martes, 5 de marzo de 2013

NO ES DIOS TODO LO QUE RELUCE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Tratemos de saber a qué huele, qué fragancia es la del Perfume de la tempestad, con un tema que se las trae. Su letra reza (y nunca mejor aplicado el término):

NO ES DIOS TODO LO QUE RELUCE
(Lux perpetua fuceat eis)

-Solari-

Hay una luz! en esa cruz!
(la luz que los ciegos ven)
Que hiere nuestros ojos
en un lujo fugaz
y no deja mirar
y no hay alivio.
Sonríen todo el tiempo
y se hacen ver
por lo felices que están de sonreir...
Hay un ladrón! En esa cruz!
(actúa en la eternidad!)
Y al pie estás vos tan ciego
jugando al mercader
que ríe en esa estafa
sin pestañar.
Al borde del camino te parás
a rebuznar feliz jodiendo sin flaquear
Esa otra cruz me toca a mí,
(y aquella estrella es mi luz)
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los ciegos ven)
El cielo está tendido
y el infierno servido
y una vez más amor, salvás mi vida
Besame justo antes, por favor
de que mis ojos se cierren al final
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los locos ven)
Voy a bailar llorando
sobre mis propios huesos,
Voy a cambiar de estrella cantando.
Nunca se sabe, puede suceder...
que la vida no termine nunca más.
Y esa otra cruz te toca a vos!
Hacer como que no estoy!
Hay una luz! En esa cruz!
(la luz que los locos ven)
Hay un ladrón! En esa cruz!
(actúa en la eternidad)


"-Bueno... mire... no sé muy bien por dónde empezar". "-Por el principio". (Diálogo en la película Juan Moreira, de Leonardo Favio). Hagámosle, pues, caso a ño Juan Moreira y comencemos por el principio, o sea, por el título. "No es Dios todo lo que reluce" es una alteración del aforismo popular "no es oro todo lo que reluce", de modo que pueda aplicarse como indicador de una respuesta negativa frente a la duda de siempre de todo mortal: ¿hay otra vida después de la muerte?
Y permítaseme aquí una digresión: allá por 2011, mi mujer, psicóloga clínica ella, la lic. Gabriela Borraccetti (que no es precisamente lo que llamaríamos una experta ni mucho menos en los Redondos ni en Solari, y que por entonces ni siquiera conocía esta canción del Indio -es más, debe de estar enterándose que existe recién al leer esto-), utilizó en un artículo suyo: El enojo. Lo que dejamos del lado de afuera, la misma frase elegida por el Indio para título de este tema; pero claro, en otro contexto: "Está penado con comentarios anti ego, cualquiera que se anime a declarar que no todo lo que reluce es dios y compasión", escribió Gabriela en esa oportunidad. Me impactó la coincidencia, tanto, que hasta subí, a principos de 2012, aquella nota de mi mujer a este website
Pero el título tiene un subtítulo, puesto entre paréntesis por el Indio: Lux perpetua fuceat eis, que en latín significa brille para ellos la luz perpetua. Mas ¿quiénes son esos "ellos" para los cuales ha de brillar "la luz perpetua"? Y... ¿quiénes han de ser, si no los difuntos? Claro, como que esa frase en latín es la introducción (apocopada) del Réquiem, es decir, en la religión católica, el ruego por el descanso eterno, por el alma de los muertos.
En realidad, tan dispendioso (cosa rara en él, tratándose de esta materia) se mostró el Indio a la hora de indicar de qué va la letra de la canción; que ponerse a interpretarla resulta coser y cantar. Porque no sólo no se limitó a mostrar el camino con la "gentileza" del indicio que nos da en el subtítulo (que ya de por sí debiera bastarnos para entender lo que se propone volcar en la lírica); sino que además, en la entrevista que le concedió a Pergolini el 30.11.2010 para ¿Cuál es?; abundó en detalles. En esa oportunidad, ese pelotudito irreverente que es Pergolini (que además de serlo, también la juega de eso, de irreverente y rebelde, con lo cual lo suyo se potencia hasta caer en el irrespeto torpe), le preguntó, con esa incontinencia verbal que lo caracteriza: "-¿La letra, te explica?" (inquiriendo, obviamente, si la letra es autorreferencial). Y el Indio le respondió: "-Sí... lo que creo, es que creer (nota mía: con lo de 'creer', Solari se  refiere a tener una fe religiosa) implica ese temor, ese miedo a la muerte, a no ser, a no ser nunca más. El yo que somos y que nos habita, quiere seguir siendo, y no creo que haya una consciencia personal después de la muerte. Es decir, la energía y todo eso, está bien; pero una consciencia individual después de la muerte... no, no creo que haya. Entonces sigo sin creer. Desgraciadamente, porque es un amparo tener un dogma que te resuelva la vida. Pero desgraciadamente, yo creo en lo que creo y no creo en lo que no creo." (sic)
Y finalmente, están también las imágenes insertas en el formato tipo librito del disco, las cuales son, dicho sea de paso, por demás ilustrativas y representativas de lo que Solari expresa a través de su lírica. En el caso que nos ocupa, esta estampa:


Como puede apreciarse, la alegoría es clara, pero por supuesto; para todo aquel que de verdad quiera verla, que tenga ojos con dos pupilas y no ojos ciegos bien abiertos.
El Indio comienza mencionando al símbolo del cristianismo por excelencia: la cruz (al símbolo del cristianismo ya adoptado como religión oficial del Imperio Romano y tal como lo conocemos hoy en día, quiero decir; porque en realidad, el símbolo original del cristianismo era el pez, no sólo por el acrónimo ichtus representativo en griego de Jesucristo Hijo de Dios Redentor; sino también porque los primeros cristianos eran pescadores de Galilea) y citando a la luz que emana de ella (el pez, oculto en el agua, necesitaba ser pescado para alimentar al pescador, del mismo modo que iconizaba la verdad que debía salir a la luz para iluminar a los creyentes), a la cual define como "la luz que los ciegos ven"; aludiendo con ello al refugio que la mayoría de las personas encuentran en la fe religiosa. Y compara eso con un esplendor que nos encandila a quienes no poseemos esa fe ("hiere nuestros ojos", "no deja mirar"), y que nos impide el consuelo ("y no hay alivio") que da esa fe que sí tienen otros. Esos mismos otros, son los que "sonríen todo el tiempo y se hacen ver por lo felices que están de sonreir".
Y se viene una fina sutileza solariana de esas que tanto deleitan nuestros sentidos: la metáfora del "ladrón" que está "en esa cruz", recurriendo a la alusión implícita al bíblico ladrón bueno que fue crucificado junto a otro ladrón, pero malo, y a Cristo. Del ladrón bueno, Dimas, dice (si no me falla la memoria) el evangelio según san Lucas  que fue con Jesús al paraíso, y de allí lo de "actúa en la eternidad" que pone el Indio.
Después tenemos a un "vos", uno que está "tan ciego", que "juega al mercader" y que "ríe en esa estafa sin pestañar". Muchos se han empeñado en ver en esa estrofa un sablazo solariano a la iglesia católica. Esas frases no son una crítica a la iglesia ni a nadie en especial; sino que son representativas de la sana envidia que siente por aquel (ese vos) que a diferencia de él; sí tiene fe, y que descansando en ella, puede darse el lujo de despreocuparse del dilema de la vida eterna, ya que está convencido, en razón de esa fe que profesa, que sí la hay después de la muerte. 
Por eso, ese vos, encima; puede pararse "al borde del camino jodiendo sin flaquear" (no como a Pedro, que según san Mateo, cuando Jesús le ordenó caminar sobre el agua; empezó a hundirse porque le falló la fe). Quienes -como le ocurre a Solari- somos agnósticos, no podemos permitirnos el no flaquear; ya que al carecer de fe, la cuestión de la vida eterna se nos representa como algo en lo que no nos es dable creer.
Y ese dilema es la otra "cruz", esa que "me toca a mí" que se menciona a continuación; y que no es otra cosa que la duda maldita que nos acompaña siempre a los agnósticos y que cargamos como una cruz.
El perfume de la tempestad es un disco eminentemente intimista y como tal, todo en él es autorreferencial. En ese contexto, el "amor" que "una vez más" lo "salva" y al que le pide que lo bese "justo antes de que mis ojos se cierren al final"; es su mujer, Virginia. Es ella la que deberá arrastrar la cruz que le toca: vivir sin él después que Solari se muera ("Y esa otra cruz te toca a vos! Hacer como que no estoy!").
Por su parte, el Indio al morir, como no creyente en una vida eterna, en una vida después de la muerte; tendrá que "bailar sobre sus huesos" y "cambiar de estrella cantando", es decir, pasará a otra dimensión; pero ya no como una consciencia individual.
Solari (y como él, todos aquellos que somos agnósticos), está convencido de eso, aunque... otra vez la maldita duda que llevamos como una cruz: ¿Y si terminara resultando que sí hay una vida eterna? Y sí, che, podría ser...
Porque después de todo, no deberíamos olvidar que "nunca se sabe, puede suceder... que la vida no termine nunca más".
En fin, dijo Serafín...

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-Juan Carlos Serqueiros-