domingo, 6 de mayo de 2018

CABARETS DE MONTMARTRE: ABUELOS DE LOS BARES TEMÁTICOS. PRIMERA PARTE






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A Gabriela, mi esposa, con amor. Y gracias por las traducciones del inglés al criollo.

… que en el barrio posta del viejo Montmartre… (Enrique Cadícamo)

Para hallar a los antecesores de lo que hoy conocemos como bares temáticos -como ese que instaló en Etcheverry la Chanchita Rivera y que es mencionado por el Indio Solari en la canción "Tomasito podés oírme? Tomasito podés verme?"-, deberemos buscarlos en aquella Francia de la Belle Époque, y más precisamente, en el parisino barrio rojo de Pigalle, el bastión de la cultura de vanguardia y la bohemia por esos tiempos. Y allí los encontraremos, al pie de la Butte, sobre el boulevard de Clichy. Veamos, si no:
En los números 53 y 55 se alzaban dos cabarets contiguos, separados tan sólo por una pared: Le Ciel y L'Enfer, respectivamente, los cuales abrieron sus puertas ("celestial" una; "demoníaca" la otra) en 1895 o 96 (según algunos; otros afirman que en 1892). Abrían todos los días a las 20,30 hs. y cerraban a las 2 de la madrugada.


En el primero de ellos, Le Ciel, después de trasponer la entrada -pintada de blanco y azul celeste para figurar el cielo-; los clientes ingresaban a una atmósfera que emulaba al Paraíso tal como lo supone el imaginario popular, con nubes, arpas y ángeles.
No había mesas individuales, sino que todos se sentaban ante una sola, larguísima, que se extendía de un extremo a otro de la sala principal y que estaba cubierta por un mantel de inmaculada blancura. Con música sacra de fondo, el maestro de ceremonias que les daba la bienvenida, aparecía caracterizado como San Pedro, portando una enorme llave; y los mozos atendían a la concurrencia disfrazados de querubines, con alas, pelucas rubias y túnicas blancas. San Pedro soltaba una parrafada instando a los clientes al goce del banquete edénico, y mientras éstos comían y bebían, un Reverendo comenzaba a sermonearlos, cuando en eso, irrumpía en escena otro personaje: Onésime, quien tocaba una campana de madera y exhibía al Becerro de Oro que se transformaba en el dios Porcus ante el cual debían postrarse todos para adorarlo. Luego de escuchar a un coro de serafines interpretando salmos (que no eran precisamente muy católicos que digamos), y de asistir a la desvergonzada “confesión” al Reverendo por parte de una damisela (que por cierto, no se mostraba arrepentida en absoluto); eran invitados a pasar a otra sala, en la cual disfrutaban de una coreografía a cargo de vedettes que estaban "vestidas" con mallas ceñidísimas al cuerpo, provocando en el público la sensación de estar viéndolas desnudas. Y mediante un ingenioso efecto de luces y sombras, se creaba en público la impresión de que aquellas angelicales figuras… ¡volaban!
El espectáculo finalizaba al momento de aparecer un personaje encarnando el rol del dios Cronos y esgrimiendo una guadaña, que entre genuflexiones y con una grave voz cavernosa, agradecía a los clientes su visita al cabaret y los despedía augurándoles una larga vida.







Al cabaret L’Enfer, los clientes ingresaban por la boca de un Leviatán representado en el frente del local, que estaba pintado de negro y rojo. La recepción corría a cargo de un personaje llamado, sugestivamente, Mephisto. Este maestro de ceremonias les daba la “bienvenida” a las visitas con un desconcertante: “¡Ah, veo que siguen llegando almas que arderán en el infierno! ¡Pasad, condenados, pasad!”. 
Los conducía hasta las mesas a través de la sala principal, decorada con figuras espantables en relieve, pasando por ante un enorme caldero en el cual se “cocinaba en el averno” alguno de los seis músicos que ejecutaban melodías de la ópera Fausto, de Gounod. Una vez instalados ante sus mesas -todas pintadas de rojo-, los clientes eran atendidos por mozos disfrazados de diablos, que no evidenciaban la menor amabilidad ni mucho menos signos de cortesía, y que sin permitirse esbozar sonrisa alguna siquiera; tomaban los pedidos de bebidas y trascartón, a los gritos, los ordenaban al bar: “¡Marche un vaso de pecado rebosante de azufre!”. Seguidamente, los mozos llevaban a las mesas los tragos, cafés o lo que fuera que se les haya solicitado, y sin prolegómenos de ninguna clase, le presentaban la cuenta al parroquiano y en tono conminatorio le exigían la inmediata cancelación de la misma. Mientras tanto, Mephisto andaba de recorrida por entre las mesas y ante cada una de ellas se detenía a verduguear al cliente y a notificarle los castigos y suplicios que le aguardaban. Así, por ejemplo, si se trataba de una pareja, se dirigía primero a la dama: “¡Ah, maldita bruja! ¿A cuántos hombres habrás condenado al tormento por la eternidad con el hechizo de esa boca tentadora que tienes?”. Y volviéndose a su acompañante, le espetaba: “¡Y tú, necio, pagarás la idiotez de haber sucumbido a las zalamerías de esa desvergonzada! ¡Sufrirás las horribles torturas que un tonto se merece!”. Y si se trataba de un hombre solo, se dirigía a él con fingido tono amable: “Agradezco el honor de su visita, señor. Usted quería evitarme, pero yo hubiera echado de menos su estimadísima presencia. Aquí, con todos estos pecadores, estará usted en perfecta compañía y pagará eternamente por sus faltas y crímenes”.
El show terminaba abruptamente cuando Mephisto, so pretexto de ofrecerles un nuevo espectáculo, conducía a los clientes a otra sala, la cual tenía una puerta que daba a la calle, y los empujaba hacia ella con un: “¡Ea, al horno con todos vosotros, miserables pecadores!”. Y así había transcurrido otra noche en L’Enfer.






Al gran público se le había hecho creer que entre esos dos cabarets existía una marcada rivalidad, una feroz y despiadada competencia. En realidad, no había nada de cierto en esa especie que circulaba popular e insistentemente. Se trataba simplemente de un ardid publicitario -un recurso marketinero, diríamos hoy-; porque la verdad era que ambos establecimientos tenían un solo y único propietario: Antonin Alexander, un ex profesor de literatura devenido en empresario del espectáculo (cuidado: no confundirlo con su coetáneo Le Bruyant Alexandre, pseudónimo por el que cual se conocía al cantante y también propietario de cabarets, Alexandre Ernest Célestin Leclerc). Más aún: era el propio Antonin Alexander quien hacía de San Pedro en Le Ciel y de Mephisto en L’Enfer. Y lejos de disputarse la clientela entre los dos locales; lo más frecuente era que muchos de los parroquianos que concurrían a uno de ellos, recalaran después en el otro.
Permanecieron hasta la década de 1950, cuando la piqueta fatal del progreso (Víctor Soliño dixit) los derribó. En su lugar, se yergue, prepotente y orgulloso, un supermercado de la poderosa cadena Monoprix. Ya ve usted, mi querido lector, a dónde nos conduce la llamada economía de escala.
Sobre la vereda opuesta y ligeramente en diagonal a Le Ciel y L’Enfer, más precisamente en el número 34 del boulevard de Clichy, se situaba el Cabaret du Néant (originalmente establecido en 1892, en Bruselas, Bélgica, con el nombre Cabaret de la Mort, y a los pocos meses trasladado a París y rebautizado como Le Néant por su fundador y propietario, el ilusionista francés Antonin Dorville), cuya temática giraba en torno a nuestra vieja amiga la Parca, y que ofrecía a quienes lo visitaran, sus tenebrosas "Veladas macabras". 
Coincidiendo con el significado literal de su nombre, el frente del local no decía nada (o decía mucho, según la lente con la cual se lo mire): pintado de negro, con las ventanas rectangulares convenientemente oscurecidas hasta cegarlas, una puerta de acceso asimismo negra, y en el dintel, un cartel en letras blancas que rezaba simplemente “Cabaret du Néant”. Nada más. Ni había para qué.
Luego de atravesar un estrecho pasillo en tinieblas, los clientes accedían al ámbito llamado, sugestivamente, Salle d’Intoxication, donde el mismísimo Dorville, ataviado con riguroso frac negro, les daba la bienvenida: “Viajeros, habéis entrado al reino de la muerte; que cada uno de vosotros elija su ataúd” (invitación esa la cual, en efecto, se atenía estrictamente a las circunstancias, pues las “mesas” ante las cuales iban a sentarse… ¡eran féretros!). La luz mortecina provenía de las velas de una araña que pendía del techo, la cual estaba construida con los huesos y la calavera de un esqueleto, y de los cirios colocados sobre las mesas-ataúdes; y la lobreguez del ambiente se extremaba con la “decoración” de las paredes: imágenes de decapitados, horcas, guillotinas, osamentas, escenas con campos de batallas sembrados de cadáveres, carteles con frases extraídas del Hamlet de Shakespeare y con el augurio de la casa para los parroquianos: “Repose en paix”, y hasta un enorme cuadro -el cual puede apreciar usted, estimado lector, en una de las imágenes que están más abajo- en el que aparecía un automóvil de época (postrimerías del siglo XIX o a la sumo principios del XX) conducido por un demonio atropellando ex profeso a los transeúntes.
Los mozos estaban vestidos como empleados de una casa de pompas fúnebres y tomaban los pedidos de los clientes preguntando: “¿Con qué veneno desea usted suicidarse, señor (o señora o señorita)?”.
Seguidamente y ya munidos los parroquianos del tósigo que cada uno de ellos hubiera elegido; entraba nuevamente en escena Dorville (que había cubierto su fúnebre atuendo negro con una especie de hábito similar al de un capuchino) y les soltaba un largo espiche relativo a la muerte, y sobre todo; a la muerte en sus formas más espantosas, que todos debían soportarle paciente y estoicamente. Luego, un personaje vestido como clérigo, les daba una vela a cada uno, y los guiaba hasta la Salle de Désintégration, cuya primera escala era la Chambre mortuaire, en la que un sujeto que hacía de banquero y una damisela vestida de blanco interpretaban el pasaje del primero al más allá. Mientras, un órgano desgranaba la lúgubre pero bellísima Marche funèbre de la Sonata para piano n° 2, de Chopin. 
Por último, se aconsejaba a los clientes que hicieran testamento y se los instaba a prepararse a bien morir, tras lo cual se los hacía descender a un tenebroso y helado sótano. Dorville, “amablemente”, los movía a desistir de quejarse por la gélida temperatura: “¿Tenéis frío? Pensad que más intenso será el de la tumba”. 
Estaba por llegarse al punto culminante de la noche en Le Néant: la visita a la Caveau des Trépassés, donde se colocaba a un hombre -audaz voluntario elegido de entre el público- en un ataúd, se lo amortajaba, y mediante un ingenioso sistema de cristales, espejos y luces… ¡se lo convertía en un esqueleto que iba desintegrándose poco a poco hasta quedar sólo la mortaja! Después, más trucos catóptricos, y entonces los clientes se hallaban en la Caveau des Spectres tristes, donde fugazmente se veía a un fantasma jugando con un conejo blanco que, paradojalmente, derrochaba vida. Y de pronto, las luces se hacían intensas, todo resplandecía y los tétricos muros de la cripta se habían tornado blanquísimas paredes. Pero esa luminosa blancura no era del todo inmaculada; una flecha roja, de la que parecía manar sangre, indicaba a los clientes la salida.
Había concluido la función en Le Néant y era llegada, para algunos, la hora de satisfacer la libido, la urgencia del sexo, de culminar la noche en la amena y sensual compañía de alguna hermosa, pizpireta y desprejuiciada grisette… de Montmartre, claro. Y tal vez, emerger de entre el embrujo de los vapores de absenta al dirigir ambos sus pasos en busca de la reconfortante tibieza de la leche recién ordeñada y la torta crujiente del Moulin de la Galette, mientras Febo anunciaba el milagro del nuevo día en la aurora gloriosa y radiante de la Butte.








El Cabaret du Néant logró sortear la tragedia de la Gran Guerra, pero cerró sus puertas para siempre en la década de 1930.
Y es este el momento, mi querido y paciente lector, de decirle que existía, entre Le Ciel, L’Enfer y Le Néant, un denominador común cuyo nombre, si es usted aficionado al séptimo arte, habrá de sonarle, seguramente: Georges Méliès, pionero, junto a los Lumière, de la cinematografía. A él se debían los espectáculos de ilusionismo que esos tres cabarets artísticos ofrecían al público. Así que le invito a que alcemos nuestras copas y brindemos por las almas de Alexander, Dorville, Méliès y sus colaboradores, que contribuyeron a hacer un poco más felices las noches y menos amarretas las vidas de tantos peregrinos de la bohemia.
Gracias por su amable atención y le propongo que nos reencontremos en algunos días más, para abordar lo que resta de esta historia que versa sobre abuelos de los pubs temáticos. Hasta entonces.

-Juan Carlos Serqueiros-

Continuará
______________________________________________________________________

REFERENCIAS

Baxter, John. Chronicles of Old Paris. Exploring the Historic City of Light. Museyon Inc., Nueva York, 2011.
Claretie, Jules. La vie à Paris 1896. Eugène Fasquelle Éditeur, París, 1897.
Hewitt, Nicholas. Montmartre: A Cultural History. Liverpool University Press, Liverpool, 2017.
Morrow, William C. Bohemian Paris of To-Day. J. B. Lippincott Company, Filadelfia, 1899.
Revista Caras y Caretas, edición n° 2139, 07.10.1939, Buenos Aires.

IMÁGENES

Fotografías de época, tomadas por Eùgene Atget; y souvenirs de los cabarets.