miércoles, 13 de agosto de 2014

SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. PRIMERA PARTE
























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


¡Oh, Sarah Brown! Si l'on t'emprisonne, pauvre ange, le dimanche j'irai t'apporter des oranges. (Raoul Ponchon)

Sarah la rousse (así le decían en el Quartier Latin parisino) Brown era... cómo definirla... cautivante en su rara belleza. Eso: cautivante. Muy cautivante.
Francesa, nacida en 1869 en fecha y mes desconocidos, de ascendencia irlandesa o inglesa según sostienen algunos, o judía como suponen otros; no era la suya una hermosura clásica de esas de rasgos perfectos, no; pelirroja y de tez blanquísima, cuerpo grácil y con senos pequeños y bien formados, ella poseía una extraña lindeza la cual, junto a sus habilidad y talento para posar, deslumbró a los artistas de la Belle Époque, quienes la hicieron su modèle préféré, en el atelier y también... en la cama. Y se convirtió en el ícono de la parisienne beauté.
Obstinada, voluble, caprichosa, proclive a incurrir en todos los excesos, era, por su índole; a menudo fácil presa de las más violentas pasiones. Transformada en mito, se hace imposible discernir cuánto de lo que se le atribuye era cierto (tener un amante negro que comía animales vivos, recibir una puñalada de una condesa británica con la cual competía por los favores de un pintor, derribar, por simple diversión nomás, el caballete con la obra inconclusa del artista que la retrataba y todas las etcéteras que usted, estimado lector, quiera imaginar) y cuánto era ficción y novelería transmutada en "historia"; pero lo que resulta indisputable es que no fue la suya una existencia atada a convencionalismos ni reglas; porque no obedecía a norma alguna, sino a los impulsos de su voluntad veleidosa... et elle était la Reine de la bohème.
Fue Sarah Brown (nombre este que eligió por admiración a la actriz Sarah Bernhardt, y apellido también adoptado, que posiblemente fuera de un padre irlandés o quizá inglés quien -infiero- no debe haberla reconocido; o tal vez el Brown se debiese a la pretensión de establecer una ligazón entre lo céltico del apellido y el color rojizo de sus cabellos, chi lo sa) la modelo empleada por Frederick MacMonnies para su escultura Venus and Adonis; la que posó para las pinturas Clémence Isaure y Lady Godiva, de Jules Lefebvre; y también para Cleopatra, La chute de Babylone y Le Bal des Quat'z'Arts, de Georges Rochegrosse.
El 9 de febrero de 1893, se celebraría en el cabaret Moulin Rouge el Bal des Quat'z'Arts (llamado así por las "cuatro ramas del arte": pintura, grabado, escultura y arquitectura), que fue organizado por un comité elegido de entre los artistas, poetas y escritores, y los estudiantes de la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts y de la Académie Julian, presidido por Henri Guillaume, Grand Massier des Architectes. El evento había tenido lugar por primera vez el año anterior y resultó un éxito; de modo que ahora ("ahora" en 1893, me refiero) se aprestaban a realizarlo, en su segunda edición, con gran fastuosidad, y para ello hasta habían conseguido, por mediación del director del semanario Le Courrier français, Jules Roques, el salón del emblemático Moulin Rouge.
El desfile por las calles de París fue grandioso, con carrozas y estandartes alegóricos del antiguo Egipto y de las antiguas Grecia y Roma, y con los personajes que representaban escenas, caracterizados como en esas épocas. Sarah Brown fue la máxima atracción: personificando a Cleopatra (como puede verse en la imagen que sirve de carátula a este artículo), iba en un palanquín transportado por "esclavos" semidesnudos. A su paso, el gentío aplaudía a rabiar y la ovacionaba.
Ya dentro del Moulin Rouge, el baile, entre los exquisitos platos servidos en la cena, las burbujas del champagne y los vahos de la absenta; derivó en una bacanal.
Varias de las mujeres que habían tomado parte en el desfile (modelos todas, de las cuales muchas de ellas -la mayoría- eran cocottes, es decir, cortesanas, prostitutas) se desnudaron, algunas parcial y otras totalmente, una bailó la danza del vientre (y ése fue sólo uno entre otros muchos "retozos coreográficos"), etc.
Le bal fue un evento del que tout París habló y que se reflejó en las crónicas de los periódicos. Y precisamente, a raíz de la nota que al respecto salió publicada en el semanario Le Courrier français, el senador René Bérenger, presidente de La Ligue contra la license des rues, presentó el 15 de febrero ante el procurador general una denuncia por "ofensa a la moral", fundando la misma en un hecho que reputaba como "de extrema gravedad", el cual consistía en que "una docena de mujeres completamente desnudas integraban el desfile de disfraces y también estaban entre los asistentes al baile".
Consecuentemente, fue incoado un proceso en el Tribunal Correctionnel de la Seine, caratulado Outrage à la pudeur, contra Henri Guillaume, de 21 años; Marie-Florentine Royer (verdaderos nombres y apellido de "Sarah Brown"), de 24; Emma "Suzanne" Denne, de 20; Alice "Manon" Lavollé (o La Valle, según otros documentos), de 21; y Clarisse "Yvonne" Roger, también de 21 años.
Bérenger, abogado, había sido para su país un héroe en la guerra franco-prusiana de 1870 y condecorado con la Legión de Honor. Designado ministre des Travaux publics en 1873, fue hecho senador vitalicio en 1876, cargo desde el cual impulsó reformas a la legislación en lo penal y en el sistema penitenciario francés. Fue además, un defensor entusiasta de los derechos de la niñez.
Era Bérenger un republicano enragé y a la vez, un hombre de muy profundas convicciones cristianas, de un acendrado catolicismo. Un liberal conservador, digamos, imbuído de la creencia en que la moral religiosa constituía el basamento de la organización social. En ese orden de sus ideas, fue un adalid de la lucha contra las obscenidad, prostitución y trata de mujeres, lo cual le valió que en vastos sectores se lo conociera como le père de la pudeur. Y también, de paso, que en otros se lo considerara un mojigato retrógrado en su puritanismo. Tal era el personaje, al cual ora se ensalzaba, ora se zahería sin piedad desde algunas publicaciones.
Dadas así las cosas, era muy probable que los jueces (que tenían en mucha consideración a Bérenger; pero que por otro lado eran conscientes de la excesiva pudibundez de éste y no dejaban de tener una buena dosis de eso que nosotros los argentinos llamamos calle) sobreyeran la causa contra Guillaume, "Sarah Brown", "Manon", "Yvonne" y "Suzanne", sin mayores consecuencias para éstos que las consabidas recomendaciones acerca de la observancia de las "buenas costumbres" y tal vez alguna reprimenda, más simbólica y "paternal" que otra cosa.
Pero el diablo metió la cola y ardió Troya, o mejor dicho, ardió París; tal como veremos (si usted, querido lector, tiene la bondad de seguir soportándome) en las próximas entregas de este artículo.

Continuará 



jueves, 7 de agosto de 2014

LOS PECADOS DEL TANGO (SEGÚN LA BIBLIA DE UN MAL PARIDO)
































































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


El artista se debe únicamente al público y no debe tener nunca, creo yo, ningún matiz político. (Carlos Gardel)

El azar hizo que, sin proponérmelo, tuviera que toparme con un "artículo" (de alguna manera debo llamarlo) de cierto pseudo periodista español bruto e imbécil cuyas iniciales son diego alfredo manrique (el uso de minúsculas es adrede y en sentido bien peyorativo, además) inserto en el pasquín también español El País (periodicucho este manifiestamente anti argentino), a cuyo vómit... quiero decir, a cuyos tenor y contenido puede usted acceder, estimado lector (siempre y cuando le dé el estómago para semejante proeza, claro), a través de este ENLACE (advertencia: tenga a mano cantidades industriales de Dramamine, p.l.q.p.p).
El cagatintas manrique, que "escribe" en el citado libelo inmundo en la sección Cultura (?), lo hace "inspirado" en las idioteces vertidas por otro sujeto de similar laya y que calza los mismos puntos; un italiano a quien voy a mencionar también por sus iniciales: dimitri papanatas... no, perdón, me confundí; no es papanatas, sino papanikas (respecto a las minúsculas, ídem anterior), el cual anuncia (al igual que vienen haciéndolo otros tantos estúpidos como él desde fines de siglo XIX) en un librejo tan despreciable como su indigna persona, "la muerte del tango", al cual en su infinita estulticia califica de "mito de la identidad nacional argentina" y al que le atribuye, con el desvergonzado e insolente léxico propio de un sujeto de su calaña, surgir de "la historia de un sueño constantemente fracasado: la edificación de una nación que hasta hoy ha existido solamente en las fantasías coercitivas de sus clases dirigentes" (ver a través de este ENLACE). Cabría preguntarse desde qué pedestal un tanito lordo como ese cocoliche ridículo, osa emitir juicios de valor y llega hasta ¡escribir un "libro"! sobre un país y una música acerca de los cuales ignora absolutamente todo.
Pero dejemos a este individuo de baja estofa y volvamos al otro canalla, es decir, al grotesco manrique: haciéndose eco de las memeces del italiano y alabando su ignoto librejo con una obsecuencia propagandística que mueve a la náusea, este viejo maricón y rastrero más claque que panegirista, se permite abundar en consideraciones citando una de las tantas frases con las que Leopoldo Lugones manifestó su disgusto por el tango; menciona entre sus "pecados" la grabación de ¡Viva la patria! "en honor del general Uriburu, que inauguró en 1930 la era del golpismo", por parte de Carlos Gardel, sindicando de paso a éste de "anteriormente simpatizante de liberales y radicales"; y no se priva de acusar a Astor Piazzolla (al cual, entre otras "lindezas", le imputa simpatías fascistoides y ser un veleta) de "lamer las botas de los militares", a los cuales habría "agradecido" con "su álbum Mundial 78" y creando el tango Los Lagartos.
Y si uno no conociera hasta dónde puede llegar el cinismo (¿o hijoputez?) de semejantes poligrillos alquilones; podría incluso asombrarse ante la desvergüenza que evidencian al pontificar sobre temas de los cuales no entienden un pepino. Imaginemos, querido lector, a un periodista japonés que ni siquiera sea capaz de ubicar a Venezuela en el mapa, arrogándose las sapiencia y aptitud necesarias como para anunciar con grandilocuencia "La muerte del joropo. Breve historia política del joropo en Venezuela", y aseverando que la nacionalidad venezolana es una "fantasía coercitiva de sus clases dirigentes"; y a otro periodista, pongamos... chino, elogiándolo en un diarucho de ínfima categoría y tachando a Juan Vicente Torrealba por grabar un joropo en honor a un golpe de estado y acusando a Simón Díaz de connivencia con una tiranía militar. ¿Puede usted concebirlo? ¿No? Bueno, quien suscribe, tampoco puede. "Es tan chiflado y obnubilado / que puede ser..." (Solari dixit). Y sin embargo, eso es exactamente lo que hizo ese patético par de eunucos mentales.
En balde sería tratar de explicarles a esos pelafustanes que Gardel les grabó a sus amigos Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez el tango ¡Viva la patria!, no "en honor del general golpista Uriburu" como temerariamente dicen esos nabos ignorantes; sino como una expresión lírico-musical de júbilo ante una revolución (que tuvo el respaldo y la adhesión mayoritaria del pueblo argentino, dicho sea de paso) que derrocó a un gobierno que venía evidenciándose como insoportablemente ineficaz. Y seguramente, la dupla de burros no sabe tampoco que el autor de la letra era, además de poeta; escritor e historiador, así como ignora que Gardel no tenía simpatías partidarias por ninguno de los sectores en pugna.
En vano sería, además; pretender que comprendan que tildar de "fascistoide" a Piazzolla es un completo delirio, toda vez que el tango Los Lagartos lo compuso inspirado en el fuego patriótico que en su corazón encendió la toma por parte de nuestras tropas de las islas Georgias del Sur (tal como lo sentimos el 99% de los argentinos en nuestra lucha por la recuperación de un suelo que nos fuera arrebatado), ignorando por su parte (lo mismo que la mayoría de nuestros compatriotas) quién era Astiz, y en cuanto se enteró, lo suprimió de su repertorio de por entonces; pero siendo tan bella la melodía que había creado, decidió conservarla, trocando su título en Tanguedia. Todo lo cual sabrían, si se hubieran tomado la molestia de indagar qué tenía para decir al respecto el mismísimo Piazzolla, quien según sus propias palabras: "Me impactó ver en televisión ese hecho heroico. Me gustó todo, el nombre ('Lagartos') y ese acto machazo de tomar las Islas Georgias del Sur. Yo no sabía quiénes eran, solo vi un grupo de argentinos poniendo el pecho por mi país. A los pocos días que dediqué el tema vino un amigo y me dijo: '¿Qué hacés? ¿Estás loco?', y me contó todo. Ahí me desayuné quién era Astiz. Ahí mismo borré el tema del repertorio, pero no lo tiré; era muy lindo". En cuanto al disco que el necio de manrique menciona como "Mundial 78", se llamó en realidad Piazzolla 78 y fue grabado y concebido en diciembre de 1977 por ese extraordinario músico que fue Astor, en Italia, con la producción de Aldo Pagani. Sus títulos giraban en torno al fútbol, no por "agradecimiento" del autor a la tiranía militar como afirma ese zonzo rematado, sino por una cuestión puntual de mercadeo: el Mundial que estaba próximo a realizarse en la Argentina; pero cuando el material se reeditó en cd, la productora cambió los titulos tanto del disco (que pasó a ser Chador), como de los temas que en él se incluían; simplemente porque dicho evento ya había pasado largamente.
Pero claro, es inútil y ocioso intentar que sujetos de esa catadura ético-moral y de paupérrimo nivel intelectual entiendan que a los artistas se los evalúa por la calidad de su arte y no se los juzga como si se tratase de políticos, tal como lo hacen estos dos impresentables mamarrachos genuflexos y arrastrados que ora critican, ora alaban, según dispongan quienes les bajan línea y convenga mejor a $u$ intere$e$.
Y sería gracioso escuchar qué diría ese aprendiz de tentetieso de papanikas si supiera que la frase de Lugones que citó para "demostrar" el rechazo de éste hacia el tango, era representativa del desprecio que sentía precisamente por... ¡los italianos!, es decir, los tanitos compatriotas de papanikas a los que llamaba "los salvajes italianos" y a los cuales les atribuía una conspiración para imponer, a través y con el "auxilio" del, tango, el marxismo en el mundo. En fin, esas cosas del bueno de don Leopoldo... Pero sinceramente, hasta pagaría entrada yo para verle la caripela al payasesco spaghetti al saberlo. "Para que no perciban tu porteño sabor / los que llevan la mugre del espíritu gringo" (Carlos de la Púa dixit).
Párrafo aparte para el manolito manrique y su sandez que no reconoce límite alguno, que probablemente se contaba entre los que tuvimos los argentinos que auxiliar con nuestro trigo porque estaban, él y sus compatriotas, literalmente cagados de hambre, súbdito de una monarquía de tercer orden ejercida desde hace nada menos que tres siglos por una dinastía degenerada de borboncitos reyezuelos cretinos, orates y cornudos y reinas putas y ladronas, "ciudadano" de un país que soportó sin rechistar una dictadura franquista de ¡39 años! y con una nacionalidad artificiosamente mantenida a fuerza de clips, plasticola y banditas elásticas, que a cada segundo amenaza con fragmentarse en (con suerte) cuatro o cinco pedazos.
Tan luego él, ese esperpento miserable, opinando del tango y la nacionalidad argentina y haciendo la claque a un italiano esquenún. Por favor...
¡Qué no daría yo por tenerlos unos minutos al alcance de la mano!

-Juan Carlos Serqueiros-



miércoles, 23 de julio de 2014

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Quizá, quienes hayan andado por los pagos correntinos, sepan la historia de esta canción. Para aquellos que no la conozcan, se las cuento:
Santa Rosa es una estancia situada a pocos kilómetros (tres o cuatro a lo sumo) de Itatí. Del pueblo parte un camino vecinal que lleva al sitio (y a las barracas del río Paraná), camino este que se "despertaba" al amanecer con el pregón de Rolón, el vendedor de sandías, que tenía su quinta o chacrita cerca de allí; y que se desandaba en las tardecitas con el transitar por él de Dorico (Odorico Romero), el "loco del pueblo", que volvía a su ranchito. Esos son los personajes a quienes se menciona en la letra.
Dorico era un loco bueno que tenía una obsesión: no quería que le pisaran su sombra, porque ésa era su única amiga. Y un día, temió que un camión que por allí pasaba, lo hiciera; entonces, para evitarlo se cruzó, muriendo arrollado.
La tragedia de Dorico, que prefirió morir a vivir sin su única amistad, la sombra; le inspiró a Juan Genaro “Cacho” González Vedoya la poesía que, musicalizada por Antonio Tarragó Ros con una bellísima melodía, se convirtió en este sentido y hermoso chamamé.
Siéntalo. Disfrútelo.

POR SANTA ROSA ME VOY AL RÍO
(Antonio Tarragó Ros-Juan González Vedoya)

Camino de Santa Rosa te estás borrando
camino donde la luna andaba de a pie,
Rolón por las madrugadas te despertaba,
Dorico te regresaba al anochecer.
Tu siesta me está llamando desde el verano,
aroma de tus pichanas y cielo azul,
a pierna suelta se duerme tu cambá bolsa,
borracho con vino dulce de guapurú.
Por Santa Rosa me voy al río,
pinto mis manos de azules,
tiño mis ojos de verdes,
lleno mi boca de grillos;
por Santa Rosa me voy al río.
Una luna lavandera trajo la noche,
con un atado de ropas para lavar,
una luna lavandera está de cuclillas
y en el arroyo retuerce su delantal.
Camino de Santa Rosa te estás borrando,
qué lejos en tus barrancas está el morir,
tu cielo toca mi frente si te regreso
y el sol madura en arena y ñangapirí.
Por Santa Rosa me voy al río…

domingo, 20 de julio de 2014

¿VAMOS AL BAL DE L'INTERNAT?







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Ellos se convertirán en burgueses serios, en magistrados severos, en sabios médicos; pero no olvidarán esas horas paganas de su juventud. (Stéphane, La Chronique Politique-Littéraire-Economique, Varieté, Le Bal de l'Internat, 1 de noviembre de 1913)

El Bal de l'Internat (Baile del Internado) era y es una fiesta que anualmente celebran los practicantes de los hospitales parisinos.
En 1802 Napoleón Bonaparte impulsó la legislación por la cual el Estado francés fijaba los programas para las carreras de medicina y farmacia, se creaban los hospitales estatales y se regulaba la venta de medicamentos y vacunas. En ella se establecía que los estudiantes de medicina pasaban a ser internos, es decir, practicantes, en dichos hospitales una vez que hubieran finalizado el cuarto año de la carrera y después de aprobar un doble examen: escrito y oral.
Y surgió la costumbre del Bal de l'Internat a partir de algún lejano año del siglo XIX que no puede precisarse, que se convertiría en uno de los más emblemáticos eventos parisinos, y del que si bien se ignora desde cuándo comenzó exactamente a celebrarse; sí se sabe con certeza que a mediados de siglo, tout París anhelaba ser invitada al mismo. Y fue a partir de 1880, y muy especialmente en la Belle Époque, que alcanzaría su máximo esplendor.
A lo largo de los años se realizó en varios sitios, como por ejemplo el Luna-Park, la salle Wagram, el Tivoli Vaux-Hall, etc.; pero le lieu par excellence para el evento fue sin dudas la salle du bal Bullier, que estaba ubicada en el número 31 de la avenue de l'Observatoire, intersección con le Boulevard Saint-Michel. 










Su propietario, François Bullier, la había adquirido en 1843 y la había ampliado y reformado, pintándola de vivos colores, dotándola de iluminación con lámparas a gas y de un jardín en el cual plantó mil lilas. Chez Bullier era, al igual que el Moulin Rouge, el Chat Noir, el Moulin de la Galette, etc., uno de los reductos y baluartes de la bohemia parisina. Allí se daban cita artistas y putas, allí se celebraron bailes que quedaron legendarios, y allí se festejó, durante casi un siglo, el Bal de l'Internat.
Bullier cerró sus puertas para siempre en 1940. En sus muros y paredes, en sus mesas y sillas, en sus jardín y arboleda, quedaron grabados los sueños, las inquietudes, glorias y miserias de los personajes que allí estuvieron en lejanos días irremisiblemente velados tras la noche silente de los tiempos. No hay más bohemia, todo es chusmear (Indio Solari dixit).
El Bal de l'Internat era todo un evento que se anunciaba en la prensa y a través de afiches publicitarios. El mismo principiaba con un desfile por las calles de París, proseguía con representaciones teatrales cuya temática era estipulada por el Comité de l'Internat, luego con el Concours de beauté, y culminaba con el baile propiamente dicho (que a partir de 1894 sería de disfraces). Y los diarios y revistas reflejaban el acontecimiento durante semanas e informaban al público a través de detalladas crónicas.
Lo usual era que cada uno de los hospitales organizara sus propios parade y représentation théâtrale. Los estudiantes de la École des Beaux-Arts (los cuales eran invitados de rigor al evento) fueron entusiastas colaboradores en la organización del mismo, pero además; se contrataba a consagrados artistas para el diseño y la confección de afiches, decorados, escenografías y bannières.
Y también las cartes d'invitation tanto para hommes como para dames (distintas unas de otras), las cuales, osadas hasta rozar incluso la procacidad; eran en sí mismas verdaderas obras de arte.










Curiosamente (o quizá no tanto), el de 1968, justamente el año del Mayo Francés, fue el que marcó lo que pareciera ser el ocaso de una fiesta tradicional; pese a lo cual a partir de esfuerzos cada vez más puntuales y aislados, la dura batalla por evitar que fenezca, continúa. Desde la dimensión en la que se encuentren, las almas de Esculapio, Paracelso y otros, se estarán sumando en pos del triunfo final.
Ah, no quería olvidarme: en 1914, coincidentemente con la tan ansiada Reglamentación del Internado y a inspiración del que se realizaba en París, comenzó a celebrarse en Buenos Aires un baile homónimo, el cual contó con la entusiasta adhesión de grandes figuras del tango como Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Augusto Berto, Domingo Greco, Osvaldo Fresedo, Julio De Caro, etc.
Pero es nuestra Argentina una nación aluvional, y entonces un poco por eso, otro poco por la piqueta fatal del progreso (Víctor Soliño dixit), otro poco por las bromas macabras y los excesos que desafortunadamente culminaron en un hecho luctuoso, y otro poco (o mejor dicho, mucho) por la prédica del diario "serio" (?) La Nación; en 1924 el Baile del Internado fue prohibido por las autoridades.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 6 de julio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. TERCERA PARTE

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Este sistema satisface todas las exigencias y suple todas las necesidades de nuestra economía; ha respetado todos los intereses vinculados a la moneda y todos los derechos adquiridos sin causar perturbaciones; ha creado una moneda nacional propia, sana y estable que representa la riqueza del país y se alimenta de todas las fuerzas vivas de la Nación, que se aumenta o restringe según las necesidades y que nos ha producido el gran beneficio de tener dinero a bajo interés impulsando al comercio y la industria. (José María Rosa)

Ocho días antes de la asunción de Roca, esto es, el 4 de octubre de 1898; en un artículo del diario La Nación tomaba estado público el consejo de Ernesto Tornquist al Zorro de fijar la relación cambiaria en 1:2,50. Inmediatamente, los sectores financieros vinculados a la Bolsa apedrearon la casa de aquél y las de Rosa y Romero.
Por otra parte, el cielo de la política nacional ennegrecía con densos nubarrones que preanunciaban la tempestad de una cerrada oposición al gobierno. Los diarios y revistas, con La Prensa, La Nación y Caras y Caretas al frente; batían sin cesar el parche de la crítica, muchas veces virulenta. Sólo El Diario, de Eduardo Wilde y LaTribuna, el periódico roquista, apoyaron la iniciativa del gobierno. Poco después se les sumaría también El País, fundado en 1899 por Carlos Pellegrini. 
El 30 de agosto de 1899 el Ejecutivo remitió al Congreso para su tratamiento el proyecto de ley de Conversión que establecía la misma a razón de 44 centavos oro por 1 peso papel, o a la recíproca; 2,27 pesos papel por cada peso oro. En general, se cree que el debate en torno a la cuestión dividió hondamente la opinión pública en dos porciones más o menos iguales. No hubo tal situación y de hecho, quedó aprobado en treinta y cinco días.
Pasó que había influido no poco la opinión favorable al proyecto emitida desde Europa por Pellegrini, quien allá por enero, enterado de los ataques de que había sido objeto Tornquist, le escribía a éste: "He leído en los diarios la algarabía provocada con motivo de su proyecto, veo que hubo de haber motín en la Bolsa y que estuvieron por castigarlo. De buena me he salvado pues habría apoyado la idea a riesgo de que la prensa me llenara de moretones". Y no se había limitado a eso el Gringo; sino que además había escrito a muchos opositores a la iniciativa, convenciéndolos de lo atinada y conveniente que resultaba. Fíjese usted, querido lector, que en la segunda parte de este artículo cité el apoyo de Pellegrini, mencioné lo de la edición del 7 de enero de 1899 de Caras y Caretas e incluso inserté la imagen de la tapa de la revista en la cual aparecían las "40 cartas de Pellegrini" como regalo de Reyes. Pues bien, era por lo que enuncié precedentemente. Y tanto peso tuvo la opinión del Gringo en el asunto, que esa misma revista, el 19 de agosto -días antes Pellegrini acababa de volver al país- traía una caricatura de Mayol en la cual aparecía el ministro Rosa "autorizando a subir" al oro, que preguntaba por "el doctor Pellegrini": 
 

Ni bien ingresó el proyecto al Congreso, llovieron sobre éste los petitorios, ora encomiándolo y solicitando su aprobación; ora denostándolo y pidiendo su rechazo. Tanto las adhesiones como las resistencias nos permiten esbozar algún grado de generalización en cuanto a su procedencia: de los sectores ligados a la producción agropecuaria, la industria nacional, la exportación y el comercio interior las primeras; y de los vinculados a la banca extranjera, la especulación financiera, los negocios bursátiles y el comercio de importación las segundas.
En la primera parte de este artículo sostuve que no se podía comprender la Ley de Conversión analizándola desde los prejuicios ideológicos, los criterios economicistas y la visión maniquea de la historia. Es tan simplista e inexacto afirmar que su sanción respondió a la voluntad de privilegiar a la oligarquía terrateniente, como lo es el atribuírle la condición de panacea para todos nuestros males económicos; porque lo real y concreto es que los liderazgos políticos de la época (Roca y Pellegrini) supieron convencer a la élite dominante de la necesidad de aceptar medidas tendientes a la admisión e inclusión de nuevos actores en el escenario y la atención de situaciones que, de otro modo podrían ser capitalizadas por el "partido de desorden" (el radicalismo).
Por supuesto, la aquiescencia prestada no fue entusiasta y ni siquiera fue voluntaria; pues no los unía el amor, sino el espanto; y si agarraron viaje fue por aquello de que "el que se quema con leche, ve la vaca y llora" (recordaban los desaguisados del unicato de Juárez Celman y también sus consecuencias). Y desde luego, no todos lo entendieron ni estuvieron conformes: los especuladores y agiotistas no se resignaron nunca, porque como dijo cierto general que supo ser la figura rectora de la política nacional durante treinta años, "la víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo"; una buena parte del mitrismo, que tenía una pata en cada sector y cuya opinión era recogida por el diario La Nación; el excesivo dogmatismo al que se atenía el otro gran diario, La Prensa, tal vez con el adicional de la malquerencia que separaba a su propietario y director, Ezequiel Paz, del presidente Julio A. Roca (su primo, pues la madre del Zorro era una Paz); y en fin, la revista Caras y Caretas, para la cual todo aquello que oliera a roquismo era pasible de ser satirizado. Pero bueno, tan cierto es que por más que se procure contemplar todos los intereses, siempre habrá algunos que pierdan algo; como lo es que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. 
El 9 de setiembre se leyó en el Senado una nota presentada por la Bolsa y las cámaras de comercio española, francesa e italiana, en la cual se instaba a no aprobar el proyecto, fundando la objeción en que el Estado debía abstenerse de intervenir "depreciando su propia moneda" en "los fenómenos sociales y económicos cuyo proceso natural no debe contrariarse, dejando que los esfuerzos y luchas individuales regulen los intereses generales". Y el 12 del mismo mes, en otra nota firmada por "3.961 ciudadanos argentinos y extranjeros" se pedía lo mismo, basándose en que el Estado se había comprometido a convertir la moneda "por su valor escrito a la par, y no es posible que pretenda ahora cumplir con esa obligación entregando a los tenedores de esos billetes un 44%" y en que "lo único que se hace es poner límite arbitrario a la valorización del papel, pero de ningún modo a su depreciación".
Pellegrini, en uno de sus grandes y memorables discursos en el Senado, demolió esas objeciones. Demostró, con elocuencia extraordinaria y efectiva, que tales aseveraciones se hacían desde la ignorancia de la legislación, ya que habían tres monedas en curso: el peso oro, el peso plata y el peso papel, y que el Estado, así como había fijado valor al primero y al segundo; tenía derecho a hacerlo con el tercero. Y con respecto al pronóstico agorero de que la conversión no podría mantenerse en tiempos económicos adversos y que en función de ello más valdría no implementarla, sostuvo: "Se dice con todo el aparato de un argumento contundente que si mañana la producción nacional se paraliza, si sufrimos un desastre, si las cosechas se pierden, el papel moneda se depreciará y la conversión se tornará imposible. Sin dudas, si mañana un terremoto sacude el suelo, se vendrán abajo todos los grandes edificios que hoy se construyen, pero a nadie se le ocurriría, en vista de la posibilidad de una catástrofe, suspender toda edificación. El proyecto de conversión... se inicia en época de prosperidad relativa y se funda en la casi seguridad del desarrollo normal de la industria y la riqueza pública... si llegamos a ser víctimas de una catástrofe mañana, tendremos que demorar la conversión, pero ¿acaso evitaremos los efectos del desastre que nos espera con no hacer nada?". Y terminaba: "Creo que es la lucha entre los que trabajan y producen, entre el país entero y un grupo de especuladores apoyados por la prensa metropolitana... ¿De qué lado estará el triunfo definitivo? Creo que estará del lado del trabajo y la producción... El agio, ese animalito dañino, está enjaulado por este proyecto de ley y ahí quedará vigilado por el trabajo nacional, mientras no venga alguna fatalidad o desgracia a romper los barrotes de la jaula y volverlo a su libertad". Fue el del Gringo un terrible mazazo asestado al frágil andamiaje argumentativo opositor, el coup de grâce que liquidó la cuestión. Por más que Caras y Caretas del 30 de setiembre de 1899 lo reputara de "papel dorado".
El proyecto fue aprobado y quedó convertido en ley N° 3871 el 4 de octubre de 1899.
Fue el núcleo de un paquete económico que terminó de cerrarse con medidas tendientes a reducciones presupuestarias y también a la eficientización y moralización de la administración pública. Una vez puesto en marcha el plan, el doctor Rosa renunció su cartera en marzo de 1900 para dedicarse a la Caja de Conversión y su cátedra universitaria. Volvería al ministerio de Hacienda en 1911, en la presidencia de Roque Sáenz Peña.
A quienes se opusieron a la Ley de Conversión les quedaría sólo el derecho al pataleo, y siguieron en su tenaz aunque estéril resistencia.
Su implementación trajo la tan ansiada estabilidad monetaria que duró hasta 1929, en que se cerró definitivamente la Caja de Conversión. A ese momento, había acumulados en ella y los bancos, símbolos mudos del trabajo y la confianza argentinos, como activo nada menos que 1.034 toneladas de oro (que equivaldrían hoy a algo así como 60.000 millones de dólares); y como pasivo, el asiento contable de los 293 millones de pesos que eran el circulante de la época en que fue adoptada la medida y que nunca se canjearon.

Fin

-Juan Carlos Serqueiros-