sábado, 19 de octubre de 2013

EL CABALLERO DEL AIRE




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Cuando uno ya ha derribado a su primero, segundo o tercer adversario; entonces empieza a encontrar el truco de cómo se hace. (Manfred von Richthofen)

El freiherr (barón) Manfred Albrecht von Richthofen había nacido en el seno de una familia de la nobleza prusiana el 2 de mayo de 1892 cerca de Breslau, ciudad capital de Silesia que por entonces formaba parte del Imperio Alemán y que hoy con el nombre de Wroclaw, pertenece a Polonia.
Su infancia transcurrió en la hacienda familiar. En esta imagen lo vemos a los 7 años de edad:
Cuando contaba 11 años, ingresó a la escuela de cadetes de Wahlstaff, graduándose como oficial en 1912 en la academia de Berlin-Lichterfelde, luego de lo cual fue destinado a un cuerpo de élite: el Regimiento 1° de Ulanos. Desde siempre, evidenció afición a la caza y se distinguía por su notabilísima puntería.

Al estallar en 1914 la Primera Guerra Mundial combatió con heroísmo, cayendo sucesivamente prisionero de rusos y franceses. Por sus méritos, fue condecorado con la Cruz de Hierro y se lo pasó del arma de caballería a la de infantería, en la que fue designado oficial de intendencia.
Pero como el propio von Richthofen consignó en su diario, la vida en las trincheras se le antojaba "inhumana y aburrida", por lo cual solicitó incorporarse a la fuerza aérea imperial, la Luftstreitkräfte; petición esta que le fue concedida en mayo de 1815.
Sus comienzos en el arma no fueron nada halagüeños: inicialmente fue observador en un biplaza y luego, durante su adiestramiento, estrelló su avión al aterrizar. Pese a sus tropiezos iniciales, logró recibirse de piloto en la Navidad de ese año, y en marzo de 1916 fue destinado al frente occidental como piloto observador de las fortificaciones de Verdún, en el nordeste francés. Al igual que durante el aprendizaje, su desempeño no fue muy lucido que digamos, y en sendos accidentes estrelló dos aviones Fokker E.I que tripulaba. Dada la poca pericia en vuelo que evidenciaba, lo enviaron al frente oriental como piloto de bombarderos biplaza. Allí, por fin, comenzó a despuntar la aurora de su gloria: despreciando el peligro, volaba a tan baja altura por sobre las tropas rusas (que no tenían ni conocían defensas antiaéreas), que las ametrallaba y bombardeaba a voluntad, causándoles gran mortandad. Es presumible que le hayan quedado amargos recuerdos de cuando anteriormente cayó prisionero de los rusos; porque en su diario se jactó de las enormes bajas que les había ocasionado y después, andando el tiempo, escribiría: "Es una pena que entre todos mis derribos no haya un solo ruso".
Ya por entonces había ganado una incipiente fama, pero su orgullo de aristócrata y su temperamento individualista lo impelían siempre a su suprema ambición: ser piloto de caza; que creyó irremisiblemente postergada para siempre al serle denegada una petición en tal sentido. Sin embargo, el azar vendría en su auxilio (la suerte siempre ayuda a quien la busca): durante un viaje en tren, se encontró con el as de la aviación germana, Oswald Boelcke (que por unos meses nomás no nació argentino, ya que su padre había llegado a nuestro país a ejercer su profesión de maestro, para decidir después regresar al suyo en 1891, poco antes del nacimiento de Oswald). La Luftstreitkräfte había sido modificada a mediados de 1916, unificando la conducción de la misma en la persona del teniente general Ernst von Hoeeppner y distribuyendo las fuerzas en escuadrillas que fueron llamadas  Jagdstaffel (jauría de caza) y colocando al comando de cada uno de ellas a un piloto experimentado y de comprobadas pericia y eficiencia entre los cuales, por supuesto, estaba el mejor de todos: Boelcke.  Éste reclutó para su Jasta Nr. 2 a von Richthofen, quien pudo así acceder a su anhelo de tripular su propio avión de caza. A poco, recibieron doce flamantes Albatros D.II dotados cada uno con dos ametralladoras Maxim LMG 08/15 sincronizadas, que tenían una velocidad de ascenso y un poder de fuego superiores a los de los aviones de los aliados, lo cual sumado a la extraordinaria eficacia de los pilotos germanos; hizo que el fiel de la balanza en la lucha por la supremacía en el aire empezara  a inclinarse para el lado de Alemania.

Albatros D.II.jpg

El 17 de setiembre de 1916, en Cambrai, Francia, Manfred von Richthofen logró su primer derribo oficial abatiendo a un avión inglés de reconocimiento. Esa misma noche telegrafió a su joyero en Berlín pidiéndole que le confeccionara una copa de plata con una inscripción en la que constara el número de orden del derribo, el tipo de avión vencido, la cantidad de tripulantes y la fecha de la victoria obtenida. Apenas seis días después, tras un nuevo triunfo, encargaría otra copa, y otra, y otra...

 

Fallecido su maestro y mentor Boelcke en un accidente (un camarada y amigo suyo rozó involuntariamente el ala de su avión, que se precipitó a tierra); más temprano que tarde von Richthofen se convertiría en el as de la aviación germana. Los derribos se sucederían uno tras otro y muy pronto, al llegar al número 60, su joyero tuvo que escribirle que ante la escasez de plata, si quería seguir encargando copas; las mismas tendrían que ser confeccionadas con algún metal innoble.
En enero de 1917 fue ascendido a rittmeister (capitán) y condecorado con la medalla Pour le Mérite, la Blauer Max. Era para los alemanes un héroe nacional y para los enemigos un adversario que imponía consideración, respeto y hasta admiración. Se hacían miles y miles de postcards con su imagen. Aquí podemos observar dos, una de ellas con su firma; en las que aparece luciendo la Blauer Max al cuello y la Cruz de Hierro en la izquierda de la pechera de su uniforme:  



Coincidentemente con todo ello, también se le confirió el mando de la Jasta 11, cuyo eficacísimo desempeño llegaría a ser legendario. Su hermano menor Lothar von Richthofen (que sería también uno de los ases de la aviación alemana con 40 derribos) pidió unirse a la misma. El discípulo preferido de Manfred era un joven de apenas 21 años, el teniente Kurt Wolff, a quien por su enjuta constitución física y su rostro aniñado, sus camaradas habían "bautizado" Zarte Blümlein (Florcita Delicada). En esta imagen aparecen, atrás y de izquierda a derecha: el sargento Sebastian Festner, el teniente Karl-Emil Schäffer y el teniente Lothar von Richthofen; y adelante y de izquierda a derecha, el capitán Manfred von Richthofen y el teniente Kurt Wolff:

 

El barón von Richthofen estaba por entonces en la cúspide de su gloria, en el cenit de su fama y celebridad. Había pintado su avión de rojo, algunos sostienen que por su "inmensa egolatría", otros que era debido a una "acción psicológica de los mandos alemanes para infundir el terror entre el enemigo" y otros que era por "el color del regimiento de Ulanos", y se lo consideraba "el caballero del aire"; lo cual es atribuíble, según la leyenda difundida copiosamente, a que "les permitía escapar a sus víctimas malheridas". La imagen de él que se ha instalado en el colectivo, es la de un piloto cuya destreza acrobática era notable. Se esparció también abundantemente y se aceptó como cierto que "tenía un carácter hosco", que era "retraído, solitario  y poco afecto a la camaradería" y que "andaba siempre taciturno y malhumorado". Todas pavadas. Inexactitudes que se van transmitiendo como si fueran la verdad revelada, en lugar de un mito ora a favor, ora en contra.

  
Lo cierto es que von Richthofen había pintado de rojo su avión porque su índole era inclinada al individualismo (característica esta muy común entre los aviadores, fueran estos de los alemanes o de los aliados) y lo movía a la búsqueda de la diferenciación; y (detalle inexplicablemente inadvertido) porque ese es el color de Marte, el dios de la guerra. Y el barón von Richthofen era exactamente eso: un guerrero formidable, un Aquiles, una eficiente y aceitada máquina de abatir enemigos. ¿Qué otro color que no fuera el rojo podría entonces preferir? Al respecto escribió:

No sé por qué motivo se me ocurrió un día la idea de pintar mi aparato de un rojo chillón, y el resultado fué que mi pájaro llamaba la atención de todo el mundo. Este detalle del color, al parecer, tampoco se le escapó al enemigo."

Sucedió una cosa muy divertida. Uno de los ingleses a quien habíamos derribado y a quien hicimos prisionero, estaba hablando con nosotros. Por supuesto hizo preguntas respecto a mi avión rojo. Este no es desconocido entre las tropas de las trincheras, y es llamado por ellos "le diable rouge". En el escuadrón inglés al que pertenecía, corría el rumor de que el avión rojo era manejado por una muchacha, una especie de Juana de Arco. Se sorprendió intensamente, cuando se le aseguró que la supuesta muchacha se encontraba ante él. No intentó hacer un chiste. En realidad, se hallaba convencido de que sólo una muchacha podría volar en un aparato pintado de manera tan extravagante.

No hay que perder de vista que estaba en guerra, no jugando a los soldaditos. Y la guerra es una calamidad, algo horroroso; no una cosa naif, un juego de héroes románticos. "El espíritu agresivo, la ofensiva, es el factor que prima en cualquier aspecto de la guerra. Y el aire no es la excepción", escribió. Y también: "Los pilotos de caza han de patrullar por el área que se les asigne, de la forma que prefieran, y cuando avisten a un enemigo, han de atacarle y derribarle; cualquier otra cosa es basura". Más clarito, echale agua...
Pero su condición de guerrero nato no le impedía la estricta observancia del derecho de gentes y mucho menos torcía su propósito de hacer la guerra un poco más "humanitaria". Además, por su origen aristocrático era todo un caballero, y eso era reconocido y apreciado por sus enemigos; pero de allí a la exageración de que "permitía huir a sus víctimas malheridas" hay un campo de distancia. Lo real era que no mataba adversarios rendidos. Pero quién mejor que el mismo von Richthofen para explicarlo. Veamos:

Mi adversario no me facilitó las cosas. Sabía combatir y fue particularmente peligroso para mí el que fuera buen tirador. Para mi pesar, eso se me hizo bastante claro. 
Un viento favorable vino en mi auxilio. Nos condujo a ambos dentro de las líneas alemanas. Mi adversario descubrió que el problema no era tan sencillo como había imaginado. Así que se lanzó hacia una nube y despareció dentro de ella. Casi logró salvarse.
Me zambullí tras él y por suerte, al salir me encontré tras de su aeroplano, a corta distancia. Nos disparamos sin ningún resultado tangible. Al fin lo toqué. Noté una cinta de blanco vapor de bencina. Tenía que aterrizar, pues su motor estaba detenido. Era un tipo obstinado. Debía reconocer su derrota. Si continuaba disparando podría matarlo, pues se hallaba ahora a una altura de unos 300 metros. Sin embargo, el inglés se defendió exactamente como lo hizo su compatriota ésa mañana. Peleó hasta aterrizar. Cuando tocó tierra, volé sobre él a una altura de 10 metros para saber si había muerto o no. ¿Qué hizo entonces el granuja? Tomó su ametralladora y perforó mi avión.
Después, Werner Voss me dijo que si eso le hubiera sucedido a él, habría matado al aviador en tierra. De hecho, debí hacerlo, pues aún no se rendía. Fue uno de los pocos tipos afortunados que escapó con vida.
Me sentí dichoso, volé de regreso al campo y celebré mi victoria número treinta y tres.

Como cité precedentemente, el von Richthofen acróbata del cielo es sólo un mito amañado por las frondosas imaginaciones de "biógrafos"... poco serios, digamos. No era en modo alguno un aviador sumamente hábil en hacer piruetas en el aire (ya he narrado sus varios tropiezos y chapucerías) y además, no era afecto a ello ni falta que le hacía; porque era un piloto extraordinariamente eficaz a la hora de conjugar coraje, puntería, táctica y sangre fría. Con todo eso, le bastaba y sobraba para ser el as que sin dudas fue.
Él no creía que el triunfo fuera privilegio de iluminados, sino que confiaba en la constancia y el esfuerzo. Al respecto escribió: "El éxito sólo brota de una perseverancia constante, perseverancia sin descanso".
El 6 de julio de 1917 fue un preanuncio de la declinación de su estrella: había recibido un nuevo Fokker triplano y en él volaba por el cielo de Francia, cuando avistó un biplaza enemigo al que atacó. Pero su adversario no se amilanó por tenerlo enfrente y le disparó con su ametralladora con tanta puntería, que una bala lo impactó, por suerte para él, no de lleno pero sí infligiéndole una herida de consideración en el cráneo. Logró sobreponerse al desvanecimiento y cegado por la sangre que manaba en abundancia, consiguió pese a todo, aterrizar detrás de las líneas germanas. Fue hospitalizado en Courtrai, Bélgica, y el alto mando alemán se apresuró a destacar allí, por vía aérea, a sus mejores cirujanos, quienes concluyeron en que la herida, si bien grave; no era mortal de necesidad y no había afectación del cerebro. Toda Alemania estaba pendiente de la evolución de su héroe y en la prensa se publicaban diariamente los partes médicos. Durante los casi dos meses que pasó de convalescencia, von Richthofen escribió su libro El piloto rojo (que fuera también editado bajo el título El barón rojo, con lo que es posible hallarlo con cualquiera de ambos). Las citas que he incluído en este artículo pertenecen al mismo.
En esta imagen, lo vemos con la cabeza vendada, en una visita que le hicieran camaradas y amigos suyos:        


Y en esta otra, podemos observarlo junto a la hermana Käthe Ottersdorf, enfermera que lo atendió y cuidó con especial dedicación.
Y en esta, puede vérselo en su convalescencia junto a su padre, el barón Albrecht von Richthofen. 
Desoyendo los consejos e instrucciones de los médicos, von Richthofen, conservando la cabeza aún vendada y no restablecido completamente; se reintegró el 23 de octubre de 1917 al Servicio Aéreo Imperial para recibir los flamantes triplanos Fokker Dr.I (Dr. como abreviatura de dreidecker, o sea, triplano en alemán)  con los cuales Alemania buscaba emparejar la superioridad tecnológica que en ese momento evidenciaban los aviones ingleses. Pero el nuevo modelo resultó al principio un fiasco: tres pilotos germanos sufrieron accidentes mortales, y Lothar y hasta el propio Manfred von Richthofen tuvieron que realizar aterrizajes de emergencia; todo debido a fallas originadas en defectos de fabricación. Pese a ello, el Barón Rojo persistió en su decisión de usarlo.
Desde que Oswald Boelcke se había fotografiado el mismo día en que sufrió el accidente que le causara la muerte, los aviadores alemanes evitaban cuidadosamente retratarse antes de salir a una misión. Pero aquel 21 de abril de 1918 von Richthofen, que se reía de tales supersticiones y no creía en cábalas ni amuletos; insistió en ser fotografiado junto a su perro Moritz, al que adoraba con locura y consideraba "la criatura más hermosa que se haya puesto en el mundo", momentos antes de emprender su vuelo. Que sería el último.



Sobre las 11 de la mañana de ese día, hubo en el cielo de la localidad francesa de Cerisy, situada a orillas del río Somme, un combate entre aviones alemanes e ingleses, apoyados estos últimos por baterías antiaéreas australianas, en el transcurso del cual von Richthofen halló la muerte en la forma de un balazo que le atravesó el corazón; pero como estaba volando a bajísima altura, consiguió aterrizar en un campo de remolachas con el último estertor de vida que le quedaba.
Como no se le realizó autopsia a su cadáver, permanecerá por siempre en el misterio si lo abatió en el aire el piloto canadiense al servicio de Inglaterra capitán Arthur Brown que tripulaba un Soptwith Camel, como se creyó en un principio; o si fue el artillero antiaéreo australiano William Evans desde tierra, como se afirmaría después.

 

Pero si bien jamás podremos tener la certeza de quién lo mató; sí podemos conocer en detalle las circunstancias de su muerte: ya sea que fuera alcanzado por uno de los disparos de las ametralladoras del avión de Brown o lo haya sido por una bala de la ametralladora antiaérea de Williams; lo concreto es que pagó caro tributo a un alarde de arrojo; porque estaba persiguiendo tenazmente al Soptwith Camel  de un novel piloto inglés llamado Wilfred May, quien luego de abatir a un avión alemán; quiso ir por el de von Richthofen, cuando con horror descubrió que se le habían encasquillado ambas ametralladoras de su caza y estaba inerme ante el temible Barón Rojo; ante lo cual quiso escapar despavorido hacia sus líneas descendiendo y volando apenas diez o doce metros por sobre las aguas del Somme con el prusiano pisándole la cola de su avión listo para derribarlo. Por fortuna para May, apareció la bala de Brown o de Williams que truncó la vida del as alemán salvando así la suya. ¿Habrá querido vengar el barón la muerte del aviador germano que había volteado May? Quizá... Nunca lo sabremos.
¿Que fue el de von Richthofen un acto de coraje temerario e imprudente adentrándose en las líneas enemigas y para colmo, volando a bajísima altura, decís? Y..., sí; pero también fue imprevisora Tetis  cuando dejó sin mojar el talón de Aquiles al sumergirlo en las aguas de la inmortalidad de la laguna Estigia. Fueron guerreros, héroes; no dioses inmortales. Y como dijo el ínclito Libertador General San Martín: "Es la guerra".
Los soldados australianos de las baterías antiaéreas extrajeron el cadáver de von Richthofen de la carlinga de su avión y lo velaron esa noche. Estas dos fotografías que se conservan en el Museo Australiano de la Primera Guerra Mundial, revisten un gran valor documental, porque son las únicas que existen del cuerpo sin vida del barón.
Fue sepultado al día siguiente, 22 de abril de 1918, en el cementerio de Bertangles, muy cerca del lugar donde cayó, con todos los honores militares: su ataúd cubierto de flores fue llevado a pulso por seis pilotos ingleses y se dispararon tres salvas de fusilería en su homenaje. Esta imagen corresponde a su funeral:


Y en este ENLACE pueden ver un video del mismo, de 1:03 minutos.
Los pilotos ingleses le confeccionaron una cruz con la hélice de su avión:
Y como epitafio colocaron una leyenda que rezaba: "Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz".
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-

jueves, 17 de octubre de 2013

¡FARRELL Y PERÓN, UN SOLO CORAZÓN!


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sobre las 18 hs. del 17 de octubre de 1945, el presidente de la Nación, general Edelmiro Farrell, se asomó a una de las ventanas de la Casa Rosada y al contemplar la multitud que ya empezaba a colmar la Plaza de Mayo y sus adyacencias, miró socarronamente a  sus ministros,  general Avalos y almirante Vernengo Lima y exclamó: “¡Esto se está poniendo lindo!”.
El tono irónico y la mirada burlona del presidente estaban más que justificados: Avalos y Vernengo Lima, el primero valiéndose de las fuerzas de Campo de Mayo y el segundo de las de la Marina, lo habían forzado a destituir a Perón de sus cargos de vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y a confinarlo en Martín García. Ahora, que arreglaran el balurdo… si podían. Que no podían, obviamente.
Vernengo Lima era un mamarracho, y Avalos un bueno para nada que no atinaba a dar un paso para salir del atolladero en el que se habían metido. Y la gente, el pueblo -“el subsuelo de la patria sublevado”, al decir de Scalabrini Ortiz- incontenible, seguía llegando y llegando…
Avalos había entrado en una componenda con su amigo, el radical Sabattini, para que el Procurador General de la Nación, Juan Alvarez, formase un ministerio integrado por él mismo y personalidades notables, y en consecuencia; estaba a la espera de que éste llegase con la “lista salvadora”. Pero la presión popular se hacía insostenible. 
Ya a esa altura desesperado, Avalos ordenó traer al coronel Mercante (a quien había hecho arrestar) y le pidió que hablara por los micrófonos a la multitud y la instara a desconcentrarse. Mercante aparentó obedecerle, pero mucho más vivo y perceptivo que el otro, tomó el micrófono y empezó: “El general Avalos me dice…”. La rechifla fue estruendosa y el grito, unánime: “¡Avalos traidor, queremos a Perón!”. Demudado, le arrebató el micrófono a Mercante y le ordenó volver al arresto.
A todo esto, Vernengo Lima seguía insistiéndole a Avalos para que ordenase a las tropas del ejército reprimir al pueblo.
Farrell, zumbón, les dijo: “Bien, señores, mientras ustedes deciden qué es lo que van a hacer; yo me voy a la Residencia Presidencial”. Salió tranquilamente de la Casa Rosada, se subió a su automóvil y se fue. La gente, al distinguir de quién se trataba, le abrió paso y comenzó a aplaudirlo. Avalos, que mudaba de colores pasando por todos los del arco iris, miraba y escuchaba desde el balcón. Allí, el infeliz, al comparar los silbidos que la mención de su apellido provocaba y los aplausos que cosechaba Farrell, habrá comprendido de golpe muchas cosas…
A las 23 hs., ante el delirio del pueblo, Perón, del brazo de Farrell salía al balcón. "¡Farrell y Perón, un solo corazón!", fue la gritería exultante.
Mientras tanto, Avalos, escondido, escaldado y compungido, redactaba su pedido de retiro. Muchos años más tarde, preguntado acerca del porqué de su enfrentamiento con Perón después de haber sido su amigo; diría que la culpa la había tenido “esa mujer”. Imagino, quiero creer, que no es ncesario que mencione a quién se refería, ¿no?
Definitivamente, hay algunos que no aprenden nunca. Avalos era uno de esos.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 13 de octubre de 2013

EL SEÑOR DE LOS PEDOS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Joseph Pujol había nacido en 1857 en Marsella, Francia. Durante su infancia descubrió incidentalmente que poseía la rara facultad de manejar a discreción su esfínter anal absorbiendo agua por esa vía, y tiempo después se dió cuenta también de que podía regular la emisión de flatulencias a voluntad, de modo de reproducir sonidos con las tonalidades que quisiera en cada caso.
Luego de cumplir con el servicio militar, se casó con una dama llamada Elizabeth Olivier y se dedicó al oficio de panadero que había aprendido en su adolescencia.
Pero su verdadera vocación era el histrionismo: Pujol era un clown, amaba provocar risas y divertir a la gente. Y como todo payaso, era intrínsecamente triste. Más temprano que tarde mandó al diablo la panadería y empezó a actuar de cómico.
Sus comienzos no fueron precisamente halagüeños y no sería sino hasta que se decidió a incorporar a su show las extrañas habilidades... "intestinales", digamos, que tenía; que adquirió una tímida, incipiente trascendencia.
Corría 1892. Algunos afirman que fue un empresario teatral y otros que fue un amigo suyo, quien lo instó a presentarse ante Charles Zidler, director del Moulin Rouge de París, con el objeto de demostrarle sus condiciones para el mundo del espectáculo.



 
Monsieur Zidler, que para esas cuestiones tenía ojo clínico, notó al instante que ese ceremonioso, educado y hasta obsequioso payaso rodeado de un aura de tristeza, podía muy bien concitar tras de sí una gran atracción, y después de oírle el relato de sus habilidades; le preguntó si era capaz de "ejecutar" La Marsellesa, pero... pedorreando. Pujol le contestó afirmativamente y en efecto, ¡lo hizo!
Quedó inmediatamente contratado y a poco los afiches publicitarios anunciaban al público el espectáculo de Le Pétomane (El Pedómano), "el único artista que no paga derechos de autor", junto a la quadrille del French Cancan encabezada por Louise Weber, la Goulue (la Glotona); el eximio bailarín Valentin, le Désossé (el Deshuesado) y el resto del elenco del Moulin Rouge.

 

Lo suyo no fue una atracción sino mucho más que eso: un verdadero boom. Noche tras noche un lleno total de público demostraba la atención que concitaba Le Pétomane.
 
Su hilarante número comenzaba con un parlamento en el cual describía cómo eran los pedos que se tiraban distintos personajes en determinadas situaciones, imitándolos con los propios; y además reproducía con sus ventosidades los más diversos sonidos: "este es el ruido de la empleada de una sedería rasgando la muselina", "este el disparo de una pistola", "este el de un trueno en la tormenta", "este el de un cañonazo en una batalla"... 
Y seguía con el apagado de una vela, por supuesto... a través de un estruendoso pedo.

 


Luego, abandonaba brevemente el escenario y reaparecía portando un par de alas en el trasero y un tubo de goma uno de cuyos extremos se introducía en el ano y en el otro aplicaba un cigarrillo encendido, procediendo a fumar tranquilamente... ¡por el culo!, para luego expeler el humo por la misma vía. A continuación, y para cerrar su show, volvía a meterse el tubo al cual le adosaba una flauta en la que ejecutaba, siempre pedorreando, acordes de temas musicales muy populares por entonces, como Le roy Dagoberto Au clair de la lune.
A esa altura del espectáculo, el cabaret se venía abajo y el público desmayaba -literalmente- de risa; a punto tal que el gerente se vió obligado a poner enfermeras que reanimasen a las damas que embutidas en sus ajustadísimos corsets, se desvanecían de hilaridad. La extraordinaria cantante Yvette Guilbert -que compartía elenco con Joseph Pujol-, escribió en sus memorias: "La más extraordinaria explosión de risa que oí en el Moulin Rouge, la hilaridad que a menudo llegó a picos de histeria sin precedentes, fue la que provocaba el número de Le Pétomane".
  
  


En todo París, en Londres, en Roma y en Bruselas se hablaba del show de Le Pétomane, y entre sus admiradores se encontraban personajes de la realeza como el príncipe de Gales y el rey Leopoldo de Bélgica; y celebridades insignes como Sigmund Freud y Marcel Proust. Su cachet, astronómico, llegó incluso a triplicar al de la mismísima Sarah Bernhardt. Y por supuesto, la taquilla del Moulin Rouge trepó hasta niveles increíbles. Digamos que los muchachos la juntaban con pala...
Mas lo bueno dura poco, como recita don Luis Landriscina, y Le Pétomane en vez de un pedo; se mandó un moco (oia, me salió en verso): el vínculo contractual que lo ligaba al Moulin Rouge incluía, como era lógico, una claúsula de exclusividad que él violó actuando por su cuenta en otro sitio; ante lo cual el dueño del cabaret, el catalán Josep Oller y Roca le entabló (y tenía razón al hacerlo) un juicio por incumplimiento de lo estipulado en el contrato.
 
Fue en vano que Pujol alegara que lo había hecho para ayudar a un amigo que se hallaba en una situación de apremio económico. El tribunal entendió que si quería prestarle auxilio, bien podía hacerlo holgadamente con las enormes sumas que recibía de sus empleadores en concepto de sueldos, sin necesidad de incurrir en violaciones contractuales que se reputaron como injustificadas.
Así perdió el pleito legal y... también su trabajo. Para Oller y Zidler fue un triunfo pírrico, pues debieron suplir a Pujol con otro artista, esta vez, mujer: La Pétomane, que no tendría ni remotamente el mismo suceso; a punto tal que hasta su nombre quedó en el olvido. Y es que no tenía ni las aptitudes naturales ni el savoir-faire del original, y entonces su show se evidenciaba como grosero, chabacano, soez y de mal gusto; quedando consecuentemente relegado a los números de relleno, pour la gallerie nomás, como quien dice, al pedo (y nunca mejor utilizada la expresión).



Desvinculado -bien que forzosamente- del Moulin Rouge, algún tiempo después Pujol pudo acceder a una suerte de revancha que, si bien no lo restituyó al goce de los mismos jugosos cachets que anteriormente percibía; sí le brindó la satisfacción personal, íntima, de la vendetta:  denunció por fraude a la pedómana del Moulin Rouge, y ganó el juicio al demostrar que los sonidos que ésta emitía, no se debían al aprovechamiento de sus "facultades naturales" (de las que por otra parte, la fulana carecía, como hemos visto); sino a un ingenioso sistema de fuelles que llevaba oculto entre sus ropas. Y bueno, al decir del Indio Solari, son esas pequeñas venganzas que uno tiene, viste...
A partir de allí, Pujol se dedicó a producir su propio espectáculo en el Théâtre Pompadour con regular éxito; pero sin alcanzar el suceso que había tenido en el Moulin Rouge.

 


En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, Pujol retornó a su Marsella natal y a su antiguo oficio de panadero. Ya nunca volvería al mundo del espectáculo. Murió en 1945, a los 88 años de edad.
La Facultad de Medicina de París ofreció a la familia del fallecido la suma de 25.000 francos a cambio de que se le permitiera estudiar su cadáver; pero sus hijos se negaron a ello.

Luego el tiempo, que todo lo cura, restañó las viejas heridas y así podemos ver actualmente en el website oficial del Moulin Rouge, en la sección HISTOIRE, LES VEDETTES, Les 13 légends, el retrato de Le Pétomane junto a los de Josep Oller; Charles Zidler; La Goulue; Valentin Le Désossé; Jane Avril; Henri de Toulouse-Lautrec; Colette; Mistinguett; Jean Gabin; Edith Piaf;  Yves Montand y Line Renaud.


En 1965 los escritores franceses Jean Nohain y Francois Caradec publicaron un libro con la biografía de Pujol; y en 1979 en Inglaterra, se estrenó una película titulada Le Petomane, que gira en torno a su vida.
Tal vez en el Olimpo de alguna dimensión desconocida, andará pedorreando a gusto y piacere su figura tristona y ceremoniosa, haciendo desternillar de risa a las divinidades que nos mean desde arriba. Quizá...

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 5 de octubre de 2013

ALLÁ LEJOS Y HACE TIEMPO. EL CAFÉ DE BENIGNO





Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"Pesadumbre de barrios que han cambiado / y amargura del sueño que murió." (Homero Manzi)

"Por eso tengo el corazón mirando al sur." (Eladia Blázquez)

En el marco de la gran oleada inmigratoria arribaron a Buenos Aires sobre la última década del siglo XIX cuatro hermanos españoles apellidados Fernández, que resolvieron encarar, en el Matadero del Sud ubicado en la meseta de los Corrales, en la calle La Rioja N° 1920, un negocio al que "bautizaron" con el nombre de pila del mayor de ellos. Así nació el Almacén y Fonda de Benigno.
La iniciativa de los Fernández era atinada y la elección del rubro, certera. Mucha gente trabajaba en el matadero y la zona era propicia para el objeto que perseguía el Benigno: proveer comestibles y bebestibles, servir comidas (que según las mentas, eran muy buenas y abundantes) y eventualmente; alojar a algún resero o tropero que se quedaba a pernoctar, a hacer noche. Así las cosas, el negocio más temprano que tarde tenía que prosperar. Y prosperó, nomás...
Pero esos límites difusos entre ciudad y pampa que eran los arrabales del sur, iban siendo corridos en desmedro de la segunda y a favor de la primera al impulso del progreso que se buscaba imprimirle a la zona, y en 1896 (ejercía la presidencia de la Nación José Evaristo Uriburu tras la renuncia del titular, Luis Sáenz Peña) la municipalidad de Buenos Aires resolvió el traslado del matadero; lo cual se efectivizaría en 1902.
El alumbrado público, el empedrado, el tranvía, el ferrocarril y la parquización tramaron el calamaco del poncho que cubriría los hombros de un tiempo ido. Los troperos, reseros y matarifes dejaron paso a los obreros de las distintas industrias allí radicadas; el percal de las fabriqueras que volvían de los talleres floraba las tardecitas con encanto arrabalero; de los abigarrados conventillos brotaban la inquietud social, la bronca... y también la esperanza.
Y taura, cadenciosa y prepotente, una música inefable y pegadiza empezaba a expresarlo todo, todo... todo.




 
El Gallego Manuel Fernández tuvo que adaptar su negocio al soplo de los vientos de cambio... ¡y vaya si supo hacerlo! En La Rioja N° 2177 (2077 de la vieja numeración), ahí nomás al toque de la esquina con Caseros, aquel antiguo almacén y fonda mutó en Café de Benigno, que a poco se constituyó en el epicentro de una contracultura pretenciosa, con ansias de país.
Sus mesas siempre colmadas vieron en 1908 el debut de un adolescente de 15 años que hacía gala de una magistral destreza en el bandoneón: José Arturo la Vieja Severino, que después sería la atracción del lugar, el crédito del barrio; y asistieron tristonas a aquella luctuosa Semana Trágica de 1919 en los Talleres Vasena bajo un peludismo que se mostró impotente a la hora de evitarla.

 
Esas mismas mesas que nunca preguntan se extasiaron con los zurdos arabescos geniales del fueye mágico de Floreano el Negro Eduardo Benavento, eternamente encopao de caña o ginebra; se alegraron con los triunfos y lloraron con las derrotas de los jugadores de Huracán que ante ellas se concentraban.



 

Promediando la década de 1920, aquel hombre esforzado y perspicaz que fue el Gallego Manuel Fernández depositó la administración del Benigno en manos de su hijo José, obviamente apodado Pepe. En esta imagen de aquella época, tomada desde la intersección de la avenida Caseros con la calle La Rioja, podemos observar el toldo del Benigno y arriba del mismo, el cartel que rezaba: "CAFÉ - BAR - BILLARES".


Las trajinadas mañanitas del Benigno veían a un Homero Manzi forjista y forjador, tanto de sueños de patria redimida y reivindicaciones gremiales, como de versos sublimes y películas memorables; por las tardes llegaba la guapeza bondadosa del hercúleo Mortero del Globito, el gran Herminio Masantonio, aventando la ansiedad quemera de algún purrete con un sereno: "No te aflijas, pibe, el domingo ganamos"; y por las noches se enseñoreaba de sus mesas la barra trashumante de Julián Centeya, el Negro Celedonio Flores y ese enorme guitarrista y compositor que fue Guillermo Barbieri. En el Benigno paraban también Armando Discépolo, el pianista Pascual Biafore y el violinista y cantor Antonio Buglione, compositor de ese tango extraordinario que se titula La maleva.


En esta fotografía que, tomada allá por la década de los cuarentas se conserva en el Archivo General de la Nación, podemos apreciar desde la misma esquina de Caseros y La Rioja el antiguo café, que ya tenía por entonces otros dueños y que había trocado su cartel por uno más moderno que decía: "BAR BENIGNO".


Un gélido 28 de junio de 1958 la piqueta implacable de un nuevo orden impuesto en el país para peor, impactó de lleno y decretó el cese de actividades en el Benigno.
Las ansias, los sueños y la lírica no son materia, no nacen en una partícula originaria que desencadena un Big Bang; sino que surgen de un proceso creativo que se inicia a partir de una férrea y mayoritaria voluntad transformadora y progresista.
El Benigno no cerró porque quedara anticuado ni porque estuviera administrado deficientemente ni porque raleara su clientela; bajó la persiana porque tres años antes se había truncado a sangre y fuego un proyecto de nación (uno más) al que se reemplazó por otro, bajo paradigmas muy distintos. Los benignos esplenden siempre y cuando hayan severinos, huracanes, barbieris, masantonios, centeyas y manzis; sin ellos nada es posible.
Habría que esperar hasta fines de los sesenta y principios de los setenta para que el inconformismo y la rebeldía se tradujesen en otra contracultura. Pero ésta no se dio en las orillas... sino en el centro.
Y desde entonces, el sur de Buenos Aires aguarda el momento de ir por la redención y el desquite. Espera y espera... que rompa otra aurora.

-Juan Carlos Serqqueiros-