cañas (también conocido como Poblado 33, pues se dice que tal era el número de viviendas —ranchos— cuando principiaba la conformación del caserío), situado en el departamento de Tacuarembó, a cincuenta kilómetros de la ciudad de ese nombre. Atraído por la música celebratoria, él pide permiso para entrar al baile (“Yo le dije: —¿Me permite?”), el cual es inmediatamente concedido ("Y ella dijo: —¡Como guste!”), revelando, de paso, el deseo complaciente de la moza. Trascartón, el diálogo entrambos delata el interés mutuo, obviamente sexual en el caso de él; romántico y ensoñador en el de ella, quien suponiéndolo procedente de Montevideo (ciudad a la cual considera epítome de lo urbano), recelosa le pregunta: “¿Vino de la ciudad?”. Él, en procura de aventar sus prevenciones, le miente: “Vine de Tacuarembó”, afirma como queriendo decir “no desconfíe ni sospeche de mí, que soy paisano de acá nomás”. Entre asombrada y halagada, en el colmo de la candidez, ella interroga: “¿Sólo por verme a mí?”; obteniendo como contestación un obsequioso “Su humilde servidor”. No obstante, ella todavía alberga dudas y entonces se anima a esbozar lo que indefectiblemente habrá de acontecer: “¿Se marchará de aquí…?”, “¿Y allá me olvidará…?”, lo cual él se apresura a descartar con un tajante: “Cuando cante el gallo azul” (equivalente a decir “cuando las vacas vuelen” o “cuando los chanchos chiflen”, expresiones usuales para graficar coloquialmente aquello que nunca ha de ocurrir), refrendado enfáticamente con un “¡Que no vea más la luz!” (si llegase a incumplir la promesa de permanecer a su lado). Finalmente, la moza cede a los requiebros amorosos y galantes, y así se consuma ese romance condenado de antemano a ser efímero, porque es un amor acotado a una noche o a lo sumo a un breve lapso.
Y el chabón se va, retoma su condición de impenitente andariego, pero no haciéndose cargo de eso que está en su índole: su afán trashumante; sino achacándolo a una fuerza fatalista, es decir el destino, el azar o como queramos llamarlo: “Más la vida me llevó / por campos desconocidos”, señala auto absolviéndose como si la circunstancia de marcharse fuera ajena a su deseo, algo que inevitablemente acaeció sin que su voluntad tuviera que ver en ello. Así, más temprano que tarde echa al olvido a la moza que otrora lo había encandilado con su belleza (“llegó el olvido, todo llevó”) y pasa a narrar sucintamente a través de atisbos y con sugerencias más o menos implícitas, los avatares por los que discurrió su existencia nómade, sin vínculos perdurables y sin amor: “Acampé en Cebollatí”, consigna escuetamente para indicar que allí ofició de taipero en los arrozales y de pescador en el río de ese nombre. Y a continuación, señala su incursión por la frontera uruguayo-brasilera (“y dormí por la frontera”) e incluso llega a “confesar” que desempeñó una actividad non sancta, reñida con la legalidad: contrabandear caña, esto es, aguardiente, desde el Brasil (“la brasilera me acompañó”).
Después de evocar sentida, melancólicamente, aquel romance nictémero con la joven cumpleañera de Cañas (“Ahora quiero recordar / a la moza de ojos pardos, / en aquel rancho blanco y azul”); sobreviene el desenlace aciago, nefasto, dramático: se queda ciego (“Y doblao junto al fogón, / ni su fogata me alumbra, / vivo en penumbras, cargo mi cruz”). Y entonces resulta ineludible vincular la desgracia que sufre el chabón, con su incumplida promesa de consecuencia en el amor que antaño formulara en aquel rotundo “¡Que no vea más la luz!” que más le hubiera valido abstenerse de espetar, ¿no? Digo, no soy nada supersticioso, pero por las dudas; mejor no llamar al infortunio.
“Cuando cante el gallo azul” adquirió extraordinaria popularidad a partir de la magistral interpretación a cargo del dúo Larbanois & Carrero, editada en 1978 por el sello discográfico Sondor en el vinilo “Amigos”.



Invito a usted, mi querido amigo lector, a escuchar esta grabación en vivo y disfrutar del grandioso cantar de Mario Carrero, una de las mejores voces del folclore rioplatense, y de la cátedra de guitarra con que en tanto virtuoso concertista, tiene a bien obsequiarnos ese verdadero mago de la viola que es Eduardo Larbanois.


¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Cresci, Carlos. Canciones con historia. Ediciones de la Banda Oriental, Prisma Ltda., Montevideo, 1981.
Diario El País. Edición del 12.11.2022. "Larbanois & Carrero narran la historia de cinco clásicos de su repertorio".
Sondor S.A. Amigos. Disco n° 44082 r7490417 LP Vinilo, Montevideo, 1978.

lunes, 20 de abril de 2026

RUPTURA EN LA PRODUCCIÓN DE SENTIDO



















Escribe: Gabriela Borraccetti *

Una sociedad llena de odio pierde la solidaridad, la empatía, la esperanza y todo lo que se proclama en las redes como bien espiritual. DERECHOS es el nombre político de la cara más social de todo lo anterior.


1-Las cosas que antes discutíamos, estaban basadas en algún tipo de piso: un conocimiento en común, algunos puntos básicos, saber quién era el que teníamos enfrente, qué le dolía, qué sabía, qué había estudiado, qué le gustaba leer, cómo actuaba, en fin... un conocimiento no sólo de libros, sino de todo lo que se deriva de estar frente a frente.

2-Hoy un político, para que lo vean y escuchen, tiene que ir a un canal de YouTube en el que dos influencers adolescentes “logran” tener miles de seguidores que se quedan prendidos a ese canal viendo cómo ellos se ríen en pantalla.

Entre el párrafo 1 y el 2 hay un corte en la producción de sentido. En el primero, el sentido puede producirse; en el otro, no.


Eso es precisamente lo que ocurre en este tiempo. Y es lo que hace imposible conversar e intercambiar. Desde esa ruptura en la producción de sentido, sólo caben la agresividad, la incomunicación y… el sinsentido.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
M. P. 16814

* Gabriela Borraccetti (n. 1965, Vicente López, Buenos Aires), es licenciada en Psicología por la Universidad Argentina John F. Kennedy. De extensa trayectoria profesional, ejerce como psicóloga clínica especializada en el diagnóstico y tratamiento de la angustia, el estrés, los temas de la sexualidad y los conflictos derivados de situaciones familiares, de pareja y laborales. Es, además; poetisa, cuentista, artista plástica y astróloga. Para contactar con ella por consulta o terapia, enviar e-Mail a licgabrielaborraccetti@gmail.com o Whatsapp al +54 9 11 7629-9160.