sábado, 30 de noviembre de 2013

LOS TRAIDORES QUE ECHÓ EL GENERAL. TERCERA PARTE (FINAL)
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"El terrorismo, inexplicable frente a un gobierno del pueblo, ha mostrado sus verdaderas intenciones. La nueva legislación ha puesto en manos de la justicia los medios indispensables para enfrentarlo sin salirse de la ley." (Juan Domingo Perón, Mensaje Presidencial del 04.02.1974)

Desde el jueves 18 de enero de 1974, Noticias, el diario de la organización terrorista Montoneros, venía batiendo el parche con su campaña de oposición a lo que se empeñaba en llamar peyorativamente "ley represiva", en lo que sería el primer intento desembozado de instalar en el imaginario colectivo la semblanza de un Perón "viejo facho y represor", táctica infame esta que luego perfeccionaría el entrismo a través de Miguel Bonasso, Horacio Verbitsky, José Pablo Feinmann, Horacio González, Ernesto Jauretche (y a propósito de éste, me vienen a la memoria aquellos versos de Cosas que pasan, de don Víctor Abel Giménez: "Y hasta parece mentira, / pero es cosa señalada, / que de una sangre pareja / salga la cría cambiada."); y otros cuantos de la misma laya.
En la edición del 19, precisamente bajo el título "La nueva ley represiva" (eso de "nueva" era una flagrante hijoputez, ya que el empleo de ese adjetivo era un subterfugio para presentarla a la opinión pública como asimilada con las normas impuestas por la tiranía militar, que habían sido derogadas ocho meses antes), abundando en citas del General sacadas de contexto, intentaban "demostrar" que la propuesta del Ejecutivo (en cuya formulación habían intervenido los más prestigiosos penalistas, dicho sea de paso) estaba reñida con lo que el propio Perón enunciara antes (el pasquín Noticias, en una burda maniobra, quería tendenciosamente -y nunca mejor aplicado el término- vincular sus dichos: "La subversión no se arregla con la Policía; eso se soluciona con un poco más de justicia y libertad" vertidos en tiempos de tiranía militar; con el statu quo de ese momento, en que había un gobierno constitucional que además, había sido plebiscitado -"pequeña" diferencia, ¿no?-, de todo lo cual el diario montonero se "olvidaba") e informaba que la Coordinadora de Juventudes Políticas (integrada por la Jotapé, la Juventud Radical, la Federación Juvenil Comunista, la Juventud Intransigente, etc.) se había "entrevistado con el presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, para manifestarle su oposición". También mencionaba que el diputado Juan Carlos Cárdenas de la Vanguardia Federal de Tucumán (un cuasi inexistente partido minoritario de cuatro gatos oligarcas que integraba la FuFePo, orientada por los Guzmán, padre e hija) había enviado un telegrama a Perón solicitándole el retiro del proyecto "en bien de la pacificación necesaria para la común y gran tarea de la reconstrucción nacional" (¡?). Y la cereza del postre era otro titular que rezaba: "Balbín dijo que estaba en contra de las reformas", y a  continuación, transcribía las declaraciones del Chino en tal sentido (de paso, vemos así expuesta y evidenciada la "importantísima colaboración" con el orden institucional a la que el radicalismo se había comprometido según el hartante guitarreo y la soporífera sanata hipócrita de su jefe; en fin...).
El 21, los diputados de la Tendencia no tuvieron mejor idea que emitir un comunicado de prensa (funesto error político, otro más de una sucesión que ya parecía no tener fin), remarcando que se oponían a la "ley represiva", firmado por trece de ellos: Armando Croatto, Santiago Díaz Ortiz, Nilda Garré, Nicolás Giménez, Jorge Glellel, Aníbal Iturrieta, Carlos Kunkel, Diego Muniz Barreto, Juan Ramírez, Juana Romero, Enrique Sversek, Roberto Vidaña y Rodolfo Vittar.
El martes 22 a las diez de la mañana, Perón, acompañado del presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri y el del bloque del FreJuli, Ferdinando Pedrini;  el ministro del Interior, Benito Llambí; el ministro de Bienestar Social, José López Rega; el secretario de Prensa y Difusión, Emilio Abras y el secretario general de la Presidencia, Vicente Solano Lima, recibió en Olivos a los disidentes.  
El General había dispuesto que la reunión fuese televisada por Canal 7 en vivo y en directo a todo el país. Perseguía con eso el propósito de desenmascararlos delante de todo el pueblo argentino; porque así los ponía a optar: o agachaban la cabeza y se dejaban de delirios, acatando al líder (tal como a priori suponía la pertenencia a un movimiento de masas), y se sometían a las reglas que rigen el funcionamiento de todo bloque parlamentario; o se sacaban la camiseta peronista y se iban. Así de sencillo.
A Perón, luego de escuchar los inconsistentes "argumentos" e insinceras motivaciones de los díscolos, unos pocos minutos le bastaron para pulverizar las objeciones que éstos le presentaban con descaro camufladas bajo el disfraz de una indigna y servil genuflexión, tan exagerada y falsa como las protestas de lealtad que hacían para esconder su repugnante felonía; y de poner en evidencia ante todo el mundo su marcha gambetera y el doblez con el que procedían:

Toda esta discusión debe hacerse en el bloque. Y cuando el mismo decida por votación lo que fuere, ésta debe ser palabra santa para todos los que forman parte de él; de lo contrario, se van... Y si la mayoría dispone, hay que aceptar o irse. El que no está contento; se va. Por perder un voto no nos vamos a poner tristes...  no le veo razón a ninguno de los argumentos que vienen exponiéndome... será por la tarea de discutir y buscar triquiñuelas a las cosas. No; aquí hay un fin, el medio es otra cosa... Quien esté en otra tendencia diferente de la peronista, lo que debe hacer es irse... Lo que no es lícito, diría, es estar defendiendo otras causas y usar la camiseta peronista... Ahora, la decisión es muy simple: hemos pedido esta ley al Congreso para que éste nos dé el derecho de sancionar fuerte a esta clase de delincuentes. Si no tenemos la ley, el camino será otro; y les aseguro que puestos a enfrentar la violencia con la violencia, nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla; y lo haremos a cualquier precio, porque no estamos aquí de monigotes. Estamos afrontando una responsabilidad que nos ha dado plebiscitariamente el pueblo argentino. Nosotros no somos dictadores de golpes de estado... vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente; porque a la violencia no se le puede oponer otra cosa que la propia violencia. Eso es una cosa que la gente debe tener en claro, pero lo vamos a hacer; no tenga la menor duda.

Los disidentes, haciendo gala de un cinismo inaudito y una hipocresía sin igual, concluyeron en lo mismo que venían haciendo hasta ahí: simular, fingir. Sus palabras fueron:

Lo que queremos es señalarle y ratificarle, con toda la fuerza que tenemos, que estamos totalmente junto a usted como integrantes del movimiento peronista y junto al pueblo. En ese sentido, somos disciplinados en nuestro Movimiento. Fuimos, somos y seremos disciplinados, hasta la muerte. Queremos agradecerle de todo corazón esta entrevista, y estamos muy contentos de estar con usted, de verlo y de escucharlo.

Veamos ahora cómo "honraron" esa declamada disciplina que tanto cacareaban. El 24 de enero, luego de pasarse todo el día anterior deliberando (¿divagando?) en una oficina cercana al Congreso, ocho de ellos: Armando Croatto, Santiago Díaz Ortiz, Jorge Glellel, Aníbal Iturrieta, Carlos Kunkel, Diego Muniz Barreto, Roberto Vidaña y Rodolfo Vittar, renunciaron sus bancas; traición agravada con la aberración de compararse ¡ellos, tan luego! con Evita: "Nosotros, como dijera nuestra inolvidable compañera Evita, renunciamos a los honores pero no a la lucha", se atrevieron a escribir (si presta atención a eso, querido lector, notará que el evitismo es una característica común en los marxistas impostados como peronistas; pretenden así oponer la imagen de una Evita -que en sus mentes afiebradas vendría a ser la única y auténtica revolucionaria-, a la de un Perón al que -como consigné precedentemente- reputan como un "milico viejo facho y represor que ejercía una conducción autoritaria y burguesa"). Y por supuesto, todo ello convenientemente salpicado con mendaces protestas acerca de su condición de "soldados peronistas", "disciplinados hasta la muerte", bla bla bla (desde ya, sin explicar en virtud de cuáles inefables reglas semióticas que eran herméticas para el común de los mortales pero no para ellos en tanto vanguardistas iluminados, como se consideraban a sí mismos, lograban compaginar esa condición de "soldados peronistas disciplinados" que se atribuían; con la conducta infernal que en los hechos evidenciaban).
No quisieron confrontar con Perón ni ceder a las presiones de la conducción de Montoneros, y por ello se negaron a renunciar: Nilda Garré, Nicolás Giménez, Juan Ramírez, Juana Romero y Enrique Sversek.
Y no se privaría el visceralmente gorila diario La Prensa de poner la lupa sobre ese asunto en su edición del 25 de enero de 1974, mencionando que "no asisten los diputados peronistas que renunciaron... en cambio, concurrieron al recinto la señorita Juana Romero y los señores Nicolás Jiménez (sic), Juan Manuel Ramírez...  también la señorita Nilda Garré, quien no fue a la entrevista con el presidente..."; y señalando con perspicacia que la iniciativa sería aprobada.
En obsequio a la verdad histórica, uno debe necesariamente reconocer que en esa ocasión supo exhibir La Prensa una honestidad intelectual que muy lejos estuvo de tener Noticias, y señalar que entre el gorilismo de ambos, el del diario de los Paz por lo menos era franco y desembozado, e informaba sin apartarse de la veracidad; mientras que el del órgano financiado por los montoneros estaba ahí como cuchillo bajo el poncho, subyacente y artero en la subjetividad y cobarde tendenciosidad que le imprimían su director, Bonasso, y quien tenía a su cargo la sección política, Verbitsky.
Esa misma noche del 24, el anatema cayó sobre las cabezas de los rebeldes como un rayo fulminante. Recibidas las renuncias por el General, éste las elevó al Consejo Superior del Movimiento Nacional Justicialista, organismo que, luego de examinar los antecedentes, procedió a expulsarlos por traidores:

Ante los gravísimos acontecimientos de dominio público y CONSIDERANDO:
Que en la vasta coyuntura histórica que vive la patria, se encuentra en juego su destino de Nación independiente y grande.
Que en esta circunstancia de acuerdo a una antigua norma, muy cara al Movimiento y a su Jefe, es gravísima traición estar en los dos bandos o no estar en ninguno.
Que en el caso de los diputados Vidaña, Vittar, Glellel, Kunkel, Iturrieta, Muniz Barreto, Díaz Ortiz y Croatto, estos eternos principios de conducta han sido violados con singular contumacia, desde que accedieron todos ellos a la grave responsabilidad de representar dignamente a nuestro Movimiento, que tiene una clara y precisa doctrina y a su creador y jefe el Teniente General Perón.
Por todo ello el Consejo Superior del Movimiento Nacional Justicialista RESUELVE:
Expulsar del Movimiento a los señores Roberto Vidaña, Rodolfo Vittar, Jorge Glellel, Carlos Kunkel, Aníbal Iturrieta, Diego Muñiz Barreto, Santiago Díaz Ortiz y Armando Croatto.

También esa noche del 24 se debatió el proyecto (que ya había tenido sanción favorable en el Senado) en la Cámara de Diputados. Jesús Porto fue el legislador que tuvo a su cargo la fundamentación del mismo. En esta imagen, podemos verlo junto al presidente del bloque, Ferdinando Pedrini:


El tratamiento y discusión del tema duró hasta las nueve de la mañana del 25. El proyecto fue aprobado por 128 votos por la afirmativa (entre los cuales se contaban los de los diputados que pese a haber expresado antes objeciones; no renunciaron y terminaron por votar favorablemente), contra 62 por la negativa (entre ellos, los de los radicales, que evidenciaban una incoherencia total entre los actos que producían y aquello que discurseaban con encomio digno de mejor causa; pero que a la vez mantenían sin resolver, como un trauma insoluble, el problema que los aquejó siempre, desde su formación en 1890 hasta la actualidad: no entendieron nunca nada; y esa vez... no fue la excepción).
Lo que he contado en las tres partes (esta y las dos que la precedieron) de este artículo, estimado lector, es la verdad de lo ocurrido en torno al tema que constituye el objeto del mismo. 
Así fueron las cosas, tal como las narré; y no como las pinta -entre otros que calzan los mismos puntos- un sujeto llamado José Pablo Feinmann en un librejo de su autoría, titulado Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina (?), en el cual tergiversa y miente a voluntad. Pero bueno, qué quiere usted de alguien que escribe un libro pretendidamente sobre peronismo y en él pone: "Yo no lo quiero a Perón…  No sé si alguna vez lo quise a Perón o fue siempre la contraseña para estar en ciertos lugares donde quería estar". Y claro, se entiende perfectamente: no puede Feinmann, en tanto marxista sartreano como él mismo se define, comprender a (y por lo tanto escribir sobre) Perón; porque a los humanos sólo nos es dable comprender lo que queremos, lo que amamos. Juzgue usted, lector, qué grado de honestidad intelectual puede inferirse en alguien que es capaz de mentirse a sí mismo.
Por mi parte -como cualquier otro peronista de verdad- podría decir de esa clase de individuos como Feinmann, parafraseando al General, que... lo he conocido naranjo.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 24 de noviembre de 2013

LOS TRAIDORES QUE ECHÓ EL GENERAL. SEGUNDA PARTE



Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
"El Gobierno del Pueblo, respetuoso de la Constitución y la ley, hasta hoy ha venido observando una conducta retenida frente a esos desbordes guerrilleros que nada puede justificar en la situación que vive la República." (Juan Domingo Perón, Mensaje Presidencial del 20.01.1974)
 
Aquella mañana del lunes 21 de enero de 1974, el diputado nacional por la provincia del Chaco y jefe del bloque justicialista, escribano Ferdinando Pedrini, llegó a Olivos a las seis y cuarenta, esto es, veinte minutos antes de la hora fijada para la reunión que mantendría con el presidente Perón.
A poco de hacerse anunciar, fue llevado por el edecán de Perón por el Ejército, teniente coronel Alfredo Díaz, a presencia del General, quien ya se hallaba departiendo hacía un rato con el doctor Vicente Solano Lima.
No había esa mañana gran movimiento en la Quinta Presidencial (Perón se había mudado allí desde la casa de la calle Gaspar Campos 1065, en Vicente López, recién pocos días antes, pues no tenía confianza alguna en cuanto a la seguridad que ofrecía la residencia, y lo había hecho solamente después de que Juan Esquer, el jefe de su custodia, le garantizara que podía hacerlo; y que sus médicos, los doctores Pedro Cossio y Jorge Taiana, hubiesen acabado de organizar y dar el visto bueno definitivo a la guardia cuyos integrantes habían sido cuidadosamente seleccionados, y la aparatología que debía estar siempre a disposición por si las circunstancias demandaban su uso. Sólo estaban, entonces; la custodia, los médicos de guardia y el personal de servicio. La señora Isabel, minutos antes, se había dirigido a la Casa Rosada.
"¿Cómo le va, Pedrini? Pase hombre, pase. Siéntese. ¿Tomará un cafecito o prefiere un mate cocido?", se adelantó Perón (que le profesaba mucha estima y confiaba en su buen juicio) a recibirlo, estrechándole la mano y tendiéndole un pocillo sin esperar respuesta. El Flaco, con su sempiterno Benson & Hedges entre los labios (los compraba no por atados sino por cartones), balbuceaba un agradecimiento mientras con la mirada buscaba un cenicero para apagar el cigarrillo. "Pero no, m'hijo; fume nomás, fume tranquilo", dijo Perón, que había agarrado al vuelo la intención de Pedrini, y trascartón: "Estoy limitado a tres cigarrillos diarios y recién acabo de fumar el de después del desayuno. De hecho, ya debe de haber llegado o estará por llegar el doctor Cossio, que en un rato tiene que hacerme un chequeo de rutina" (se refería al doctor Pedro Ramón Cossio; hijo del doctor Cossio -que fue médico de cabecera de Perón, como consigné antes- y cardiólogo como su padre).
Pedrini, luego de saludarse con Lima, se acomodó en uno de los butacones y pretendió entrar inmediatamente en materia, pues creyó (equivocadamente) que el presidente, con lo que acababa de decirle de la visita médica de Cossio, lo instaba a ser breve. Más temprano que tarde, su fina percepción le indicaría que no era así; que Perón quería, necesitaba, disertar in extenso. Fernando me contaría después que esa mañana, bajo la apariencia de dirigirse a él y a Lima; el General estaba en realidad hablando para sí mismo, como si quisiera ordenar las ideas, como cuando Conan Doyle nos presenta a Holmes en esos diálogos con Watson, vieron, que bajo la forma de parlamentos son más bien cavilaciones consigo mismo, prólogos de alguna solución genial; bueno, algo así, ustedes entienden...
"General, con respecto a lo que me preguntaba ayer, quiero comentarle que hay diputados de la juventud que...". "No, no, Pedrini, deje..." -lo atajó Perón-. "Sé perfectamente a qué atenerme y estoy interiorizado acerca de quiénes son, ¡si uno de ellos fue incluso mi apoderado cuando yo estaba en Madrid! Usted es el jefe del bloque, pero yo lo soy del Movimiento, de modo que los conozco. Y reitero: sé lo que está pasando. No lo he molestado a usted sólo para que me cuente los pormenores; porque ellos mismos han tenido el poco sentido común de hacerme saber sus objeciones y hasta el descaro de solicitarme una reunión para explicarme los motivos que los guían. ¡Como si no los supiera yo de sobra! Le he pedido al doctor Lima que los cite aquí para mañana a las diez, y lo he hecho venir a usted hoy para decirle qué haremos. (Nota mía: los diputados disidentes, en efecto, le habían solicitado el jueves anterior una audiencia a Perón, pedido que canalizaron a través de la secretaría general de la Presidencia, luego de que la jefatura del bloque se negara a tramitarles la misma. El diario montonero Noticias, en su edición del 19, así lo consignaba). Es absolutamente necesario que el país todo sepa que no vamos a tolerar la violencia; es una ineludible obligación del gobierno garantizar la seguridad para todos los ciudadanos y para ello necesitamos la ley. He dispuesto que la reunión con esos señores sea transmitida en directo por televisión; porque el pueblo todo debe tener certeza acerca de quién es quién. Ese puñado de díscolos está obnubilado por los cantos de sirena de tres o cuatro locos y así se convierten en sirvientes de intereses que no son los del país y en idiotas útiles funcionales a objetivos que nada tienen que ver con los de nuestro Movimiento. Después del reto que voy a darles, tendrán que cantar la palinodia y volver mansos y contritos al redil; o sacarse la máscara e irse. Ya verá usted cómo hacen lo primero; porque no son zonzos" (ya corregiría el General ese juicio).
Dicho esto, luego Perón se refirió a la situación en el interior del país, en las provincias con gobernadores sindicados como cercanos a la Tendencia: Oscar Bidegain, de Buenos Aires; Ricardo Obregón Cano, de Córdoba; Miguel Ragone, de Salta; Alberto Martínez Baca, de Mendoza y Jorge Cepernic, de Santa Cruz. En la primera parte de este artículo, vimos como había aludido el General a la tolerancia culposa del primero de los nombrados en el intento de copamiento de los cuarteles de Azul. Puesto el tema sobre el tapete, Perón se expresó en severos términos sobre la gestión de Bidegain y en un momento dijo: "¿Pero qué le pasó, es que se ha vuelto loco de repente? Y pensar que he sido yo quien lo puso ahí. He evaluado ayer la posibilidad de enviar al Congreso los pedidos de intervención a Buenos Aires y Córdoba".
El doctor Lima (que apreciaba a Bidegain) esbozó la idea de que podría evitarse la intervención a Buenos Aires si el gobernador accedía a introducir cambios tanto en su equipo como "en las exterioridades" (un eufemismo que empleó esa gran persona y extraordinario político que fue don Vicente Solano Lima para no decir derechamente que se le pedirían a Bidegain notorias, públicas e inequívocas muestras y evidencias de haberse sacudido de encima a la Tendencia). En la práctica, significaba una intervención sin intervención, es decir, sin suplantar la cabeza del ejecutivo, y obviamente, los ministros, secretarios y demás cuyos nombramientos subseguirían a la purga, serían indicados por el gobierno nacional. La idea no era descabellada; tenía sentido y la ventaja de ahorrar tensas y trabajosas negociaciones con la oposición, principalmente con el radicalismo. "Si usted lo aprueba, General, yo puedo encargarme de ello. Confío en que tendré éxito", le dijo a Perón. Éste, sin negar ni asentir, se levantó del butacón diciendo: "Usted es un buen hombre, doctor Lima, un buen hombre". Y seguidamente: "Debo ahora ver al doctor Cossio, que me está aguardando". La reunión había concluído.
Pedrini y Lima salieron juntos de la Residencia. El Flaco, que tenía escaso apego a los coches oficiales, había ido en un taxi, y un chofer aguardaba al secretario general en un auto de la Presidencia. "¿A dónde se dirige, escribano? Lo llevo". "Al Congreso, doctor, gracias".

(Continuará)

lunes, 18 de noviembre de 2013

LOS TRAIDORES QUE ECHÓ EL GENERAL. PRIMERA PARTE
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Ha pasado la hora de gritar Perón; ha llegado la de defenderlo." (Juan Domingo Perón, Mensaje Presidencial del 20.01.1974)

 Los hechos que voy a narrar a continuación, me fueron referidos de primera mano, a la semana de haber acaecido, por uno de los protagonistas principalísimos de los mismos: el señor -o mejor escrito, SEÑOR, así con mayúsculas- escribano Ferdinando Pedrini -Fernando (Ferdinando es Fernando en italiano) o el Flaco, para los amigos-, quien fue hombre de toda la confianza de Perón y que era a la sazón por esa época presidente del Bloque Justicialista de la Cámara de Diputados de la Nación; que fuera luego designado interventor en la provincia de Salta y que tuvo la enorme deferencia -la cual nunca dejaré de agradecerle y por eso honro su memoria cada vez que tengo oportunidad de hacerlo- de conceder su amistad -él, que tenía una larga trayectoria al servicio del peronismo y que era por derecho y merecimientos propios una de las primerísimas figuras políticas del país- a un mocoso don nadie que aún no había cumplido los 18 años como era yo por entonces (mocoso, muy a mi pesar y con casi 58 por el lomo, ya no lo soy; don nadie... eso sí, lo sigo siendo).

 

Voy, pues, a contarlos tan fielmente como me fueron transmitidos, luego de algunas consideraciones previas de modo de refrescar la memoria de algunos "olvidadizos" empeñados en la construcción de un relato mentiroso, falso de toda falsedad. Y muy especialmente, la de dos sujetos en particular, de los cuales daré sólo sus iniciales: José Pablo Feinmann son las de uno y Horacio González las del otro.
El 21 de junio de 1973, tras los desgraciados hechos de Ezeiza, Perón había dicho: “Cada argentino, piense como piense y sienta como sienta, tiene el inalienable derecho a vivir en seguridad y pacíficamente. El Gobierno tiene la insoslayable obligación de asegurarlo. Quien altere este principio de la convivencia, sea de un lado o de otro, será el enemigo común que debemos combatir sin tregua, porque no ha de poderse hacer nada en la anarquía que la debilidad provoca o en la lucha que la intolerancia detesta". Hubieron, lamentablemente, quienes prestaron oídos sordos y la escalada de violencia, apañada y alentada desde el gobierno de Cámpora, iba in crescendo.
Y después, ya producida el 13 de julio la renuncia de aquel mediocre pusilánime bueno para nada, el General diría el 21 de setiembre, un par de días antes de las elecciones que lo consagrarían presidente de los argentinos por tercera vez: “Es preciso también que la juventud se persuada de que la lucha activa ha terminado y que comienza otra lucha no menos importante por la reconstrucción y la liberación de la patria, en la que hay que llegar a la unidad nacional cohesionada con una solidaridad de todos los argentinos que sea garantía de una paz indispensable para la reconstrucción".
Le contestaron cuatro días más tarde, a dos de haber sido plebiscitado con el 62% de los votos, con el asesinato alevoso del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, y trascartón; con una clarinada de guerra: el anuncio poco después, más precisamente, el 12 de octubre -¡justo el día en que el General asumía la presidencia!-, de la fusión entre Montoneros y FAR (que ya venían actuando en conjunto -o más bien, en complicidad-, dicho sea de paso y por más que ahora se empeñen en negarlo para eludir en la justicia las consecuencias de sus crímenes) en una sola y tenebrosa organización. 
Al delirante vanguardismo  "de izquierda", ese que quería la "patria socialista", con su demencial violencia; se le opuso la locura no menor de la violencia "de derecha": las dos caras de una misma y ruin moneda. Y el país todo fue coto de caza de esos dos bandos (o más apropiadamente, bandas). Y al calor asfixiante y opresivo del fuego que se cruzaban, se iba incubando el huevo de la serpiente.
Perón percibió claramente las implicancias del desafío que le hacían las organizaciones guerrilleras, y recogió el guante: pocos días después del anuncio de fusión de éstas, dispuso que se girara al Congreso para su tratamiento, un proyecto de ley propiciando la introducción de reformas en el Código Penal, más precisamente en la configuración del delito de asociación ilícita y aumentando las penas para el mismo y también para el de tenencia de armas de guerra. 
En la noche del sábado 19 de enero de 1974, la guerrilla trotskista del ERP, con la planificación de su líder Roberto Santucho y  la dirección de Enrique Gorriarán Merlo, produjo un ataque e intento de copamiento a los cuarteles de Azul, provincia de Buenos Aires, asiento del Regimiento 10 de Caballería Blindada y del Grupo 1 de Artillería Blindada, durante el cual fueron asesinados el conscripto Daniel González, el jefe de la guarnición, coronel Camilo Gay y la esposa de éste, Hilda Casaux; y secuestrado el teniente coronel Jorge Ibarzábal  (que sería muerto por sus captores diez meses después). 
En la mañana del domingo 20 muy temprano, ni bien anoticiado del suceso, Perón pidió estar solo para trazar el curso de acción a seguir. Al rato, requirió la presencia del secretario general de la Presidencia, doctor Vicente Solano Lima, y llamó a reunión de gabinete, ampliada con la presencia de Isabel, el secretario militar de la Presidencia, los comandantes de las tres armas, el jefe de la Casa Militar y el jefe de la SIDE. Llegado el mediodía pidió que lo comunicaran telefónicamente con el presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri. "Lastiri, ¿qué pasa con el proyecto de reforma del Código Penal que envié? ¡Necesitamos esa herramienta!". "Verá, General, según me manifestara el presidente del bloque, compañero Pedrini; existe reticencia por parte del algunos...", empezó a responder Lastiri. Perón cortó y ordenó: "Pónganme al teléfono con Pedrini". A todo esto, el Flaco había sido invitado a almorzar en casa de su amigo y socio Fernando Mitjans (que era el escribano personal de Perón y que poco después sería nombrado interventor en la AFA). Allí lo ubicaron. Puesto al habla con el General, éste le repitió la pregunta que le había formulado antes a Lastiri. "General, el bloque ya se ha expedido y el proyecto está listo para ser tratado en el recinto; pero esperaba poder reunirme con usted a fin de interiorizarlo sobre las objeciones al mismo que existen por parte de los compañeros diputados de la Tendencia". "Muy bien, lo espero aquí mañana a las 7. Adiós.", dijo Perón. Por la tarde, escribió el mensaje que esa noche a las 21 hs. daría al país todo, y que sería transmitido en directo por cadena nacional.
Se lo vería por TV, en su uniforme de teniente general, serio, adusto, demacrado, con gesto tan grave como graves eran las circunstancias.

 

"Me dirijo a ·todos los argentinos frente al bochornoso hecho que acaba de ocurrir en la Provincia de Buenos Aires en la localidad de Azul, en el Regimiento de Tiradores Blindados C 10, donde una partida de asaltantes terroristas realizara un golpe de mano, mediante el cual asesinaron al jefe de la unidad, coronel don Camilo Gay y a su señora esposa, y luego de matar alevosamente a soldados y herir a un oficial y suboficial, huyeron llevando como rehén al teniente coronel lbarzábal.
Hechos de esta naturaleza evidencian elocuentemente el grado de peligrosidad y audacia de los grupos terroristas que vienen operando en la Provincia de Buenos Aires ante la evidente desaprensión de sus autoridades.
El Gobierno del Pueblo, respetuoso de la Constitución y la ley, hasta hoy ha venido observando una conducta retenida frente a esos desbordes guerrilleros que nada puede justificar en la situación que vive la República.
Tampoco desde nuestro Movimiento hemos querido producir un enfrentamiento, desde que anhelamos la paz y propendemos a la unión y solidaridad de todos los argentinos, hoy ocupados en la Reconstrucción y Liberación Nacional.
Pero todo tiene su límite. Tolerar por más tiempo hechos como el ocurrido en Azul, donde se ataca una institución nacional con los más aleves procedimientos, está demostrando palmariamente que estamos en presencia de verdaderos enemigos de la Patria, organizados para luchar en fuerza contra el Estado, al que a la vez infiltran con aviesos fines insurreccionales.
Nuestro Ejército, como el resto de las Fuerzas Armadas, que han demostrado su acatamiento a la Constitución y a la ley en provecho de una institucionalización, no merecen sino el agradecimiento del pueblo argentino que, frente a .lo ocurrido, debe sentirse herido en lo más profundo de sus sentimientos patrióticos.
Ya no se trata sólo de grupos de delincuentes, sino de una organización que, actuando con objetivos y dirección foráneas, ataca al Estado y a sus instituciones como medio de quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos que impida la Reconstrucción y la Liberación en que estamos empeñados. Es la delincuencia asociada a un grupo de mercenarios que actúan mediante la simulación de móviles políticos tan inconfesables como inexplicables.
En consecuencia, ni el Gobierno, que ha recibido un mandato popular claro y plebiscitario, ni el pueblo argentino, que ha demostrado con creces su deseo de pacificación y liberación, pueden permanecer inermes ante estos ataques abiertos a su decisión soberana, ni tolerar el abierto desafío a su autoridad, que pone en peligro la seguridad de la ciudadanía, cada día expuesta a la acción criminal de esta banda de asaltantes.
No es por casualidad que estas acciones se produzcan en determinadas jurisdicciones. Es indudable que ello obedece a una impunidad que la desaprensión e incapacidad hacen posible, o lo que sería aún peor, si mediara, como se sospecha, una tolerancia culposa.
En consecuencia, el Gobierno nacional, en cumplimiento de su deber indeclinable tomará de hoy en más las medidas pertinentes para atacar el mal en sus raíces, echando mano a todo el poder de su autoridad y movilizando todos los medios necesarios. El Movimiento Nacional Justicialista movilizará asimismo sus efectivo s para ponerlos d ecididamente al servicio del orden y colaborar estrechamente con las autoridades empeñadas en mantenerlo.
Pido, asimismo, a todas las fuerzas políticas y al Pueblo en general, que tomen partido activo en la defensa de la República, que es la afectada en las actuales circunstancias.
Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la Patria y sus instituciones, que es preciso destruir antes de que nuestra debilidad produzca males que pueden llegar a ser irreparables en el futuro.
Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones que tanto ha costado llevarlas al clima magnífico de su actual funcionamiento. Esas organizaciones son también objeto de la mirada codiciosa de estos elementos, muchas veces disfrazados de dirigentes. Cada trabajador tiene un poco de responsabilidad en esa defensa, y espero confiado porque los conozco, que .las sabrán defender como lo han hecho en todas las ocasiones.
El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una Patria justa, libre y soberana, lo que nos obliga perentoriamente a movilizarnos en su defensa y empeñarnos decididamente en la lucha a que dé lugar. Sin ello, ni la Reconstrucción Nacional ni la Liberación serán posibles. Yo he aceptado el Gobierno como un sacrificio patriótico porque he pensado que podría ser útil a la República. Si un día llegara a persuadirme de que el Pueblo argentino no me acompaña en ese sacrificio, no permanecería un solo día en el Gobierno. Entre las pruebas que he de imponer al Pueblo, está esta lucha. Será pues, la actitud de todos la que impondrá mi futura conducta. Ha pasado la hora de gritar Perón; ha llegado la de defenderlo." (sic)


Como puede inferirse clara y fácilmente, lo de "los grupos terroristas que vienen operando en la Provincia de Buenos Aires ante la evidente desaprensión de sus autoridades y lo de "No es por casualidad que estas acciones se produzcan en determinadas jurisdicciones. Es indudable que ello obedece a una impunidad que la desaprensión e incapacidad hacen posible, o lo que sería aún peor, si mediara, como se sospecha, una tolerancia culposa", eran alusiones directas al gobernador de Buenos Aires, Oscar Bidegain, a quien se lo reputaba como estrechamente vinculado con la Tendencia, y cuya renuncia sería forzada dos días más tarde.
En compañía de su esposa y vicepresidente de la Nación, María Estela Mártínez; el comandante en jefe del Ejército, general Leandro Anaya y el jefe del Regimiento de Granaderos, coronel Jorge Sosa Molina, Perón se dirigió al velatorio del coronel Gay.



Continuará

domingo, 10 de noviembre de 2013

CON VISO DE ASTUCIA... Y DE SUERTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Antonio del Viso había nacido en Córdoba el 10 de febrero de 1830. Emparentado y relacionado con las familias más tradicionales de la provincia mediterránea, se recibió de abogado y comenzó a incursionar en la política local formando parte del grupo que giraba en la órbita del general Julio A. Roca, quien había sido designado comandante de frontera con asiento en Río Cuarto.
Después de Pavón se había instaurado en el país a sangre y fuego un orden cuya piedra fundamental era el centralismo a ultranza. La oligarquía porteña expresada en el mitrismo y el alsinismo ("nacionalismo" mitrista y "autonomismo" alsinista, las dos caras de la misma moneda) imponía de ese modo su voluntad caprichosa y sectaria al resto. Era ese un statu quo que no podía mantenerse indefinidamente a no ser por la fuerza; que era precisamente a través de la cual se lo había establecido. Y como toda fuerza implica la existencia de una igual pero en sentido contrario; vendría la reacción: las aristocracias provincianas reclamándole a la de Buenos Aires no sólo su porción de la torta sino además el arbitrio de cómo ésta habría de repartirse.
Alsina, que de zonzo no tenía nada, por lo contrario; se dió perfecta cuenta del peligro que representaba Roca para sus indisimuladas aspiraciones presidenciales y ya en 1872 había intentado forzar la supresión de las comandancias de frontera (de "frontera" con los indios, se entiende, y que eran solamente dos: una la del Chaco y otra la de Río Cuarto, al mando de Manuel Obligado y Julio A. Roca respectivamente) alegando "razones presupuestarias". La partida la ganó el Zorro moviendo magistralmente sus alfiles (uno de los cuales era Del Viso) colocándolos en fianchetto. En ese orden de ideas por esa época le escribió a su concuñado Miguel Juárez Celman:

"Los miembros de la comisión de presupuesto de la cámara de diputados, por insinuaciones indudables de Alsina, proponen la supresión de las comandancias generales de fronteras. El tiro es para mí... Es conveniente que Del Viso le escriba a Vélez (Nota mía: se refiere a Luis Vélez, a la sazón, diputado nacional por Córdoba) que se oponga con su voto a esta medida, que no es sino un plan político... Conviene no sólo que yo triunfe en esta cuestión, sino que aparezca con muchos amigos en el congreso." (Negritas y subrayados míos).

¡Y vaya si triunfó Roca en esa oportunidad y si habrá hecho bien los deberes Del Viso! La cuestión se dirimió por 50 votos en contra del proyecto, contra sólo 8 a favor. El Zorro se quedó en su comandancia en Río Cuarto y Alsina, muy a su pesar, desde el ministerio de Guerra debió tascar el freno; porque Roca, con astucia, se recostó en el presidente Avellaneda y se dedicó a influir en los gobiernos de las provincias cuyanas.
En ese contexto se desarrollaron en Córdoba en 1877 los comicios para gobernador. Roca había hecho elegir senador provincial a Juárez Celman y apoyaba sus aspiraciones al ejecutivo. Pero aconteció que entre Alsina y Mitre -con el beneplácito de Avellaneda, a quien habida cuenta de lo débil de su posición la matufia le convenía largamente- habían urdido una conciliación (eufemismo empleado para designar lo que era a todas luces un pacto espurio) en función de la cual ambos partidos se obligaban a apoyar candidaturas previamente consensuadas.
Así las cosas, se convino en lanzar para las elecciones de las que habría de surgir el sucesor del gobernador Enrique Rodríguez una fórmula encabezada por el doctor Clímaco de la Peña. Y claro, la situación provincial era autonomista, y lógicamente Alsina (cuya mira era suceder a Avellaneda en la presidencia de la nación) no podía resignarla en favor del mitrismo; por eso se optó por De la Peña, hombre de prestigio en las clases populares, de fluída y excelente relación con el presidente Avellaneda y cuya postulación conformaba a todos, autonomistas y mitristas. A Roca no le quedó más remedio que allanarse, tragar amargo y escupir dulce; pero como su infuencia en la región era un factor de peso muy considerable, logró en ese juego reservarse la designación del segundo término de la fórmula, el cual hizo recaer en Del Viso.
El Zorro debió extremar esfuerzos (y también componendas y camándulas) para que cuajara Del Viso, porque Avellaneda propugnaba para vice a Felipe Díaz, que era un puntal del mitrismo. Y las jugarretas del destino: Del Viso pertenecía a la tradicional familia de los Bulnes y Felipe Díaz era hijo del coronel José Xavier Díaz, quien fuera el primer gobernador federal de Córdoba, que había mantenido un precario equilibrio entre artiguistas y directoriales y que en 1816, al negarse a prestar ayuda a Santa Fe invadida por Buenos Aires; había sido combatido y derrotado por Juan Pablo Bulnes. Sesenta y un años después de aquellos sucesos, la política argentina volvía a enfrentar a un Díaz contra un Bulnes. 
Celebrados los comicios el 19 de noviembre de 1876, el 17 de enero de 1877 se reunió la Asamblea Electoral compuesta por 38 delegados y proclamó electos gobernador a Clímaco de la Peña por 32 votos contra 6 para Cayetano Lozano; y vicegobernador a Antonio del Viso por 21 votos contra 16 para Felipe Díaz (ajustada victoria que muestra a las claras cuánto debió de haberse esforzado Roca para sostenerlo al primero) y 1 para Jerónimo del Barco; fijándose el 17 de mayo como fecha en la que habrían de recibirse de sus cargos.
Sin embargo, no iba a ser así, o por lo menos no tan así. El 5 de mayo De la Peña concurrió a un almuerzo al que había sido invitado en casa de un médico italiano, el doctor Luis Rossi. Concluído el ágape, se retiró a su domicilio y al poco rato se sintió indispuesto, falleciendo en cuestión de minutos. Lo súbito del deceso dió pábulo a los chismes y pronto empezó a correr el rumor de que había sido envenado; lo cual era un dislate sin asidero alguno.
La muerte de De la Peña variaba sustancialmente la cosa. Y es que era liberal, sí, pero un liberal "conservador", católico practicante (cuestión no menor, tratándose de Córdoba) y de índole poco proclive a las mudanzas bruscas como las que propiciaba el ala más "radical" del liberalismo cordobés encarnada en Del Viso, Juárez Celman, etc.
Cuenta Ramón José Cárcano en su Recordando el pasado que la noche misma del velatorio de Clímaco de la Peña, en un carruaje que llevaba a sus casas al referente principal del mitrismo cordobés, Cleto Peña; al vicegobernador electo Antonio del Viso y a Miguel Juárez Celman; se abordó la discusión sobre qué  correspondía hacer: si el 17 de mayo debía recibirse de la gobernación Del Viso (que estaba dubitativo), como sostuvo Juárez Celman; o si era el caso de llamar nuevamente a elecciones, como especulaba Peña. Llegados a la casa de Del Viso, Juárez Celman redactó un telegrama dirigido a su concuñado el general Roca que estaba en Río Cuarto y éste llegó al día siguiente a Córdoba matando caballos
Por su parte, al gobernador saliente Enrique Rodríguez (que se había desempeñado de manera muy eficaz durante su mandato, dicho sea de paso) le había complacido en grado sumo lo de la conciliación y la postulación de Clímaco de la Peña (que pensaba de manera muy similar a él) y en cambio no le gustaban ni un poquito así los liberales al estilo Del Viso, Juárez Celman, Bouquet y Zavalía (este último, vicegobernador suyo); de modo que a la muerte del primero, decidió someter el asunto a consideración de la Asamblea Electoral, solicitando a ésta que volviera a reunirse para elegir un nuevo gobernador  por fallecimiento del electo. Pero claro, no justipreciaron adecuadamente ni Rodríguez, ni Cleto Peña y mucho menos los hermanos Luis e Ignacio Vélez la capacidad, la energía y la astucia de Roca, que el mismo día que arribó a Córdoba empezó a fabricar la escalera que llevaría a Del Viso hasta el despacho de la gobernación; mientras los otros perdían el tiempo en consultas e idas y vueltas sin que atinara ninguno de ellos a evidenciar firmeza y decisión en el criterio que sustentaban ni hacer nada práctico y efectivo para ponerlo en planta.
Por indudable influencia del Zorro, el presidente de la Asamblea Electoral, Belindo Soaje, le respondió a Rodríguez que ese cuerpo ya había cumplido con el cometido para el que había sido convocado, al momento de votar y proclamar electos a De la Peña y Del Viso para gobernador y vice, y que no veía motivos para que el organismo tuviera que reunirse otra vez. En buen romance equivalía a decirle: "Señor, el problema del fallecimiento de un gobernador electo y quién debe sustituírlo no es electoral sino político, y deben resolverlo los políticos, para eso están". Rodríguez, decepcionado por la respuesta de Soaje, delegó el gobierno en Fernando de Zavalía y se fue al campo.
Roca jugó hábilmente sus naipes, tirando y aflojando (esto último más en la apariencia que en la realidad efectiva). Se entendió rápidamente con Zavalía a quien prometió apoyarlo en su candidatura a senador tras lo cual, dando una voltereta en el aire; negoció con Luis Vélez que a cambio de aceptar éste que Del Viso fuese gobernador, finalmente resultara él electo senador. Pero ni siquiera ese cabo quiso dejar suelto el Zorro, que no daba puntada sin hilo; porque por esos días le escribía a Juárez Celman:

"Siento que no haya sido Zavalía el senador. Desearía hablase usted con Vélez y le diga que soy yo el iniciador de su candidatura y que siempre ha sido mi candidato para ese cargo y para todos los de la República inclusive el de arzobispo (Nota mía: lo de "inclusive el de arzobispo" era una sutil ironía para referirse al acendrado catolicismo de Vélez). A cada momento necesita uno el voto de esos señores senadores."

No se engañaba Roca en su percepción, y o bien no debe haber resultado Juárez tan efectivo en el cumplimiento del encargo, o bien Vélez no era tan ingenuo como para tragarse ese cuento; porque andando el tiempo se pasó del autonomismo al mitrismo y sería enconado opositor tanto del Zorro como de su concuñado.
El 17 de mayo de 1877 Del Viso asumía la gobernación prestando juramento ante la legislatura provincial. Instalado en su despacho, inmediatamente designó en las carteras de Gobierno y de Hacienda a Miguel Juárez Celman y Carlos Bouquet respectivamente.
Hacer gobernador a Del Viso le significó a Roca sin dudas poner la piedra basal de su primera presidencia en 1880, pues llevó adelante este último una muy buena gestión y administración (si bien opacada un tanto por la cesión de grandes extensiones a pocas personas al querer darle solución definitiva al problema de la tierra fiscal que era desaprensivamente utilizada sin que reportara rédito alguno al estado provincial, lo cual daría origen a latifundios), pero además de ello; afianzó y acrecentó las relaciones con los gobiernos de las provincias cuyanas (sobre las cuales había influído Roca, como vimos antes) constituyendo una liga de gobernadores que a poco se engrosaría, convirtiéndose en la fuerza impulsora y sostén principalísimo de la candidatura presidencial del Zorro. Cuando éste, siendo el flamante ministro de Guerra de Avellaneda luego de la muerte de Alsina, creyó que no podría llevar adelante sus pretensiones de ser presidente; pensó en apoyar la candidatura de Carlos Tejedor, reservando la vicepresidencia para Del Viso. En ese orden de ideas, el 24 de julio de 1878 le escribía a Juárez Celman en obvia alusión irónica a la suerte que había tenido Del Viso al acceder a la gobernación de Córdoba por el fallecimiento del titular electo y especulando con la posibilidad de que Tejedor (que era de edad avanzada) muriese también:

"Daremos la presidencia, pero reservaremos la vicepresidencia para el doctor Del Viso que de derecho le corresponden todas las vices, y tiene tanta suerte que todavía se le han de morir otros. También reservaremos el ministerio de la Guerra y algo más si se puede." (Negritas y subrayados míos).

Llegado en 1880 al término de su período gubernamental en Córdoba, el doctor Antonio del Viso fue electo senador. Y después, al acceder el general Roca a la presidencia de la Nación; fue designado por éste ministro del Interior. 
Nombrado ministro plenipotenciario de nuestro país ante Italia, falleció en Roma el 11 de marzo de 1904.

-Juan Carlos Serqueiros-