Escribe: Juan Carlos Serqueiros
En la página web del Archivo General de la Nación di con este documento fotográfico en el cual se aprecia, tal como era y estaba en la década de 1920, la estación de tren Rosario Norte, situada en avenida Aristóbulo del Valle 2720, esquina Callao, en el barrio Pichincha de mi ciudad natal:
¡Cuántos recuerdos despertaron de súbito al contemplar esa imagen! Y cuánta evocación de mi rosarina niñez… Es que desde 1962, una vez por mes (o, mejor dicho; cuando la economía familiar lo permitía) allí tomábamos con mi viejo el tren del Ferrocarril Mitre (históricamente llamado Estrella del Norte y popularmente conocido como "El Tucumano", porque venía desde la ciudad Jardín de la República, la vieja y bella Tucumán) con destino a Buenos Aires para ver jugar a Huracán.
El tren llegaba a Rosario Norte a las seis de la mañana, así que para abordarlo, salíamos de casa (que estaba ubicada en barrio La Guardia, más precisamente en el pasaje Turín al cuarenta y seis —expresado en rosarigasino, porque nosotros no decimos “al cuatro mil seiscientos”, así como tampoco decimos “vámonos” sino vamolon ni “para allá” sino pa’ ayá—) a las cinco o cosa así, y pateábamos las cuatro cuadras de tierra hasta “el asfalto”: la avenida Uriburu, para tomar un “hormiga negra”, es decir, un taxi Mercedes Benz 170D, que nos trasladara hasta la estación.
Subíamos al tren y después de un viaje de seis o siete horas (dicho sea de paso, nunca supe por qué inescrutables designios, en el cruce ferroviario de Ramallo la formación quedaba detenida durante una hora o más), llegábamos, largamente pasado el mediodía, a Retiro, donde tomábamos un bondi de la línea 101 hasta Parque de los Patricios. Seguidamente almorzábamos, generalmente unas milanesas con papas fritas, regadas con un pingüino de tinto de la casa para mi viejo y una Bidú Cola para mí, en algún bodegón cercano al estadio (por entonces, el Palacio todavía se llamaba Jorge Newbery; porque recién en 1967 cambiaría de nombre pasando a llamarse Tomás A. Ducó). Y después… ta tan ta tan… ¡a la cancha, a ver la reserva y trascartón nomás, la primera!
Y a las diez de la noche completábamos el periplo volviendo a Rosario en el mismo tren. Se podía cenar, me acuerdo, en el coche comedor —lo cual nos estaba vedado en razón del invariablemente exiguo presupuesto de los Serqueiros—. Sin embargo, tal contingencia… económico financiera, digamos, lejos de representar un problema; se constituía en preanuncio del disfrute de una exquisitez, porque también pasaban por los vagones mozos vendiendo boles de una sopa reconfortante y verdaderamente deliciosa.
La primera vez que hice con mi padre ese viaje —y asimismo la primera en que vi jugar a Huracán— fue el domingo 8 de abril de 1962. Aún me faltaban dos meses y algunos días para cumplir seis años de edad. Aquel día el Globo, en condición de local, enfrentó a su clásico rival: San Lorenzo de Almagro. Ganamos 1 a 0 con un golazo de Ernesto Juárez.
Para mayor alegría, precisamente la de ese jugador era una de las figuritas “difíciles” del álbum de ese año, y hete aquí que dos días antes, yo se la había ganado, magistral encimadita mediante, a mi eterno enemigo del barrio: el Gordo Cachito.
Aquel viaje fue para mí toda una maravillosa aventura, me sentía en el mundo de Verne o de Salgari, y de yapa... ¡ir a ver a Huracán, gritar un gol de la figurita difícil y volver con un triunfo! Gloria de titanes, literalmente.
Como dice la nostálgica zamba de Rodolfo Polo Giménez: "¡Qué tiempo feliz / el de la niñez! / ¡Velay yo no sé / para qué pasará! / Palabrita 'e Dios que da gana 'e llorar / de sólo pensar / que no volverá".
-Juan Carlos Serqueiros-





