miércoles, 22 de marzo de 2017

QUIEN ESTÉ LIBRE DEL SISTEMA, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA. EL FRACASO DE LAS RELACIONES


























Escribe: Lic. Gabriela Borraccetti

Al comenzar a leer este artículo, creerás que se trata de algo feminista, o que habla sólo de las relaciones entre el hombre y la mujer. Ten un poco de paciencia y léelo hasta el final, y quizá encuentres una respuesta.
Algunas, que ya cruzamos los cuarenta hace rato -y antes y después de esa edad también-, escuchábamos como consejo cuando estábamos muertas de amor por alguien, un lapidario "hacete rogar".
¿Qué?
¿Cómo?
¿Soy como una diosa?
¿Soy de otro mundo?
¿Soy una santa como para que me rueguen?
Entonces, ¿qué es una pareja?
-Una relación de superior a inferior?
-Un forzamiento de la identidad?
-Fingir lo que uno no siente?
-Convertirse en objeto de adoración?
-Un juego histérico?
-Es que pareja, paridad, ¿no quiere decir algo así como de igual a igual?
Con el tiempo la cosa parece no haber resultado, porque la que se hacía rogar terminaba descubriendo que ese no era el mejor de los consejos para asegurarse más que una victoria pírrica, basada en un fingimiento, y una constante barrera para ser genuinas y dejar salir en libertad al corazón para enfrentarse a la aceptación o al rechazo, pero al menos, conocer la verdad.
Había que jugar el papel de una virgen inmaculada que no se vende a cualquiera, cuando se supone que ese otro no era cualquiera para nosotros, y equivocadas o no respecto de la valoración que hacíamos ese partenaire, se nos escapaba la oportunidad de desenmascarar de entrada y sin dilación, quienes éramos realmente tú y yo.
Mientras nosotras jugábamos a "no regalarnos", ellos buscaban satisfacción por otros lares, llevando en la cabeza un hermoso par de cuernos que luego nos podíamos arrancar solo con lágrimas y victimización: "Yo!!!, la que te di los mejores años de mi vida, la que parió tus hijos, la que estuvo con vos y cumplió con todo lo que querías. Atorrante!". Los hombres eran los malos; nosotras... santas.
Por este motivo, -y como suele suceder con todo lo que se fuerza-, nos fuimos a la vereda de enfrente y algunas veces sin ningún otro sustento que el de probar una nueva estrategia. Nos "liberamos" por hartazgo de la Santa y nos convertimos en Putas, hallando a su vez la otra cara de la moneda: los prejuicios de ellos que incrustados en un cerebro machista, calificaban a una mujer bajo los criterios de "esta no será la madre de mis hijos".
Como sucede en un alma femenina frustrada, venían otra vez las lágrimas, porque además ahora pendía de nuestras cabezas y nuestra sexualidad, un descalificativo que nos encadenaba a un corrillo constante típicamente masculino que reforzaba el ego de quien consigue con el sexo un trofeo: "esa es una fácil".
El dolor nos atravesaba, por ser nuevamente objeto; pero de otra manera: expuesta, vejatoria, y condenatoria que terminaba abrevando en el "son todos iguales" y en un cada vez más fuerte grito de desvalorización, hiciese lo que se hiciese.
Con toda la bronca y el rencor, nos repetimos muchas veces la frase de que al final es preferible ser "la otra", así no me como los cuernos de la pobre fiel, ni el mote de puta, porque es el lugar ideal para ser amadas y no ser ciegas. Este fué el argumento que fortaleció las defensas contra el daño que se producía en el alma.
En síntesis, de un lado y del otro, con una u otra estrategia la palabra común al desdén de no ser, es el convertirse en OBJETO.
 ¿EN QUÉ QUEDAMOS?
Nos preguntábamos. Y respondíamos con el "todos son iguales", cayendo así en una total falta de discriminación o en una minuciosa investigación que pretendía saber con quien estábamos dando, cosa de resguardarnos de lo imposible: fracasar en el intento.
El acento de quien es objeto, siempre cae afuera: todo depende de quién sea el otro.
¡Y yo? Yo no tengo nada que ver.
ENTONCES, ¿DE QUIÉN ES EL GRAN BONETE?.
Cambiamos todo: tácticas, estrategias y máscaras, y nosotras nos olvidamos que somos tanto santas, como putas, madres, amantes, vengativas, compasivas, comprensivas hasta lo incomprensible y crueles hasta el desprecio por nuestra propia mismidad y totalidad; es decir, receptoras del mismo desprecio del que éramos objeto y víctimas gracias a esa visión fraudulenta que encasilla a la mujer a un solo papel y le quita la posibilidad de conocer lo que significa ser UNA MISMA.
Como nada se detiene, las horas, los días, los años, las generaciones siguieron corriendo hasta llegar al punto de imitar en una supuesta igualdad, la conducta masculina en una sociedad con modelos falocéntricos: asumimos el mando, tiramos al demonio la receptividad, nos convertimos en profesionales, gerentes, presidentas, laburantes, paraollas, cuerneadoras profesionales, -en eso somos mucho mejores porque aprendimos muy bien de nuestros maestros pero le agregamos la cara de póker-, pisoteando todo lo que nos distingue como féminas.
Desde nuestra contextura física, nuestro receptivo útero, nuestra carne blanda, nuestra ternura, comenzamos a intentar disfrazarnos de mujeres de hierro: menos siento, menos sufro, más poder, mayor control y dominio. “¡A mí no me pisás más, desgraciado!”, se oía en nuestro interior-. Y allí fue el hombre el que empezó con el cantito y el dolor de no encontrar alguien que los quiera por lo que son; siempre interesadas, siempre frías, solo les interesa tu billetera, billetera mata galán, etc., depositando ahora sus "traumas", en la explicación que se daban para justificar el desamor.
Cada vez más, y como comprobante de lo que digo, ellos comenzaron a echar mano hasta de las cirugías estéticas, queriendo modificar los exigentes parámetros de armonía, equilibrio y belleza que nos habían impuesto a nosotras, para ahora pasar a ser ellos las víctimas de un régimen e incluso una dieta, que era impuesta por una mujer más poderosa, y por un sistema de expoliación de lo genuino. 
Los nuevos parámetros afectaron lazos, vínculos y relaciones de modo tal, que hasta para conseguir un trabajo, había que pesar 50 kilos, lucir como una jovencita nosotras y como el muñeco Kent de la Barbie ellos, sin importar el currículum y la experiencia, salvo la apariencia, y como robots o maniquíes de exposición, se nos empezó a tratar como material descartable, del mismo que usa un cirujano para convertir a una persona única en un "prototipo". No obstante, el problema es que nunca un prototipo es un ser genuino. Y esta vez estabamos los dos, ella y él, bajo el mismo régimen de imposiciones. Comenzamos sin saberlo, a transformarnos en una máquina que ni bien envejece un poco se reemplaza por un modelo más nuevo, del mismo modo en que ahora tiramos un celular por las exigencias del mercado que fabrica descartables para que llegado el momento, debamos arrojarlo a una montaña de contaminación para consumir otro supuestamente mejor pero más endeble, del mismo modo en que te dejan sin salario y presciden de tus servicios porque afuera "hay miles como vos que pueden ocupar tu puesto". Fuimos de a poco arrastrados en nuestra totalidad por el mismo mercado que actualmente rige las relaciones de todo tipo, y el que sigue enterrando bajo capas de lo que no se es, a lo que se es verdaderamente, vendiéndonos bajo la palabra "libertad", "igualdad", "atractivo", "deseable", todo aquello que nos esclaviza y nos coloca en situación de abandonar nuestra verdadera escencia para padecer total desigualdad e injusticia. Se pregona una igualdad igualmente forzada, -como al principio fué forzada la de la mujer-, que tiró a los viejos a la basura, a los abuelos los colocó en el lugar de los cuidadores, a los jóvenes en los mandamás de gente con experiencia, a los padres en lugar de "generadores", a los docentes en lugar de educadores, a la experiencia en lugar de vasallo, y al poder en lugar de la experiencia, y en general a todos en un lugar de "sálvese quien pueda".
Bajo los escombros de tanta mentira grita nuestro SI MISMO:
-Escúchame!!!
Y nosotros respondemos:
-No puedo!!!
La obligación reemplazó a la responsabilidad. Tenemos hijos pero otros deben hacerse cargo.
Barbie no puede ni ver a Kent, ni éste a Barbie, porque formar una familia es un problema, un costo, un balance que tiene todo puesto en manos de un otro que ni siquiera es quien nos paga el sueldo, sino de algo que se transformó en un SISTEMA de vida. Por supuesto la mujer que acostumbrada a ello desde siempre, fue la que mejor -y por desgracia-, se adaptó, y pudiendo manejar varias cosas a la vez, creyó realizarse en lugar de sentirse más esclava. Eso sí, al costo de no conocer qué le sucede al hijo, y turnándose con la pareja para ir a la escuela a gritar al docente la culpa de que su hijo no haga los deberes, se emborrache y no tenga donde ir gracias a que ellos tienen que ir trabajar. Oh, incomprensible maestro!
Lindo panorama.
Si sigo escribiendo el artículo, puedo llegar a desarrollar un libro, puesto que por más que nos creamos iluminados, libres, conscientes, igualitarios e inteligentes; estamos atrapados en algo que NO SOMOS ni sirve. Le gritamos al sistema, pero seguimos en él porque ya no sabemos quiénes somos. Lo olvidamos hace rato, en la profundidad de los prejuicios que cambiamos por valores.
Por otra parte, no apunto a que la madre se quede en casa y el padre salga a trabajar. Se trata de no ser objetos, y esto cada uno lo vive en una o varias esferas diferentes. El pasaje de objeto a sujeto, es eso que podría romper con lo que ya no va. Romper con las máscaras, con el auto engaño, con forzamientos auto impuestos que dieron pié a que luego nos lo impongan masivamente desde afuera, y con modelos preestablecidos, cualesquiera fueren, que nos permitan SER;
-en lugar de tener
-de parecer
-de padecer, y de tantos otros engaños que buscando el crecimiento nos dejan enanos.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

martes, 14 de marzo de 2017

YA PUEDEN ALEGRARSE: LIBRARON A SUS HIJOS DEL PELIGRO DE UN MAESTRO
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Quienes buceamos en la historia, buscamos aprehender, o sea, asir y comprender el pasado, para que sepamos de dónde venimos y para que las acciones que provoquemos en el presente, nos conduzcan a un futuro mejor.
Somos los argentinos un pueblo altamente especializado en romper todo aquello que pueda convertirse en un vínculo que nos cohesione, en un eslabón que nos concatene con la otredad.
En el marco de nuestros desencuentros, los cuales parecen ser crónicos, empezamos por destrozar a los próceres, es decir, a los fundadores de la nación. Que si Belgrano esto, que si San Martín lo otro, que si Rosas o Sarmiento, y dale que va, total...
Después, nos dedicamos a desguazar la educación pública y a ningunear y desjerarquizar a los docentes, de manera de eliminar cualquier posibilidad de nivelación hacia arriba; porque tampoco es cuestión de que el/la maestro/a siguiera siendo una persona estimada y respetada en el barrio, viste. Y tampoco podía ser que tolerásemos que los desangelados tuvieran a su alcance una escuela que los contuviera y ayudara a salir de la condición de tales.
Luego, nos ocupamos de desmalvinizar, porque si había algo en lo que TODOS estábamos de acuerdo, era en que las Malvinas son argentinas. Y eso... NO; ¿cómo era posible el estar TODOS de acuerdo en algo? ¡De ninguna manera! Había que barrer debajo de la alfombra a los héroes que fueron a redimirlas y condenar al ostracismo el recuerdo de quienes dejaron allá sus huesos.
Por último, había que destruir al único artista que puede convocar a la multitud que se le antoje; no sea cosa que a alguien se le fuera a ocurrir comparar esa capacidad suya, con la nula que exhiben los politicastros esos que supimos conseguir.
Pueden estar contentos, eh, porque lo lograron ampliamente; es un triunfo completo el que obtuvieron.
Me viene a la memoria aquella vieja canción de Patxi Andión, esa que dice: ... y ahora las buenas gentes / tienen tranquilo el sueño, / pues han librado a sus hijos / DEL PELIGRO DE UN MAESTRO.
No hay que perder de vista la característica distintiva de los hijos de puta: la contracción full time a su "trabajo"; no descansan nunca.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 12 de marzo de 2017

LADREN LO QUE LADREN LOS DEMÁS







































En Esa Vieja Cultura Frita sabemos cuidar nuestro culito, y sobre todo; sabemos dónde llevamos el dolor.
A muerte con vos, Indio, como siempre. Ladren lo que ladren los demás.


-Juan Carlos Serqueiros-