jueves, 20 de julio de 2017

LO PUTERÍOS DE PUTIFY



















Estoy leyendo a muchos boluditos de la luna opinar como si supieran de qué se trata y emitir juicios de valor críticos hacia el Indio por el asunto de los discos de PR que se subirían a putify.
Y no sólo eso, sino que además; se atreven a "llamar a la reflexión" a Solari, a pedirle que "guarde el equilibrio", y hasta leí a un pajerito... ¡¡¡abundando en consideraciones sobre la "tiranía que el Indio ejercía en PR"!!!
Decididamente, cuando escribió "en manos de pavotes todo el sueño quedó", seguramente monsieur Sandoz no adivinó hasta qué punto llegarían la fatal certeza y la exactitud de tal enunciado.
Pendejos culos sucios que no saben ni sonarse los mocos, pontificando sobre lo que está bien o mal y tomando partido en una cuestión de la cual ignoran todo.
El futuro llegó... hace rato.
Como siempre, a muerte con vos, Indio; sos mi único héroe en este lío.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 6 de julio de 2017

GARRAS. LA ENUNCIACIÓN DEL ALMA ATORMENTADA




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A Gabriela, mi esposa, amiga y cómplice en el delito de vivir.


Lo que pasa es que Catunga es demasiado lindo para ser hombre. (Roberto Goyeneche)

Esta grabación es de antología: "Garras", interpretado por el Polaco Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone:
La melodía, del Gordo Troilo, compuesta para unos versos desgarradores de Catunga Contursi escritos en 1945, en su período más depresivo, triste, abatido y melancólico, luego de su alejamiento de Gricel Viganó en 1940 (ver en este Enlace mi artículo al respecto, especialmente si usted no conoce la historia de ese amor, permítame sugerirle que lo lea previamente a esto que publico, porque de lo contrario; no entenderá), con su corazón lacerado, arrastrando una pena atroz, estragado por el escabio, suicidándose día a día...




GARRAS
(Aníbal Troilo-José María Contursi)

Callejón sin luz esperándote...
Frío... Sombras...
Ansias de vivir para tu amor y no poder...
Siento que la vida se me va... y no me lloras.
Busco desolado tu calor... y aquí no estás.
Agonía cruel... Luego soledad...
Y después tu olvido. ¡Nada más!

No pude más y en mi afán por llegar
era un duende errabundo
que se perdió sin poderte encontrar
por las calles del mundo...
Y me he quedado
como un pájaro sin nido, como un niño abandonado,
con mis penas que se agarran como garras
y desgarran a mi corazón.

Callejón sin luz... Noche sin final...
Sombras... Frío...
Gracias por venir con tu perdón y tu bondad...
Ya mi pobre vida terminó... y estoy vacío,
muerto para el mundo y para vos mi corazón.
Agonía cruel... Luego soledad...
Este llanto tuyo y nada más...




Pero (y es muy extraño, hasta inexplicable, diría, que este detalle les haya pasado inadvertido a los biógrafos de Contursi), en medio de todo ese horror; su inconsciente le señaló una esperanza: "Gracias por venir con tu perdón y tu bondad", escribió el poeta en la segunda estrofa, cual si fuera una predicción. 
Lucecita de esperanza esta que re encendió en esos puntos suspensivos dejados tras un "Este llanto tuyo y nada más...", claramente contrapuesto al rotundo "¡Nada más!", así, entre signos de admiración, que había escrito en la primera estrofa y que aparecía como inexorable.
Y el vaticinio se cumpliría, porque... ¡dieciséis años! más tarde de todo aquello, Gricel, anoticiada de que Contursi -ya viudo de Alina Zárate desde 1955 y perseguido, acosado, por la revolución gorila, cipaya y asesina que derrocó a Perón (Catunga, peronista acérrimo, era el secretario general de SADAIC)- estaba completamente entregado al alcohol; viajó a Buenos Aires a buscarlo y lo rescató de una muerte segura, llevándolo consigo a Capilla del Monte (Córdoba) para vivir juntos. 
Se casaron en 1967. "Otra vez Gricel, como testamento de un amor que vence aún hoy al tiempo", le escribió él, y al año siguiente surgió, a partir de esa frase; la poesía de Otra vez Gricel, que musicalizara Joaquín Mauricio Mora:

OTRA VEZ GRICEL
(Joaquín Mauricio Mora-José María Contursi)

Ya lo ves...
Cómo lastima vernos juntos otra vez,
Cómo los sueños se diluyen en las manos
Sueños vanos... sueños vanos...
De un tiempo ausente.
Para qué...
Rememorar lo que fue nuestro y que no fue
Más que una trenza de esperanzas y de engaños,
A través de tantos años...
¡Gricel... Gricel...!

Hoy mi corazón está vencido...
Yo no puedo darte más que olvido.
Sé que para vos,
El tono triste de mi voz
Es un castigo... ves?
Es tu fe, tal vez que está perdida
Si vuelves huyendo de la vida...
Yo también sin vos,
Siento el temor de no morir
¡Con vos... con vos...!

Ya lo ves...
Los años pasan escapando del ayer,
Y nos destruyen sin pensar que estamos viejos
Y que somos el espejo...
De un desencanto.
Otra vez...
Tengo el celeste de tus ojos y tu piel
Y son mis penas que te piden que te quedes,
Que te quedes para siempre... 
¡Gricel... Gricel...! 


Es que la poesía tiene esas cosas, vio... No por nada dijo, certeramente, Dalmiro Sáenz, que es "la sublevación del hombre contra la razón".
Y... sí, contra la razón... pero la propia del consciente; porque el inconsciente también tiene las suyas. Que suelen ser infalibles. 
Permítame el atrevimiento de recomendarle, querido lector, el libro Poetas del tango y el sentir argentino (de 1917 a 1959), autoría de la licenciada en Filosofía Alicia Hebe Contursi, hija de Catunga. En él, encontrará usted las referencias imprescindibles para trazarse una semblanza de aquel poeta, de su índole, de su psiquis...



El 11 de mayo de 1972, la maldita doña cirrosis le cobró de una a José María la larga y costosa cuenta de los innumerables whiskys trasegados. Tenía 61 años. Gricel -que era nueve menor que él-, lo sobrevivió hasta el 25 de julio de 1994, día en que la muerte, en forma de derrame cerebral, se apiadó de los sufrimientos que le causaba una incurable leucemia.
Suelo, a veces, cuando el crepúsculo preanuncia el reinado de la noche, tirado a la bartola sobre unos terciopelos (Solari dixit), escuchar al Polaco interpretando Garras. Y así contemplar, quedo, a través del cristal rubí de un noble y viejo syrah, las sombras borrosas de aquellas almas atormentadas por las pasiones humanas.
Y entonces se me figura que al llegar a comprenderlas, ellas esplenden en toda su magnificencia, en medio de una hoguera que es, al mismo tiempo, un edén de amor, un infierno de pena y una vorágine de alcohol.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 25 de mayo de 2017

HURACÁN, CON H DE HONOR Y DE HUMILDAD




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En Buenos Aires, el 25 de Mayo de 1903, en la casa de Tomás Jeansalle ubicada en la calle Ventana 859 del barrio de Nueva Pompeya, un grupo de alumnos del Colegio Luppi fundó un club. 
La tradición oral nos trae la famosa anécdota del librero italiano Richino (probablemente Riccino antes de arribar a nuestro país), a quien le fuera encargado el primer sello, que por aplicación del idioma original de aquel inmigrante de la itálica península, rezaba “Uracán”; y la existencia de una propaganda gráfica que aludía a algún producto cuya marca era “El Huracán”, lo cual provocó que se trocara el planeado apelativo de “Verde Esperanza y No pierde”; por el de “Club El Huracán”, más acorde con los magros bolsillos de aquellos visionarios fundadores que sólo habían podido juntar entre todos $ 2,50 para la confección del sello.
Eso según algunos; pero en un reportaje que en 1934 le hizo la revista El Gráfico, Tomás Jeansalle afirmó que se propusieron dos nombres para el club que nacía: Defensores de Villa Crespo, y Verde Esperanza, los cuales fueron descartados, el primero, porque no tenía nada que ver con el barrio de aquellos emprendedores muchachos; y el segundo, porque les pareció "demasiado poético", "demasiado lindo para un club de fútbol" (sic).



El escudo oficial del Club Atlético Huracán es el universalmente conocido globo rojo sobre fondo blanco. Ahora bien, ¿cómo y cuándo se adoptó dicho símbolo y cuáles fueron los motivos que condujeron a ello? La respuesta a estos interrogantes no es por cierto tarea sencilla, ya que la noche de los tiempos y los humildes orígenes de la Institución (la grandeza va siempre aparejada a la humildad) tiende un inexorable manto que torna nebulosos los recuerdos, y además; es escasa la documentación con que se cuenta.
Las primeras actas del Club hacen referencia a su fundación el 25 de Mayo de 1903 y a su reorganización el 1º de Noviembre de 1908, y estipulan que utilizará camiseta blanca con el distintivo del globo “Huracán”. Y ahí ya tenemos el primer enredo en la riquísima historia quemera, ya que del aerostato bautizado con el nombre “Huracán” propiamente dicho, no se tenía conocimiento en 1908 y muchísimo menos en 1903, por la sencilla razón de que fue introducido en nuestro país por el ingeniero Jorge Newbery recién en 1909. No obstante ello; debemos tomar en cuenta que en la Navidad de 1907 se realizó en nuestro país la primera ascensión en globo, efectuada en el aerostato “Pampero” tripulado en esa ocasión por Jorge Newbery y Aarón Anchorena, globo ese que posteriormente, el 17 de octubre de 1908 condujera a su trágico destino al doctor Eduardo Newbery y al sargento Eduardo Romero al precipitarse en las aguas del Océano Atlántico.
En 1909 Jorge Newbery importó de Francia el globo que denominaría “Huracán”, con el cual realizaría, el 27 de diciembre de ese año, la proeza de surcar por aire tres países: Argentina, Uruguay y Brasil, hecho este que les merecería posteriormente a los iniciadores del Club, la intención -traducida luego en una carta dirigida a Newbery- de hacer la analogía entre dicha hazaña y el logro deportivo alcanzado por Huracán de conquistar, en 1912 y 1913, los campeonatos de 3º y 2º divisiones, que posibilitaron su arribo en 1914 a la ansiada 1º división.
Por otra parte, en 1911 se produjo en el seno del Club, la designación de Jorge Newbery -a la sazón, Director de Alumbrado de la Municipalidad de Buenos Aires- como Primer Presidente Honorario, en agradecimiento al mecenazgo con el que quiso honrarnos, al influir para que el municipio cediera a nuestro Club los terrenos ubicados en la actual avenida Almafuerte (antes calle Arena), sitio este en que se erigió nuestra primera cancha, y por contribuir pecuniariamente desde su generoso bolsillo para los esforzados sostenimiento y desarrollo de nuestra amada Institución.


Debe tomarse en consideración, además; que cabe dentro de lo muy probable que lo que tenemos como primeras actas del Club haya sido formalmente escrito algunos años posteriores a la fundación -manteniéndose hasta ese momento las “actas”, ya sea en la memoria de los protagonistas, ya sea en apuntes ocasionales-, pues si recordamos que aquellos pioneros sólo disponían de $ 2,50 para un sello de goma; es bastante lógico inferir que la compra de un artículo por esa época tan costoso como un Libro de Actas, estaba bastante más allá del alcance de su modesta economía.
En función de lo hasta aquí enunciado, puede apreciarse cuán difícil resulta establecer con certeza cuándo y bajo qué circunstancias se tomó efectivamente la decisión de adoptar el globo como distintivo. 
La particular interpretación de quien esto escribe, es que debe haber sido circa 1910, como forma de homenajear a una personalidad tan relevante como Jorge Newbery (quien previamente había expresado su conformidad para la adopción del símbolo por parte del Club), que contribuía económicamente al sostén institucional y que tanta trascendencia había logrado con su memorable hazaña de unir tres países en el vuelo de su gallardo aeróstato; estableciéndose así para imperecedera memoria de las sucesivas generaciones quemeras, la correspondencia entre el globo “Huracán” de Newbery, y el nombre que para el club por imperio de las limitaciones económicas había sugerido el librero Richino, ya sea por verlo en un cartel publicitario que tenía en su negocio o por ocurrencia del momento.












Sea como haya sido la cosa, y más allá de mitos y leyendas; lo real y concreto es que el globo rojo sobre campo blanco (“heráldica suburbana”, en la genial y prolífica pluma del inmortal poeta Homero Manzi –conspicuo y fanático huracanense), es la característica distintiva de nuestro Huracán, que lucen orgullosamente nuestros deportistas de todas las disciplinas, que está tatuado en el alma de los miles y miles de quemeros repartidos en el mundo, y que hoy vemos reproducido en decenas de clubes homónimos distribuidos por la extensa geografía patria y del exterior; clubes estos fundados y desarrollados al influjo de su inmanente grandeza.


¡Huracán!, con H de Honor y de Humildad.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 11 de mayo de 2017

LOS ANARQUISTAS DE LONG SPOON LANE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los anarquistas de Long Spoon Lane (2005) es la novela N° 24 de la serie Thomas Pitt, escrita por Anne Perry (ver semblanza de la autora en este enlace).
Thomas Pitt es un inspector de la policía londinense. Altísimo, desgarbado y desaliñado, de origen plebeyo (es hijo del guardabosques de la extensa propiedad de un lord, y éste, que vio en el muchacho condiciones excepcionales de inteligencia y responsabilidad, costeó sus estudios en el mismo exclusivo colegio al que mandaba a su hijo; merced a lo cual Pitt es poseedor de una esmerada educación), en el transcurso de su primer caso (Los crímenes de Cater Street), conoce a una bella aristócrata, Charlotte Ellison, de la cual se enamora y con la que termina casándose. Charlotte, una hermosa pelirroja, es todo un carácter, un espíritu libre: apasionada, rebelde y con una lengua filosa que es capaz de herir como un estilete, no se ciñe a los convencionalismos y prejuicios que le prescriben un matrimonio con alguien de su misma condición y posición social, y al casarse con Pitt, se ve obligada a renunciar a su anterior estilo de vida marcado por el lujo y la abundancia; para adoptar el de una esposa que debe necesariamente limitarse al magro sueldo de su marido en la policía, cuidando los centavos, zurciendo la ropa y haciendo las tareas hogareñas. Pero pese a todas las predicciones de su familia, que se resigna forzosamente a que se haya casado con ese policía; ella y Pitt se aman y son felices, aún entre privaciones. Charlotte no sólo es una mujer preciosa y desprejuiciada, sino que posee, además; en grado sumo lo que se llama sentido común, y unas sagacidad y perspicacia asombrosas que utilizará para ayudar a su esposo a resolver hasta los casos más complicados. Para ello, necesariamente debe volver en ocasiones a frecuentar los círculos de la nobleza y la clase alta, apelando a la ayuda de su hermana Emily, ventajosamente casada con un acaudalado lord, que le presta a Charlotte los vestidos y carruajes necesarios para desenvolverse en ese ámbito, y sobre todo; a la de una pariente lejana: lady Vespasia Cumming-Gould, una anciana aristócrata de gran fortuna, proveniente de una de las familias inglesas de más rancio abolengo, quien había sido, según la pluma de la autora, "una de las mujeres más hermosas de su tiempo, capaz de conversar con filósofos, cortesanos y dramaturgos", "duques y príncipes se habían sentido honrados con una sonrisa suya" y a la que ahora, a sus ochenta y tantos años, "por su edad y su riqueza, no le importaba ya en lo más mínimo lo que la alta sociedad pensase de ella".
Descritos los personajes, pasemos al libro: la acción transcurre, como en toda la serie Thomas Pitt, en el Londres de la Inglaterra victoriana. Pitt ha sido trasladado a la Brigada Especial para sustraerlo a la venganza del temible Círculo Interior -“una red de alianzas secretas, promesas y lealtades entre hombres que, aparentemente, no guardaban la menor relación entre sí”, en palabras de la propia autora-, una tenebrosa organización que ahora es dirigida por Harold Wetron (quien se halla al frente de la comisaría de Bow Street, precisamente la que antes estaba a cargo de Pitt).
Una mañana de 1893, se produce un atentado anarquista: la voladura de unos edificios en Myrdle Street. Pitt y su jefe, Victor Narraway, persiguen a los autores hasta una casa de Long Spoon Lane, y tras un intenso tiroteo, logran atrapar a dos de ellos y se encuentran con el cadáver de un tercer anarquista. Pero la investigación demuestra que éste -que resulta ser el hijo de un importante miembro del Parlamento, lord Sheridan Landsborough- no fue abatido por las balas policiales, sino asesinado, presuntamente por sus propios compañeros.
La prensa, fogoneada desde las sombras por el Círculo Interior, inicia una campaña para armar a la policía inglesa, a la par que en el Parlamento se debaten leyes que podrían afectar los derechos individuales. Para colmo, todo indica que hay en la policía una corrupción que llega hasta los más altos niveles. Los avatares del caso, llevan a que Pitt se vea forzado a una alianza con su archienemigo sir Charles Voisey, quien busca hundir a Wetron para recuperar la conducción del Circulo Interior.
La fría lógica y la incansable laboriosidad de Pitt, que cuenta con la inestimable colaboración de lady Vespasia, conducirán al fin a desentrañar la verdad.
En resumen, una muy bien lograda novela, con una trama atrapante que, a pesar de no ser lo que llamaríamos ágil ("escribir es como andar en bicicleta -dice la autora-, si vas demasiado rápido, puedes caerte; pero si vas con extrema lentitud, puede pasarte lo mismo"); fluye con una continuidad que no da tregua al lector. Se entremezclan personajes de variada condición social y moral, y se abordan temas como la situación de las masas populares, la corrupción policial, la política, los ideales, las libertades, las virtudes y miserias de la aristocracia inglesa y los convencionalismos sociales aún los más ridículos, todo tratado por la pluma magistral de Anne Perry llevando al papel lo que se deriva de su vasta cultura y su tenaz labor de investigación y recopilación de datos sobre la época victoriana. Un libro para disfrutarlo intensamente de principio a fin.
Y usted, si todavía no lo leyó, ¿qué espera para hacerlo? No se prive de ese placer. Mire, soy devoto del libro en papel, pero si acaso usted tuviera -al igual que millones de compatriotas, incluido entre ellos este servidor- escuálido el presupuesto y exhaustos los bolsillos; pues entonces le diré que poseo Los anarquistas de Long Spoon Lane en formato electrónico, y que estoy de buen grado dispuesto a compartirlo si me lo solicita por eMail o por el privado de Facebook.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 20 de abril de 2017

TRES ASPECTOS QUE NO DEBES DEJAR DE LADO AL TOMAR UNA DECISIÓN





















Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

A cada momento la vida nos pone frente a decisiones que en muchos casos, eludimos.
Contestar a alguien, confrontar cuando no estamos de acuerdo, elegir entre el camino de la conveniencia o de la consciencia, son unas pocas de las tantas situaciones que nos obligan a definirnos y pagar el costo que implica descartar algo para elegir una opción.
Por cada elección que realizamos en nuestra existencia, hacemos una especie de balance que no siempre resulta grato, puesto que aquello que quedará del lado de afuera del círculo que enmarca nuestra personalidad, es muchas veces una característca a la que aspiramos aún si no se trata de una cualidad que respeta nuestra esencia. Todos quisiéramos ser de amianto, insensibles ante el dolor o irreverentes ante la culpa. Algunos quisieran parecer a superman, otros imitar a la mujer maravilla y otros más a santos o gurués; no obstante, en una personalidad balanceada, no hay extremos, menos imitiaciones y por eso hay algunas preguntas básicas que haríamos bien en responder antes de descartar un camino y elegir tomar posición.

1: Soy LIBRE de decidir?


Cuando tenemos una disyuntiva, no siempre somos tan libres como creemos: nos acucian las voces de nuestros padres, de la sociedad y de lo que "se dice" que hay que tener/ser/parecer feliz.
Solemos buscar muchas veces la dicha, la aprobación o el éxito siguiendo "mandatos" que poco tienen que ver con lo que en realidad nos entusiasma. Por lo tanto es bueno revisar todo lo que se interpone en en la mente como cuestionamiento al propio deseo, debiendo saber si ese argumento es algo realmente válido o algo que se desprende de la culpa o del prejuicio. 

2-Lo que voy a decidir, es un paso en dirección a ser quien quiero ser?


Cada decisión es un paso y cada paso construye nuestra identidad. Si lo que voy a hacer me avergüenza, denigra o disfraza, definitivamente el resultado será convertirme en alguien con doble faz que libra una batalla con dos frentes: uno interno, entre una y otra cara-, y otro externo para tratar de convencer y convencernos de que hemos hecho lo correcto. Al final terminamos siendo esclavos de esa impostura, ya que de tanto falsear nuestra verdadera identidad, terminamos por identificarnos con nuestro invento. Pasado un tiempo considerable de llevar la máscara, no sabemos que responder cuando alguien nos pregunta: QUE TE HARÍA REALMENTE FELIZ?. Y sí, hace mucho que no somos nosotros y nos hemos perdido en el camino de las elecciones.

3-Tomo la decisión que tomo con vistas a dar marcha atrás?



En muchos casos, nos imponemos algo que es correcto pero a último momento, llevados por la inseguridad y poca autovaloración, reculamos y cedemos a un impulso que sabemos será motivo de arrepentimiento. En este caso no queremos pagar alguna consecuencia que por el momento, resulta mucho más importante que nosotros mismos. Poner la vara alta para no poder llegar y dar recurrentemente marcha atrás, genera un sentimiento de fracaso que a su vez transmite una enorme volubilidad. De este modo, nos volvemos poco confiables para nosotros y obviamente para los demás, cayendo en un círculo vicioso que va de la autocompasión a la autodenigración. Ante esta situación habría que hacerse el favor de no ponerse varas o hacer un gran esfuerzo para autosuperarnos.

Si has evaluado mínimamente estas 3 opciones, lo único que te queda es: NO AUTOENGAÑARTE!

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

jueves, 13 de abril de 2017

LA FALSA POLÉMICA SOBRE LOS COLORES DE LA BANDERA






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Es notable cómo los argentinos seguimos empecinadamente proclives a enzarzarnos en cualquier polémica que tienda a dividirnos más aún de lo que ya estamos.
Y lo más triste -y que debiera avergonzarnos- es que en dichas discusiones nos prendemos de una, impelidos y hasta llevados de las narices por cualquier tinterillo ignoto que se ampara en el pomposo título de "periodista", el cual se arroga aún cuando no sepa ni siquiera hablar y escribir correctamente.
Ahora le tocó el turno a la polémica (inexistente, en tanto fue creada artificiosamente por esos pseudo periodistas que se propagan como yuyos en un jardín) en torno a nada menos que... ¡la bandera nacional!
Para ello, lanzaron al ruedo los análisis que llevaron a cabo científicos del CONICET sobre una bandera que data de 1812-1814 y se conserva en el templo de San Francisco en la ciudad de Tucumán; estudios esos los cuales concluyeron en que sus colores eran blanco y azul "ultramar" o "lapislázuli".
Pero los científicos del CONICET de ninguna manera demostraron que la bandera nacional creada por Belgrano fuera azul y blanca; sino que simplemente dictaminaron que esa bandera en particular que analizaron, había sido blanca y azul antes de que el tiempo y la exposición a la atmósfera y a la luz volvieran imperceptibles a la vista sus colores originales.
Sin embargo, fue tal el vuelo que tomó la "polémica" -reitero: armada por esos fantoches irresponsables que la van de "periodistas", tergiversando y mintiendo-; que hasta tuvo que salir el mismísimo Instituto Nacional Belgraniano a aclarar, por medio de su presidente, lo obvio, lo indiscutible: que LA BANDERA NACIONAL ES BLANCA Y CELESTE porque así lo dejó inequívocamente escrito su creador el general Manuel Belgrano el 27 de Febrero de 1812 en Rosario en su comunicación al Triunvirato: "Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional" (sic).


Asimismo, el 21 de setiembre de 1815, el Director Supremo Ignacio Alvarez Thomas impartió a Guillermo Brown, Hipólito Bouchard y Vicente Anastasio Echevarría, instrucciones reservadas para la guerra de corso en el Pacífico, detallando claramente en el punto 3° de las mismas el formato de la enseña: "Si se trabare algún combate se tremolará al tiempo de él el Pabellón de las Provincias Unidas, a saber, blanco en su centro, y celeste en sus extremos al largo" (sic).
Y a través del decreto N° 10.302 del 24 de abril de 1944, emitido por el presidente Edelmiro Julián Farrell en acuerdo de ministros y referido a la reglamentación sobre los símbolos patrios, se estipuló que: "La Bandera Oficial de la Nación es la bandera con sol, aprobada por el Congreso de Tucumán, reunido en Buenos Aires el 25 de febrero de 1818. Se formará según lo resuelto por el mismo Congreso el 20 de julio de 1816, con los colores celeste y blanco con que el General Belgrano creó, el 27 de febrero de 1812, la primera enseña patria" (sic). Decreto ese cuyo texto se acompañaba de la siguiente ilustración:


Como puede apreciarse, no hay en todo esto más "polémica" que la instalada por cagatintas miserables que ni siquiera se atreven a firmar los textos con los cuales envenenan a la gente, como por ejemplo y entre otros, uno del diario Clarín al cual podemos acceder por medio de este enlace:

https://www.clarin.com/sociedad/azul-celeste-descubren-color-original-bandera-argentina_0_Bki5cMYae.html

Sin perjuicio de lo hasta aquí enunciado; no hay que perder de vista que los estudios realizados sobre la bandera del templo de San Francisco en Tucumán, son también importantes, pero no porque puedan modificar lo que tiene certeza absoluta: que la enseña nacional es blanca y celeste; sino porque muy probablemente sea esa la segunda confeccionada en el país, después de aquella primigenia creada por Belgrano en Rosario.


En ese orden de ideas, es de lamentar que los científicos del CONICET que efectuaron dichos análisis sobre unas hebras de esa bandera que se conserva en Tucumán, hayan ultrapasado imprudentemente los límites y la especificidad de la materia de su conocimiento, de su dominio y de su especial competencia, abundando en consideraciones sobre aspectos que no les incumbían de modo directo; en lugar de interactuar con sus colegas de dicho organismo versados en historia, como debieran haberlo hecho.



No dudo de su pericia a la hora de los análisis que hicieron ni de la validez y exactitud de la conclusión a que arribaron, pero a la vez; estimo que resulta menester dar respuesta a ciertos interrogantes, como por ejemplo: ¿por qué, esa misma bandera que los científicos del CONICET afirman que era "sin dudas azul y blanca"; tanto los frailes Joaquín Masian, Pedro José Acosta y Gavino Piedrabuena, como así también el síndico de la orden franciscana y luego gobernador de la provincia de Tucumán, Bernabé Aráoz, consignaron en el acta inventarial del 7 de setiembre de 1813, que era "CELESTE y blanca"?: "En la escuela se apuesto una Bandera de tafetán celeste, y blanco con sus borlas de lo mismo y dos sintas de mas de quatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que penden de la lanza esta es de lata con su asta de dos varas, y tres quartas, q.e la costeo el Govierno para los paseos de los jueves por la Plaza y otras festividades que se hagan por orden del Govno." (sic) (Archivo del Convento de San Francisco, Libro de Ingresos 1780-1843, t. II, fs. 153 vta.).
¿Qué, hay que creer que tres religiosos (entre ellos el padre Masian, que la tenía a cargo y era el responsable de su guarda) y la principal figura política y militar de la provincia, se confabularon hace 204 años para mentir a la posteridad acerca del color de una bandera? ¿O que los cuatro fueron simultáneamente engañados por sus sentidos y veían celeste lo mismo que los científicos del CONICET dos siglos después sostienen que era azul? Por favor...
Si las conclusiones que surgen de aplicaciones tecnológicas sobre vestigios, es decir, las hebras, por un lado; y la heurística, esto es, la evidencia del documento testimonial, por otro, difieren entre sí; entonces estamos frente a un problema causado por la excesiva precipitación en pasar sucesivamente a la hermenéutica, a la síntesis y -lo que es más grave aún- a la divulgación de esta última como si se tratase de una verdad establecida; sin haber atravesado previamente el requisito indispensable de la etapa de crítica histórica, la cual saltearon irresponsablemente. Y es eso, pues, lo que urge subsanar.
Si asistimos a una conclusión reputada como inobjetable toda vez que emana del empleo de la más moderna tecnología, y, simultáneamente; a un documento histórico cuyas legitimidad y autenticidad están comprobadas y son indisputables, de manera tal que no resulta posible invalidar a una u otro; ¿no sería lógico y prudente buscar el elemento que concatene ambos factores y explique la contradicción volviéndola aparente?
Tenemos los argentinos que habituarnos a poner los bueyes donde deben ir, o sea, antes del cachapé y no al revés. Y sobre todo, debemos ceñir nuestra conducta al principio de estricta observancia de la honestidad intelectual. "No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado", dijo Adolfo Saldías, y es rigurosamente cierto.
Yo agregaría que tampoco se sirve a su comprensión manipulando inescrupulosamente la historia. 

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 3 de abril de 2017

LAS ACTAS SECRETAS DE LA JUNTA CONSULTIVA DE LA REVOLUCIÓN FUSILADORA


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En su sitio web www.zuletasintecho.com, el periodista Ignacio Zuleta publicó hoy el siguiente texto:
Raffo (nota mía: se refiere al diputado por la CABA Julio Raffo), calladamente, lleva adelante una batalla con la burocracia del Estado para que se desclasifiquen las actas secretas de la Junta Consultiva, el órgano asesor de la llamada Revolución Libertadora. Lo integraron, entre otros, Isaac F. Rojas, Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot, Miguel Ángel Zavala Ortiz, Américo Ghioldi, Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz, Nicolás Repetto, José Aguirre Cámara, Rodolfo Corominas Segura, Adolfo Mugica, Reinaldo Pastor; Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble, Horacio Thedy, Rodolfo Martínez, Manuel Ordóñez; Enrique Arrioti y Horacio Storni. Funcionó entre 1955 y 1958 y sus deliberaciones quedaron testimoniadas en actas que se hicieron públicas, con excepción de aquellas amparadas por el rótulo de “secreto”. Raffo inició una causa administrativa ante la escribanía General de Gobierno y le respondieron que esas actas se habían perdido. Insistió, y aparecieron, pero le niegan vista porque son secretas. La ley de acceso a la información recién estará vigente a fines de este año y allí podría haber mejor suerte. Pero el diputado interpuso un recurso jerárquico ante el titular de Justicia, Germán Garavano para que, en cinco días, partir de la presentación, le permitan ver esas actas secretas. ¿Qué puede haber allí? Raffo presume que por las fechas coinciden con los fusilamientos de junio de 1956 de los militares y civiles peronistas que intentaron un alzamiento. En esas actas pueden figurar las opiniones de los integrantes sobre ese hecho que le costó la vida a 27 personas bajo una dictadura militar. Maneja la información de que los representantes de la Iglesia (Martínez y Ordóñez) se opusieron a convalidar esa masacre, como la llamó Rodolfo Walsh en un célebre relato que publicó por primera vez el dirigente nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo en el sello de su propiedad, Ediciones Sigla. También que la representante del socialismo, Moreau de Justo, habría sido enfática en apoyarlos. Eso se sabrá fehacientemente, cuando el gobierno desclasifique esas actas. (sic)
Llamativamente, ni Néstor Kirchner ni Cristina Fernández levantaron, durante los doce años que entrambos estuvieron en el gobierno, el rótulo de “secreto” para esa documentación.
Idéntica postura adoptó Mauricio Macri (lo cual por supuesto, era esperable) desde que asumió la presidencia. Y la sigue manteniendo, lo cual motivó la iniciativa que lleva adelante el diputado Julio Raffo tendiente a que tal información sea desclasificada.
¿Qué información "peligrosa" contienen esos documentos, que pueda explicar una cerrazón de medio siglo en su torno? ¿Será que quizá esas actas demostrarían inequívocamente la aprobación de los asesinatos perpetrados por la revolución fusiladora en junio de 1956, por parte de algunos (o todos, no se sabe) integrantes de la junta consultiva conformada por radicales, socialistas, conservadores, demócrata-progresistas, demócrata-cristianos y nacionalistas? Lo cual, de ser así, los convertiría automáticamente en coautores y cómplices de dichas aberraciones.
Aquella denominada junta consultiva nacional (¿qué tendría de “nacional”, por el amor de Dios?) estaba presidida por el coimero Isaac Rojas y la conformaban además: Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot y Miguel Ángel Zavala Ortiz, por la UCR; Américo Ghioldi, Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz y Nicolás Repetto, por el Partido Socialista; José Aguirre Cámara, Rodolfo Coromina Segura, Adolfo Mugica y Reinaldo Pastor, por el Partido Demócrata (conservador); Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble y Horacio Thedy, por el Partido Demócrata Progresista; Rodolfo Martínez y Manuel Ordóñez del Partido Demócrata Cristiano; y Enrique Arrioti y Horacio Storni del Partido Unión Federal (nacionalista).
Particularmente, infiero que -además de Norteamérico Ghioldi (como “bautizó” a ese energúmeno el genial Arturo Jauretche), que hizo pública en el pasquín de su partidejo sucialista, La Vanguardia, su opinión favorable a los asesinatos, la cual incluía aquellas tristemente célebres frases “se acabó la leche de la clemencia” y “hay que desperonizar”-; al menos Alicia Moreau de Justo (entusiasta adherente a la revolución fusiladora); y también el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz -quien después sería ministro del “apóstol de la democracia” (?) Arturo Illia)-, autor de una frase que en cuanto a infamia no le iba en zaga a la de su colega Ghioldi, la cual consta en una de las actas que escaparon al secreto y que fue recopilada por la historiadora María Sáenz Quesada: “este gobierno, el más pacificador y tolerante, tuvo que acudir a medidas de una energía inusitada que ponen en riesgo su gran prestigio democrático”; alentaron y apoyaron esas atrocidades.
¿O qué otra postura cree usted, querido lector, podría haber sustentado toda esa canalla capaz de asignar a un gobierno como aquella ferozmente sanguinaria tiranía la calificación de “pacificador y tolerante”, y que recurría al eufemismo de “energía inusitada” para referirse a los asesinatos que tal régimen odioso y oprobioso cometía?  
Pero si bien mantenerlas como secretas es perfectamente congruente con el “criterio” de un asqueroso cipayo y oligarca como Mauricio Macri; ¿por qué también a su turno lo habrá hecho el kirchnerismo (que en 2014 hizo públicos los documentos en los cuales Isaac Rojas reconocía haber ordenado los asesinatos; pero que omitió expresamente desclasificar las actas de la junta consultiva)?
¿Será que la "transversalidad" dispuesta por Néstor Kirchner y continuada por Cristina Fernández, los llevó a la pretensión de ocultar la participación en aquellos espantosos sucesos, de Alicia Moreau de Justo, de cuya figura histórica (como así también de las de otras “notables” sucialistas) alentaron la abundante propagandización, especialmente por la vía de ese terrorista de la historia llamado Felipe Pifia? Chi lo sa… 
¿Habrá sido también por eso, que ninguno de los tantos parásitos acomodaticios y alquilones que fungían de “historiadores” que el kirchnerismo rejuntó en el inicuo (y felizmente fenecido) instituto “revisionista” Borrego se atrevió tan siquiera a mencionar la cuestión de las actas secretas de la junta consultiva? Vaya uno a saber… 
En cuanto a que tampoco hiciera alusión alguna al tema la bandita de pseudo filósofos e intelectuales no inteligentes como la vaca José Pablo Feinmann, el pavote Ricardo Forster, el huele braguetas Federico Andahazi (actualmente devenido en fervoroso macrista), el postmarxista (?) Ernesto Laclau y demás lamentables etcéteras “pensadoras” por el estilo amuchadas en Carta Abierta, no es en absoluto cosa que extrañe: son fundamentalmente anti Perón, con lo cual…
Por mi parte exijo, como ciudadano argentino e historiador amateur, la inmediata desclasificación de las actas de la junta consultiva de la revolución fusiladora hasta hoy mantenidas como secretas.
¿Y usted?

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 1 de abril de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO. TERCERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Por el picor de mis pulgares, algo malo se aproxima. (William Shakespeare, Macbeth)

Habíamos asistido, en las dos entregas anteriores, al inicio de la telefonía en nuestro país. Le propongo, estimado lector, que analicemos ahora cómo fue su evolución.
En 1881 operaban, además de la anteriormente mencionada Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie. (Sociedad Nacional del Panteléfono) dirigida por Clément Cabanettes; la inglesa Gower-Bell Telephone Company (Compañía de Teléfonos Gower-Bell), representada por Benjamin Manton, con oficinas situadas en la calle Florida entre Corrientes y Lavalle; y una subsidiaria de la norteamericana Bell Telephone Company, de Boston: la River Plate Telephone Company (Compañía Telefónica del Río de la Plata-Continental de Teléfonos Bell Perfeccionado), que tenía sus oficinas en la calle Maipú entre Cangallo y Sarmiento y cuyo director era Walter Keyser.




En los meses de marzo y abril de ese año, el presidente Julio A. Roca firmó los decretos (en los cuales no se fijaban plazos de vencimiento, ni se estipulaban condiciones para la prestación del servicio ni mucho menos se enunciaba un marco regulatorio) autorizando a las tres compañías a “construir a su costo en la Capital y suburbios Oficinas Telefónicas de esta invención, sin que esto importe concederle ninguna clase de privilegio” (sic).  
Mayoritariamente, los historiadores inscriptos en el campo revisionista, han interpretado esos decretos como una expresa renuncia a la participación pública en dicho sector de actividad, clasificándolos como ejemplos por antonomasia del dejar hacer típico del estado-gendarme que tan caro ha sido siempre a los liberales.
Discrepo con esa visión, la cual me parece sesgada y nublada por el anacronismo. Ni la letra ni el espíritu de los decretos llevan necesariamente a concluir en que la tan mentada “renuncia” fuera, en efecto, tal cosa, y encima; “expresa”. Ni a que la no intervención del Estado haya sido dispuesta por Roca desde lo dogmático. Antes bien; entiendo que los emitió (a sólo cinco años de patentado el teléfono por Bell, recordemos) revestidos de un carácter meramente provisorio, en tanto se verificase, con el transcurrir del tiempo, cuál habría de ser el desarrollo (o el ocaso) de “esta invención” (como reputó literal e inequívocamente al teléfono). Por otra parte, se estipulaba taxativamente en ellos que no implicaban el otorgamiento de “ninguna clase de privilegio” y que su ámbito de aplicación se circunscribía a “la Capital y suburbios”, con lo cual ¿qué obstaba para que el Estado nacional interviniese llegado el momento, si así lo considerara conveniente, o para que los Estados provinciales, si lo quisieran, participaran ya sea directa o indirectamente en la actividad? La respuesta es: nada, no había en aquellos decretos impedimento alguno.
¿Entonces? Es que a eso tan elusivo llamado verdad histórica no puede arribarse partiendo desde la concepción oligárquica propia de las viudas de Mitre, ni tampoco desde el catecismo materialista de la historia predicado hasta el hartazgo con empeño digno de mejor causa por los apóstoles del marxismo trasnochado; sencillamente porque el objeto y sujeto de la historia es el hombre y éste es tanto materia como espíritu.
Así, por ejemplo, la invención del teléfono por parte de Antonio Meucci no obedeció a un criterio mercantilista; sino a su necesidad de comunicarse con otro ser humano: su esposa enferma que se hallaba postrada en la planta alta de su casa. Siempre está la pasión creadora (Stefan Zweig dixit) precediendo necesariamente a la obtención de utilidad económica emergente de su transformación en un bien o servicio pasible de ser comercializado. Siempre hay un Meucci antes de un Bell o un Boyd antes de un Dunlop ¿o es que acaso puede alguien imaginar que Fleming descubrió la penicilina impelido por el afán de ganar dinero?
Por supuesto, todo eso no significa, a la hora de construir el relato histórico, que se deba prescindir de la consideración de la etapa consiguiente de comercialización y búsqueda de rédito económico, y de los intereses que hubieran en juego; al contrario, ¿o qué otra cosa es -por citar un ejemplo- el seguro, sino la simple aplicación del cálculo matemático de probabilidades a los riesgos físicos y patrimoniales de la actividad económica? De hecho, es posible que más allá de cuestiones de orden tecnológico, la sociedad Cayol & Newman haya quedado fuera del negocio debido a una evaluación errónea del mercado potencial al que se dirigió preferentemente: el ámbito público (telégrafo y policía); en lugar de orientarse hacia donde lo hicieron sus competidores: el segmento de alto poder adquisitivo de la sociedad porteña.
Por aquellos años, la telefonía no era todavía considerada un servicio público necesario, y el teléfono era percibido como un artículo de boato, una tentación ofrecida a las clases pudientes, o a lo sumo; como un vehículo cultural (lo cual explica que en las noticias referidas a las pruebas y ensayos que se realizaban, todas las crónicas periodísticas mencionaran la transmisión exitosa de música, además de la de voz). Aún se estaba lejos de imaginar al teléfono contribuyendo a la integración entre las distintas regiones del país (que de hecho, no lo hizo, sino hasta después de entrada la segunda mitad del siglo XX), papel que se reservó al ferrocarril y al telégrafo.
Asimismo, es pertinente destacar que no había entre el gobierno nacional presidido por Roca y el municipal encabezado por Alvear, uniformidad de criterios en cuanto a las compañías telefónicas. Mientras que el primero dictaba en los meses de marzo y abril los decretos mencionados precedentemente; el segundo solicitaba por nota al ministro del Interior, Antonio Del Viso, que el poder ejecutivo sometiera a consideración del congreso un proyecto de ley -cuyo texto le adjuntaba-, consistente en veintiocho artículos con las normas y condiciones que sugería imponerles a las operadoras: consulta al Departamento de Ingenieros de la municipalidad previa al otorgamiento de la concesión, autorización de la municipalidad para el tendido de las líneas, obligatoriedad para las empresas de ir reemplazando los tendidos aéreos por subterráneos, estudio y aprobación de las tarifas por parte del poder ejecutivo, cada empresa debía pagar a la municipalidad un canon del 10% sobre sus ingresos brutos, tarifas diferenciales (50%) para los organismos nacionales y municipales, etc.
La iniciativa de Alvear fue a parar al archivo general, esto es, al cesto de los papeles.


No hubo, pues, ni marco regulatorio de la actividad ni control federal ni municipal. Así las cosas, la competencia entre las tres empresas fue encarnizada y hasta feroz; mas ello no se tradujo en una baja sensible de las tarifas que aplicaban.
Los principales diarios se involucraron en la cuestión y tomaron campo alentando a tal o cual compañía, focalizándose principalmente en las ventajas competitivas (reales o ficticias) que asignaban a los aparatos que cada una de ellas proveía. Mientras El Nacional y La Prensa exaltaban las bondades de los construidos en el país por Cayol y Newman; La Nación hacía propaganda para los de la Gower-Bell inglesa. Más temprano que tarde, la publicidad de las empresas en los periódicos se volvió chocarrera y chicanera. 
Así, por ejemplo, la Sociedad del Panteléfono hacía insertar un aviso de este tenor: “El Sr. D. Henry K. Goodwin, ingeniero electrologista y superintendente de los trabajos de la Compañía Bell (Director W. S. Keyser), acaba de entrar en nuestro servicio en las mismas condiciones, habiendo reconocido la superioridad del Panteléfono de Locht sobre todos los demás sistemas telefónicos”. 
Y luego, de la guerra en los diarios se pasó directamente al sabotaje, con destrucción de redes y equipos y causando no pocos escándalos.
A fines de 1881, entre las tres empresas sumaban alrededor de 200 abonados. Al año siguiente, ingresaron capitales británicos a la hasta allí estadounidense Compañía Telefónica del Río de la Plata, la cual se fusionó con la Sociedad Nacional del Panteléfono, constituyéndose de ese modo la United Telephone Company of the River Plate Ltd. (Compañía Unión Telefónica del Río de la Plata Limitada), con sede en Londres. La nueva sociedad entró pisando fuerte, anunciando que pondría su abono a “menos precio que cualquiera otra Compañía”. Claro que “cualquiera otra compañía”, sólo podía ser la Gower-Bell, porque para entonces no había ninguna otra.
Pero pese a la declamatoria propagandística, la competencia entre ambas empresas no llevó a una mejora en la calidad del servicio ni tampoco a una baja en las tarifas. No obstante; en 1884 los abonados a una u otra ya totalizaban 600.
En general los historiadores consideran que por aquellos años la telefonía era un servicio que se circunscribía a la Capital Federal y suburbios. La cosa no fue así, o al menos; no tan así.
Si bien es innegable que Buenos Aires concentraba la mayor cantidad de abonados; en otras ciudades importantes como La Plata, Rosario o Córdoba, por ejemplo, también se habían instalado empresas telefónicas, tal como podemos comprobar a través de estos (entre muchos otros de tenor similar) avisos publicitarios insertos en el diario rosarino El Mensajero, en su edición del 5 de marzo de 1884.




La existencia y actuación comercial en ciudades principales del interior del país, de compañías dedicadas a la actividad telefónica, todavía en los inicios de la misma, muy probablemente haya sido más considerable de lo que sabemos con certeza; aun descartando las subjetividades y exageraciones propias de la comunicación institucional y la propaganda.
El 24 de septiembre de 1882, se ensayó con éxito una línea con aparatos Siemens que enlazaba el Hotel Universal y el Club Social. Más tarde, otra línea con iguales resultados comunicó las estaciones Rosario y Roldán del Ferrocarril Central Argentino. Con el nombre de Compañía Telefónica Siemens se inauguró, el 1 de abril del año siguiente, la empresa precursora de teléfonos que desarrolló una intensa actividad. Así, el 19 de junio, se informó que ya funcionaban las líneas de los diarios La Capital y El Independiente y de los comercios de Otero y Cía., Allende y Cía., Emilio Ortiz y Cía., y de Rosendo Olivé (h), entre otros… El 15 de julio, mediante el alambre del telégrafo, se realizó una conversación entre Rosario y Buenos Aires utilizando un aparato portátil Siemens. Era la primera vez que en Sudamérica se conversaba a una distancia tan grande.A fines de 1883, la compañía ya tenía 213 abonados en Rosario, 10 en San Lorenzo y 6 en Alberdi. Un año más tarde la cifra ascendió a 350 y sus líneas estaban conectadas con los pueblos de San Lorenzo, Puerto de San Lorenzo, La Posta, Alberdi, Arroyito, Avila, Roldán, San Gerónimo y Carcarañá.
En 1886 la Compañía Unión Telefónica Limitada absorbió a la Gower-Bell, tras lo cual se constituyó en Londres la razón social United River Plate Telephone Company, que actuaría en nuestro país bajo el nombre Unión Telefónica del Río de la Plata.
El primer acto de la Unión Telefónica fue… ¡aumentar las tarifas! ya de por sí abusivas que venían cobrando los oligopolios que la precedieron. Ante eso, el diario La Nación, en su edición del 11 de enero de 1887, puso el grito en el cielo publicando un furibundo editorial que tituló “El teléfono y el espíritu público”.
Donde no hay espíritu, no son solamente los gobiernos los que se atreven contra el público. Todo el que tiene en su mano un servicio tiende a convertirse en tirano y a imponer por ley su voluntad y su avaricia, sobre todo cuando el servicio es casi imprescindible para el que lo recibe y cuando la competencia es imposible o no se verifica en circunstancias determinadas. En las instalaciones telefónicas sucede algo peor. Cuando existían dos compañías desligadas y en guerra permanente, todo lo prometían y todo se esperaba, en la mejora del servicio y de los precios (pésimo el primero y exorbitantes los últimos), para cuando tuviera lugar la reunión de esas empresas. Al fin el hecho se realizó y, con sorpresa de todos,  él debía envolver la más sórdida e insolente conspiración contra el público. Las compañías fusionadas venían ensayándose de antemano en el camino de los abusos. No sólo servían mal y de mala voluntad, cobrando caro, sino que se permitían exacciones de todo género. Una de éstas era el uso gratuito, obtenido a veces instalaciones de que ellas solas sacaban provecho. Ahora, en lugar de haber corregido estos abusos, el servicio ha empeorado y la Unión Telefónica, que no era sino la confabulación de dos empresas, se ha presentado elevando todavía sus precios. Es el primer hecho de este género que nos pone a prueba y su resolución dará la regla de lo que puede intentarse o de lo que nadie se atreverá a intentar en lo sucesivo.
Comenzábamos a transitar, de la mano del presidente Miguel Juárez Celman, por el siempre peligroso sendero de la imprevisión, el despilfarro irresponsable, la sustitución del trabajo por la especulación como motor de la economía y el ajuste y la sujeción al positivismo spenceriano como dogma del gobierno.
Asistimos así, querido lector, a un período que abarcaría casi medio siglo de supremacía de los oligopolios ingleses en la telefonía argentina. En la próxima (y última) entrega veremos cómo siguió y terminó la cosa.
¡Hasta entonces y gracias por la atención!

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Mensajero, edición del 5 de marzo de 1884.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878, 28 de abril de 1881 y 11 de enero de 1887.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Marchand Editores, Buenos Aires, 1981.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
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Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
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Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
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Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, ediciones del 24 de febrero de 1878 y del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.