domingo, 8 de enero de 2012

POEMAS DE GABRIELA: DESEQUILIBRIO


























DESEQUILIBRIO
(Poema de Gabriela Borraccetti)

Las balbuceo,
Se me caen de la boca,
caminan,
se suben a la ventana,
salen al balcón,
se asustan,
se retiran contra el vidrio.
Una de ellas se asoma,
tropieza,
cae en el borde de la cornisa,
intenta mantener el equilibrio
y no lo logra.
Cae primero
Amor
y le siguen
Olvídate 

No 
te
olvides
de
mí.


-GABRIELA BORRACCETTI-

LA PEQUEÑA NOVIA DEL CARIOCA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La pequeña novia del carioca
(Beilinson-Solari)

Un día después,
(después de vos...)
crucé los dedos.
La barca pasó
y el río quedó, al fin, quieto.
Sólo un cuento fue
que ayudó a pasar un buen rato.
Un castillo de naipes que cayó
y palabras baratas.
En el aire entre los dos
brilló una copa rota.
Mala suerte, mi palma dio un destino oscuro.
Un dulce licor de romero
fue la mala idea loca.
¡Te vas a enterar por esta canción
para el carioca!
No sueño más con vos,
ya cayó otra flor del cielo.
Te voy a robar esta canción de amor
y de consuelo.
A la suave luz de la luna
ví tu espalda,
hay un lugar allí para mis huellas
y un lugar nocturno.
Apostamos mal,
serás más feliz vagabundeando.
Muy poco amable fui,
nada nuevo vi en tus ojos.

El título se refiere a alguna mina que mantuvo una fugaz relación amorosa con alguien (¿el propio Indio? ¿será autorreferencial la letra?, porque no olvidemos que vivió un tiempo en Brasil... chi lo sa...). Esa relación amorosa fue algo cortito, efímero; porque la pareja termina por romperse. Y después, la mina se engancha (o quizá ya estaba enganchada antes) con un carioca (un brasilero oriundo de Río de Janeiro), posiblemente brujo o chamán, o ligado a esas prácticas (a las cuales también parece ser afecto el tipito, por otra parte).

La poética del Indio rememora ese amor fugaz (haya sido éste real o imaginario) y lo hace en una canción que dedica, supuestamente, al carioca, pero que en realidad; es sólo una excusa para revivir, ya despojado de sentimiento amoroso, las alternativas de esa relación pasada, dirigiéndose directamente a la mina.
“Un día después, / (después de vos...) / crucé los dedos”: Al día siguiente del rompimiento de la relación con la mina, él "cruzó los dedos". Es una metáfora para aludir a que luego de esa relación, rogó no enamorarse más, por lo menos; por un tiempo (esa costumbre de alguna gente de cruzar los dedos a manera de cábala para que no ocurra algo indeseado, algo que se reputa como nefasto).
“La barca pasó / y el río quedó, al fin, quieto”: Era un amor volcánico, pasional, tormentoso ("la barca pasó", aludiendo a que cuando pasa una embarcación, las aguas se agitan), pero bueno, ya está, ya pasó, “ya fue” ese amor; ahora él está tranquilo ("el río quedó, al fin, quieto").
“Sólo un cuento fue / que ayudó a pasar un buen rato. / Un castillo de naipes que cayó / y palabras baratas”: No era verdadero amor lo que ligaba a la pareja, sino una atracción muy fuerte, pero pasajera. Mientras la relación duró, ambos la disfrutaron (“ayudó a pasar un buen rato”) y se dijeron muchas cosas lindas ("palabras baratas", aludiendo a las cosas que se dicen entre sí los enamorados, promesas que no se cumplirán, etc.); pero después la magia cesó y la pareja se rompió ("un castillo de naipes que cayó").
“En el aire entre los dos / brilló una copa rota”: La relación fue un romance efímero, por eso lo metaforiza con un brindis en el cual una copa se rompe.
“Mala suerte, mi palma dio un destino oscuro”: Una manera de decir algo así como: "y bueno, quelevachaché, fracasó nuestra relación, mala suerte...". Y trascartón, mete una referencia a la... ¿superstición?... vaya uno a saber... de leer el destino en la palma de la mano (en varias letras del Indio hay referencias a la adivinanza de la suerte, por ejemplo en Gran lady y en Scaramanzia, de las que me acuerdo en este momento)
“Un dulce licor de romero / fue la mala idea loca”: Reitera que mientras duró la relación, ambos lo disfrutaron, como si bebieran un rico licor (“dulce licor de romero”); pero después, se dieron cuenta de que eran incompatibles y que se trataba no de amor verdadero, sino de una simple atracción. Por eso, lo que hubo entre ellos fué "una mala idea loca", un romance destinado a no perdurar. Pero hete aquí que lo del "dulce licor de romero" y la "mala idea loca", también oculta otra significación; porque resulta que al licor de romero se le atribuyen propiedades como "servir" para la buena suerte en el amor. En este caso, eso falló, ya que la pareja terminó rompiéndose, y entonces; también por esa causa, "fue una mala idea loca" que ambos bebieran de ese licor.
“¡Te vas a enterar por esta canción / para el carioca!”: De su visión sobre lo que aconteció en torno a ese romance, y de su actual estado; la mina se va a enterar por esta canción para el carioca; pero que en realidad está dirigida a ella.
“No sueño más con vos, / ya cayó otra flor del cielo. / Te voy a robar esta canción de amor / y de consuelo”: La atracción que sentía por ella ya no la siente, no sueña más con ella, ya la olvidó transcurrido el tiempo; ahora él ya tiene otro amor ("ya cayó otra flor del cielo"). Escribe una canción para rememorar aquella relación fugaz, pero ya desprovisto de cualquier sentimiento amoroso hacia ella. La mina es sólo un recuerdo anecdótico y él lo evoca, simplemente eso.
“A la suave luz de la luna / vi tu espalda, / hay un lugar allí para mis huellas / y un lugar nocturno”: Ahora la recuerda a la mina en un contexto sensual, sexual, pero todo en un marco de cierto romanticismo; de allí la mención a "la suave luz de la luna". Se acuerda de algún encuentro carnal con ella, en el cual él acariciaba su espalda.
“Apostamos mal, / serás más feliz vagabundeando. / Muy poco amable fui, / nada nuevo vi en tus ojos”: Le dice a la mina que ambos se equivocaron cuando iniciaron su relación ("apostamos mal"). Aparentemente, el objetivo de la mina no era tener una relación perdurable, sino una aventura con alguien que le gustara; por eso, él le dice "serás más feliz vagabundeando", aplicando el término a lo de saltar de relación en relación. Así, le imputa a la mina es una “vagabunda” del amor, una manera algo más elegante de tildarla de trola, bah. A su vez, él evidencia ser un machista y busca absolverse atribuyéndose a sí mismo el buscar otra cosa: un amor trascendente (lo cual, por supuesto, es mentira; está boqueando en su despecho. "Nada nuevo vi en tus ojos", le dice, minimizándola con escasa -o mejor dicho, nula- caballerosidad. Y previamente, en un involuntario sincericidio provocado por la rabia, reconoce su mal proceder ("muy poco amable fui"). Sin arrepentirse ni disculparse, obviamente.

BENITO DE LUÉ Y RIEGA






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El obispo Benito de Lué y Riega ha tenido históricamente mala prensa entre nosotros los argentinos, lo cual no es de extrañar habida cuenta del juramento de fidelidad que prestó al rey de Inglaterra, Jorge III, en la Primera Invasión Inglesa; y fundamentalmente por la postura que asumió en el cabildo abierto del 22 de Mayo de 1810.
Ante todo, entiendo pertinente aclarar que no persigo el propósito de exaltar ni denostar la figura histórica del obispo Lué, ni el de sumarme a la larguísima fila de sus detractores ni a la muy corta de sus panegiristas, ni el de convertirme en su exégeta. Simplemente me anima el convencimiento de que quienes nos dedicamos a estudiar y narrar el pasado, ya sea profesionalmente o como vulgares amateurs (como este servidor); tenemos la obligación insoslayable de buscar siempre la verdad histórica, por más antipática que la misma pueda resultarnos. Por otra parte, en el caso particular del análisis de Lué, estoy insospechado de ser tendiente a la morigeración de los errores y faltas que haya cometido, a la hora de evaluar su obra influenciado por su condición clerical; ya que no soy hombre de fe dado mi agnosticismo. Estipulado eso, veamos: ¿quién y cómo era este hombre?
Nacido en Asturias el 12 de marzo de 1753, en su adolescencia había ingresado al ejército español, llegando en su carrera militar al grado de mayor (ergo, el hombre no era ningún pusilánime; era una persona de coraje y habituada a la disciplina castrense). Al morir su esposa, Lué abandonó la milicia y llegó a doctorarse en Teología en la Universidad de Ávila. En 1801, el rey de España, Carlos IV (sí, ese mismo, el que cuando en 1804 recibió el envío que le hacía desde Buenos Aires el padre Torres, prior de los dominicos, de los fósiles de un megaterio que había hallado en Luján; le pidió al cura que por favor le enviara “un ejemplar vivo”), entendió que para reemplazar al anterior obispo de Buenos Aires, monseñor Azamor, fallecido en 1796 (el rey se tomaba algún tiempito: ¡cinco años para cubrir las vacancias!), se necesitaba un eclesiástico valiente y decidido; y en ese orden de ideas (suponiendo que Carlos IV fuera capaz de tener eso que llamamos ideas), haciendo uso del patronato, propuso a Benito de Lué y Riega, que sería confirmado por el papa Pío VII.
Lué fue un muy buen obispo, concienzudo y puntilloso: ni bien arribado a su diócesis (que abarcaba Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, las Misiones, la Banda Oriental y todo el resto del territorio hasta las Malvinas inclusive), se dedicó a recorrerla en toda la extensión que pudo (lo cual no se hacía desde 1779). Creó numerosos curatos, puso en vigencia un sistema ideado por él mismo, de permanente capacitación y actualización para todos los curas regulares y seculares, con obligación de asistencia y tomas de examen incluidas; auditó los libros parroquiales (en los cuales, dicho sea de paso, encontró muchas anomalías). La prolongada visita pastoral de Lué nos indica a las claras cuán hondamente arraigado tenía el compromiso con los deberes que su posición le imponían, máxime considerando que a su llegada a Buenos Aires ya era un hombre de 53 años, que debía desplazarse por una enorme geografía, con caminos en pésimo estado y medios de transporte aún peores. Pero el obispo tenía un problema: su carácter turbulento, hosco, agrio, a menudo altanero y despótico, que lo llevó a chocar frecuentemente con los sacerdotes que estaban bajo su jurisdicción, con el cabildo de Buenos Aires, con el tribunal del Santo Oficio y hasta con el cabildo eclesiástico.
Justo es considerar también que, además de los defectos de carácter de Lué; el prolongado lapso transcurrido entre la última visita pastoral de un obispo (que había sido, como escribí más arriba, en 1779), originó una serie de usos y costumbres por parte de los sacerdotes regulares respecto de sus feligresías, lo cual obviamente, colisionaba con la férrea autoridad que Lué se empeñaba en ejercer. Y había también una larga lista de quejas por lo exageradamente oneroso de los gastos producidos por las visitas del obispo, que llegaba a cada parroquia con la pompa y la numerosa comitiva que él consideraba inherentes a su investidura. Por ejemplo: el síndico procurador del cabildo de Montevideo, se quejó al rey por las exigencias de Lué a los curas para que le proporcionasen caballos, peones y esclavos; y el comisario del Santo Oficio en Buenos Aires, Fabián de Aldao, escribió: "Ha hecho diabluras en su visita. Es el más desaforado loco que nos ha venido del otro lado de los mares”.
Lué tenía propensión a pelearse con todo el mundo: con el archidiácono Andrés Ramírez, con el rector de la Universidad de Buenos Aires, sacerdote Antonio Saénz, etc.
Sin embargo, y pese a su carácter terrible; Lué era un hombre íntegro, honesto a carta cabal y que sabía ser llano, cortés y amable con las gentes del pueblo. Al hacer su semblanza, el padre Guillermo Furlong dice: “Había dureza, había hosquedad, había hasta irascibilidad; pero también había bajo esa triple e hirsuta capa, modestia, nobleza, generosidad y sacrificio. Si un contemporáneo dijo de él que era de carácter amargo, duro e irregular; otro escribió que era hombre, sencillo, sincero y austero. En nada fallaba el sacerdote y el obispo, y ni en el uno ni en el otro se hallará mácula o arruga; pero fallaba el hombre”.
Se lo ha vapuleado mucho a Lué con el asunto de su juramento de fidelidad al rey de Inglaterra Jorge III en ocasión de producirse en 1806 la Primera Invasión Inglesa. En efecto, eso ocurrió y es verdad; pero no es toda la verdad. Y se miente no sólo cuando se oculta la misma; sino también cuando se la dice a medias, induciendo a engaños e interpretaciones erróneas. Lo que ocurrió en realidad, fue que el 4 de julio de 1806 Beresford ordenó al Cabildo que citara para el 7, en el Fuerte, a todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas para que prestaran juramento de fidelidad a la corona británica. El día 6 de ese mes, Lué solicitó y obtuvo una entrevista con Beresford en la cual, con finísima diplomacia e inigualable astucia, convenció al inglés de que las normas de la iglesia católica les impedían a los religiosos tomar las armas, y que en razón de ello, exigirle al clero secular y regular un juramento en tal sentido, era ocioso e impolítico. Beresford cayó en las redes de Lué y creyó en sus palabras. Pero la inteligente y oportuna actitud del obispo frente al invasor no terminó allí: luego de eso, con firmeza de carácter, se negó al requerimiento de Beresford, quien lo instaba a amenazar a sus feligreses con la excomunión en caso de que accionaran militarmente contra el ejército inglés (por esos días, el pirata ya estaba anoticiado de los trabajos que preparaba Liniers para la reconquista). Los insospechables informes de los fiscales Caspe y Villota consignan, refiriéndose a la acción de Lué: “…la suya fue una resistencia heroica, que no tuvieron otros… fue un mediador eficaz ante el gobernador inglés a favor del pueblo”. Más aún, fue la decisiva intervención de Lué la que posibilitó la salvación de un cadete criollo condenado a muerte por un tribunal militar, por haber ayudado a desertar a un artillero inglés, Michel Skennon, que se había pasado a las tropas de Liniers. Y no conforme con haber salvado al cadete, Lué asistió espiritualmente a Skennon en sus últimos momentos, administrándole los sacramentos. Avisado Lué de que la soldadesca inglesa solía incurrir en irrespetos con los sacerdotes católicos en circunstancias como esa, lejos de amilanarse; decidió enfrentarlos en persona, asumiendo una actitud desafiante: salió de su residencia con toda la pompa de un obispo, y a su paso, los soldados ingleses le presentaron armas en señal de consideración. Y por si no bastara con todo lo que enuncié e hiciera falta alguna otra prueba respecto de la actuación del obispo durante las Invasiones Inglesas; transcribo a continuación el oficio cursado por el mismísimo Liniers a la Real Audiencia: “Dudo Señor Excelentísimo, que de cuantos obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla de Buenos Aires, el ilustrísimo señor don Benito Lué y Riega. Hallándose en la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto”.
El otro gran cargo que pesa sobre la figura histórica de Lué es su oposición a la Revolución de Mayo, fundamentalmente a raíz de su poco feliz participación en el cabildo abierto del 22. No se conocen con exactitud las palabras que en esa ocasión pronunció, ya que no se llevó registro escrito de cada uno de los discursos, no obstante lo cual; tanto Saavedra en sus Memorias, como Francisco Saguí en su obra Los últimos cuatro años de la dominación española en el antiguo Virreynato del Río de la Plata, desde 26 de junio de 1806 hasta 25 de mayo de 1810. Memoria histórica familiar, y Vicente Fidel López en su Historia argentina (escrita a partir de los testimonios que le transmitió su padre, Vicente López y Planes); son coincidentes en que expresó la opinión de que mientras existiera un solo español, ése debía ser quien gobernara a América, y que solamente desaparecido hasta el último español peninsular, podría recaer la soberanía en los americanos. Lo de Lué era la puesta en palabras corrientes del centralismo borbónico, al cual por supuesto, dada su condición de jerarca eclesiástico, adhería sin reservas. Fue muy desafortunada e inoportuna la intervención de Lué, en la que seguramente incurrió llevado por su ultramontanismo y su altanería, y sin tomar en cuenta que a raíz de los sucesos en España se había abandonado de hecho la doctrina del centralismo borbónico al establecer la Junta de Sevilla la igualdad entre "españoles europeos y americanos" y convocar a estos últimos para que designen diputados. Le fue fácil a un orador hábil como Castelli rebatirlo de inmediato; pero Lué, impelido por su mal carácter, le respondió desabridamente que no había concurrido a debatir, sino a dar una opinión que le habían pedido. Eso explica perfectamente la supuesta gaffe de Lué, ya que no se trataba de una pifiada (impensable en un hombre de vasta cultura y perfectamente al tanto de todas las novedades como lo era el obispo); sino que por lo contrario, era su íntimo convencimiento. Y lo mantuvo votando por la continuidad del virrey Cisneros.
Sin embargo, producido lo del 25 de Mayo, al día siguiente Lué prestó juramento de fidelidad a la Junta, y el 30 ofició una misa de acción de gracias por la instalación del nuevo gobierno. Al mes siguiente, solicitó autorización a la Junta para efectuar una visita pastoral a la Banda Oriental; pero el permiso le fue denegado, por suponer el gobierno que el prelado quería en realidad huir de Buenos Aires para pasar a Montevideo a unirse con los realistas (lo cual era posible que fuese el caso, y si no lo era; entonces por lo menos debe convenirse en que muy inoportuna resultaba su petición de dirigirse justamente a la Banda Oriental, que era un foco realista; podría haber elegido otro destino y quizá entonces, las prevenciones de la Junta se hubiesen atenuado). Simultáneamente, se le prohibió decir misa; pero, extraño (o no, según como se mire) se lo mantuvo en su jerarquía eclesiástica.
A partir de allí, el obispo no dio ningún motivo para que las autoridades sospechasen de él; sino todo lo contrario. 
El Primer Triunvirato lo "desterró" a San Fernando. La proximidad a Buenos Aires del sitio elegido para tal "destierro", me lleva a pensar que la persecución a Lué debe haberse originado en la malquerencia personal de alguno de los triunviros, o de los secretarios, o de alguien influyente ante ellos (tenía una larguísima lista de enemigos), más que a su "peligrosidad política"; ya que si Lué fuera tan de cuidado como lo sindicaban, lo hubieran desterrado en serio, a un lugar bien alejado, o lo hubiesen deportado a España. Por otra parte, el Triunvirato recurrió a Lué como mediador ante los patricios sublevados en lo que se conoce como “motín de las trenzas”. Asimismo, lo convocó a participar de una asamblea de juristas y teólogos, reunida para decidir la restitución o no del obispo de Córdoba, Orellana, quien había conspirado junto con Liniers y otros contra la Primera Junta, y a quien por su investidura religiosa se le había conmutado su condena a muerte.
Al obispo Lué se lo encontró fallecido en su cama en la mañana del 22 de marzo de 1812, después de una opípara cena que se había celebrado la noche anterior con motivo del festejo de su onomástico (21 de marzo, día de San Benito) y de su cumpleaños número 59, que había sido días antes, el 12. Lo repentino de su muerte, y ciertos rumores que se esparcieron respecto de una supuesta participación suya en un complot contra el Triunvirato; llevaron a atribuirla a un envenenamiento. Se dice también que la cena fue organizada por los enemigos más acérrimos del obispo y hasta se sindica como ejecutor del asesinato al archidiácono de la catedral, Andrés Ramírez, quien habría actuado por instrucciones del Triunvirato.
Particularmente, creo que la muerte de Lué fue por causas naturales, originada en una indigestión o intoxicación, y que lo del envenenamiento es nada más que una fabulación de las que tanto abundan en nuestra historia. Me inclino a pensar así, porque no se explica cómo una persona con el carácter áspero que se le atribuía a Lué, se aviniera a celebrar su cumpleaños tan luego en compañía de sus más enconados enemigos; ¿por qué habría de hacer tal cosa? Además, el Primer Triunvirato no se distinguió precisamente por la sutileza de sus métodos al ejecutar a alguien (y si no, ahí están como pruebas macabras los condenados a muerte en el “motín de las trenzas”, y Álzaga y los que participaron en su complot). No puedo imaginar al Triunvirato recurriendo a montar toda una farsa de homenaje dispendioso y encargando a un archidiácono el asesinato de un prelado. Absurdo por donde se lo mire, en mi opinión.
Subiste aún la polémica con respecto a Lué, relacionada con la fundación de Esquina (provincia de Corrientes). En efecto, siempre se consideró que el fundador había sido el obispo, lo cual por supuesto fue y es rechazado por la mayoría de los esquinenses (quienes no quieren saber nada con que su fundador fuera un opositor a la Revolución de Mayo) bajo el argumento de que ya existía un villorrio en Esquina cuando llegó Lué (lo cual es estrictamente cierto, y además; en 1782 ya había allí una posta, a partir de la cual se extendió el asentamiento). Finalmente, en 1990 se oficializó que la fundación se había producido el 10 de febrero de 1806 (fecha de la creación del curato de Santa Rita de la Esquina por parte del obispo Lué), reconociéndose como "precursor de la fundación" (?) a Benito Lamela (que fue quien donó las tierras del pueblo y costeó de su peculio la construcción de la primera capilla en 1799). De ese modo, y apelando a perífrasis y sin mencionar a Lué en el texto de la ordenanza, los concejales esquinenses por ese año lograron compatibilizar (antojadizamente y traído por los pelos) lo que supusieron (equivocadamente, porque Santa Rita de la Esquina del río Corriente no se fundó a partir del establecimiento del curato por parte de Lué, sino que ese fue uno más de los tantos actos administrativos y organizacionales de su diócesis que produjo, porque un obispo es una autoridad eclesiástica; no civil o militar como para andar fundando ciudades) la verdad histórica, con su tirria hacia  quien creyeron fundador de su ciudad, sin que lo haya sido.
Manipular la historia, que le dicen, y encima; "guiados" por el desconocimiento de la misma. Tuvieron miedo de que efectivamente fuera Lué el fundador, y por eso terminaron quitándole el mérito a quien en estricta justicia debió haberse considerado como tal: Benito Lamela; otorgándole en cambio a éste un engañoso título de "precursor". Si yo fuese descendiente de aquel hombre, ya les habría arreado una buena chicoteada por politicastros imbéciles, ignorantes y mentirosos.
En fin...

-Juan Carlos Serqueiros-

POEMAS DE GABRIELA: UN SOLO RAYO DE SOL...



















UN SOLO RAYO DE SOL
(Poema de Gabriela Borraccetti)

Contra este muro liso,
claro,
silencioso;
un hilo en apariencia
entra por el ventanal
como una frase
y se estrella en mi pared
como un mensaje
que recorre el espacio
a gran velocidad
y graba en letras doradas
con su calidez
y tibieza
la afirmación de la vida
en una mancha luminosa;
contenida
en un solo rayo de sol:
el que me ha tocado
para saber que soy yo
y estoy viva.


-Gabriela Borraccetti-

REFLEXIONES: EL PODER


























Escribe: Gabriela Borraccetti

El poder teje desde la oscuridad una prisión que disfraza de pertenencia. Te promete paraísos, crea necesidades y junto a ellas, la expulsión del Edén si decides por tu libertad. Entonces aparecen los cucos, el diablo, los castigos... la amenaza bajo todos sus disfraces.
Tu temor los alimenta, tu ceguera los cobija. Pierde el miedo. Lo que estás viendo son sólo las ilusiones que han creado para que no veas que el poder no está en la punta de la pirámide; sino en su base.
Que el poder esté en tu propia luz y en tu propia consciencia.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

FRASES DE GABRIELA: LA CONSCIENCIA...




















"La consciencia que entierra sus problemas y se ufana de su práctica mirada al futuro, desconoce que lo que queda bajo tierra, siempre despide muy mal olor."

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica