domingo, 6 de julio de 2014

EL PADRE DE LA CONVERTIBILIDAD. TERCERA PARTE
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Este sistema satisface todas las exigencias y suple todas las necesidades de nuestra economía; ha respetado todos los intereses vinculados a la moneda y todos los derechos adquiridos sin causar perturbaciones; ha creado una moneda nacional propia, sana y estable que representa la riqueza del país y se alimenta de todas las fuerzas vivas de la Nación, que se aumenta o restringe según las necesidades y que nos ha producido el gran beneficio de tener dinero a bajo interés impulsando al comercio y la industria. (José María Rosa)

Ocho días antes de la asunción de Roca, esto es, el 4 de octubre de 1898; en un artículo del diario La Nación tomaba estado público el consejo de Ernesto Tornquist al Zorro de fijar la relación cambiaria en 1:2,50. Inmediatamente, los sectores financieros vinculados a la Bolsa apedrearon la casa de aquél y las de Rosa y Romero.
Por otra parte, el cielo de la política nacional ennegrecía con densos nubarrones que preanunciaban la tempestad de una cerrada oposición al gobierno. Los diarios y revistas, con La Prensa, La Nación y Caras y Caretas al frente; batían sin cesar el parche de la crítica, muchas veces virulenta. El semanario, por ejemplo, en su edición del 12 de noviembre de 1898 traía, bajo el título "Beligerancia parlamentaria", esta tapa más que ilustrativa de la situación:

Sólo El Diario, de Eduardo Wilde y LaTribuna, el periódico roquista, apoyaron la iniciativa del gobierno. Poco después se les sumaría también El País, fundado en 1899 por Carlos Pellegrini. 


El 30 de agosto de 1899 el Ejecutivo remitió al Congreso para su tratamiento el proyecto de ley de Conversión que establecía la misma a razón de 44 centavos oro por 1 peso papel, o a la recíproca; 2,27 pesos papel por cada peso oro. En general, se cree que el debate en torno a la cuestión dividió hondamente la opinión pública en dos porciones más o menos iguales. No hubo tal situación y de hecho, quedó aprobado en 35 días.
Pasó que había influido no poco la opinión favorable al proyecto emitida desde Europa por Pellegrini, quien allá por enero, enterado de los ataques de que había sido objeto Tornquist, le escribía a éste: "He leído en los diarios la algarabía provocada con motivo de su proyecto, veo que hubo de haber motín en la Bolsa y que estuvieron por castigarlo. De buena me he salvado pues habría apoyado la idea a riesgo de que la prensa me llenara de moretones". Y no se había limitado a eso el Gringo; sino que además había escrito a muchos opositores a la iniciativa, convenciéndolos de lo atinada y conveniente que resultaba. Fíjese usted, querido lector, que en la segunda parte de este artículo cité el apoyo de Pellegrini, mencioné lo de la edición del 7 de enero de 1899 de Caras y Caretas e incluso inserté la imagen de la tapa de la revista en la cual aparecían las "40 cartas de Pellegrini" como regalo de Reyes. Pues bien, era por lo que enuncié precedentemente. Y tanto peso tuvo la opinión del Gringo en el asunto, que esa misma revista, el 19 de agosto -días antes Pellegrini acababa de volver al país- traía una caricatura de Mayol en la cual aparecía el ministro Rosa "autorizando a subir" al oro, que preguntaba por "el doctor Pellegrini": 
 

Ni bien ingresó el proyecto al Congreso, llovieron sobre éste los petitorios, ora encomiándolo y solicitando su aprobación; ora denostándolo y pidiendo su rechazo. Tanto las adhesiones como las resistencias nos permiten esbozar algún grado de generalización en cuanto a su procedencia: de los sectores ligados a la producción agropecuaria, la industria nacional, la exportación y el comercio interior las primeras; y de los vinculados a la banca extranjera, la especulación financiera, los negocios bursátiles y el comercio de importación las segundas.
En la primera parte de este artículo sostuve que no se podía comprender la Ley de Conversión analizándola desde los prejuicios ideológicos, los criterios economicistas y la visión maniquea de la historia. Es tan simplista e inexacto afirmar que su sanción respondió a la voluntad de privilegiar a la oligarquía terrateniente, como lo es el atribuírle la condición de panacea para todos nuestros males económicos; porque lo real y concreto es que los liderazgos políticos de la época (Roca y Pellegrini) supieron convencer a la élite dominante de la necesidad de aceptar medidas tendientes a la admisión e inclusión de nuevos actores en el escenario y la atención de situaciones que, de otro modo podrían ser capitalizadas por el "partido de desorden" (el radicalismo).
Por supuesto, la aquiescencia prestada no fue entusiasta y ni siquiera fue voluntaria; pues no los unía el amor, sino el espanto; y si agarraron viaje fue por aquello de que "el que se quema con leche, ve la vaca y llora" (recordaban los desaguisados del unicato de Juárez Celman y también sus consecuencias). Y desde luego, no todos lo entendieron ni estuvieron conformes: los especuladores y agiotistas no se resignaron nunca, porque como dijo cierto general que supo ser la figura rectora de la política nacional durante treinta años, "la víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo"; una buena parte del mitrismo, que tenía una pata en cada sector y cuya opinión era recogida por el diario La Nación; el excesivo dogmatismo al que se atenía el otro gran diario, La Prensa, tal vez con el adicional de la malquerencia que separaba a su propietario y director, Ezequiel Paz, del presidente Julio A. Roca (su primo, pues la madre del Zorro era una Paz); y en fin, la revista Caras y Caretas, para la cual todo aquello que oliera a roquismo era pasible de ser satirizado. Pero bueno, tan cierto es que por más que se procure contemplar todos los intereses, siempre habrá algunos que pierdan algo; como lo es que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. 
El 9 de setiembre se leyó en el Senado una nota presentada por la Bolsa y las cámaras de comercio española, francesa e italiana, en la cual se instaba a no aprobar el proyecto, fundando la objeción en que el Estado debía abstenerse de intervenir "depreciando su propia moneda" en "los fenómenos sociales y económicos cuyo proceso natural no debe contrariarse, dejando que los esfuerzos y luchas individuales regulen los intereses generales". Y el 12 del mismo mes, en otra nota firmada por "3.961 ciudadanos argentinos y extranjeros" se pedía lo mismo, basándose en que el Estado se había comprometido a convertir la moneda "por su valor escrito a la par, y no es posible que pretenda ahora cumplir con esa obligación entregando a los tenedores de esos billetes un 44%" y en que "lo único que se hace es poner límite arbitrario a la valorización del papel, pero de ningún modo a su depreciación".
Pellegrini, en uno de sus grandes y memorables discursos en el Senado, demolió esas objeciones. Demostró, con elocuencia extraordinaria y efectiva, que tales aseveraciones se hacían desde la ignorancia de la legislación, ya que habían tres monedas en curso: el peso oro, el peso plata y el peso papel, y que el Estado, así como había fijado valor al primero y al segundo; tenía derecho a hacerlo con el tercero. Y con respecto al pronóstico agorero de que la conversión no podría mantenerse en tiempos económicos adversos y que en función de ello más valdría no implementarla, sostuvo: "Se dice con todo el aparato de un argumento contundente que si mañana la producción nacional se paraliza, si sufrimos un desastre, si las cosechas se pierden, el papel moneda se depreciará y la conversión se tornará imposible. Sin dudas, si mañana un terremoto sacude el suelo, se vendrán abajo todos los grandes edificios que hoy se construyen, pero a nadie se le ocurriría, en vista de la posibilidad de una catástrofe, suspender toda edificación. El proyecto de conversión... se inicia en época de prosperidad relativa y se funda en la casi seguridad del desarrollo normal de la industria y la riqueza pública... si llegamos a ser víctimas de una catástrofe mañana, tendremos que demorar la conversión, pero ¿acaso evitaremos los efectos del desastre que nos espera con no hacer nada?". Y terminaba: "Creo que es la lucha entre los que trabajan y producen, entre el país entero y un grupo de especuladores apoyados por la prensa metropolitana... ¿De qué lado estará el triunfo definitivo? Creo que estará del lado del trabajo y la producción... El agio, ese animalito dañino, está enjaulado por este proyecto de ley y ahí quedará vigilado por el trabajo nacional, mientras no venga alguna fatalidad o desgracia a romper los barrotes de la jaula y volverlo a su libertad". Fue el del Gringo un terrible mazazo asestado al frágil andamiaje argumentativo opositor, el coup de grâce que liquidó la cuestión. Por más que Caras y Caretas del 30 de setiembre de 1899 lo reputara de "papel dorado":


El proyecto fue aprobado y quedó convertido en ley N° 3871 el 4 de octubre de 1899.

Fue el núcleo de un paquete económico que terminó de cerrarse con medidas tendientes a reducciones presupuestarias y también a la eficientización y moralización de la administración pública. Una vez puesto en marcha el plan, el doctor Rosa renunció su cartera en marzo de 1900 para dedicarse a la Caja de Conversión y su cátedra universitaria. Volvería al ministerio de Hacienda en 1911, en la presidencia de Roque Sáenz Peña.
A quienes se opusieron a la Ley de Conversión les quedaría sólo el derecho al pataleo, y siguieron en su tenaz aunque estéril resistencia:



Su implementación trajo la tan ansiada estabilidad monetaria que duró hasta 1929, en que se cerró definitivamente la Caja de Conversión. A ese momento, había acumulados en ella y los bancos, símbolos mudos del trabajo y la confianza argentinos, como activo nada menos que 1.034 toneladas de oro (que equivaldrían hoy a algo así como 60.000 millones de dólares); y como pasivo, el asiento contable de los 293 millones de pesos que eran el circulante de la época en que fue adoptada la medida y que nunca se canjearon.

Fin

-Juan Carlos Serqueiros-

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