jueves, 29 de agosto de 2019

MATSUO BASHO Y EL FESTIVAL DE LAS MUÑECAS








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Detrás de esta puerta
Ahora enterrada en la hierba profunda
Una generación diferente celebrará
El Festival de las Muñecas.

[Matsuo Bashō, "Oku no Hosomichi (Camino estrecho del interior)"]

Matsuo Kinsaku (1644-1694), conocido como Bashō, (Bananero, en castellano), fue el poeta más trascendental del período Edo japonés.
Interpretar este haiku (forma japonesa de poesía consistente en un poema corto de diecisiete sílabas, compuesto en la métrica 5-7-5, es decir, tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente) suyo, es muy aventurado si consideramos el abismo que media entre los estilos de vida, las costumbres y los universos culturales argentino y japonés. Máxime, si estamos tratando acerca de la significación que a sus versos les otorgó un poeta que vivió ¡hace cuatro siglos!
¿Qué quiso decir con este haiku? No lo sé a ciencia cierta. No obstante; sí puedo consignar el significado que particularmente le asigno, derivado de cómo impacta en mis sentidos; pero de allí a que lo que yo entienda sea efectivamente lo que Matsuo Bashō pretendió expresar, hay la misma o más distancia de la que media entre Tucumán y Osaka.
Para mí, esto se le debe haber inspirado al poeta ante la tumba de una niña ("la puerta enterrada en la hierba profunda"), y de allí habrá surgido su asociación entre aquella circunstancia funesta de la muerte de la nena; y la antiquísima tradición japonesa hina-Matsuri o Festival de las Muñecas, una celebración que, dedicada a las niñas para propiciar su felicidad, se realiza cada 3 de marzo y consiste en exhibir, colocadas en cinco o siete escalones, muñecas hechas artesanalmente y que en cada familia han ido pasando de madres a hijas, generación tras generación. Ese día, las niñas, ataviadas con su mejor kimono, van visitando las casas de sus amigas y compartiendo con ellas el hinaarare -unos dulces de arroz en forma de bolitas-, que las preserva de las enfermedades y de la mala suerte.
Matsuo Bashō insinúa que la nena murió por no haber compartido el hinaarare, y de allí la mención a que en los sucesivo, las niñas del futuro no debieran dejar de observar esa tradición ("una generación diferente celebrará") del hina-Matsuri.
De todas maneras, tratándose de arte, la pretensión de comprender cabalmente la significación que a una obra le asignó su autor, es a menudo vana. 
Por otra parte, no olvidemos que antes de internet, con las herramientas que en ese mundo virtual nos posibilitan (si bien sólo hasta cierto punto y con las limitaciones del caso) traducir desde distintas lenguas a la que nos sea propia; escuchábamos canciones en idiomas que no eran el nuestro, lo cual no impedía -al contrario- que nos conmoviéramos con ellas, pese a no tener las más pálida idea no ya sólo del significante encerrado en sus letras; sino ni siquiera de la textualidad de las mismas. ¿O no?
Por eso, mejor dejar que la poesía de Matsuo Bashō le hable a nuestro espíritu, impregnándolo con el lenguaje universal de la emoción y la musicalidad que emana de sus versos.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Katsushika Hokusai  (1760–1849), “Matsuo Bashō”, grabado

domingo, 25 de agosto de 2019

LE FIACRE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Pero, por supuesto, yo tenía coplas de todo tipo, como las del Fiacre con persianas bajas ... que, en esa época, ¡parecían atrevidas! ... (Hoy serían cantadas en la boda de un niño). (Yvette Guilbert)

Dicen que era fea, que tenía la nariz kilométrica, la boca demasiado grande, el cuello desproporcionadamente largo, el pelo rojo fuego invariablemente recogido "así nomás" con un moño, "a la que te criaste" y sin molestarse en pasar por el coiffeur. También dicen que era desgarbada, escuálida, que no tenía tetas ni culo y que siempre actuaba con un vestido verde que, más que confeccionado por un modista de nota; parecía cortado a hachazos, y que era escotadísimo al cuete, nomás, porque más abajo no había nada. Y encima; con esos guantes negros...
Qué sé yo, allá ellos y lo que digan. Para mí, Yvette Guilbert era hermosa, divina. Y por lejos, pero por MUY lejos; me parece la mejor cantante de la Belle Époque. Casi inmóvil sobre el escenario, ella no necesitaba de ademanes ni tenía que andar gesticulando ampulosamente ni se veía obligada a asumir poses alusivas; porque para conmover con su canción, le bastaban y sobraban las muecas esbozadas en su rostro, y sobre todo; la magia de su voz, de su maravillosa voz.
Esa combinación de gestualidad facial en la que sus ojos y labios expresaban y dejaban traslucir las circunstancias y emociones cualesquiera fueran las que se narraran en la letra, y un gorjeo ensoñador en el que no se la oía chingar jamás una nota, un tono, ni incurrir nunca en una infracción el tempo; sacudía hasta el paroxismo a un público que sentía cómo le taladraban el alma aquellas canciones crudelísimas y a menudo sórdidas, que hablaban de la marginalidad, la violencia, el adulterio, la prostitución, la miseria, el aborto, la homosexualidad y el crimen; y que a priori jamás hubiera imaginado que pudiese desgranar tan magistralmente aquella dama genial cuya presencia proyectaba una imagen serena, formal y seria, de "mujer de su casa", tan distante de la de femme fatale, voluptuosa y sensual que con empeño cultivaban sus congéneres colegas.
Trataré de hacerme entender mejor apelando a un ejemplo: nadie pudo cantar y decir el tango como lo hizo el Tata Floreal Ruiz, ¿no? ¿Estamos de acuerdo? Bueno, asimismo; nadie pudo cantar y decir la canción parisina como la Diseuse Yvette Guilbert, la diva total.
Vamos a escucharla interpretando una canción de Léon Xanrof que trata sobre un adulterio que deriva en tragedia: en un fiacre (una berlina carrozada tirada por caballos) amarillo (denotando que se trata de un coche de alquiler), van amartelados una mujer y su amante besándose ruidosa y despreocupadamente, porque el carruaje lleva corridas las cortinas cubriendo las ventanillas de modo de ocultarlos a los ojos indiscretos. Ella alza la voz, pidiéndole a él que se saque los anteojos para besarla, porque le lastiman el rostro. Y en eso, un caballero ya de cierta edad, que justo pasa por ahí, reconoce la voz de su esposa en el interior del fiacre, y seguro ya, pese a no poder verla, de que se trata de ella; muy enojado echa a correr por detrás del carruaje, persiguiéndolo. Pero como los adoquines de madera están mojados, el pobre cornudo resbala, cae y se rompe la crisma. Los adúlteros bajan del fiacre, y la mujer le dice a su amante: "¡Búho (por los anteojos), es mi marido! Ya no tendremos que escondernos de él. ¡Dale cien soles (cinco francos) al cochero!".
Escuche, apreciado lector, la canción (y no se preocupe: he previsto que quizá usted no entienda el francés -tampoco yo lo hablo, dicho sea de paso-, así que además del video; transcribo, más abajo, la letra en el idioma original en que fue escrita, y también traducida al castellano):

Le Fiacre
(Léon Xanrof)

Un fiacre allait, trottinant
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Un fiacre allait, trottinant
Jaune, avec un cocher blanc

Derrière les stores baissés
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Derrière les stores baissés
On entendait des baisers

Puis une voix disant "Léon!"
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Puis une voix disant "Léon!
Mais tu fais mal, ôte ton lorgnon!"

Un vieux monsieur qui passait
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Un vieux monsieur qui passait
S'écrie "Mais on dirait qu' c'est...

Ma femme, donc j'entends la voix"
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
"Ma femme, donc j'entends la voix"
Y se lancer sur le pavé en bois

Mais y glisse su' l' sol mouillé
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Mais y glisse su' l' sol mouillé
Crac! il est écrabouillé.

Du fiacre une dame sort et dit
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Du fiacre une dame sort et dit:
"Chouette, Léon! C'est mon mari!

Y a plus besoin d' nous cacher,
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Y a plus besoin d' nous cacher
Donne donc cent sous au cocher!

EL FIACRE
(Léon Xanrof)

Se fue un fiacre, trotando
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Se fue un fiacre, trotando
Amarillo, con un cheque en blanco

Detrás de las persianas bajadas
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Detrás de las persianas bajadas
Pudimos escuchar besos

Entonces una voz que dice "Léon!"
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Entonces una voz que dice "¡Léon!
¡Pero me haces mal, quítate los anteojos!"

Un viejo caballero que pasaba
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Un viejo caballero que pasaba
Gritó "Pero diría que es ...

Mi esposa, entonces escucho la voz"
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
"Mi esposa, entonces escucho la voz"
Y se lanzó sobre el pavimento de madera

Pero resbaló en el suelo mojado
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Pero resbaló en el suelo mojado
Crac! Él está aplastado.

Desde el fiacre sale una dama y dice:
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Desde el fiacre sale una dama y dice:
"¡Búho, Léon! ¡Ése es mi marido!

Ya no necesitamos escondernos
Cahin, caha, hu, dia, salta allí!
Ya no necesitamos escondernos
¡Dale al cochero cien soles!"


Que lo haya disfrutado, mi querido amigo. Hasta pronto.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Henri de Toulouse-Lautrec, "Yvette Guilbert saluant le public (Yvette Guilbert saludando al público)", óleo sobre papel, 1894

lunes, 19 de agosto de 2019

ANACRONISMO NO; DIFERENCIA EN CALIDAD HUMANA SÍ
















Nunca, pero NUNCA, hay que caer en el pecado de equiparar coyunturas del presente con otras que acontecieron en el pasado más o menos remoto y que (engañosamente) se nos antojan parecidas. Es ese un grave error en el que, lamentablemente, con excesiva frecuencia caen algunos de entre quienes se ocupan de narrar la historia.
Sin perjuicio de ello, uno sí puede mirarse en el espejo de las figuras históricas, y comparar las virtudes y los defectos que durante su vida hayan evidenciado; con la calidad humana que dejan traslucir ciertos personajes de la actualidad.
Por ejemplo, la Francia que nos hizo la guerra en pos de voltear al gobierno de Rosas, al comprobar lo fútil de su intento y la imposibilidad de conseguir sus fines, ofreció a Lavalle (su aliado circunstancial, por perseguir el mismo propósito) que fuera a radicarse en París y reconocerle, en el ejército francés, sus glorias, su grado y su sueldo de general. Lavalle lo rechazó terminante y airadamente.
El inmundo cipayo ladrón ex ministro de Hacienda y servil felpudo de los poderes foráneos, dujovne (minúsculas adrede, en sentido bien peyorativo y entendidas como expresión de asco), huyó de nuestro país después de ser uno de los actores principales de entre quienes lo empobrecieron y saquearon, para disfrutar en Yanquilandia de los millones que atesoró perjudicando a su propia patria (a la que desde luego, no siente como tal).
No he comparado épocas; sólo he descrito actitudes y calidades.

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 12 de agosto de 2019

JUAN BAUTISTA MÉNDEZ. CORRIENTES ENTRE DOS FUEGOS


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El pobre gobernador Méndez no aspiraba a ser un tirano, ni siquiera tenía poder suficiente para convertirse en dictador. Le bastaba gobernar con un poder modesto y ejercerlo buenamente bajo el patrocinio, pero rara vez bajo la vigilancia inmediata, del general Artigas. (William Parish Robertson)

Juan Bautista Méndez era un ignorante ambicioso y sin honor. (Manuel Florencio Mantilla)

La imagen que oficia de portada de esta nota, corresponde a la ampliación, coloreada, de una fotografía tomada en 1914, y se exhibe en la fototeca del Museo Histórico de Corrientes. En ella vemos, tal como se encontraba por entonces, la casa ubicada en la intersección de las actuales calles Salta y Moreno, en la ciudad capital de esa provincia, que fuera propiedad de Juan Bautista Méndez, su primer gobernador autónomo, nombrado por aclamación popular y ratificado en ese cargo por el cabildo el 11 de marzo de 1814, luego de la revolución que en la madrugada del día anterior había encabezado contra el teniente de gobernador sufragáneo de Buenos Aires designado por el Segundo Triunvirato, José León Domínguez, al cual depuso. Allí, en esa su residencia particular, Méndez instaló su despacho oficial, en razón de que la provincia carecía por entonces de Casa de Gobierno.
Juan Bautista Méndez, nacido el 23 de junio (fecha no comprobada documentalmente) de 1766 (según algunos; de 1776 según otros) en Caá Catí. Se desempeñaba como juez de paz en Mburucuyá cuando estalló en Buenos Aires la Revolución de Mayo, a la cual adhirió, resolviéndose en consecuencia a trasladarse a la ciudad de Corrientes, donde se enroló en el cuerpo de dragones milicianos con el grado de teniente (que aún detentaba cuando derrocó a Domínguez). Estaba casado con su comprovinciana María Isabel Esquivel.
El artiguismo prendió en Corrientes (en el interior de la provincia, quiero significar; que no en la capital) desde fines de 1812 / principios de 1813. El Segundo Triunvirato no había accedido al pedido del cabildo correntino en el sentido de designar teniente de gobernador a Elías Galván, nombrando, en cambio; a Domínguez, un mandón que rápidamente se granjeó la antipatía generalizada, un poco por su áspero carácter y sus arbitrariedades, y otro poco por las medidas impolíticas que se vio obligado a tomar por serle ordenadas desde Buenos Aires.
No existe, entre los historiadores, coincidencia en cuanto a la/s motivación/ones que haya tenido Méndez para adscribir al artiguismo. Hay quienes sostienen que venía trabajando por esas ideas, de consuno con el oficial de Artigas que por entonces había establecido su cuartel general en Curuzú Cuatiá, coronel Blas Basualdo (tesis esa que abono por parecerme la más plausible); quienes creen que fue sobornado para ello; y hasta quienes afirman que después, en 1818, complotó contra la política de Artigas consintiendo en su propio desplazamiento. Como puede usted apreciar, mi querido lector, la historiografía argentina da para todo; menos para consignar fielmente los sucesos e interpretarlos correctamente, claro.
Producido el derrocamiento de Domínguez, el 29 de marzo Artigas escribió, tanto a Méndez como al cabildo, expresando la necesidad de que en Corrientes se convocara a un congreso provincial que estableciera taxativamente la autonomía provincial y echara las bases para su arquitectura estadual. Dicho congreso debía conformarse con diputados elegidos por sufragio libre, que sesionarían en la sala capitular del cabildo, al cual le confiaba el presidirlo. Paralelamente, designó como representante suyo a Genaro Perugorría y ordenó a éste dirigirse a Corrientes con la premura que el caso requería.
Genaro Perugorría (n. Corrientes, 1792) había ingresado en 1811 a las milicias correntinas con el grado de teniente. Incorporado al ejército que al mando de Belgrano se dirigió a la Banda Oriental, participó del sitio a Montevideo, destacándose en el asalto a la Isla de Ratas. Ya con el grado de capitán, pasó al ejército de Artigas, quien le cobró especial afecto y lo distinguió muchísimo, a punto tal, que al momento de designar a quien lo representase en Corrientes, no dudó en elegirlo, a pesar de su extrema juventud (tenía 22 años).
El 9 de abril, Perugorría envió, desde San Roque, un oficio a Méndez en el que anunciaba su próximo arribo a la ciudad capital. Que no fue en modo alguno “próximo”, ya que recién el 31 de mayo se dignó apersonarse en la sala capitular. Ocurrió que, habiendo sido ganado para la postura antiartiguista, urdió, conjuntamente con el diputado al congreso electo por la capital correntina, José Simón García de Cossio; y el alcalde de primer voto, Ángel Fernández Blanco, un complot para volver a someter la provincia a la autoridad del Directorio.
Ángel Fernández Blanco (n. Corrientes, 02.08.1769) había labrado una considerable fortuna con su curtiembre -que estaba entre las más importantes (si no era la más) del virreinato del Río de la Plata- y con el comercio con Buenos Aires. Prestó ingentes servicios a la causa patriota, al general Belgrano y al teniente de gobernador Elías Galván, y era la figura social y política más relevante, acaudalada e influyente de Corrientes.
José Simón García de Cossio (n. Corrientes, 29.10.1770). Cursó sus estudios secundarios en Buenos Aires en el Real Colegio de San Carlos y se graduó de doctor en leyes en la universidad de Charcas. Participó del Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810, y ese mismo año fue electo diputado por Corrientes a la Junta Gubernativa. Paralelamente a ello, dicho organismo lo nombró fiscal de la Real Audiencia. Fue miembro de la llamada Junta Grande y también de la Conservadora, hasta la disolución de ésta por parte del Triunvirato. Vuelto a Corrientes, al momento de derrocar Méndez a Domínguez, se desempeñaba como juez.
Entre los tres, con distintos embrollos, dimes y diretes, marchas y contramarchas, noticias falsas, argucias, chicanas pseudo leguleyas de avechucho consumado y excusas pueriles -llegando incluso hasta el extremo del ridículo y de la hipocresía, de proclamar, sin consultar previamente la voluntad popular; nada menos que la independencia (independencia en el sentido de autonomía, se entiende) de la provincia, y colocarla bajo la protección de Artigas-, procuraron impedir la celebración del congreso. Y si bien no pudieron lograr su propósito, debido a la agitación y a la reacción del interior provincial clamando en pos del mismo; sí consiguieron dilatar en el tiempo su formación y su reunión, y en definitiva, las sesiones recién pudieron iniciarse el 11 de junio.
Probablemente, algo acerca de la conjura que tramaban debe de haber barruntado Méndez, ya que en junio se dirigió al congreso provincial solicitando que, en razón de tener que atender su salud, se le admitiese la renuncia al cargo de gobernador y se le concediese el retiro militar con el rango de capitán que había alcanzado, con goce de fuero y uniforme. Buscaba con ello mantenerse prescindente en la cuestión, es decir, no verse mezclado en la conspiración contra Artigas, y paralelamente; no estar obligado a evitarla o a proceder contra ella. Su petición fue rechazada con un seco y terminante “no ha lugar”.
El 26 de agosto, el coronel Manuel Francisco Artigas -hermano de José Gervasio y delegado de éste en la protección del Continente del Entre Ríos (es decir, la Mesopotamia)-, requirió la ayuda de Corrientes y seguidamente encareció se le enviasen la tropa veterana y municiones, para sostenerse allí. Era reclamar la reciprocidad: si Corrientes había adherido al artiguismo y recurrido a él para sustraerse al dominio de Buenos Aires; era justo y lógico que aportara a la alianza ofensivo-defensiva a la que se había integrado. Pero el 4 de setiembre, Perugorría convocó al congreso y al cabildo a reunión secreta, con el objeto de negar a Manuel Artigas los auxilios que éste solicitaba, manifestando inequívocamente: “Señores desembozemos la capa y basta de apariencias: la tropa q.e esta a mi mando y Yo estamos desididos p.r el Gobierno Supremo de B.s. Air.s: V. S. mediten sobre medios paladeatibos (paliativos) p.a. contener una irrubcion de esta Jente bandida de los Artigas” (sic) (cursivas mías). 
La elite había distinguido claramente, con ese alto grado de percepción y de coherencia que desde siempre ha caracterizado a las oligarquías, la amenaza que a sus intereses y privilegios de clase representaban, tanto el divorcio absoluto de la provincia con Buenos Aires, como así también la inclusión de los grupos sociales y étnicos postergados. Precisamente por eso, la oposición cerrada al artiguismo partió, desde el vamos, del grupo de ricos comerciantes y abogados aspirantes a ocupar y retener para su sector los puestos de poder que les garantizaban el continuar manteniendo la preeminencia que detentaban y las prerrogativas de que gozaban.
En la noche del 28 al 29 de agosto acaeció un suceso gravísimo. Fue asesinado a puñaladas en su casa, mientras dormía, el diputado electo por Curuzú Cuatiá, capitán José Cayetano Martínez, notoriamente artiguista. Su cadáver fue arrojado al río y apareció al producirse una bajante de las aguas. El crimen quedó impune, tanto en lo que hace a quienes lo perpetraron (vox populi se atribuyó la autoría a los hermanos Ángel y Miguel Escobar, sujetos con vinculaciones de familia con el patriciado local, y que pese a que se proclamaban adictos a Artigas; en realidad fluctuaban entre los bandos en pugna según conviniera a sus intereses y a sus ambiciones); como así también a quienes lo incitaron y planearon (se sindicó como instigadores a Ángel Fernández Blanco y al notario Manuel Cañas).
El 4 de setiembre, Ángel Fernández Blanco escribió al director Posadas, informándole que el cabildo y el congreso provincial se hallaban “decididos a favor del Supremo Gobierno de las Provincias Unidas”, refiriéndose a Artigas como “el enemigo” y solicitándole el envío de “300 hombres de línea”. Y el 5, dirigieron a Posadas, los dos Fernández Blanco: Ángel y Juan José; y Perugorría, una "Reserbada" (sic) en la cual narraban en detalle el pronunciamiento del día anterior, tanto del congreso como del cabildo en pleno, a favor del Directorio. El 10, Posadas emitió, “casualmente”, un decreto (con considerandos abundantes en citas a los “quebrantos al comercio y a la industria”, a las “ricas producciones”, a la “prosperidad” y al “beneficio”), disponiendo la formación de las provincias de Corrientes (en cuya jurisdicción se incluían las Misiones), con capital en la ciudad del mismo nombre (pero fijando, “en tiempos de guerra o siempre que lo exija la necesidad” la residencia del gobernador en Candelaria); y de Entre Ríos, con capital en Concepción del Uruguay. Y el 22, ordenó la reducción del impuesto a los “frutos del país” del diezmo a una “veintena parte”. No pasó de la papelería en tanto se trataba de meros cantos de sirena; pero sí le sirvió al Directorio de propaganda eficaz en pos de decidir a Corrientes para lanzarse a la revuelta.
El 20 de setiembre, Méndez fue desplazado del gobierno por Genaro Perugorría, quien tras asumir el mando militar; depositó el poder político en el cabildo y salió a campaña para aguardar los refuerzos que -confiaba- le mandaría Posadas (y que nunca le llegaron), y enfrentar la reacción artiguista, la cual descontaba. Y que obviamente, se produjo: el comandante de Curuzú Cuatiá, José Gabriel Casco, salió a batirlo; pero sus tropas fueron rechazadas por las de Perugorría, quien volvió a cruzar el río Corriente y se atrincheró en la estancia de Colodrero, en cercanías del Batel. En ese punto se le reunieron a Casco las fuerzas del coronel Blas Basualdo, y entrambos derrotaron a Perugorría, quien se rindió por el hambre y la sed tras un asedio de ocho días. El santiagueño Basualdo asumió la comandancia de armas de la provincia, designó gobernador interino a José de Silva (antiguo oficial de Belgrano y persona respetabilísima y prestigiosa), y remitió al cuartel general de Artigas en Arerunguá, a Perugorría, quien terminaría su corta vida de 23 años fusilado el 17 de enero de 1815 por “reo de lesa patria, enemigo de su provincia y traidor a la libertad de los pueblos”.
Tres días después, Artigas ordenó liberar a los oficiales que acompañaban a aquél al momento de rendirse. Y el 27 de julio, desde Purificación, oficiaba al gobernador intendente Silva que ponía en libertad a Ángel Fernández Blanco (por cuyas vida y libertad, dicho sea de paso, le habían pedido, entre otros vecinos de nota, tanto el gobernador como el propio Méndez), y le encarecía que en adelante lo tuviera “a la mira”. Asimismo, el 14 de agosto, desde Paysandú, se dirigía al cabildo notificando a ese cuerpo que regresaba a Corrientes el “diputado del Entre Ríos D.n José García de Cossio” (efectivamente, en ocasión de celebrarse el Congreso de Oriente o de Arroyo de la China, Cossio había sido designado representante de la Comandancia General de Entre Ríos -que era lo mismo que decir Artigas-).
El 23 de setiembre de 1815, ocurrió un hecho que señalaba a las claras las profundas disidencias que existían en el seno del federalismo correntino y el estado deplorable en que se hallaba la provincia toda (por factores ajenos a la buena voluntad y a la gestión de gobierno de Silva, que en líneas generales fue ordenada, eficiente y de una puntillosa honestidad), con la campaña a merced de las gavillas de bandidos que asaltaban, violaban, asesinaban y depredaban a mansalva y con absoluta impunidad; el comercio prácticamente cerrado y la capital envuelta en las intrigas de las facciones que se disputaban ferozmente el poder. Un cuartelazo a cuyo frente se puso el capitán Miguel Escobar, erigió a éste en comandante de armas de la ciudad, desplazó del gobierno, el 25, a José de Silva e instaló en su lugar a Francisco de Paula Araujo. José Gabriel Casco y su segundo, Antonio “Antoñazo” Sosa, marcharon sobre la capital y apresaron a Escobar y demás implicados en la revuelta, entre ellos, el notario Manuel Cañas (por entonces convicto por fraude fiscal con condena a dos años de destierro, y al cual, como consigné precedentemente, se sindicaba como uno de los instigadores del asesinato del diputado José Cayetano Martínez ocurrido el año anterior), quien el 17 de octubre fue muerto en el cuartel de “Antoñazo” por la soldadesca, a la que había intentado sobornar para que le permitiera fugarse. “Y como todos los soldados dieron a una, voz contra el reo, no puede saberse quiénes han sido los agresores”, reza el parte militar. El que a hierro mata…
Prudente y sensatamente, el 28 de octubre Artigas ofició al cabildo amonestándolo: “Si los males (del gobierno de Silva) fueron de tanta trascendencia, es tanto más increpable (sic) el silencio de V. S. cuanto más se empeña en dar un nuevo realce a la convulsión del 23”. Seguidamente, disponía que dicho cuerpo asumiera el poder político y militar, esclareciera ante la ciudadanía si habían existido o no, motivos que justificasen la remoción de Silva, y una vez cumplimentados esos pasos; convocara a todos “los vecinos honrados de la ciudad y de la campaña” a elegir gobernador (lo cual después amplió, estipulando que también debían renovarse los cabildantes). Y el 1 de diciembre, nombraba comisionado suyo al teniente Marcelino San Martín, quien tendría a su cargo fiscalizar el proceso. Finalmente, entre el 18 y el 24 de enero de 1816, se eligieron en toda la provincia los diputados que formarían el congreso que después, reunido en Corrientes capital el 8 de febrero, proclamaría gobernador intendente a Juan Bautista Méndez, quien llegaba por segunda vez a ocupar dicho cargo, el cual asumió al día siguiente.
Parecía que, aventados los nubarrones de la discordia, sobrevendría en Corrientes un período de calma. Pero… parecía, nomás; se trataba sólo de esa calma que suele preceder a la tempestad.
Méndez, el cabildo y Artigas introdujeron una serie de medidas benéficas que mejoraron sensiblemente la situación provincial. Pero a mediados de 1816 se produjo la invasión lusitana a la Banda Oriental. El gobernador hizo publicar un bando llamando a toda la provincia al combate, delegó el poder político en el cabildo, reservándose el militar, y dispuso la convergencia de las milicias en Curuzú Cuatiá, desde donde marcharían luego, con él a la cabeza, al cuartel general de Artigas en Purificación. El 3 y el 4 de enero de 1817, las fuerzas de los Pueblos Libres, entre las cuales se hallaban las tropas correntinas, fueron deshechas por las imperiales en la batalla de Catalán, y después; los sucesivos contrastes militares sufridos por el artiguismo, minaron el prestigio de Méndez, socavando su autoridad.
Por otra parte, en 1815 Artigas había designado comandante general de las Misiones a su hijo adoptivo, Andrés “Andresito” Guacurarí y Artigas, quien en aquel carácter se hallaba al frente del ejército guaraní que recuperó los pueblos al este del Paraná ocupados por las tropas del Paraguay aislacionista de Gaspar Rodríguez de Francia, y que tenía por entonces la misión de asegurar la región frente a las incursiones de los portugueses y de, tomando la ofensiva, traspasar el río Uruguay, llevando el escenario de la guerra hasta Porto Alegre para, conjuntamente con el ejército oriental, tomar al enemigo en un movimiento de pinzas (ver a través de este ENLACE mi nota Dónde está Andresito). Pero los correntinos no querían pelear junto a los guaraníes: en Caá Catí, los hermanos José Mariano y León Esquivel se sublevaron contra Méndez y se pasaron a los portugueses. Sin embargo; el gobernador logró dominar la situación. Los Esquivel huyeron.
En aquel statu quo, el director supremo Pueyrredón había enviado a Corrientes, en marzo de 1818, a Elías Galván, quien públicamente iba “en carácter particular por asuntos de negocios”, pero secretamente llevaba el propósito de desplazar a Méndez, para lo cual empezó a conspirar contra éste, junto con Ángel Escobar (padre de los que mencioné precedentemente), quien aseguró que uno de sus hijos, el capitán Miguel Escobar, a la sazón en Curuzú Catiá, encabezaría la revolución. Pero les ganó por la mano José Francisco Vedoya quien, enterado por su pariente José Simón García de Cossio de lo que se estaba tramando; se amotinó contra Méndez deponiendo a éste el 24 de mayo y proclamándose gobernador interino al día siguiente, 25 (¡linda fecha para fragotear eligió!). Miguel Escobar, disgustado porque Vedoya se le había anticipado en lo de derrocar a Méndez, se puso otra vez la careta de “artiguista y sostén del orden”, y saltó a proclamar lo que llamaba su adhesión al sistema, instando a que se repusiera en su cargo al depuesto y acantonando sus tropas en San Roque. Vedoya salió a enfrentarlo, pero se detuvo en Saladas. Finalmente, convinieron ambos en convocar a un congreso el 23 de julio, el cual elegiría gobernador. Los oficiales de Escobar fueron abandonando a éste, y Vedoya aprovechó esa circunstancia para atacarlo, obligándolo a retirarse hasta Curuzú Cuatiá. Así las cosas, el congreso se decidió por Vedoya.
Artigas, en conocimiento de que aquél había adherido al Directorio (lo cual, de suyo, representaba la pérdida de una provincia para los Pueblos Libres), ordenó a Andrés Guacurarí (quien se hallaba en la Tranquera de Loreto (actual Ituzaingó) recuperarla para la Liga Federal. Luego de una acción en Caá Catí, Andresito derrotó a las fuerzas de Vedoya en Saladas, y el 21 de agosto de 1818 entró en la capital, asumiendo, de facto, el gobierno. A todo esto le subsiguieron: el apoderamiento de los fondos de la caja de la provincia, la requisitoria de armas, pertrechos, caballos, vestimentas y víveres para la tropa, y el pedido más o menos compulsivo de una contribución de 8.000 pesos fuertes. Es que los fines que perseguía Artigas al destacar a Andresito allí, eran, además del expresado; dotar de recursos al ejército a su mando (seriamente afectado después del contraste sufrido en la batalla de San Carlos contra los portugueses), y “disciplinar” a una provincia que en el lapso de cuatro años, ya había volteado tres veces a los gobernadores adherentes al sistema que él proponía.
La ocupación militar de Corrientes por el ejército guaraní, significó la integración (bien que obligada por las circunstancias; no de común acuerdo) entre grupos étnicos que, además de heterogéneos; eran tradicional y ancestralmente antagónicos. Era lógico y esperable que el estrato social privilegiado, blanco y culto, que tenía a las minorías indias sujetas a la servidumbre cuando no a la esclavitud, mirase a éstas con espanto y repugnancia al verse de pronto sometido a su arbitrio y a su voluntad caprichosa y voluble en función del alcohol ingerido (Andresito bebía, y en sus borracheras perdía la ponderación que usualmente guardaba).
Mientras que el flagelo de los saqueos y demás delitos que en las zonas rurales perpetraban gavillas armadas integradas por desertores, indios sueltosgauchos malos y demás elementos del lumpenaje que malvivía encharcado en la molicie, el crimen y el vicio, no lo sufría el patriciado; sino los chacareros y estancieros pequeños y medianos. Quienes, dicho sea de paso, eran también los que sostenían el costo económico de las milicias y tropas regulares destinadas ora a protegerlos, ora a liberarlos del yugo del centralismo porteño, ora a la guerra exterior. Por ello, fueron esos actores sociales de la producción los que adhirieron al artiguismo (además, claro, de los que lo habían hecho primero, esto es, los excluidos: indios y criollos pobres). Pero también fueron quienes se revolvieron contra él, llegada la hora de una guerra exterior en la que no sentían que se jugase algo suyo (los comandantes portugueses tenían órdenes de no atacar posiciones correntinas ni afectar sus intereses), sino que al contrario; se los privaba del pingüe negocio de pasar clandestinamente ganado a las Misiones Orientales. Encima, para que “la indiada” tuviera una provincia para sí, y para colmo de los colmos; en territorio que consideraban como perteneciente a la suya. Hicieron lo de aquellos que “quieren el picho pero no las pulgas” (Carlos “Indio” Solari dixit).
En los últimos meses de 1818, Andresito encaró la renovación, tanto de los cabildantes como de las autoridades de campaña, y repuso en el gobierno a Méndez. Éste, si bien trabajó en armonía con él y con el jefe de la flota, el irlandés Pedro Campbell; no se recibió formalmente del cargo, sino hasta el 23 de marzo de 1819 en que Andrés Artigas abandonó Corrientes (aunque dejando una guarnición del ejército guaraní para asegurar la estabilidad del gobernador). Que a pesar de eso, nuevamente se vería amenazada al mes siguiente, nomás. Y otra vez, por Miguel Escobar, quien exasperado contra Méndez, al que atribuía la “afrenta” que -según él (y todo el patriciado correntino, como así también la mayoría de los comandantes de los pueblos de campaña y de los hacendados)- constituía para la provincia un gobierno sostenido por tropas guaraníes; se sublevó junto a sus hermanos Ángel José, Domingo y José Luis, en las cercanías de Curuzú Cuatiá, y al frente de sus tropas emprendió la marcha sobre la capital en pos de derrocarlo.  
La rebelión fue prestamente fulminada. En la noche de 13, una partida al mando del segundo de Campbell, el inglés Juan Tomás Ardets, sorprendió a los Escobar a orillas del río Santa Lucía, en el Paso Aguirre. Miguel y Ángel José lograron fugar y se refugiaron en el Paraguay; pero Domingo y José Luis resultaron muertos junto a nueve de sus soldados que cayeron en poder de las fuerzas gubernamentales. Sus cabezas fueron expuestas en San Roque sobre una mesa, y después; clavadas en picas y exhibidas en la plaza mayor de Corrientes (según algunos; en la galería del cabildo, afirman otros) para ejemplo y escarmiento de todos. Días más tarde, Méndez las remitió a Francisca Alencastro, madre de los Escobar. Y el 29, hizo publicar un bando por el cual daba a todos los malcontentos con el gobierno ocho días de plazo para mudarse a cualquier otra parte del suelo americano, so pena de que si no lo hicieren quedarán sujetos en adelante a las penas y castigos arbitrarios y de justicia que les cupiese. Aquel gobernador, de natural expansivo, tolerante, usualmente moderado y que incluso, antes había permitido que lo depusieran sin ensayar motu proprio reacción alguna; se despojó de toda ponderación y se transformó en endriago. Era la reacción derivada de su hartazgo del desorden, del irrespeto a la autoridad, de la murmuración constante, de la calumnia y de la exacerbación de los enconos políticos, sociales y raciales.
A raíz de esos últimos sucesos, Artigas -y también Méndez (quien, dicho sea de paso, se distinguía por su aguda percepción política)-, comprendieron que sus expectativas acerca de que Corrientes y Misiones actuasen como una sola, aún a pesar de las diferencias étnicas, culturales y económicas; no podrían traducirse en lo inmediato a la realidad efectiva, sino que ello sería obra del tiempo. Consecuentemente, la cuestión debía circunscribirse, por el momento, a transar lo geográfico, político y militar; dejando para más adelante lo social y económico. Con ese objeto, más el de organizar institucionalmente Misiones y el de designar un comandante militar interino para ella (el titular, Andresito, había caído prisionero de los portugueses el 24 de junio y se estaba en incertidumbre con respecto a su suerte; de allí el carácter de interino para quien lo reemplazara). En ese orden de ideas, Artigas convocó, a fines de julio, a Méndez y a los comandantes del ejército guaraní para que se reunieran con él en Asunción del Cambay. En dicho punto, en la segunda quincena de setiembre se celebró el Acuerdo de ese nombre. Artigas designó comandante general de Misiones al teniente coronel Pantaleón Sotelo, y entre éste y el gobernador intendente Méndez, convinieron en fijar los límites entre ambas provincias, los cuales discurrirían por la Tranquera de Loreto, el Iberá y el río Miriñay; y en el retiro de tropas a los respectivos destinos de su dependencia: los correntinos a Corrientes y los guaraníes a Misiones.
Finiquitado el Acuerdo de Asunción del Cambay, Méndez se dirigió a Curuzú Cuatiá, desde donde emitió, el 10 de octubre, un manifiesto a la población, en el cual atribuía las revueltas a la “ambición de gobernantes”, alertaba sobre esos agentes del desorden: “Mirad que éstos os engañan como padrastros y yo, como legítimo padre, siempre os he hablado la verdad”, y terminaba llamando a todos a la concordia y a la sujeción a la ley, a la par que tendía un generoso puente, invitando a quienes se mantenían prófugos o exiliados, a regresar a sus hogares “como el hijo pródigo”. Después, volvió a la capital, donde el 2 de noviembre reasumió el poder. A continuación asistiremos, apreciado lector, a las postrimerías de su gobierno.
En la Banda Oriental, el 22 de enero de 1820, los portugueses descalabraron completamente a las tropas artiguistas (compuestas en su mayoría por guaraníes misioneros) en la batalla  -si así puede llamarse a aquella masacre- de Tacuarembó, acción en la que murió, incluso, el hacía apenas cuatro meses designado comandante general de Misiones: Pantaleón Sotelo.
Casi paralelamente a ello, en la Cañada de Cepeda, el 1 de febrero, las fuerzas federales encabezadas por el comandante de Concepción del Uruguay, Francisco Pancho Ramírez; el gobernador de Santa Fe, Estanislao López; y el comandante de las tropas correntinas y misioneras, Pedro Campbell, arrolló y puso en fuga espantada al ejército directorial al mando de José Rondeau. Veintidós días más tarde, en Pilar, la astuta diplomacia de Manuel de Sarratea atraparía en su telaraña como a moscas, a Ramírez y López (que no a Campbell), quienes defeccionarían del artiguismo -especialmente el primero, que dejaría evidenciar ese encono tenaz y obcecado que como marca en el orillo suelen ostentar los apóstatas hacia quien antes adoraron-. Lo que siguió es bien conocido. Artigas (que estaba en Abalos desde poco después del desastre de Tacuarembó), a mediados de marzo repudió el Tratado, al cual calificó de “inicua convención”, y reprochó a Ramírez “su apostasía y su traición”.
Volvamos a Corrientes. El 22 de ese mes, Méndez en persona informó al cabildo correntino, tanto sobre lo convenido en Pilar, como sobre el rechazo que de ello hizo Artigas, esperando una pronunciación mayoritaria de los cabildantes en apoyo a éste (la cual no se produjo). Entonces, resolvió convocar al congreso provincial, pero en Saladas (de modo de sustraerlo al influjo de la capital), con el objeto de elegir gobernador (en procura de re legitimarse y cortar el cargo que, sotto voce y a pesar de sus llamados a la concordia; se le hacía de haber sido repuesto en el cargo “por la indiada”) y renovar el cabildo, al cual había percibido demasiado vacilante (lo cual era cierto).
El 24 de abril, en cercanías de Curuzú Cuatiá, Artigas, en su carácter de Protector; Méndez, como gobernador de Corrientes; Francisco Javier Sití, fungiendo de comandante general de Misiones (en reemplazo de Pantaleón Sotelo, fallecido en Tacuarembó, como vimos); y jefes militares y representantes de la Banda Oriental, suscribían el Pacto de Abalos, ratificando a Artigas como Director “de la guerra y la paz”, y manteniendo la alianza ofensiva y defensiva entre las provincias integrantes de la Liga (que por entonces, en la realidad efectiva, estaban reducidas a sólo dos: Corrientes y Misiones, porque Córdoba ya no giraba en la órbita de los Pueblos Libres desde 1816, la Banda Oriental estaba ocupada por los portugueses, y Santa Fe y Entre Ríos, gobernadas por López y Ramírez respectivamente, se habían vuelto contra Artigas. El 20 de mayo, el congreso provincial reunido en Saladas proclamó gobernador a Méndez, cargo al cual éste accedía por cuarta vez y que asumió el 29, tras lo cual, el 7 de junio, procedió a instalar en los suyos a los nuevos cabildantes. 
Casi simultáneamente a todo esto, estallaba la guerra entre Artigas y Ramírez, en la que el segundo derrotó al primero en una sucesión de combates y batallas hasta deshacerlo por completo en Abalos el 29 de julio. Ya sólo la heroica Corrientes acompañaba a Artigas (Sití había defeccionado, pasándose a Ramírez). Todavía el 6 de agosto, Méndez, inquebrantable en su lealtad, se reunía en San Roque con Artigas, desde donde se dirigirían a Curuzú Cuatiá. El 8 llegó a aquel punto Ramírez, desde allí ofició al cabildo tildando a Artigas de “déspota”, atribuyéndole (¡tan luego él!) una “bárbara ambición”, y ordenando a ese cuerpo apresar a Campbell, Méndez y “demás magnates que caigan por ese destino, posesionándose de los intereses de todos éstos porque de lo contrario hago a V. S. responsable pues esta medida interesa para la libertad y sosiego de las provincias federales”. Es decir, Ramírez disponía la confiscación de bienes a los artiguistas, pero eso sí; reputándola como necesaria “para la tranquilidad y el sosiego” (?). En fin… El cabildo obedeció las órdenes de Ramírez. ¡Y cómo las obedecería! Destituyó a Méndez, depositó el “poder militar” en Juan José Fernández Blanco, y mandó presos a Campbell, Mariano Vera (ex gobernador de Santa Fe, que por ese tiempo se encontraba en Corrientes) y otros artiguistas, a las embarcaciones de la escuadra ramirista surta en el puerto.
A todo esto, definitivamente derrotado, Artigas, el 5 de setiembre se refugió en el Paraguay. Por su parte, Méndez licenció las pocas fuerzas con que contaba, y se dirigió, solo, a Corrientes, donde fue aprisionado. Su casa fue saqueada y registrada exhaustivamente en busca del tesoro que se le atribuía tener oculto en sus paredes. Como no se encontró nada, Ramírez ordenó que fuera conducido a presencia suya y lo conminó a que le rindiera cuentas de los fondos públicos que había manejado, y que además; le dijera dónde escondía el tesoro o lo haría fusilar. Tranquilamente, Méndez hizo el detalle que aquel energúmeno le requería, y en cuanto al tesoro; repuso que no tenía más que 250 onzas de oro que llevaba consigo su esposa al escapar de Saladas, y que ésta, al llegar a la capital, había entregado en guarda a su sobrino Felipe Santiago Soloaga, a quien se las había confiscado el cabildo el 10 de agosto, por disposición del propio Ramírez, de modo que ya ni eso poseía. Y que si tal era su gusto, lo fusilara nomás. Poco después, Ramírez lo puso en libertad. Mas no terminaron allí las iniquidades que debió sufrir; todavía le quedaba soportar la persecución de que lo hicieron objeto sus propios comprovincianos.
Tras retirarse Ramírez de Corrientes y recuperar ésta su autonomía, el 5 de diciembre de 1821 asumió el gobierno Juan José Fernández Blanco quien, cediendo a una “recomendación” del congreso provincial en tal sentido, y “olvidando” las gestiones que por la vida y la libertad de su hermano Ángel había hecho, ante Artigas, Méndez; pasó al fisco la casa de éste, por supuestas diferencias a favor del Estado en el manejo de los fondos públicos durante su mandato. La elite, que nunca olvida agravios, se vengó de aquel hombre, no por su artiguismo (pues una buena parte de ella lo había sido también, mientras le convino); sino por las humillaciones que se le habían infligido durante la ocupación de Corrientes por el ejército guaraní en tiempos de Andresito.
La que había sido casa de Méndez, fue sucesivamente escuela, hospital de sangre (durante la guerra del Paraguay), hospital de aislamiento (durante la epidemia de fiebre amarilla), nuevamente escuela, y finalmente, biblioteca popular. En 1888, pasó al Consejo Superior de Educación, organismo ese que, en 1933, la cedió -en carácter de tenencia precaria-, al Robson Tenis Club, entidad que logró modificar la decisión de demolerla que había adoptado el Consejo (en razón del estado ruinoso en que se hallaba el inmueble), restaurándola (lo que pudo hacerse en su parte principal, esto es, el gran salón central; el resto hubo que echarlo abajo). En la actualidad, ese solar histórico, protegido por su incorporación al Patrimonio Arquitectónico de la Ciudad de Corrientes, forma parte de las instalaciones del Club San Martín -institución sucesora del Robson Tenis Club-), encargado de su conservación.
Tras el último derrocamiento con su secuela de escarnio y persecuciones que hubo de sufrir, el coronel Juan Bautista Méndez, totalmente desvinculado de la política, se estableció en una humilde chacra situada más allá de las orillas de la ciudad, dedicándose a la agricultura. Después, abrió una notaría, fue síndico de la catedral, tuvo a su cargo el cementerio anexo a la iglesia de la Cruz del Milagro, y en 1832, fue designado juez de paz del pueblo guaraní de Loreto. Falleció en Corrientes, en 1865, a los 98 años (según algunos; a los 88, según otros). 

La causa de que no pueda establecerse con certeza absoluta en qué fecha, mes y año nació Méndez en Caá Catí, se debe a que los libros parroquiales de la iglesia de ese pueblo, en los que debió asentarse su bautismo y consignarse el día de su nacimiento, desaparecieron en tiempos en que el ejército guaraní al mando de Andresito avanzó hasta Corrientes. En general, se afirma que la pérdida de dichos libros se produjo durante la escaramuza del campo de Ibahay, el 14 de julio de 1818, y se atribuye a las tropas guaraníes el habérselos llevado. No obstante, el punto dista de estar aclarado: el cura de Caá Catí, Juan Capistrano de Meza; y el juez comisionado, Juan de Meza, eran artiguistas, y fueron apresados por el oficial que destacó el cabildo para contener "el orgullo de los indios" (sic): el sargento mayor Francisco Casado. Así, pues, cabe preguntarse para qué querría Andrés Artigas los libros parroquiales de un curato que estaba a cargo de un sacerdote que le era afecto. Más allá de eso, lo real y concreto es que, al menos por esa vía, no pueden determinarse fehacientemente los datos atinentes al nacimiento de Méndez. Quizá los mismos consten, junto con los de su fallecimiento, en el registro de defunciones e inhumaciones del cementerio anexo a la iglesia de la Cruz del Milagro; pero hasta ahora no lo he tenido a la vista.

Como perspicazmente señaló Alberdi (y tal como se evidenció en los sucesos inmediatamente posteriores a su estallido), la Revolución de Mayo significó “la sustitución de la autoridad metropolitana de España por la de Buenos Aires sobre las otras provincias”.
Mientras que el artiguismo, en tanto coalición heterogénea (y por eso mismo inestable) e ideologema radical en su esencia (no por nada uno de sus más acérrimos y enconados enemigos: Manuel José García, lo definió como “sistema exagerado de libertad”), tenía sobre Mayo una mirada muy distinta, enfocada desde el mangrullo de un sincretismo que incluía, además de las ideas cuya inducción le era propia a partir de la realidad que percibía y los objetivos que perseguía; elementos y conceptos tomados del constitucionalismo norteamericano, del radicalismo painesiano y de las doctrinas rousseaunianas. Y que proponíacomo punto de equilibrio entre dos extremos: la unidad centralista y la balcanización rioplatense; una federación de provincias libremente determinadas.
La elite correntina, en pos de sacudirse de encima al centralismo porteño, aceptó en principio el artiguismo y hasta se recostó en él para la consecución de aquel fin, pero después; se revolvió contra el mismo en procura de mantener su hegemonía de clase y de sustraerse a una guerra que sentía extraña. Por esa razón, la alianza entre el sistema Pueblos Libres y el cabildo correntino en tanto órgano representativo de la parte principal, fue siempre endeble y estuvo, desde el inicio mismo, infectada por la mutua desconfianza.
A Juan Bautista Méndez le tocó actuar en aquel tiempo primordial del parto doloroso de una provincia que nacía en un contexto muy complejo, signado por dos fuerzas antagónicas que no se daban cuartel. Recordémoslo, pues, mi querido lector, como uno de los hombres que hicieron la época anterior a la que vivimos, con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y errores, y con sus glorias y miserias. Se trata de aprehender el pasado, de asirlo, en procura de explicarnos mejor el presente. Al fin de cuentas, la historia sirve para eso; no para tribunal de justicia póstuma.
Y como magistralmente escribió Jorge Luis Borges: "Sólo Dios puede saber / La laya fiel de aquel hombre; / Señores, yo estoy cantando / Lo que se cifra en el nombre".

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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Sitio web del Club San Martín de Corrientes: http://sanmartincorrientes.com/site/.