jueves, 15 de septiembre de 2016

DESATANDO NUDOS





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 2 de julio de 1893, el gobierno del presidente Luis Sáenz Peña se vio sacudido por una crisis ministerial (una de las tantas que acaecieron durante su mandato), al renunciar el ministro del Interior, Miguel Cané -que era quien había formado el gabinete- por haberle negado en público (a través de un reportaje del diario Tribuna) Julio A. Roca su apoyo, luego de habérselo prometido en privado (eso según Cané; aunque por su parte, el Zorro siempre negó haberle dicho tal cosa). 
De resultas de ello, el presidente expresó su intención de renunciar también él; pero Cané le aconsejó que antes de precipitar su dimisión, convocara a reunión a Mitre, Roca y Pellegrini. Sáenz Peña aceptó la sugerencia. Al fin y al cabo, habían sido ellos quienes lo instaron a embretarse en una candidatura que no ambicionaba (sobre todo, Pellegrini, mal que les pese a los historiadores que tendenciosamente cargan toda la "culpa" de aquello sobre el Zorro, "olvidando" que si bien la idea de matar la postulación modernista de Roque Sáenz Peña levantando la de su padre, en efecto había sido de Roca; quien se prestó para esa transa politiquera fue el Gringo (quien a la sazón, era nada menos que presidente de la República), usando a Mitre de emisario "proponente". Pues entonces, qué embromar, ahora que lo ayudaran los tres a salir del embrollo en el que ellos mismos lo habían metido.
La reunión no estuvo a la altura de lo que cabía esperar dados los participantes. Mitre le sugirió al presidente que formara un gabinete "homogéneo", es decir, integrado por hombres que pertenecieran todos a un mismo signo político; pero Roca lo objetó, afirmando que un solo partido no estaba en condiciones de garantizar la gobernabilidad y que en su opinión, había que persistir en el camino del acuerdo. Dado que no coincidían ni le ofrecían soluciones; Sáenz Peña insistía con lo de su renuncia; hasta que intervino Pellegrini con un seco: "ya que ustedes no pueden gobernar, dejen al menos que lo haga el presidente". Y trascartón, aconsejó a éste que llamara a formar gabinete a Aristóbulo del Valle. El estupor de Roca -y de Mitre, pero sobre todo del primero- al oír aquello fue mayúsculo; pues en la práctica, significaba entregar en bandeja de plata el gobierno a los radicales.
Finalmente, Sáenz Peña siguió el consejo de Pellegrini y convocó a Aristóbulo del Valle a la tarea de formar gabinete (este último y el Gringo eran íntimos amigos; pero a la vez, decididos adversarios políticos). Ni bien Aristóbulo se abocó a sus funciones; Pellegrini viajó a las termas de Rosario de la Frontera buscando alivio para su quebrantada salud.
Como sabemos, la cosa empezó y terminó mal (click en este enlace para acceder a mi artículo Los espadachines de la elocuencia). La intransigencia de Alem (quien no sólo se negó a apoyar a Del Valle; sino que además lo obstaculizó en todo lo que pudo) hizo fracasar aquello que se dio en llamar "revolución desde arriba", y fue al propio Pellegrini -vuelto a toda prisa desde Rosario de la Frontera- a quien le cupo el tener que desplazar del ministerio a quien era su amigo ("voy a sacar a ese zonzo de Aristóbulo", fueron sus palabras al subirse al tren).
Pellegrini se enteró (por interpósita persona, porque no era habitual en el Zorro criticar en público) que Roca había vertido duros conceptos referidos a la sugerencia que él le había hecho al presidente Sáenz Peña de convocar a Del Valle; pero el Gringo nada dijo respecto a las vituperaciones de su socio político, limitándose a voltear el gabinete de Aristóbulo, "solucionando" así -según su criterio- la gaffe que se reprochaba -también según su criterio- haber cometido aconsejándole a don Luis un "remedio" que en los hechos -y por los motivos que fueren, no importa- resultó un fracaso.
Transcurrieron ocho años desde todo aquello y en 1901 se produjo la ruptura -que habría de ser definitiva- del tándem Roca-Pellegrini (click en este enlace para acceder a mi artículo Una mitad del país contra la otra. Cuarta parte: La deuda externa). El Zorro y el Gringo (que nunca habían sido amigos, lo cual probablemente fuera la razón de que la sociedad política que conformaron durase nada menos que veinte años) se dijeron de todo y se tiraron los platos por la cabeza como matrimonio mal avenido; aunque fieles cada uno de ellos a su índole: en público y a los gritos Pellegrini; y en privado, por conducto de terceras personas o en papelitos que escribía en soledad y sólo para sí, arrojándolos luego al cesto, Roca. Una de las apreciaciones de este último, fue que el Gringo era una "fuerza loca y explosiva" y que "no sabía deshacer nudos si no era cortándolos".
En 1899 Pellegrini había fundado el diario El País, en cuya redacción entró a trabajar de periodista un joven tucumano que habíale parecido muy promisorio (y el tiempo le daría la razón): Ricardo Rojas. Cuenta éste en su libro Pellegrini (Editorial Coni, Buenos Aires, 1921):

Yo era un adolescente sin fortuna, que vagaba soñando con la gloria por los limbos de esta ciudad –recién llegado de aquel pueblo mío donde dejé la tumba de mi padre- cuando Pellegrini me llevó a la redacción de "El País", iniciándose así mi vida de publicista en Buenos Aires. Había transcurrido más de un año sin que volviese a hablar con Pellegrini, cuando una noche, en momentos de gran revuelo político, me enviaron a consultarlo en su casa de la calle Maipú, sobre cosas que habrían de comentarse al día siguiente. Salió de su escritorio a recibirme, y una vez enterado de mis preguntas, calóse las gafas en la punta de la ancha nariz carnosa, y sentóse a concretar por escrito ciertas graves cuestiones. Quedó silencioso el aposento: no se oía sino el rasguido de su pluma ligera, mientras yo, sentado al frente en un sofá, me distraía mirando los tejuelos de una biblioteca giratoria cercana a mi asiento. Yo tenía entonces (y no importa saber si ha variado) una muy baja idea de la cultura literaria de nuestros políticos, y grande fué mi asombro al ver allí un tomito de sonetos de Shakespeare y otro de poesías de Swinburne, ambos en inglés, junto a un libro de Bryce, entre varios sobre la democracia en los Estados Unidos. Confieso que me llené de juvenil asombro, y me puse a pensar con acrecida admiración en el político singular que tenía delante. De pronto se oyó el golpe de su lapicera tirada sobre la mesa, y al alzar mi vista me encontré con la de Pellegrini, que en aquel momento me dirigió esta inesperada pregunta: “¿Usted es el del poema?” – Yo era “el del poema”, en efecto; pero no entendí la pregunta porque el poema en cuestión era mi primer libro, recién entregado al impresor, y no conocido sino por muy pocas personas. Le averigüé de dónde sacaba tan peregrinas noticias sobre autor tan inédito y Pellegrini me respondió: “Lo he sabido por Joaquín González. Anoche nos han sentado juntos en el banquete de Concha Subercasseaux, y, para no hablar de política, hemos hablado de literatura. Él me ha dado noticias de su poema con mucho elogio. Tráigamelo, porque me ha despertado curiosidad.” - Lleno de turbación bien explicable, le respondí que la obra estaba en prensa; que él no tendría tiempo de atender aquella cosa tan nimia; y que lo demás eran bondades de González. “Tráigamelo mañana a las diez, aunque sea en los originales o en las pruebas: vamos a leerlo juntos.” – Salí de aquella casa transfigurado; pasó la noche, llegó el siguiente día, corrí a la imprenta, recogí el manuscrito, lo empaqueté prolijamente, y volví a la casa de la calle Maipú, donde Pellegrini esperaba. Me instaló a su lado en el sofá de la noche anterior; puso el paquete sobre sus rodillas, y empezó a trabajar con la cuerda del envoltorio, que se había apretado en nudo ciego. Yo, nervioso, de impaciencia, quise tomar el paquete; él me apartó las manos: “Tenga paciencia, joven señor poeta.” - Le propuse que rompiera la cuerda: “No, señor –me contestó- los nudos hay que desanudarlos.” – Entonces, estimulado por aquella afectuosa familiaridad, me atreví a responderle: “Como la gente dice que usted no sabe desatar nudos, sino cortarlos...” Sonrióse paternalmente; aguzó las uñas, empecinóse de nuevo, separó al fin las cuerdas, diciéndome con aire de triunfo: “Ya podrá usted alguna vez decir que Pellegrini sabe cortar nudos; pero también, cuando se lo propone, sabe desanudarlos".

La intervención del Gringo y todo lo atinente a su consejo al presidente Sáenz Peña de llamar a Aristóbulo del Valle, se sabría recién trece años después y por testimonio directo del propio Pellegrini, quien lo contó el 11 de junio de 1906 en su discurso en la Cámara de Diputados de la Nación, tal como consta en el Diario de Sesiones de esos día, mes y año. 
Y con respecto a la anécdota narrada por Ricardo Rojas, lo que refiere ocurrió; la primera parte, el 19 de setiembre de 1902; y la segunda, al día siguiente, el 20. Y admito que el estimado lector podría, perfectamente y con todo derecho, preguntarme: "¿Y cómo cuernos sabe usted cuándo sucedió, si Pellegrini no dijo nunca nada sobre ello y Rojas en su libro no lo especifica? ¿Tiene, por acaso, la máquina del tiempo o es adivino?". 
Responderé que ni lo uno ni lo otro, y que en efecto, el escritor no aclara cuándo pasó; pero sí nos da otros datos que me han permitido elucidarlo. Le cuento: en la narración de Rojas; Pellegrini, con eso de "en el banquete de Concha Subercasseaux", se refiere a Carlos, un político y diplomático chileno así apellidado, que fue designado por el gobierno de su país ministro plenipotenciario ante el nuestro desde 1900 hasta 1903. Supe, entonces, que la acción se daba en ese período. Asimismo, Rojas refiere que Pellegrini le dijo que lo habían sentado "junto a Joaquín González", aludiendo, por supuesto, a Joaquín V. González, político, jurista, escritor, filósofo, educador e historiador; con el cual "por no hablar de política, hemos hablado de literatura" (y dicho sea de paso, en esta nuestra Argentina, nadie -salvo, quizá, Borges- leyó en su vida tantos libros como González; tengo para mí que los leyó todos, incluso uno inédito de poemas de un hasta allí ignoto autor como lo era por entonces Ricardo Rojas). Perdón por la digresión, sigo: Y, ¿por qué Pellegrini no querría hablar de política con González, con quien al fin y al cabo eran amigos y correligionarios en el PAN? Pues claro está que era porque ya se había producido la ruptura con Roca, de quien González era ministro; con lo cual acoté entonces el lapso al trienio 1901-1903. Además, constaté que Pellegrini estuvo con Concha Subercasseaux en tres banquetes: uno de ellos se dio en 1902, y los restantes en 1903; supe entonces que debía ceñirme a esos dos años. Por último, descarté 1903, ya que en uno de los banquetes, que tuvo lugar en la Casa Rosada el 24 de mayo de ese año, Pellegrini no estuvo sentado al lado de González, tal como puede apreciarse (con esfuerzo, dada la mala calidad de la imagen) en esta fotografía de la revista Caras y Caretas de por entonces, y como puede leerse en el texto de la nota en el cual se detalla cómo estaban distribuidos ante las mesas los asistentes: "A la derecha del general Roca tomaron asiento el ministro de Chile, doctor Drago, general Vergara, monseñor Sabatucci, ministro Avellaneda; á su izquierda el vice almirante Montt, teniente general Mitre, ministro González, contralmirante Muñoz Hurtado y ministro Fernández, alternándose a un lado y otro por orden de precedencia, los miembros del cuerpo diplomático con los secretarios de estado, los delegados chilenos funcionarios, miembros de la comisión de festejos, jefes del ejército y armada, delegados uruguayos, comandantes y oficiales de buques de guerra extranjeros, secretarios de la presidencia y edecanes, notándose con satisfacción la presencia del doctor Pellegrini":


El otro banquete, celebrado en julio de 1903 y que tuvo lugar en el Prince George's Hall, fue con motivo del retiro del país de Carlos Concha Subercasseaux, quien retornaba al suyo y fue despedido por Pellegrini en un emotivo discurso que pronunció esa noche. Y tampoco en esa oportunidad, estuvo el Gringo sentado junto a González, como puede apreciarse en la imagen publicada en Caras y Caretas en su edición del 11 de julio de ese año:


El banquete al que se refería Pellegrini era, pues, el de 1902, que se realizó en la legación chilena el 18 de setiembre y en el cual, efectivamente, el protocolo lo había ubicado junto a González. Ergo, si Rojas consigna en su libro que el Gringo le dijo "anoche"; eso sitúa el encuentro entre ambos el 19, y lo de "tráigamelo mañana a las diez"; nos ubica en el día siguiente, esto es, el 20. Y de paso, ignoro si los biógrafos de Rojas tendrán o no el dato del año de su ingreso como periodista al diario El País; pero por si no lo tenían, ahí está: fue en 1901, ya que escribe: "pasó más de un año sin que volviese a hablar con Pellegrini".
Tenemos entonces que efectivamente, el Gringo sí sabía desatar nudos y no sólo cortarlos, como había afirmado el Zorro. Aunque claro, como le dijo a Rojas, eso "cuando se lo propone"; con lo cual uno podría lamentar que no se lo haya propuesto cuando, por ejemplo, apeló a cortar el nudo, declarando "rotos todos mis vínculos con el gobierno del general Roca", provocando así la fractura de una de las sociedades políticas más exitosas que hayamos tenido por estas tierras. O cuando tampoco se propuso deshacer el nudo con el que había atado a su íntimo amigo y socio, Roque Sáenz Peña, frustrando en 1892 el acceso de éste a la presidencia y atrasando el reloj de la historia argentina en 18 años.
Pero eso sí: con sus aciertos y errores, virtudes y defectos, méritos y deméritos, grandezas y miserias, eran otros políticos, eran otros hombres más hombres los nuestros. Y se me antojan ellos tan, pero tan lejos de los fantoches de este nefasto y oprobioso presente; que el sólo pensarlo me remite a la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.
En fin...

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 28 de agosto de 2016

TEMPORADA DE CAZA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En los años 50, David Osborn (n. Nueva York, 30.09.1923), quien por entonces todavía no se dedicaba a la literatura y venía trabajando en distintos oficios y empleos, fue incluido por el macarthismo en sus "listas negras", bajo la excusa de una supuesta -y falsa, tal como se comprobaría posteriormente- adscripción al partido comunista. Por ello, hubo de sufrir persecuciones  durante la llamada “caza de brujas”, ante lo cual decidió emigrar a Francia primero, y a Inglaterra después.


En esos países, Osborn se desempeñó con bastante éxito como guionista, director de televisión y adaptador cinematográfico; hasta que en 1974 publicó su primera novela: Temporada de caza (Open Season en el inglés original), que rápidamente alcanzó gran suceso, y a la cual siguieron: El último papa (The Lost Pope), la trilogía protagonizada por su personaje Margaret Barlow: Asesinato en el viñedo de Martha (Murder on Martha’s Vineyard); Asesinato en la bahía de Chesapeake (Murder on the Chesapeake Bay) y Asesinato en el valle de Napa (Murder in the Napa Valley), Amor y traición (Love and Treason), La decisión francesa (The French Decision), La torre de cristal (The Glass Tower), y Jessica y el caballero Cocodrilo (Jessica and The Crocodile Knight).
Actualmente, Osborn vive en una zona rural de Connecticut junto a su esposa Robin Wagner, una ex bailarina (sí, como puede usted comprobar, continúo empecinado en ignorar y resistir las nuevas reglas caprichosamente establecidas por la RAE; así que seguiré escribiendo tal como me enseñaron en la sacrosanta escuela sarmientina: separando el prefijo ex de la palabra base), y su perro.


La trama gira en torno a Art, Greg y Ken, quienes son amigos "desde siempre", antiguos compañeros de colegio, y habían combatido juntos en Vietnam. Los tres son ahora exitosos hombres de negocios, aún jóvenes, de sólida posición económica y, en apariencia; respetables ciudadanos, íconos de eso que llaman american way of life. Todos los años, al abrirse la temporada, se dirigen a una cabaña cuya propiedad detentan, con el propósito de practicar esa maldita aberración que los estúpidos designan como "cacería deportiva" (?). Sin embargo, esos tres hombres distan mucho de ser lo que parecen; pues en la realidad efectiva son psicópatas que secuestran personas y abusan de ellas en el marco del desenfreno orgiástico más inimaginable, para después soltarlas y salir a cazarlas por los bosques. 
Pero esta vez, las cosas no saldrán como lo habían planeado. Quedará en evidencia la impostura de esa lealtad incondicional que entre ellos presuntamente existía, dejando aflorar lo que subyace bajo una mascarada de empatía y viril amistad: la envidia, los celos, la homosexualidad reprimida y la pesada insatisfacción de sus existencias. El extravertido y despectivo Ken -quien se burla del descomunal tamaño del pene de Greg y arrastra la frustración de un matrimonio que en secreto, planea deshacer para escaparse a México con alguna fémina complaciente, disconforme con su esposa pues ésta "sólo" ha accedido a la transgresión del desnudo en público, pero se ha negado a ir más allá, hasta las prácticas de swinging y sexo grupal en las que desea su marido que incursione la pareja de modo de mitigar el tedio que ya se le antoja insoportable- mantiene una sorda, disimulada, lucha por el "liderazgo de la manada" con el frío, reconcentrado y calculador Art, quien a su vez se empeña en ocultar un latente deseo homosexual; mientras que ambos consideran poco menos que un imbécil al grandote Greg, quien es una aceitada máquina de matar. Y terminarán por ser ellos mismos quienes se conviertan en las presas de un cazador implacable en su terrible eficacia.
Temporada de caza es una novela crudelísima, que impacta brutalmente en la sensibilidad del lector llevando al paroxismo el suspenso, el horror y el espanto.
Durante el mismo año de su primera edición (1974, como consigné precedentemente), esta novela fue llevada al cine en la película homónima, dirigida por Peter Collinson bajo guión del propio David Osborn, y con Peter Fonda, Alberto de Mendoza, Richard Lynch, Helga Line, John Philip Law y Cornelia Sharpe en los roles protagónicos.



Ah, y de yapa le dejo una perlita en forma de hecho anecdótico: el segundo episodio en la edición del año 2012 de Treehouse of Horror XVI (La casita del horror XVI para nosotros los iberoamericanos) de la serie televisiva Los Simpson, titulado Survival of the Fattest (Supervivencia del más gordo), es una parodia de la novela de Osborn.


-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 25 de agosto de 2016

PERICO, EL BAILARÍN




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cielo, mi cielito lindo,
danza de viento y juncal,
Prenda de los tupamaros,
flor de la Banda Oriental.
Con Venancio Benavides
y Perico, el bailarín,
saldremos a chuza y bola,
a gatas suene el clarín.
(Cielo de los tupamaros, Osiris Rodríguez Castillos)

Este cielito, compuesto por ese extraordinario músico popular que fue Osiris Rodríguez Castillos, hace mención a un personaje conocido como Perico, el bailarín, cuya figura histórica es muy popular en el Uruguay y en el sur del Brasil, pero prácticamente desconocida en la Argentina y en Chile; a pesar de que se trata nada menos que de un héroe de la Independencia Americana.
La composición musical (bellísima) de don Osiris, menciona en su letra como tupamaros a Venancio Benavides y a Perico, el bailarín; pero éstos no eran estrictamente “tupamaros”, ya que así llamaron (por Túpac Amaru) las autoridades coloniales españolas, más precisamente; el comandante de la escuadra en Montevideo, un tal brigadier José María Salazar -que se opuso al reconocimiento de la Junta formada en Buenos Aires durante la Revolución de Mayo, por motivos tan “ideológicos” como el de alegar que la misma había dispuesto la reducción de “los sueldos de los oidores y mañana harán lo mismo con los de los marinos” (o sea, un eufemismo para no referirse directamente a su preocupación por el sueldo… de él mismo)-, a los patriotas montevideanos, es decir, a los patriotas urbanos, no a los rurales, entre los cuales se hallaban Venancio Benavides y “Perico, el bailarín”. El conato de revolución montevideana de los llamados “tupamaros”, sería sofocado el 12 de julio de 1810 por este Salazar y sus esbirros. 
No obstante lo enunciado precedentemente, quedó instalada en el imaginario popular uruguayo la costumbre de llamar generalmente “tupamaros” a todos los patriotas de la Banda Oriental de ese período 1810-1811, sin distinguir entre los de la ciudad y los de la campaña.
Desechemos a Venancio Benavides, ya que su actuación en el bando patriota duró casi una nada; porque poco después se pasaría nuevamente a los realistas, y concentrémonos en “Perico, el bailarín”.
El así apodado, era un gaúcho brasilero que se llamaba en realidad Pedro José Vieira Fernandes (que después, con el transcurrir del tiempo, se convertiría para la historiografía rioplatense, en Pedro José Viera y Fernández, apocopado luego en Pedro Viera, y como tal, lo mencionaré de aquí en adelante).
Pedro Viera había nacido circa 1779 en Viamão, una población de Río Grande do Sul, en el Brasil, de padres nativos de la misma zona y descendientes de familias procedentes de las islas Azores. Siendo casi un adolescente aún, se marchó de su casa familiar y se dedicó a las tareas rurales en el espacio geográfico comprendido por Río Grande do Sul, Santa Catarina y la Banda Oriental, desempeñando los oficios de peón, arriero, capataz (y muy probablemente, de contrabandista). En sus andanzas por esas inmensidades, conoció a  José Artigas. Alrededor de 1805, el trashumante Pedro Viera, ya convertido en un hombre vastamente conocido y respetado en la campaña oriental, ámbito en el que había logrado un bien ganado prestigio (poseía una irresistible simpatía personal, gran generosidad, notable don de gentes, y a la vez; era osado, corajudo, y sobre todo, muy diestro y rápido en el manejo del cuchillo), se aquerenció en Villa Soriano, donde en 1809 se casaría con Juana Chacón Alvarez.
Allí recibiría, al igual que el precedentemente citado Venancio Benavides, la comunicación de Artigas en la que éste le informaba que el 15 de febrero de 1811 había dejado su puesto de capitán español de blandengues, para ponerse al servicio de la causa patriota encabezada por la Junta de Buenos Aires.
Inmediatamente, Viera y Benavides convocaron en nombre de Artigas al gauchaje oriental de Mercedes y Soriano, y el 28 de febrero de 1811, ambos, junto a Francisco de Haedo, con más el apoyo de un grupo de blandengues al mando del teniente Ramón Fernández; se constituyeron en referentes de esas masas rurales, en el suceso que pasaría a la historia como el Grito de Asencio. Al respecto diría Artigas: "Desde mi arribo a Paysandú dirigí varias cartas a los sujetos más caracterizados de la campaña como de la ciudad de Montevideo… los que se ofrecieron con sus bienes y todas sus facultades a impulsarse en obsequio de nuestra sagrada causa".
A Pedro Viera -uno de los principales entre los “sujetos más caracterizados”, como los llamaba el propio Artigas en su carta (y también el texto del Plano de Operaciones al cual se ajustaría la Junta de Buenos Aires, redactado por Mariano Moreno y Manuel Belgrano)- se lo conocía popularmente en la campaña como Perico, el bailarín, por varios motivos: su locuacidad, lo que llevaba a considerarlo tan parlanchín como un loro (o un “perico”); su primer nombre de pila, Pedro (así como a los José se los llama Pepe, o a los Francisco se les dice Pancho; a los Pedro es muy común que los apoden Perico); y lo de “el bailarín”, por supuesto como no podía ser de otra manera, era por sus dotes de eximio zapateador y danzarín.
En el proceso revolucionario de la Banda Oriental, Pedro Viera (quie, dicho sea de paso, había tenido algunos roces y diferencias con Artigas) llegaría al grado de coronel, y posteriormente, se integraría en ese carácter al Ejército de los Andes al mando del general San Martín, participando en la batalla de Chacabuco.
Y de hecho, los festejos dispuestos por San Martín luego del triunfo, en medio del delirio del pueblo chileno, exultante por la victoria, fueron organizados por Pedro Viera, quien fue el bastonero de los muchos pericones (la danza conocida como pericón, tomó su nombre del bastonero que la dirigía, al que se llamaba precisamente, el perico) que se bailaron en los 3 días subsiguientes al suceso bélico.
Posteriormente, Perico, el bailarín seguiría guerreando, al mando del otro Libertador: Bolívar.
Nada más se sabría de Pedro Viera una vez finalizada la Guerra de la Independencia Americana, hasta que en 1835, producida en Río Grande do Sul la Revolución Farroupilha en contra del imperio, y la proclamación de la República Juliana; nos reencontramos con Perico, el bailarín, combatiendo del lado de los farrapos contra los caramurús imperiales.
Pedro Viera -se cree y acepta generalmente por tradición oral (no hay respaldo documental)- murió en 1844, en sitio ignorado, en fecha no precisada y en circunstancias desconocidas. 
Vaya este emocionado recuerdo a Perico el bailarín, oficial de Artigas, San Martín y Bolívar, y guerrero de la Patria Grande.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 19 de agosto de 2016

LA FOTO "TRUCHADA" DEL ZORRO




FOTOGRAFÍA DE JULIO A. ROCA SUPUESTAMENTE DEDICADA DE SU PUÑO Y LETRA A SEVERO CHUMBITA

Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El historiador Hugo Chumbita recoge y hace suya una versión que afirma que tras la detención -en octubre de 1871 (y justo en martes 13)-, juicio y condena del coronel chachista-varelista Severo Chumbita (antepasado suyo) y posterior indulto por parte del presidente Nicolás Avellaneda en 1877; Julio A. Roca le habría mandado a través de un emisario, esta foto suya con dedicatoria, y una invitación para que "bajara a Buenos Aires a los fines de conferirle un grado militar y resarcirlo de los desmanes que sufrió en su hacienda" (sic).
También sostiene dicho historiador que el montonero rechazó altivamente el ofrecimiento contestando: "Si él quiere verme, a la misma distancia estamos" (sic). 
A partir de que Chumbita publicó eso -en la revista Todo es historia (sí, la fundada por Félix Luna, y dicho sea de paso; precisamente un antepasado y homónimo de éste, había sido el fiscal que pidió la pena de muerte para Severo), en su edición de octubre de 2012-, otros historiadores lo reprodujeron, y encima; alguno agregó suposiciones de su propia cosecha, como por ejemplo, la de consignar que la foto es "de 1870".
Por mi parte afirmo que: 1) la foto no es "de 1870" (ni tampoco de los tiempos en que el Zorro luchó contra los montoneros, aclaro, por las dudas); sino que está tomada casi diez años después, cuando Roca era ministro de Guerra del presidente Avellaneda (1878-1879), y 2) que la letra de la dedicatoria no es la suya (y más aún; ni siquiera es parecida).
¿Significa eso que la afirmación de Hugo Chumbita de que Roca, después de haberlo combatido, quiso favorecer a Severo luego de haber sido éste indultado es un completo delirio (tal como lo es ese disparate suyo de "San Martín hijo de Diego de Alvear y Rosa Guarú")? 
Y... no, no necesariamente; porque cabe dentro de lo posible que el Zorro le haya tendido un puente al riojano (después de todo, no hay que olvidar que Roca hizo indultar por el presidente Evaristo Uriburu a Ignacio Monjes, quien había atentado contra su vida, y no solamente eso; sino que además, hasta le consiguió trabajo).
Pero una cosa es admitirlo como posibilidad (posibilidad, dije; no probabilidad), y otra muy distinta aseverarlo tajantemente y sin asomo de duda como hace Chumbita, sin tener prueba alguna que respalde su afirmación.
En fin, seguí participando, Chumbita; capaz que alguna vez, uno de esos tantos tiros que tirás sin ton ni son, te sale al arco y zas ¡gol!
Ah, casi me olvido de esta ironía del destino: Roca asumió como presidente de la República el 12 de octubre de 1880, y ese mismo día, Severo Chumbita moría en Miraflores, La Rioja.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 12 de agosto de 2016

LA PARTICULARES




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los cigarrillos Particulares eran elaborados por la tabacalera Manufactura de Tabacos Particular Virginio F. Grego, fundada el 31 de julio de 1922 y que funcionaba en un local ubicado en el número 2902 de la calle Provincias Unidas (la actual Juan Bautista Alberdi) en la ciudad de Buenos Aires. La pequeña empresa fabricaba cigarrillos con las marcas Articulares, As de los Ases, Diferentes, Mirlo Blanco, Mosca Blanca, Samaritana y Tres Muchachas; además de la que mayor popularidad cosecharía: Particulares.
El industrial y filántropo chivilcoyano Virginio Francisco Grego fue un emprendedor de ideas muy avanzadas. Proyectó elaborar, en su pequeña industria independiente (de allí lo de Particular en la razón social de la empresa), un cigarrillo que despertara en quienes lo fumaran, la sensación de pertenencia a un círculo especial. Les puso "Particulares", porque quienes los fumaban eran hombres particulares, que se distinguían de los demás, a punto tal; que el diseño del logo, de la marquilla y del formato del paquete, fueron objeto de minuciosos estudios y análisis.
Grego obtuvo un gran éxito, y más temprano que tarde, sus cigarrillos, que al principio se fabricaban por encargo y se adquirían directamente en su pequeña fábrica; se popularizaron y empezaron a venderse masivamente. El local en que funcionaba en los comienzos, pronto quedó demasiado chico, y la empresa hubo sucesivamente de trasladar su actividad a plantas situadas en Cachimayo 98, Catamarca 272, Uspallata 2172; hasta su ubicación definitiva en Dr. Luis Beláustegui 2701.
Los Particulares venían en paquetes de diez cigarrillos y se hacían en tres variedades de tabaco negro: los Ultra Finos marquilla fondo blanco con letras coloradas, y los Ultra Finos marquilla fondo blanco con letras verdes (siendo distintos los tipos de tabaco utilizados en uno y otro caso); y los Extra Livianos, marquilla fondo blanco con letras negras. Y también se producían los Hebras Rubias. Todos tenían el mismo precio de venta al público.







Posteriormente, la marquilla de letras verdes quedó para la versión Livianos.


En 1927, don Virginio Francisco Grego decidió solventar económicamente una iniciativa del profesor Arturo Mañé, orientada a la creación de una Escuela para Adultas, en lo que es hoy el Instituto que lleva su nombre y funciona en la avenida Directorio 2220 de la ciudad de Buenos Aires. 
En los años 30 y 40, la Manufactura de Tabacos Particular Virginio F. Grego (que se convertió en sociedad anónima a partir de enero de 1940), elaboraba también, además de Particulares; las popularísimas marquillas Gavilán (aquella de la famosa propaganda radial en los partidos de fútbol: "Fume cigarrillos Gavilán, buenos de punta a punta") y La Tecla, entre varias otras, como por ejemplo: Condal Especiales y Condal Boquilla de Oro (antes elaborados por Manufactura Condal de Fernando Sanjurjo), Diferentes, Orejanos, Rebeldes, Rubricados, Signo, Zorzal, etc.











Cuando empezaron a producirse cigarrillos con filtro, el paquete con letras verdes pasó a llamarse Particulares 30, y tiempo después salió el paquete marrón y rojo, el de Particulares 33.



La empresa popularmente llamada "la Particulares", fue una de las primeras de nuestro país en disponer la creación de un moderno consultorio médico para su personal, de un club con biblioteca y sala de reuniones para el mismo, y de una guardería para sus hijos.














En 1969, la compañía Particular, que había enfrentado tenazmente -y con éxito- a los trusts extranjeros (lo cual se traslucía incluso en sus publicidades, tal como puede usted, estimado lector, apreciar en algunas de las imágenes de arriba); no pudo continuar resistiendo los intentos de absorción por parte de las poderosas tabacaleras foráneas, y fue vendida a la multinacional de capitales alemanes Reemtsma.



Y ya en 1979, se fusionó con la Massalin & Celasco (que había sido previamente absorbida por la Philip Morris International), conformándose así la actual Massalin Particulares S. A.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 7 de julio de 2016

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Últimamente, los argentinos hemos sido llevados a asistir a una especie de revival del proyecto monárquico (en cuanto a recuerdo y abundante mención mediática del mismo, me refiero) sustentado por Belgrano en 1816.
El adalid de nuestra independencia residía por entonces en dicha ciudad y fue recibido en sesión secreta el 6 de julio por los congresales, que se abocarían a partir del 12 del mismo mes a tratar la cuestión forma de gobierno. Es archisabido que en esa oportunidad, Belgrano (que había vuelto de Europa poco antes) abundó en detalles acerca del desprestigio en el que por entonces había caído la Revolución Americana en el concepto de las naciones europeas, y en consideraciones referidas a las restauraciones monárquicas acaecidas en el Viejo Continente. También habló de otros temas, como el de que los preparativos bélicos de los portugueses estaban dirigidos a prevenir la expansión del artiguismo (la infección del territorio del Brasil, dijo). Y propuso como forma de gobierno una "monarquía constitucional a la inglesa" (paradojalmente, pues es de hacer notar que Inglaterra no tenía constitución escrita; pero la expresión se utilizaba para describir a una monarquía no absolutista), cuyo trono debía, a su juicio, ocupar alguien perteneciente a la "dinastía de los Incas".





Declarada que fue la independencia el 9; el 12, como cité precedentemente, se daría inicio al tratamiento de la forma de gobierno, existiendo en principio amplio consenso en favor de lo que se dio en llamar monarquía temperada en la dinastía de los Incas.
En definitiva, diversos factores  (entre otros, la invasión portuguesa a la Banda Oriental, la oposición de no pocos de los congresales, la feroz crítica de un sector de la prensa porteña y la descalificación por parte de Rivadavia) hicieron que el proyecto no se llevara adelante. 
Actualmente, una pléyade de “sabios” historiadores se está dedicando (con una enjundia que resultaría más efectiva si la aplicaran al sano ejercicio de inducir raciocinios propios) a poner de relieve la figura histórica de quien ellos consideran que era el candidato en quien pensaba Belgrano para el trono: Juan Bautista Túpac Amaru (o Tupamaro, como algunos lo escribían por esa época, y como se estipula en el Registro de Inhumaciones), un medio hermano de José Gabriel Condorcanqui que había sobrevivido a las atroces ejecuciones de Cuzco en 1781, permanecía prisionero de los españoles en Ceuta (hasta su liberación entre 1821 y 1822 durante el interregno liberal) y arribaría a Buenos Aires en 1822 o 1823, muriendo allí el 2 de setiembre de 1827, siendo sepultado en el cementerio de La Recoleta.


En una remake de esos accesos febriles colectivos que de tanto en tanto nos acometen a los iberoamericanos y en especial a los argentinos, se despertó súbitamente el interés por Juan Bautista Túpac Amaru, cuyo tratamiento histórico hasta hace cuatro o cinco años nomás, había quedado circunscripto prácticamente a Eduardo Astesano y su Juan Bautista de América. El Rey Inca de Belgrano, editado allá por los años 70. 
Entre los principales fogoneros "actualizadores" figuran, por ejemplo y entre otros, el inefable Hugo Chumbita (el propulsor del mito -ridículo- según el cual San Martín no era hijo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras, sino de Diego de Alvear y Rosa Guarú); Osvaldo Bayer -que desafortunadamente, luego de la meritoria investigación histórica que volcara en su excelente libro Los vengadores de la Patagonia trágica (después reeditado con el título trocado en La Patagonia rebelde), quizá nublado por sus convicciones ideológicas; no pudo persistir en la buena senda ("buena senda" en cuanto a historia, quiero decir) y entonces incurre en lamentables excesos como esa fobia hacia Roca, quien en modo alguno fue el monstruo genocida de indios que se empeña en pintar y denostar)-; Araceli Bellota -la que oficiaba de coequiper de Pacho O'Donnell en el (felizmente) extinto instituto “histórico” Dorrego), y que después, merced al “mérito” de haber escrito un librejo en el cual equipara a Evita con la ex presidente Cristina Fernández, fue designada en la dirección del Museo Histórico Nacional, nada menos (¿qué sabrá el chancho de barcos, si nunca fue marinero?); etc.
Pero quien se lleva todas las palmas en materia de delirios, es la peruano-salteña Katia Gibaja, quien muy suelta de cuerpo afirma que:
Juan Bautista Túpac Amaru no fue liberado por los españoles en 1821 o 1822, sino ¡en 1813!, según ella, porque "en 1813 llegó allí el padre Marcos Durán Martel, que lo ayudó a conseguir su libertad y lo embarcó rumbo a Buenos Aires". Y no se detiene en eso la fértil imaginación de esta señora; ya que también sostiene que "cuando Túpac Amaru llegó a Buenos Aires conoció en persona a Belgrano, San Martín e incluso debió conocer a Güemes", lo cual lo convertiría nada menos que en "uno de los principales ideólogos del proyecto libertario que se gestó en Argentina". 

Dice Gibaja que todo esto lo sabe por haber leído el libro de memorias que (según Mitre) a pedido y bajo el patrocinio y apoyo económico de Rivadavia, habría escrito el Inca en Buenos Aires: El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú. Pero ni la Gibaja ni nadie, explica por qué motivos a un figurón ostentoso y pagado de sí mismo como Rivadavia (por entonces, ministro de Martín Rodríguez), tan opuesto en 1816 al proyecto belgraniano de monarquía incaica, se le podría haber ocurrido sostener con una pensión gubernamental a Juan Bautista Túpac Amaru. 
Digamos, siendo buenos, que entre la evidencia histórica y los divagues de Katia Gibaja hay una distancia insalvable. Veamos, si no.
El fraile agustino Marcos Durán Martel, de oficio carpintero, había sido uno de los que propulsaron y encabezaron la insurrección de Huánuco, en el Perú, en febrero de 1812. Juzgado por rebelión, fue condenado a 10 años de servicios en el real ejército español, a cumplir en la terrible fortaleza-prisión norteafricana de Ceuta (donde conoció a Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba asimismo preso allí, como he señalado). En 1820 comenzó en España el llamado Trienio Liberal, de resultas de la política del cual en diciembre de 1821 fue amnistiado y consecuentemente liberado de su cautiverio. Todo esto consta en los documentos que se conservan en el Archivo de Indias. Como pude apreciarse fácilmente, tan sólo en los intrincados laberintos oníricos de Katia Gibaja habría podido fray Martel Durán embarcar al Inca "rumbo a Buenos Aires" en 1813.
En fin, comprobamos así cómo, aún con objetivos, puntos de vista y posiciones ante la historia claramente diferenciados, utilizando los mismos (nocivos y perjudiciales) "métodos" y "herramientas", pueden arribar a idénticos resultados (la mentira y el mito) supuestas antípodas como Mitre, por un lado; y Chumbita, Gibaja y etcéteras por el estilo, por otro. El eslabón que los une es el aferrarse como práctica habitual a la manipulación de la heurística de modo de hacerla servir a los paradigmas de los cuales parten. Si los documentos y los hechos se dan de patadas con lo que se pretende sostener, no importa; sencillamente ellos los desechan, los ignoran, los esconden o desaparecen y ya está: se alteran las fechas, atrasando o adelantando el reloj de la historia según convenga a lo que quiere erigirse en verdad histórica, y "listo el pollo". Pero mejor dejemos enhorabuena a esta constelación de "sabios" debatiéndose y naufragando en el océano de sus mentes calenturientas, y volvamos al proyecto de monarquía incaica del ínclito general Belgrano.
¿Era efectivamente Juan Bautista Túpac Amaru en quien había pensado Belgrano para sentarlo en el trono que a la faz del mundo habría de alzarse en el Cuzco?
Es difícil (y a menos que aparezcan documentos hasta hoy desconocidos; será imposible) saberlo. El General no hizo nombres cuando expresó su proyecto, ni públicamente, ni en cartas privadas, como afirman irresponsablemente algunos; sin especificar a cuáles "cartas privadas" se refieren ni dónde se hallan las mismas.
Estimo pertinente resaltar que no es cierto lo que sostienen los actuales fogoneros mediáticos y politiqueros del asunto, en el sentido de que Juan Bautista Túpac Amaru era el "único" sobreviviente de la familia de José Gabriel Condorcanqui atrozmente ejecutada en 1781 en el Cuzco.
Al respecto, señala apropiadamente José María Rosa: "Tupac-Amaru tenía un hermano, ya casi octogenario, preso en los calabozos de Cádiz, y parientes en su confinamiento de Tinta" (subrayado mío).Y treinta años después de los sucesos, Tomás Manuel de Anchorena, recordando su participación en la cuestión como diputado por Buenos Aires al Congreso -y olvidado de su original (bien que efímero) apoyo a la propuesta belgraniana-, le escribía el 4 de diciembre de 1846 a su primo Juan Manuel de Rosas, contándole que el general Belgrano, preguntado por los congresales en aquella sesión secreta del 6 de julio de 1816 con respecto a quién sería el candidato a ocupar el trono; les respondió que "a su juicio particular debíamos proclamar  la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco" (subrayado mío). Ergo, está claro que para Anchorena, en quien había pensado Belgrano no era precisamente Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba preso en Ceuta o en Cádiz, y que a menos que tuviera el don de la bilocación, obviamente no podía ser a la vez el que "existía en el Cuzco". Aunque por supuesto, debe tenerse en cuenta que, más allá de la voluntaria o involuntaria tergiversación en lo que hace a su actuación personal en el tema, pasados nada menos que treinta años; la memoria -sea la de Anchorena o la de cualquiera- bien pudiera tener algún fallo. De todos modos, no deja de ser un indicio más.Al cual, dicho sea de paso, adhiere Vicente Fidel López, que en su Historia de la República Argentina dice: "el proyecto de erigir como casa reinante a la familia de los incas, de la que se decía que andaba por el Perú un indio viejo que era vástago genuino y notorio de Túpac-Amaru, aquel que en 1782 había sido destrozado a cuatro caballos en el Cuzco" (subrayado mío). Incurre López en un par de errores, quizá porque como es sabido, escribió su Historia basado en los relatos orales de su ilustre padre, don Vicente López y Planes: consigna equivocadamente como año de las ejecuciones de Cuzco a "1782", cuando en realidad, esas tuvieron lugar en 1781; y reputa como de edad avanzada a alguien que, en caso de ser efectivamente "vástago de Túpac-Amaru", no podía bajo ningún punto de vista ser considerado en 1816 como "un indio viejo", toda vez que andaría frisando en los 40 o 45 años a lo sumo).
Por otra parte, la dinastía del Inca no se circunscribía sólo a la familia de Túpac Amaru; había, por ejemplo, en España miembros de la nobleza incaica, como ser Dionisio Inca Yupanqui, coronel del Regimiento de Dragones del Real Ejército Español y diputado a las Cortes de Cádiz, quien desde muy joven había sido enviado desde el Cuzco a estudiar al Colegio de Nobles de Madrid, y a quien le cabría una destacada actuación en la llamada Guerra de la Independencia española contra los franceses.
Es sugerente que el cónsul general y encargado de negocios de Inglaterra ante la corte de Río de Janeiro, sir Henry Chamberlain, escribiera el 29 de agosto de 1816 desde el Brasil a su jefe en el Foreign Office, el ministro inglés Henry Robert Stewart, vizconde de Castlereagh, anoticiándolo acerca de las deliberaciones del Congreso en Tucumán: "La persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial del Ejército Español que actualmente se encuentra en España, si es que no está en Madrid mismo". Quien pasó el dato a Chamberlain, tuvo que haber sido Manuel José García, quien por esa época estaba en Río de Janeiro incitando a los portugueses a invadir la Banda Oriental, lo cual éstos, efectivamente, habrían de verificar.
¿Podemos, si queremos proceder seriamente al análisis de esta cuestión histórica, desechar la consideración aunque más no sea como un indicio, de un documento que proviene nada menos que de la siempre bien informada y eficaz diplomacia inglesa? En mi opinión, no, no podemos; debemos necesariamente tomarlo en cuenta. No pretendo significar que esto compruebe que el candidato del general Belgrano al trono incaico fuese Dionisio Inca Yupanqui, para nada; digo simplemente que es uno más de los tantos elementos que demuestran que de ninguna manera puede aceptarse más allá de toda duda que hubiera pensado sí o sí en Juan Bautista Túpac Amaru.
Particularmente, sigo al presente inclinado a inferir como la hipótesis más plausible, la que hace tiempo induje: que Belgrano, en el Alto Perú y en 1813, debe de haberse anoticiado, ya sea por haberlo conocido en persona o por mentas que le llegaron, de la existencia de algún integrante de la dinastía incaica, y que en él era en quien pensaba cuando elaboró su proyecto. Y además, creo que lo concibió (no como proyecto realizable en esos momentos y esas circunstancias, pero sí como idea) ya en ese año de 1813 y no en 1816 como todo el mundo tiene por válido sólo porque fue en ese año que el General lo dio a conocer.
Hay un elemento muy importante que -llamativamente- no es tenido en cuenta: La Memoria póstuma ó acontecimientos en la vida Pública del Cor.l D.n Ramon de Cazeres. Este militar oriental tuvo activa participación en la política del Plata entre 1812 y 1852, y escribiría, a solicitud de Andrés Lamas, sus memorias, las cuales dedicó a éste. Respecto al tema que nos ocupa, dice Cazeres:
"Mis opiniones estaban entonces de acuerdo con muchos de los 1.os hombres de la Rebolucion: D.n Jose Artigas nos habia mostrado algunas veces una carta de D.n Man.l Belgrano, escrita desde Sta. Fee, (hay aquí una llamada '[8]', a una nota de pie de página, la cual reza: 'me parece q.e en el año 13') diciendole q.e le parecia no podria constituirse la America del Sud, sino bajo la forma de una monarquia constitucional, proyectaba se buscase un descendiente de los Yncas p.a coronarlo, y conciderandole hombre sin educacion y sin talentos, proponia la formacion de una regencia, en la q.e. tendrian parte los hombres mas ilustrados, y q.e mas hubiesen trabajado en la rebolucion; Ese docum.to yo creo que no está perdido, y q.e ha de ver la luz un día." (sic). El texto es la transcripción fiel de lo escrito por el autor, sin correcciones gramaticales ni ortográficas.
Cazeres sitúa la carta como escrita desde "Sta. Fee", es decir, Santa Fe, en 1813; pero acota en relación al año: "me parece". No debe haber sido de 1813, ya que ese año Belgrano no estuvo en Santa Fe; sino de 1814 (en cuyo caso, tampoco debería estar emitida desde esa ciudad), en que se produjo su intercambio epistolar con Candioti acerca de la situación de Santa Fe y la Banda Oriental y la mediación que a éste le había encomendado Posadas (ver mi artículo al respecto en este ENLACE); o bien de 1816, cuando tuvo que marchar a hacerse cargo del Ejército de Observación.
Y de paso, el testimonio de Cazeres me reafirma en mi creencia de que el Inca en quien pensaba Belgrano no eran ni Juan Bautista Túpac Amaru ni Dionisio Inca Yupanqui (hombres cultos ambos, sobre todo, el segundo); sino algún otro que desconocemos, alguien que, como afirma el oriental que se estipulaba en la carta dirigida a Artigas, no poseía considerables educación y talentos.
¿Se hace perceptible como se va clarificando la cuestión? Así, vemos al general Belgrano tendiendo un puente hacia la postura ideológica del general Artigas, procurando -en vano, porque éste utilizaba la carta para ejemplificar ante sus oficiales lo distantes (y en efecto, así era, por desgracia) que estaban un punto de vista del otro- convencerlo de que la tesis de la monarquía incaica a la que le proponía adherir, era una concepción superadora tanto del centralismo directorial que se había demostrado egoísta, sectario y exclusivista; como de la anárquica confederación de provincias con sus localismos mezquinos y disolventes.
Para 1816, transcurridos ya seis años de revolución, el panorama distaba mucho de ser halagüeño. Las Provincias Unidas, que de esa presunta condición de unidad sólo conservaban el nombre, estaban partidas en dos bloques antagónicos: por una parte, las que componían la Liga Federal, es decir la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y las Misiones; y por otra, las que giraban en la órbita del Directorio, o sea Buenos Aires, Salta (de la cual dependía Jujuy), Tucumán (de la cual eran sufragáneas Santiago del Estero y Catamarca), Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis), y el Alto Perú. Córdoba se mantenía en un precario equilibrio entre ambas posturas.Declarada que fue el 29 de Junio de 1815 en el marco del Congreso de Arroyo de la China la independencia por parte de las provincias nucleadas en los Pueblos Libres (con más la asistencia de Córdoba); las que respondían al Directorio se aprestaban a hacer lo propio en el que se había convocado en Tucumán (que contaría también con la adhesión de Córdoba). 
Y por cuanto ya resultaba evidente que ninguno de ambos bloques tenía la capacidad de imponerse al otro; se había alcanzado una virtual situación de stalemate que amenazaba con asfixiar a una revolución que se debatía entre los egoísmos y la prepotencia sectaria de los directoriales; y los mezquinos localismos anárquicos de los federales.
Para salir de ese brete alevoso, se precisaba de una propuesta superadora, equidistante de ambas posturas, y fue entonces que, una vez más y como siempre; surgió el genio portentoso del gran ideólogo y nervio motor de la revolución: el general Manuel Belgrano, con su proyecto de monarquía incaica con trono asentado en el Cuzco.


El mismo, a la vez que reflotaba uno de los principios más caros a la Revolución de Mayo expresado en versos de la canción patria, prefiguraba no sólo la unidad del ex virreinato del Río de la Plata; sino además la integración política con el del Perú, la ex Capitanía General de Chile y el sur del Brasil, y además; al ser inclusivo, multiétnico y prever una regencia ejercida por una aristocracia con auténtico sentido nacional, sintetizaba los postulados sociales más relevantes tanto de los sostenedores del federalismo, como de los directoriales.
Inmediatamente, los intereses en pugna de unos y otros se pusieron en juego para abortarlo. Frente a la grandeza de la propuesta belgraniana se alzaron las pequeñeces de la politiquería vernácula, obediente tanto a los dictados de ultramar como a la estrechez de miras de los localismos ridículos. Había sólo un Belgrano, sólo un San Martín y sólo un Güemes, y la golondrina representada por ellos no bastaba para hacer propiamente un verano que, efímero, se mostró escuálido y poco tórrido ante un largo invierno especialmente gélido, encarnado en tanta mezquindad reinante.
Así las cosas, en el seno del Congreso la moción del diputado Azevedo, originalmente apoyada por la mayoría; naufragaría frente a las trenzas y enjuagues dilatorios de los diputados porteños duchos en componendas, en connivencia con no pocos de sus pares provincianos. 
Para muestra basta un botón, y si no, veamos lo que el congresal José Darregueira, diputado por Buenos Aires, le escribía a Guido en fecha 27 de junio de 1816: "Por cartas contextes recibidas en el correo anterior, estamos convencidos de la necesidad de trasladar el Congreso a ésa (se refiere a trasladar el Congreso a Buenos Aires, como en efecto, se verificó después). Sin embargo, por asegurar el golpe, hemos convenido con algunos diputados que nos son adictos, en suspender la moción hasta que empiecen a llegar las tropas de arriba y el nuevo Director nos ayude desde ahí en la empresa" (subrayados míos).
Por su parte, Rivadavia conseguía infundir dudas en el Director Supremo, Pueyrredón, quien a principios de 1817 le escribía a San Martín: 
"Ayer he tenido comunicaciones de Rivadavia del 22 de febrero último en París. Dice que ha sido recibida con extraordinario aprecio la noticia de que pensábamos declarar por forma de gobierno la monarquía constitucional; pero que ha sido en proporción ridiculizada la idea de fijarnos en la dinastía de los Incas. Discurre con juicio sobre esto, y me insta para que apresure la declaración de la primera parte. Éste ha sido mi sentir, pero no sé si los doctores pensarán de un modo igual". Era ese el mismo Pueyrredón que en carta a Belgrano del 3 de diciembre de 1816, decía a éste: "Me ofrece V. instruirme del enviado al interior a promover las ideas de Inca, Constitución, etc., etc.: si me interesa saber su nombre, dígamelo V. pero si no, omítalo, para no exponerlo al riesgo de un correo".
Y por el lado de los federales la incomprensión no era menor: ya habíamos visto cómo Artigas usaba la carta de Belgrano para ejemplificar a sus oficiales en qué residía aquello a lo que en su opinión, había que oponerse a como diera lugar.
De nada serviría la hermosa proclama del 27 de julio de 1816 del General a las milicias en Tucumán: 
"He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de gobierno que ha de regir la Nación, y he oído discurrir sabiamente en favor de la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación soberana en la casa de los Incas y situando el asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional, tan noble y justo con que aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos".
Sería asimismo otra campana de palo la no menos heroica de Güemes, aquella de:
"En todos los ángulos de la tierra no se oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. ¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la corona? Pelead, pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la provincia de Salta y su jefe vela incesantemente sobre vuestra existencia y conservación".
Resultaría también infructuoso el entusiasta y decidido apoyo del ínclito general San Martín enunciado, por ejemplo, en esta carta del 22 de julio de 1816 a Godoy Cruz:
"Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan una regencia de personas, en el momento que pase de una todo se paraliza y nos lleva el diablo, al efecto no hay más que variar de nombre a nuestro Director y quede un Regente, esto es lo seguro para que salgamos a puerto de salvación".
Un a esa altura ya muy preocupado Belgrano, escribía a Güemes el 10 de octubre de 1816:
"Crea V. compañero que tengo mi ánimo muy afligido y más cuando veo que nuestros sabios reunidos no dan el gran paso que promoví desde que llegué: se contentaron con declarar la independencia, acto insignificante si no era acompañado de la forma de gobierno, pues que ya la teníamos de hecho y después no han dado un paso a constituirnos, dejando a los amigos del desorden en sus mismos caminos y prestándoles oído a sus opiniones tan ridículas, como imposibles de ejecutarse".
Y no otra cosa que deplorable fue el papel que le cupo en la cuestión a cierto sector de la prensa, tal como consignaba el General en carta a Güemes del 18 de octubre de 1816:
"El editor de la Crónica Argentina nos da dicterios y zahiere por el pensamiento de Monarquía Constitucional y del Inca: contra mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que mi conducta e intenciones se dirijan al bien general".
Aquel ya casi dos siglos lejano 1816, el rara vez generoso y siempre apremiante tren de la historia pasó por Tucumán, deteniéndose muy brevemente. Los argentinos, adormecidos en el andén, con la consciencia colectiva obnubilada por tanto estupefaciente consumido en la forma de cantos de sirena, lo dejamos seguir; sin atinar a subirnos a él.
Y desde entonces, aguardamos su regreso.


-Juan Carlos Serqueiros-

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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Fondo Congreso General Constituyente.
Astesano, Eduardo, Juan Bautista de América. El Rey Inca de Manuel Belgrano, Castañeda, Buenos Aires, 1979.
Cáceres, Ramón de, Memoria Póstuma o Acontecimientos de la Vida Pública del Coronel Don Ramón de Cazeres, Revista Histórica, Montevideo, 1959.
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 2, Editorial P.A.D.E.E., Buenos Aires, 1968.
Gianello, Leoncio, Historia del Congreso de Tucumán, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1968.
Güemes, Luis, Güemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979.
López, Vicente Fidel, Historia de la República Argentina, Tomo V, Librería La Facultad de Juan Roldán, Buenos Aires, 1911.
Mitre, Bartolomé, Historia de Belgrano, Tomo II, Ledoux y Cía. - Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1859.
Registro de Inhumaciones del cementerio de La Recoleta.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 3, Editor Juan C. Granda, Buenos Aires, 1965.