viernes, 22 de mayo de 2020

EVITA Y PERÓN EN HURACÁN, 1948


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La imagen corresponde a una fotografía que forma parte del archivo de redacción del diario El Laborista, y que fuera publicada en la edición del 26 de mayo de 1948 de dicho periódico. Actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
El Laborista surgió en 1945 como órgano de prensa oficial del Partido Laborista y su dirección era ejercida por quien tuvo la iniciativa de crearlo: Ángel Borlenghi. Tras la disolución del partido, el diario pasó a poder de un grupo que apoyaba al coronel Domingo Mercante. Tiempo después, hacia 1948, se hizo cargo del mismo el periodista y diputado justicialista Rodolfo Decker.

En la foto aparecen retratados, en el estadio del Club Atlético Huracán, Eva Duarte de Perón y su esposo, el general Juan Domingo Perón, asistiendo a un cotejo de fútbol que había tenido lugar el 25 de Mayo de 1948.
Las obras del flamante Palacio, que por entonces aún llevaba el nombre de Jorge Newbery (que conservaría hasta el 23 de setiembre de 1967, fecha a partir de la cual lleva el de Tomás A. Ducó), estaban terminadas desde el año anterior (de hecho, Huracán había disputado allí, el 7 de setiembre de 1947, por el campeonato, un partido contra Boca Juniors en el cual se impuso por 4 goles a 3 ante un marco imponente de público que se calculó en 80.000 personas); pese a lo cual, por estar intervenido el club, el estadio aún no había sido formal y oficialmente inaugurado (lo que ocurriría recién el 11 de noviembre de 1949, en un día pleno de actos, homenajes y festejos, que concluyó con un cotejo nocturno entre los primeros equipos de Huracán y Peñarol de Montevideo en el cual resultó vencedor el Globo por 4 a 1).



En el marco de las celebraciones por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, el Círculo de Cronistas Deportivos de Buenos Aires y su similar de Montevideo, organizaron dos partidos amistosos a disputarse entre el seleccionado de la Asociación del Fútbol Argentino y el de la Asociación Uruguaya de Football, los cuales se jugaron, uno, el 18 de mayo de 1948 en el estadio Centenario de Montevideo; y el otro, exactamente una semana después, el 25 de Mayo, teniendo como escenario el estadio de Huracán. Ambos cotejos culminaron con la victoria del equipo visitante: el primero lo ganó la selección argentina por 1 a 0 y el segundo fue triunfo del combinado uruguayo por 2 a 0. En este último se puso en juego la Copa Juan Domingo Perón, y de allí las presencias en el estadio del presidente de la República y de la Jefa Espiritual de la Nación.
En cuanto a la persona que aparece junto a Perón, a su izquierda (derecha de la imagen), algunos se han confundido creyendo que trátase del presidente del Club Atlético Huracán, teniente coronel Tomás Adolfo Ducó, bajo cuya gestión se construyó e inauguró el estadio que actualmente lleva su nombre. Pero se equivocan:  Perón y Ducó estaban distanciados y enemistados, y además; por esa época el último no presidía la institución de Parque de los Patricios (que como consigné precedentemente, se hallaba intervenida).
Perón y Ducó estaban ligados por una estrecha camaradería y una íntima amistad, vínculo que en la mañana del 16 de mayo de 1943 los llevó, junto al coronel Miguel Ángel Montes y al teniente coronel Domingo Mercante, a la decisión juramentada de resistir a tiros, en el departamento que habitaba Perón en Arenales y Coronel Díaz donde se habían atrincherado, la orden de detención que el general Martínez, jefe de policía del gobierno del presidente Castillo, había impartido contra el primero (y que finalmente, quedó sin efecto). Pero después, el 29 de febrero de 1944 en lo que se conoce en la historia argentina como “El paso en falso de Ducó”, éste sacó a la calle su regimiento, el 3 de Infantería, para resistir el reemplazo de Pedro Pablo Ramírez por Edelmiro Farrell, con lo cual la añeja amistad suya con Perón quedó rota. Desde entonces, la cerrada oposición, las acerbas críticas y los fuertes denuestos de Ducó contra Perón fueron in crescendo. A punto tal, que en 1946 y 1947 el gobierno nacional dispuso la intervención a Huracán, situación esa que se prolongó hasta 1948. Y recién al año siguiente volvería Ducó a presidir el Club.
No, quien aparece en la foto junto a Evita y Perón no es Ducó; sino el doctor Oscar Lorenzo Nicolini, en aquella época, presidente de la AFA. Probablemente, cierto parecido físico entre ambos y el natural deseo de todo peronista hincha de Huracán de que la disputa entre Ducó y Perón hubiera terminado en una reconciliación, hayan sido las causas que los indujeron al error de identificación.


Un cuarto de siglo después de todo aquello, la heráldica suburbana del globo rojo sobre campo blanco (Homero Manzi dixit) volvía a ganarse en el corazón de ese estadista enorme ya mutado en león hervíboro y más sabio que nunca: el 9 de marzo de 1973, los jugadores del ballet blanco quemero y su entrenador, firmaban una solicitada adhiriendo a la candidatura peronista. Y el 13 de diciembre, el General condecoraba con la Medalla de la Reconstrucción Nacional a una de las más grandes y trascendentales figuras deportivas huracanenses de todos los tiempos: Miguel Brindisi.


Y por favor, no me despierten; déjenme soñar que ese día, desde alguna estrella, Ducó asistió a la escena con una lágrima piantada de su emoción. Después de todo, como escribió el poeta Robustiano Figueroa Reyes, "lo cierto apenas son instantes; / vivir de sueños es lo verdadero".
Perón es de todos los argentinos, claro; pero tengo para mí que un cachito más… es de nosotros, los de Huracán. Por historia nomás, vio...

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Biernat, Carolina. ¿Buenos o útiles? La política inmigratoria del peronismo. Editorial Biblos, Buenos Aires, 2007.
BNMM. ARCH-ESAR-CRO-ARED-LAB. Archivo de redacción del diario El Laborista (subfondo).
Galasso, Norberto. Perón: Formación, ascenso y caída (1893-1955) t. 1. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2005.
Newton, Jorge. Historia del Club Atlético Huracán. 1908-1968. Frigerio Artes Gráficas, Buenos Aires, 1968.
Revista El Gráfico. Edición n° 1470, 12.09.1947.
Rosa, José María. Historia Argentina t. 13. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1979.

jueves, 9 de abril de 2020

CADORNA Y CADORCHA. ¿SABÍAS QUE...?















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Sabías de dónde proviene el vocablo "cadorna" para referirse a algo de baja calidad, algo que es "berreta", digamos (por ej., "una botella de Don Cadorna", aludiendo a un vino malo), y su derivación, la palabra lunfarda "cadorcha"? Bueno, si no lo sabías, te cuento:
Luigi Cadorna fue un general que actuó como jefe del ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial, enfrentando al del imperio austro-húngaro. Tan inepto y cruel era ese sujeto, que su demencial ofensiva de Isonzo causó la espeluznante cifra de 300.000 bajas propias entre muertos y heridos, y un retroceso en las posiciones ocupadas por sus tropas, de nada menos que 80 kilómetros. Y como sus soldados, hartos de su impericia, se retiraban o desertaban; no tuvo mejor idea que castigarlos ejecutando, por sorteo, a uno de cada diez, como se hacía en tiempos de la Antigua Roma. Como vemos, una pinturita aquel despreciable tipejo.
En la década de 1920, los inmigrantes italianos en nuestro país empezaron a usar, en sentido claramente peyorativo y para designar cualquier cosa que fuera de ínfima calidad, la palabra "cadorcha", la cual, más temprano que tarde, fue incorporada al lunfardo y después "potenciada" con su derivación: "cadorcha", producto de la combinación de "cadorna" y "garcha".
Gloria Guerrero, en su libro (uno de esos que no-hay-que-leer) Indio Solari: el hombre ilustrado, escribe: "Ese vino en su mesa no es un 'San' Cadorna, lo que indica devoción mística mas no alcurnia. Es un 'Don' Cadorna. Fina prosapia.", equivocando el sentido del término, que es, en realidad, precisamente el opuesto al que ella le asigna (además de incurrir en el error de  escribir "San" como apócope de santo con la inicial en mayúscula, cuando debe ir en minúscula toda vez que no se refiera a apellidos —por ej., San Martín—, o a calles, avenidas, edificios públicos e instituciones, o a localidades —por ej., San Juan—).
Así que de ahora en más, ya sabés qué quieren decir "cadorna" y "cadorcha". 
¿Eh? ¿Que para qué te puede servir eso? Y... qué sé yo... para nada. Pero como soy una especie de disco rígido que almacena muchos terabytes de información inútil, y dado que con la cuarentena estoy más al pedo que luz de giro en una locomotora y más aburrido que pajero manco; quise compartirla con vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 2 de abril de 2020

ESCRITO EN CELESTE Y BLANCO






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Es un grave error e incluso, hasta una estupidez abjurar del nacionalismo en aras de un universalismo que por desgracia y para vergüenza y oprobio de la humanidad no existe todavía traducido en una realidad tangible en tanto se trata al menos, hasta ahora y, (previsiblemente) también en el futuro más o menos inmediato— de un postulado, de una aspiración. Noble, loable y deseable, desde luego; pero sólo un mero anhelo de todos modos.
Obviamente, me refiero a nacionalismo en el estricto sentido del término, esto es, el ejercicio efectivo y la defensa de, la nacionalidad; siendo ésta la convicción y el sentimiento de que se pertenece a una comunidad determinada que habita un mismo territorio, utiliza los recursos que hay en él, y comparte con sus semejantes los valores, símbolos, idioma, tradiciones, usos y costumbres que la distinguen de entre las demás naciones del mundo.
Entonces, la nacionalidad viene a ser así, la consciencia plena de que, ya sea por haber nacido allí o por haber optado por vivir en él e integrarse al mismo; ese país nos es propio, nos corresponde, en una proporción de uno sobre la cantidad de habitantes que lo pueblen.
Asimismo, la nacionalidad es perenne y no caduca ni siquiera en la extrema circunstancia de haber desaparecido su expresión jurídica; porque es, en definitiva, nada menos que la comunión entre el alma y las fuerzas telúricas en el altar del amor al propio pueblo.
Y si es repudiable (que lo es, sin dudas) la exacerbación del nacionalismo hasta caer en lo repugnante y odioso de la xenofobia, de lo declamatorio y estéril del patrioterismo, y de lo patéticamente ridículo del chauvinismo; no lo es menos el incurrir en el desprecio por la nacionalidad y en la infamia de negarla o traicionarla.
Hay una herida a restañar. Hay una derrota a trocar en victoria. Hay una patria a la que le falta una parte. Y por lo tanto; hay una porción de tierra a recuperar.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 23 de marzo de 2020

EDUARDO WILDE, UN HÉROE CIVIL
































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vamos a rescatar (y nunca tan oportuno el momento) de la noche de los tiempos, la figura histórica de un héroe civil, médico y estadista: Eduardo Wilde (n. Tupiza, 15.06.1844 - m. Bruselas, 15.09.1913).
Fue, entre 1882 y 1886, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública del presidente Julio A. Roca, y durante su gestión se sancionaron las leyes de registro civil, de educación general común, gratuita y obligatoria, y de matrimonio civil.
Médico, higienista, dotado de un agudo sentido del humor y capaz de florearse en el empleo de la más fina ironía, a poco de recibido hizo publicar un aviso en el diario La Prensa, en el que anunciaba: "Dr. Eduardo Wilde. Atiendo, en mi consultorio de... gratis a los pobres, por decisión mía, y también gratis a los ricos, por decisión de ellos".
Cuando estalló, a principios de 1871, la epidemia de fiebre amarilla que azotó a nuestro país, fue Wilde quien primero la denunció, en un carta publicada el 22 de febrero en el diario La República. El presidente de la Nación, Domingo Sarmiento, y todo su gabinete, cobardemente, huyeron despavoridos a Mercedes; y lo mismo hizo la mayoría de los médicos. Pero los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich (que murieron), Tomás Pardo, Pedro Mallo, Tomás Perón y Eduardo Wilde, se quedaron y cumplieron una labor titánica, abnegada y heroica.
El propio Wilde contrajo la peste, pero felizmente, logró derrotarla y sobrevivir a la misma. Años después, recordando aquellos terribles episodios, contó: "... escribí un artículo demostrando que la enfermedad era fiebre amarilla y de la mejor calidad. La gente empezó a emigrar y también muchos médicos. Yo me quedé y cumplí con mi deber asistiendo gratuitamente a todo el mundo. Mi trabajo fue de noche y día, los caballos de mi coche, cojos y estropeados, reclamaron la ayuda de otra yunta con la que continué hasta enfermarme yo también".
Recordemos hoy, más que nunca en estas horas aciagas, a Eduardo Wilde, ejemplo de virtud cívica y de conducta heroica.
Nuestra Argentina ha sido y sigue siendo una tierra pródiga en héroes. Actuando responsable y solidariamente, vamos a vencer este flagelo del coronavirus.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 9 de marzo de 2020

FUERON TRES AÑOS























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En cualquier cultura conceptual-artístico-lírico-musical, sea cual fuere, hay de todo: excelente, bueno, regular y malo. Y el tango —entendido como tal: cultura y no meramente género— no constituye la excepción. Pero para nada, eh.
Hay, dentro del tango, manifestaciones pictóricas magistrales y otras muy berretas (y nunca mejor aplicada la lunfardesca expresión); bailarines que son un regalo para los ojos, y otros que directamente parecen troncos a pique o tentetiesos; intérpretes —tanto músicos como cantantes— que son una bendición para los oídos, y otros decididamente insoportables; y expresiones poéticas y musicales sublimes que conmueven el alma, y otras francamente deplorables y lamentables. 
Entre estas últimas está comprendida en mi opinión y para mi gusto esta… pieza, llamémosla, siendo generosos y buenos: Fueron tres años, tal como tituló a ese engendro su autor y compositor, un tal Juan Pablo Marín, en 1956.
Veamos, si no:

No me hablas, tesoro mío,
no me hablas ni me has mirado.
Fueron tres años, mi vida,
tres años muy lejos de tu corazón.
¡Hablame, rompé el silencio!
¿No ves que me estoy muriendo?
Y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

Flaco, me parece que sos medio logi (y eso de “medio”, si te veo con un solo ojo). Si no te habla y ni siquiera se digna mirarte, está clarísimo que no soporta tu presencia, ¿o qué parte no entendiste? Tu tormento y que te estés muriendo, a ella le importa tres carajos a la vela; a ver si te das cuenta de una puta vez y dejás de arrastrarte como una babosa.
Y bueno, por fin cazaste una. Sí, es cierto, muy perspicaz lo tuyo: con su silencio te está diciendo adiós. ¡Rajá ya y dejá de dar lástima!

¡Qué cosas que tiene la vida!
¡Qué cosas tener que llorar!
¡Qué cosas que tiene el destino!
Será mi camino sufrir y penar.

A ver, pánfilo: Sí, la vida tiene cosas y a veces nos toca llorar. ¿Vos recién te diste cuenta? Entonces superaste mis expectativas y sos más boludo de lo que creía. Tenés menos calle que Venecia y menos noche que verano antártico. No es cuestión del “destino” ni que estés condenado a “sufrir y penar”; es que sos un nabo que anda implorándole a alguien que no quiere saber nada con vos. Y no te lo iba a decir, pero bueno, me veo obligado: tiene razón la mina en no soportarte; si andás rogando y humillándote, es que no te querés a vos mismo. Y si no te querés a vos mismo; mal podés querer a alguien más. La felicito a la mina, se nota que es muy perceptiva.

Pero deja que bese tus labios,
un solo momento, y después me voy;
y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

¡Ah buenooooo! Veo que no sólo sos un nabo, sino que como si eso fuera poco; además sos masoquista. ¿Me podés explicar para qué mierda querés que la mina te deje besarla “un solo momento”, para después irte? Tené un cacho de amor propio, aunque sea, y retirate con todos los honores y la cabeza en alto. ¡Forro!

Aún tengo fuego en los labios,
del beso de despedida.
¿Cómo pensar que mentías,
si tus negros ojos lloraban por mí?
¡Hablame, rompé el silencio!
¿No ves que me estoy muriendo?
Y quítame este tormento,
porque tu silencio ya me dice adiós.

Y dale con Pernía… No se puede creer que seas tan chichipío, viejo. Mirá, si no tenés dignidad; no sé… sacá un crédito y comprate un kilo, viste, algo… O matate, total… no le va a importar a nadie que deje de existir un incurable pelotudo edípico marca Acme como vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 20 de febrero de 2020

¿SOLTAR? ¿DEJAR IR? EN MUCHOS CASOS, DESAMOR O IRRESPONSABILIDAD




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Estoy un cachitín podrido de la pseudo sanación psíquica de café y redes sociales, y del pelotudaje que la “aconseja” y “practica”, no solamente sin estar debidamente capacitado, profesionalmente certificado y legalmente habilitado para ello, sino además; sin siquiera detenerse a reflexionar en las idioteces que repite como loro cual si se tratara de recetas mágicas.
Leo y escucho reiterar hasta el hartazgo eso de “tenés que aprender a soltar”, “tenés que dejar ir” y estupideces por el estilo, vertidas alegremente a la que te criaste y dirigidas a cualquier destinatario al que eligen como víctima propiciatoria so pretexto de “ayudarlo”, cuando en realidad, los enfermos que precisan urgente atención… son ellos. Enfermos de protagonismo, de soberbia e infectados por la compulsión a meterse donde nadie los llamó. Y encima, se trata de gente que se da el lujo de hacer consideraciones acerca del ego… Del prójimo, claro; nunca del propio por más exacerbado que lo tenga. Se arrogan el derecho a pontificar como si supieran y con una liviandad que espanta.
Por supuesto que quien no se quiere a sí mismo, mal puede amar de verdad a otra persona. Y es más que obvio que en determinadas situaciones y circunstancias es, no ya necesario; sino imprescindible, poner punto final a un vínculo que se haya tornado imposible de mantener sin afectar gravemente la salud psíquica de uno de los integrantes de la pareja cuando no la de ambos. 
Pero es esa una decisión a la que se arriba después de haberse mirado profundamente hacia dentro de uno, y que —en la mayoría de los casos (por no decir en todos)— requiere de consulta y ayuda profesional, es decir, de terapia psicológica; no una que se adopta sin más ni más, obedeciendo a la "sugerencia" del primer metiche imbécil que aparezca.
Qué querés que te diga… Salvedad hecha de lo que cité precedentemente; a mí, eso de “soltar” y “dejar ir”, vomitado así a la ligera, a priori me suena más a irresponsabilidad, a cagazo, a falta de compromiso, a cobardía, a ausencia de amor verdadero, a —parafraseando a Discépolo— entregarse sin luchar y a no hacerse cargo; que a otra cosa.
Si querés y tenés ganas, leé estos versos:

NUESTRO BALANCE
(Tango, letra y música de Chico Novarro)

Sentémonos un rato en este bar
a conversar
serenamente.
Echemos un vistazo desde aquí
a todo aquello que pudimos rescatar.
Hagamos un balance del pasado
como socios arruinados
sin rencor,
hablemos sin culparnos a los dos
porque al final salvamos lo mejor.

Ha pasado sólo un año
y el adiós abrió su herida,
un año nada más,
un año gris
que en nuestro amor duró una vida.
Lentamente fue creciendo
la visión de la caída.
La sombra del ayer
nos envolvió
y no atinamos a luchar...

¡No ves!...
Estoy gritando sin querer
porque no puedo contener
esta amargura que me ahoga.
Perdona, no lo puedo remediar,
mi corazón se abrió de par en par.

Y también escuchalo, magistralmente interpretado, por el Polaco Goyeneche:

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 25 de enero de 2020

PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Maso las 8 de esta mañana sabatina en la humilde morada de los Serqueiros. Ya me afeité, me lavé los dientes, me bañé y me dirigí a la cocina a preparar el desayuno. De pronto, cuando nada lo hacía prever; aparición brujeril a mis espaldas (cualquier similitud con las que se le aparecen a Macbeth, NO es pura casualidad; es el puto destino ensañado conmigo, ¡todos los dioses del Olimpo conspirando contra Juanca!):
—Mi amor, buen día... ¿Eh? ¡¿Qué veo?! ¡¿Te estás haciendo tostadas?!
—Hola corazón, buen día. Y… sí. Si ves el tostador sobre la hornalla y dos rodajas de pan encima, ¿qué carajo voy a estar haciendo, ravioles con salsa mixta?
—Ay, che, cómo sos… Digo porque me prometiste que empezabas la dieta keto; te aviso que las tostadas están prohibidas. Ah, y la leche también, eh; tenés que tomar café solo y endulzado con stevia, ¡nada de azúcar!
—¡Pero vos sos más peligrosa que chileno haciendo mapas! A ver, aclaremos los tantos: no me comprometí a ninguna dieta keto ni la ketamil puta que lo parió; lo que sí te dije es que me iba a cuidar en las comidas y que iba a hacer una dieta ra-zo-na-ble. Puedo prescindir del azúcar, que eso me chupa un huevo. Puedo prescindir del café con leche también, si querés; me hago un mate cocido o un té solos y listo. Pero una tostada con manteca y otra con jalea de membrillo… ¡me voy a comer sí o sí! 
—Bueno, vos sabrás, che. Después de todo, soy tu esposa; no tu enfermera. Hacé lo que quieras, que ya sos bastante grandecito… Puedo psicoanalizar a mis pacientes; no a mi marido, que encima; es un gruñón.
—OK. Me parece perfecto. Y entonces ¿para qué venís a tiranizarme? No me jodas...
Espesos nubarrones presagiaban el estallido de la tormenta, pero resuelto a no entrar en conflictos y con la sacrosanta paciencia del mundo, agarré la bandeja con mi “desayuno” e hice mutis por el foro. Estaba tomando mi “exquisitez”, ese "excesivo festín" de una taza de mate cocido con dos putas tostadas, cuando:
—Mi amor, ponete un short y una remera, aunque sea; que ya le aviso a María (la encargada de la limpieza del edificio) que suba a desayunar acá, y vos estás desnudo.
—Che, y digo yo: ¿no podés esperar cinco minutos para decirle que suba, así termino mi “desayuno” de mierda y me encierro en el escritorio a leer?
—¡Ay, no, pobre María! Ya sabés que llega al edificio a las 6 de la mañana sin tomar nada, pobre, y que todos los días desayuna acá. No seas malo, dale…
—Sí, ya sé todo eso. Conmigo no te vengas a hacer la Evita, que soy peronista desde los huevos de mi viejo y la panza de mi vieja. Me parece bárbaro y me pone muy feliz que María desayune acá; sólo te estoy diciendo que esperes un minuto que me zampo el mate cocido y listo. ¿Se entiende eso?
—Bueno… ‘tá bien. Apurate entonces. Pero... ¿hay necesidad de que andes en bolas como si esto fuera una playa nudista? ¿Qué te creés, que estamos en Ibiza? Ah, y no te olvides que después tenemos que ir al supermercado, eh. Vestite, dale.
—Ufa... en Ibiza ya quisiera estar yo. Y  más lejos también. OK, llamala nomás a María que ya me visto.
Maso una hora después y encontrándome en ese lugar sagrado al que acude tanta gente:
—¡Mi amor, tenemos que ir al super!
—Sí, mi cielo, aguantá que estoy en el baño.
—¡Ya sé que estás en el baño, si te estoy hablando desde el pasillo, y siento olor a cigarrillo, sale el tufo del tabaco por debajo de la puerta, así que estás fumando!
—Y después de un milenio de estar casados, ¿todavía no sabés que cuando cago me fumo un cigarrillo? Es el mejor remedio contra la constipación, lo leí en un libro de Lawrence…
—No empieces con tus citas literarias que son un plomo. Y no seas ordinario, ¿no podés decir simplemente "estoy en el baño”, en vez de contestar esa asquerosidad de “estoy cagando”?
—Seguro que puedo. Si fue exactamente lo que te respondí; pero después empezaste a joderme con lo del pucho. Y además, ¿qué tiene de malo decir “estoy cagando”? Claro… porque vos debés cagar Chanel N° 5, ¿no? Andaaaá… dejame cagar tranquilo y no me rompas los huevos, querés…
Más tarde, en el auto, y ya rumbo a la deliciosa “excursión” al supermercado que tanto placer me provoca siempre:
—Mi amor, te adoro, por más que tengas un carácter de mierda.
—Yo también, corazón, te amo. Por más rompebolas que seas; te quiero con locura.
—Porque supongo, imagino, quiero creer, que no vas a negar que tenés un carácter de mierda, ¿no, gordo? Reconocelo.
—Claro… porque vos sos modosita, suave, tierna, una seda, un terciopelo mire vea.
—Odioso.
—Hinchapelotas.
—Te amo, bobo.
—Te quiero hasta el cielo, jabru. Y me volvería a casar con vos.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Lado Tevdoradze, "მეუღლეები (Cónyuges)", óleo sobre tela, contemporáneo

lunes, 30 de diciembre de 2019

LA FELICIDAD




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Anoche, tarde, después de haber disfrutado del frescor placentero y sustancioso de una fuente de atún con papas y salsa alioli, bien regadita con un torrontés helado hasta la escarcha, y de un rato de buena lectura; me dirigí al dormitorio para mostrarle a la jabru las fotos de la fiestita de mi nieto Eliseo (ayer cumplió 4 años el futuro full back de los Pumas y presidente de los argentinos), que mis hijas Claudia Noelia y Manuela Macarena, y mi yerno, Rudy, me acababan de enviar al celu.
Me encontré con esta escena: Gabriela cantándole una canción de cuna y acariciándolo al Rufino, nuestro perro, que se entre dormía a su lado, panza arriba; mientras al otro costado, también sobre la cama, la India, nuestra perra, apoliyaba plácidamente a pata suelta tapada hasta las orejas.
Flaubert escribió que "la felicidad es una mentira cuya búsqueda causa todas las calamidades de la vida". No sé si será tan taxativamente así, pero lo cierto es que la felicidad se me antoja el espejismo de un oasis que uno persigue incesantemente, medio muerto de sed; sin acordarse de que lleva consigo una cantimplora llena de agua. 
Por su parte, el Indio Solari canta: “la buena felicidad dicen que no se nota”, y a veces, me hallo inclinado a pensar que puede ser, eh, bien puede ser así. Chi lo sa
Miren, la verdad, soy un ignorante que no sabe si es una mentira, como sostiene Flaubert; o si existe y no se nota, como dice Solari; pero sí estoy absolutamente seguro de algo: si la felicidad existe, clavado que está representada en esa escena de mi esposa junto a nuestros perros.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 25 de diciembre de 2019

¿FELIZ? NAVIDAD
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Todas las Navidades, uno se hace el firme propósito de ser un cachito más bueno, una mejor persona, más paciente, más tolerante. Pero... el mundo es jodido, y la gente más jodida todavía. Y no te dejan, viejo, no te dejan...
A ver: después de todo lo que morfó y escabió en la Nochebuena; uno no se "levanta de la cama", sino que a duras penas se baja de ella como puede, se tiende sobre el piso y se arrastra literalmente hasta la cocina; abre la heladera, jadeando por el esfuerzo sobrehumano que hizo, y se zampa un sifón de soda con diez sobrecitos de uvasal. Luego de hacer temblar las paredes con quince o veinte eructos, uno repta hasta el baño y —sucesivamente y en ese orden— mea, se mete los garfios hasta la garganta, vomita, caga, se lava el culo en el bidet, se cepilla los dientes, las encías y la lengua en la pileta del ñoba, se hace gárgaras con un bidón de listerine, se mira en el espejo para asegurarse de que todavía está vivo y, por fin; se mete bajo la ducha, quedándose ahí, con la bendición del agua fría, mínimo una hora o más.
Habiendo recuperado la forma humana, uno sale del baño y va hasta el dormitorio. Se pone un short —en realidad, uno preferiría salir en bolas, pero resulta que la prima Carmen se quedó a dormir en la casa de uno porque algún/una pelotudo/a dijo: "pobre, no la vas a dejar que se vaya sola a su casa de madrugada en taxi, ¿no?" (a decir verdad, uno tendría más miedo por el pobre tachero al que le toque sufrir a la Carmen, que por ella, porque es más fea que apretarse los huevos con una morsa y habla hasta por los codos, pero bueno...), así que resignadamente y puteando por lo bajo; no queda otra que calzarse el puto short— y sale, dispuesto a enfrentar el día.
Uno llega a la cocina, pone la pava al fuego, con las mejores intenciones de tomarse unos buenos mates con unos sanguches de miga (seguramente, tienen que haber quedado muchos, porque para eso uno se empeñó hasta el orto, sacó un crédito y compró una tonelada). Pero hete aquí que ¡horror! entre el tío Cacho, el primo Pepe y el gordo Cholo, se los lastraron todos, no dejaron uno ni pa' recuerdo. Y entonces uno abre la boca para lanzar un estentóreo "¡la reput...", más en ese preciso instante, recuerda que es Navidad, y es todo paz y amor, viste; así que se muerde, se traga la bronca, reprime los naturales instintos de ir a buscar al tío Cacho, al primo Pepe y al gordo Cholo para bajarles lo dientes a piñas, y se resigna a tomarse los mates con un pedazo de pan dulce que está más duro que corazón de madrastra, porque la muy turra de la prima Raquel (que supuestamente, iba a colaborar en lo de sacar la mesa, limpiar todo y guardar lo que sobró) lo tiró en la panera así a la que te criaste sin siquiera envolverlo, porque "¡ay, justo me vino a buscar mi novio, me voy, chauchis, feliz Navidad para todos!". Hija de puta...
A todo esto, como son las once y media de la madrugada y el único subnormal que está levantado es uno (todos los demás duermen como si no le debieran nada a nadie); de puro aburrido y embolado que está, prende la tele. ¿Y con qué se encuentra? ¡Con "Santa Claus" (Satán Claus le puso, acertadamente, mi amigo Roberto López) en un paisaje con nieve y subido a un trineo! A ver si nos entendemos, la recalcada concha de tu hermana: estamos en Tucumán, hace 58 grados a la sombra y andamos haciendo ski acuático sobre los ríos de transpiración, y resulta que en la tele te ponen un gordo cara de mascapito, vestido con pieles y manejando en la nieve un trineo tirado por renos. Decime si no te dan ganas de rociar al mundo con napalm.
No hay nada que hacerle: uno quiere ser bueno, pero no lo dejan, viejo, no lo dejan...
¡In-Feliz Navidad, putes! Que la pasen bomba.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 20 de diciembre de 2019

CUANDO TALLAN LOS RECUERDOS

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Jabón de tocador Manuelita, el que nos compraba mi vieja.


Claro, el que nos compraba... cuando había —cosa que raramente ocurría— para jabón de tocador, porque si no; la mayoría de las veces nos bañábamos con el de lavar la ropa: el viejo y fiel Federal, que allá por 1957 tenía una propaganda con el equipo de Huracán:



Aquella casa chorizo (alquilada, desde luego) del pasaje Turín "al 46" (porque los rosarinos no decimos "al cuatro mil seiscientos", sino al cuarenta y seis) en un barrio pobre (muy), de esos... bravos, digamos, que había en mi Rosario natal: La Guardia.



Y mi perra, la Rory... una cuzquita mediana tirando a grande, de noble raza tajungapul, que mis viejos habían rescatado de la calle, una noche de lluvia, y con la cual aprendí a caminar, prendido del pelo de su lomo. La Rory, que tenía una cuestión personal con don Felipe, el lechero, al que se quería manducar crudo. Y por supuesto, tenía razón la Rory: era un reverendo guacho ese don Felipe, que le pegaba al caballo que tiraba del carro en el que repartía la leche y que siempre le mezquinaba a mi vieja la yapa en el jarrito de latón. Sí, don Felipe era un mal parido.
En cambio; don Raúl, y su señora, doña Felisa, eran macanudos. Esos dos me adoraban, y también sus hijos: el Chani, el Raulito y la Pichi. Bueno, en realidad, sobre la Pichi tenía mis dudas de que me quisiera, porque era la enfermera del barrio, la que ponía las inyecciones... Y la casa de don Raúl y doña Felisa era la embajada en que me "asilaba" cuando mi vieja me arreaba alguna soba con el cinto o la chancleta. Fue don Raúl (que para mí era don Nanú) el que me puso Calile; porque en el barrio, en las quintas, yo era "el Calile, el rubiecito ruliento ese, che, el hijo de la gringa Ilda, la que labura en la toldería".

¿Y las revistas aquellas de nuestras niñez y adolescencia? Pa'l fulbo, teníamos El Gráfico:

 

Y para el automovilismo, Automundo o Parabrisas (esta última, furtiva, cuidadosa y sigilosamente escamoteada al viejo en las morosas, interminables horas de la siesta). Infaltables, eran de rigor:

 
  

Evocación de un tiempo irremisiblemente ido... Mi viejo, creciendo la tarde dominguera, mateando bajo el pomelo y sufriendo el partido del Globo. Mi vieja, lavando en el piletón del fondo. Y yo, feliz, en el potrero, remontando un barrilete hecho con cañas, engrudo y papel de diario, escapándole al gordo Cachito, el hijo de doña Pepa, la verdulera, ese que siempre me cascaba; o con el Chuna y el Tito, pateando una Pulpo mientras soñaba y me sentía el Toscano Rendo, para terminar a la nochecita asando camotes o pescando ranas en la zanja; maliciando los rezongos (o llegado el caso, los chirlos) de mi vieja cuando yo volviera a mi casa y ella advirtiese el estado de las pilchas tan esforzadamente adquiridas cuando lo permitía la siempre magra economía familiar de los Serqueiros. Y aquel terrible olor a pata que surgía en vahos emanados desde las entrañas mismas de las castigadas Skippy, las championes o los Sacachispas...


¿Y los primeros fasos comprados y fumados a escondidas, de contrabando? A ver si esto te refresca la memoria:


¿Y? ¿Te acordás ahora? Un saratoga, comprado suelto con unas monedas, en el kiosquito que estaba frente al colegio, fue mi primer cigarrillo, a los 12 años... Venían sin filtro, y era como fumar pasto encendido, un espiral...
Y ya me empezaba a tirar el rugby, que fue otra escuela de vida. Y que debo a la sugerencia que a mi vieja le hizo mi invalorable maestra de 7°, la por mí siempre adorada y recordada seño Radojka Pletikosic, con aquel atinadísimo consejo: "Ilda, sería bueno que Juancarlitos vaya a rugby, porque es un chico muy estudioso y aplicado, pero también; tímido, retraído, hosco y en ocasiones, agresivo. El rugby va a modelar su carácter y allí va a aprender a socializar, a compartir, a ganar, a perder y a canalizar en el juego tanta energía como tiene".
Pero para qué recordar... A qué viene tanta nostalgia... Por qué esa melancolía; si los recuerdos sólo son cenizas de un tiempo ido. La vida (¿quién dijo que es justa?) impone dar vuelta la hoja. 
Si seguramente, al final, como escribió Marta Mendicute: "La magia ya se ha perdido, / quién la pudiera encender... / Ni la tierra ya es de tierra... / Entonces, a qué volver...".

-Juan Carlos Serqueiros-