domingo, 26 de enero de 2014

EN ROSARIO HASTA LAS PIEDRAS SON RADICALES







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

"El 'loco' (se refiere a Sarmiento) se nos entregará en cuerpo y alma y nos dará todo lo que le pidamos, inclusive la capital de la República en el Rosario..." (Julio A. Roca desde Rosario, en carta de mayo de 1880 dirigida a Miguel Juárez Celman)

Julio A. Roca dispensaba a Rosario un afecto especial. Desde allí (y también desde Córdoba; alternando su residencia entre ambas ciudades después de su renuncia al cargo de ministro de Guerra) había lanzado y afianzado su candidatura presidencial para el período 1880-1886. A Rosario había vuelto, ya presidente de la Nación, primero en 1882, y sus gentes lo habían colmado de homenajes, y después; el 4 de noviembre de 1883 para inaugurar entre apoteóticos festejos populares el ferrocarril del Oeste santafesino. No pudo hacerla capital de la República por la cerrada oposición de Buenos Aires y los avatares de la política vernácula; pero sin dudas el Zorro quería y distinguía a Rosario, y ésta le correspondía de igual modo.
Y ya en su segunda presidencia, se debió a Roca la concreción de un anhelo muy caro a los rosarinos: el puerto moderno. En 1880 era el de Rosario el primer exportador del país, y satisfacer las necesidades que evidenciaba en materia de infraestructura resultaba impostergable; por ello, en 1899 envió al Congreso un proyecto para su construcción y explotación el cual votado favorablemente se convirtió en la ley N° 3885 sancionada en diciembre de ese año. Paralelamente, urgió a Emilio Civit, titular del flamante ministerio de Obras Públicas, la realización del dragado que posibilitara el ingreso de buques de ultramar de gran calado al Paraná, y después en setiembre de 1901 dispuso el llamado a una licitación internacional en la que resultó gananciosa la propuesta del consorcio francés Hersent et Fils et Schneider et Cie., previéndose para 1902 el inicio de las obras que debían concluirse en un plazo de cinco años, estipulándose que en tres, el nuevo puerto debía comenzar a funcionar.
El 26 de octubre de 1902, a bordo del acorazado Libertad y acompañado de una numerosa comitiva escoltada por 900 efectivos del Ejército y la Marina de Guerra transportados en los buques Entre RíosEsporaGaviota, Maipú, Patagonia y Patria; el presidente Roca llegó a Rosario para poner la piedra fundamental. Allí lo esperaban el intendente de la ciudad, Luis Lamas; el gobernador de la provincia de Santa Fe, Rodolfo Freyre; y una multitud estimada en 30.000 personas (sobre una población total de 115.000 habitantes, podía decirse que toda la ciudad se había volcado a las calles para recibir al primer mandatario de la Nación y asistir a los actos). Caras y Caretas mostraba a Roca dirigiéndose camino al Rosario conduciendo una silla presidencial con ruedas esforzadamente empujada por su edecán, el coronel Artemio Gramajo, y al pie: "¡A dónde llegará su postración / que no puede apearse del sillón".



Por entonces el puerto de Rosario era como lo vemos en estas imágenes:


 

Y en esta otra, podemos observar a Roca desembarcando:


Luego de la recepción, se pronunciaron los discursos de rigor y se colocó la piedra fundamental, como se aprecia en estas fotos:



  
Pero el Zorro que llegaba ese domingo de 1902 a la pujante y esperanzada Rosario profusamente embanderada para la ocasión, no era el mismo de 1880, 1882 y 1883. Poco tenía que ver aquel Roca audaz e innovador de la primera presidencia, enemigo acérrimo del mitrismo y lo que éste encarnaba, con el político recocido en el cinismo de la segunda; el del acercamiento a Mitre y el distanciamiento de colaboradores de la talla de Wilde, Magnasco, etc. Los conflictos sociales y las demandas obreras se sucedían, y la ciudad había sido luctuoso escenario de ello: el año anterior la policía rosarina había matado a un huelguista, y la prédica del anarquismo había encontrado campo fértil entre los estibadores y en la mayoría de los demás gremios.
Así las cosas, no fue de extrañar un piedrazo arrojado por alguien desde la multitud agolpada al paso de las autoridades que iban hacia el Palacio Municipal; que dirigido contra el landó que llevaba a Roca, fue a dar en el palco oficial. El presidente no le dio trascendencia al hecho, pero después empezó a circular insistentemente la especie de que el Zorro, recordando aquel momento, habría dicho: "En Rosario hasta las piedras son radicales". Caras y Caretas lo ilustró así:


¿Habrá pronunciado efectivamente esas palabras? Me parece altamente improbable: en primer lugar, se trató sólo de un dicen que Roca dijo, y segundo; Rosario no era - al menos, en 1902- radical, y muchísimo menos al punto de que hasta las piedras lo fuesen. Sea como haya sido, lo concreto es que la cosa no pasó de la anécdota y los actos prosiguieron, ya en el Palacio Municipal, tal como estaban previstos: el intendente Lamas recibió al presidente Roca con un florido discurso, y éste le retribuyó con uno suyo.


Las palabras del Zorro estuvieron dirigidas a ensalzar "la laboriosidad de los rosarinos" y tuvo elogiosos conceptos para "su comercio, su espíritu cosmopolita y su amor al trabajo, que sólo encuentra parecido en la gran República del Norte" (refiriéndose a los Estados Unidos). Y luego, llevado por la oratoria, echó una parrafada acerca de las diferencias que a su juicio existían entre nuestro pasado y el de los yanquis:

Decididamente los genios y hadas que rodearon la cuna de la República de Washington no fueron los mismos que presidieron el advenimiento de las democracias sudamericanas. Los fieros conquistadores cubiertos de hierro que pisaron esta parte de América, con raras nociones de la libertad y del derecho, con fe absoluta en las obras de la fuerza y la violencia, eran muy diferentes de aquellos puritanos que desembarcaron en Plymouth sin más armas que el Evangelio ni otra ambición que la de fundar una nueva Sociedad bajo la ley del amor y la igualdad. De ahí que las repúblicas latinas necesiten mayor suma de perseverancia de juicio y energía para lavar su pecado original, asimilarse las virtudes que no heredaron, formar una nueva educación y constituirse definitivamente.

Caras y Caretas puso el grito en el cielo por lo que reputó como ofensivo a la numerosa colectividad española y que provocó el rechazo de sus miembros, y consignó que resulta sugestivo que no fuera rectificado ni por el canciller ni por el presidente, quienes restaron importancia al polémico texto.
Veamos: la versión esa acerca de los crueles y sanguinarios conquistadores españoles expresada en cualesquiera de sus muchas formas metafóricas, era uno de los tantos mitos de la historiografía liberal mitro-lopizta impuesta como oficial, de modo que caerle con todo a Roca por repetir un concepto machacado hasta el hartazgo e instaurado como principio fundacional era, cuanto menos; injusto. Y sin embargo, Caras y Caretas lo hizo; aunque claro, lo que no hizo, fue cuestionar a quienes instauraron ese postulado erróneo. Mucho escandalizarse por las palabras de Roca, pero nada de crítica a los libros de Mitre y López (que en todo caso, debían resultarle a la comunidad española muchísimo más ofensivos que ese corto párrafo del discurso del Zorro):



Más allá de esas nimiedades a las que nadie -y Roca menos que nadie- prestó atención; los festejos y celebraciones en Rosario siguieron. Hubo desfiles militares en la plaza 25 de Mayo:


La Asociación Popular Canalización de los Ríos y Puerto del Rosario se encargó de distribuir entre la gente volcada a las calles nueve toneladas de pan y carne. Rosario era una fiesta, y literalmente tiró la casa por la ventana. Si esto no es el pueblo...

Después, el presidente Roca fue invitado por el gobernador Freyre y el intendente Lamas a dirigirse al hipódromo, en el por entonces recientemente creado Parque Independencia:

 

En esta imagen puede verse una postal firmada por Roca aquel día memorable:


Tres años después de todo esto, en 1905 fue inaugurado el puerto moderno de Rosario, tal como estaba estipulado:


Todo rosarino era consciente de que su propia suerte y la de su ciudad estaba indisolublemente vinculada a la del puerto, puerto este que más allá de algunas dificultades que se hicieron perceptibles a poco de concluída su construcción (capacidad de tráfico y tarifas, entre otras) y que plantearon cuestiones nuevas a resolver y sortear; fue sin dudas el firme basamento de su progreso y grandeza. Y de que en buena medida, lo debía al presidente Roca.
Lo mínimo que debe exigírsenos a quienes gustamos de bucear en nuestro pasado y narrarlo es que, más allá de los criterios que asumamos y las interpretaciones que hagamos; tengamos la honestidad intelectual imprescindible para contar las cosas tal como fueron en la realidad.
Si de algo estoy seguro, es de que no serán Rosario ni los rosarinos quienes se suban a, o tiren de, la carroza farisaica de los que con una visión maniquea, tendenciosa y sesgada de nuestra historia, exigen el sacrificio de ciertas figuras notables de la misma en aras de un declamado revisionismo muy mal entendido y además falso; porque lo que de cierto busca no es la verdad histórica sino digitar el futuro a través de la manipulación torpe e inescrupulosa del pasado.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 21 de enero de 2014

SIN DINERO, A NINGUNA PARTE





































Escribe: Juan Carlos Serqueiros
Estas vacaciones, ya sea que las pases en el mar, las sierras o en tu casa, son una buena oportunidad para abordar este libro de James Hadley Chase que, te lo aseguro, te deparará algunos buenos y gratos momentos de lectura descomprometida (término este deplorable; porque ¿cómo puede ser "descomprometida" una lectura siendo el de leer un acto que desde el vamos significa un compromiso con el alma?) con los que mitigar un poco los sinsabores que te haya podido dejar el laburo: Sin dinero, a ninguna parte.
Cameron es un escritor que ha conseguido reunir con sus últimos trabajos una buena cantidad de dólares que le permiten alejarse de la fría y nevada Nueva York en busca de las acogedoras playas de Paradise City en la costa de Florida, sitio este caro y elitista. Pero bueno, qué joder..., no tanto como otros que más que exclusivos, son excluyentes; porque al fin de cuentas, como canta el Indio Solari, "Positano es muy chico y jamás va a alcanzar para vos, no va a ser nunca tu paraíso"; así que el amigo Chase, aún siendo un susheta de aquellos, dispuso que su personaje Cameron tenga que "conformarse" con Paradise City el pobre... Un terrible guacho resultó ser este Chase, mire vea.
Y como Cameron siempre anda detrás de alguna historia que pueda transformar en novela con la cual hacer más dólares que le posibiliten seguir escapándole al tornillo neoyorquino, va al Neptune, un antro en el que para uno de los personajes de la fauna local: Barney, autodefinido como el hombre del oído pegado al suelo; una enorme y sucia fábrica ambulante de colesterol capaz de deglutir cantidades industriales de hamburguesas grasientas a las que empuja con hectolitros de cerveza. A cambio de que el bueno de Cameron le garpe la cuenta de lo que lastra y escabia esa noche y de una propina, Barney le cuenta una historia que involucra a: un padre, de oficio punga y su bella y curvilínea hija, mechera ella; un actor caído en desgracia que en sus buenos tiempos supo ser el sucesor de Errol Flynn y un ladronzuelo con escaso número de neuronas en funcionamiento, veleidades de matón e impulsos de asesino; empeñados todos en chorearle a un magnate filatelista ocho estampillas rusas que valen la nada despreciable suma de un millón de dólares y detrás de las cuales también anda, oh, sorpresa, el inefable Tío Sam a través de la CIA.
Y con estos ingredientes y sazonada con el condimento especial del ocio que tenés por delante, ¿te la vas a perder? No, ¿no? Ni ahí. Leela, haceme caso.
¡Y que la disfrutes!

-Juan Carlos Serqueiros- 

domingo, 19 de enero de 2014

BEEMEDOBLEVE



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

BEEMEDOBLEVE
(Solari)

Han clausurado las puertas del cielo
y esas cosas no se pueden ocultar
Una crecida arrasa la ribera...
El barro se hace cruel!
Nos viene a sepultar!
Y... por aquí el señor no dio una vuelta
Con lechos fértiles se va la inundación
Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos!
Al "barrio de los acostados" voy
De que reís! A vos te digo, imbécil!
(Pepa le grita al dealer con gesto inmoral)
A vos te van a merendar mis perros!
Beemedobleve! Con pastatrola y más!
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar
"Muy rara vez ésos gritos funcionan!"
(mientras veo pasar mi muerte
en un lanchón)
Lamento irme... pero estoy contento
Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín
Si lo mejor de lo mejor del amor
Dios siempre se lo quedó para él!
Bocado amargo que nos dejó
en un manzanar


Beemedobleve podría ser, como sospecha Marcelo Furtivo, un tal Sergio (personaje tristemente célebre en el mundillo redondo a quien -por suerte, pues me llegaron mentas de que es una merda de tipo- no traté personalmente, incluso en algún momento hasta llegué a pensar que podría ser el buchón que inspiró Murga purga, pero como ignoro si estuvo en cana o no, deseché la idea; pero Marcelo, que lo juna, seguramente tendrá más data sobre el tipejo en cuestión y podrá aportarla si quiere), un boludín que presumía de wailer (quejoso) como de sí mismo decía Bob Marley (es vox populi que Marley se compró un automóvil BMW por las iniciales -que él asimilaba a Bob Marley Wailer- y después lo cambió pues en la práctica no le servía); o bien otro tipo dedicado a actividades non sanctas. 
De todas maneras, no importa mucho saber puntualmente quién es Beemedobleve en la vida real; lo que necesitamos conocer de él, ya lo sabemos, pues está explícito en la letra: se trata de un chabón que oficia de dealer y lo apodan como a esa marca de autos, escrita tal como se popularizó allá por fines de los ochenta y principios de los noventa.
El escenario donde ocurre todo es la Isla Paulino en Berisso (lo más probable; porque el Indio iba ahí en esas excursiones en las que Deborah VIP mi fiel enamorada cargaba sangría en termos de telgopor) o quizá Ensenada. De todos modos, lo importante es saber que la acción transcurre en la zona ribereña platense, un sitio inundable; el lugar exacto es irrelevante.
“Han clausurado las puertas del cielo / y esas cosas no se pueden ocultar”. Alusión metafórica de doble sentido: al agnosticismo de Solari, porque el que clausuró las puertas del cielo es Dios, que no debe ser tan bueno como dicen si impide el acceso al cielo; y a la injusticia social, a la marginalidad, a esos barrios desangelados, damnificados por el flagelo de las inundaciones, sin que el poder de turno haga nada para remediar y menos prevenir tal catástrofe (“Una crecida arrasa la ribera... / El barro se hace cruel! / Nos viene a sepultar! / Y... por aquí el señor no dio una vuelta"); rematada con una evocación al Nilo, que tras la creciente, al retirarse sus aguas, dejaba el limo en el que los antiguos egipcios desarrollaban sus cultivos ("Con lechos fértiles se va la inundación”).
“Qué ancho que es, ay!, el cielo de los nabos! / Al ‘barrio de los acostados’ voy”: El cielo de los nabos (donde el Indio situó oportuna y acertadamente al payasesco Polimeni) es el limbo en el que viven muchos de pelotuditos que andan dando vueltas, y que es muy ancho, tanto, que puede albergar a infinidad de ellos; y el barrio de los acostados es una forma metafórica de referirse a un cementerio en particular: el Montesacro en Medellín, Colombia, donde está la tumba de Pablo Escobar Gaviria (en obvia alusión al tráfico de drogas que viene a continuación, como veremos).
“De qué reís! A vos te digo, imbécil! / (Pepa le grita al dealer con gesto inmoral) / A vos te van a merendar mis perros! / Beemedobleve! Con pastatrola y más!”: Bueno, el "grito" al dealer de Pepa es un soliloquio; se trata de una imprecación, un insulto imaginario, del último al primero (porque Pepa es un chabón, no una mujer, ¿se acuerdan de la Chanchita Rivera?, bueno, algo similar; Pepa es un tipo al cual apodan así por su adicción al ácido lisérgico). Pepa es cliente (y sub dealer) de Beemedobleve, al que le compró una buena cantidad y variedad de drogas tanto para consumo personal como para revender; pero resulta que vino la inundación y le llevó todo, y encima, por la catástrofe Beemedobleve no puede ir a reponerle lo que perdió, y por eso Pepa está con el mono (síndrome de abstinencia) y a las puteadas contra él, a quien imagina riéndose de su situación y lo amenaza (también en su imaginación) con ese “a vos te van a merendar mis perros… con pastatrola y más!”. Pepa fantasea con que cuando aparezca de nuevo Beemedobleve, le va a tirar encima a sus perros para que lo muerdan y le va a hacer tragar -aquí apela el Indio a un neologismo que suena fonéticamente parecido a la popular pasta frola- pastatrola, o sea, pasta puta, pasta base, paco; o quizá una "pasta" (pastilla) del ácido lisérgico que le vendió.
“Muy rara vez ésos gritos funcionan!’ / (mientras veo pasar mi muerte / en un lanchón) / Lamento irme... pero estoy contento / Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín”: Pepa piensa, resignadamente, que todas las puteadas que le echó imaginariamente a Beemedobleve no sirven de nada, son sólo un pobre consuelo a su desesperación, una forma de desahogarse y nada más ("Muy rara vez ésos gritos funcionan!"). Y mientras va en el lanchón de la prefectura que lo rescató de la inundación, “ve pasar su muerte”, es decir, lamenta todo lo que perdió, se siente vacío, muerto. Y filosóficamente dice para sí que “va a extrañar todo el botiquín”, o sea, todas las drogas que perdió en la inundación.
“Si lo mejor de lo mejor del amor / Dios siempre se lo quedó para él! / Bocado amargo que nos dejó / en un manzanar”. La canción se cierra con una muletilla: para Pepa, la culpa la tiene Dios, que nos echó del Paraíso Terrenal cuando mordimos la manzana y se guardó para sí solo “lo mejor de lo mejor del amor”, es decir, el disfrute, el goce.
Pobre Pepa, che... le pasan todas...

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 17 de enero de 2014

EL PALOMAR: TIERRAS, COIMAS Y AMORES CLANDESTINOS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo le había tomado declaración a Guillot... Estaba muy nervioso, y por lo que dijo, saqué en conclusión que nunca antes había intervenido en un asunto sucio, que ésa era la primera vez y por eso se había pisado... (Vicente Solano Lima)

En 1934, siendo presidente de la Nación el general Agustín P. Justo, dos hermanas, María Antonia y María Luisa Pereyra Iraola, casadas con dos hermanos de apellido Herrera Vegas, ofrecieron en venta al ministerio de Guerra 227 hectáreas que poseían en El Palomar de Caseros, en tierras linderas con el Colegio Militar, a razón de $ 1 el metro cuadrado. La Dirección General de Ingenieros del Ejército Argentino las tasó a $ 0,19 y las dueñas no aceptaron vender a ese precio. Como eran de familia "notable", movieron influencias con el objeto de convencer al ministerio de elevarlo, pero sin resultado; ante lo cual tres años después, a fines de diciembre de 1937 (en setiembre, en elecciones tildadas de fraudulentas, había sido electo presidente el candidato de Justo, el radical Roberto M. Ortiz) comunicaron que retiraban el ofrecimiento de venta.
Era un farol. En realidad, el 22 de diciembre las señoras Herrera Vegas habían convenido con un sujeto llamado Néstor Luis Casás, que sería éste quien vendería las tierras al ministerio en un plazo máximo de 120 días, pagándoles a las propietarias a razón de $ 0,65 por metro cuadrado y quedándose con todo el importe que por encima de ese valor obtuviese. 
Casás actuaba a través de su apoderado, un tal Jacinto Baldassarre Torres, de "profesión" lobbysta y de estrecha relación de amistad con el general Alonso Baldrich, quien le gestionó una audiencia con el ministro de Guerra, general Basilio Pertiné, en la cual le reiteró a éste la oferta de venta de las tierras. Había que apurar el trámite porque en dos meses, el 20 de febrero de 1938, Justo debía ponerle la banda presidencial a Ortiz. Pertiné dijo que la cuestión le interesaba, pero que su ministerio no tenía los fondos suficientes, y Baldassarre le preguntó si compraría los terrenos en el caso de que el Congreso de la Nación dispusiera una partida especial en el próximo presupuesto, a lo cual Pertiné respondió: "Ah, entonces sí, encantado".
Baldassarre fue a verlo al presidente de la comisión de presupuesto de la Cámara de Diputados,  Gregorio Raúl Godoy (conservador), le planteó el negocio, y éste entró en el enjuague. La ley de Presupuesto Nacional para el Ejercicio 1938, que incluía en su artículo 27 una partida especial para la adquisición de las tierras de El Palomar a razón de... ¡un precio "no mayor" a $ 1,10 el metro cuadrado! (que Baldassarre consiguió sobornando al presidente -también conservador- de la Cámara: Juan Gaudencio Kaiser), se aprobó el 27 de enero, y el Ejecutivo (Justo) la promulgó el 8 de febrero. Ya no tenían tiempo Baldassarre y su mandante Casás para concretar la "operación" antes del cambio de gobierno que se produciría el 20 de ese mes.
Al asumir la presidencia de la Nación, Roberto M. Ortiz designó ministro de Guerra al general Carlos Márquez, y sería con éste con quien debió proseguir Baldassarre las gestiones, que insumieron todo el resto del año 1938 (costó que el presidente Ortiz -que le sintió un tufillo feo al asunto-  autorizara la compra de los terrenos, lo cual hizo recién el 31 de diciembre de 1938 mediante el decreto N° 21.583 -a pesar de la desconfianza que sentía-, y también, al renovarse autoridades en la Cámara; tuvo Baldassarre que "untar" a las nuevas, esta vez, radicales). Y a través del decreto N° 26.643 del 22 de marzo, suscripto por el presidente Ortiz en acuerdo de ministros, se aprobó la compra. 
El 24 de abril se labraron en el Banco Central tres escrituras: una, del Banco Nación sucursal La Plata por la cancelación de la deuda hipotecaria que las señoras de Herrera Vegas mantenían con dicha entidad; otra, de éstas vendiendo las tierras a Casás a $ 0,65 por metro cuadrado; y otra, de Casás transfiriéndolas al ministerio de Guerra a $ 1,10 el metro cuadrado. En el colmo de la desvergüenza, los pagos (que se hicieron en títulos numerados de la deuda pública) se realizaron invirtiendo el orden en el que se habían confeccionado las escrituras: primero, el Estado le pagó a Casás $ 2.450.303; luego, éste pagó a las señoras de Herrera Vegas $ 1.447.906; y por último, éstas pagaron al Banco Nación $ 723.953.
Así las cosas, en ese negociado Casás se hizo una "pequeña" diferencia de... ¡$ 1.002.397! a costa del Estado.
Y el affaire habría permanecido ignorado por la opinión pública si no se hubiesen despertado los "remordimientos de conciencia cívica" en el presidente Ortiz: llegado al gobierno de la mano de Justo y a través del fraude, paradojalmente estaba empeñado en terminar con el mismo; entonces dispuso, el 7 de marzo de 1940, la intervención a la provincia de Buenos Aires, que estaba gobernada por Manuel Fresco, quien en comicios amañados había impuesto para que lo sucediera en el cargo a Alberto Barceló, el caudillo conservador de Avellaneda.
Fresco conocía al dedillo el negociado de las tierras de El Palomar. Profundamente resentido con Ortiz, hizo una reseña con los antecedentes del caso y se la dio al periodista José Luis Torres, del semanario Ahora. Éste publicó la cuestión en la revista, y además; el 16 de mayo fue al Congreso a ver a su amigo, el senador por Jujuy Benjamín Villafañe, y le expuso el asunto. El senador preguntó a Torres, según propias palabras de éste, "si tenía coraje para denunciarlo en el Senado". Torres contestó afirmativamente, y ese mismo día, Villafañe pidió la palabra en la cámara, y luego de detallar la trama del negociado, solicitó que se nombrara una comisión investigadora. El doctor Ramón A. Castillo -que además de ser escrupulosamente honrado, era un habilísimo político (ver en este ENLACE mi artículo Lo salvaba la hermosa condición de la austeridad)-, que en su carácter de vicepresidente de la Nación presidía el Senado, fue autorizado por la alta Cámara para elegir a quienes la integrarían, lo cual hizo al día siguiente, designando a los senadores Alfredo Palacios (por Buenos Aires, socialista), Gilberto Suárez Lago (por Mendoza, conservador) y Eduardo Laurencena (por Entre Ríos, radical).
Tanto y tan concienzudamente trabajaron, que a los pocos días, nomás, ya tenían esclarecido quiénes habían tenido participación en el negociado -entre los que estaba un ex diputado radical emparentado con Laurencena, por lo cual éste debió apartarse de la comisión; siendo reemplazado por el senador (por La Rioja, socialista independiente) Héctor González Iramain)-.
El 8 de agosto de 1940, la comisión anunció que había concluido su investigación, y el 19 de ese mes se trató en el recinto su despacho. El mismo especificaba que la venta de las tierras de El Palomar había sido una operación dolosa en perjuicio del Estado, de la cual habían participado el ministro de Guerra, Carlos Márquez; y el presidente de la Contaduría General de la Nación, Mario de Tezanos Pinto, y que estaban incursos en el delito de cohecho y/o negociaciones incompatibles con la función pública los siguientes diputados y funcionarios:

Juan Gaudencio Kaiser, ex presidente de la Honorable Cámara de Diputados, con 137.000 títulos, que liquidados le produjeron $ 126.925,18;  Gregorio Raúl Godoy, ex presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Honorable Cámara de Diputados, con 177.000 títulos y, además, con $ 140.689,26 en un cheque de Jacinto Baldassarre Torres;  Miguel Aguirrezabala, con 30.000 títulos, los que vendidos le produjeron $ 25.373,85; José Guillermo Bertotto y Víctor Juan Guillot -actual presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Honorable Cámara de Diputados-, con 15.000 títulos que llevan juntos el 26 de abril de 1939 al Banco Español del Río de la Plata Limitado, a cuyo gerente general, Eduardo Grané, pidieron que se vendan en plaza sin consignar el nombre del vendedor, razón por la cual aparece en el libro rubricado del comisionista oficial de bolsa señor Manuel Fernández Rivas, como vendidos por “Eduardo García”, nombre supuesto de persona inexistente -el producido de dichos títulos, $ 12.612,48, lo recibió el diputado Bertotto el día siguiente, de manos del señor Grané-; Franklin Fernández Lusbín, empleado de Obras Sanitarias de la Nación hasta el 27 de marzo de 1939 y Agustín Marcelo Echevarrieta, empleado de la Honorable Cámara de Diputados y ex secretario del presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda Gregorio Raúl Godoy, que recibieron de Baldassarre Torres en títulos la suma de $ 167.500 y $ 10.100, respectivamente; y el general (R) Alonso Baldrich, que recibió de Baldassarre Torres 10.600 títulos, los que vendidos le produjeron $ 8.871,39.

Al día siguiente de conocerse los nombres de los involucrados, el escándalo era el tema obligado de todos los corrillos. El 22 de agosto, el presidente Roberto M. Ortiz - que el 5 de julio había delegado por enfermedad (era diabético y se estaba quedando ciego) el gobierno en el vice Castillo, pero provisionalmente; con lo cual éste se veía obligado a mantener la composición del gabinete sin poder elegir sus propios ministros-, envió su renuncia a la Asamblea Legislativa, señalando que se sentía "implicado" por la investigación del Senado (a la cual atribuyó una "finalidad política"), defendiendo a su ministro Márquez (a quien los diarios nacionalistas llamaban Palomárquez) y deplorando que "no se haya profundizado más la investigación, a fin de poner en descubierto las raíces mismas del negociado". En realidad, ni Ortiz ni Márquez habían recibido coimas, pero sin duda procedieron con una negligencia atroz; debieron impedir la consumación del negociado (que ambos sospechaban) y no lo hicieron. Ortiz estaba convencido de que en el enjuague andaba el ex presidente de Obras Sanitarias, Domingo Selva, de quien Fernández Lusbín (que había sido su secretario) vendría a ser un testaferro, y así se lo dijo a Suárez Lago, quien estaba acompañado en esa oportunidad por Robustiano Patrón Costas (pero en la investigación, por más que se puso el foco sobre Selva; no se encontró indicio alguno de su participación).
El 23 de agosto uno de los diputados radicales que habían sido coimeados, Víctor Juan Guillot, se suicidó disparándose en el corazón. Luego se sabría que de los 15.000 títulos que había percibido junto a José Guillermo Bertotto, él no había tocado un centavo; pero sí su amante -con la cual había tenido dos hijos-, que bajo el nombre ficticio de Ana Gómez, había cobrado 35.000.
Mientras tanto, las gentes en las calles discutían en favor del Eje o de los Aliados y las manifestaciones se sucedían. Desde la noche del 22, los jefes militares adictos a Márquez preparaban una revuelta con el objetivo de moralizar la política, tendiente a sostener a Ortiz en la presidencia, secuestrar al vice Castillo y abonar el terreno para la próxima candidatura del ministro de Guerra. El ex presidente Agustín P. Justo, negociando oculta y trabajosamente, pudo frenar el golpe comprometiéndose a lograr la renuncia de todo el gabinete a fin de que Castillo pudiese conformar otro, que Ortiz fuese mantenido nominalmente en la presidencia, que éste y Márquez salieran indemnes del escándalo de las tierras de El Palomar, y sobre todo; que no prosiguiera la investigación. Consiguió -lamentablemente, en mi opinión- sus propósitos.
El sábado 24 de agosto la Asamblea Legislativa rechazó la renuncia de Ortiz por 170 votos contra 1 (del senador por Buenos Aires Matías Sánchez Sorondo, conservador). Nota: no he tenido a la vista el detalle de los votos de cada uno de los integrantes de la Asamblea Legislativa, pero me extrañaría que el senador Benjamín Villafañe hubiera asentido a la permanencia de Ortiz en la presidencia, después de haber sido él mismo el denunciante del negociado. Si alguien tiene el documento y la deferencia de acercármelo, aunque más no sea en formato electrónico, lo agradeceré muchísimo.
El 26 de agosto la Cámara de Diputados dispuso que el expediente con la causa contra Guillot fuera archivado por la trágica desaparición del inculpado. El 29 separó a José Guillermo Bertotto, y (una de cal y otra de arena) el 5 de setiembre rechazó, por 69 votos a 27, el pedido de juicio político al ministro Márquez.
Girados los antecedentes del caso a la justicia ordinaria, el 7 de abril de 1945 fueron condenados: Aguirrezabala, Bertotto y Fernández Lusbín a cinco años de prisión e inhabilitación perpetua; Baldassarre Torres y Casás a cinco años de prisión e inhabilitación por nueve años; Godoy y Kaiser a seis años de prisión e inhabilitación perpetua. Aguirrezabala, Bertotto, Kaiser (que en 1947 serían indultados por el presidente Perón) y Fernández Lusbín, huyeron al Uruguay; Baldassarre Torres, Casás y Godoy, fueron a dar con sus huesos en la cárcel.
Nunca pudo saberse la verdadera identidad de Ana Gómez ni establecerse su paradero. Pero "nunca" oficialmente, quiero decir; porque extraoficialmente trascendió que era hija de un ex diputado radical. Sin dudas, hubo un pacto de silencio al respecto, porque de otro modo no se explica que habiendo indicios sobre quién podía ser; no se la hubiese puesto frente al empleado del Banco Español "que la recuerda perfectamente", según declaró a la comisión investigadora el perito técnico-contador doctor Mauricio E. Greffier.
"¿Y la mosca? No se sabe, / el Estado la perdió; / el preso sale a la calle / y se acabó la función." (Bartolomé Hidalgo-Alfredo Zitarrosa, La ley es tela de araña).

-Juan Carlos Serqueiros-