jueves, 31 de octubre de 2019

EL PASADO VUELVE A CONNEMARA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En otros tiempos eran los Flaherty y los Conneeley quienes mandaban en esta zona. Y lo que hicieron fue pelear entre sí hasta aniquilarse. Pero aun así todavía queda algún Flaherty en el pueblo, y Conneeley también, por supuesto. Y otros que ya conocerá. Pero para cuestiones de historia hay que hablar con Padraic Yorke. El sabe todo lo que hay que saber, y lo cuenta con una voz que contiene la música, la risa y el llanto de la gente de esta tierra.

“El pasado vuelve a Connemara” (Debolsillo, 2010) es la sexta de las novelas cortas que componen la serie Historias navideñas, de Anne Perry. 
Emily Radley, una hermosa y rica aristócrata londinense —los lectores habituales de Anne Perry saben que se trata de la hermana de Charlotte Ellison, quien a su vez es la esposa del inspector Thomas Pitt (que, conjuntamente con el otro suyo: William Monk; son los personajes fetiche de la autora)—, se apresta a pasar la Navidad en Londres, con su marido y sus hijos, pero sus planes se trastocan al enterarse de que Susannah, una tía con la cual ella y su familia hace muchos años han perdido todo contacto y que reside en Connemara, un pueblecito de Irlanda; se está muriendo y la requiere para que pase con ella dicha festividad. La primera reacción de Emily es tendiente a rechazar la petición, pero convencida por su esposo, Jack Radley, de que su deber consiste en ir; accede a ello. 
Emily es anglicana, mientras que su tía se ha convertido al catolicismo después de casarse con Hugo Ross, un irlandés, lo cual fue acerbamente criticado por su hermano, es decir, el padre de Emily, quien lo tomó como una traición a la nacionalidad, pues en su concepto “ser anglicano es una cuestión de lealtad; la patria es lo primero”. Sin embargo, cuando Emily llega a Connemara, percibe que la cuestión que inquieta a Susannah no pasa precisamente por lo religioso ni tiene que ver con el viejo conflicto familiar desencadenado tras su matrimonio; sino que ella anhela, ante la inminencia de su muerte, conocer lo que hubo en torno a un hecho ominoso acaecido allí siete años atrás: la muerte de Connor Riordan, un joven que sobrevivió al naufragio de un barco frente a las costas del pueblo, y que permanecía en él mientras duraba su convalecencia y aún se prolongaba después de la misma. 
En aquella pequeña comunidad, todos se conocen y viven en paz y armonía: Brendan Flaherty y su madre, Colleen; Padraic Yorke, el historiador del pueblo; Maggie O'Bannion y Fergal, su hosco marido; el cura párroco, padre Tyndale; Mary O’Donnell y los demás… Pero esa situación sólo es aparente; en la realidad, reina la desconfianza, que infecta la aldea con los miasmas de la ignorancia en que esas pobres y torturadas gentes permanecen acerca de las circunstancias en que murió Connor, y de la sospecha de que fue asesinado. La mitad de los pobladores se ha marchado. La fe del padre Tyndale tambalea, pues siente que no sólo no pudo preservar la vida del joven, sino que tampoco pudo salvar el alma de quien lo haya matado.
En ese contexto, las fuerzas de la naturaleza se desbocan una noche, y una terrible tempestad se desata sobre el pueblo. Y otra vez, como hace siete años, el mar embravecido vuelve a exigir tributo en la forma de otro barco que naufraga. De entre quienes lo tripulaban, sólo sobrevive Daniel, un joven que, salvado por Emily con la ayuda del resto de la gente, deberá ser cobijado en casa de Susannah, tal como había ocurrido antes con el malogrado Connor. 
Los fantasmas sobrevuelan Connemara, que parece un polvorín pronto a estallar. ¿Corre peligro la vida de Daniel? ¿Cuál era, en verdad, la índole de Connor y quién lo asesinó? ¿Sospecha Susannah que fue Hugo, su ya fallecido esposo? ¿Fue, quizá, un Fergal enloquecido de celos el homicida? ¿O fue Brendan, quien mantiene con su madre una enfermiza relación? ¿Por qué Yorke ha forjado un relato falso, amañado, de la historia del pueblo y se ha apoderado de sus mitos, embelleciéndolos con la introducción de falsos héroes cuyos defectos hace aparecer como virtudes dignas de ser admiradas? ¿Y por qué toleran los aldeanos la impostura y más aún; se aferran a ella cual si fuese la verdad de su pasado? 
Emily se decide, por fin, a procurar el esclarecimiento del misterio. ¿Lo conseguirá o habrá de perder la vida en el intento? 
Una muy bien lograda novela, que pinta cabalmente los perniciosos efectos que sobre una comunidad provoca la manipulación del pasado, tanto del remoto como del más cercano, y que (requisito imprescindible, dada su característica de corta) fluye con una continuidad que no da tregua. 
Si usted todavía no la leyó, regálese el placer de hacerlo. La va a disfrutar intensamente, se lo aseguro.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 12 de octubre de 2019

DETRÁS DEL CUADRO: EL OTOÑO DEL SEXO


































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Ciertamente, no soy experto en arte ni mucho menos; pero no conozco otro/a artista que haya acertado a ilustrar el sexo en el matrimonio mejor que como lo hace la ucraniana Irina Garshina en este cuadro.
Muy probablemente, el hombre y la mujer que aparecen representados en la pintura, hayan experimentado durante su noviazgo, todo lo que de sórdido, febril, urgente, improvisado, sucio y, en fin; placentero, tiene el sexo previo a la convivencia. Sexo que hoy por hoy —y ya transcurridos unos cuantos años— se les ha reducido ¡ay! a un polvo extra rápido echado en el living y sin siquiera sacarse la ropa. 
Como vemos, el chabón, recién llegado a la casa —ya sea volviendo del laburo o de donde fuere—, se quita sólo el saco y la corbata, se baja a medias los pantalones y, tras sacarle a su esposa la blusa; le levanta la pollera y la penetra por detrás. El tipo está fornicando con los ojos cerrados, privándose del goce de mirar tanto los exuberantes pechos que se adivinan bajo el corpiño, como el notoriamente opulento culo de su mujer, lo cual nos indica que su excitación, él la trajo desde el exterior, motivada por algo o alguien que vio afuera.
Por su parte, la mujer exhibe una expresión harto elocuente del desinterés y del hastío que siente, y de la resignación con que se obliga a asumir la cosa: mientras el marido se la coge; ella hojea una revista (y nunca mejor que en esas circunstancias, cabe la consabida y re manida expresión débito conyugal). Evidentemente, que el marido se la esté garchando, a ella la calienta tanto como el precio del tomate en el mercado de Tombuctú. Faltaría sólo un globito con el texto: "¿Acabaste ya? Dale, apurate, que tengo un pollo asándose en el horno". 
Cual silentes testigos, asisten a la escena: una foto enmarcada de la noche de bodas, un piano cerrado, la máquina de coser de ella como improvisado perchero para su blusa, y el tirano implacable del tiempo que aparece simbolizado en el reloj despertador. A través del ventanal, se distingue en el parque el paisaje otoñal, y un empleado municipal que está barriendo las hojas de los árboles caídas, tan muertas como la pasión que alguna vez, hace mucho, ardió en esa pareja. 
¿Hacer el amor? ¡Minga va a ser eso "hacer el amor"! "Dan ganas de balearse en un rincón", reza el tango de Homero Expósito. O, como canta el Indio Solari, "Caldos de Venus que / son como agua bendita / y un par de rounds de amor / con la tele encendida".

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Irina Garshina, "Otoño", óleo sobre tela, 2008