sábado, 1 de febrero de 2014

LAS PUTAS, POR MARTHA PICCAT




LAS PUTAS

Poema de Martha Piccat

Antiyer cerró la casa de putas de mi pueblo.
Algunas cosas han cambiado,
las mujeres decentes ya concilian el sueño.
Sus hijas, esos tiernos capullos
concebidos en legítimos lechos,
ya no verán ese ejemplo maldecido
por la falta de Dios y de preceptos.
Esa casa que encendía sus ventanas
cuando acataba el pueblo la orden de dormir,
(como acontece con los mansos y los buenos)
ha subastado sus inmundos trastos:
diez camas de pecar y diez percheros,
jofaina de lavar, las herramientas,
espejos, baúles y roperos.
¡Y las putas! ¿Qué harán con ellas?
No quedarán dispersas por el pueblo.
Los niños las verán y no hay palabras
que nombren a esos seres venidos del infierno.
Pobrecitas, en serio. Pobrecitas.
En nombre de la moral, partieron.
La que extraña el doctor, partió hacia el sur,
y hacia el norte la que llora el estanciero.
La madama, resignada a puta vieja,
hizo yunta con un pobre jornalero.
Barre el patio, guarda el lecho, y se gana el puchero
enroscada en la estola decalvada del refriegue tanguero.
Y usted no va a creer lo que le digo:
¡Hay como un aire de santidad en todo el pueblo!
Con un doble repique de campanas
festeja el cura su castidad,  salvada por un pelo.
Los hombres disimulan su nostalgia
de noches de molicie y cachondeo,
ocultos tras los lentes y el sombrero.
Las mujeres, despiden a sus maridos en la puerta, con un beso.
Pobrecitas en serio, pobrecitas.
Las que  quedaron. Y las que se fueron.
-Martha Piccat-





CANTACLARO, DE RÓMULO GALLEGOS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Otras ideas rigen al cantador errante que no son las del progreso ni las del futuro. Florentino mira la belleza, juega con la vida, es generoso, parrandero, despreocupado.

Con esa manada de bárbaros no se puede ir sino a la barbarie, que la llaman democracia.

¡Negro bueno, sufrido y rebelde! ¡Pueblo mío que lo llevas en tu sangre como una vergüenza y en tu pecho como una tormenta! ¿Hasta cuándo estarás muriendo a los pies de tu jefe?

(Rómulo Gallegos, Cantaclaro)

En estos días tristes, aciagos que está viviendo la hermana República de Venezuela, resulta especialmente oportuno releer -o leer, por si usted (inexplicable e injustificadamente) no lo hizo aún- este libro.
Cantaclaro es la cuarta novela de Rómulo Gallegos, la que subsiguió a Doña Bárbara (ver en este ENLACE mi artículo) y como ésta, publicada en Barcelona, España; pero cinco años después, es decir, en 1934.
En ella se narra el drama existencial de Florentino Coronado, un coplero o cantador (algo así como para nosotros un payador) apodado Cantaclaro. Éste es  hombre alegre, mujeriego, juerguista y despreocupado. Él anda errante por el mundo (su mundo: la llanura) y su móvil es la aventura per se. Sin embargo, las circunstancias llevarán a que Florentino adquiera a partir de la confrontación entre su propia realidad épica y la realidad real sociopolítica de su país, una nueva consciencia en la cual serán otros muy distintos paradigmas los que habrán de regirlo en adelante. 
La acción transcurre en la sabana venezolana donde la despótica, corrupta y prepotente autoridad regional, el coronel Buitrago, quiere apropiarse del hato (estancia) El Aposento, de doña Nico y sus hijos José Luis y Florentino; para lo cual adquirió de un tercero la hipoteca que lo gravaba a fin de ejecutar la deuda y quedarse con la hacienda. Pero Florentino llega con una caballada muy valiosa y salva la propiedad familiar; tras lo cual decide irse por los llanos a buscar las coplas que mentan al doctor Juan Crisóstomo Payara, quien había sido en su tiempo un caudillo levantado contra el régimen opresor. En ese deambular por los llanos, se encuentra con Martín Salcedo, un caraqueño que busca a Payara para instarlo a encabezar una nueva revolución. Florentino llega a una humildísima casa donde en medio de la más atroz de las miserias vive Juan el veguero con su mujer, quienes han perdido a sus tres hijos por las pestes y el hambre. Arribado por fin a Hato Viejo, la hacienda de Payara; Florentino es acogido por el capataz de la misma, el negro Juan Parao, y allí conoce a Rosángela, quien pasa por hija del caudillo, y se enamora de ella. Los pensamientos, sentimientos y pasiones bullen en Florentino; un Florentino absolutamente diferente a aquel que había llegado a El Aposento, y que será capaz en su idealismo de la suprema heroicidad del renunciamiento. 
Gallegos nos lleva en su novela por el intrincado camino de la mitología venezolana asimilada a la universal, logrando con sin igual destreza literaria que ninguno de los personajes quede divorciado del contexto local. La injusticia social, la búsqueda afanosa en pos de la síntesis de la nacionalidad, la ambición, el incesto, la pugna del hombre con una naturaleza hostil, la soledad, el hastío, la rebeldía, la desavenencia entre hermanos y en fin; toda, toda el alma de Venezuela está en Cantaclaro magistralmente esbozada.


Yo podría, estimado lector, incurrir en el irrespeto de abusar de su paciencia y aburrirlo con tediosos análisis tendientes a estipular que es la amenaza de perder la posesión de lo propio lo que induce a Florentino en tanto pueblo, a dejar una vida despreocupada y rebelarse contra el despotismo y la injusticia; que él y Salcedo no son recíprocamente la otredad (concebida al modo de la dicotomía sarmientina entre la civilización de la ciudad y la barbarie del campo) sino que ambos simbolizan la comunión entre los medios rural y citadino en busca de la realización del ser nacional, aspiración de ambos, y que si hay mucho de Gallegos en el caraqueño, también lo hay en el coplero; que es Florentino quien entiende que no es a través de la reedición del caudillismo, por más que sea un personalismo bueno, como lograrán el ideal que ambos persiguen, y que es Salcedo quien termina por comprender que el camino que debe transitar no es la revolución armada;  que Juan el veguero y su mujer encarnan al pueblo sufriente que gime bajo el yugo de una tiranía que esparce por doquier miseria, atraso, dolor y muerte; que el muro de ética y moral con el que Payara ha cercado a sus instintos, se derriba al solo soplo del amor incestuoso que siente por Rosángela; que es Juan Parao la esencia de un pueblo que fluctúa entre la adhesión a un caudillo que no acaba de comprender sus intereses, y la búsqueda de uno nuevo que cree encontrar en Florentino; que a éste, héroe prometeico, termina llevándoselo el Diablo, en una metáfora sublime de la problemática venezolana; que hay en toda la novela una ambigüedad permanente en la cual todo puede ser y al mismo tiempo no ser; o que creo percibir en el Cantaclaro de Gallegos un atisbo, una anunciación del realismo mágico que después expresaría más rotunda y nítidamente García Márquez en su Cien años de soledad.
Podría todo eso, pero ¿para qué? Sólo para satisfacer un ego insoportablemente presuntuoso; porque está en cada uno de nosotros inducir desde nuestros propios cerebro y corazón la interpretación de una novela sencillamente genial.
Obviamente, no basta un libro, por excepcional que éste sea, para comprender a una nación, pero sin dudas sí es Cantaclaro una herramienta invalorable a la hora de hacerlo; porque es una de las obras fundamentales de la literatura venezolana e iberoamericana.
Y al fin de cuentas, como decía Borges, "la lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz".
La lectura es un acto eminentemente hedonista: debe leerse Cantaclaro no para aprender a entender a Venezuela; sino por el goce espiritual que sus páginas proporcionan.
Sea bueno consigo mismo: regálese el placer de releerlo.

-Juan Carlos Serqueiros-