lunes, 19 de agosto de 2019

ANACRONISMO NO; DIFERENCIA EN CALIDAD HUMANA SÍ
















Nunca, pero NUNCA, hay que caer en el pecado de equiparar coyunturas del presente con las que se nos antojan (engañosamente) parecidas a las que acontecieron en el pasado más o menos remoto. Es ese un grave error en el que, lamentablemente, con excesiva frecuencia caen algunos de entre quienes se ocupan de narrar la historia.
Sin perjuicio de ello, uno sí puede mirarse en el espejo de las figuras históricas, y comparar las virtudes y los defectos que hayan evidenciado; con la calidad humana que dejan traslucir ciertos personajes de la actualidad.
Por ejemplo, la Francia que nos hizo la guerra en pos de voltear al gobierno de Rosas, al comprobar lo fútil de su intento y la imposibilidad de conseguir sus fines, ofreció a Lavalle (su aliado circunstancial, por perseguir el mismo propósito) radicarse en París y reconocerle, en el ejército francés, sus glorias, su grado y su sueldo de general. Lavalle lo rechazó terminante y airadamente.
El inmundo cipayo ladrón ex ministro de Hacienda y servil felpudo de los poderes foráneos, dujovne (minúsculas adrede, en sentido bien peyorativo y como expresión de asco), huyó de nuestro país después de ser uno de los actores principales de entre quienes lo empobrecieron y saquearon, a disfrutar en Yanquilandia de los millones que atesoró perjudicando a su propia patria (a la que desde luego, no siente como tal).
No he comparado épocas; sólo he descripto actitudes y calidades.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 12 de agosto de 2019

JUAN BAUTISTA MÉNDEZ. CORRIENTES ENTRE DOS FUEGOS


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El pobre gobernador Méndez no aspiraba a ser un tirano, ni siquiera tenía poder suficiente para convertirse en dictador. Le bastaba gobernar con un poder modesto y ejercerlo buenamente bajo el patrocinio, pero rara vez bajo la vigilancia inmediata, del general Artigas. (William Parish Robertson)

Juan Bautista Méndez era un ignorante ambicioso y sin honor. (Manuel Florencio Mantilla)

La imagen que oficia de portada de esta nota, corresponde a la ampliación, coloreada, de una fotografía tomada en 1914, y se exhibe en la fototeca del Museo Histórico de Corrientes. En ella vemos, tal como se encontraba por entonces, la casa ubicada en la intersección de las actuales calles Salta y Moreno, en la ciudad capital de esa provincia, que fuera propiedad de Juan Bautista Méndez, su primer gobernador autónomo, nombrado por aclamación popular y ratificado en ese cargo por el cabildo el 11 de marzo de 1814, luego de la revolución que en la madrugada del día anterior había encabezado contra el teniente de gobernador sufragáneo de Buenos Aires designado por el Segundo Triunvirato, José León Domínguez, al cual depuso. Allí, en esa su residencia particular, Méndez instaló su despacho oficial, en razón de que la provincia carecía por entonces de Casa de Gobierno.
Juan Bautista Méndez, nacido el 23 de junio (fecha no comprobada documentalmente) de 1766 (según algunos; de 1776 según otros) en Caá Catí. Se desempeñaba como juez de paz en Mburucuyá cuando estalló en Buenos Aires la Revolución de Mayo, a la cual adhirió, resolviéndose en consecuencia a trasladarse a la ciudad de Corrientes, donde se enroló en el cuerpo de dragones milicianos con el grado de teniente (que aún detentaba cuando derrocó a Domínguez). Estaba casado con su comprovinciana María Isabel Esquivel.
El artiguismo prendió en Corrientes (en el interior de la provincia, quiero significar; que no en la capital) desde fines de 1812 / principios de 1813. El Segundo Triunvirato no había accedido al pedido del cabildo correntino en el sentido de designar teniente de gobernador a Elías Galván, nombrando, en cambio; a Domínguez, un mandón que rápidamente se granjeó la antipatía generalizada, un poco por su áspero carácter y sus arbitrariedades, y otro poco por las medidas impolíticas que se vio obligado a tomar por serle ordenadas desde Buenos Aires.
No existe, entre los historiadores, coincidencia en cuanto a la/s motivación/ones que haya tenido Méndez para adscribir al artiguismo. Hay quienes sostienen que venía trabajando por esas ideas, de consuno con el oficial de Artigas que por entonces había establecido su cuartel general en Curuzú Cuatiá, coronel Blas Basualdo (tesis esa que abono por parecerme la más plausible); quienes creen que fue sobornado para ello; y hasta quienes afirman que después, en 1818, complotó contra la política de Artigas consintiendo en su propio desplazamiento. Como puede usted apreciar, mi querido lector, la historiografía argentina da para todo; menos para consignar fielmente los sucesos e interpretarlos correctamente, claro.
Producido el derrocamiento de Domínguez, el 29 de marzo Artigas escribió, tanto a Méndez como al cabildo, expresando la necesidad de que en Corrientes se convocara a un congreso provincial que estableciera taxativamente la autonomía provincial y echara las bases para su arquitectura estadual. Dicho congreso debía conformarse con diputados elegidos por sufragio libre, que sesionarían en la sala capitular del cabildo, al cual le confiaba el presidirlo. Paralelamente, designó como representante suyo a Genaro Perugorría y ordenó a éste dirigirse a Corrientes con la premura que el caso requería.
Genaro Perugorría (n. Corrientes, 1792) había ingresado en 1811 a las milicias correntinas con el grado de teniente. Incorporado al ejército que al mando de Belgrano se dirigió a la Banda Oriental, participó del sitio a Montevideo, destacándose en el asalto a la Isla de Ratas. Ya con el grado de capitán, pasó al ejército de Artigas, quien le cobró especial afecto y lo distinguió muchísimo, a punto tal, que al momento de designar a quien lo representase en Corrientes, no dudó en elegirlo, a pesar de su extrema juventud (tenía 22 años).
El 9 de abril, Perugorría envió, desde San Roque, un oficio a Méndez en el que anunciaba su próximo arribo a la ciudad capital. Que no fue en modo alguno “próximo”, ya que recién el 31 de mayo se dignó apersonarse en la sala capitular. Ocurrió que, habiendo sido ganado para la postura antiartiguista, urdió, conjuntamente con el diputado al congreso electo por la capital correntina, José Simón García de Cossio; y el alcalde de primer voto, Ángel Fernández Blanco, un complot para volver a someter la provincia a la autoridad del Directorio.
Ángel Fernández Blanco (n. Corrientes, 02.08.1769) había labrado una considerable fortuna con su curtiembre -que estaba entre las más importantes (si no era la más) del virreinato del Río de la Plata- y con el comercio con Buenos Aires. Prestó ingentes servicios a la causa patriota, al general Belgrano y al teniente de gobernador Elías Galván, y era la figura social y política más relevante, acaudalada e influyente de Corrientes.
José Simón García de Cossio (n. Corrientes, 29.10.1770). Cursó sus estudios secundarios en Buenos Aires en el Real Colegio de San Carlos y se graduó de doctor en leyes en la universidad de Charcas. Participó del Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810, y ese mismo año fue electo diputado por Corrientes a la Junta Gubernativa. Paralelamente a ello, dicho organismo lo nombró fiscal de la Real Audiencia. Fue miembro de la llamada Junta Grande y también de la Conservadora, hasta la disolución de ésta por parte del Triunvirato. Vuelto a Corrientes, al momento de derrocar Méndez a Domínguez, se desempeñaba como juez.
Entre los tres, con distintos embrollos, dimes y diretes, marchas y contramarchas, noticias falsas, argucias, chicanas pseudo leguleyas de avechucho consumado y excusas pueriles -llegando incluso hasta el extremo del ridículo y de la hipocresía, de proclamar, sin consultar previamente la voluntad popular; nada menos que la independencia (independencia en el sentido de autonomía, se entiende) de la provincia, y colocarla bajo la protección de Artigas-, procuraron impedir la celebración del congreso. Y si bien no pudieron lograr su propósito, debido a la agitación y a la reacción del interior provincial clamando en pos del mismo; sí consiguieron dilatar en el tiempo su formación y su reunión, y en definitiva, las sesiones recién pudieron iniciarse el 11 de junio.
Probablemente, algo acerca de la conjura que tramaban debe de haber barruntado Méndez, ya que en junio se dirigió al congreso provincial solicitando que, en razón de tener que atender su salud, se le admitiese la renuncia al cargo de gobernador y se le concediese el retiro militar con el rango de capitán que había alcanzado, con goce de fuero y uniforme. Buscaba con ello mantenerse prescindente en la cuestión, es decir, no verse mezclado en la conspiración contra Artigas, y paralelamente; no estar obligado a evitarla o a proceder contra ella. Su petición fue rechazada con un seco y terminante “no ha lugar”.
El 26 de agosto, el coronel Manuel Francisco Artigas -hermano de José Gervasio y delegado de éste en la protección del Continente del Entre Ríos (es decir, la Mesopotamia)-, requirió la ayuda de Corrientes y seguidamente encareció se le enviasen la tropa veterana y municiones, para sostenerse allí. Era reclamar la reciprocidad: si Corrientes había adherido al artiguismo y recurrido a él para sustraerse al dominio de Buenos Aires; era justo y lógico que aportara a la alianza ofensivo-defensiva a la que se había integrado. Pero el 4 de setiembre, Perugorría convocó al congreso y al cabildo a reunión secreta, con el objeto de negar a Manuel Artigas los auxilios que éste solicitaba, manifestando inequívocamente: “Señores desembozemos la capa y basta de apariencias: la tropa q.e esta a mi mando y Yo estamos desididos p.r el Gobierno Supremo de B.s. Air.s: V. S. mediten sobre medios paladeatibos (paliativos) p.a. contener una irrubcion de esta Jente bandida de los Artigas” (sic) (cursivas mías). 
La elite había distinguido claramente, con ese alto grado de percepción y de coherencia que desde siempre ha caracterizado a las oligarquías, la amenaza que a sus intereses y privilegios de clase representaban, tanto el divorcio absoluto de la provincia con Buenos Aires, como así también la inclusión de los grupos sociales y étnicos postergados. Precisamente por eso, la oposición cerrada al artiguismo partió, desde el vamos, del grupo de ricos comerciantes y abogados aspirantes a ocupar y retener para su sector los puestos de poder que les garantizaban el continuar manteniendo la preeminencia que detentaban y las prerrogativas de que gozaban.
En la noche del 28 al 29 de agosto acaeció un suceso gravísimo. Fue asesinado a puñaladas en su casa, mientras dormía, el diputado electo por Curuzú Cuatiá, capitán José Cayetano Martínez, notoriamente artiguista. Su cadáver fue arrojado al río y apareció al producirse una bajante de las aguas. El crimen quedó impune, tanto en lo que hace a quienes lo perpetraron (vox populi se atribuyó la autoría a los hermanos Ángel y Miguel Escobar, sujetos con vinculaciones de familia con el patriciado local, y que pese a que se proclamaban adictos a Artigas; en realidad fluctuaban entre los bandos en pugna según conviniera a sus intereses y a sus ambiciones); como así también a quienes lo incitaron y planearon (se sindicó como instigadores a Ángel Fernández Blanco y al notario Manuel Cañas).
El 4 de setiembre, Ángel Fernández Blanco escribió al director Posadas, informándole que el cabildo y el congreso provincial se hallaban “decididos a favor del Supremo Gobierno de las Provincias Unidas”, refiriéndose a Artigas como “el enemigo” y solicitándole el envío de “300 hombres de línea”. Y el 5, dirigieron a Posadas, los dos Fernández Blanco: Ángel y Juan José; y Perugorría, una "Reserbada" (sic) en la cual narraban en detalle el pronunciamiento del día anterior, tanto del congreso como del cabildo en pleno, a favor del Directorio. El 10, Posadas emitió, “casualmente”, un decreto (con considerandos abundantes en citas a los “quebrantos al comercio y a la industria”, a las “ricas producciones”, a la “prosperidad” y al “beneficio”), disponiendo la formación de las provincias de Corrientes (en cuya jurisdicción se incluían las Misiones), con capital en la ciudad del mismo nombre (pero fijando, “en tiempos de guerra o siempre que lo exija la necesidad” la residencia del gobernador en Candelaria); y de Entre Ríos, con capital en Concepción del Uruguay. Y el 22, ordenó la reducción del impuesto a los “frutos del país” del diezmo a una “veintena parte”. No pasó de la papelería en tanto se trataba de meros cantos de sirena; pero sí le sirvió al Directorio de propaganda eficaz en pos de decidir a Corrientes para lanzarse a la revuelta.
El 20 de setiembre, Méndez fue desplazado del gobierno por Genaro Perugorría, quien tras asumir el mando militar; depositó el poder político en el cabildo y salió a campaña para aguardar los refuerzos que -confiaba- le mandaría Posadas (y que nunca le llegaron), y enfrentar la reacción artiguista, la cual descontaba. Y que obviamente, se produjo: el comandante de Curuzú Cuatiá, José Gabriel Casco, salió a batirlo; pero sus tropas fueron rechazadas por las de Perugorría, quien volvió a cruzar el río Corriente y se atrincheró en la estancia de Colodrero, en cercanías del Batel. En ese punto se le reunieron a Casco las fuerzas del coronel Blas Basualdo, y entrambos derrotaron a Perugorría, quien se rindió por el hambre y la sed tras un asedio de ocho días. El santiagueño Basualdo asumió la comandancia de armas de la provincia, designó gobernador interino a José de Silva (antiguo oficial de Belgrano y persona respetabilísima y prestigiosa), y remitió al cuartel general de Artigas en Arerunguá, a Perugorría, quien terminaría su corta vida de 23 años fusilado el 17 de enero de 1815 por “reo de lesa patria, enemigo de su provincia y traidor a la libertad de los pueblos”.
Tres días después, Artigas ordenó liberar a los oficiales que acompañaban a aquél al momento de rendirse. Y el 27 de julio, desde Purificación, oficiaba al gobernador intendente Silva que ponía en libertad a Ángel Fernández Blanco (por cuyas vida y libertad, dicho sea de paso, le habían pedido, entre otros vecinos de nota, tanto el gobernador como el propio Méndez), y le encarecía que en adelante lo tuviera “a la mira”. Asimismo, el 14 de agosto, desde Paysandú, se dirigía al cabildo notificando a ese cuerpo que regresaba a Corrientes el “diputado del Entre Ríos D.n José García de Cossio” (efectivamente, en ocasión de celebrarse el Congreso de Oriente o de Arroyo de la China, Cossio había sido designado representante de la Comandancia General de Entre Ríos -que era lo mismo que decir Artigas-).
El 23 de setiembre de 1815, ocurrió un hecho que señalaba a las claras las profundas disidencias que existían en el seno del federalismo correntino y el estado deplorable en que se hallaba la provincia toda (por factores ajenos a la buena voluntad y a la gestión de gobierno de Silva, que en líneas generales fue ordenada, eficiente y de una puntillosa honestidad), con la campaña a merced de las gavillas de bandidos que asaltaban, violaban, asesinaban y depredaban a mansalva y con absoluta impunidad; el comercio prácticamente cerrado y la capital envuelta en las intrigas de las facciones que se disputaban ferozmente el poder. Un cuartelazo a cuyo frente se puso el capitán Miguel Escobar, erigió a éste en comandante de armas de la ciudad, desplazó del gobierno, el 25, a José de Silva e instaló en su lugar a Francisco de Paula Araujo. José Gabriel Casco y su segundo, Antonio “Antoñazo” Sosa, marcharon sobre la capital y apresaron a Escobar y demás implicados en la revuelta, entre ellos, el notario Manuel Cañas (por entonces convicto por fraude fiscal con condena a dos años de destierro, y al cual, como consigné precedentemente, se sindicaba como uno de los instigadores del asesinato del diputado José Cayetano Martínez ocurrido el año anterior), quien el 17 de octubre fue muerto en el cuartel de “Antoñazo” por la soldadesca, a la que había intentado sobornar para que le permitiera fugarse. “Y como todos los soldados dieron a una, voz contra el reo, no puede saberse quiénes han sido los agresores”, reza el parte militar. El que a hierro mata…
Prudente y sensatamente, el 28 de octubre Artigas ofició al cabildo amonestándolo: “Si los males (del gobierno de Silva) fueron de tanta trascendencia, es tanto más increpable (sic) el silencio de V. S. cuanto más se empeña en dar un nuevo realce a la convulsión del 23”. Seguidamente, disponía que dicho cuerpo asumiera el poder político y militar, esclareciera ante la ciudadanía si habían existido o no, motivos que justificasen la remoción de Silva, y una vez cumplimentados esos pasos; convocara a todos “los vecinos honrados de la ciudad y de la campaña” a elegir gobernador (lo cual después amplió, estipulando que también debían renovarse los cabildantes). Y el 1 de diciembre, nombraba comisionado suyo al teniente Marcelino San Martín, quien tendría a su cargo fiscalizar el proceso. Finalmente, entre el 18 y el 24 de enero de 1816, se eligieron en toda la provincia los diputados que formarían el congreso que después, reunido en Corrientes capital el 8 de febrero, proclamaría gobernador intendente a Juan Bautista Méndez, quien llegaba por segunda vez a ocupar dicho cargo, el cual asumió al día siguiente.
Parecía que, aventados los nubarrones de la discordia, sobrevendría en Corrientes un período de calma. Pero… parecía, nomás; se trataba sólo de esa calma que suele preceder a la tempestad.
Méndez, el cabildo y Artigas introdujeron una serie de medidas benéficas que mejoraron sensiblemente la situación provincial. Pero a mediados de 1816 se produjo la invasión lusitana a la Banda Oriental. El gobernador hizo publicar un bando llamando a toda la provincia al combate, delegó el poder político en el cabildo, reservándose el militar, y dispuso la convergencia de las milicias en Curuzú Cuatiá, desde donde marcharían luego, con él a la cabeza, al cuartel general de Artigas en Purificación. El 3 y el 4 de enero de 1817, las fuerzas de los Pueblos Libres, entre las cuales se hallaban las tropas correntinas, fueron deshechas por las imperiales en la batalla de Catalán, y después; los sucesivos contrastes militares sufridos por el artiguismo, minaron el prestigio de Méndez, socavando su autoridad.
Por otra parte, en 1815 Artigas había designado comandante general de las Misiones a su hijo adoptivo, Andrés “Andresito” Guacurarí y Artigas, quien en aquel carácter se hallaba al frente del ejército guaraní que recuperó los pueblos al este del Paraná ocupados por las tropas del Paraguay aislacionista de Gaspar Rodríguez de Francia, y que tenía por entonces la misión de asegurar la región frente a las incursiones de los portugueses y de, tomando la ofensiva, traspasar el río Uruguay, llevando el escenario de la guerra hasta Porto Alegre para, conjuntamente con el ejército oriental, tomar al enemigo en un movimiento de pinzas (ver a través de este ENLACE mi nota Dónde está Andresito). Pero los correntinos no querían pelear junto a los guaraníes: en Caá Catí, los hermanos José Mariano y León Esquivel se sublevaron contra Méndez y se pasaron a los portugueses. Sin embargo; el gobernador logró dominar la situación. Los Esquivel huyeron.
En aquel statu quo, el director supremo Pueyrredón había enviado a Corrientes, en marzo de 1818, a Elías Galván, quien públicamente iba “en carácter particular por asuntos de negocios”, pero secretamente llevaba el propósito de desplazar a Méndez, para lo cual empezó a conspirar contra éste, junto con Ángel Escobar (padre de los que mencioné precedentemente), quien aseguró que uno de sus hijos, el capitán Miguel Escobar, a la sazón en Curuzú Catiá, encabezaría la revolución. Pero les ganó por la mano José Francisco Vedoya quien, enterado por su pariente José Simón García de Cossio de lo que se estaba tramando; se amotinó contra Méndez deponiendo a éste el 24 de mayo y proclamándose gobernador interino al día siguiente, 25 (¡linda fecha para fragotear eligió!). Miguel Escobar, disgustado porque Vedoya se le había anticipado en lo de derrocar a Méndez, se puso otra vez la careta de “artiguista y sostén del orden”, y saltó a proclamar lo que llamaba su adhesión al sistema, instando a que se repusiera en su cargo al depuesto y acantonando sus tropas en San Roque. Vedoya salió a enfrentarlo, pero se detuvo en Saladas. Finalmente, convinieron ambos en convocar a un congreso el 23 de julio, el cual elegiría gobernador. Los oficiales de Escobar fueron abandonando a éste, y Vedoya aprovechó esa circunstancia para atacarlo, obligándolo a retirarse hasta Curuzú Cuatiá. Así las cosas, el congreso se decidió por Vedoya.
Artigas, en conocimiento de que aquél había adherido al Directorio (lo cual, de suyo, representaba la pérdida de una provincia para los Pueblos Libres), ordenó a Andrés Guacurarí (quien se hallaba en la Tranquera de Loreto (actual Ituzaingó) recuperarla para la Liga Federal. Luego de una acción en Caá Catí, Andresito derrotó a las fuerzas de Vedoya en Saladas, y el 21 de agosto de 1818 entró en la capital, asumiendo, de facto, el gobierno. A todo esto le subsiguieron: el apoderamiento de los fondos de la caja de la provincia, la requisitoria de armas, pertrechos, caballos, vestimentas y víveres para la tropa, y el pedido más o menos compulsivo de una contribución de 8.000 pesos fuertes. Es que los fines que perseguía Artigas al destacar a Andresito allí, eran, además del expresado; dotar de recursos al ejército a su mando (seriamente afectado después del contraste sufrido en la batalla de San Carlos contra los portugueses), y “disciplinar” a una provincia que en el lapso de cuatro años, ya había volteado tres veces a los gobernadores adherentes al sistema que él proponía.
La ocupación militar de Corrientes por el ejército guaraní, significó la integración (bien que obligada por las circunstancias; no de común acuerdo) entre grupos étnicos que, además de heterogéneos; eran tradicional y ancestralmente antagónicos. Era lógico y esperable que el estrato social privilegiado, blanco y culto, que tenía a las minorías indias sujetas a la servidumbre cuando no a la esclavitud, mirase a éstas con espanto y repugnancia al verse de pronto sometido a su arbitrio y a su voluntad caprichosa y voluble en función del alcohol ingerido (Andresito bebía, y en sus borracheras perdía la ponderación que usualmente guardaba).
Mientras que el flagelo de los saqueos y demás delitos que en las zonas rurales perpetraban gavillas armadas integradas por desertores, indios sueltosgauchos malos y demás elementos del lumpenaje que malvivía encharcado en la molicie, el crimen y el vicio, no lo sufría el patriciado; sino los chacareros y estancieros pequeños y medianos. Quienes, dicho sea de paso, eran también los que sostenían el costo económico de las milicias y tropas regulares destinadas ora a protegerlos, ora a liberarlos del yugo del centralismo porteño, ora a la guerra exterior. Por ello, fueron esos actores sociales de la producción los que adhirieron al artiguismo (además, claro, de los que lo habían hecho primero, esto es, los excluidos: indios y criollos pobres). Pero también fueron quienes se revolvieron contra él, llegada la hora de una guerra exterior en la que no sentían que se jugase algo suyo (los comandantes portugueses tenían órdenes de no atacar posiciones correntinas ni afectar sus intereses), sino que al contrario; se los privaba del pingüe negocio de pasar clandestinamente ganado a las Misiones Orientales. Encima, para que “la indiada” tuviera una provincia para sí, y para colmo de los colmos; en territorio que consideraban como perteneciente a la suya. Hicieron lo de aquellos que “quieren el picho pero no las pulgas” (Carlos “Indio” Solari dixit).
En los últimos meses de 1818, Andresito encaró la renovación, tanto de los cabildantes como de las autoridades de campaña, y repuso en el gobierno a Méndez. Éste, si bien trabajó en armonía con él y con el jefe de la flota, el irlandés Pedro Campbell; no se recibió formalmente del cargo, sino hasta el 23 de marzo de 1819 en que Andrés Artigas abandonó Corrientes (aunque dejando una guarnición del ejército guaraní para asegurar la estabilidad del gobernador). Que a pesar de eso, nuevamente se vería amenazada al mes siguiente, nomás. Y otra vez, por Miguel Escobar, quien exasperado contra Méndez, al que atribuía la “afrenta” que -según él (y todo el patriciado correntino, como así también la mayoría de los comandantes de los pueblos de campaña y de los hacendados)- constituía para la provincia un gobierno sostenido por tropas guaraníes; se sublevó junto a sus hermanos Ángel José, Domingo y José Luis, en las cercanías de Curuzú Cuatiá, y al frente de sus tropas emprendió la marcha sobre la capital en pos de derrocarlo.  
La rebelión fue prestamente fulminada. En la noche de 13, una partida al mando del segundo de Campbell, el inglés Juan Tomás Ardets, sorprendió a los Escobar a orillas del río Santa Lucía, en el Paso Aguirre. Miguel y Ángel José lograron fugar y se refugiaron en el Paraguay; pero Domingo y José Luis resultaron muertos junto a nueve de sus soldados que cayeron en poder de las fuerzas gubernamentales. Sus cabezas fueron expuestas en San Roque sobre una mesa, y después; clavadas en picas y exhibidas en la plaza mayor de Corrientes (según algunos; en la galería del cabildo, afirman otros) para ejemplo y escarmiento de todos. Días más tarde, Méndez las remitió a Francisca Alencastro, madre de los Escobar. Y el 29, hizo publicar un bando por el cual daba a todos los malcontentos con el gobierno ocho días de plazo para mudarse a cualquier otra parte del suelo americano, so pena de que si no lo hicieren quedarán sujetos en adelante a las penas y castigos arbitrarios y de justicia que les cupiese. Aquel gobernador, de natural expansivo, tolerante, usualmente moderado y que incluso, antes había permitido que lo depusieran sin ensayar motu proprio reacción alguna; se despojó de toda ponderación y se transformó en endriago. Era la reacción derivada de su hartazgo del desorden, del irrespeto a la autoridad, de la murmuración constante, de la calumnia y de la exacerbación de los enconos políticos, sociales y raciales.
A raíz de esos últimos sucesos, Artigas -y también Méndez (quien, dicho sea de paso, se distinguía por su aguda percepción política)-, comprendieron que sus expectativas acerca de que Corrientes y Misiones actuasen como una sola, aún a pesar de las diferencias étnicas, culturales y económicas; no podrían traducirse en lo inmediato a la realidad efectiva, sino que ello sería obra del tiempo. Consecuentemente, la cuestión debía circunscribirse, por el momento, a transar lo geográfico, político y militar; dejando para más adelante lo social y económico. Con ese objeto, más el de organizar institucionalmente Misiones y el de designar un comandante militar interino para ella (el titular, Andresito, había caído prisionero de los portugueses el 24 de junio y se estaba en incertidumbre con respecto a su suerte; de allí el carácter de interino para quien lo reemplazara). En ese orden de ideas, Artigas convocó, a fines de julio, a Méndez y a los comandantes del ejército guaraní para que se reunieran con él en Asunción del Cambay. En dicho punto, en la segunda quincena de setiembre se celebró el Acuerdo de ese nombre. Artigas designó comandante general de Misiones al teniente coronel Pantaleón Sotelo, y entre éste y el gobernador intendente Méndez, convinieron en fijar los límites entre ambas provincias, los cuales discurrirían por la Tranquera de Loreto, el Iberá y el río Miriñay; y en el retiro de tropas a los respectivos destinos de su dependencia: los correntinos a Corrientes y los guaraníes a Misiones.
Finiquitado el Acuerdo de Asunción del Cambay, Méndez se dirigió a Curuzú Cuatiá, desde donde emitió, el 10 de octubre, un manifiesto a la población, en el cual atribuía las revueltas a la “ambición de gobernantes”, alertaba sobre esos agentes del desorden: “Mirad que éstos os engañan como padrastros y yo, como legítimo padre, siempre os he hablado la verdad”, y terminaba llamando a todos a la concordia y a la sujeción a la ley, a la par que tendía un generoso puente, invitando a quienes se mantenían prófugos o exiliados, a regresar a sus hogares “como el hijo pródigo”. Después, volvió a la capital, donde el 2 de noviembre reasumió el poder. A continuación asistiremos, apreciado lector, a las postrimerías de su gobierno.
En la Banda Oriental, el 22 de enero de 1820, los portugueses descalabraron completamente a las tropas artiguistas (compuestas en su mayoría por guaraníes misioneros) en la batalla  -si así puede llamarse a aquella masacre- de Tacuarembó, acción en la que murió, incluso, el hacía apenas cuatro meses designado comandante general de Misiones: Pantaleón Sotelo.
Casi paralelamente a ello, en la Cañada de Cepeda, el 1 de febrero, las fuerzas federales encabezadas por el comandante de Concepción del Uruguay, Francisco Pancho Ramírez; el gobernador de Santa Fe, Estanislao López; y el comandante de las tropas correntinas y misioneras, Pedro Campbell, arrolló y puso en fuga espantada al ejército directorial al mando de José Rondeau. Veintidós días más tarde, en Pilar, la astuta diplomacia de Manuel de Sarratea atraparía en su telaraña como a moscas, a Ramírez y López (que no a Campbell), quienes defeccionarían del artiguismo -especialmente el primero, que dejaría evidenciar ese encono tenaz y obcecado que como marca en el orillo suelen ostentar los apóstatas hacia quien antes adoraron-. Lo que siguió es bien conocido. Artigas (que estaba en Abalos desde poco después del desastre de Tacuarembó), a mediados de marzo repudió el Tratado, al cual calificó de “inicua convención”, y reprochó a Ramírez “su apostasía y su traición”.
Volvamos a Corrientes. El 22 de ese mes, Méndez en persona informó al cabildo correntino, tanto sobre lo convenido en Pilar, como sobre el rechazo que de ello hizo Artigas, esperando una pronunciación mayoritaria de los cabildantes en apoyo a éste (la cual no se produjo). Entonces, resolvió convocar al congreso provincial, pero en Saladas (de modo de sustraerlo al influjo de la capital), con el objeto de elegir gobernador (en procura de re legitimarse y cortar el cargo que, sotto voce y a pesar de sus llamados a la concordia; se le hacía de haber sido repuesto en el cargo “por la indiada”) y renovar el cabildo, al cual había percibido demasiado vacilante (lo cual era cierto).
El 24 de abril, en cercanías de Curuzú Cuatiá, Artigas, en su carácter de Protector; Méndez, como gobernador de Corrientes; Francisco Javier Sití, fungiendo de comandante general de Misiones (en reemplazo de Pantaleón Sotelo, fallecido en Tacuarembó, como vimos); y jefes militares y representantes de la Banda Oriental, suscribían el Pacto de Abalos, ratificando a Artigas como Director “de la guerra y la paz”, y manteniendo la alianza ofensiva y defensiva entre las provincias integrantes de la Liga (que por entonces, en la realidad efectiva, estaban reducidas a sólo dos: Corrientes y Misiones, porque Córdoba ya no giraba en la órbita de los Pueblos Libres desde 1816, la Banda Oriental estaba ocupada por los portugueses, y Santa Fe y Entre Ríos, gobernadas por López y Ramírez respectivamente, se habían vuelto contra Artigas. El 20 de mayo, el congreso provincial reunido en Saldas proclamó gobernador a Méndez, cargo al cual accedía por cuarta vez y que asumió el 29, tras lo cual, el 7 de junio, procedió a instalar en los suyos a los nuevos cabildantes. 
Casi simultáneamente a todo esto, estallaba la guerra entre Artigas y Ramírez, en la que el segundo derrotó al primero en una sucesión de combates y batallas hasta deshacerlo por completo en Abalos el 29 de julio. Ya sólo la heroica Corrientes acompañaba a Artigas (Sití había defeccionado, pasándose a Ramírez). Todavía el 6 de agosto, Méndez, inquebrantable en su lealtad, se reunía en San Roque con Artigas, desde donde se dirigirían a Curuzú Cuatiá. El 8 llegó a aquel punto Ramírez, desde allí ofició al cabildo tildando a Artigas de “déspota”, atribuyéndole (¡tan luego él!) una “bárbara ambición”, y ordenando a ese cuerpo apresar a Campbell, Méndez y “demás magnates que caigan por ese destino, posesionándose de los intereses de todos éstos porque de lo contrario hago a V. S. responsable pues esta medida interesa para la libertad y sosiego de las provincias federales”. Es decir, Ramírez disponía la confiscación de bienes a los artiguistas, pero eso sí; reputándola como necesaria “para la tranquilidad y el sosiego” (?). En fin… El cabildo obedeció las órdenes de Ramírez. ¡Y cómo las obedecería! Destituyó a Méndez, depositó el “poder militar” en Juan José Fernández Blanco, y mandó presos a Campbell, Mariano Vera (ex gobernador de Santa Fe, que por ese tiempo se encontraba en Corrientes) y otros artiguistas, a las embarcaciones de la escuadra ramirista surta en el puerto.
A todo esto, definitivamente derrotado, Artigas, el 5 de setiembre se refugió en el Paraguay. Por su parte, Méndez licenció las pocas fuerzas con que contaba, y se dirigió, solo, a Corrientes, donde fue aprisionado. Su casa fue saqueada y registrada exhaustivamente en busca del tesoro que se le atribuía tener oculto en sus paredes. Como no se encontró nada, Ramírez ordenó que fuera conducido a presencia suya y lo conminó a que le rindiera cuentas de los fondos públicos que había manejado, y que además; le dijera dónde escondía el tesoro o lo haría fusilar. Tranquilamente, Méndez hizo el detalle que aquel energúmeno le requería, y en cuanto al tesoro; repuso que no tenía más que 250 onzas de oro que llevaba consigo su esposa al escapar de Saladas, y que ésta, al llegar a la capital, había entregado en guarda a su sobrino Felipe Santiago Soloaga, a quien se las había confiscado el cabildo el 10 de agosto, por disposición del propio Ramírez, de modo que ya ni eso poseía. Y que si tal era su gusto, lo fusilara nomás. Poco después, Ramírez lo puso en libertad. Mas no terminaron allí las iniquidades que debió sufrir; todavía le quedaba soportar la persecución de que lo hicieron objeto sus propios comprovincianos.
Tras retirarse Ramírez de Corrientes y recuperar ésta su autonomía, el 5 de diciembre de 1821 asumió el gobierno Juan José Fernández Blanco quien, cediendo a una “recomendación” del congreso provincial en tal sentido, y “olvidando” las gestiones que por la vida y la libertad de su hermano Ángel había hecho, ante Artigas, Méndez; pasó al fisco la casa de éste, por supuestas diferencias a favor del Estado en el manejo de los fondos públicos durante su mandato. La elite, que nunca olvida agravios, se vengó de aquel hombre, no por su artiguismo (pues una buena parte de ella lo había sido también, mientras le convino); sino por las humillaciones que se le habían infligido durante la ocupación de Corrientes por el ejército guaraní en tiempos de Andresito.
La que había sido casa de Méndez, fue sucesivamente escuela, hospital de sangre (durante la guerra del Paraguay), hospital de aislamiento (durante la epidemia de fiebre amarilla), nuevamente escuela, y finalmente, biblioteca popular. En 1888, pasó al Consejo Superior de Educación, organismo ese que, en 1933, la cedió -en carácter de tenencia precaria-, al Robson Tenis Club, entidad que logró modificar la decisión de demolerla que había adoptado el Consejo (en razón del estado ruinoso en que se hallaba el inmueble), restaurándola (lo que pudo hacerse en su parte principal, esto es, el gran salón central; el resto hubo que echarlo abajo). En la actualidad, ese solar histórico, protegido por su incorporación al Patrimonio Arquitectónico de la Ciudad de Corrientes, forma parte de las instalaciones del Club San Martín -institución sucesora del Robson Tenis Club-), encargado de su conservación.
Tras el último derrocamiento con su secuela de escarnio y persecuciones que hubo de sufrir, el coronel Juan Bautista Méndez, totalmente desvinculado de la política, se estableció en una humilde chacra situada más allá de las orillas de la ciudad, dedicándose a la agricultura. Después, abrió una notaría, fue síndico de la catedral, tuvo a su cargo el cementerio anexo a la iglesia de la Cruz del Milagro, y en 1832, fue designado juez de paz del pueblo guaraní de Loreto. Falleció en Corrientes, en 1865, a los 98 años (según algunos; a los 88, según otros). 

La causa de que no pueda establecerse con certeza absoluta en qué fecha, mes y año nació Méndez en Caá Catí, se debe a que los libros parroquiales de la iglesia de ese pueblo, en los que debió asentarse su bautismo y consignarse el día de su nacimiento, desaparecieron en tiempos en que el ejército guaraní al mando de Andresito avanzó hasta Corrientes. En general, se afirma que la pérdida de dichos libros se produjo durante la escaramuza del campo de Ibahay, el 14 de julio de 1818, y se atribuye a las tropas guaraníes el habérselos llevado. No obstante, el punto dista de estar aclarado: el cura de Caá Catí, Juan Capistrano de Meza; y el juez comisionado, Juan de Meza, eran artiguistas, y fueron apresados por el oficial que destacó el cabildo para contener "el orgullo de los indios" (sic): el sargento mayor Francisco Casado. Así, pues, cabe preguntarse para qué querría Andrés Artigas los libros parroquiales de un curato que estaba a cargo de un sacerdote que le era afecto. Más allá de eso, lo real y concreto es que, al menos por esa vía, no pueden determinarse fehacientemente los datos atinentes al nacimiento de Méndez. Quizá los mismos consten, junto con los de su fallecimiento, en el registro de defunciones e inhumaciones del cementerio anexo a la iglesia de la Cruz del Milagro; pero hasta ahora no lo he tenido a la vista.

Como perspicazmente señaló Alberdi (y tal como se evidenció en los sucesos inmediatamente posteriores a su estallido), la Revolución de Mayo significó “la sustitución de la autoridad metropolitana de España por la de Buenos Aires sobre las otras provincias”.
Mientras que el artiguismo, en tanto coalición heterogénea (y por eso mismo inestable) e ideologema radical en su esencia (no por nada uno de sus más acérrimos y enconados enemigos: Manuel José García, lo definió como “sistema exagerado de libertad”), tenía sobre Mayo una mirada muy distinta, enfocada desde el mangrullo de un sincretismo que incluía, además de las ideas cuya inducción le era propia a partir de la realidad que percibía y los objetivos que perseguía; elementos y conceptos tomados del constitucionalismo norteamericano, del radicalismo painesiano y de las doctrinas rousseaunianas. Y que proponíacomo punto de equilibrio entre dos extremos: la unidad centralista y la balcanización rioplatense; una federación de provincias libremente determinadas.
La elite correntina, en pos de sacudirse de encima al centralismo porteño, aceptó en principio el artiguismo y hasta se recostó en él para la consecución de aquel fin, pero después; se revolvió contra el mismo en procura de mantener su hegemonía de clase y de sustraerse a una guerra que sentía extraña. Por esa razón, la alianza entre el sistema Pueblos Libres y el cabildo correntino en tanto órgano representativo de la parte principal, fue siempre endeble y estuvo, desde el inicio mismo, infectada por la mutua desconfianza.
A Juan Bautista Méndez le tocó actuar en aquel tiempo primordial del parto doloroso de una provincia que nacía en un contexto muy complejo, signado por dos fuerzas antagónicas que no se daban cuartel. Recordémoslo, pues, mi querido lector, como uno de los hombres que hicieron la época anterior a la que vivimos, con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y errores, y con sus glorias y miserias. Se trata de aprehender el pasado, de asirlo, en procura de explicarnos mejor el presente. Al fin de cuentas, la historia sirve para eso; no para tribunal de justicia póstuma.
Y como magistralmente escribió Jorge Luis Borges: "Sólo Dios puede saber / La laya fiel de aquel hombre; / Señores, yo estoy cantando / Lo que se cifra en el nombre".

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN. Sección Gobierno. Sala X. Decreto del Director Supremo Gervasio Posadas, 10.09.1814.
AGPC. Actas Capitulares t. 46, actas de fechas: 20.04.1814, 23.04.1814 y 11.06.1814.
Correspondencia Oficial, t. 7.
Anónimo. Relación de los sucesos de armas ocurridos en la provincia de Corrientes desde el año de 1814 hasta el de 1821 (en La revista de Buenos Aires. Historia americana, literatura y derecho t. VII. Directores: Navarro Viola, Miguel y Quesada, Vicente G.). Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1865.
Cáceres, Ramón de. Memoria póstuma o Acontecimientos de la vida pública del Cnel. Don Ramon de Cazeres (en Revista Histórica, t. XXIX, Montevideo, 1959)
Castello, Antonio Emilio. a) Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes. Cosmos Editorial, Resistencia, 1996.
b) Hombres y mujeres de Corrientes. Moglia Ediciones, Corrientes, 2004.
Comisión Nacional Archivo Artigas. Archivo Artigas t. 19°. A. Monteverde y Cía. S. A., Montevideo, 1981.
Gómez, Hernán Félix. a) Historia de la provincia de Corrientes. Desde la Revolución de Mayo al Tratado del Cuadrilátero. Imprenta del Estado, Corrientes, 1929.
b) La ciudad de Corrientes. Amerindia Ediciones, Corrientes, 2008.
c) Provincialización de Corrientes, 1814 -10 de setiembre- 1914. Imprenta del Estado, Corrientes, 1915.
Leoni, María Silvia y Quiñonez, María Gabriela. Debates y polémicas en la conformación del campo historiográfico correntino a fines del siglo XIX (en Anuario del Instituto de Historia Argentina, nº 15). Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Centro de Historia Argentina y Americana, La Plata, 2015.
Mantilla, Diego. Memorias de Fermín Félix Pampín. Moglia Ediciones, Corrientes, 2004.
Mantilla, Manuel Florencio. Estudios biográficos sobre patriotas correntinos. Amerindia Ediciones, Corrientes, 1986.
MHPC. Fototeca. Solar de la primera Casa de Gobierno de la provincia, fotografía-pintura, 1904.
Parish Robertson, John y William. Cartas de Sudamérica. Emecé Editores S. A., Buenos Aires, 2000.
Ramírez Braschi, Dardo. a) Independencia, soberanía y autonomía en los orígenes de la provincia de Corrientes (en Revista Anual del Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes, n° 9, Corrientes, 2014).
b) La provincia de Corrientes en los prolegómenos del Congreso de Oriente (en El Derecho. Diario de doctrina y Jurisprudencia. Constitucional). Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2015.
Sitio web del Club San Martín de Corrientes: http://sanmartincorrientes.com/site/.

miércoles, 10 de julio de 2019

CUANDO VENGA LA SEÑORA








































CUANDO VENGA LA SEÑORA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

No le tengo miedo a la Parca
Será, tal vez, porque colijo
Que después del último segundo
No habrá nada más allá
Ni cuentas por ajustar
Sólo olvido y soledad

Sí me entristece el pensar
Que ya no habré de besar sus labios
Ni beber de ellos el vino
Ya no habré de leer mis libros
Nunca más fumaré mi tabaco
Y será el silencio definitivo

Le tengo fobia a la espera
Y me horroriza el desgaste
Le tengo rabia al Misterio
A su prepotencia de vencedor
Más no le temo a la Parca
Si de antemano soy perdedor

Presiento que será en junio
(Cuando mueren los que saben morir)
El tiempo que tramite mi carne
El trance inexorable de partir
No le tengo miedo a la Parca
Y nada más hay por decir

Cuando venga por mí la Señora
No he de hacerle ni un reproche
Ni he de pedirle un instante
Para poner mis cosas en orden
Yo sabré morir mi muerte
Yo soy solamente... un hombre.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Walter Schnackenberg,  "Das Spiel ist aus (Se acabó el juego)", pluma, lápiz y acuarela, 1956

jueves, 4 de julio de 2019

ESTEBAN LAUREANO MARADONA, EL DOCTOR DIOS







































Pocos saben que el doctor Maradona era un viejo argentino
No lo digo por su edad (tenía casi 100 años al momento de fallecer); sino por su prosapia, por su linaje, por su abolengo (abolengo... en serio, quiero significar: genético, que no económico): era un patricio de verdad, de familia patricia, sus ascendientes se contaban entre los primeros pobladores del Virreinato del Río de la Plata y entre los primeros revolucionarios de Mayo de 1810. 
Él, en su infinita humildad, jamás "chapeó"; pero su sangre era ilustrísima en grado sumo.
En 1970, mi viejo, que viajaba "la línea" de Formosa (Comandante Fontana, Ibarreta, Estanislao del Campo, Pozo del Tigre, Las Lomitas, etc.), me llevó a conocer al doctor Maradona, y estuvimos mateando en su casa de Estanislao. Yo era sólo un adolescente, pero la grandeza de alma de aquel ser de luz me conmovió tanto, a tal punto, que nunca olvidaré esa tarde.
Mi padre, en su escritorio, tenía colgado un gran cuadro con su retrato, con un epígrafe que rezaba: "EL VERDADERO MARADONA".
Gloria eterna al Doctor Dios.

Daniel Altamirano, "El viaje de Maradona": https://www.youtube.com/watch?v=tz0XiCLRLkY

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 17 de junio de 2019

LA ALFOMBRA AZUL


LA ALFOMBRA AZUL 
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)

Incaico y porfiado sol se ponía entre cerros
Apuñalando de luces una alfombra azul
Desde un balcón venían efluvios
Ungiendo dos cuerpos sobre la alfombra azul

Dos seres: Ella y Él, jugando a cambiarse
Sentires y ciencias, sobre la alfombra azul
Saberes secretos, caricias guardadas
Palpitantes trocaban sobre la alfombra azul

Bandeja con migas, resignada a un costado
Video olvidado y plasma mudo de enojo
Jadeos, susurros y al fin los gemidos
Proyectan imágenes sobre la alfombra azul

Ella y Él, alquimistas crueles
Desprecian cines desde la alfombra azul
Vencidos que fueron el sol y los cerros
Humillados capitularon sobre la alfombra azul

Silentes magos ahora, Ella y Él
Desde la trama apretada de la alfombra azul
Las sombras celosas divierten contrastes
Ejerciendo venganzas contra la alfombra azul

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 19 de mayo de 2019

HISTORIAS DE PUTAS, CAFÉS PARISINOS Y CUADROS: EN CABINET PARTICULIER O AU RAT MORT









































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Le Rat Mort… le paradis qu'Eve nous fit perdre, mais que ces dames nous font retrouver. (Guide des Plaisirs à Paris, 1899)

En esta obra "En cabinet particulier" o "Au Rat Mort" (para el mundo hispanoamericano titulada "En un reservado del Rat Mort", y para el mundo anglosajón "In a Private Dining Room at The Rat Mort"), Henri de Toulouse-Lautrec representa una pareja de la Belle Époque, integrada por un caballero al cual se ve sólo parcialmente, y una demi-mondaine, cenando en un reservado del Café du Rat Mort.
Una “demi-mondaine” ("medio mundana") era una mujer que se desenvolvía en el "medio mundo" -expresión que proviene de la comedia “Le Demi Monde", de Alejandro Dumas (h)-, es decir, aquel mundo que se presume fino, elegante, rico, culto y glamoroso (los españoles, a instancias de la RAE, prefieren emplear glamuroso, pero me complace embromarlos un poco a esos tiranos del idioma cada vez que puedo); pero en el que muchos -quizá la mayoría- de sus "habitantes" son en sí mismos una impostura, porque después de todo; son capaces de las peores miserias y abyecciones, y de perpetrar idénticos delitos a los que a diario vemos / escuchamos / sufrimos / cometemos en el "gran mundo", o sea, ese que es el real y tangible.
A menudo englobada (inapropiada y erróneamente, en mi opinión) bajo el denominador común de "prostituta", una demi-mondaine no debe ser confundida con una grisette, que era una muchacha independiente, obrera de la industria del vestido (de allí lo de "grisette", por el tono gris de los uniformes que utilizaban las costureras de los talleres de confección) y por ello, de condición muy humilde, que vivía sola, se bastaba a sí misma (con frecuencia, en medio de grandes privaciones y con la amenaza constante del hambre y la tisis, dados el salario misérrimo que percibía, las extenuantes jornadas de trabajo que soportaba, y la alimentación escasa), ejercía libremente su sexualidad y se relacionaba, en el ambiente de la bohemia, con pintores, poetas, músicos y escritores). Ni con una lorette ("lorette" por el sitio del cual procedía: las inmediaciones de la iglesia de Notre-Dame-de-Lorette, o sea, Nuestra Señora de Loreto), que era una joven que vivía exclusivamente de prostituirse. Ni tampoco con una cocotte, es decir, una "cacerola", que ejercía la prostitución en los estratos sociales más altos. Una demi-mondaine no era nada de eso; sino que pertenecía, por derecho propio (sea por haber nacido en el seno de la aristocracia o de la burguesía terrateniente, banquera o industrial, o sea por haber logrado acceder a él por los medios que fueren), a ese "medio mundo" o "semi mundo" que describí precedentemente.
La demi-mondaine era, generalmente, mantenida por uno o varios amantes que sufragaba/n su estilo de vida rumboso, en medio del boato, y residía en un lujoso apartamento cuando no en una suntuosa mansión o en un coqueto petit hotel; aunque (más frecuentemente de lo que se cree) también se daba el caso inverso y era ella quien mantenía a algún amante o “favorito” que se constituía así en su gigoló (claro que a costa del bolsillo de otro amante, poderoso y adinerado, que era el “protector” de la demi-mondaine).
El ámbito en que transcurre la escena pintada por Toulouse-Lautrec es Le Rat Mort, un café restaurante parisino situado en Place Pigalle, más precisamente, en el número 7 de la rue homónima, y con entrée particulière, es decir, la entrada para acceder (directa y discretamente) a los reservados, en el 16 de la rue Frochot, en Montmartre.




Hay tres versiones que procuran explicar el porqué de tal nombre para aquel establecimiento gastronómico, de espectáculos y… otras cositas. 
Una sostiene que se originó en el hecho de encontrarse los parroquianos -más precisamente, un couple (una pareja) según se estipula en la publicidad (que podemos considerar como oficial, ya que es la que se consigna en la Guide des Plaisirs à Paris)- con la desagradable sorpresa de una rata muerta atascada en la bomba de tirar chopp instalada sobre el barril de cerveza; otra afirma que obedecía al olor nauseabundo que se desprendía de un vaciadero de desperdicios que la gente desaprensiva arrojaba alrededor de la Fontaine Pigalle (obra del arquitecto Gabriel Davioud); y la tercera dice que surgió por el olor “a rata muerta” que emanaba del enyesado fresco en ocasión de remodelarse el local (que antes de 1867, había albergado al Grand Café Place Pigalle). Particularmente, me hallo inclinado a inferir que la más probablemente acertada sea la que cité al último. 
Sus paredes estaban adornadas con paneles en los que se representaban escenas alusivas al nombre del café restaurante, los cuales conocemos gracias a los dibujos de Joseph Faverot en su Dessins de rats en action au Café du Rat Mort (1886): “Le Baptême", "La Noce", "L'Orgie" et "La Mort” ("El bautismo”, “La boda”, “La orgía” y “La muerte”).






A las mesas de Le Rat Mort se sentaron Verlaine, Rimbaud, Castagnary, Desnoyers, Mendés, Forain, Coppée, Villemessant, Willette, Steinlen, Anquetin, Guibert, Degas, Matisse, Vlaminck, Sescau, Conder y, por supuesto, también Toulouse-Lautrec y tantas, tantas otras celebridades de las letras, del arte y de la política. Allí concertaban sus citas las cocottes más renombradas, y también allí, en compañía del bacán que te acamala (Celedonio Flores dixit), disfrutaban sus cenas, con platos seleccionados de entre la gran variedad que ofrecía el menú -exquisitamente ilustrado por el mismísimo Adolphe Léon Willette-, las demi-mondaines, como por ejemplo, la que aparece en el cuadro de Toulouse-Lautrec que nos convoca y sirve de portada a este artículo.




Y también acudían a Le Rat Mort, cómo no, lesbianas en procura de otras mujeres con quienes compartir las preferencias sexuales que tenían en común. Se ha propagado hasta el hartazgo (y se lo sigue haciendo), que en las dos últimas décadas del siglo XIX, aquel establecimiento se había convertido en un “café para lesbianas”. 
Se trata de una exageración, de la afirmación de un presunto “hecho histórico” que no se puede sostener al momento de confrontar el relato con la evidencia que surge de la heurística: Lo cierto es que no se registran, en los archivos de la policía parisina, procedimientos, arrestos y detenciones de mujeres, que indiquen que hubo una persecución al lesbianismo.
Obviamente, ello no implica negar en redondo que concurriesen lesbianas a Le Rat Mort, porque de hecho; sí iban algunas (o posiblemente varias y quizá hasta muchas), tal como se desprende de artículos periodísticos y obras literarias de la época y tal como taxativamente escribí más arriba. Pero de allí a considerar válida y veraz la aseveración de que era un “café para lesbianas”… bueno… ciertamente, ¡hay un campo de distancia!
Y agregaré: sí existían, en tiempos de Le Rat Mort, cafés exclusivos para lesbianas, como -por ejemplo y por citar sólo un par de ellos-: La Brasserie du Hanneton y La Souris. Incluso, el primero se promocionaba así: “Por la noche, rara vez te encuentras con un representante del sexo fuerte; mujeres emasculadas, amantes del lugar incluidas, cenan solos, en mesas pequeñas, y se ofrecen luego los cigarrillos, los dulces y los besos. Ver como curiosidad patológica.” (sic). Y en ambos se desalentaba sin ambages la entrada de hombres y como presencia masculina sólo se admitía y era bienvenida, la de Henri de Toulouse-Lautrec, por concesión especial de quienes los regentaban: Madame Armande, la Hanneton; y madame Palmyre, La Souris (que además; eran amigas personales del artista).
El relato edulcorado que procura (y mayormente consigue) instalar en el colectivo una mirada romántica, idílica, sobre los establecimientos y centros de diversión nocturnos que combinaban lo artístico con lo literario y el espectáculo de entretenimientos en París, en el período que se extiende entre las tres últimas décadas del siglo XIX y fines de la primera mitad del XX, se acerca mucho más a la ficción que a la verdad histórica.
La visión de una París-faro irradiando al mundo desde Montmartre, Pigalle y el Quartier Latin los rayos de una vanguardia cultural y artística transformadora en realidad tangible de los postulados de liberté, égalité, fraternité para todo el orbe (y de paso, también para los distintos géneros), es nada más que un espejismo, una fantasía. Creer seriamente que las demandas de la mujer en procura de sus derechos encontraron allí y en esa época, eco favorable, constituye, cuanto menos, una ingenuidad inadmisible.
Y asimismo lo es la percepción de la Belle Époque como un tiempo en el que floreció el arte y a su mágico conjuro desapareció el flagelo de las miserias humanas. Como si Pierrot hubiese dejado de ser el zonzo que sufre por Colombina, y ésta hubiera derivado, de voluble y miserable pizpireta, en EL amor puro e idealizado. Como si las grisettes, milagrosamente, ya no murieran de tisis o de consunción por el hambre en los talleres de costura o en la sórdida estrechez de las buhardillas parisinas en que malvivían, o ya no languidecieran de pena, desarraigo y fracaso, trasplantadas a la orilla del Plata por aquel argentino que entre tango y mate la alzó de París (Enrique Cadícamo dixit). O que por decreto divino, todos los pintores y poetas, de pronto pudieran hacer tres comidas decentes al día y ya no muriesen como moscas, atrapados en el delirium tremens, en los vahos etílicos y mentirosamente felices de la verde diosa absenta o en la telaraña letal de la sífilis. O como si las presuntamente alegres y divertidas hetairas parisinas no fueran, a menudo, protagonistas de su propio infierno como esclavas de la morfina cuando no de la atropina o del éter. O como si la sola pertenencia al mundillo de la bohemia creativa, bastara para garantizar la inexistencia en él de lacras como el colonialismo, el racismo, la xenofobia y la misoginia.
Obviamente, lo antedicho no debe leerse en modo alguno como menoscabo de la trascendental importancia de toda esa movida en torno a las artes, la literatura y la filosofía que tuvo lugar en la ciudad luz durante el período precitado, ni ocultar o negar la influencia que ejerció en el mundo -(o al menos, en el mundo occidental y cristiano). Ni tampoco, debe llevarnos a caer en el error de analizar las actitudes de aquellos hombres y de los hechos que protagonizaron, utilizando los parámetros culturales, los valores ético-morales y la percepción que de esas cuestiones tenemos vigentes en la actualidad; porque ellos fueron hombres de su tiempo y lo que corresponde es estudiarlos situándonos en la época y en el contexto en que vivieron, tan aproximadamente como nos sea posible hacerlo. Rasgarnos las vestiduras y condenarlos, cual si fuésemos un tribunal póstumo de justicia, por los prejuicios que muchos de ellos tuvieron, por la frontera entre géneros que establecieron y por la misoginia que evidenciaron, equivaldría poco más o menos a que condenemos al ostracismo definitivo la memoria y el pensamiento de Aristóteles porque consideraba que la esclavitud era natural.
Le Rat Mort llegó al apogeo en cuanto a notoriedad y afluencia de clientes a partir de la Exposición Universal de París de 1889 (y vaya uno a saber, mi apreciado lector, cuántos argentinos habrán pasado por aquel café restaurante y habrán disfrutado allí sus cenas y se habrán solazado en la compañía de las bellas damiselas que a él concurrían… ¡riche comme un argentin!), y su existencia se prolongó hasta después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo de cerrar para siempre sus puertas. Actualmente, en ese edificio del 7 de la Rue Pigalle hay instalado un banco.


Y pensando bien la cosa (Borges dixit), existe cierta ironía cruel en el hecho de que en el mismo sitio donde antaño se hicieran transacciones, digamos... gastronómicas y sexuales (y por ende, placenteras); se realicen hoy por hoy, asimismo transacciones, sólo que… financieras.  
Pero volvamos a Lautrec y esa pintura suya en particular. No existe, entre los historiadores y críticos de arte que han analizado e interpretado (o, más apropiadamente expresado; han tratado de interpretar) este cuadro, coincidencia de opiniones en cuanto a lo que pretendió transmitir el artista en su obra, ni tampoco en lo que atañe a la motivación que lo impulsó a pintarla. Veamos.
Está representada, en primer plano, Lucie Jourdan, una célebre demi-mondaine de la Belle Époque, ricamente ataviada con un vaporoso vestido y tules que se extienden incluso hasta su cabeza, en una especie de caperuza coronada con un moño negro. A su lado aparece un caballero rubio del que no se ve su rostro más que parcialmente. No obstante ello, sabemos -o al menos; creemos saber, por los testimonios de la época que nos han llegado a través de la tradición oral- que se trata de Charles Conder, un pintor e ilustrador de la corriente simbolista nacido en Londres y formado en Australia, que vivió en París, donde trabó estrecha amistad con Lautrec. Ambos personajes están instalados en un reservado del Rat Mort, en el que presumiblemente, han disfrutado o se aprestan a hacerlo, de una opípara cena y se hallan junto a una fuente llena de frutas, tomando champagne (o al menos, la dama; porque la copa del hombre no se visualiza en la escena). Ella tiene ante sí, además; otra copa que, o bien es para el agua, o bien nos sugiere (por los reflejos verdes) que bebió o se dispone a beber, absenta.
Puede usted estar tranquilo, mi querido amigo lector: no voy a aburrirlo con consideraciones pseudo explicativas de la obra (para lo cual no califico, y que por otra parte; significaría entrar en materia propia de esa deleznable especie que son  los críticos de arte), ni tampoco me atreveré a esbozar un perfil psicológico del artista (tengo un acuerdo con Gabriela, mi esposa, y me propongo atenerme a él: ella no se mete con la historia ni yo con la psicología). Pero sí voy a mencionar determinados aspectos, los cuales estimo importantes.
Pintado en 1899, este cuadro significó la rentrée de Toulouse-Lautrec a la actividad artística (y de paso; también su recaída en el consumo desenfrenado de alcohol y su vuelta al mundo de la noche, las mujeres galantes y los amigos de juergas y francachelas), después de haber estado recluido, por disposición de su familia, en el sanatorio de Neuilly, entre febrero y mayo de ese año, en procura de desintoxicarlo y curarlo de sus adicciones. Así, no me parece casual (de casualidad, maldita palabreja a la que se apela cuando no se tiene explicación para determinadas coincidencias) esa ambigüedad de los reflejos verdes en la copa de la dama, como insinuando que, minga de agua; lo que hay en ella es ajenjo. ¿No estaría eso que en el cuadro aparece como incierto, originado en el mono que sufría Lautrec por la abstinencia que se le había ordenado? Qué sé yo... se me ocurre…
Y en cuanto a lo de aparecer cortado por el extremo derecho del cuadro el rostro de Conder, para representarlo sólo parcialmente y que algunos sabihondos “explican” atribuyéndolo a que el hombre "quiso mantenerse en el anonimato para que no se supiera de su relación con una prostituta", diré que tal inferencia me parece un disparate; porque ¿para qué cuernos querría Conder, que contaba por entonces 31 años y era soltero y descomprometido (se casaría recién en 1902, en Inglaterra y con una inglesa), “mantenerse en el anonimato” evitando aparecer en un cuadro que lo mostraba cenando con una de las más codiciadas mujeres de París? Máxime, cuando en 1893, esto es, seis años antes, ya había sido retratado por Lautrec en su cuadro “Aux Ambassadeurs: Gens Chic”, en el cual aparecía representado cenando con una dama en el célebre café concert Les Ambassadeurs, situado en los Campos Elíseos.


Y también había aparecido Conder pintado, junto a Toulouse-Lautrec, Jean Moréas, Henri Bourges y Louis Anquetin en una acuarela obra de este último, titulada “Rencontre d'amis à Bougival” (“Encuentro de amigos en Bougival”), en la que se representa una escena que los muestra a todos en ese sitio de las afueras de París, en un alegre y desprejuiciado picnic en el que las mujeres están desnudas.


Así las cosas, se convendrá conmigo en que resulta absurdo eso de que Conder quería “mantenerse en el anonimato” y que se deba a ello el que su rostro no aparezca totalmente en el cuadro.
Prefiero suponer como más probable, que Lautrec lo haya pintado por iniciativa propia -y no “por encargo del barón de W.” (?), quien supuestamente sería “un caballero adinerado, cliente fijo de esa prostituta y que por obvias razones no quería que se lo representase en la obra”, como afirman otros. Infiero que Lautrec, que era buen gourmet y mejor cocinero, y odiaba tener que cenar solo, habrá buscado la compañía de su amigo Conder, antiguo camarada de borracheras y lupanares. Y si le sumamos la presencia de la amante de Conder por esos días: Lucie Jourdan, que era pelirroja… bueno, ¡bingo en la sala! (las pelirrojas eran el fetiche de Lautrec). La cena en Le Rat Mort debe de haberla sufragado la damisela en cuestión (que era, reitero, una demi-mondaine y no una “prostituta” como la califican, con escasa caballerosidad, los sabios críticos de arte), o quizá el propio Lautrec; porque Conder invariablemente andaba de la cuarta al pértigo, sin un centavo en el bolsillo. Y de allí también lo de representar en primer plano a Lucie.
De todos modos, no deja de ser peligrosa la pretensión de narrar la historia fundándose en elementos intrínsecamente subjetivos, tales como obras de arte, ya sea que se traten estas de cuadros, esculturas o poesías; porque sabido es que en ellas no se expresa o traduce la realidad tal como fue y ocurrió, sino como la percibió y representó simbólicamente el artista.
De manera que no corramos riesgos innecesarios incursionando en un terreno tan fangoso y dediquémonos, mejor, a disfrutar de la contemplación de este cuadro magistral y a tener a mano la copa llena de un bon vin para brindar por la memoria de Henri de Toulouse-Lautrec, Lucie Jourdan y Charles Conder. Y desde luego, también por la felicidad de usted, mi apreciado lector, que ha tenido la gentileza de favorecerme con su paciente interés.
À votre santé!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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