sábado, 19 de abril de 2014

LA PAJARITA PECHIBLANCA (SCHERZO)




Escribe: Juan Carlos Serqueiros
La canción (duodécimo tema y no bonus track como leí por ahí) que cierra el disco Pajaritos, bravos muchachitos es La Pajarita Pechiblanca y dice: 
La Pajarita Pechiblanca (scherzo)
(Letra: Solari - Música: Bucchiarelli - Dawi - Sidotti)
Podés creer?
Yo, que maté unos pajaritos y fui muy feliz
Canté a grito pelado:
"... ojalá llueva napalm"
Pido a gritos por mi pajarita pechiblanca

Tengan piedad!
Soy cacique, un héroe ambiguo más,
jefe Toro Fumado, opiáceo y regalón
y pido a gritos por mi pajarita pechiblanca!
Yo le prometí mi amor
a la bella Mandolina
(mendigando como un perro roto y llorón)
Y no cumplí, nunca cumplí, jamás…
con mi bella heroína
con la honesta Mandolina
Mai dire mai, mai dire mai, mai piú...
Al rey del bajo fondo un mal día le grité
que era un guanaco feo con suerte
en el querer!"
Le rogué por mi pajarita pechiblanca
Tengan Piedad!
Vagabunda! los mocos me sonó!
Fracasó como lesbiana y así me profanó
Y aquí estoy pidiendo por mi pajarita
pechiblanca
Solari lo cataloga (y de modo explícito; porque así tal cual lo consigna en el título) como un scherzo. ¿Y qué es un scherzo? Literalmente, un vocablo italiano que quiere decir broma; pero musicalmente, es una especie de relax, un momento festivo en una obra musical seria, pretenciosa, de cierta envergadura, como por ejemplo, una sinfonía.
El encuadre en el que sitúa el Indio la canción compuesta por él mismo en la letra y por sus ex músicos Dawi, Sidotti y Bucciarelli en la melodía es atinadísimo; porque es simple y exactamente eso: un scherzo, es decir, unos minutos divertidos, descomprometidos, en el contexto de una obra mayor, o sea, el resto del disco.
Y es a la vez una broma. Pero... ¿por qué una broma? ¿Y a quién o quiénes está dirigida?
Desde el vamos, con sólo escuchar la canción, aún sin tener la letra a la vista; puede notarse que Solari canta como en joda, lo cual se rubrica con las risas y aplausos del final. La Pajarita es un guiño de complicidad entre él y sus viejos músicos.
¿Y quién o quiénes son los destinatarios de la broma? Y... como suele ocurrir; los que son considerados -con estricta justicia- como los más boludos del batallón, ese fatalmente supernumerario segmento de imbéciles que desde su escaso bagaje neuronal pontifican sobradores y cancheros: "habla de la merca". No importa que el tema en cuestión gire alrededor de una obra cumbre de la literatura universal, o trate acerca de la engañosa y frágil paz de la Guerra Fría que asustaba a un cineasta brillante, o aborde la cuestión que nos desvela a los mortales desde el puto instante en que llegamos a este mundo al cual no pedimos venir: qué hay más allá en el supuesto caso de que haya un más allá; para ellos habla de la merca y punto, ya está.
Entonces Solari dice: "Ajá... así que para vos este tema habla de la merca, aquel otro también habla de la merca y todos hablan de la merca. OK, ahora te voy a hacer uno que sí habla de la merca, que de verdad y en verdad habla de la merca; pero ¿sabés qué?: no te vas a dar cuenta, seguro que no te vas a dar cuenta; y me voy a reír mucho de que no te des cuenta. Y les compuso La Pajarita Pechiblanca.
¡Cuánto debe de haberse reído allá en la intimidad de su Luzbola entre martinis  y tafiroles, y cuánto habrán reído sus ex compinches de ruta cuando les participó de qué venía la cosa! ¿Vieron cuando en alguna guitarreada, tipo 5 de la matina y con muchos tintillos arriba, después de haberle entrado a himnos de todos los géneros como Muchacha ojos de papel, o Cambalache, o Que seas vos; por ahí nos da por agarrar la viola y encarar scherzi tipo... qué sé yo... La Cagada Internacional, o La leyenda del Mojón versión pornográfica, por ejemplo, digamos? Bueno, La Pajarita Pechiblanca es eso. It-Eso (Stephen King dixit). Un momento de distensión del Indio y sus ex músicos, creado musicalmente por estos últimos a partir de una letra del primero inspirada en hechos y circunstancias risueñas conocidas por todos. Bueno... por todos... por todos ellos, quiero decir: Solari-Sidotti-Bucciarelli-Dawi... y también el que falta y la que falta. Y por algunos viejos redondos del camino que tenemos algo más que sospechas de saber de qué se trata. En fin...
Por supuesto, y dado que los pajaritos, bravos muchachitos son sus clientes de hoy y es entre sus filas que están ¿contenidos? los ¿infelices? (particularmente, descreo de que sean infelices; la estulticia suele erogar felicidad aunque sea engañosa -porque la otra, la buena felicidad dicen que no se nota-) del habla de la merca; un tipo de vasta cultura como el Indio no va a apelar, a la hora de darles con un caño, a la puteada soez (y merecida) que le dio -entre otros- al idiotín de Polimeni, el Carlitos del Sur. No, lo hace educada, sutil y risueñamente en lo que mejor maneja: su poesía. Con el bonus de que encima; no se dan cuenta; así como no se dieron cuenta cuando les encajó aquel en manos de pavotes todo el sueño quedó.
Este tema sí que habla, jocosa y festivamente, de la merca, la frula, ese polvito blanco que no deja dormir a quienes se lo zampan encima y les dilata las pupilas en ojos ciegos bien abiertos. Habla, en fin, de la mandanga; la bella y honesta Mandolina; esa pajarita pechiblanca por la que pido a gritos aún hoy (porque el mono todavía está y siempre estará); esa misma que lo llevó a la temeridad de gritarle al rey del bajo fondo (un dealer pesuti) y a implorarle por un gramo; esa a la que le sacude un vagabunda! (en el sentido de puta); esa a la que le prometí mi amor y no cumplí, nunca cumplí, jamás (porque obviamente, hay amores que han de ser socializados so pena de quemarse en ellos, y resignados en aras de otro amor, ese que surge del mandato imperioso del cuore, ¿no, Indio?, y al fin de cuentas, ella ¿por suerte? chi lo sa... fracasó como lesbiana). Aunque ella debe estar tan linda... Y qué vas a hacerle... es la inexorable ley existencialista: toda elección implica un renunciamiento. Agua y ajo.
Solari puede estar tranquilo (de hecho, lo está): le van (vamos) a perdonar que haya sido muy feliz matando unos pajaritos y que haya imprecado que llueva napalm sobre ellos. Después de todo, él es, por derecho propio, el jefe Toro Fumado, el Santo Fumador de allá, de La Plata, opiáceo (te lo creo, Indio) y regalón (esto, la verdad, se me hace un cachito más difícil de tragar, qué querés que te diga; pero bueh, tanto confío en tu honestidad intelectual, que vaya y pase también); harán caso a su pedido de tengan piedad! y se la van (vamos) a tener. Por otra parte, muchos ni se enterarán de que tienen algo que perdonarle, y por eso, precisamente por eso; se les mea de risa. Entérense.
Y festejo con vos la broma, Indio; es de innegable buen gusto y además, se la tenían (tienen) largamente merecida. Tanto la  celebro que, aún cuando soy un seco y no puedo, con la frecuencia que sería de desear, darme semejantes lujos; hasta descorché un Don Cadorna para brindar con vos: ¡à votre santé!
Me había propuesto cortarla de una vez con esto de la lírica solariana y quebranté -y por dos veces- mi promesa (la carne es débil, vaya si lo es): una fue cuando les regalé a unos pibes que me parece que le ponen mucha pila a lo que hacen, mi interpretación de Beemedobleve; y la otra, esta, porque fui incapaz de abstenerme de mi adhesión al festejo de la broma made by Indio.
Ahora sí, adieu! bye bye! aufwiedersehen! Buena vida.

-Juan Carlos Serqueiros-  

domingo, 13 de abril de 2014

PROLEGÓMENOS Y EPÍLOGO DE UTRECHT








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los dos últimos reinados de la casa de Habsburgo o Austria (Felipe IV y su hijo, Carlos II el Hechizado) significaron una calamidad para España, marcaron el inicio de su ocaso como potencia rectora en el orden mundial y fueron el prólogo del derrumbe del imperio hispánico.


El primero hubo de afrontar, además de la guerra con Francia; una severísima crisis económica, la independencia de Portugal (lograda con una pequeña ayuda de mis amigos -Paul McCartney dixit-: Inglaterra y Francia) y los intentos de secesión de catalanes y andaluces.
El segundo, raquítico, de naturaleza enfermiza y para colmo, estéril; debió soportar el lento pero sostenido despojo que de sus posesiones en Europa le hacían los franceses, y como consecuencia de la independencia portuguesa del brazo de su patrón (¿o amo?) comercial, Inglaterra; se produjo, por orden emanada del infante Don Pedro al capitán general de Río de Janeiro, Manuel de Lobo, la expedición lusitana al Plata que desembocó en la fundación de la Colonia del Santísimo Sacramento, en territorios que en virtud de lo estipulado en el tratado de Tordesillas, eran de España. El objetivo de Portugal estaba claro para todo el mundo, menos para la corte del desdichado Carlos II: establecer una cabecera de playa para los contrabandistas ingleses y apoderarse de la Banda Oriental.
La América española daría a los portugueses una lección de hidalguía, fidelidad y bravura; y a la metrópoli, un ejemplo de cómo debían defenderse las posesiones del monarca: el gobernador de Buenos Aires, un vasco cabeza dura: José de Garro, no quiso saber nada de extranjeros, y sin escuchar sus cantos de sirena ni tomar en consideración las frases almibaradas con que procuraban empaquetarlo, los intimó a retirarse, y al no hacerlo los portugueses; remontó un ejército integrado por 500 efectivos entre trinitarios o porteños, cordobeses, riojanos, santafesinos y correntinos, el cual engrosado con 3.000 indios guaraníes aportados por las Misiones, puso al mando del maestre de campo Antonio de Vera y Mujica. El 7 de agosto de 1680, éste entró a sangre y fuego en la ciudad recién fundada, y luego de ocasionarles a los lusitanos 112 bajas, tomó prisionero al resto, incluido Manuel de Lobo; tras lo cual procedió a arrasarla. ¿Cuál fue el pago de la corte de Carlos II a tanto heroísmo y tanta lealtad? ¡Pues firmar con los portugueses el 7 de mayo de 1681 el inicuo tratado de Lisboa de resultas del cual se les devolvía Colonia del Sacramento!
Fallecido el Hechizado el 1 de noviembre de 1700, se desencadenó la Guerra de Sucesión, la cual se inició en 1702 y duró hasta su conclusión en 1713 con la firma de los tratados de Utrecht, y se desarrolló no sólo en Europa sino también en América, donde otra vez Buenos Aires dio el ejemplo reconquistando el 16 de marzo de 1705 Colonia del Sacramento con un ejército de guaraníes que al mando de Baltazar García Ros puso el gobernador Alonso Juan de Valdés e Inclán.
A partir de Utrecht la debacle española sería indetenible. En vano América se prodigaría otra vez en el valor de sus hijos en Cartagena de Indias con su resonante victoria frente a la armada británica, en vano sería la sabia y atinada sugerencia del conde de Aranda al infeliz Carlos III (ver en este ENLACE mi artículo Un consejo desestimado) y en vano sería, por fin, el heroísmo de Buenos Aires rechazando en 1806 y 1807 sendas invasiones inglesas. No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oir.
Y yo agregaría: ni peor enfermo que el que no quiere curarse.

-Juan Carlos Serqueiros-  

sábado, 12 de abril de 2014

NOSTALGIA



























NOSTALGIA
(Poema de Juan Carlos Serqueiros)
Nostalgia mía de lo que no guardé
Obnubilado por lo que pudo ser
Tuve aquello que en verdad fue
Trágico epílogo de un amanecer
Nostalgia mía pretérita y gastada
Doliente sombra de implacable reproche
Te volviste hiriente puteada
Y recuerdo candente de perdidas noches
Nostalgia mentirosa de evocar el barro
Desde el cegador reflejo del asfalto
Asesino de romances y sueños de barrio
Ilusión vana de ser el más alto
Nostalgia mía que viaja encadenada
Extraviando el norte del pensamiento
Queriendo parecerte a un hada
Fuiste de cierto fatal presentimiento
Nostalgia fiel y a la vez puta
Tus caricias lastiman y queman tus besos
De humo gris maldita voluta
Que nubla sentidos en letal embeleso
Nostalgia empecinada que va conmigo
Trocando nuevos desengaños viejos
En bálsamo de recuerdos que se fingen amigos
De pasadas copas y gramos añejos
Antigua nostalgia mía y querida
Mecida en cuna de segunda mano
Vinagre vertido en labios de herida
Dolor acuciante de fracaso humano
Nostalgia engañosa contracara del futuro
Cancerbera tenaz guardando paciente
Tras gruesos barrotes y prepotentes muros
La condena a muerte de un tiempo presente.
-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 6 de abril de 2014

AHÍ NO HABÍA UN MANSO PA' ACOLLARAR UN ARISCO. SEGUNDA PARTE








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"La razón de los números no es la razón del entendimiento." (Matías G. Sánchez Sorondo)

"Preparar la reorganización institucional de la República mediante reformas a la Constitución que nos defiendan en el futuro de los peligros del personalismo, del centralismo, de la oligarquía y de la demagogia." (José F. Uriburu)

"La revolución como fuerza y como régimen desaparecerá totalmente." (Agustín P. Justo)

Los propósitos de Uriburu eran introducir reformas en la constitución y el sistema electoral, y llevar a Lisandro de la Torre a la presidencia de la Nación en 1932.
Para ello, planeaba desplazar por el tablero del ajedrez político a sus alfiles: Guillermo Rothe, interventor en la provincia de Santa Fe, y Carlos Meyer Pellegrini en la de Buenos Aires; de modo de terminar dando con la dama (su ministro del Interior, Matías Sánchez Sorondo) el jaque mate a lo que reputaba como centralismooligarquía: conservadores, radicales no peludistas y socialistas independientes. Al personalismo y la demagogia, que creía encarnados en Yrigoyen, ya los había derrotado él en la anterior partida; la del 6 de setiembre de 1930.
Por su parte, los sectores militares que lideraba Agustín P. Justo (los oficiales superiores) y los partidos políticos nucleados en la Federación Democrática; nso coincidían con Uriburu en sus postulados de reforma constitucional. La revista Caras y Caretas, en su edición del 27 de setiembre de 1930, ilustraba así a los distintos personajes de la revolución del 6 de ese mes:

 

Rothe, que era habilísimo, perceptivo, ducho y curtido en camándulas y elecciones con "cuarto oscuro pa' algunos, pa' otros iluminao" (José Larralde dixit), se dio cuenta que hacer triunfar a los demócratas progresistas en Santa Fe iba a ser cuesta arriba, y así se lo advirtió a Uriburu; pero éste creía que con su apoyo personal y explícito a De la Torre lo lograría, para lo cual se proponía ir a Rosario en marzo (de 1931). Así lo hizo, en efecto, y el recibimiento que tuvo fue apoteótico; en cada acto al que asistió, congregó multitudes.


Y lo mismo había sucedido el mes anterior cuando visitó Salta (su ciudad natal) y Tucumán. Uriburu se sentía confiado y seguro. Estaba exultante y eso se reflejaba aún más en su talante abierto y expansivo (como "áspero" lo define el pseudo filósofo José Pablo Feinmann, quien debe haber "estudiado" historia y psicología en algún Resumen Lerú). Había sorteado exitosamente un intento revolucionario de los radicales y una conspiración anarquista (menudearon las torturas, lo cual si bien no empañó su popularidad; sí afectó a Sánchez Sorondo, ministro a cargo del gobierno al que se sindicó como responsable y quien al año siguiente, en marzo, sostendría en el Senado un debate al respecto con Alfredo Palacios), se lo aclamaba en todas partes, y su ministro del Interior había logrado desarmar -como vimos en la primera parte- la Federación Democrática (lo cual significaba en la práctica el fin de las aspiraciones de Justo).
Con esos naipes en la mano, creyó oportuno echar la falta envido y truco, y le encargó a Sánchez Sorondo que diagramara la convocatoria a elecciones, comenzando por las tres provincias donde los candidatos que gozaban del favor presidencial ganarían seguro. El 5 de marzo firmó el decreto llamando a comicios en Buenos Aires para el 5 de abril, para dos semanas después en Santa Fe y para el 24 de mayo en Córdoba. La realidad le demostraría que a seguro se lo llevaron preso.
Los radicales, que no querían presentarse y que fueron inducidos a ello por Meyer Pellegrini y Sánchez Sorondo (tan convencidos estaban ambos de ganar al galope y sin rebenque) consiguieron una dificultosa y más aparente que real unidad entre yrigoyenistas y alvearistas, y levantaron la fórmula Honorio Pueyrredón - Mario Guido. Por su parte, los conservadores llevaron a Antonio Santamarina y Celedonio Pereda. Contra todas las previsiones (las palabras son del propio Sánchez Sorondo), ganó el radicalismo. Ese fue el principio del fin para Uriburu.
Los oficiales superiores del ejército y la marina pidieron la inmediata salida del gabinete del ministro del Interior, a quien señalaron como el responsable principal de una política equivocada. Caballerescamente, Uriburu quiso sostenerlo, y al no conseguirlo, dijo que renunciaría. No era el caso ni podía hacerlo; había involucrado a las fuerzas armadas y debía quedarse hasta que se produjera la normalización institucional. La consecuencia fue el resurgimiento, y esta vez con fuerza que resultaría indetenible, de la candidatura presidencial de Agustín P. Justo, impulsada por el ejército y los conservadores, socialistas independientes y radicales antipersonalistas.
Las elecciones en la provincia de Buenos Aires que habían dado el triunfo al radicalismo fueron anuladas (otro error grosero y que sentaría funestos precedentes), y las que debían realizarse en Santa Fe y Córdoba, postergadas.
Uriburu, cada vez más huérfano de apoyos (hasta Lisandro de la Torre -en una actitud no compadecida con la nobleza de alma y los deberes de la amistad- lo abandonó y no se limitó sólo  a eso; sino que además lo atacó con saña), con el ánimo por el suelo y enfermo de gravedad, cayó en excesos deplorables como ser la Legión Cívica Argentina, creada para sustentarlo y formada a inspiración de los fasci mussolinianos; aunque con el insalvable contrasentido de su índole elitista y despectiva de lo popular: el absurdo de un fascismo... sin masas. Para colmo, y a raíz de cositas como esa, pasó a la historia como fascista; pero sin serlo. Ni el tiro del final te va a salir...
No obstante, se empeñaba en propugnar su tan anhelada reforma constitucional, principalmente vía la pluma de su pariente, amigo y colaborador Carlos Ibarguren. Tampoco cuajó. Después de otros varios desatinos, de otras tantas marchas y contramarchas y de una revolución en Corrientes encabezada por el teniente coronel Gregorio Pomar que se atribuyó al radicalismo y en la que anduvo Justo moviéndose entre bambalinas, debió llamar a votaciones para electores de presidente, las cuales se verificaron el 8 de noviembre de 1931.
Abstenido en ellas el radicalismo (producto de haberse impugnado a sus candidatos Marcelo T. de Alvear y Adolfo Güemes), concurrieron: la Alianza Civil (demócratas progresistas y socialistas) postulando al binomio Lisandro de la Torre - Nicolás Repetto, y el Partido Demócrata Nacional (formado con los conservadores, socialistas independientes y radicales antipersonalistas) con la fórmula Agustín P. Justo - Julio A. Roca (h), que sería la triunfante en unas elecciones con denuncias de vicios por parte de los perdedores.


Los argentinos hemos optado por barrer debajo de la alfombra a la Revolución del 30 y su jefe, y si acaso nos vemos forzados a recordarlos, nos limitamos a rechazarlos en bloque esgrimiendo, con incomodidad evidente y como restando importancia, las archisabidas muletillas, ajadas y deslucidas a fuerza de tanto cacareo: "see... el primer golpe de estado (?) que tuvimos", "un militar fascista, torturador y asesino", y etcéteras similares; "olvidándonos" del pueblo acompañando y vivando a la columna de los cadetes del Colegio Militar en su marcha hacia la Rosada, del inmenso gentío congregado en la Plaza de Mayo aclamando la revolución, de las multitudinarias manifestaciones de apoyo a Uriburu en todo el país y demás. Y es comprensible: a nadie le gusta que lo pongan frente a un espejo que le devuelve reflejada una imagen en la que se denotan sus miserias y lacras y en la que cree percibir representado lo peor de sí mismo, como si se tratase del retrato de Dorian Gray. Sí, "mejor no hablar de ciertas cosas" (Indio Solari dixit)...
Y sin embargo, todo forma parte de nosotros y sería mejor hacernos cargo de ello; pues solamente conociendo el pasado podremos resolver el presente.
El 20 de febrero de 1932 Uriburu traspasó los atributos presidenciales a Justo, y además de la banda y el bastón, le hizo entrega del proyecto de reformas constitucionales. Este último lo tomó en sus manos con displicencia y sonrisa canchera y sobradora; su destino habrá sido el que usted, estimado lector, estará imaginando: el cesto de los papeles. "La revolución como fuerza y como régimen desparecerá totalmente", dijo. A buen entendedor...



Comenzaba la década infame (José Luis Torres dixit), y los argentinos ese maldito año 1932 sufriríamos el flagelo de la desocupación y conoceríamos, por primera vez en nuestra historia, lo que es el hambre. Y no en sentido figurado, no la simple escasez y carestía de algunos productos; sino el azote de la hambruna real, terrible. Nadie como Celedonio Esteban Flores, el Negro Cele, supo pintar la situación como él lo hizo en los versos de Pan, una viñeta desgarradora y crudelísima: 

Pan
(Tango, 1932)
Música: Eduardo Pereyra -
Letra: Celedonio Flores

Él sabe que tiene para largo rato,
la sentencia en fija lo va a hacer sonar,
así -entre cabrero, sumiso y amargo-
la luz de la aurora lo va a saludar.

Quisiera que alguno pudiera escucharlo
en esa elocuencia que las penas dan,
y ver si es humano querer condenarlo
por haber robado... ¡un cacho de pan!...

Sus pibes no lloran por llorar,
ni piden masitas,
ni chiches, ni dulces... ¡Señor!...
Sus pibes se mueren de frío
y lloran, habrientos de pan...
La abuela se queja de dolor,
doliente reproche que ofende a su hombría.
También su mujer,
escuálida y flaca,
con una mirada
toda la tragedia le ha dado a entender.

¿Trabajar?... ¿En dónde?... Extender la mano
pididendo al que pasa limosna, ¿por qué?
Recibir la afrenta de un ¡perdone, hermano!
Él, que es fuerte y tiene valor y altivez.

Se durmieron todos, cachó la barreta,
se puso la gorra resuelto a robar...
¡Un vidrio, unos gritos! ¡Auxilio!... ¡Carreras!...
Un hombre que llora y un cacho de pan...


Pero en el justismo también venía enrolado un por entonces capitán, quien trece años más tarde se convertiría en la figura rectora de la política argentina durante tres décadas. "Cuando la noche es más oscura / se viene el día en tu corazón" (Indio Solari dixit).

-Juan Carlos Serqueiros-


miércoles, 2 de abril de 2014

AHÍ NO HABÍA UN MANSO PA' ACOLLARAR UN ARISCO. PRIMERA PARTE








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros
"Es necesario que no vivamos copiando servilmente las instituciones de tal o cual pueblo, porque las instituciones son producto de la costumbre y las necesidades reales.” (José Félix Uriburu) 
Derrocado que fue el 6 de setiembre de 1930 el gobierno de Hipólito Yrigoyen por la revolución encabezada por José Félix Uriburu, éste asumió la presidencia de la Nación y designó ministro del Interior a Matías Guillermo Sánchez Sorondo.



El que debía acometer desde esa cartera era un trabajo de Hércules: tratar de plasmar en la realidad efectiva el pensamiento y los propósitos de Uriburu, pero morigerados y complementados con los suyos propios (y no le estoy haciendo un cargo; cualquier ministro, por más identificado que esté con su presidente -y Sánchez Sorondo lo estaba lealmente con Uriburu-, busca agregarle al estofado algún condimento de su preferencia) y rodear al gobierno de apoyo por parte de los referentes de los partidos opositores al yrigoyenismo (conservadores, socialistas independientes y radicales antipersonalistas, ya que de los demócratas progresistas se encargaría el propio Uriburu a partir de su amistad con Lisandro de la Torre; y el apoyo popular, aquél lo tenía desde que estalló la revolución); para todo lo cual imprescindiblemente debía negociar con los mismos en procura del alcance de consensos básicos. Todo salió mal.
El gran drama de la Revolución del 30 fue la carencia de virtud política en toda la clase dirigencial. El predominio de intereses sectarios y aún espurios fue la constante, y la ausencia de firmeza y habilidad en Uriburu para sostener los postulados que la misma propugnaba, fueron los clavos que remacharon la tapa de su ataúd.


Figueroa Alcorta hizo que el eclipse de Roca, la figura preponderante de la política argentina durante un cuarto de siglo, fuese definitivo. Y luego de una transición ordenada y acordada, Roque Sáenz Peña habilitó el sufragio de las masas, hasta entonces postergadas. En 1916, al acceder de resultas de ello el radicalismo al gobierno, faltó grandeza en los conservadores para aceptar el engrosamiento de los actores políticos y asimilar a los recién llegados al sistema. Había que persistir en la senda de la meritocracia, continuar llevando al gobierno a los mejores y paralelamente, ir introduciendo los cambios tendientes a elevar el nivel de vida de las clases desposeídas con una distribución equitativa de la riqueza e industrializando el país.
Sí, faltó grandeza en los conservadores; pero también faltó grandeza en los radicales, quienes luego del interregno alvearista, volvieron a llevar a Yrigoyen a la presidencia, "olvidando" que era ya un anciano de 76 años con sus facultades notoriamente disminuídas, lo cual exacerbaría sus fallas y defectos. Un anciano a quien hacían vivir en un mundo de fantasía, llevándole mujeres jóvenes a las cuales galantear y manosear, censurándole la correspondencia e imprimiéndole un diario del cual se habían expurgado previamente todas las malas noticias (que eran muchas): La Epoca. El segundo gobierno yrigoyenista (que duró menos de dos años) fue lisa y llanamente un desquicio.

Se ha afirmado -y se continúa haciéndolo- que Uriburu era fascista. Inexacto. En todo caso, no era liberal y sí corporativista, al menos en el sentido de que quería introducir en la constitución reformas que llevaran a las bancas del Congreso a "representantes genuinos de los verdaderos intereses sociales en todas sus capas", de modo de atenuar y aún impedir la supremacía del "profesionalismo electoral", es decir, los políticos, a los cuales despreciaba profundamente. Y se proponía dejar sin efecto la ley Sáenz Peña, ya que estimaba que era impracticable e incompatible con "un país que tenía un 70% de analfabetos" (dato este que dicho sea de paso, era erróneo; ya que los mismos representaban alrededor del 20% del padrón electoral). Proveniente de una antigua familia del patriciado salteño, consideraba al gobierno yrigoyenista como una calamidad hecha de populismo, venalidad, demagogia y mediocridad; características estas que atribuía también al resto de los partidos, incluído el conservador. Admiraba a Lisandro de la Torre, con quien mantenía una amistad de 40 años, y estaba resuelto a llevarlo a la presidencia de la Nación.
Pero si Uriburu era la antítesis de la política, o por lo menos,  de la política electoralista, esto es, la politiquería; De la Torre, que sí era un político de raza, patriota, incorruptible e intelectualmente muy dotado, no aceptó ser presidente de la mano de Uriburu y ni siquiera quiso acompañarlo. Y desechó todos los ofrecimientos que éste le hizo.
Por su parte, los conservadores, socialistas independientes y radicales no peludistas, se "unieron" y lanzaron el 27 de setiembre de 1930 la Federación Nacional Democrática, orientados más o menos encubiertamente por el general Agustín P. Justo. En público, llamaban a apoyar al gobierno de Uriburu y decían esperar la vuelta a la normalidad institucional "a la brevedad posible" (huelga aclarar que descontando la exclusión del yrigoyenismo y para llevar al gobierno a los capaces de ejercerlo, o sea, ellos mismos); mientras que en privado echaban sapos y culebras contra el presidente provisional y su fascismo. Con ellos debía negociar Sánchez Sorondo.
Lo hizo con habilidad; porque era un político nato y poseía una nada desdeñable dosis de astucia, la cual le valdría el triunfo que, paradojalmente, sería desaprovechado por el propio Uriburu. El 12 de noviembre Sánchez Sorondo convino con los federados en que éstos no se opondrían a la coexistencia del gobierno de facto con el congreso constitucional y apoyarían en este último las reformas impulsadas desde el ejecutivo, las cuales se acordó que serían: la remoción de los jueces que estuviesen cuestionados, la facultad del Congreso para autoconvocarse, el establecimiento de limitaciones para la facultad del gobierno de intervenir las provincias, y la autonomía financiera de éstas. A cambio de todo eso, el gobierno se comprometía a abandonar el corporativismo.
Los federados creyeron que sobre esas bases, más temprano que tarde el gobierno volverían a ejercerlo ellos de la mano de Justo; porque lo que se proponían secretamente con la posibilidad de autoconvocatoria del Congreso, era que éste se reuniera, y en una antojadiza interpretación del artículo 75 de la constitución, designara a Uriburu presidente interino por acefalía (recordemos que de resultas de la revolución, el presidente Yrigoyen y el vice Martínez -cuya actuación durante el proceso de caída del gobierno radical no fue precisamente un modelo de claridad y lealtad- habían sido forzados a renunciar), con lo cual, si bien le otorgaba una legalidad que no tenía; paralelamente lo obligaba a ceñirse al marco constitucional, a abstenerse de propiciar reformas, y hacía pender sobre él la espada de Damocles del juicio político. ¡Cómo deben de haber reído y festejado su añagaza de avechucho los federados y cuánto deben de haberse burlado de la supuesta candidez de Sánchez Sorondo! El diario La Nación celebró el acuerdo alcanzado. Uriburu, extrañado, llamó a su ministro. ¿Qué era eso de "abandonar el corporativismo", se había vuelto loco o qué?
Sánchez Sorondo se lo explicó detalladamente: lejos, muy lejos de haberse dejado empaquetar por los federados, había sido él quien los había embalurdado a ellos; porque en ningún párrafo del acta firmada se estipulaba que el gobierno debía limitar las reformas sólo a los puntos acordados. Una vez reunido el Congreso (que estaría sometido a su influencia como ministro del Interior y que obviamente votaría todo lo que se le pidiese), nada le impediría al gobierno someter a su aprobación todas las demás reformas que quisiera introducir. Que creyeran nomás que lo habían embaucado; llegado el momento, él los pondría frente a la realidad y allí se evidenciaría quién había sido el jodedor y quién el jodido.
Como decía don Bartolo, mi nono gringo: "ahí no hay un manso pa' acollarar un arisco".
Pero ocurrió un imponderable: Uriburu no era baúl pa' andar guardando secretos, y su índole franca, abierta, expansiva y enemiga de los rodeos y medias tintas, le jugó en contra: ni bien terminó de felicitar entusiastamente a Sánchez Sorondo por su ingenio y por la manera en que los había embromado a esos politiqueros; llamó a conferencia de prensa y declaró ante los periodistas todo lo que su ministro se había propuesto mantener en la más estricta reserva.
El gobierno perdió así la ventaja que había conseguido el ministro del Interior; porque los federados cayeron entonces en la cuenta de que habían estado en una burbuja y que Sánchez Sorondo los había chasqueado bajo el farol de haberse dejado timar por ellos, y pusieron el grito en el cielo declamando a los cuatro vientos que mantendrían su oposición a cualquier reforma constitucional o del sistema electoral.
Pero eran una bolsada 'e gatos, y en enero del año siguiente acabaron disolviéndose.
Continuará