jueves, 23 de octubre de 2014

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DEL PARAGUAY. TERCERA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A aquellos que han apagado los ojos del pueblo, reprochadles su ceguera. (John Milton)

Decía, retomando la ilación, que en 1863 Francisco Solano López encaró la revisión de la historia paraguaya. La tarea se la encomendó, como consigné precedentemente, al austro-húngaro Franz Wilhelm Edgar von Morgenstern, sobre la base del repositorio que a instancias de Carlos Antonio López había reunido y organizado desde 1855 José Falcón, y los relatos orales de los paraguayos que aún vivían de entre quienes habían conocido al Dictador Perpetuo. Los cuales por otra parte eran cada vez menos, porque al fin de cuentas, morir es una costumbre que sabe tener la gente (Jorge Luis Borges dixit); debido a ello -si quería contarse con esos testimonios-, ya era llegada la hora de apurar el trámite.
¿Por qué no acometió el viejo López la cuestión en lugar de dejarla a quien lo sucediera en el gobierno? No pudo, tan simple como eso. A la muerte del doctor Francia en 1840, no habían ni diarios, ni libros, ni quienes pudieran escribirlos; y muchísimo menos había un historiador capaz de narrar el pasado más reciente (salvo el mencionado José Falcón, pero a éste se lo necesitaba en el ministerio y además; ya estaba sobrecargado de trabajos con la actividad extra que le demandaba el archivo).
No obstante, comisionó para ello al coronel belga Alfred Du Graty, quien en 1862 editó en Bruselas su Le Rèpublique du Paraguay, en el que hacía el panegírico del gobierno de López e instaba a sus compatriotas a dirigirse al Paraguay como inmigrantes. Es menester aclarar que hacía apenas cuatro años había publicado en París, a expensas del gobierno argentino -al servicio del cual estaba por entonces-, su Le Confederation Argentine, en el que calificaba de "déspotas" tanto al doctor Francia como a López, el mismo a quien en 1862 reputaba de "magistrado inteligente e instruído". No puede incluirse lo de Du Graty en la historiografía (lo cual es admitido por él mismo con sus propias palabras: "eminentemente práctico, sin pretensión ninguna de hacer una obra literaria o científica"); lo suyo era publicitario, destinado a difundir en Europa ambos países, y él era simplemente un profesional, un mercenario que actuaba en función de quien le pagase; antes era Urquiza y ahora ("ahora" en 1862, me refiero) López.  
En cambio, Francisco Solano López necesitaba hacerlo. No tenía nada que temer en el frente interno, porque era el suyo un régimen despótico y arbitrario en el cual no cabían ciudadanos, sino sujetos sociales sometidos por completo a un poder que se ejercía sin limitaciones, no se admitía más pensamiento que el sustentado por el gobierno ni se toleraba objeción alguna (y si no, que lo digan los pocos que osaron oponerse a su designación como presidente en aquella parodia de congreso "convocado" a ese fin, a los cuales hizo encarcelar); pero igual le era precisa la construcción de un relato histórico que, a la par que instalase en el imaginario colectivo una continuidad (ficticia, tal como consignaré más adelante) entre su propio gobierno y la dictadura del doctor Francia; le sirviera para rebatir las fuertes críticas que se le hacían desde el exterior.
Von Morgestern se aplicó a cumplimentar admirablemente el encargo, pero resultó (quizá inconscientemente y por estar libre -dada su condición de extranjero- de prejuicios) ser más amigo (al menos, por entonces) de la verdad histórica, que lopizta.
Franz Wilhelm Edgard Wisner von Morgenstern, ingeniero militar, cartógrafo e historiador, nacido el 31 de julio de 1804 en Szaszowa, Hungría, tuvo una vida de leyenda. Se vio envuelto en un escándalo -se dijo que de pederastia- y tuvo que huir de la corte de Viena, recalando en el Brasil. Allí conoció al general José María Paz y se integró como oficial al ejército que éste había formado para combatir al gobierno de Rosas desde Corrientes. Tras la derrota de Paz, se radicaría definitivamente en el Paraguay. Vuelto al favor de los López después de haber caído en desgracia al involucrarse en un negociado de armas con los brasileros, se le confiaron importantes obras de fortificaciones militares y se le encargó escribir la historia del período francista. Finalizada la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, cumplió funciones munícipes en Asunción y fue designado al frente de la Oficina de Inmigración. Falleció mientras realizaba prospecciones mineras en el Alto Paraná, el 12 de mayo de 1878.
El prolijo trabajo que había efectuado José Falcón en las recopilación y clasificación de documentos, lo ayudó mucho en su tarea, y su fino intelecto y la aguda percepción que tuvo para captar y relatar adecuada y verazmente un pasado histórico que al no ser remoto traía la dificultad adicional de la falta de una perspectiva que sólo puede dar el tiempo, hicieron el resto. En el transcurso de 1864 (año en el que también se produjo, casualmente, su ascenso a coronel), Von Morgenstern había concluído el manuscrito de lo que sería su libro El Dictador del Paraguay, José Gaspar Francia, en el cual narraba ese período con objetividad. Pero ocurrió que cuando iba a publicarse el mismo, estalló la guerra entre el Paraguay y la Triple Alianza, con lo cual el tema quedó más que pospuesto; olvidado, incluso hasta por el mismo Von Morgenstern. Ya bien entrado el siglo XX, su manuscrito fue redescubierto y a partir de eso sí pudo editarse al fin el libro, pero recién en 1923.
Un espíritu inclinado al romanticismo como el de López (el hijo, digo; que no el padre) instalado en una autocracia, indefectiblemente debía tender a crear un epos allí donde no lo había. El relato fundacional de una nación que hasta entonces era todavía comunidad, pueblo; se le convirtió en una obsesión. Para la culminación del proceso identitario, tenía una lengua autóctona y distintiva: el guaraní; pero a esa patria que anidaba en su psique le faltaban los patres, los héroes (entre los cuales -daba por descontado- estaba él mismo, por supuesto), y asimismo; le restaba aún fijar en la memoria colectiva la narración de las hazañas primigenias. Poco o nada le interesaba a López la historia, eso vendría después, cuando llegase el momento de hacer de las glorias que esperaba alcanzar, el basamento de la historia: la del líder esencial, es decir, la historia de sí mismo; de manera que por entonces, le bastaba con literatura "histórica" como sucedáneo (en tanto y en cuanto reflejara lo que quería que reflejase: el mito tal como él lo concebía, claro).
Truncada que fue en 1870 la proyección de ese epos allende las fronteras, con el triunfo de los aliados en el conflicto bélico y la pérdida para el Paraguay de casi el 80% de su población; se estableció un modelo impuesto -y al principio, controlado- por Argentina y Brasil, el cual se basaba en la atracción de inmigrantes desde Europa y el aporte de capitales desde el exterior. 
Lo primero fracasó desde el vamos: el censo de 1900 arrojó que la población total había trepado de los aproximadamente 220.000 habitantes que habían quedado después de la guerra, hasta 635.000; de los cuales sólo 20.000 eran extranjeros y de éstos, más de la mitad eran argentinos y brasileros, siendo el resto europeos. En cuanto al flujo de activos financieros, al no poder cumplirse con los servicios de la deuda contraída por empréstitos que se tomaron de la banca inglesa, el mismo cesó más rápido de lo que había tardado en llegar. Ante esa situación, se recurrió al peor de los "remedios": vender la tierra pública. La sola actividad económica era el cultivo y exportación de yerba y tabaco, con lo cual el único ingreso fiscal era el constituído por los gravámenes a dicha comercialización. Era un país pauperizado, el atraso y la miseria reinaban por doquier y la corrupción, flagelo habitual desde los tiempos de la independencia y que sólo había encontrado un freno durante el gobierno del doctor Francia, quien logró erradicarla; había vuelto con los López, quienes se enriquecieron (ambos, pero especialmente Francisco Solano) notoriamente durante sus gobiernos, recrudeció a partir de la posguerra, tornándose la regla corriente. En ese contexto nacieron los dos partidos políticos del Paraguay: el 10 de julio de 1887, el Centro Democrático, que a partir de 1890 sería el Partido Liberal; y el 11 de setiembre de 1887, la Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado.
El fracaso del modelo configuraba un statu quo agobiante, en el que la desesperanza llevó a que algunos buscaran, a través del análisis del pasado y de las figuras históricas que lo habían protagonizado (y regido), la explicación a los males de ese presente.
En la próxima entrega de este artículo veremos, estimado lector, cómo nació el proceso de la historiografía nacional del Paraguay.

Continuará