martes, 31 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. SEGUNDA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Desierto verde en el tiempo / que el hacha vino a poblar. / Con sangre de los quebrachos, / el Chaco, llorando está. (Luis Landriscina)

En la pregunta con la cual terminaba la primera parte de este artículo, obviamente me refería, estimado lector, a la élite santafesina de ese momento; pues recuerde usted que arribamos a un punto del relato en el que ya habían transcurrido nada menos que treinta y cuatro años desde la suscripción del empréstito y un cuarto de siglo desde la cancelación del mismo con la venta en Londres de las tierras. 
Desde aquel entonces, la situación había experimentado muchas y sustanciales variaciones, desprendiéndose de ella derivaciones que nada tenían que ver con las ideas que animaron a Iriondo y demás, ni con los propósitos que perseguían. Por ejemplo: en 1890, arrastrada por la crisis de la Baring Bros., la banca Murrieta & Co. había quebrado y The Santa Fe Land Company, la compañía colonizadora que había formado para rentabilizar el capital erogado subdividiendo la tierra en parcelas para ser vendidas a migrantes europeos; trocó su misión empresarial original por otra que entendió como mucho más atractiva y conveniente para la maximización de la ganancia: la explotación maderera. Y así, resultó absorbida en 1913 por La Forestal, la cual trascartón cerró la fábrica de Santa Felicia por "baja rentabilidad": el anterior ejercicio comercial había repartido "solamente"... ¡el 12,5% de dividendos!
Retomo la ilación: me preguntaba entonces si la élite santafesina habrá sido consciente de las implicancias de lo que estaba haciendo. Y tengo para mí que sí lo fue, que actuó como lo hizo sabiendo lo que podía pasar de resultas de ello. Y no le importó. Y voy aún más allá: no creo, sino que afirmo, que entre los políticos santafesinos de por entonces, no había un solo hombre comparable a Nicasio Oroño, Simón de Iriondo o Servando Bayo. Y sostengo, además; que la aristocracia santafesina de principios del siglo XX atravesaba, en lo moral e intelectual, por un proceso de deterioro y descomposición si no mayor; por lo menos sí idéntico al sufrido por las clases dirigentes de la capital y las demás provincias argentinas.
El postulado de que el progreso (ese dios Progreso del positivismo spenceriano) necesariamente venía asociado al capital (por fuerza, extranjero), seguía siendo para esa élite, indiscutible (tal como lo había sido para la anterior). Pero como a diferencia de la otra, esta era (y así se evidenció) claudicante y decadente; renegó de sus responsabilidades, archivó el coraje en algún baúl, embriagada de sectarismo vomitó la virtud política que no pudo digerir y olvidada de antiguas glorias y pretéritos señoríos; cayó en la molicie y el deshonor, se prostituyó miserablemente y le dejó al gringo que venía a expoliarnos el resolver el "problema" de llevar "civilización" a ese montaraz norte provincial de "tierras sin valor" (las que para mayor ludibrio, reclamó a la Nación y obtuvo, como vimos en la primera parte), "llenas de indios" y que "tantos gastos dispendiosos generaba en el presupuesto" (¿para qué las querían, entonces?). No puedo imaginar una desgracia mayor para un país, que la degeneración en oligarquía de su clase dirigente.
Medio siglo de accionar de La Forestal significó lisa y llanamente un ecocidio. La deforestación trajo aparejadas alteraciones irreversibles en la biodiversidad, la erosión y desmineralización de los suelos y un descenso alarmante en su capacidad de absorción y retención del agua, la modificación del régimen hídrico y una sensible baja en la población de las especies animales, varias de ellas incluso hasta la cuasi extinción. Suele argumentarse, aún en nuestros días, que "no había por entonces consciencia de la necesidad de protección del medio ambiente", por lo cual "lógicamente no se legislaba acerca de ello". No es cierto; sí se sabían los problemas que deberían arrostrarse después y también la manera de evitarlos o por lo menos reducirlos al mínimo posible. Y la carencia de normas y leyes para ello no se debía al desconocimiento, sino a la desidia o a la corrupción, cuando no a ambas.
En 1905, el gobernador del Chaco, Martín Goitía, informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos. ¿Qué, tenemos que creer que Goitía era una excepción y que lo que era sabido por él en el Chaco era ignorado por la oligarquía en Santa Fe? Por favor... Y para colmo de los colmos, ya en 1915, en el seno de la legislatura santafesina se cantaban loas al "adelanto que a Santa Fe trajo La Forestal" y se lo comparaba orgullosamente con el "escaso" del Chaco, "ese gran desierto inhóspito habitado por tribus refractarias a la civilización". Como si en la naturaleza, un sistema ecológico distinguiese entre las líneas caprichosamente trazadas en un mapa por la mano arbitraria del hombre o entre las palabras vertidas por un imbécil infatuado henchido de vanidad que ostentaba el dudoso privilegio de encontrarse al servicio de intereses espurios.
En lo socio-económico-político La Forestal impactó de manera diversa. Es innegable que su presencia y actividad generó miles de puestos de trabajo, pues en la industria taninera, enormemente demandante de mano de obra, eso es conditio sine qua non. Para atraerla, tuvo que darles a sus obreros y empleados la imprescindible infraestructura de vivienda y servicios: quien trabajaba para la compañía, tenía asegurados un salario nominal medianamente razonable, abonado puntualmente y en moneda nacional, una casa, energía eléctrica, agua corriente, atención médica en el hospital de la empresa y esparcimiento (en una cancha de bochas si era obrero, en un cine si era empleado, o en un link de golf o un court de tenis si era de esta última condición, pero jerarquizado). Todo ello, gratis. Surgieron así los "pueblos de La Forestal".
Pero todo eso equivalía a un contrato con el diablo. Y para peor; no había por allí ningún herrero Miseria que se diera maña para joderlo a Mandinga: La Forestal les daba a sus obreros y empleados todo eso, sí; pero se quedaba con sus almas, que en adelante le pertenecerían; pues tales "beneficios" los detentarían en tanto sus vidas se consagrasen a la compañía, ya que todo era de ella y se habían convertido en cautivos de un poder que sustituía a un Estado ausente, ese que sólo "existía" en la virtualidad de lo meramente formal y enunciativo. La policía, el juzgado de paz, la escuela (cuyos edificios eran también propiedad de la empresa), el limitadísimo "comercio" (reducido a la botica, la panadería, la lechería y el almacén de ramos generales), todo, absolutamente todo, respondía a La Forestal y no había en esos pueblos más ley que la que el consorcio transnacional imponía. Incluso, desde 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, cada 25 de Mayo y 9 de Julio, junto a la bandera argentina ¡se izaba la Union Jack!Y la consabida espada de Damocles siempre pendiendo sobre ellos en forma de despido, el cual no representaba sólo la pérdida del puesto (como si ello no fuera ya suficiente drama), sino además; la de la casa, los goces de la energía eléctrica y el agua corriente, la posibilidad de acceder al hospital y sobre todo; lo más aterrador, la Celda 101 de aquel Big Brother: la expulsión y el desarraigo, porque ¿adónde podrían ir, si estaban en una propiedad privada de casi dos millones de hectáreas? ¡Dos millones de hectáreas! ¿Se acuerda, lector, de aquella canción de Serrat titulada Manuel?: "Del amo eran las tierras, camino abajo / las moras y las flores de los ribazos. / La mula y los arreos, el pan y el vino, / los árboles, las piedras y los caminos", bueno; al igual que en ese estadio de vasallo de un señor feudal en el que se hallaba el hispánico Manuel; estaban los obreros y empleados de La Forestal.
Si así transcurría la existencia (o mejor dicho; subsistencia) monótona, gris, sin horizontes y signada por el miedo, de los trabajadores concentrados en los pueblos de la compañía; la de los obrajeros, es decir, los peones de los obrajes: hacheros, playeros y carreros, era una tragedia que espanta el solo describirla. 


Éstos conformaban una masa seminómada que ambulaba por los quebrachales condenada a malvivir hacinada en ranchos de madera y lata, cuando no en medio del monte, en precarias ramadas, sujeta a los arbitrios de quien intermediaba entre ella y La Forestal: el contratista.
Era éste quien le vendía al obrajero a precios siderales el hacha y el machete con los que trabajaba, los alimentos que consumían él y su familia, los vicios (yerba, tabaco y caña) que lo ayudaban a soportar las infrahumanas condiciones en que se hallaba, y quien regenteaba la bailanta y la casa de tolerancia en las que el pobre peón habría de dilapidar los pocos pesos que le quedaran (encima, en vales o billetes de moneda La Forestal) una vez hechas las cuentas con el patrón. Y eso, siempre y cuando el saldo entre su magra paga, que más que salario era una befa; y lo que en la libreta le debía al contratista, le hubiese resultado favorable y no fuera él quien quedara endeudado. La expectativa de vida de los obrajeros andaba por los 35 años y su inexorable destino era el de muerte causada por el veneno de una yarará, o el paludismo, o la sífilis, o una puñalada recibida en alguna pelea de esas en las que, borracho y por alguna zoncera, se enfrentaba o otro tan deseoso como lo estaba él mismo de escapar de ese infierno por la ruta del alcohol (Hubo pago en el obraje, ese extraordinario poema de Luis Landriscina es arte, pintura en palabras, pero no basado en lo imaginario, en lo ficcional; sino en una terrible y aberrante realidad).
Durante el trienio que va de 1919 a 1921 y bajo gobiernos radicales: el nacional, que presidía Hipólito Yrigoyen (1916-1922) y los provinciales de Rodolfo Lehmann (1916-1919), Juan Cepeda (1919-1920) y Enrique Mosca (1920-1924) sucesivamente, estallaron los conflictos obreros en el Chaco "santafesino", con su horrorosa secuela de represión y muerte. La historia no es un tribunal que dictamina acerca de culpabilidades y las castiga en consecuencia, pero innegablemente, del análisis honesto y desapasionado de la heurística surgen responsabilidades gravísimas en aquellos ominosos sucesos tanto de los gobiernos provinciales como del nacional. En apretada síntesis, puede concluirse en que los de Lehmann, Cepeda y Mosca pecaron por comisión y que el de Yrigoyen lo hizo por omisión e ineptitud.
A los primeros, alineados con los intereses de la compañía, no les cabe ni siquiera el atenuante (aún cuando soslayemos la negligencia vergonzosa de quienes los antecedieron en el cargo al permitir y alentar la erección de un poder que venía a sustituir al del Estado) de interpretar que actuaron como actuaron por cuidar el orden público, ya que obraron decididamente en connivencia con la compañía, a la cual, además; suministraron como fuerza represiva la policía provincial y los guardiacárceles (con sobresueldos pagados por la transnacional), que conjuntamente con grupos de civiles armados y la llamada "gendarmería volante" que había formado y y equipado La Forestal, perpetraron una masacre obrera cuyo número de víctimas nunca pudo determinarse con exactitud, pero que con certeza no fue menor a trescientas (hay fuentes que indican seiscientas). Y desde luego, no se eximen de los cargos terribles que pesan sobre los ejecutivos provinciales las legislaturas santafesinas de por entonces y los jueces complacientes con aquel régimen de oprobio, miseria y terror.
En cuanto al gobierno de Hipólito Yrigoyen, es menester consignar que aquella "política obrera" suya tan cacareada por sus turiferarios, habrá formado parte de sus intenciones y fue proclamada hasta la exageración, escrita en algunas leyes y proyectos y abundantemente declamada; pero al mismo tiempo, en la realidad efectiva se demostró no sólo ineficaz, sino también perniciosa. Y fluctuó entre el paternalismo, el desentendimiento y la represión. 
El enigmático Peludo resolvió, a través de sus ministros del Interior, Ramón Gómez y de Guerra, Julio Moreno; el envío al Chaco "santafesino" de tropas del Regimiento 12 de Infantería General Arenales, acantonado en Santa Fe, para "restablecer el orden". Mandó el ejército para "pacificar"... ¡sólo dos meses después de haber remitido al Congreso para su tratamiento, un proyecto de ley sobre conciliación y arbitraje en los conflictos obreros! Era la incoherencia llevada al extremo del absurdo.

Sólo merced a la actitud firme pero a la vez no exenta de prudencia y ecuanimidad de los por entonces capitán Bartolomé Descalzo y teniente Juan Domingo Perón el Ejército Argentino no resultó en julio y diciembre de 1919 y enero de 1920 manchado con sangre de huelguistas (sí lo sería después, pero cuando ya, por desgracia, no estaban Descalzo y Perón para impedir la consumación de atrocidades) como ocurrió durante la Semana Trágica en los Talleres Vasena en Buenos Aires y la Patagonia Trágica en las estancias de Santa Cruz. Y como seguramente habría acaecido en el Chaco durante los conflictos obreros en la azucarera Sociedad Anónima Las Palmas del Chaco Austral, de no haber mediado en la cuestión el buen tino y la inconmovible decisión de no reprimir del también por entonces capitán Gregorio Pomar, al mando de las tropas del Regimiento 9 de Infantería de Corrientes que hasta allí había enviado el gobierno nacional.
Así y todo, la "pacificación" del norte quebrachero fue una orgía de sangre, una carnicería monstruosa cuyos brazos ejecutores fueron el ejército y las fuerzas provinciales y "privadas" al servicio de la compañía, cuya exclusiva responsabilidad recae indefectiblemente sobre la oligarquía santafesina con su criminal conducta y sobre el gobierno de Yrigoyen con su impericia, su negligencia y su escasa comprensión de la realidad provincial. Eran momentos que requerían una aguda percepción del contexto, un diagnóstico certero del mal, un discernimiento inequívoco y una voluntad férrea de corregir el rumbo remediando olvidos y postergaciones, poniendo fin a la falta de presencia del Estado, fijando reglas claras y justas en la relación trabajo-capital e inhibiendo a la vez la influencia perniciosa del maximalismo que amenazaba extenderse por las prédica y accionar de los ácratas del anarcosindicalismo y del socialismo marxista.
Pero nada de eso se comprendió, porque la élite santafesina era un círculo irremisiblemente viciado, corrupto y sectario, e Yrigoyen, tal vez por su krausismo exacerbado, se creía llamado a cumplir una misión trascendental: la causa (eso era en su concepto el radicalismo), que adquiría en él ribetes de misticismo, lo cual lo llevaba a la dispersión de una visión que debía necesariamente focalizarse y ser pragmática, y a diluirse en el empeño de un principismo esencialista que desde lo individual podría ser muy loable; pero que en modo alguno era lo que esa región del país precisaba entonces. Envió por decreto "intervenciones reparadoras" (?) a las provincias gobernadas por lo que reputaba como "régimen funesto" (o sea, todas las que no eran radicales); en tanto que a Santa Fe, que gemía bajo la planta opresora de politicastros indignos, infinitamente más perniciosos y encima, permeables al poder económico extranjero; la dejó a la camarilla, porque para él, el solo hecho de ser provincia radical bastaba para redimirla. Lo que se necesitaba era un estadista capaz de enfrentar la coyuntura y triunfar sobre ella; mientras que el Peludo era, o creía serlo, un apóstol de la redención. Y para colmo de males, esa redención no significaba para los peones de La Forestal lo mismo que para Yrigoyen.
Paradojalmente, en los últimos años muchos "historiadores argentinos" se dedican, con enjundia digna de mejor causa, a emitir un juicio negativo sobre el presidente Julio A. Roca, a quien tildan de "oligarca" y "genocida". Así tratan la figura histórica de quien integró miles de leguas de desierto al territorio nacional, propugnó un desarrollo sustentable del país, no avasalló a las provincias gobernadas por un signo político distinto al suyo con intervenciones federales, trató por todos los medios de evitar la descomposición de la clase dirigente y percibió nítidamente el peligro que representaba soslayar la gravedad de los conflictos obreros que seguramente se desatarían de no atenderse la situación angustiante de los trabajadores, para lo cual encargó un exhaustivo y prolijo estudio y proyectó un código de trabajo de resultas de él; mientras que consideran "popular" y "democrático" a Hipólito Yrigoyen, quien toleró un "estado privado" dentro del Estado, intervino todas las provincias que no tuvieran gobiernos radicales, apañó a oligarquías arribistas y mediocres y mandó reprimir las huelgas por el ejército y la policía con un saldo atroz de miles de muertos. Hay muchos que deberían corregir el relato, ¿no?
Desde fines de la década del 20 y comienzos de la del 30, la demanda mundial de extracto de quebracho declinaba a raíz de la baja en el consumo de cueros (pese a lo cual la compañía continuaba obteniendo ganancias astronómicas que eran giradas al exterior y por las cuales tributaba en nuestro país prácticamente nada). Posteriormente, a partir de la segunda mitad de los 40, la llegada del peronismo al gobierno nacional, con la consiguiente legislación obrera, aumento de salarios en términos reales e intervención activa del Estado; más el "alejamiento" paulatino de la materia prima de las vías de comunicación (pues la tala indiscriminada principió por los quebrachales más cercanos a los pueblos forestales y lógicamente, una vez agotados, había que ir a buscarlos cada vez más y más adentro del monte, es decir, más lejos de la fábrica, el puerto y el ferrocarril); representando todo ello un sensible incremento en los costos de explotación, llevó a que el tanino de quebracho argentino perdiera competitividad con respecto al de mimosa africana; con lo cual La Forestal terminó por retirarse de nuestro país en la década del 60.
Las secuelas del paso de esta compañía, que nació y creció al amparo de una oligarquía venal y extranjerizante fueron: tierra arrasada tanto en lo botánico como en lo zoológico; alteraciones irreversibles en lo climático y ruinas, desolación y un recuerdo perenne de miseria, destrucción y muerte en lo socioeconómico.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 24 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. PRIMERA PARTE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Acaso el capital tiene Patria? La Patria es la Bolsa, y de donde saca mejores ganancias. Por eso mismo, allí está el peligro de la República. (Eduardo Wilde)

El 20 de junio (¡lindo día para contraer deudas con el extranjero fueron a elegir!) de 1872, la legislatura de Santa Fe (gobernaba la provincia Simón de Iriondo, autonomista) había autorizado la colocación en Inglaterra a través de la banca londinense de origen vizcaíno Cristóbal de Murrieta & Co. Ltd., de un empréstito por un valor neto de 180.187 libras esterlinas ya descontados comisiones y gastos, cuyo pago se garantizó con tierras fiscales y cuyos fondos serían destinados a la creación de un banco provincial de emisión y descuentos y al inicio de las obras del ferrocarril de las colonias
Intermediaron en la operación con Murrieta & Co. los hermanos Carlos y Federico Portalis (franceses), titulares de Portalis Frères & Cie., a quienes Iriondo, agradecido, les concedió la explotación de 10 leguas cuadradas de montes ubicados en la desembocadura del arroyo El Rey, en el límite norte de la provincia, cerca de la recién fundada (por el general Manuel Obligado) Reconquista.
Durante el período 1874-1878 gobernó Servando Bayo, quien en 1876 se enfrentó al Banco de Londres (y por consiguiente, a Inglaterra) y metió preso al gerente de su sucursal Rosario por incurrir en maniobras especulativas en perjuicio del Banco Provincial de Santa Fe, creado precisamente con parte de las libras del empréstito acerca del cual estamos tratando. En abril de 1878, volvió a ser gobernador Iriondo y para 1880, los servicios de esa deuda se habían atendido parcialmente, quedando pendiente de pago un saldo de 110.873 libras. 
Murrieta & Co. no procedió a ejecutar la garantía (hubiera sido políticamente incorrecto hacerlo y ello habría afectado su imagen empresarial), pero sí presionó a través de su apoderado en nuestro país, Lucas González, quien sugirió (sin privarse de proferir amenazas veladas tras buenos, desinteresados y amistosos consejos) a Iriondo el rescate del empréstito mediante la venta de tierras públicas. El 25 de agosto de 1880, el abogado le escribía al gobernador de Santa Fe en estos términos: "... la Casa de los Señores Murrieta y Cía. me ha mandado un poder amplio, con instrucciones terminantes para exigir el pago de esta deuda por todos los medios posibles, haciendo valer los derechos adquiridos por los prestamistas... Esta Provincia, Señor Gobernador, por su posición geográfica, por el estado de su riqueza, por la base de colonización que posee, aumentará considerablemente su progreso, si mantiene su crédito exterior; porque del exterior le vendrán población y capital, que es lo que necesita para ser una de las más ricas de la República. Si por el contrario pierde el crédito exterior, perderá también esos beneficios; porque es un hecho averiguado que a un país sin crédito no le vienen las empresas de ningún género...".
El lobby de González fue efectivo: un proyecto en el sentido que indicaba el apoderado del acreedor (y redactado por él mismo, tal como lo admitió uno de los legisladores que lo aprobaron, el senador Torrent) fue enviado por Iriondo a la legislatura provincial y previsiblemente, ésta, sin siquiera debatirlo; se apresuró a votarlo y convertirlo en ley el 2 de octubre de ese año, siendo promulgada la misma por el gobernador tres días más tarde.
En ella se estipulaba que la deuda se cancelaría: un tercio en bonos del tesoro provincial, con intereses y que el gobierno se obligaba a aceptar eventualmente en pago de tierras públicas si sus tenedores así lo requerían (y vaya si lo harían) y los dos tercios restantes, con el producido de la venta de tierras fiscales "en Inglaterra u otra parte de Europa" a un precio no inferior a 1.500 pesos fuertes la legua cuadrada. El 30 de noviembre se firmó el acuerdo. Lucas González sacó las tierras a la venta, pero no ya solamente como apoderado de Murrieta & Co., sino también como agente del gobierno provincial, para lo cual fue nombrado en ese carácter por decreto del 5 de mayo de 1881. Es decir, ejercía simultáneamente la representación del deudor, o sea, la provincia de Santa Fe, y también la del acreedor. Insólito e inaudito. Al día siguiente, 6 de mayo, el gobierno designó apoderado suyo en Londres a Juan Bautista Alberdi para fiscalizar la venta de las tierras, pero como estaba enfermo en Burdeos y no podía viajar; éste transfirió su poder a Cristóbal Federico Woodgate, vinculado estrechamente a la banca inglesa.
Se vendieron así 664 leguas cuadradas, equivalentes a casi 1.700.000 hectáreas, cuando hubiesen bastado menos de 400 para cancelar la deuda. En nuestros días es común la descalificación y la condena en bloque de tal negocio y de todos quienes lo protagonizaron. Ello surge de una visión sesgada y maniquea de la historia y conduce a una percepción errónea del pasado, lo cual equivale a desconocerlo. 
Ni Iriondo ni los legisladores santafesinos eran traidores vendidos al extranjero que obraron como obraron para favorecer intereses foráneos y perjudicar los de Santa Fe y la Nación; sino que actuaron con arreglo a las ideas y paradigmas vigentes en la época en que les tocó hacerlo.  Con respecto a Murrieta & Co., no fue la tenebrosa y ruin organización que algunos han pintado. Por supuesto que perseguía la obtención del rédito máximo que pudiese obtener de los capitales que prestaba ¿o qué otra cosa cabe esperar de un banquero? Pero también hay que decir que fue de las primeras compañías del mundo en incorporar el concepto de misión social (aunque lamentablemente, lo circunscribió a su país de origen, España y dentro de éste, a la región de la cual provenía, Vizcaya) y que el métier principal de esta casa era el préstamo de capitales para la financiación de empresas de colonización y ferrocarriles; y no la erección de un imperio económico, que fue en definitiva en lo que desembocó todo el proceso. Culpa que no debe achacarse precisamente a Iriondo y Murrieta. En cambio, es de todo punto de vista escandaloso y repudiable el proceder de Lucas González, que era un avechucho capaz de la más consumada pericia en todo tipo de camándulas leguleyas y enjuagues financieros, y en quien, aún considerando que también compartía y alentaba como casi todos por entonces, los postulados y criterios usuales acerca del progreso, los beneficios del capital, el crédito exterior, etc.; no cabe excusar su absoluta carencia de ética y escrúpulos a la hora de situarse a ambos lados del mostrador procurando lo que indubitablemente constituía su norte: el beneficio personal a como diese lugar. Basta con mencionar que, además de los ingresos y jugosas comisiones que percibía como apoderado del banquero; el gobierno provincial le asignó 10.000 pesos por honorarios profesionales y lo felicitó por su "actuación patriótica al salvar el crédito y honor de la provincia" (?), y que lejos de conformarse con ello; aún se atrevió González a pedir que le fueran cedidas 20 leguas cuadradas de tierras fiscales en "legítima compensación por los servicios prestados". Petición que Iriondo y la legislatura tuvieron el buen tino de denegar.
Pero los agrimensores de Santa Fe cometieron un... fallido (seamos buenos y llamémoslo así); ya que se incluyeron entre las tierras destinadas a la venta, unas que no pertenecían a la provincia, sino a la nación: las comprendidas entre el arroyo El Rey (límite hasta entonces entre la provincia de Santa Fe y el territorio nacional del Chaco Austral) y el paralelo de 28°.
No se trataba de una cuestión nimia; los límites de la provincia de Santa Fe no estaban en modo alguno claros ni con Buenos Aires, ni con Córdoba, ni con Santiago del Estero y mucho menos aún; con el Chaco.
Pero Iriondo era hombre de empuje; no de pararse en pelillos: confiando en que en algún momento la Nación terminaría por reconocerle a Santa Fe la jurisdicción especificada en el acta de fundación labrada por Juan de Garay el 15 de noviembre de 1573, avanzó resueltamente. 
Está claro que no se trató de un error de mensura, pues en el contrato de venta de las tierras (suscrito en Londres, como vimos), Lucas González (quien sabía que los títulos de Santa Fe a esas tierras eran, en el mejor de los casos, cojitrancos) hizo incluir una cláusula que obligaba a la provincia a "justificar, en el plazo de un año, el dominio sobre ellas". Con prudencia, el presidente Julio A. Roca sometió el problema a consideración de su ministro de Hacienda, Juan José Romero, quien le dio una salida para la coyuntura, aconsejándole que se declarara incompetente para resolver una cuestión limítrofe interna y transfiriera la cuestión al Congreso enviándole un proyecto de ley ratificando la venta de tierras que había hecho Santa Fe, fundado en la "conveniencia del precio" (?) y el "fomento de la colonización". Al concluir en 1882 su período de gobierno, Iriondo se hizo elegir senador nacional por Santa Fe, y en ese carácter defendió en el Congreso los supuestos derechos de su provincia a esas tierras, bajo los argumentos de que era "acreedora del gobierno nacional", que a la geografía santafesina se le había amputado "Entre Ríos en 1816" y que "nunca se le habían pagado los gastos militares en que había incurrido para derrocar a Rosas" ni los originados en "sostener económicamente el Congreso Constituyente de 1853". No logró conmover a quienes propugnaban un criterio opuesto; pero no puede negarse que labia le sobraba, ¿no? Poco después, moría. 
Con el recambio presidencial de 1886, deben de haberse movido fuertes influencias, porque ni bien asumido el cargo por parte de Miguel Juárez Celman el 12 de octubre de ese año; el Congreso se apresuró a votar, al mes siguiente, una ley por la cual se llevaba desde el paralelo 29 al 28 el límite entre Santa Fe y el Chaco, perdiendo así este último las colonias situadas en esa franja. 
Profundamente disgustado y dolido (con más que justa causa, pues consideró que se trataba -y en efecto, lo era- de un despojo), el gobernador del Chaco, general Manuel Obligado, renunció.
Las "tierras destinadas a la colonización" por parte de criollos e inmigrantes, lo terminarían siendo sólo en muy pequeña parte; pues en la práctica, unos pocos extranjeros se quedaron con extensos latifundios. El gobierno del presidente Nicolás Avellaneda trató de evitarlos, pero los intereses en torno a la explotación forestal eran muy poderosos y el abuso y la elusión de decretos y leyes fueron las reglas corrientes. Por otra parte, las oleadas de inmigrantes se concentraban en Buenos Aires y Rosario, sin poblar el interior. El presidente Julio A. Roca se propuso remediar eso a través de la reforma de las leyes de tierras efectuada en 1903, pero sin poder lograr una modificación sustancial de ese statu quo.
En 1899, los hermanos Carlos y Alberto Harteneck (alemanes), de Harteneck & Cía., se asociaron con Carlos Casado para producir extracto de quebracho, es decir, tanino, en Calchaquí. En 1902, la Portalis Frères & Cie. y la Harteneck & Cía. se fusionaron entre sí y con la Gerb und Farbstoffwerk Hermann Renner & Co. Actiengesellschaft, de Hamburgo, Alemania; constituyéndose así la Compañía Forestal del Chaco.
A principios de 1904, el presidente Roca encargó a Juan Bialet Massé un estudio pormenorizado acerca de las condiciones de vida de los trabajadores, como así también las propuestas para mejorarlas. El resultado fue su Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas y la consecuencia, el envío al Congreso por parte del Ejecutivo, de un proyecto de ley de Código de Trabajo.
A través del informe (concienzudo, veraz y excelente) del catalán, podemos conocer el régimen terrible al que estaban sometidos los obreros de la Compañía Forestal del Chaco, las condiciones infrahumanas en que vivían y los abusos de que eran objeto (de "invención verdaderamente diabólica", lo califica). En cuanto al proyecto (ambicioso y avanzadísimo), el mismo se componía de 465 artículos agrupados bajo 14 títulos o epígrafes: disposiciones preliminares y generales, de los extranjeros, del contrato de trabajo, de los intermediarios en el contrato de trabajo, accidentes del trabajo, duración y suspensión del trabajo, trabajo a domicilio e industrias domésticas, trabajo de los menores y las mujeres, contrato de aprendizaje, del contrato de los indios, condiciones de higiene y seguridad en la ejecución del trabajo, asociaciones industriales y obreras, autoridades administrativas y de los tribunales de conciliación y arbitraje. El Congreso nunca lo trató.
La creciente demanda de tanino en los mercados mundiales llevó a la Compañía Forestal del Chaco a buscar capitales para ampliarse, pues sus fábricas en Calchaquí y Villa Guillermina ya no daban abasto para satisfacerla.
Para ello, recurrió en Inglaterra a un financista francés de origen belga, el barón Emile d'Erlanger Beaumont, de las bancas Messr. Emile d'Erlanger & Co. y The Anglo-South American Bank Ltd., quien aportó los fondos para la expansión de las actividades, conformándose de esa manera en Londres, el 26 de marzo de 1906, la sociedad The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, con un capital de 1.000.000 de libras esterlinas y absorbente de la Compañía Forestal del Chaco con todos sus activos y propiedades.
Fue en ese inextricable entramado de ideas, diplomacia internacional, empréstitos, fusiones y absorciones, que se formó La Forestal (forma apocopada de uso coloquial para referirse al emporio), un gigantesco cartel que controlaba el 60% de la producción y comercialización mundial de tanino y rollizos, con cerca de 7.000 empleados y obreros, flota fluvial propia, cuatro fábricas propias y cuatro de empresas subsidiarias, 289 km de red ferroviaria propia con 20 locomotoras y 300 vagones, tres puertos y dominio sobre 800 leguas cuadradas; poderoso, descomunal conglomerado económico que configuró el principal factor de influencia en la geografía del litoral y en la vida de sus pobladores.


¿La élite santafesina habrá sido consciente de que al transferirle al sector privado (extranjero, para colmo), la responsabilidad del desarrollo de extensas porciones del territorio provincial; delegaba paralelamente el poder político que detentaba y que en adelante ya no podría ejercer sobre ese espacio geográfico?
Dejo a usted, estimado lector, formular la respuesta emanada de la inducción de sus propios criterio y raciocinio; pero no me privaré de dar la mía. Eso sí: en la próxima entrega. 
Hasta entonces.

Continuará

lunes, 16 de marzo de 2015

EL LIBREJO DE LOS CHISMES DE ALCOBA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Recién termino de leer Argentina, con pecado concebida. Historia sexual de los argentinos II, de Federico Andahazi.
Debo decir que me costó mucho concluir la lectura de este... "libro" (me resisto a llamarlo así, pero de alguna manera hay que hacerlo); porque no es otra cosa que un soporífero engendro inmundo, la verdad.
Y eso que yo leo hasta las revistas del consultorio del dentista, eh; no le hago asco a nada... 
Es el compendio de una serie de historias de alcoba escritas por otros en distintas épocas y recopiladas y reescritas por ese compulsivo huelebraguetas que es el frustrado psicoanalista devenido en "escritor" Andahazi, so pretexto de que "hay puntos en la historia donde se demuestra que la sexualidad cambió el rumbo de lo que pasaba".
Es preocupante que puedan haber quienes crean que lo que este personaje "escribe", tenga algo que ver con la historia.
Lo suyo no es más que una repugnante sucesión de chismes, una cloaca llena de inexactitudes e interpretaciones antojadizas, cuando no; de mentiras. Y para peor, mal escrita y aburrida.
En síntesis, un librejo que no sirve ni para prender el fuego para el asado, porque si lo usan para eso, les saldría con gusto a mierda.
Y ni siquiera tiene utilidad para limpiarse el culo porque el papel en que está impreso es demasiado duro para eso.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 14 de marzo de 2015

POR LA VUELTA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Si me viese obligado (momento inimaginable y terrible que ojalá nunca llegue) a elegir uno y sólo uno entre todos los tangos que me gustan, sin dudarlo un instante ése sería Por la vuelta.
Sus versos, musicalizados por el compositor, pianista y director de orquesta José Tinelli, rezan:

Por la vuelta
(Tango, 1938)
Música: José Tinelli

Letra: Enrique Cadícamo
 
¡Afuera es noche y llueve tanto!...
Ven a mi lado, me dijiste,
hoy tu palabra es como un manto...
un manto grato de amistad...
Tu copa es ésta, y la llenaste.
Bebamos juntos, viejo amigo,
dijiste mientras levantabas
tu fina copa de champán...

La historia vuelve a repetirse,
mi muñequita dulce y rubia,
el mismo amor... la misma lluvia...
el mismo, el mismo loco afán...
¿Te acuerdas? Hace justo un año
nos separamos sin un llanto...
Ninguna escena, ningún daño...
Simplemente fue un "Adiós"
inteligente de los dos...

Tu copa es ésta, y nuevamente
los dos brindamos "por la vuelta".
Tu boca roja y oferente
bebió en el fino bacarát...
Después, quizá mordiendo un llanto,
quedate siempre, me dijiste...
Afuera es noche y llueve tanto...
y comenzaste a llorar...


La historia de su creación es bien conocida: la poesía se la inspiró a Cadícamo mientras regresaba en barco de un viaje a Nueva York que había hecho en compañía de su amigo Juan Carlos Cobián, la evocación de una vivencia suya: un romance (amistad sentimental, en sus propias palabras) que mantenía desde 1928 con una blonda señorita, en el marco de una relación en la cual campeaba la libertad (relación abierta, como se dice hoy) y a la que ninguno de los dos, pese al tenaz convencimiento que tenían y la gran valoración que hacían de la empedernida soltería que sustentaban y que ambos se proponían mantener incólume; se decidía a ponerle un punto final: siempre terminaban brindando por la vuelta en la casa de ella o en el departamento que él alquilaba en la calle Uruguay al 600. Era necesario para la irreductible bohemia de los dos -dado el espanto que sentían ante la posibilidad de encadenarse- decretar la muerte de esa amistad sentimental con un ¡nunca más! 



Años después, Cadícamo contaría cómo lo lograron a través de una apuesta, que perdería aquel de los dos que primero llamase al otro. Él abandonó el departamento de Uruguay al 600 y se instaló en el hotel Continental; mientras que ella continuó viviendo en su propia casa. Transcurridas dos semanas durante las cuales no se llamaron ni vieron; el romance pasó a ser un hermoso y amable recuerdo atesorado en sus corazones. 
Después, ya sin la "carga" de aquel amor, Enrique alquiló un departamento que estaba en el 640 de la calle Tucumán y allí escribió los versos de Por la vuelta, predestinados a convertirse en un tango extraordinario
Cadícamo terminó por hocicar ante el amor definitivo recién a sus 61 años, en 1961, en que casó con Nellly Ricciar. Nunca sabremos si la muñequita dulce y rubia (de la cual él jamás divulgó el nombre) permaneció soltera o si concluyó rindiéndose también al afecto amistoso, estable y apacible del matrimonio.
Esta poesía de Cadícamo, que representa un clivaje en el tango, no es en modo alguno simplemente una bella lírica más entre tantas. El contexto que describe es tan distinto al que generalmente se pinta en las letras de tango hasta los 40, como la noche lo es del día. 
No se ambienta en un humilde ranchito de los arrabales de la ciudad, ni en la misérrima zapie de un conventillo, ni siquiera en un bulincito más o menos pretencioso que oficie de garçonnière, no; acá hablamos de una casa de aquellas, con todas las de la ley, un lugar desde el cual mirar cálida y confortablemente que "afuera es noche y llueve tanto". 
Quien juega de local no es el chabón, sino la mina; ella es la dueña de casa y el tipo tiene que ir al pie, es decir, de machismo... nada por aquí, nada por allá. 
Los protagonistas no son un taura de Pompeya, un tanito de la Boca o un cafiolo veterano; ni una fabriquera con tos de tísica a fuerza de tener que yugarla doblada en el taller o una chirusa ruin de efímera hermosura que le mete los cuernos al choma originando la sangría de ella o de algún tercero en discordia y ni siquiera la alegre pizpireta (y trepadora en la escala social) "de parla afranchutada, pinta maleva y boca pecadora color carmín" que el mismo Cadícamo nos pinta en Che, papusa, oí... Acá se trata de un chabón capaz de generar el afecto nacido de la confianza en su bonhomía y de expresarse a nivel coloquial y romántico a punto tal que la mina considera que "hoy tu palabra es como un manto"; y de una mujer independiente y finoli, una "muñequita dulce y rubia" de "boca roja y oferente". 
Y desde luego, esa gente no escabia un troli de tinto berreta en vasos de vidrio ordinario; sino que bebe champán en copas de cristal, y además; no de un cristal cualunque, sino de un finísimo "bacarát", es decir, fabricado por la francesa Société Baccarat, nada menos. O sea, se trata de gente con un poder adquisitivo considerable, o por lo menos; que sabe vivir, digamos, y que tiene gustos caros. 
La historia que se narra no es la de un affaire sórdido, trágico, que destruye a uno o a los dos y no hay nada de "romance de barrio tu amor y mi amor / primero un querer, después un dolor, / por culpas que nunca tuvimos, / por culpas que debimos sufrir los dos" (Homero Manzi dixit); sino que es la pintura de una relación adulta y equilibrada entre dos personas seguras de sí mismas, que saben lo que quieren, inteligentes, perceptivas y que no están dispuestas a arder sin más en la hoguera de una pasión volcánica ni a someterse resignadamente a una coyunda que amarre su libertad; y que supieron atinar a darse oportunamente "un adiós inteligente de los dos", es decir, a tomar la perspectiva que sólo pueden brindar el tiempo y la distancia, para saber si lo que sentían era o no verdadero y perdurable amor. 
Por todo eso y por muchas otras cosas que impactan en mis sentidos sacudiéndome la psique, este de Cadícamo es sin dudas, para mí, el tango.
Chau, me voy a escucharlo en la -para mi gusto- mejor de sus versiones: la del Tata Ruiz.

Por la vuelta-Floreal Ruiz

-Juan Carlos Serqueiros-