El día que abraces tu totalidad, sólo habrá un mundo para todos. (Gabriela Borraccetti)
El Mosquito fue un periódico hebdomadario que se editaba en Buenos Aires, salía los domingos y se autodefinía “independiente, satírico, burlesco y de caricatura”. Aunque a eso de independiente… bueno, mejor tómelo usted con pinzas, mi apreciado amigo lector, ya que la cosa no era así —o al menos, no tan así—, porque en 1882 se obligó contractualmente a ponerse, por el término de dos años, bajo el auspicio (léase apoyo económico) del Partido Autonomista Nacional de la provincia de Buenos Aires. Y después de eso, ya sin que mediase convenio legal escrito que lo obligara, pero sí como algo trasuntado en su línea editorial; resignó definitivamente tal condición a partir de su indisimulado alineamiento con el roquismo y el juarismo. Fundado en 1863 por el dibujante y litógrafo francés Henri Meyer, su primera edición salió a la calle el 24 de mayo de dicho año. Las caricaturas las hacía el propio Meyer y sus redactores eran un lujo literario: el también francés (nacionalizado argentino) Luciano Choquet, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde (que escribía bajo el pseudónimo Julio Bambocha), nada menos. En 1868 se incorporó como ilustrador otro francés: Henri —después argentinizado en Enrique— Stein (n. París, 04.10.1843 – m. Buenos Aires, 17.01.1919), quien pronto se constituiría en factótum pasando, en 1872, a detentar el cargo de director gerente para después, en 1875, adquirir el periódico y convertirse en su editor y director propietario, mimetizándose con la publicación hasta el punto de identificarla con su propia figura caricaturizada y “armada” con un filoso lápiz a guisa de lanza. Quedaba claro que El Mosquito y Stein eran una sola cosa, un ente inescindible. Y que sus sátiras eran tan de temer como las punzantes plumas de Sarmiento en El Nacional o de Varela en La Tribuna (a los cuales, por otra parte; El Mosquito no trepidaba en interpelar e increpar).
En 1874, no obstante ser Stein director gerente de El Mosquito (y por lo tanto alineado con el Partido Autonomista de Adolfo Alsina); sorpresivamente aceptó una oferta del Partido Nacionalista para ilustrar el periódico La Presidencia, el cual postulaba la candidatura de Bartolomé Mitre. Dado que obviamente se vería obligado a contradecir, desde las páginas del semanario mitrista, las publicaciones del que él mismo dirigía, firmaba sus caricaturas en El Mosquito con su nombre y apellido; mientras que rubricaba con el pseudónimo Carlos Monet o las iniciales C. M. las que hacía para La Presidencia. Y a los reproches que recibía, los contestaba con el argumento: “no soy argentino ni político, soy dibujante”, es decir, actuaba como un profesional que no veía impedimento alguno para cobrar de Alsina y a la vez, también de Mitre.
El Mosquito se mantuvo en el primer lugar de las preferencias del público durante treinta años. Satirizaba a todos y de todos se reía, empezando por sí mismo, es decir, por quienes constituían su propio staff: a la pregunta acerca de si era “mashorquero” (rosista) o “salvage” (unitario), “crudo” (alsinista) o “cocido” (mitrista); respondía: “soy político y como todos los demás del gremio disbarro y disbarraré” (donde se emplea disbarro por “desbarro”, o sea desatino, dislate, yerro, barbaridad, disparate). Quedaba clarísimo: El Mosquito podía asumir cualquier postura político partidaria e incluso adherir ocasionalmente a un candidato, para inmediatamente después zaherirlo y ponerse en contra, arrogándose la prerrogativa de ostentar una llamativa volubilidad a la cual consideraba derecho propio y hasta motivo de orgullo. La excepción que confirmaba la regla fue la inalterable admiración de Stein hacia la figura política de Julio A. Roca, la cual —tengo para mí— más que en la coincidencia entre su propio apellido (que en alemán quiere decir roca) y el del Zorro; se basaba en el postulado “paz y administración” que este último enunciaba y en las ideas de republicanismo liberal que ambos profesaban.
Pero lo que me propongo, más que narrar la historia de El Mosquito; es referirme a las aptitudes innatas que de sobra se evidencian en Stein a la hora de analizarlo no ya como artista y periodista; sino en su faceta de publicista, actividad en la cual obtuvo también un éxito nada desdeñable. Para ello, he elegido como portada de este opúsculo una publicidad de Bagley del año 1889, diseñada por él y ejecutada en la técnica litografía coloreada, que le fuera encargada por su cliente y amiga, la inglesa Mary Jane Hamilton viuda de Melville Sewell Bagley, quien desde la muerte de su esposo ejercía la dirección de dicha empresa. Estaba destinada a difundir y promocionar las manufacturas características de la compañía: la bebida Hesperidina, aperitivo argentino por antonomasia hecho a partir de corteza de naranja agria; el dulce (mermelada) Bagley, elaborado con la pulpa de naranja que quedaba en el proceso como excedente; y las galletitas Adelina, por entonces recientemente lanzadas al mercado y así llamadas en homenaje a la soprano Adelina Patti.
Se trata de una propaganda comercial inspirada en la situación política de la época, de manera de aludir a las profundas discrepancias que en materia de ideas, opiniones y criterios, existían entre los personajes en ella representados (de izquierda a derecha: Ramón J. Cárcano, Julio A. Roca, Bartolomé Mitre, Miguel Juárez Celman, Dardo Rocha y Eduardo Wilde), pero a la vez; minimizándolas y volviéndolas relativas mediante una inscripción que reza: "En algo han de estar de acuerdo y es que los productos de Bagley son 3 cosas buenas" (sic). La magistral asociación entre imagen y epígrafe en aquel mensaje publicitario venía así a resultar altamente eficaz en tanto establecía una conexión directa con el consumidor transmitiéndole optimismo y positivismo.
Pero en rigor de verdad, debo mencionar también que Stein tenía un criterio bastante… elástico, digamos, al momento de observar y respetar, en el ámbito de la propaganda comercial, el límite entre el legítimo empleo de la fantasía como medio de generar deseo; y lo que era lisa y llanamente publicidad engañosa: en su edición de fecha 30 de julio de 1882, El Mosquito (léase Stein) incurrió en esa mala práctica al hacer promoción —para colmo, encubierta, disfrazada de noticia— de la cerveza que fabricaba su cliente y amigo Emilio Bieckert, expresando beneplácito ante la decisión de éste de rehusar la medalla de oro emergente de la obtención del primer premio en el contexto de la Exposición Continental Sud-Americana de ese año. Aparentando no necesitar de ningún galardón, Bieckert a través de la pluma de Stein hacía trascender que renunciaba al premio que se le otorgaba, molesto e indignado porque el jurado había cometido “la increíble injusticia de dar uno igual a otro cervecero” (sic), pero sin siquiera especificar de cuál “otro cervecero” se trataba, pues no revelaba ni la empresa elaboradora ni la marca comercial, lo cual no le impedía endilgarle “tener cuñas y servirse de ellas”, para concluir preguntando: “¿No es acaso el público consumidor el que da el fallo en esta cuestión?”. Todas macanas. La verdad era que Bieckert no rehusó ningún premio y que el público no estaba en condiciones de “dar el fallo”, al no poder probar otras marcas, toda vez que se le había concedido a Bieckert la exclusividad en el expendio de cerveza en todos los cafés, restaurantes y pabellones de la Exposición. Así las cosas, en esa publicidad subrepticia, enmascarada de modo de hacerla pasar por cordial adhesión a la actitud de un amigo, Stein incurrió en nada menos que falsear información, tergiversar y ocultar datos.
En fin… una de cal y otra de arena. Después de todo, nunca hay que olvidar que de carne somos. Ah, y a propósito: estimo pertinente destacar que en 1888 Stein había procedido con nobleza cobijando en su propia casa a su archirrival periodístico: Eduardo Sojo, director del periódico Don Quijote (ferozmente opositor al gobierno), de modo de sustraerlo a la persecución de que era objeto por parte del jefe de policía Alberto Capdevila y de Lucio V. Mansilla (quien incluso, el año anterior lo había hecho encarcelar).
En enero de 1889, más o menos coincidentemente con los días en que lanzaba la publicidad para Bagley, Stein recibió un mensaje del presidente de la Nación, Miguel Juárez Celman, por el cual éste le ofrecía “complacerle en algún favor” (se sobreentendía que ese “favor” adquiría el carácter de “especial”, por cuanto de hecho, El Mosquito estaba subvencionado por el gobierno tanto directa como indirectamente). Entonces Stein manifestó que le gustaría integrar la comitiva oficial que viajaría a París con motivo de la participación argentina en la Exposición Universal de ese año, lo cual le fue concedido. Así, en marzo dejó la dirección del periódico en manos de su colaborador Eugenio Damblans y viajó a la “ciudad luz”, en la cual permaneció hasta agosto, en que regresó a Buenos Aires para reasumir la dirección de El Mosquito en septiembre.
Por entonces, se sentía cada vez más hastiado de la política y proyectaba alejarse de ella. Desde 1881 había venido desarrollando sostenidamente su propio comercio: Librería y Papelería Artística Stein, del cual podía vivir cómodamente y sobre todo; más tranquilo (nunca evidenció excesiva apetencia por el dinero ni se demostró afecto al lujo). Pocos días antes del estallido de la Revolución del Parque, anunció que vendía El Mosquito a “una sociedad anónima” (sic) y consecuentemente, cesaba en su función de editor responsable, quedando “solamente” (sic) a cargo de los grabados y la administración. Y en tal carácter siguió hasta la edición n° 1580 del domingo 13 de julio de 1893, fecha en que el semanario, sin anuncio previo, simplemente dejó de salir. De allí en adelante, en lo comercial se dedicó a su negocio de librería, papelería, fotografía y galería de arte, mientras que en lo artístico se consagró principalmente al dibujo histórico. Su óleo sobre tela pintado en 1903 y titulado “Declaración de la Independencia” continúa reproduciéndose en láminas ilustrativas en los manuales escolares.
Enrique Stein falleció en Buenos Aires el 17 de enero de 1919. Si existe eso llamado eternidad, ya lo encontraremos en algún recodo de ella con su lápiz-lanza en ristre dispuesta a destripar algún político, tendiendo su mano caballeresca y fraterna al rival en desgracia, tejiendo la urdimbre de verdad-mentira en el reino de la publicidad comercial y con el corazón siempre dividido entre su amada Francia y esta nuestra Argentina en la que vino a dejar sus huesos.
-Juan Carlos Serqueiros-
______________________________________________________________________
REFERENCIAS
AGN. a) Biblioteca. Colección Celesia. Productos Bagley. El Mosquito, 1889.
b) Fondo Enrique Stein, Sala VII, Leg. 1438-1441.
BNMM. Diarios y revistas. El Mosquito, periódico semanal, independiente, satírico, burlesco y de caricatura.
Román, Claudia A. Prensa, política y cultura visual. El Mosquito (Buenos Aires, 1863-1893). Editorial Ampersand, Buenos Aires, 2017.
Suárez Danero, Eduardo M. El cumpleaños de El Mosquito. Eudeba, Buenos Aires, 1964.

.jpeg)