viernes, 22 de junio de 2012

LAS (A VECES) RISIBLES HISTORIETAS DE LA HISTORIA


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego creado por el gobierno sigue dando que hablar, aunque no precisamente acerca de historia; sino de las ora desopilantes, ora deplorablemente tristes, polémicas que en torno a él y quienes lo integran se generan.
La última se suscitó a raíz de la promoción post mortem al generalato de Felipe Varela por parte del gobierno. Aprovechando la volada, ni lerdo ni perezoso, el ex alfonsinista - menemista - delarruista ahora devenido en kirchnerista presidente del citado instituto, Mario Pacho O'Donnell batió ¡cuándo no! el parche a través de una publicación (que pueden ver en este ENLACE) del 05.06.12 en el periódico Página/12, en la cual reprodujo parcialmente una proclama de Felipe Varela, a la que se le habían "podado" las expresiones antirrosistas que el caudillo catamarqueño vertía en ella.
Eso motivó que Norberto Galasso saliera al día siguiente en Tiempo Argentino (ENLACE) a enmendarle la plana a O'Donnell, destacando que la transcripción de la proclama era incompleta, que había error de fecha y que se habían omitido párrafos sustanciales de la misma, en los cuales se fijaba taxativamente la oposición a Rosas por parte de Varela (todo lo cual en efecto, era absolutamente cierto: O'Donnell había cortado a su gusto y paladar partes de la proclama, la misma era de fecha 6 de diciembre de 1866 y no 10 de ese mes y año, y dichas partes "olvidadas" -tijera mediante- por O'Donnell estaban referidas a lo que Varela reputaba como "centralismo odioso vencido en Caseros").
Atrás de Galasso (y como O'Donnell no podía contestar, porque ¿qué iba a argumentar, toda vez que había quedado en evidencia que recurrió a la "avivada" -o no tanto, ya que se le hizo boomerang- de quitar de un documento lo que no le convenía citar?) salió el 13.06.12 en el mismo Tiempo Argentino (ENLACE) a tratar de arreglar la gaffe, el prosecretario del Instituto Dorrego, un sujeto llamado Marcelo Gullo (a la sazón, parece que reclamado por la justicia peruana, con pedido de captura a Interpol incluído, por imputársele la comisión de delitos en épocas de Fujimori), que no encontró mejor viga para apuntalar su argumentación -al principio, bien enunciada, dicho sea de paso; aunque después "se mancó en el codo"-, que tirarle por la cabeza a Galasso con Jauretche, su pensamiento acerca de Rosas, bla bla bla...
Lo cual a su vez provocó que Galasso volviera al ruedo por más, a través de una página / grupo suya en Facebook: Pensamiento Discepoleano La Matanza, con una andanada contra Gullo (ENLACE). 
En toda esa ensalada, el "debate" (que no fue tal, porque lo que hubo en realidad, fue una remake de la alleniana Robó, huyó y lo pescaron por parte de O'Donnell, y un débil intento de "operación apoyo" de Gullo -al que más le hubiera valido no meterse a redentor, ¡justo él!-, esterilizado desde el vamos por la supina estupidez de citar a Jauretche; como si el precio de la papa en el mercado de Tombuctú y la sociedad de fomento del barrio tuviesen algo que ver entre sí) lo ganó Galasso. Y por añadidura, con estrepitosa goleada. Un papelón -otro más, y van...- del devaluado Instituto Nacional (¿o "nació-mal"?) Dorrego. Pero salgamos de la pista a respirar y volvamos a la historia y a Felipe Varela:
Más allá de que Galasso se floree y arrime hacienda a su corral (y es perfectamente lógico y esperable que se aproveche de la circunstancia, ¡miren si se la iba a perder!); lo real es que lo paupérrimo del nivel exhibido por sus "contendientes" lleva a que deba situarse a la "victoria" de aquél en el rango adecuado: el de las obtenidas a expensas de un "rival" no calificado. Porque los merecimientos de Felipe Varela al generalato radican en su actuación en esa etapa en la que se convirtió en un bastión de rebeldía contra la vergüenza y el horror de la inicua guerra del Paraguay y de lucha por la hermandad y la unión con los demás pueblos hispanoamericanos; y no en su juvenil oposición a Rosas que ejerció (junto al Chacho Peñaloza, también hay que decirlo) integrado a la Coalición del Norte, en la cual claramente puede divisarse al (para Galasso) "adalid del federalismo" Varela, de la mano de otros "federales verdaderos" tales como el zarco Brizuela, Avellaneda, Lavalle, Lamadrid, Cubas y demás. 
Lo de presentar a Varela como un "federal auténtico" oponiéndose al "unitario" Rosas, no resiste análisis serio alguno; así como tampoco lo soporta la delirante ocurrencia de mostrar a éste como un continuador del centralismo rivadaviano y un antecesor del mitrista. Con focalizarse brevemente en eso, bastaba para dar por tierra con la antojadiza y caprichosa interpretación de Galasso, pero en un rapto de idiotez difícilmente igualable; Gullo optó por meter a Jauretche en la cuestión. Y lo de O'Donnell fue peor aún: en la misma proclama de Varela estaban las pruebas de lo desacertado de su oposición a Rosas, pero él (O'Donnell, digo) no las vió, ¡qué va a ver!; prefirió hacer la gran Mitre y "olvidó" transcribir parte del mismo documento que pretendió utilizar en abono de lo que sostenía. Fue por lana y salió trasquilado.
El revisionismo debe ser ejercido puntillosa y honestamente, y no apelando a los recursos ilegítimos que fueran utilizados por la historiografía oficial, porque si se incurre en sus mismas malas praxis y engaños; lo que se está haciendo es comerse al caníbal so pretexto de combatir al canibalismo. 
La mediocridad reinante en el Instituto Dorrego no es de extrañar, pues ¿qué otra cosa cabría esperar de una organización presuntamente dedicada a la historia, creada por un gobierno cuyo vicepresidente, sin sonrojarse, escribe en su muro de Facebook que el 20 de junio de 2012 es el "bicentenario de la creación de la bandera"?



El engendro, infiero, debe de haber nacido en los trapicheos de un grupejo que de algún modo, y merced a la influencia de dos o tres politicastros cercanos a él y colocados en puestos estratégicos del poder, lograron convencer a la presidente de la "imperiosa necesidad" de su existencia; y el haberle puesto el nombre Manuel Dorrego, obedece a la intencionalidad (vana pretensión) de nuclear en él a las distintas corrientes revisionistas: recurrieron a un "offside pasivo" como Dorrego, buscando quedar bien con tirios y troyanos, y como invariablemente ocurre cuando así se procede; quedaron mal con ambos.
Los de la vereda de enfrente, las viudas de Mitre pusieron el grito en el cielo apenas se enteraron de la creación del Instituto Dorrego por parte del gobierno. El adlátere del cipayaje, Luis Alberto Romero; la añosa Beatriz Sarlo (vívida patentización de que no siempre es cierto que los años traen aparejados el sentido común y la sabiduría) y demás etcéteras, se desgañitaron vociferando en La Nación (¿dónde más?) que "se avanza hacia la imposición del pensamiento único, una verdadera historia oficial". 
Claro, su inveterada desmemoria los lleva a "olvidar" que eso y no otra cosa fue precisamente lo que hicieron Mitre, López, Ramos Mexía y en general toda la constelación de astros del celeste firmamento liberal, como así también les conviene no acordarse de que la petulante Academia Nacional de la Historia de la República Argentina "funciona" (no se sabe muy bien para qué) en dependencias del antiguo Congreso de la Nación, y que precisamente, la historia oficial son ellos mismos. Identificación proyectiva, que le dicen.
Y de nada le sirvió al saltimbanqui O'Donnell, presidente del Instituto Dorrego, salir desesperado a aclararle a esa "gente como uno" (como él, quiero decir) de La Nación, que él es "un revisionista que nunca ha hecho antimitrismo" (lo cual es cierto: Pacho nunca hizo antimitrismo, bah, en realidad, no podría haberlo hecho aunque quisiera; simplemente porque no es revisionista como se auto atribuye, y ni siquiera es historiador, por más que él presuma de tal) es (en el mejor de los casos) divulgador y a gatas. Y quizá el no haber hecho antimitrismo, se deba a su mímesis con el patriarca de la calle San Martín, identificación esta la cual, a la luz de los hechos, O'Donnell lleva al extremo de emularlo en la manipulación de la heurística de modo de hacerla servir a la hermenéutica que mejor le acomode. 
Es inevitable la subjetividad en quienes se ocupan de historia, porque no hay historia ni historiadores imparciales; de la misma manera en que no puede eludirse el emplear la historia con fines de servir a la política; porque después de todo ¿qué otra cosa es la historia si no la política del pasado? Pero aún así, lo cierto es que ni este ni ningún otro gobierno debieran destinar fondos y recursos del Estado para financiar instituciones dedicadas a la actividad histórica, toda vez que para eso está el CONICET.
Que existan en buena hora todos los institutos, academias, centros de estudio y fundaciones de historia que se quieran; pero que se sostengan por sí mismos. Y si bien es cierto que es de imposible alcance la objetividad en materia histórica; por lo menos (creo, me parece) sí debiera ser una exigencia sine qua non la honestidad intelectual.
Amén.