sábado, 30 de septiembre de 2017

LA "HISTORIA" INVENTADA POR Y PARA ARGENTINOS
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En nuestro país, en materia de historia, se han creado y propagado estereotipos que sostenidamente, tal como la gota que termina por horadar la piedra, se fueron instalando en el imaginario colectivo y adoptando como si se tratasen de la verdad revelada.
Por ejemplo, los unitarios eran "traidores", los federales eran "patriotas", Rosas era "un tirano", Sarmiento era "un vendepatria", fuimos a la guerra contra el Paraguay "en la que exterminamos a un pueblo hermano para que el imperialismo inglés se apropiase del algodón paraguayo", los conservadores eran "oligarcas, corruptos y fraudulentos", los radicales eran "honestos, democráticos y nacionalistas", a Yrigoyen "lo derrocó un golpe militar", la historia argentina viene dada por la "línea Mayo-Caseros-Libertadora", la historia "nacional y popular pasa exclusivamente por la línea Rosas-Yrigoyen-Perón", Roca fue "un genocida de los pueblos originarios", y sigue una larguísima lista de etcéteras…
Así las cosas, de nada vale que a los que se tragaron esos cuentos como si fueran el pororó que degluten en el cine, alguien les haga notar que a los unitarios Pringles y Chilavert -entre otros- difícilmente les quepa el anatema de "traidores". O que no puede calificarse precisamente de patriótico lo del federal Ferré, quien firmó un tratado entregando las Misiones al Paraguay, y lo del también federal Estanislao López pidiéndole a Rosas la "gauchada" de hacer levantar el bloqueo para Santa Fe. Tampoco hay que abrigar esperanzas de que sirva para algo explicarles que el federal Dorrego, antes de volverse tal; había sido directorial y combatido al artiguismo. O que el "tirano" Rosas fue plebiscitado por un pueblo que le dio, no sólo facultades extraordinarias, sino además; la suma del poder público. O preguntarles para qué diablos habrá fundado Sarmiento el Colegio Militar, la Escuela Naval y el Observatorio Astronómico, si era tan vendepatria como le enrostran haber sido. O anoticiarlos de que el pueblo hermano paraguayo no puso un solo centavo ni dio una gota de sangre en la Guerra de la Independencia; invadió Corrientes a sangre y fuego, degolló a la guardia del puerto y a simples ciudadanos, violó a las mujeres y las llevó cautivas; que el Paraguay del "mariscal" (?) López era cliente de Inglaterra y muy mimado por ésta, que le suministraba ferrocarriles, telégrafos e ingenieros británicos, y que toda la producción paraguaya de algodón no alcanzaba ni siquiera para abastecer un mes de actividad de las tejedurías de Manchester. Y mucho menos serviría avisarles que la mayor parte de los avances socio políticos resultan al cabo atribuibles a esos a los cuales reputan peyorativamente de conservadores. O que si los tales conservadores incurrieron en fraude electoral; los radicales, a su turno, no les fueron en zaga. O que el presidente Yrigoyen, radical, intervino por decreto todas las provincias que no tenían gobiernos de su mismo signo político. O cuán "democrático" era otro radical, Marcelo T. de Alvear, quien dispuso la intervención federal en ¡diez de las catorce provincias existentes por entonces! O que el también radical -al que para colmo de lo irrisorio, todavía llaman "apóstol de la democracia"- Illia, accedió a la presidencia de la Nación con el veintipico por ciento de los votos y el peronismo proscripto. Para qué recordarles que los radicales eran tan "nacionalistas", que iban de la manito del yanqui Braden, arquitecto de la vergonzante Unión Democrática (¿qué tendría de democrática?), y que la tortuga Illia había colgado en su despacho presidencial un retrato de Churchill. O que Yrigoyen era tan rosista como yo físico nuclear, y que no fue derrocado por "un golpe militar"; sino por una revolución popular anhelada y apoyada por -al menos (y creo que me quedo corto)- el 50% de la ciudadanía. O que el “genocida” Roca eran tan, pero tan malo; que hizo indultar al sujeto que atentó contra él con el propósito confeso de asesinarlo y que precisamente es a Roca a quien debemos la posesión efectiva de la Patagonia, la ley de educación común, la ley de matrimonio civil y la fundación del estado moderno. O que fue el oligarca conservador Joaquín V. González quien encargó a Bialet Massé el Informe sobre el estado de las clases obreras y fue asimismo el autor del primer código de trabajo y del sistema electoral por circunscripciones. O que otro conservador "extranjerizante", Rodolfo Moreno, se doctoró en jurisprudencia con una tesis que versaba sobre proteccionismo industrial. O que la historia no es lineal ni cíclica y no existen las tan cacareadas "líneas históricas". O que el sector radical que migró al peronismo era en buena parte anti yrigoyenista ¿o acaso estoy confundido y el vicepresidente Quijano era un acérrimo "peludista"? O que el doctor Ramón Carrillo, uno de los más insignes y eficaces ministros de Perón, era conservador. O que uno de los maestros de Perón en política fue Ramón J. Cárcano, también conservador. Y así podría seguir un rato largo, eh...
Sería en balde citarles todo eso, porque se da de patadas con los dogmas que les inculcaron (y que ni se les pasa por la cabeza cuestionar), con el esquema simplista y ramplón al que adhieren sin reservas, con los prejuicios que llevan enquistados y con la visión sesgada y maniquea que tienen del pretérito; entonces, "al cuete" nomás sería procurar que entiendan lo que les resulta incomprensible.
La mayoría de los argentinos ha resuelto inapelablemente desechar la heurística -esto es, la recolección y compulsa de fuentes documentales-, despreciarla como si fuera cosa inservible para, en cambio; aprehender y aceptar como verosímiles y hasta verídicos los relatos fantasiosos que les hicieran ora los mitómanos anquilosados de la "historia oficial" (la cual, dicho sea de paso, hace décadas que ya no es oficial) que aún creen estar en la época de los petroglifos; ora los de un revisionismo mentiroso que ha mucho tiempo degeneró miserablemente, a punto tal que cualquier chantapufi mercachifle puesto a fungir de historiador, se proclama "revisionista".
Y por eso -entre otros factores y causas- nos va como nos va.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 23 de septiembre de 2017

ESO


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Niños, la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe. (Stephen King)

Eso (It, en el original en inglés) es la vigésima cuarta novela de Stephen King (n. 21.09.1947, Portland, Maine, Estados Unidos), la cual fue publicada en 1986.

Ese libraco (mil y pico de páginas, para que tenga usted una idea) me voló la cabeza, me atrapó al punto de literalmente devorarlo en un fin de semana, después de lo cual; debo de haberlo releído no menos de cinco veces.
La verdad sea dicha, hasta Eso, yo había decretado, en cuanto se refiriese a mis preferencias de lector con respecto a la producción -ya por entonces muy nutrida- del prolífico amigo King, una suerte de empate. No me habían parecido gran cosa su opera prima, Carrie (sí, OK, ya me lo dijeron millares de veces; no es necesario que usted me lo reitere: “¿En serio no te gustó Carrie? Tendrías que hacer terapia psicoanalítica”) ni La danza de la muerte. Tampoco me sedujeron mucho La zona muerta, Ojos de fuego y Danza macabra. Y me resultó directamente soporífero El talismán -escrito en sociedad con Peter Straub-, que leí en la edición en portugués (y que todavía conservo, no sé por qué ni para qué) durante unas vacaciones que pasé en el Brasil. Pero en cambio; me habían encantado El misterio de Salem’s Lot (que se me antoja sublime), El resplandor, Cujo, Christine, Cementerio -que estimo debería haberse editado como Sementerio, si se hubiera respetado en la traducción lo que quiso significar el autor en el original en inglés- de animales y Maleficio.


Y cuando ya estaba a punto de estipular definitivamente tablas, nomás; oh sorpresa: apareció Eso y me explotó la marota.
La acción se desarrolla en Derry -una ciudad ficticia que la imaginación de King sitúa en el estado de Maine- y la trama gira en torno al horror, la destrucción y la muerte que en ella esparce desde hace casi tres siglos el payaso Centavito (Pennywise, en el original en inglés). Centavito no es simplemente cuestión de coulrofobia; es algo infinitamente más terrible: es El  Mal. Se alimenta de los miedos más recónditos y espantables que cada quien tenga anidados en la psique, y puede adoptar -aparte de la más frecuente: la de payaso con el nombre Bob Gray que se adjudica a sí mismo- cualquier otra forma que se le ocurra, manifestándose en aquello que sea más claramente representativo de dichos miedos y fobias. Y por tal motivo, al desconocerse su real naturaleza; se lo denomina como… Eso.
Hay en la novela reminiscencias de King a lo sostenido por los antiguos gnósticos, pues Eso se trata -como asimismo su contracara, la significante de El Bien (La Tortuga)- de una entidad primordial que estaba ya en los Fuegos Fatuos y precedía a la mismísima formación del universo -del universo engañoso, material, el de mentirita, digamos, que produjo La Tortuga vomitándolo; en tanto el Universo, el verdadero, fue creado por la Divinidad Suprema (El Otro)-. Eso llegó a la Tierra durante la prehistoria en la forma de un asteroide impactando sobre ella en el sitio donde se fundaría, millones de años después, la ciudad de Derry, y allí permaneció hibernando hasta que lo despertó la actividad humana en 1715. Desde entonces, y a intervalos de veintisiete años, Eso, que habita bajo la tierra en un nivel inconsciente para la población, nuevamente despierta, sembrando violencia, calamidad y muerte hasta que vuelve a dormir. El poder de Eso, con el cual domina a la gente de Derry, reside en la facilidad con que ésta olvida las tragedias; porque nadie en la ciudad parece recordar la ola de violencia del ciclo anterior del monstruo.
Pero en 1957, una gran tormenta azota a Derry y Eso resurge de las alcantarillas; sólo que esta vez, tendrá que habérselas con siete pre adolescentes: Ben Hanscom, Beverly Marsh, Bill Denbrough, Eddie Kaspbrak, Mike Hanlon, Richie Tozier y Stan Uris, quienes tienen tan poca popularidad y aceptación entre sus coetáneos, que para preservarse y sobrevivir; anudan entre ellos una férrea amistad, constituyéndose en el Club de los Perdedores. Ellos se enfrentarán a Eso con armas tan “letales” como… un inhalador, una bicicleta o unas balas de plata, a las que sus portentosas imaginaciones les confieren poderes infalibles. ¡Y lograrán derrotarlo!
Sin embargo; no pudieron matar al monstruo. En 1985, el horror retornará, y entonces los otrora Perdedores, ya adultos y exitosos, convocados por Mike Hanlon -el único de ellos que permaneció afincado  en Derry-; deberán volver allí para dar cumplimiento a lo que juraron siendo apenas adolescentes.
Uf, llevado por el entusiasmo, incurrí en el exceso de contarle demasiado del libro; ahora sólo le queda leerlo. Esta novela Eso es la obra cumbre de Stephen King; no se prive de regalarles a su espíritu y a su intelecto el placer y la enseñanza que emanan de sus páginas. Al fin de cuentas, como dijo el propio Maestro del Terror: “Los libros son el entretenimiento perfecto: sin avisos comerciales, sin baterías; te brindan horas de diversión por cada centavo que hayas gastado en ellos. Me pregunto por qué no llevarán todos un libro consigo para esos momentos muertos inevitables en la vida”.
Ah, y si usted, como yo, es un sufrido argentino integrante de esta distópica sociedad flagelada por Mugricio Lacri y sus esbirros, es decir, un monstruo que otra que Eso, y no tiene dinero para comprarse la novela; simplemente pídamela por eMail y se la mandaré en formato electrónico.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 20 de septiembre de 2017

UN DÍA COMO HOY...







































... 20 de setiembre, pero de 1901, nacía Tomás Adolfo Ducó. Fueron sus padres Enrique Augusto Ducó y Elena Blanco.
Fervoroso, apasionado hincha del Club Atlético Huracán, se asoció a la entidad el 23 de abril de 1916, integrando la Quinta División que se consagró campeona derrotando a Independiente 3 a 1.
Abandonó la práctica del fútbol tres años después, para ingresar al Colegio Militar de la Nación. En 1927 se casó en Mendoza con María Esther Cuervo Montenegro. Destinado en La Plata, en 1931 descubrió, en un modesto club de Ensenada, el enorme talento de uno de los más grandes goleadores que ha tenido el balompié argentino: Herminio Masantonio, a quien llevó al Quemero de sus amores.
En 1938 asumió por primera vez como presidente de Huracán y se abocó a sus grandes proyectos, los cuales fructificaron en la construcción de la Sede Social de la avenida Caseros y de uno de los estadios arquitectónicamente más bellos del mundo: el Palacio que desde el 23 de setiembre de 1967 lleva su nombre.
Ascendió a teniente coronel en 1942 y seguidamente fue puesto al frente del Regimiento 3 de Infantería con cuarteles en Parque de los Patricios. 
Fue uno de los fundadores del GOU (Grupo Obra de Unificación, según algunos historiadores, o Grupo de Oficiales Unidos según otros) y tuvo una crucial y decisiva participación en la Revolución del 4 de Junio de 1943 que derrocó al gobierno que presidía Ramón A. Castillo. Su incorruptible honestidad jamás desmentida y sus condiciones extraordinarias de emprendedor infatigable y celoso y eficaz administrador, motivaron que fuera nombrado interventor de la Lotería Nacional. Fue también presidente de la Liga Argentina de Básquetbol, vicepresidente de la Asociación del Fútbol Argentino y cronista deportivo del diario La Nación.
Era puro fuego y pasión, y a menudo impulsivo. Había anudado con Juan Domingo Perón una íntima amistad que los llevó a la decisión conjunta y juramentada de resistir ambos a los tiros y hasta la muerte, en el departamento de Ducó donde se habían atrincherado, la orden de detención que Castillo había impartido contra Perón. Poco después, en otro arrebato, el 29 de febrero de 1944 Ducó sacó su regimiento a la calle para resistir el reemplazo de Pedro Pablo Ramírez por Edelmiro Farrell, con lo cual la añeja amistad con Perón quedó rota. Nunca se reconciliaron.
Tomás Adolfo Ducó falleció en Buenos aires el 31 de enero de 1964.
Icono principalísimo del Club Atlético Huracán, su figura histórica está perenne e íntimamente ligada al progreso y a la grandeza de la institución.

-Juan Carlos Serqueiros-