martes, 9 de enero de 2018

EXCELENTES VIDEOS DE GONZALO HENESTROSA

El publicista Gonzalo Henestrosa hizo tres excelentes videos sobre "Queso ruso", "Fusilados por la Cruz Roja" y "Noticias de ayer", basados en mis interpretaciones acerca de sus letras. 
Dada la excelencia del material, desde Esa Vieja Cultura Frita queremos compartirlos con ustedes.
¡Que los disfruten!

-Juan Carlos Serqueiros-

Queso ruso
Fusilados por la Cruz Roja

lunes, 8 de enero de 2018

RECETAS PARA LA FELICIDAD





















Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

Solemos dar muchas explicaciones a nuestra infelicidad:
-que no tenemos la pareja que queremos,
-que no tenemos el trabajo que queremos,
-que tenemos problemas con nuestras familias,
-que los golpes de la vida
Y así, una larga lista de dolencias frecuentes en una u otra medida en la vida de los que transitamos por esta tierra.
Desde las series de cine, sobre todo las de tipo "novela", se nos empuja a creer que todo va a terminar bien simplemente esperando que sea el otro el que un día cambie o un accidente le haga comprender la realidad, o de ultima, que el destino ponga a la justicia de nuestro favor por arte de magia y nos reconozca como héroes y vendedores del mal y la injusticia.
A través de estos lavajes de cerebro, aprendemos a llevar una vida mediocre en la que damos por sentado que como los personajes de todo lo que vemos en la gran pantalla, los problemas son a la vida lo que la sal a la comida. Pero hay gentes que no pueden comer tanta sal ni tolerarla y busca recetas ajustadas a su necesidad. Son las menos, pero las hay.
Nos dan a todos la misma fórmula para vivir: ser exitosos en la carrera, el amor, un bello cuerpo y mucho dinero. Cuatro cosas que uno comenzaría a tener a partir del consumo: salir a todas partes, de vacaciones, comprando la mejor ropa, yendo al gym para estar en forma y así ser atractivos, comprar todas las cremas anti -lo- que- sea que haya, contar con un sinnúmero de amigos superficiales a los que no poder contarles lo vacíos que nos sentimos y una cantidad de "me gusta" por los que algunos llegan a pagar en las redes sociales.
Ser vistos o aplaudidos y aprobados por el otro, -empezando por los padres-, es TODO lo que en teoría podemos hacer para que nos elijan y la vida nos coloque en el podio de alguna vidriera en la que  el éxito nos aplauda sin hacer nada más que perseguir lo que nos dicen que es el camino a la felicidad. Cualquiera de esas vías propuestas por la sociedad y la cultura que hemos creado y aceptado como LA VERDAD, es aceptada como fórmula infalible. Y ni nos damos cuenta de hasta que punto!
Sin embargo, en esta profesión que tengo; no dejo de observar que la mayoría ha metido ganas a aquello que jamás amó: pareja, profesión, lo que fuere, anoto una y otra vez a gente que deja los bofes en la máquina de abdominales y habla de salud cuando tiene una vida profundamente infeliz, que trabaja en no sé dónde de gerente de no sé qué y muere de estrés, o que es estrella de algún medio y se siente don nadie.
La última de las calamidades es pagar para que te den más "me gusta". Pero eso ni siquiera nos hace reaccionar para reconocer el punto de vacío en el que estamos y que hemos incorporado como lugar de destaque.
Lo que aquí escribo lo saben quienes lo han pasado y pudieron renunciar a sus anteriores aspiraciones para verlas como reales estupideces. Los que se animaron a dar el paso hacia sí mismos, reconocen que NADA  de estos recetarios les brindó felicidad. Quienes vivieron atados a su cuerpo, su fama, su reconocimiento, su "podio artificial", no tuvieron nunca nada más que el efímero placer que el de verse reflejado en el espejo de la mirada de otro. Detrás de eso, el vacío de estar íntimamente solos.
Así, -y para no abundar con la larga lista de fallos en el formulario que llenamos para tener una happy life-, la vida no nos cierra porque la cosa no está en concurrir a las fiestas y los ritos en el pelotero, el cumpleaños, la navidad, el desfile, el after, las vacaciones y cualquier tipo de "happenning". Adquirir modismos, despreciar el propio idioma, la propia gracia, los propios atributos, rasgos, carácter, nariz, gustos, sensibilidad, grado de ira, enojos, respuestas naturales, muestras de disgusto y evitar desobediencias necesarias para adquirir libertad, nos fueron enjaulando en una caja en la que gana quien puede comprar una vida en vez de vivirla.
Nos peleamos con los demás para tener razón, culpamos al mundo de las injusticias y después señalamos los fallos del otro sin hacer mea culpa acerca de cuanto hemos colaborados para que algo nos suceda o haya reventado la vida a otro. Encontramos muchas justificaciones para nosotros, pocas para los demás. Y todo eso porque no somos conscientes de verdad ni en todo momento. Algo que por cierto también sería una utopía, pero sí se puede balancear si de vez en cuando nos mirásemos la cara oculta, esa que es un poco miserable y que todos llevamos dentro.
Se necesita de mucho valor para ser uno mismo, ser igual del derecho que del revés. ¡¡¡Eso es mucho más valioso que llegar a ser millonario!!! ¡Piénselo, al menos!
El mismo caso pero a la inversa es el del que se dedica 100%  a los demás para ser querido, se coloca en último lugar y espera llegar primero. No hay más que estas dos vías como para granjearse la infelicidad. De un extremo al otro, de la new age al egotismo, hay una gama intermedia que como siempre, se conforma con salud, dinero y amor.
Claro, uno cree saber quien es y que quiere: "quiero un buen auto, una casa, un buen trabajo, una buena pareja y con eso, ya me conformo". El problema es que si TODOS repetimos la misma receta, es porque algo está fallando: COMO A PERSONAS DIFERENTES, CON DIFERENTES GUSTOS, FORMAS DE SER O CARACTERES, se les generan las mismas expectativas?. Y lo peor es que ni eso nos deja ver que nuestros cerebros están lavados.
Para todos tiene que ser bueno... el yoga, la dieta vegana, la crema antiarrugas o cualquier cosa que se PONGA DE MODA; sin decir con esto que alguna de estas disciplinas sea mala en sí. Lo que es malo es cargar en ellas el secreto de la happy and wonderful life. Felicidad enlatada para la venta y el consumo de la "autosuperación". A nadie se le da por pensar de que su camino no es el que otro transitó. Todos tratan de seguir recetas y ese sí señores, ES EL PROBLEMA DE LA INFELICIDAD.
La eterna espera del dinero que no llega nos hace meter la pata hasta la yugular porque hasta votamos pensando en que si lo que nos prometen es dinero, ahí vamos!
No nos importa si queremos vivir siendo artistas. No nos interesa si somos sensibles y no hay un lugar para un alma de ese estilo en un mundo cuyo dios tiene la cara del dólar. No se nos cruza por la cabeza que sentarse a conversar con otro de cosas que tengan sentido, es mucho más pleno que plantarse en una mesa cada uno con su celular.
No pensamos que quizá nosotros no seamos proclives a tener pareja. Ni se nos ocurre evaluar en muchos casos si realmente nos interesaría ser gerentes de algún lugar. Solo aspiramos a las carnadas que como peces, perseguimos para ser pescados y sacados del agua.
Envidiamos al que vemos todo el día de fiesta, pero jamás imaginamos la soledad que siente porque tanto él que puede consumir como Ud. que no puede, padecen del mismo desencanto.
Sabe Ud. que sucede?: TODOS olvidan ser quienes son. Todos siguen patrones que nos alimentan TODO EL DÍA por vías que creemos que ni nos tocan ni nos influyen. Pero si Ud. es infeliz en algún sentido, sepa que es esclavo de ese juego como así también del juicio ajeno.
Tememos que alguien nos escuche gritar o plantarse en la cola del banco o del super para reclamar nuestro tiempo a los que se erigen en nuestros amos. Ni se nos ocurre carajear al médico porque nos deja en su sala de espera como si fuéramos muñecos sin vida, dispuestos a dejarlo todo para que nos atienda el dios de guardapolvo blanco. No se nos ocurre que tenemos un valor, una autoridad, una forma de ser. Solo leemos por todos lados que hay que ser políticamente correcto y no tomar nada en serio porque eso te da paz.
El silencio, callar el dolor que te causa que otro te pise el pié te da paz? Por favor!
¿De verdad te da paz gritar en silencio hasta que se dignen a atender tu dolor en una guardia médica?. NO. Pero te callás. ¿De verdad te da felicidad un vestido nuevo?. No, pero lo pasas por alto. ¿De verdad te creés más importante porque te pusieron más "me gusta" en una publicación"?. SÍ, pero te das cuenta de que no te dio felicidad.  ¿De verdad te pensás como un triunfador porque tuviste sexo con 700 en un día y vivís una vida sin verdadera compañía? Ni lo querés pensar. Por ahí mejor te tomas un lexotanil.  ¿De verdad pensás que pagar los impuestos es la meta de tu vida? No, pero te deja tranquilo el que la "autoridad" tenga un motivo menos para encerrarte.
Van Gogh, Mozart, Beethoven y una larga lista de genios con una vida bastante difícil, han tenido sólo una cosa cuando la vida les pasaba terribles facturas: su fórmula secreta, su "hobby", -eso que en esta sociedad se desprecia porque es la amenaza más grande que puede encontrarse para el consumo-, y que está bien cercana al corazón. Tener una vocación o el deseo irrefrenable de hacer algo en concreto, tener las ganas de poner afuera lo que uno es por dentro, ser creadores de verdad, es haber llegado a conocer que es lo que somos, que queremos, que es lo que más nos importa.
Ya no necesitamos compañías como chupetes, alcohol para escapar o drogas para irnos lejos. No necesitamos viajar al otro lado del mundo para sentirnos gente de mundo. Podemos vivir en un cuadrado, que allí colocaremos nuestro propio atril.
Parece muy tonto o muy fácil. Pero cuando pasás por el infierno y te quitan toda la bijou, los anillos de oro, la casa, el dinero, la familia, los hijos, la crema anti age, las cámaras de televisión o lo que sea que creas que has logrado para estar en alguna vidriera, queda algo inamovible que NADIE puede quirtarte. A ese "Algo", se llega después de todo el despojo al que la vida nos somete hasta que no nos vemos por dentro y nos prestamos atención.
Ya deja de importar si al otro le gusta mi carácter o no. Ya interesa un bledo si mi cuadro es considerado un objeto de exposición. Ya se cae la expectativa de gustar a todos y resulta mucho más eficaz el saberse poseedor de tal o cual gusto/don/modo de ser/carácter que puede encajar mucho, poco o nada en el mundo en que vivimos. Pero sabemos quiénes somos. No nos mueve cualquier tormenta, ni nos mata la soledad. Tampoco nos preocupa no tener el romance que vemos en la tele ni esperamos que sea el destino el que nos salve: nos salvamos nosotros porque hemos comenzado a desobedecer al molde. Empezamos a conocernos.
Despertar no es abrir los ojos a otra realidad, sino cerrarlos para mirar por dentro.
Quiere ser feliz? DESPIERTE, SEA QUIEN ES UD., VAYA POR LA VIDA QUE UD. QUIERE aunque todo y todos le digan que eso es una utopía. No lo descalifique, no lo calcifique, no lo desprecie, porque lo que Ud. desprecia de sí; lo desprecian los demás.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

Nota: Si quiere contactarse por consultas psicológicas con la Lic. Borraccetti, puede hacerlo escribiéndole a sus casillas de correo electrónico: gabrielaborraccetti@arnet.com.ar y gabyborraccetti@gmail.com ó bien a través de su página profesional Psímbolos en la dirección web https://psimbolos.blogspot.com.ar

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. TERCERA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Viene de partes Primera y Segunda

“El Territorio del Chaco es actualmente una agencia electoral de las provincias vecinas.” (Revista Estampa Chaqueña)

El inicio de la década del veinte marcó un clivaje en la historia del Chaco en tanto representó el pasaje desde el denominado ciclo forestal, subsiguiente a la conquista y poblamiento; al que se ha dado en llamar ciclo algodonero. Esto trajo aparejada otra ola inmigratoria -que duraría hasta bien entrados los años cuarenta-, volcada al centro-norte y al centro-oeste chaqueños, sin que todavía se hubiese logrado más que parcialmente la argentinización de la que la había precedido cuando la colonización. 
Si los españoles (no así los italianos) habían sido huesos duros de roer a la hora de hacerlos argentinos, imagine usted, apreciado lector, la tarea ímproba que representaría lograrlo con la masa famélica, sufrida y esforzada de yugoslavos, búlgaros, ucranianos, polacos y demás etcéteras componentes del gringaje del Este europeo trasplantado al Chaco. Máxime, cuando de las dos herramientas con las cuales se contaba en tiempos de la etapa colonizadora, esto es, la escuela pública y el ejército nacional; sólo quedaba disponible la primera, porque algunos años antes, se había dispuesto retirar del territorio al segundo.
En lo atinente a la escuela pública, la escasez de establecimientos era notoria. Y encima -las pulgas del perro flaco-, a hombres que tuvieran la doble condición de apóstol y titán (como Raúl B. Díaz, por ejemplo) no se los encontraba a la vuelta de una esquina, precisamente). En cuanto al ejército, en 1917 Yrigoyen ordenó evacuar del Chaco los pocos regimientos que aún quedaban en él luego de la conquista. Así, el territorio quedó limitado a la (relativa) seguridad que pudieran brindarle sus propios organismos. 
La homogeneización identitaria de aquella Babel no fue, ciertamente, un proceso sencillo y exento de conflictos.
Con respecto a los indios, la reducción de Napalpí, que constituía la cristalización de la prédica de Lynch Arribálzaga, albergaba una población más o menos estable de entre 700 y 800 individuos pertenecientes en su mayoría a las etnias toba y mocoví. En ella había una escuela en la que se impartía instrucción primaria a los niños indígenas, la cual constituía una de sus dos claves, siendo la restante el trabajo -que se realizaba a destajo y en modalidades lindantes con la explotación lisa y llana (lo cual no difería de las condiciones en que laboraban en obrajes y chacras los hacheros y braceros correntinos, santiagueños y paraguayos que componían, conjuntamente con los aborígenes, la totalidad de mano de obra disponible en el territorio)-.
El advenimiento del radicalismo al gobierno nacional, significó para el territorio que el poder central instalara en el sillón de Obligado a políticos provenientes de las provincias de Santa Fe y Corrientes, quienes evidenciaban tener poca o ninguna empatía con el territorio y sus habitantes, desconocían en absoluto sus problemáticas y usaron al Chaco como base de operaciones encaminadas a la intervención activa en la política partidario-electoralista de sus lugares de origen. El norte de quienes eran designados gobernadores, lo constituían, pues, sus intereses políticos en las provincias de las cuales procedían y su propio beneficio económico, lo que provocaba que dedicaran su tiempo a esos fines y que sus prolongadas ausencias del territorio, lejos de ser excepcionales; fueran lo habitual.
Así las cosas, el Chaco se convirtió, ora en un reducto donde se planeaban transas y camándulas para mantener la “situación” si ésta era favorable, o conspiraciones y revueltas para tornarla propicia si era adversa; ora en un sitio donde “asilar” a los amigos en caso de que resultaran perdidosos en aquellas feroces contiendas a las que pomposamente se llamaba comicios.
En cuanto a la policía brava, era una herramienta al servicio del gobernador de turno, que éste utilizaba a discreción para confiscar libretas de enrolamiento y arrear hasta las provincias limítrofes como si de ganado se tratara, a gente a la que se hacía figurar como inscripta en los padrones correntino o santafesino.
El 12 de octubre de 1922, Marcelo T. de Alvear asumió la primera magistratura de la República. El gobierno paralelo que Yrigoyen intentó establecer, valiéndose para ello del vicepresidente Elpidio González, y el hecho de que Alvear formara su gabinete sin requerir en absoluto la opinión del Peludo, además de otros factores que omitiré citar en obsequio a la brevedad; fueron indicios claros de que las diferencias en el seno del partido gobernante eran mucho más profundas que una mera cuestión de estilos. En ese contexto, Alvear se tomó un pequeño plazo de ¡ocho meses! para designar gobernador del Chaco al político santafesino Fernando E. Centeno.
Nacido el 27 de setiembre de 1876, Fernando Enrique Centeno provenía de una familia rosarina de origen español (era nieto del coronel Dámaso Centeno, muerto en la batalla de Cepeda; e hijo de Fernando S. Centeno, gestor e impulsor del pueblo que lleva ese nombre). Opositor a Yrigoyen, desde principios de la segunda década del siglo XX recaló en el radicalismo antipersonalista, fue diputado a la legislatura provincial por el departamento Constitución en 1914 y 1917, y convencional constituyente por el departamento Gral. López en 1920. Estaba casado con Lily Baraldi, una dama perteneciente a una familia italiana exiliada en España y posteriormente “trasplantada” desde allí a América.
Centeno llegó al Chaco con el definido propósito de enriquecerse en la gobernación a como diese lugar. Para eso, llevó consigo a dos de sus cuñados: Enrique Jorge Pedro Baraldi, en carácter de secretario; y Fernando Restituto Guido Baraldi, como contador.
Organizó las cosas de modo que las tareas burocráticas (confección de planillas, rendición de fondos, redacción de informes al ministerio del Interior, etc.) fueran desempeñadas por sus parientes; mientras él se quedaba en la provincia de Santa Fe, limitándose a viajar al Chaco un par de veces al año, como mucho, para cumplir alguna que otra formalidad protocolar, firmar los papeles y, por supuesto; percibir la “renta”, es decir, el canon pactado con sus cuñados por “alquilarles” la gobernación efectiva (30.000 pesos mensuales, según se decía), astillita esa la cual provenía de ilícitos tales como defraudación al Estado mediante el ardid de engrosar las planillas de sueldos incluyendo en ellas empleos inexistentes (policías, principalmente), coimas a prostíbulos, casas de juego y ladrones de ganado, y otras lindezas por el estilo.
La persecución a quienes se atrevían a oponerse a sus designios, a criticar su nepotismo descarado y a denunciar sus delitos, fue otra de las constantes en su gobernación. Decididamente, el radicalismo no lograba prender del todo en el Chaco, lo cual no tenía nada de extraño, al contrario; era la reacción esperable a la odiosa presencia de sujetos como Cáceres y el propio Centeno, impuesta desde el poder central).
No parecen haber existido móviles partidistas en el acoso ejercido sobre adversarios políticos y periodistas; sino el propósito de presionarlos, intimidarlos y hacerlos desistir, por medio de la coacción y el temor, de revelar y manifestar las irregularidades y abusos en que incurrían él y sus esbirros (y por otra parte, un individuo como Centeno, de moral laxa, carente de virtud política y que no procuraba más fin que la obtención del beneficio económico propio; no iba a favorecer al radicalismo del Chaco ni tampoco al de la vecina Corrientes, de cuyas expresiones -escasas, por cierto- emanaba un indisimulable tufillo yrigoyenista por demás ofensivo a su  oligárquico olfato).
Con todo, de no ser por un suceso funesto que tuvo a Centeno como actor principal y que se precipitó al derivar las circunstancias en espantosa tragedia debido a la concurrencia de varios factores; Chronos habría tendido sobre su venalidad y su ominoso gobierno el manto del tiempo; no quedando de él en la historia más registro que la borrosa referencia de un par de fechas seguidas del nombre de aquel oscuro politicastro de actuación limitada al ámbito regional y corrupto como otros muchos que hubieron.   
La crisis del algodón, iniciada en los Estados Unidos en 1921 y que se profundizó y eclosionó en 1923, provocada por la plaga del picudo que pasó desde México a Texas y se expandió a todo el sur norteamericano, llevó a que los grandes industriales hilanderos y tejedores del mundo, ávidos del textil y desesperados por su escasez; posaran la vista sobre Argentina, y que los fabricantes estadounidenses de maquinaria hicieran lo propio.
El ministro de Agricultura del presidente Alvear, Tomás Le Breton -una especie de súper ministro que pocos años antes había impulsado, como diputado nacional, una ley propiciando la formación de cooperativas, y que después fue designado embajador en EE.UU., donde tomó contacto con grupos de poder político y económico que se comprometieron a establecer y apoyar por todos los medios a su alcance una complementación argentino-estadounidense destinada a hacer de nuestro país uno de los grandes productores y procesadores mundiales de algodón-; fue quien trazó la política que signó el tránsito del Chaco desde una economía extractiva (quebracho-tanino), a otra productiva (algodón), que debía pivotear sobre el eje reparto de la tierra pública - optimización del proceso de cultivo, comercialización e industrialización.
Mas, había un problema (o mejor dicho; varios, pero me ocuparé sólo del que hace específicamente a la cuestión enfocada, esto es, la tragedia acontecida en el Chaco durante la gobernación de Centeno): la producción algodonera requería, según los expertos americanos traídos al país y contratados por el gobierno; de mano de obra barata, especialmente, en el primer eslabón de la cadena, o sea, los braceros. Esa condición sólo podía cumplirse manteniéndolos en el oprobioso régimen de laboreo a destajo y en las condiciones infrahumanas que enuncié precedentemente.
Para agravar aún más las cosas, la administración de la reducción de Napalpí (a cuyo frente ya no estaba Lynch Arribálzaga) no se le ocurrió nada mejor que disponer una quita forzosa del 15% en el algodón que cosecharan los indios, so pretexto de destinarlo a “costear los valores de las herramientas de labranza, el funcionamiento de las escuelas y los arreglos dentro de la Reducción”. Y para no ser menos, Centeno decretó para los aborígenes la prohibición de desplazarse a Salta y Jujuy -como venían haciendo desde algunos años antes-, donde podían percibir mejores salarios en los ingenios. Los indios respondieron con la huelga.
El Chaco era una caldera a presión. La aguja del manómetro subía y subía, pero nadie le prestó atención. La caldera estallaría.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 12 de noviembre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. SEGUNDA PARTE






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


(Los habitantes de los territorios nacionales son) parias sometidos al destino que les deparan los funcionarios que les mandan desde esta capital, (así, esos territorios constituyen) verdaderos refugios de pecadores y de vagos donde encuentran fácil acomodo los peores elementos de comité, como los favoritos que venían de la metrópoli en tiempos de la colonia, a enriquecerse en un medio sin vinculación, sin nada que los ligara, con amor a la tierra a donde van sin ánimo de trabajar, pero ávidos por enriquecerse. (Benjamín Villafañe, diputado por Jujuy, discurso en el Congreso de la Nación, setiembre de 1921)

En 1912, el presidente Roque Sáez Peña dispuso la creación en el Chaco de la Reducción de Indios de Napalpí, a cuyo frente se designó, en 1913, al naturalista Enrique Lynch Arribálzaga (quien seis años antes había fundado la Sociedad Protectora del Indio).
La solución al problema indígena que proponía Lynch Arribálzaga estaba basada en la erección de escuelas en las cuales se impartiría a los niños indios una educación tal, que además de sustraerlos al analfabetismo; estuviera orientada al aprendizaje de oficios (es decir, la que llamaríamos hoy “con salida laboral”), inculcándoles, además; hábitos que los condujeran gradualmente al abandono de la superstición, el animismo y la organización clánica, y los convenciera de adherir al concepto de propiedad de la tierra y de los medios de producción; renunciando al que tenían adoptado, el cual se caracterizaba -consignó- por “el nomadismo, la posesión y el usufructo más o menos comunista de la propiedad” (sic). Confiaba en que una nueva generación indígena, educada con esos métodos y herramientas que recomendaba, podía ser llevada a estadios sociales superiores, previo paso por reducciones aborígenes que se autofinanciarían mediante la agricultura y la explotación forestal.  
Desde un indigenismo declamatorio, trasnochado, disgregador y con veleidades academicistas más propias de esos intelectualoides ensoberbecidos que se pavonean muy orondos presumiendo del dudoso privilegio de pertenecer a la vanguardia; que de auténticos inteligentes, a menudo se ningunea la figura histórica de Lynch Arribálzaga so pretexto de sus postulados paternalistas (¿qué pretenderán que fuera, a principios del siglo XX?), apelando para ello al anacronismo y a la reproducción descontextualizada de frases suyas, las cuales son citadas peyorativamente y con sorna.
El indigenismo sustentador de la tesis de un “Estado nacional de origen genocida”, al cual propugna reemplazar por otro que sea “plurinacional”; así como su antítesis, esto es, la visión sesgada, esclerosada y obstinadamente acrítica parapetada tras un absurdo negacionismo recalcitrante y obtuso, son las dos caras de una misma vil moneda.
Si afligente era la dramática situación de los indios, ya irremisiblemente quebrados su modo de vida y sus medios tradicionales de subsistencia; en modo alguno constituía una problemática menor y más sencilla de resolver la representada por los inmigrantes que arribados al Chaco, le conferían su característica de tierra con población aluvional, ora con su melancólica indiferencia, ora con su franca cuando no cerril oposición a las reglas que se habían estipulado previamente para regir el proceso de su argentinización. No era aquel un panorama precisamente halagüeño, por cierto.
En 1914 (postrimerías del orden conservador 1904-1916), Alejandro Gancedo fue designado gobernador del Chaco.
Tucumano por nacimiento y crianza, porteño por formación y educación y santiagueño-chaqueño por adopción, Gancedo era un científico en toda la línea: ingeniero y docente de profesión; y geógrafo, astrónomo, cartógrafo y botánico amateur. Su nombramiento estaba motivado en el propósito de llevar a la gobernación a un técnico y hombre de ciencia que fuese, a la vez, conocedor profundo del territorio y con las aptitud y capacidad imprescindibles como para trascender las funciones meramente administrativas; consagrándose también a las cuestiones sociales y étnicas, y a los problemas operativos y de infraestructura que afectaban al Chaco.
El presidente Roque Sáez Peña y su ministro del Interior Indalecio Gómez encontraron en el ingeniero Gancedo al hombre ideal para el cargo.
Su gobernación fue excelente. Se interesó muy especialmente por la situación de los indios, apoyando decidida y eficazmente a la reducción de Napalpí. En procura de evitar los abusos patronales, implantó la obligatoriedad de la libreta de trabajo en los obrajes. Jerarquizó la policía y mejoró su servicio, a través de una esmerada selección del personal que la componía, aumentando el número de comisarías y dotando de destacamentos a los rincones del territorio que carecían de ellos (lo cual, de paso, representó un notorio incremento en la lucha contra el flagelo del cuatrerismo).
Mas lo bueno dura poco (Landriscina dixit) y a la meritoria, luminosa gestión de Gancedo, subseguirían las tinieblas de una larga noche radical signada por la arbitrariedad, la corrupción y el peculado, que ominosa e implacable vendría a cernirse sobre aquel Chaco que contaba por entonces 46.000 almas que lo habitaban. Señor Hipólito Yrigoyen, su turno.
Habiéndose recibido de la presidencia el 12 de octubre de 1916, Yrigoyen, con su exasperante  lentitud y su inveterado personalismo, se tomó un tiempo excesivo para elegir a quien pondría al frente de la gobernación del Chaco, lo cual recién hizo seis meses después de asumir, ya pasado el primer trimestre de 1917, más precisamente el 20 de abril, resolviéndose (es una manera de expresarlo) por Enrique Cáceres.
Dada la catadura moral del designado, es inevitable que surja en uno el deseo de que las cosas hubiesen ocurrido de modo que aquella morosidad en llenar el cargo se prolongara in aetérnum; porque como perspicazmente solía sentenciar mi abuelo: “pa’ semejante bombilla, mejor es tomar el mate a tragos”. A poco de llegar al territorio, el hasta allí ignoto y oscuro politicastro Cáceres se evidenciaría como lo que en efecto era: un sujeto de avería.
Extraño al medio, venal y arbitrario, no perseguía más propósito que medrar en un cargo que le posibilitaba operar negocios ilícitos. Era vox populi que actuaba en escandalosa connivencia con tenebrosas organizaciones dedicadas al abigeato y al proxenetismo, a las que protegía y amparaba. Y eran esas actividades delictivas las que constituían sus principales fuentes de financiamiento y enriquecimiento personales: hacía la diaria coimeando a los propietarios de casas de tolerancia y redondeaba su fortuna con los cuantiosos ingresos que le producían los arreos de cientos de vacunos robados hasta las provincias de Santa Fe y Santiago del Estero, a las cuales se extendían ramificaciones de las bandas que ejercían el cuatrerismo en el Chaco con la impunidad que él les garantizaba.
Las trapisondas de Cáceres llegaron a su fin en 1920, cuando ordenó a sus esbirros meter preso al director del diario La Voz del Chaco, Angel D’Ambra, achacándole el estar incurso en el “imperdonable delito” de criticarlo, disponiendo, asimismo. la clausura del periódico. En la población, harta ya de soportar sus abusos, se propagó rápidamente el rumor de que D’Ambra había sufrido apremios ilegales y torturas, y Resistencia se convirtió en un polvorín. Se esperaba que de un momento a otro estallara una pueblada contra Cáceres, ante lo cual éste, escoltado y custodiado fuertemente por la policía (adicta a él y cómplice en los latrocinios que perpetraba), hizo mutis por el foro el 14 de setiembre en que abordó el tren que lo llevaría a Buenos Aires, abandonando para siempre aquel territorio (o más apropiadamente expresado, huyendo del mismo).
¿Qué motivos llevaron a Yrigoyen -que era de una estricta y jamás desmentida honradez- a colocar en la gobernación del Chaco a un deleznable cachafaz como Cáceres, y encima; prefiriéndolo antes que a otros correligionarios suyos de mayor prestigio y con más méritos como, por ejemplo, Oreste Arbó y Blanco, quien también aspiraba al cargo, era un fiel y consecuente amigo suyo, había demostrado una lealtad inquebrantable hacia el partido radical y era hombre de incorruptible honestidad? Nunca los explicó, empecinándose en mantener sobre el particular un hermético silencio; con lo cual la cuestión pasó a engrosar la interminable lista de secretos que el enigmático Peludo, cuyos designios eran las más de las veces inescrutables, llevaría consigo al descender a la tumba.
Precipitados aquellos sucesos, Yrigoyen, con una celeridad inusual en él (y que sorprendió a propios y extraños), se apresuraría, el 30 de setiembre, a designar en su reemplazo a Oreste Arbó y Blanco. El nombrado tenía la ventaja de estar, en esos momentos apremiantes, muy cerca del lugar de los hechos (era el intendente de Corrientes, pues Yrigoyen, el 23 de julio de 1918, lo había hecho designar en tal cargo, quizá en compensación y desagravio por su anterior preferencia en favor de Cáceres para la gobernación del Chaco); así que le bastaba con cruzar el río para asumir el gobierno en Resistencia. Lo cual efectivamente hizo, el 1 de octubre. 
Una de sus primeras medidas fue la de ordenar, el 11, la inmediata liberación de D’Ambra. La gestión de Arbó y Blanco fue muy destacable y de puertas abiertas, distinguiéndose por una evidente moralización en las cuestiones administrativas y burocráticas, en el llenado de los cargos y empleos, en la depuración de la policía y en la lucha contra el cuatrerismo. Evidenció un puntilloso respeto por  el derecho vecinal, mejoró caminos y la infraestructura del puerto de Barranqueras, creó escuelas, juzgados de paz, organizó nuevas colonias y, sobre todo; hizo hincapié en la cuestión salud pública, a la cual favoreció cuanto pudo.
La prudencia, el sentido común, la probidad, la transparencia y el aplicado esfuerzo de Arbó y Blanco, iban borrando el mal recuerdo que había dejado la espantosa “administración” de Cáceres, y parecía que por fin, las cosas se encarrilaban. Pero... parecía, nomás. El gobernador enfermó gravemente y debió trasladarse, para recibir una mejor atención médica, a Buenos Aires, donde falleció el 5 de diciembre de 1922. Yrigoyen -que el 12 de octubre había traspasado la presidencia de la República a Marcelo T. de Alvear- estuvo junto a él en su lecho de muerte y lo acompañó hasta su última morada.
Si Yrigoyen se había tomado nada menos que seis meses para designar gobernador del Chaco al funesto Cáceres; Alvear lo superaría en morosidad: ocho meses tardó, para terminar nombrando en dicho cargo a un personaje tan abyecto, siniestro y repulsivo, que su sola mención continúa, aún hoy en día, provocando horror y repudio.
En las próximas entregas llegaremos, estimado lector, a una de las páginas más negras de la historia chaqueña. Pero también arribaremos a otra en la cual veremos cómo el empuje y el tesón proverbiales en uno de los hombres más notables que actuaran en esa tierra, abrirían nuevamente la senda a un futuro mejor.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 20 de octubre de 2017

EL CACIQUE BLANCO. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los gobiernos de Territorio son apenas de gestión ante los poderes públicos nacionales. (Juan S. Mac Lean)

El 16 de junio de 1931, Juan Samuel Mac Lean asumía la gobernación del Chaco, que por entonces era aún territorio nacional.
De ascendencia escocesa, nacido en Buenos Aires el 5 de julio de 1852, su infancia transcurrió en Entre Ríos. Siendo aún adolescente, sus padres lo enviaron a estudiar a Escocia, desde donde regresó al país en 1880 para, c. 1887, dirigirse al Chaco, donde se afincó.
Atrapado por el Desierto verde, quedó cautivo de esa tierra que era por entonces “rugir de tigres y hachas”, de “selvas tupidas y también de extensas pampas” (Luis Landriscina dixit).
Atinó a comprender -y comprender es amar- tanto aquel suelo como las gentes que lo habitaban. Y muy pronto le destacaron entre ellas su despierta inteligencia, su clara percepción, sus inquietudes progresistas y sus constancia y tenacidad en todo lo que acometía. Fundó empresas propias y fue, además; liquidador de una compañía colonizadora, asesor de consorcios ferroviarios y consejero de sociedades ganaderas y forestales. Los gobiernos nacionales fueron encargándole distintas misiones y responsabilidades, las cuales aceptó siempre de buen grado, aplicándose a ellas esforzada, honrada y eficazmente.
Así, al concebirse el proyecto de una ruta que vinculara al puerto de Barranqueras con Santa Cruz de la Sierra, y siendo designado en 1907 al frente de la Comisión Exploradora que definiría el trazado de la misma; Mac Lean hizo el recorrido entre ambos puntos a lomo de caballo y de mula, y en el curso del mismo tomó contacto con los pueblos indios del Gran Chaco. Eso marcaría en su vida un clivaje.
Recién a partir de la década de 1880 el Estado argentino pudo ejercer efectivamente su soberanía sobre todo el territorio nacional e imponer sus leyes, sus regulaciones sobre la actividad económica, impartir instrucción pública y transmitir al imaginario colectivo el relato histórico que se había adoptado para el país post Pavón. La consolidación de todo ese proceso no se produjo en el Chaco sino hasta bien entrada la segunda década del siglo XX.
La colonización subsiguiente a la expedición militar de conquista u ocupación definitiva, con la explotación forestal y la actividad agropecuaria, quebró tanto el modo de vida como los medios tradicionales de subsistencia de los indios chaqueños. Y provocó que éstos fuesen incorporados por la fuerza y/o el hambre al nuevo orden económico de la región como mano de obra barata (o a menudo, esclava).
Se cumplía a rajatabla -con las variantes que lo empírico obligaba a adoptar por sobre lo dogmático- con el postulado alberdiano (del primer Alberdi, el de Bases, quiero decir; que no del segundo, el de Peregrinación de Luz del Día, ya evolucionado de mero intelectual a inteligente) de “necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de la libertad, por otras gentes hábiles para ella”, instalando el modelo pretendido de ciudadano argentino: un individuo masculino, blanco y alfabetizado.
Significaba, en la realidad efectiva, el rechazo a la otredad, la exclusión del cuerpo social del país de las etnias que lo habitaban desde antes de la llegada de los europeos.
La constitución sancionada y promulgada en 1853 estipulaba en su artículo 67°: “conservar el trato pacífico con los indios”. Pero claro, no había -no ya sólo en dicha carta; sino en ningún otro cuadernito (Rosas dixit)- prescripción alguna que indicara la manera de compatibilizar esa tan cacareada voluntad de paz y concordia, con la actitud asumida -y evidenciada en lo tangible- de expulsarlos de su hábitat, negarles obstinadamente la condición de ciudadanos y volverlos heterónomos forzándolos a suplantar su cultura ancestral por los usos, costumbres e ideas de aquel individuo masculino, blanco y alfabetizado que se imponía como gálibo (el cual, para colmo, encerraba una contradicción en sí mismo; porque era variopinto en tanto provenía de las hordas pauperizadas y famélicas que las guerras y hambrunas expulsaban de Europa y Asia).
Entretanto, se debatía qué hacer con el problema indígena. Había dos posiciones: la adoptada por quienes propugnaban lisa y llanamente el exterminio de aquellos pueblos; mientras que el otro sector de opinión postulaba que debía integrárselos a la civilización.
Mac Lean tomó campo decididamente por la segunda. Consideraba que era imprescindible propender a la elevación del nivel de vida de los aborígenes, de modo de rescatarlos de la barbarie, y vio en la reducción de indios, la escuela pública, el servicio militar, las vacunas, los hábitos de higiene y las condiciones dignas de trabajo, las herramientas para lograr ese objetivo. 
Consignó inequívocamente: “La civilización no ha hecho nada por el pueblo indígena. Al contrario, lo explota y corrompe convirtiéndolo en elemento peligroso”, poniendo la cuestión sobre el tapete y anticipándose en ello tres años a la famosa controversia suscitada en 1910 entre los etnógrafos Juan Bautista Ambrosetti y Robert Lehmann-Nitsche.
Como cité precedentemente, en aquella prospección a Bolivia, Mac Lean se relacionó con los tobas y matacos (parafraseando a Landriscina, ese “ramillete de indios fuertes de melancólicas razas”) y aprendió sus usos, costumbres, tradiciones y lenguas. Fue para él una epifanía, quizá transportada inadvertidamente en su sangre caledonia de generación en generación, para revelársele cual chamán picto surgido desde el fondo de los siglos. Se vinculó con los indios hermanándose con ellos desde el desprejuicio y la empatía, y se propuso hacer cuanto pudiera en su favor. Y ellos le correspondieron llamándolo Cacique blanco.
Los indios fueron relocalizados en reducciones o misiones con el objeto de reformarlos, es decir, “adaptarlos a la civilización”. Con ese objeto se dispusieron concesiones de tierras fiscales y se destinaron recursos presupuestarios. Pero a pesar de los loables propósitos declamados harto frecuentemente a gran estrépito; la implementación del criterio adoptado se tradujo en un fracaso que no tardó mucho en patentizarse. Las partidas asignadas resultaron insuficientes y las tierras otorgadas a las reducciones distaban mucho de estar entre las mejores, por lo contrario; no eran aptas para desarrollar eficazmente la agricultura.
Por otra parte, en el Chaco de la etapa territoriana, el valor supremo era el dinero. Y fue esa su principal característica distintiva con respecto a las provincias y a la capital del país, porque en aquellas y esta última el linaje, la alcurnia, y en fin, la portación de un apellido de prosapia, eran lo que confería el derecho a la preeminencia social que reclamaban para sí -y de hecho, obtenían- aquellas familias que conformaban la clase dirigente; por más que en muchos casos no tuvieran un centavo. El éxito económico era lo que marcaba en el Chaco el grado de figuración social de quienes llegaban a alcanzarlo. 
Así, pues, en modo alguno era casual que se evidenciasen en la población el desdén por la participación política, el desapego y aún el descuido hacia y de los intereses comunitarios, y el desprecio por las actividades espirituales, intelectuales y culturales.
La ley 1532 llamada de Organización de Territorios Nacionales sancionada en 1884 estipulaba que el gobernador fuese designado por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado, ejerciendo sus funciones por un período de tres años al cabo de los cuales podía ser renombrado. Las facultades y atribuciones que se le otorgaban estaban muy acotadas, debido a lo cual era percibido por los habitantes del territorio, esto es, sus gobernados, como poco más que un simple delegado del ministerio del Interior -y convengamos que en la práctica, efectivamente lo era-; alguien que ni remotamente tenía el poder de decisión imprescindible para resolver las problemáticas que los afectaban ni mucho menos para arbitrar los medios conducentes a la defensa de sus intereses.
Para peor, los gobiernos nacionales a partir de 1916 y hasta la provincialización dispuesta por el presidente Juan Domingo Perón, ayudaron poco y nada para modificar aquel statu quo, cuando no directamente contribuyeron a agravarlo.
Durante las presidencias de Sarmiento, Avellaneda y Roca -en sus dos períodos- (y exceptuando expresamente la calamitosa administración de Juárez Celman, durante la cual el Chaco perdió sus mejores colonias, que se entregaron a la provincia de Santa Fe), los gobernadores designados fueron militares en su totalidad y estuvieron consagrados a la exploración, conquista y ocupación efectiva del territorio; a la fundación, apoyo, protección y consolidación de las colonias, al desarrollo de las comunicaciones (caminos, ferrocarril, telégrafo y teléfono) y a la continua expansión de la “frontera interior”, esto es, la frontera… con los indios.
También durante el llamado orden conservador 1904 - 1916 se designaron gobernadores eficaces y que cumplieron, en general, aceptables administraciones. Y algunas de ellas, incluso muy encomiables. 
Entre éstas últimas, merece destacarse la de Martín Goitía, el primer gobernador civil del territorio, quien en 1905 informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos.
Durante la presidencia de José Figueroa Alcorta se lanzó un ambicioso Plan de Fomento de los Territorios Nacionales. Y en 1912 el presidente Roque Sáenz Peña dispuso, a través de su ministro del Interior, Indalecio Gómez,  la creación de la Dirección General de Territorios Nacionales, al frente de la cual se nombró a Isidoro Ruiz Moreno.
Al año siguiente se celebró en Buenos Aires la Primera Conferencia de Gobernadores de Territorios Nacionales, lo cual significó nada menos que la apertura de un ámbito de deliberación y participación (aunque todavía, no de debate amplio). Cierto es que hubo también una clara diferenciación entre discurso y praxis a posteriori del cónclave, que el temario abordado en el mismo fue decidido unilateralmente por el ministro del Interior (que concurrió con diecisiete funcionarios suyos; mientras que los gobernadores eran solamente diez) y que se soslayó el tratamiento de temas fundamentales como, por ej., la cuestión aborigen, la conformación de legislaturas en los territorios que ya hubiesen alcanzado el número de habitantes prescripto por la ley (como era el caso del Chaco, precisamente) y la creación de un ministerio en el que se concentrase lo atinente a los territorios nacionales; pero con todo, aquella Conferencia fue un acontecimiento muy importante y representó un cambio de paradigma en la relación Estado nacional-gobiernos territorianos.
En 1916 se produciría el advenimiento del radicalismo al gobierno nacional. A partir de allí, todo cambiaría en el Chaco. Y no precisamente para mejor, como veremos, apreciado lector, en la próxima entrega.

Continuará

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 19 de octubre de 2017

CUANDO RIVERA SE OFRECIÓ A RAMÍREZ PARA ASESINAR A ARTIGAS




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sor. D. Franco. Ramirez
Montev.o, Junio 13 de 1820
Hayer recibí su carta del 31 por El Capitán D. Laureano Marques q. sale ahora mismo con la presente.
Hace dos días q. escribí a V. instruyendolo de mi actual situación, y al mismo tiempo, del estado de esta Provincia, indicandole lo interesante q. sería para Esa y esta establecer relaciones de amistad y comercio para cuyo medio lo ponia (sin comprometer a la q. gobierna) en estado de reparar los males q. ha causado la guerra.
Todos los hombres, todos los Patriotas, Deben sacrificarse hasta lográr destruir enteramente a D. Jose Artigas; los males q. ha causado al sistema de Libertad e independencia, son demaciado conocidos p.a nuestra desgracia y parece escusado detenerse en comentarlos, quando nombrando al monstruo parece q. se horripilan. No tiene otro sistema Artigas, q. el de desorden, fiereza y Despotismo; es escusado preguntarle cual es el q. sigue. Son muy, son muy (Nota mía: repetición del escribiente, que puso dos veces “son muy”) marcados sus pasos, y la conducta actual q. tiene con esa patriota Provincia justifica sus miras y su Despecho.
El suceso de Correa me ha sido sensible y puedo asegurarle q. todos han sentido generalm.te que hubiese conseguido Artigas este pequeño triunfo. Yo espero y todos q. V. lo repare, y para q. V. conosca mi interes diré lo q. he podido alcanzar en favor de V. de S.E. el S.or Baron de la Laguna, (Nota mía: a continuación de la coma, hay un tachón sobre una palabra indescifrable. Al parecer, el escribiente iba a continuar la frase, y posiblemente, siguiendo el dictado de Rivera, tachó la palabra que había escrito, y siguió abajo, como si hubiese habido un punto y aparte).
S.E. apenas fue instruido p.r mi de sus Deseos me contestó que habia sido enviado por S.M. (Nota mía: “S.M.” -Su Majestad- era el monarca del reino unido de Portugal, Brasil y Algarve, Juan VI) p.a protegér las legitimas autoridades, haciendo la guerra, a los anarquistas, en tal caso considera a Artigas, y como autoridad legítima de la provincia de Entre Rios á V., por consig.te para llevar a efecto las intenciones de S.M me previene, q. avise a usted q. están prontas sus tropas para auxiliarlo, y apoyarlo como le convenga, y para esto puede usted mandar un oficial de confianza, con credenciales bastantes al Rincon de las Gallinas, donde se hallará el Gener.l Sal (finaliza aquí la primera página de la carta, que consta de dos).

(Continuación, segunda página)
daña, con quien combinará el punto o puntos por donde le conbenga hacer presentar fuerza e igualm.te la clase de movimientos q. deven hacer.
V. persuadase que los deseos de S. E. son q. V. acabe con Artigas y p.a esto contribuira con cuantos auxilios Están en el Poder.
Con respecto a que yo vaya á ayudarle, puedo asegurarle que lo conseguiré, advirtiendolé q. devo alcanzar antes permiso Especial del Cuerpo Representativo d. la Provincia para poder pasar á Otra, mas tengo fundadas esperanzas de que todos los Sres. q. componen este Cuerpo no se opondrán á sus deseos ni los mios cuando ellos sean ultimar al tirano d. nuestra tierra.
No deje V. de continuar dandonós sus noticias, mucho nos interesa la suerte d. Entre Rios; p.a q. V. le asegure una paz solida, todos estos Señores. S. E. el Sor. Barón, y yo trabajaremos.
En todos casos quiera contar con la amistad de su atento So. Sor. y amigo Q. B. S. M. (Nota mía: “So. Sor. y amigo Q.B.S.M.”: "Seguro servidor y amigo que besa su mano").
Fructuoso Rivera
(sic)


Hallándome circunstancialmente en Corrientes, se me dio la oportunidad de tener en mis manos y a la vista el original de esta carta de Fructuoso Rivera a Francisco Pancho Ramírez. Y debo reconocer que en principio, estuve inclinado a pensar que el documento era apócrifo. 
La letra, como pueden apreciar en las imágenes, se corresponde con la de alguien que denotaba cierta instrucción; no era en modo alguno la trabajosa caligrafía de un cuasi iletrado como Rivera, que a duras penas si sabía leer y escribir -y aún eso, con grandes limitaciones-, y no tiene, pese a algunos errores en que incurrió el escribiente; las faltas habituales en Rivera al querer expresarse por escrito (lo cual sé y me consta porque vi, en los archivos uruguayos, algunas cartas de su puño y letra: verdaderos galimatías prácticamente ilegibles y plagados de horrores ortográficos).
Pero al concluir con su lectura, se me disiparon instantáneamente los reparos que tenía, porque fue como si el espíritu del Pardejón surgiera desde la noche de los tiempos, de ese par de amarillentos papeles. En ellos está expresado fielmente Rivera en los ribetes de acomodaticio, taimado, astuto y mendaz que había en su índole. 
Además, cuando posteriormente requerí el dictamen de una amiga experta en grafología: Betina Passon, pude saber con absoluta certeza que la firma era de él.
Seguramente, le dictó la carta a algún secretario suyo letrado (letrado... hasta por ahí nomás, pero que al menos, sabía escribir de corrido, lo cual para Rivera representaba una ímproba tarea) y luego la firmó, despachándola a Ramírez a través del tal Laureano Marques citado en la misma.
De ella puede extraerse una serie de conclusiones, además del “gentil y desinteresado” ofrecimiento que Rivera le hacía al entrerriano de encargarse personalmente de asesinar a Artigas. Pero veamos primero, sintéticamente, cuáles eran los sucesos principales que definían el contexto general de ese momento:
1) La Banda Oriental estaba invadida por las fuerzas luso-brasileras de Juan VI, al mando del general Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna.
2) Los principales jefes artiguistas (Andrés Guacurarí y Artigas, Juan Antonio Lavalleja, Fernando Otorgués, Manuel Francisco Artigas, Bernabé Rivera y Leonardo Olivera) estaban prisioneros en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro (ver mi artículo ¿DÓNDE ESTÁ ANDRESITO?), y los que no fueron apresados o muertos; habían defeccionado.
3) El 22 de enero de 1820, las fuerzas luso-brasileras al mando del conde de Figueira habían sorprendido y derrotado completamente en Tacuarembó a las tropas artiguistas dirigidas por Andrés Latorre y Pantaleón Sotelo. Este último (que era lugarteniente de Andrés Guacurarí y Artigas, y que cuando éste cayó prisionero, lo reemplazó al mando del ejército guaraní) murió en la acción. El desastre de Tacuarembó se tradujo en el virtual cese de la resistencia de los Pueblos Libres a la invasión portuguesa (tolerada por el Directorio e instigada por Rivadavia, Manuel José García y parte del Congreso).
4) El 1 de febrero de 1820, las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe, dirigidas por Francisco Ramírez y Estanislao López respectivamente, batieron en la cañada de Cepeda a las tropas directoriales de José Rondeau (quien en junio de 1819, había sucedido como Director a Pueyrredón), que se rindieron a discreción sin luchar. 
5) Poco después, en marzo y abril Rivera escribió a los gobernadores de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos: Juan Bautista Bustos, Estanislao López y Francisco Ramírez, respectivamente, solicitándoles auxilio en la lucha contra el invasor de la Banda Oriental.
6) Cepeda significó la caída definitiva del Directorio, pero luego de la “batalla” (en realidad, no la hubo; el suceso se limitó a la carga de los federales, a la cual inmediatamente siguió la desbandada de los directoriales), Manuel de Sarratea consiguió arrancarles a López y Ramírez la firma del Tratado del Pilar, celebrado el 23 de febrero, el cual significaba la pública defección del artiguismo de ambos jefes (que en realidad, ya había comenzado a producirse cuando aceptaron integrar a Carlos de Alvear y José Miguel Carrera, notorios enemigos de Artigas éstos).
A partir de allí, Ramírez -que no López, quien no llegaría a tales extremos- combatiría con saña feroz (no hay rencor más enconado que el de un apóstata) a Artigas; a quien conseguiría derrotar en una rápida sucesión de acciones militares, forzando el asilo de éste en el Paraguay del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (ver mis artículos LUCES Y SOMBRAS DE FRANCIA y POLÍTICA Y NEGOCIOS EN 1820).
Fue en aquel statu quo en que Rivera le escribió a Ramírez la carta transcripta (que estaba precedida de otras fechadas 4 de marzo, 4 de abril y 5 de junio), ofreciéndose para asesinar él mismo a Artigas e instigando al entrerriano a unirse a los portugueses. Era una obsesión de Rivera constituir un estado integrado por la Banda Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y las Misiones; de manera que, colocado este entre la Argentina y el Brasil (y gobernado por él, obviamente), le permitiera sacar ventajas ora de la una, ora del otro.
Pero decía precedentemente que pueden derivarse del análisis del documento algunas inferencias y hasta ciertas conclusiones, como por ejemplo:
Fue Ramírez quien buscó el concurso del Pardejón para asesinar a Artigas; ya que Rivera le escribía en respuesta a “su carta del 31” (de mayo). Infiero que quien instó al entrerriano a escribirle al oriental, debió de ser uno de estos dos: Sarratea o López. Y si bien era este último el que conocía personalmente a Rivera, lo cual a priori lo sindicaría como el más probable para indicárselo al otro; particularmente me inclino por la hipótesis de que debe de haber sido Sarratea. Al pato se lo conoce por la cagada, suele decirse, y el pato era Sarratea, ya que era éste el enemigo declarado y mortal de Artigas, y como buen representante del centralismo, partidario por entonces de la segregación de la Banda Oriental y en connivencia con los luso-brasileros. Asimismo, esas referencias al “despotismo”, a la “fiereza”, al “sistema de libertad e independencia”, y al “monstruo”; eran expresiones de uso habitual en Ramírez, quien por esa época se creía poco menos que Aníbal enfrentado a los romanos. Y tiene que haber sido Sarratea -por sí o por interpósita persona- quien se las transmitió a Rivera y éste, de manera sibilina, las debe haber volcado en su carta buscando halagar al Supremo Entrerriano (cuyo lado flaco conocía -¡y cómo no!- de sobra Sarratea).
En cuanto al “pequeño triunfo” obtenido por Artigas sobre Ramírez, del cual se conduele Rivera en su carta, esperando que éste “lo repare”, alude al enfrentamiento de Arroyo Grande, que se produjo entre las fuerzas artiguistas al mando del Comandante General de las Misiones, Francisco Javier Sití (quien luego se pasaría a Ramírez); y las tropas de este último al mando de Gregorio Correa (ex directorial, devenido luego del Tratado del Pilar en acérrimo partidario del Supremo Entrerriano).
Los restantes párrafos de la carta son más que elocuentes. Nos muestran a un Rivera totalmente entregado a Lecor y abundan en las seguridades que el Pardejón le da a Ramírez con respecto a que el monarca de los macacos lo consideraba la “autoridad legítima” de Entre Ríos, etc. (no hay que olvidar que en el Tratado del Pilar, se había arrogado el título de "gobernador" de Entre Ríos, cuando en realidad, sólo había sido hasta entonces uno más entre los tenientes de Artigas). ¡Cómo debe haberse henchido de orgullo aquel entrerriano soberbio y pagado de sí mismo al que las luces malas del centro -by Sarratea- le hicieron meter la pata, al sentirse "aprobado" por el rey de los portugueses y brasileros!
Y terminaba Rivera la carta ofreciéndose para ir él mismo a asesinar a Artigas. 
¿Era sincero el ofrecimiento? ¿Quería y se proponía, en verdad, el Pardejón ultimar a Artigas? Es una cuestión que aún debaten los historiadores orientales y un secreto que Rivera se llevó a la tumba. 
Particularmente, me hallo inclinado a inferir que no; más bien me parece que lo que intentaba, era salir del brete en que lo había metido Ramírez al requerirlo para tal cometido (consecuencia que el Pardejón no previó al escribirle él mismo tanto al entrerriano como también a López y Bustos), tratando de zafar con eso del "permiso especial del Cuerpo Representativo de la Provincia" (el cual, por otra parte, nunca pidió, y eso, algo debe significar, ¿no?).
La correspondencia (muy breve) entre Ramírez y Rivera me parece el intercambio entre dos potenciales aliados que se desconfiaban mutuamente (para lo cual, dicho sea de paso, tenían ambos sobradas razones). Actuaban, sin percibirlo ellos -especialmente Ramírez-, como simples marionetas que otros más poderosos e inteligentes (Sarratea, Alvear y -en menor medida- Carrera) manejaban a su antojo. 
Se me ocurre, parafraseando a Frederick Forsyth en El día del Chacal, que podríamos, sin mayor esfuerzo, imaginar la correspondencia entre ambos, iniciada con una suerte de diálogo en francés: "-Ici Pancho", "-Ici Frutos".
En fin…

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Abella, Gonzalo. Artigas, el resplandor desconocido. Editorial Betum San, Montevideo, 1999.
Archivo General de Corrientes, Sala 2, Correspondencia Oficial años 1810 a 1921, Tomo 09, folios 053 al 055.
Gómez, Hernán F. Corrientes y la república entrerriana, 1820-1821. Imprenta del Estado, Corrientes, 1929.
Reyes Abadie, Washington; Melonio, Tabaré y Oscar H. Bruschera. Documentos de Historia Nacional: el Ciclo Artiguista, t. II. Editorial Medina, Montevideo, 1951.
Salteraín y Herrera, Eduardo. Rivera: caudillo y confidente. Talleres Gráficos Al Libro Inglés, Montevideo, 1945.

LA CAÍDA






















LA CAÍDA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Un año más…
Tu espejo devuelve, implacable y sobrador
Una imagen que se ha tornado odiosa
Un año más…
Hora de balances, mi viejo, ¡horror!
¿Qué has de hacerle? Si sólo resulta gananciosa
La de siempre, esa antigua y oprobiosa
Comedia del vivir
Un año más…
Tu abdomen, otrora plano; hoy redondeado
Se te voló otra chapa… una menos a cubrir
Tanto pretérito pecado
Miedo de esbozar tu sonrisa canchera
(que Ella definió: “degenerada”)
Y denunciar ese teclado amarillento
Impiadoso cancerbero de notas desgarradas
Un año más…
Harto de tu piel, ya no te gustás
“-¿A qué le sabrá a ella?” –te preguntás
Esa piel que antaño prepotente
Exhaló viriles sudores deportivos
Y de la que ahora, ¡triste presente!
Emanan aromas rancios de vejez y muerte
(tu Aramis ya no ejerce de postigo)
Un año más…
¿Qué empezará a pudrirse primero?
¿El hígado, los pulmones, el cerebro
O será tu corazón el que te haga prisionero?
¿Hasta dónde sostendrás (de verdad, digo)
La compulsión pretenciosa de tu carne
Cuando oponga pétreo muro a tu libido
Tu colgajo en mudo, patético desaire?
Se ha hecho tarde ya… es hora de calzar
Tu traje de Arlequín y buscar
A Colombina, tu partenaire
Para salir al escenario y cumplir tu rol
Ese, sí, el de vivir
Que después de todo (dicen)
Nada es mejor
Aún cuando ciego en sombras
Igual vislumbres tu nadir
Un año más
¿O un año menos?
Todo declina, querido, todo…
Hasta vos

-Juan Carlos Serqueiros-