sábado, 21 de febrero de 2015

¡FELICITACIONES Y QUE SIGAN LOS ÉXITOS!


























Queridos amigos:
Hoy en Esa vieja cultura frita nos vestimos de gala para anunciarles, orgullosos, que la prestigiosa Editorial Dunken ha seleccionado para publicarlo, un cuento de nuestra colaboradora, la psicóloga clínica Lic. Gabriela Borraccetti.
Y cuando salga la edición del libro, les avisaremos del feliz acontecimiento, por supuesto
¡Muchas felicitaciones para Gabriela por esto tan auspicioso y que sigan sus más que merecidos éxitos!

CHAMPAÑA PARA UNO








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros



Champaña para uno (Champagne for One, en el original inglés), escrita y editada en 1958, es una novela policial de Rex Stout (n. 01.12.1879 - m. 27.10.1975, EE.UU.) protagonizada por el personaje por él creado: Nero Wolfe.




Éste es un detective de origen montenegrino radicado en Nueva York, que además de ser un genio; es un consumado gourmet, reputado como uno de los más exigentes del mundo. Vive en una sólida y espaciosa casa de piedra rojiza situada en la calle 35 Oeste, cerca del Hudson, en compañía de sus empleados: su ayudante, Archie Goodwin; su cocinero, el chef alemán Fritz Brenner y su jardinero Theodore Hortsmann, y cultiva orquídeas en el invernadero de su terraza. Increíblemente gordo, antipático, excéntrico, lector empedernido y erudito, misógino, cuasi misántropo, incansable bebedor de cerveza y consumidor sólo de los deliciosos platos que para él cocina su chef; no sale jamás de su casa ni modifica sus inflexibles reglas, tiene solamente un amigo al cual ve en las contadísimas oportunidades en que acude a comer al restaurante de éste, el Rusterman, y se vale para sus investigaciones de su ayudante, que es como sus ojos, brazos y piernas.


En esta oportunidad, Archie Goodwin es invitado a un evento, una fiesta anual que una dama que hace filantropía da en honor de las madres solteras a las que ha ayudado y durante el cual una de ellas muere. ¿Suicidio o asesinato? Muy a pesar suyo, pues detesta verse obligado a trabajar; le tocará a Nero Wolfe resolver el misterio en el que su ayudante se ha visto envuelto. Una trama interesantísima y densa que atrapa de principio a fin.



Lamentablemente, no hay nuevas ediciones de la obra de Rex Stout, por lo cual quien desee leer la novela; deberá buscarla en alguna librería de viejo o bien, si lo prefiere pedirme que se la envíe vía e-mail en formato electrónico, a lo que accederé gustoso.
Hasta la próxima y que disfruten de la lectura.

-Juan Carlos Serqueiros- 

martes, 17 de febrero de 2015

EL CULO QUE VALÍA UN REINO O LAS VENTAJAS APARENTES DE LA INJUSTICIA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo siento que mi fe se tambalea, / que la gente mala, vive / ¡Dios! mejor que yo... (Enrique Santos Discépolo, Tormenta)

La imagen que oficia de portada a este artículo, estimado lector, corresponde a un óleo sobre tela titulado Candaules, rey de Lidia, mostrando su esposa a Giges.
En la pintura, desbordante de erotismo, vemos en un claroscuro típico del Barroco, a una mujer de espaldas, pletórica en la voluptuosidad de sus carnes desnudas, con la cabeza girada, una sensual y sugerente expresión en el rostro y la boca esbozando una enigmática sonrisa, como si se supiese observada; mientras detrás del cortinado, un hombre la espía arrobado y otro, situado tras éste, dirige su mirada al frente; y a la izquierda aparece un perrito que ha detectado la presencia del mirón. 
Pintado entre 1646 y 1648, se trata de uno de los cuadros más famosos de Jacob Jordaens, nacido en Amberes el 19 de mayo de 1593 y muerto en dicha ciudad el 18 de octubre de 1678; un notable pintor flamenco que fuera discípulo dilecto y principalísimo de Rubens. Esta obra magistral, que ha inspirado a varios escritores y ha dado origen a la expresión candaulismo o voyeurismo, se inscribe perceptible e inequívocamente en el arte barroco y se ubica en el género de la pintura histórica y mitológica. 
Pero veamos, ¿quiénes eran los personajes representados en el cuadro y en qué contexto se hallaban?
El reino de Lidia se situaba en la península de Anatolia, en la actual Turquía, y floreció entre 1185 a.C. y 546 a.C., año en que sucumbió ante los persas de Ciro II el Grande. En cuanto a Candaules, su esposa y Giges; Heródoto de Halicarnaso (c. 484 - 425 a.C.) y Platón (c. 427 - 347 a.C.), nos han ilustrado convenientemente acerca de ellos.
En el Logo 1: historia de Creso de su Historiae (acápites VII al XIV del Libro I: Clío de Los nueve libros de la Historia, en las edición, denominación y división alejandrinas de su obra), Heródoto nos cuenta que Candaules fue "el último soberano de la familia de los Heráclidas" (descendientes de Heracles -o sea, Hércules- y una esclava de Yárdano, progenitor de Ónfale) "que reinó en Sardes" (capital de Lidia). El Padre de la Historia nos lo describe como un monarca imprudente y "apasionado", juguete del destino "como que estaba decretada por el cielo su fatal ruina", que "perdió la corona y la vida por un capricho singular" al adoptar "una resolución a la verdad bien impertinente": orgulloso como estaba de poseer "la mujer más hermosa del mundo", decidió mostrarla desnuda a Giges, su "privado" (favorito), y pese a que éste le rogó que no hiciese tal cosa; Candaules insistió. A la noche lo llevó a su alcoba y lo obligó a contemplar a su mujer mientras se desvestía, sin percatarse ni uno ni otro que ésta había advertido que la espiaban. Avergonzada y ofendida, pues "entre casi todos los bárbaros" (es decir, quienes no eran griegos) "se tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto más una mujer", la reina decidió castigar la afrenta que le había inferido Candaules. Al día siguiente mandó llamar a Giges y le dio a elegir entre ser ejecutado por lo que se había prestado a hacer, o asesinar a Candaules, tomarla por esposa y reinar junto a ella. Puesto en semejante disyuntiva, Giges optó por el magnicidio y mató al rey, convirtiéndose en el nuevo soberano de Lidia, luego de ser confirmado (mediante cuantiosas ofrendas de oro y plata, agrega el perspicaz Heródoto) por el "oráculo de Delfos", después de un amago de guerra civil entre sus propios partidarios y los de Candaules, que estaban deseosos de vengar la muerte de este último. También cita Heródoto su fuente: el soldado y poeta Arquíloco de Paros en sus versos de métrica yámbica. Y termina el historiador relatando que "apoderado del mando este monarca" (Giges), "hizo una expedición contra Mileto, otra contra Esmirna, y otra contra Colofon, cuya última plaza tomó a viva fuerza; pero ya que en el largo espacio de treinta y ocho años que duró su reinado ninguna otra hazaña hizo de valor, contentos nosotros con lo que llevamos referido, lo dejaremos aquí".



Platón, por su parte, nos trae una versión distinta. En el libro II, acápites 359 y 360 de La República, narra un diálogo entre su hermano, Glaucón; y Sócrates, en el cual el primero intenta rebatir el postulado del segundo en el sentido de que todo hombre es intrínsecamente justo, trayendo a colación la historia de Giges. Según el relato platónico, éste era un pastor lidio que cierto día, tras un sismo que abrió una enorme grieta en la tierra, halló en el fondo de la misma un caballo de bronce con el cadáver de un gigante ("de talla al parecer más que humana") en su interior, "que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano". Giges tomó el anillo y, descubriendo que el objeto tenía la propiedad de tornar invisible a quien lo llevase, lo utilizó para seducir a la reina y luego, con la ayuda de ésta, asesinar al monarca legítimo para erigirse en soberano él mismo.



Como podemos apreciar, los dos relatos, aún siendo disímiles entre sí, tanto en lo narrativo como en cuanto a lo metodológico y al propósito al cual cada uno se orienta y persigue (objetivo y puramente histórico en Heródoto y metafórico e idealista en Platón); guardan una coincidencia básica y más que bien notable: en ambos, Giges es un asesino que usurpa el poder, ya sea instigado por o con la complicidad de, la reina.
¿Cuál de los dos se acerca más a eso tan elusivo e inasible que se ha dado en llamar verdad histórica me pregunta usted, querido lector? El servidor que esto escribe opina que ambos, a su modo, escribieron su verdad, tan relativa como cualquier otra. Aunque si se me obliga a optar, me inclino por Platón, paradojalmente, pues éste no era historiador. Es que ¿sabe?, infiero como más probable que Giges haya sido sustancialmente tal como lo pinta el aristocrático ateniense, un tosco (aunque hábil, ambicioso, osado y eficaz, qué duda cabe) pastor; antes que el cortesano favorito del monarca de un pueblo bárbaro de la Época Arcaica que nos refiere el inquieto y viajado Heródoto. Además, es precisamente éste quien cita el hecho de que los lidios reglamentaron la prostitución de sus mujeres: "todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con la prostitución voluntaria, hasta tanto se casan con un determinado marido, que cada cual por sí misma se busca", escribe; lo cual por cierto dista mucho de ser congruente con el presunto pudor agraviado de una reina que se ve espiada en su desnudez.
Y al fin de cuentas, el bueno de Heródoto fue quien escribió en su magnum opus: "Me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra".
Tengo para mí esta hipótesis que me parece la más plausible: Giges y la reina, en connivencia y convertidos en amantes, con la ayuda de aliados extranjeros (la cual refiere Plutarco en el libro IV.21 Cuestiones griegas de su Moralia) y pagadas a precio de oro las prescindencia y conformidad griegas en el asunto (adicionalmente, hubo después en Lidia un acelerado proceso de helenización impulsado por Giges); planearon y ejecutaron el asesinato de Candaules para beneficiarse luego con los goces materiales de un larguísimo reinado.
Y sea como haya sido, siempre será un regalo extático para el espíritu contemplar la belleza sublime del cuadro de Jordaens; así como también será un regalo para el intelecto el pensar y repensar (ejercicio este cada vez más desacostumbrado, por lo visto) la historia de la humanidad  a partir de lo que nos han transmitido Heródoto, Platón y Plutarco, entre otros. Lo cual de ninguna manera es poco, creo. 
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 15 de febrero de 2015

RESPONSO





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


"El bandoneón es un alma que tomó forma de gusano a fuerza de arrastrarse detrás de un amor imposible." (Homero Manzi)

"Con Homero se murió la mitad de mi corazón." (Aníbal Troilo)


Homero Manzi y Aníbal Troilo no eran amigos; eran más que eso: eran hermanos. 
Todo el mundo cree que la relación entre ellos nació por el tango. Y no fue así; esa era la excusa de Cronos para juntarlos en el cabaret Marabú una noche de 1941; pero lo que los unió indisolublemente en una hermandad que trascendió la muerte misma, fue el amor por el teatro (recordar que Homero fue, además de poeta, político, periodista, docente y gremialista; guionista de teatro y cine). A partir de esa afición común a ambos se forja (y nunca mejor aplicado el término) una de las sociedades humanas más relevantemente artísticas de nuestra cultura popular.
Se hicieron inseparables. Fanáticos del fútbol ambos, de Huracán el uno y de River el otro, la barbada, desfachatada insistencia de Homero invariablemente arrastraba a la resignada, amable bohomía de Aníbal hasta el Parque de los Patricios: "-Gordo, ¿vamos el domingo a la cancha a ver al Globo?". "-Ufa, Barbeta, bueno; pero el próximo vamos a ver a River, eh". "-¡Claro, seguro!", mentía el primero su jamás cumplida promesa. Y es que ¿sabe usted, estimado lector? la amistad entrañable y viril que no entiende de divisas ni mezquindades, es tan argentina como Dios mismo.
Sabido es que las musas de Pichuco fueron siempre las poesías que le arrimaran. A Troilo le brotaban las melodías después de leer y sentir los versos de una letra. Así surgieron Sur, Barrio de tango, Che, bandoneón y Romance de barrio, entre otros engendrados por la genial inspiración de Manzi aunada con la inefable creatividad del Bandoneón mayor de Buenos Aires (Julián Centeya dixit). 
A punto tal esto era así, que una mañana de marzo de 1951, cuando el veredicto inapelable de los malditos jueces del destino ya lo había condenado a una cruel y dolorosa agonía en una habitación del Instituto Costa Buero, el Barba le trasmitió al Gordo por el teléfono que los doctores Ramón Carrillo y Raúl Matera le habían hecho instalar, los versos de un tango homenaje destinado a ser antológico: Discepolín
Casi tres meses más tarde, apenas pasadas las ocho de la mañana del 3 de mayo, en la casa de Pichuco el teléfono volvió a sonar, esta vez, como un heraldo de la parca para avisar que Homero se nos fue al mundo de la noche (Arturo Jauretche dixit). Y un Troilo devastado lloró entonces desconsoladamente su pena sobre el ataúd que contenía los despojos de Manzi, hasta pasadas las cuatro de la tarde del día siguiente, en que serían inhumados. 
Aquella noche del 4 de mayo, unos amigos del Gordo se llegaron hasta su domicilio con la excusa de jugar al bacarat (en realidad y más allá del escolaso, para acompañarlo y tratar de hacerle un poquito más soportable el drama que vivía). A las cuatro de la madrugada, entre risas forzadas, tenues rumores de fichas nacaradas, cirrus densos de incontables cigarrillos, gramos mentirosamente reparadores y vahos de whisky engañosamente consoladores, Pichuco se encerró en su habitación para concebir las notas doloridas de un magistral Responso




Enlace a Responso en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=ip8ppIK_4RE

Era abstraerse para parir en soledad, desde los entresijos de una psiquis transida por el dolor, la más desgarradoramente triste y sublime de las melodías. Era, a la vez, un réquiem para su hermano y un intento catártico de alejar una depresión que, obstinada, porfiada, tardaría más de un año en resignarse por fin a abandonarlo. 
Justo dos décadas más tarde, en 1971, el mismo Pichuco era convocado para evocar a Homero e inaugurar una plaza con su nombre. Y por entonces un programa de Canal 11, Telenoche, lo registraba así: 

Enlace a Homenaje a Homero Manzi: https://www.youtube.com/watch?v=oP2cyh8GoYc

Quizá sea la reminiscencia de una fría noche de 1974 en Caño 14, donde habíamos ido con mi viejo a escuchar el fueye mágico del Gordo, o tal vez el recuerdo de alguna tarde en su escritorio-santuario, donde él desgranaba para mis oídos ansiosos historias como esta, lo que trajo a mi mente una viñeta que me llevó a cavilar sobre lo absurdo de la vida y la certeza de la muerte, no lo sé... 
Ni me importa mucho saberlo, si quiere que le diga.

-Juan Carlos Serqueiros- 

martes, 10 de febrero de 2015

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, ENTRE LA CIENCIA, LA TENACIDAD Y LA MALA SUERTE. TERCERA PARTE
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sus tan leales y constantes vasallos que por servir a V.M. se han quedado en regiones tan remotas y espantables. (Pedro Sarmiento de Gamboa, Memorial a Su Majestad Felipe II, 21 de noviembre de 1591)

De ciento doce hombres entre marinos y soldados (todos y cada uno de ellos cuidadosamente seleccionados por el propio Sarmiento de Gamboa) se componía la expedición. 
Las instrucciones que le impartió Alvarez de Toledo abarcaban, desde el mandato de realizar un reconocimiento profundo y la descripción detallada de las regiones del estrecho, hasta el de la clasificación taxonómica, pasando por el de entablar relaciones con "los de la tierra" (los indios que hallare); sin perder de vista el objetivo principal: la determinación de los puntos del estrecho que habrían de fortificarse de modo de impedir el paso de navíos piratas ingleses a través del mismo. Luego de concluida la empresa, uno de los dos barcos volvería al Perú; mientras que el otro se dirigiría a España a dar cuenta de todo al rey y preparar la segunda expedición, esta vez, colonizadora, que fundaría en esos puntos que se hubiesen elegido, los reales y ciudades. Y obviamente, se le ordenaba confeccionar la crónica de todo. En virtud de lo antedicho, fue que escribió Sarmiento de Gamboa su excepcional Viage al Estrecho de Magallanes por el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa en los años de 1579 y 1580 y noticia de la expedición que después hizo para poblarle, obra que fue editada en Madrid recién en 1768.
No debe extrañar que hayan transcurrido casi dos siglos hasta su publicación por primera vez; pues obviamente, el relato de Sarmiento de Gamboa estaba dirigido a la corona española, es decir, el rey y sus funcionarios, por constituir una cuestión de estado y por lo tanto, secreta. El diplomático e historiador chileno José Miguel Barros descubrió en Filadelfia, Estados Unidos, el manuscrito original redactado de puño y letra por Sarmiento de Gamboa, rubricado por él, con las firmas, además, de todos los tripulantes del Nuestra Señora de Esperanza y autenticado por el escribano real Juan de Esquivel. Con posterioridad a la edición de 1768, hubieron varias, entre ellas, una de 1987 de Juan Bautista González, a cuya versión digital en el sitio web Artehistoria puede accederse aquí: http://www.artehistoria.com/v2/contextos/11491.htmDel texto se infiere un Sarmiento de Gamboa que se vio obligado a poner en caja a su segundo, Juan de Villalobos (quien iba al mando de la nave almiranta y que tenía tendencia a adelantarse siempre), ordenándole, so pena de la vida, que la almiranta no se apartase de la capitana ni de día ni de noche; a sofocar un motín ejecutando a su promotor y cabecilla, el alférez Juan Gutiérrez de Guevara, a quien mandó dar garrote por traidor; y a poner en fuga un barco francés, pese a la superioridad de éste en hombres y cañones. Su ego estaba por las nubes: mandaba, como general en jefe, una armada del virrey del Perú, se hallaba resuelto a cumplir su misión a pesar de cualquier contingencia y no estaba dispuesto a tolerar debilidades. Se arrogaba el descubrimiento (descubrimiento formal, quiere significar, pues dispone de escribano) del estrecho, al cual puso el nombre de Madre de Dios (y agregaba: "antes llamado de Magallanes").
 El 15 de agosto de 1580, a diez meses de haber zarpado del Callao, cruzado el estrecho en sentido oeste-este y después de afrontar innumerables vicisitudes y privaciones; un macilento pero exultante Sarmiento de Gamboa llegaba a España con sus hombres e inmediatamente solicitaba audiencia al rey, quien a fines de setiembre lo recibió en Badajoz.
Allí expuso al monarca su proyecto, el cual consistía en fundar y poblar en el estrecho dos ciudades con fortificaciones artilladas, ciudades esas las cuales, sostenía, "podían bastecerse por sí solas", pues "las regiones inmediatas a esos mundos eran ricas ('hay perlas de mixillones muchas, que serán de provecho beneficiándose') y fértiles", y también que "hay otras cosas de mucho provecho, que andado el tiempo se verá (?), y será España muy aprovechada y la Real Hacienda acrecentada y la Iglesia de Dios guardada", convencimiento este en el que descansaba y que debíase, además de a la fantasía a la que su índole soñadora lo inclinaba; a las leyendas y mitos que habían surgido a partir del relato atribuido a un capitán de Gaboto, Francisco César, en tiempos de aquél, y que circulaban profusamente por las Indias. Luego de escucharlo, Felipe II se mostró interesado en el asunto y encargó su planificación al Consejo de Indias. El duque de Alba, Fernando Alvarez de Toledo; y el general de la Armada de la Carrera de Indias, Cristóbal de Eraso, estimaron que era más efectiva la creación de una gran flota que vigilase la costas de Chile y Perú y las protegiese de los piratas; antes que una dificultosa y más que problemática erección de fortalezas en el estrecho. El tiempo demostraría que era ese un consejo atinado; pero prevaleció la opinión favorable al proyecto.
Una vez aprobado el plan, el propio rey intervino activamente en él. A propuesta del Consejo de Indias (y contra la opinión de Eraso), designó general de la armada que se formaría, a Diego Flores de Valdés, quien gozaba del favor de importantes personajes de la corte. Tal nombramiento cayó como un mazazo sobre Sarmiento de Gamboa, que esperaba ser él quien condujera la expedición y que, dolido al enterarse; en carta del 6 de marzo de 1581 pidió al rey que le concediera licencia para regresar al Perú "a mis casas de Lima y el Cuzco" y se le reintegraran los gastos en que había incurrido durante el viaje desde el estrecho. 
Para desagraviarlo, Felipe II no se la dispensó y le confirió una suerte de adelantazgo, nombrándolo gobernador del Estrecho y otorgándole el cargo -más nominal que efectivo- de "general adjunto de la Armada", fijándole como retribución de la corona la suma de cien ducados de entretenimiento al mes por el tiempo que durare el viaje, y dispuso que se le diesen tres mill ducados de renta que al Consejo pareció y otros tres mill de salario con el gobierno en los frutos de la tierra y dos mill ducados de ayuda e costa, ordenando que se le librase de inmediato el pago de la mayor parte o por lo menos, de la mitad. La pesada, asfixiante burocracia española inclumpiría la disposición real.
El nombramiento de Flores de Valdés por parte del Consejo y Felipe II fue absolutamente desacertado y desafortunado. El asturiano era un bueno para nada, irresponsable, flojo, indolente, pusilánime, altanero, negligente, indiscreto, antipático, inescrupuloso y corrupto, y más temprano que tarde, se malquistó con todo el mundo.
La empresa colonizadora y militar, de las más costosas, formidables y ambiciosas que encarara la corona española (veintitrés navíos que transportaban casi tres mil personas entre hombres, mujeres y niños), resultó en desastre.


La cosa empezó mal, seguiría peor y terminaría en calamidad. Baste con decir que la flota zarpó de San Lúcar de Barrameda el 25 de setiembre de 1581 y, ni bien salió del puerto, un terrible temporal se abatió sobre las naves, naufragando cinco de ellas y pereciendo ahogados ochocientos hombres. Volvió a partir desde Cádiz el 9 de diciembre, y después de arrostrar grandes peligros, mil desgracias, tempestades, epidemias, motines, padecimientos indecibles, hambre, desnudez y las manifiesta ineptitud y declarada enemistad de Flores de Valdés (quien desertó y regresó a la península, donde en 1588, en el marco de la guerra hispano-inglesa de 1585 a 1604, se le imputó cobardía y fue encarcelado); Sarmiento de Gamboa llegó al estrecho el 1 de febrero de 1584, fundando solemnemente, cerca del cabo Vírgenes el 11 de ese mes, la ciudad Nombre de Jesús y seguidamente, cerca de Punta Arenas, el 25 de marzo, la ciudad Rey Don Felipe, dando así cumplimiento al mandato de la corona. Ninguna de las dos podría perdurar.


El 26 de mayo, estando a bordo de su nave anclada junto a Nombre de Jesús, un temporal cortó las amarras y lo arrastró hasta el Atlántico. Ante la imposibilidad de volver a cruzar el estrecho, se dirigió al Brasil, y luego de enviar muchas cartas a España en procura de socorros para las colonias sin obtener respuesta (Felipe II había ordenado el envío de ayuda, el cual sufrió indecibles demoras en esa maraña que era la exasperante burocracia española, pero claro; eso no podía saberlo Sarmiento); decidió ir él mismo a la península a reclamarla. 
Durante el viaje fue atacado, el 11 de agosto de 1586 cerca de las islas Terceras, por tres barcos piratas ingleses, tomado prisionero y llevado a Plymouth (Plemut, escribió Sarmiento en su Relación a Felipe II del 15 de setiembre de 1590). Allí se enteró que Telariscandi (es decir, el pirata Thomas Cavendish) había partido desde dicho puerto para el estrecho. Fue trasladado a Güinsar (Windsor), "donde estaba la reina Elisabet" (Elizabeth I de Inglaterra) y donde fue muy bien recibido y mejor tratado por Guaterales, que era "gentilhombre de la reina y señor de los baxeles que me prendieron" (Walter Raleigh, que en efecto, era el armador de los barcos que lo habían apresado, favorito de la reina y quien habló a ésta en favor de Sarmiento, con el que llegó a trabar amistad al punto de obsequiarle mil escudos en piezas de oro y perlas de la India). Elizabeth I quiso conocerlo y se reunió con él en Londres, manteniendo un "coloquio que duró más de hora y media, en latín". La reina quedó tan impactada con sus personalidad, trato y vastedad de conocimientos; que ordenó ponerlo en libertad, le dio mensajes verbales para Felipe II ("para más particular relación para V.M. solo", escribió Sarmiento, ofreciéndose, de paso; como eventual diplomático: "volver a Inglaterra, si fuese necesario") y un pasaporte y salvoconducto. Partió de Londres el 30 de octubre y el 21 de noviembre estaba en París con el ministro español ante la corte de Francia, Bernardino de Mendoza, quien le entregó pliegos para Felipe II. En el trayecto entre Burdeos y Bayona, en la madrugada del 9 de diciembre, fue apresado por los hugonotes, en el marco de la guerra de religión en Francia, quienes solicitaron por él un rescate a Felipe II, caso contrario; sería "echado en el río", "enviado al degolladero" o "tapiado en tinieblas infernales".
Era la burla más cruel del destino: el antes perseguido por la Inquisición católica; era ahora un secuestrado con grandes probabilidades de ser muerto ¡por católico! Si eso no es colmo de la desgracia...
Después de tres años de espantoso cautiverio en un húmedo calabozo ("un infierno increíble, sin luz ni día ni claridad", consignó) y tras muchas y arduas negociaciones en medio de la angustia terrible del prisionero, que rogaba en cartas a su monarca que lo liberase de aquellos tormentos; Felipe II firmó, en diciembre de 1589, una cédula ordenando el pago de su rescate: "seis mill ducados y cuatro caballos escogidos". Un espectral Sarmiento de Gamboa flaco, en los huesos mismos, desdentado, blanco como la nieve el escaso cabello que le quedaba y en parihuelas, pues había quedado inválido ("de la humidad tullido") volvía a su patria, estableciéndose en El Escorial, a la espera de ser recibido por Felipe II.
¿Qué pasó con las gentes de las ciudades que fundó me pregunta, estimado lector? Desembarcaron y quedaron en el estrecho trescientas treinta y siete personas, (sin contar al propio Sarmiento de Gamboa). Todas ellas murieron allí, menos una que fue rescatada por el pirata inglés Thomas Cavendish.

Algunos, los menos, murieron en combates con los indios o ajusticiados por orden de Sarmiento de Gamboa (como por ejemplo, cuatro soldados que fueron degollados por la nuca por amotinarse y planear asesinarlo -aunque él, en su relato, dice que hizo ejecutar sólo al cabecilla, Juan Rodríguez; perdonando a los otros-) o los oficiales que quedaron después de su involuntaria partida del estrecho; y el resto, falleció de enfermedades, frío y sobre todo, hambre; excepto un soldado: Tomé Hernández, natural de Badajoz, quien fue rescatado el 7 de enero de 1587 por el pirata inglés Thomas Cavendish. A esa fecha, sólo quedaban con vida quince hombres y tres mujeres que, escuálidos y desfallecientes, vagaban por la costa buscando marisco. Hernández logró evadirse de los ingleses el 30 de marzo en la bahía Quintero, y recién treinta y tres años después, el 21 de marzo de 1620, por disposición del virrey del Perú Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, se le tomó declaración para que narrara lo sucedido a las gentes de Nombre de Jesús y Rey Don Felipe; gracias a lo cual hoy lo sabemos. Fíjese usted, querido lector, lo que precedentemente citaba yo de la burocracia española...
En 2003, 2005 y 2006 un equipo de científicos argentinos encabezado por la historiadora y antropóloga doctora María Ximena Senatore, realizó estudios y excavaciones que permitieron determinar el lugar exacto donde se situaba Nombre de Jesús, descubriéndose su iglesia (y cementerio) con cinco enterratorios que contenían los esqueletos de cuatro individuos adultos jóvenes (tres masculinos y uno femenino, con evidencias de patologías relacionadas con el estrés nutricional) y de un niño-adolescente; y hasta la moneda de plata, las dos planchas de hierro y la botija que el propio Sarmiento de Gamboa refirió en su relato haber puesto en un hoyo: "... puso en el hoyo la primera piedra en el nombre de Jesucristo nro. Sr. en nombre de V. mag. puniendo vna gran moneda de plata con las armas y nombre de V. mag. con año y dia testimonio i ynstrumento scripto en pergamino en vn breado entre carbón por ser yncorrutible en vna botija con el testimonio de la possesion...".


A los aspectos y detalles arqueológicos y antropológicos puede accederse a través de este enlace:





Volvamos a nuestro biografiado. Felipe II lo recibió en audiencia, negándole (con buen criterio, por más duro que resulte reconocerlo) los socorros que pedía para los infelices que habían quedado en el estrecho; pero premiando su tesón, lealtad a la corona y devoción a su persona real, con el cargo de Censor Literario primero (seguramente a la espera de su restablecimiento físico hasta donde el mismo fuera posible -recordemos que había quedado tullido-), y de esta época datan sus poemas, y después, el 30 de noviembre de 1591; el de Almirante de la armada que custodiaba los barcos que llevaban a España el oro y la plata de las Indias. Navegaba cerca de Lisboa, cuando el 14 de julio se sintió muy indispuesto y fue llevado a esa ciudad, en la cual concluyeron sus días, el 17 de julio de 1592, ignorándose la situación de su tumba.
El ilustre Benito Pérez Galdós en La vuelta al mundo en la Numancia, lo caracterizó como "más terco que la misma terquedad", mencionó su "insana testarudez" y lo definió como "un héroe loco, un explorador animoso y exaltado hasta el delirio, que hizo creer a Felipe II en la conveniencia de establecer, en medio de todas las desolaciones de la Naturaleza, una colonia fortificada".
Metafóricamente hablando, incurrió Sarmiento de Gamboa en la hybris y los dioses lo castigaron abatiendo sobre él todas las sucesivas desgracias que le acontecieron, haciendo de sus viajes, para él una odisea y para quienes, voluntaria o involuntariamente lo siguieron en ellos; un calvario.
Ecce homo, presentado en apretadísima síntesis. ¿Un genio, un loco o qué? Estará en cada uno el discernirlo. Para este servidor que escribe, fue ambas cosas; además de héroe, científico y hombre de letras y de espada. Una personalidad tan compleja y multifacética como su vida misma, la cual quemó en aras de su utopía. Y al fin y al cabo, como reza un proverbio ruso, "las grandes obras las sueñan los genios locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos, y las critican los inútiles crónicos". 
Y tenía un alto grado de consciencia de su propio valer, por decirlo así. Tan alto, que hasta el más ególatra de los ególatras que hemos tenido por estas tierras: su homónimo (una homonimia cojitranca, parida con fórceps y precariamente sostenida con plasticola, clips y banditas elásticas, pero bueno; vaya y pase) Faustino Valentín Quiroga, alias Domingo Sarmiento; lo admiraba tanto, que lamentó, en Recuerdos de provincia, no poder vincular el origen de su familia con tan noble linaje como el de Sarmiento de Gamboa.
Ah!, casi me olvido: el 21 de noviembre de 1591, le escribía un memorial a Felipe II rogándole ordenara al Consejo de Indias hiciera las cuentas para que se le abonen las deudas de años y años que con él se mantenían, pidiendo incluso que se le descuente el importe del rescate que por él se había pagado ("de la suma que se le debiere, se descuente el dicho rescate, y la resta se le mande pagar"). Pues bien (o mal), la severa contabilidad española procedió a descontarle "la suma" del rescate, pero... nunca le fue pagada "la resta".
En fin, Pedro Sarmiento de Gamboa: ¡ni el tiro del final te va a salir! (Cátulo Castillo dixit).

-Juan Carlos Serqueiros-