domingo, 25 de julio de 2021

ENCUENTRO DE ARTIGAS Y PAZ EN EL PARAGUAY


















Quiero compartir un interesante (interesante para quienes gustamos del estudio de la historia, claro) opúsculo del periódico montevideano El Nacional, en su edición del 25 de setiembre de 1884, referido al encuentro que en 1846 mantuvieron en el Paraguay los generales José Artigas (exiliado allí desde 1820), y José María Paz. 
Particularmente, no han dejado de extrañarme algunas cosas, como por ejemplo, la mención que hace Artigas de José Miguel Carrera a quien en 1819 reputaba como enemigo, lo sabía integrante de la gavilla de Alvear, le achacaba connivencia con los portugueses, ordenaba que si Carrera saliese p.a fuera delaPlaza (o sea, si abandonase Montevideo), se lo mandaran para escarmentarlo (es decir, fusilarlo), y alertaba a quien por entonces era uno de sus tenientes, Francisco Pancho Ramírez, acerca de la posibilidad de que el chileno pasara a Entre Ríos— y sus hermanos. ¿Habrá dicho efectivamente eso el oriental sobre los Carrera, o se trató de algo que agregó de su propia cosecha Uvano Cloni (que dicho sea de paso, se demuestra como tan enconadamente denostador de Pueyrredón, que hasta le atribuye a éste el fusilamiento de los hermanos Carrera incluido el de José Miguel, que se produjo en 1821, cuando hacía ya dos años que Pueyrredón había dejado de ser Director Supremo—)?
Asimismo, estimo pertinente hacer notar que Paz, en sus Memorias, publicadas en 1855, se refiere sucintamente a su entrevista con Artigas de este modo:
El año 1846 he conocido al anciano Artigas en el Paraguay después de 26 años de detención ya voluntaria, ya involuntaria, y de donde es probable que no salga más. Tiene más de 80 años de edad, pero monta a caballo y goza de tal cual salud. Sin embargo, sus facultades intelectuales se resienten sea de la edad, sea de la paralización física y moral en que lo constituyó el doctor Francia, secuestrándolo de todo comercio humano y relegándolo al remotísimo pueblo de Curuguaty; el actual gobierno lo ha hecho traer a la capital, donde vive más pasablemente. Su método de vida, sus hábitos y sus maneras son aún las de un hombre de campo.
Es decir, Paz no menciona ningún comentario sobre los Carrera que haya podido hacerle Artigas, al contrario; lo considera a éste presa de la demencia senil o por lo menos, con sus facultades mentales alteradas por el prolongado confinamiento en Guruguaty al que lo había sometido el dictador Francia.
En fin... cada quien sacará sus propias conclusiones; por mi parte, me hallo inclinado a inferir que la mención a los Carrera no existió más que en la cabeza de Cloni.
A continuación transcribo completo el artículo (textual, sin correcciones y tal como fue publicado en el periódico, con las reglas, usos y costumbres ortográficos y de sintaxis de la época).

-Juan Carlos Serqueiros-

 
   ENTREVISTA DEL GENERAL PAZ CON EL GENERAL ARTIGAS EN PARAGUAY *

Era un hermoso dia de primavera, de la sexta década del presente siglo, no podemos precisar el dia, ni el año; pero fué por aquel tiempo en que, para eterno arrepentimiento, leccion y ejemplo, encontrábanse á cada paso escombros y ruinas, en el camino de esta ciudad á la Union; y que producian un efecto penosísimo en el ánimo de los viajeros, al recordar éstos que aquellos sitios yermos y solitarios entonces, habian sido en otra época el asiento, sino de un pujante imperio, de una población laboriosa y floreciente; mientras que por aquel tiempo, sombras funerarias, de millares de victimas, parecia que giraban en torno de aquellas ruinas... En uno de los "Omnibus" que salió en aquel dia, á eso de la una ó dos de la tarde, tomó en el pasaje el que estos mal aliñados renglones escribe. A poco andar notó éste que dentro de aquel mismo carruaje, iban, entre otros pasajeros, dos personas muy distinguidas. En el momento que se preguntaba á sí mismo, ¿quién serán estos dos señores? uno de ellos, aquel que con su brazo izquierdo tocaba su brazo derecho, le dirije la palabra al otro, que le quedaba vis á vis, como obedeciendo á un deber de urbanidad, preguntándole: ¿es usted el señor don Justiniano Pérez? —Si señor— le contestó éste. —¿Y podré sabér á mi vez con quien tengo el honor de hablar? —Porque nó? Soy el general Paz. En seguida se dieron la mano.
Señor Pérez, dijo el general Paz, creo que lo más agradable que podré decir á usted, es darle noticias del General Artigas. Efectivamente, repuso el primero, tendré gran satisfaccion en oírle. Después que terminé, dijo el general Paz, los asuntos que me llevaron al Paraguay, hace poco tiempo, creí que era de mi deber no salir aquel pais, sin ir ántes á saludar y ofrecerle mis servicios al General Artigas. Tomé informes y fui en efecto á visitarlo á su residencia. Me encontré con un hombre verdaderamente anciano; pero en quien existía el mas puro y sublime amor por su patria... Sólo tenia en su compaña un negro, tambien anciano, que le acompañaba desde tiempos remotos, y que me pareció ser oriundo de este pais.
Este negro hacia las veces de mucamo, cocinero, caballerizo y asistente del General, acompañándolo cada vez que salia á paseo. A penas me habia revelado, á aquel verable anciano, cuando, entusiasmado, me acedió con preguntas. ¡Con que atención oia, media y pesaba mis palabras! Era una cosa verdaderamente edificante el ver la animacion y rejuvenecimiento que recobraban de hito en hito aquel rostro y aquellos ojos. Parecia que concentraba todas sus fuerzas vitales en el sitio de la inteligencia, para manifestarme su angustia y su profunda tristeza por el estado de guerra en que se hallaban en aquel momento sus compatriotas.
¿Será posible, me decia, que no puedan entenderse unos con otros, los Orientales? ¡Oh esto es horrendo! Me ha dicho usted, General Paz, que hay estrangeros con unos y con otros. Está bien. Pero, ¿cómo es que se entienden con éstos, y no se entiendan con los suyos propios?... Para el General Artigas este punto era una cosa inconcebible, un misterio, una aberracion. El no podia esplicarse como podían los Orientales con el ejemplo de la alianza de los Scitas con los Romanos y la de los Lascaltecas con Hernán Cortés, aliarse á estrangeros ambiciosos de su patria, y relativamente mas fuertes, para hacerse la guerra.
Esto, General Paz, me desorienta, me entristece y me acibara la vida, á punto de preferir la muerte aquí, á vivir en mi tierra. Por otra parte, yo le he prometido al General Francia, mi palabra de honor, de no salir del Paraguay. Su gobierno ha tenido conmigo todo género de atenciones y hasta la de acordarme una pension.
Felizmente hoy no la necesito porque con los productos de esta chacra, tengo lo suficiente para vivir como usted lo vé, y hasta me permiten hacer donativos á los pobres de mi vecindario.
Efectivamente, señor Perez, el General Artigas en su ostracismo, atenuaba los efectos de su nostalgia, cultivando y haciendo cultivar la tierra; e imitando en esto á Cinsinati, era llamado en su comarca, el padre de los pobres.
Por no hacer, dijo el General Paz, demasiado larga mi visita, le pedí al General Artigas me acordara otra para el dia siguiente inmediato, a lo cual accedió gustoso; agregando que saldriamos á dar una vuelta a caballo, por los contornos de su chácra.
Al siguiente dia fuí a la sita, para darle al general mi adios, quizá para siempre... Al poco rato de mi llegada a su casa, víno el negro diciéndole al General, que los caballos estaban prontos.
Muy bien contestó éste; y dirigiéndose á mí, me dijo: ¡Ea, General, emprendámos la campaña! En seguida le acompañé hasta fuera de la habitacion, dándole como era natural la derecha; lo que notado por él me dijo: no use usted ceremonia.
Estaba el general Artigas con las riendas en las manos, agarrando con estas la crin, fue el negro y le puso el estribo en el pie, dio un salto el general y quedó arriba.
Acto continuo entonando la voz la dirige a mí y me dice: Ahora si general Paz; ¡QUE VENGAN PORTUGUEZES: QUE VENGAN PORTEÑOS!!
El General Artigas notó al momento que habia alguna inconveniencia en esa última palabra, y la corrigió diciendo, no que vengan REALISTAS. En el paseo, aunque someramente, algo se habló de :política. El que habia sido el Primer Jefe de los Orientales, y protector de Entre Rios, Corrientes, Santa Fé y Córdoba habló en aquel momento, imitando con sus palabras el último canto del Cisne.
Dijo, General Paz, yo no hize otra cosa que responder con la guerra, á los manejos tenebrosos del Directorio, y á la guerra que él me hacia por considerarme enemigo del centralismo el cual sólo distaba entonces un paso del realismo. Tomando por modelo á los Estados Unidos, yo queria la autonomía de las Provincias, yo queria que fueran Estados, y no Provincias, lo cual se aviene mejor con el sistema confederado; —dándole á cada Estado, su gobierno propio, su Constitución, su bandera, y el derecho de elegir sus Representantes, sus Jueces y sus Gobernadores, entre los ciudadanos naturales de cada Estado. Esto era lo que yo había pretendido para mi Provincia, y para las que me habian proclamado su protector.
Hacerlo así, habria sido darle á cada uno lo suyo, erijiendo al mismo tiempo un monumento á la Diosa Libertad, en el corazon de todos. Pero los Pueirredones y sus acólitos, querían hacer de Buenos Aires, una nueva Roma imperial mandando sus procónsules á gobernar, las Provincias militarmente, y despojárlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado, y poniendo á precio mi cabeza.
El fusilamiento de José Miguel Carreras, y el manifiesto de sus hermanos, á los Chilenos, serán eternamente mi mejor justificativo: —Llegado que hubo el Omnibus a la Unión, el General Paz y el señor Pérez se despidieron; y el autor de esta narración, que no ha vuelto a ver, ni á uno ni á otro de estos dos señores, ha conservado en la memoria las palabras del primero, como un recuerdo imperecedero—. Para terminarla agregará —Nunca la histonia (sic) será demasiado severa, por mucho que repruebe y estigmatice las veleidades y tendencias políticas de aquel célebre Director;— al menos la historia nacional.
La Banda Oriental fue sacrificada, diezmada y desmenbrada, por la mano de un conquistador estranjero para saciar el odio de aquel Directorio contra Artigas. Mientras tanto forzoso es reconocer hoy que el General Artigas tenia razon, desde que, despues de medio siglo de guerra civil, la República Argentina ha adoptado su sistema político; sino completamente, como lo hará más tarde en su mayor parte. Artigas debe ser considerado como el Bayardo de América. Por defender el suelo donde habia nacido, él peleó contra los Ingleses, Españoles, Argentinos y contra los Portugueses, durante catorce años. Estos últimos, aprovechándose de la ocasión que le ofrecía el tener la Banda Oriental sus mejores fuerzas en el Peru, á las órdenes del General don José de San Martín; de hallarse Artigas en entredicho con el gobierno de Buenos Aires, no teniendo escuadra, ni elementos bélicos suficientes, y con solo reclutas ignorantes y pobres, sin instrucción militar ni alianza alguna, invadieron la Banda Oriental con tropas regulares sitiándola por mar y tierra, y contando además con el criminal concentimiento del Directorio de Buenos Aires... Artigas y los suyos pelearon como espantarnos (sic) contra los Portugueses, como lo declara o confiesa el mismo mariscal Saldanha. Era tal, el empuje y el valor de estos indómitos proclamadores DA LIBERDADE, dice en su memoria este mariscal, QUE CUANDO GAHAVAMOS NOS AS BATALHAS, SAIAM0S DO CAMPO, EU, E OS NOSSOS, TODOS TINGIDOS DO SANGUE E MIOLHOS D'ELLES.
Los Orientales somos hoy, la víctima espiatoria del odio entrañable y tradicional del Lusitano contra el Castellano, y del odio de los Puyrredones y sus acólitos contra Artigas. Ninguna de las Repúblicas Hispano-Sud-Americanas, limítrofes del Brasil, ha sufrido tanto las consecuencias de ese odio, como la Banda Oriental. Véase un mapa geográfico, de los terrenos al Oriente del Uruguay, y se convendrá en que la Banda Oriental tiene hoy á penas poco más de la mitad del área superficial que debería tener por derecho. Si Artigas hubiera vencido, la República Oriental del Uruguay, tendría al presente trece mil leguas cuadradas de territorio —que son las que le corresponden por el tratado preliminar de paz, celebrado entre las cortes de España y Portugal en 1777; pero vencido Artigas, los Gobiernos de Portugal primero, y los del Brasil después, han hecho de nuestra patria lo que han querido; sacando beneficio astutamente, de nuestros estravíos políticos y de nuestra des-unión.
Uvano Cloni


* Se transcribe tal como fue publicado originalmente.

miércoles, 7 de julio de 2021

PROLEGÓMENOS Y EPÍLOGO DE UTRECHT





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Los dos últimos reinados de la casa de Habsburgo o Austria (Felipe IV y su hijo, Carlos II el Hechizado) significaron una calamidad para España, marcaron el inicio de su ocaso como potencia rectora en el orden mundial y fueron el prólogo del derrumbe del imperio hispánico.
El primero hubo de afrontar, además de la guerra con Francia; una severísima crisis económica, la independencia de Portugal (la cual fue lograda con —Paul McCartney dixit una pequeña ayuda de mis amigos: Inglaterra y Francia) y los intentos de secesión de catalanes y andaluces.
El segundo, raquítico, de naturaleza enfermiza y para colmo, estéril; debió soportar el lento pero sostenido despojo que de sus posesiones en Europa le hacían los franceses, y como consecuencia de la independencia portuguesa del brazo de su patrón (¿o amo?) comercial, Inglaterra; se produjo, por orden emanada del infante Don Pedro al capitán general de Río de Janeiro, Manuel de Lobo, la expedición lusitana al Plata que desembocó en la fundación de la Colonia del Santísimo Sacramento, en territorios que en virtud de lo estipulado en el tratado de Tordesillas, eran de España. El objetivo de Portugal estaba claro para todo el mundo, menos para la corte del desdichado Carlos II: establecer una cabecera de playa para los contrabandistas ingleses y apoderarse de la Banda Oriental.
La América española daría a los portugueses una lección de hidalguía, fidelidad y bravura; y a la metrópoli, un ejemplo de cómo debían defenderse las posesiones del monarca: el gobernador de Buenos Aires, un vasco cabeza dura: José de Garro, no quiso saber nada de extranjeros, y sin escuchar sus cantos de sirena ni tomar en consideración las frases almibaradas con que procuraban empaquetarlo, los intimó a retirarse, y al no hacerlo los portugueses; remontó un ejército integrado por 500 efectivos entre trinitarios o porteños, cordobeses, riojanos, santafesinos y correntinos, el cual engrosado con 3.000 indios guaraníes aportados por las Misiones, puso al mando del maestre de campo Antonio de Vera y Mujica. El 7 de agosto de 1680, éste entró a sangre y fuego en la ciudad recién fundada, y luego de ocasionarles a los lusitanos 112 bajas, tomó prisionero al resto, incluido Manuel de Lobo; tras lo cual procedió a arrasarla. 
¿Cuál fue el pago de la corte de Carlos II a tanto heroísmo y tanta lealtad? ¡Pues firmar con los portugueses el 7 de mayo de 1681 el inicuo tratado de Lisboa de resultas del cual se les devolvía Colonia del Sacramento!
Fallecido el Hechizado el 1 de noviembre de 1700, se desencadenó la Guerra de Sucesión, la cual se inició en 1702 y duró hasta su conclusión en 1713 con la firma de los tratados de Utrecht, y se desarrolló no sólo en Europa sino también en América, donde otra vez Buenos Aires dio el ejemplo reconquistando el 16 de marzo de 1705 Colonia del Sacramento con un ejército de guaraníes que al mando de Baltazar García Ros puso el gobernador Alonso Juan de Valdés e Inclán.
A partir de Utrecht la debacle española sería indetenible. En vano América se prodigaría otra vez en el valor de sus hijos en Cartagena de Indias con su resonante victoria frente a la armada británica; en vano sería la sabia y atinada sugerencia del conde de Aranda al pusilánime e inepto Carlos III (ver en este ENLACE mi artículo Un consejo desestimado); en vano sería la inteligente, firme y ejecutiva política de Pedro de Cevallos, y en fin; en vano sería el heroísmo de Buenos Aires rechazando en 1806 y 1807 sendas invasiones inglesas. 
No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír. Y yo agregaría: ni peor enfermo que el que no quiere curarse.

-Juan Carlos Serqueiros-  

miércoles, 23 de junio de 2021

PLATAFORMA 26


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El tipito madrugó aunque había dormido poco, casi nada. Amaneció por detrás de los vahos tenaces de alcoholes mentirosos trasegados a hectolitros, miedos no cuajados y… otras yerbas (la carne es débil). Emergió desde una noche que se le había antojado interminable, con luna artificial y fugaces estrellas de fasos hurtados a sí mismo a fuerza de pura promesa olvidada (pues raramente, esa vez le falló la palabra que —craso error— había empeñado ante Ella sin detenerse a pensarlo mucho).
Miró el reloj sobre la mesa de luz. Eran las 6:20. Saltó de la cama y encaminó sus pasos a la cocina. Se preparó un café al que agregó unas gotas de leche, y deglutió dos tostadas con manteca. Luego se zampó un sobrecito con sal de frutas que disolvió en un vaso de soda, y eructando ruidosamente se dirigió al baño.
Frente al espejo se le ocurrió que estaba ante el retrato de Dorian Gray: ojeras antiguas, de noches antiguas, reas de culpas aún más antiguas, las que a solas solía reprocharse (pero sólo en contadas ocasiones), entre loables propósitos de enmienda cuya perdurabilidad equivalía más o menos a la de una pompa de jabón. En el lavabo, se afeitó cuidadosamente el rostro, y al hacerlo se lastimó un lunar del que empezó a manar un hilo de sangre. Rápidamente, aplicó sobre su mejilla un trocito de papel higiénico doblado en cuatro. —¡La puta que lo parió! —imprecó. Se miró el lunar, que apenas un minuto después ya no sangraba (siempre había tenido buena coagulación), y trascartón, entre pensativo y preocupado, se pasó un dedo sobre otro lunar que tenía en la sien, luego sobre otro que tenía en la ingle, después sobre otro que tenía en una rodilla, y sucesivamente sobre otro que tenía en el empeine de un pie y sobre otro que… Estaba lleno de lunares, incluso; unos cuantos en el culo, entre las nalgas, muy cerca del ano. —Debería consultar con un dermatólogo —murmuró para sí, sabedor de que se mentía, consciente de que no lograría superar la repugnancia que sentía por los médicos, ni el espanto que le provocaba cualquier cirugía, ni el celo con que protegía su intimidad (intimidad esa a la cual, pese a la incontable cantidad de mujeres que habían pasado por su lecho; nadie-nunca-jamás había tenido acceso; salvo Ella, porque Ella… era distinta, su alma gemela, la única persona en el mundo que lo sabía todo, absolutamente TODO, sobre él).
Seguidamente, procedió a afeitarse la cabeza. Diez años llevaba ya haciéndolo, un poco porque empezó a caérsele el cabello y otro poco harto de acudir religiosamente cada semana a la peluquería para mantener prolijos los rulos rebeldes que aún le quedaban. Se cepilló los dientes durante diez minutos, hizo buches con enjuague bucal durante otros cinco, y luego se metió bajo la ducha. Sintió el placer intenso del agua caliente sobre su cuerpo, se enjabonó, frotándose obsesivamente con esponja, y luego, meticuloso, se rasuró el pubis y los genitales librándolos hasta de un atisbo de pendejos por minúsculo que fuese, porque a Ella (que también se depilaba muy cuidadosamente) le gustaba sentirlo así: terso, suave y sin un solo vello imprudente e inoportuno. Salió de la ducha, se envolvió en un toallón, y una vez que se hubo secado, se dirigió al dormitorio para vestirse.
De un cajón de la cómoda sacó un slip negro, un par de medias del mismo color y un pañuelo gris. Abrió el placar, seleccionó un traje negro, una camisa blanca y una corbata, también negra con pintitas blancas. Se vistió sin apuro, morosamente, y por fin; se calzó unos zapatos negros lustrados a espejo.
Volvió a mirar el reloj. —¡Carajo, las 8 ya! —exclamó. Se abrigó con un sobretodo pied de poule y un echarpe blanco, echó sobre su figura alta, elegante, una última mirada satisfecha y aprobadora, y bajó a la cochera en procura de su auto. El micro que traía a Ella arribaría 8:30.
Llegó a la terminal y consultó el enorme cartel electrónico para saber a qué plataforma dirigirse: 26. Entonces recorrió infinidad de veces de uno a otro extremo ese andén sembrado de colillas, sucio de esperas trajinadas, nerviosas, ansiosas y… odiosas.
Hasta que casi puntual, el bondi llegó apenas pasada la hora, y el tipito la distinguió a Ella sonriéndole desde la ventanilla, agitando su mano e iluminando la mañana con su divina presencia. Se sintió renacer ese día, fuerte, enorme, embargado por la felicidad, murmurando entre dientes: —No me importaría morir en este instante para perpetuarlo en mi alma por toda la eternidad (suponiendo que tal cosa exista, claro).
Y así renació el tipito; puro otra vez, rescatado de lo que había sido una constante en su vida durante años: una insoportable espera añeja de esperar sin deseo, agobiado por ese esplín incurable que llevaba como marca en el orillo y atrapado en un torbellino de placeres efímeros que después del goce se demostraban como meros sucedáneos y que pronto lo sumían en la más espantable de las oquedades: el sinsentido.
Renació, nuevamente nuevo, ahora… pasadas las 8:30.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 15 de junio de 2021

MERCEDES PUJATO CRESPO. PATRIA, MUJER Y POESÍA





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


¿Acaso se piensa que el trabajo intelectual femenino no merece remuneración? (Mercedes Pujato Crespo, discurso en el Primer Congreso Patriótico de Mujeres, 1910)

Mercedes Constancia Pujato Crespo, nacida en Santa Fe, el 23 de setiembre de 1871, en el hogar formado por el doctor Cándido del Rosario Pujato, egregio y abnegado médico higienista y destacado político y filántropo; y doña María del Rosario Crespo, una dama de las más linajudas familias de rancio abolengo de la provincia; fue una poetisa, escritora e historiadora que consagró su vida a las letras, a la asistencia a los más humildes y necesitados, y a la afirmación permanente de la nacionalidad y sus valores; al tiempo de bregar infatigablemente por los derechos de las mujeres y de contarse entre las precursoras que formaron parte de las organizaciones defensoras de los mismos.
Dotada de una despierta inteligencia, un especial gracejo y un encantador savoir-faire, comenzó a publicar sus poesías en 1899 en las revistas El Correo Argentino y Pirámide, bajo el pseudónimo Reina Topacio. Y en enero de ese año, el diario santafesino Nueva Época anunciaba que en ocasión de una velada en el teatro Politeama al efecto de recaudar fondos con destino a la construcción del nuevo hospital, "la señorita Mercedes Pujato Crespo declamó Marina, poesía de la que es autora, obteniendo un triunfo tan ruidoso como sostenido" (sic).
Pero a Mechunga, como la llamaban sus familiares y amistades, no le bastaba con que la élite de aquella vieja Santa Fe pacata y cancerbera de las antiguas tradiciones hispano-criollas le "permitiera" escribir poemas y participar (y sólo hasta donde lo legitimaran los cánones por entonces establecidos, desde ya) en actividades ligadas al quehacer socio-cultural; quería algo que trascendiese la acotada multitud de una tertulia, algo en lo cual poder volcar el fuego patriótico que en su pecho ardía. La oportunidad para ello se le había presentado el año anterior. Y no la desaprovechó.
Para 1898 el conflicto con Chile se había agudizado al punto de hacer presagiar la guerra, debiendo tomar el gobierno nacional presidido por José Evaristo Uriburu las medidas tendientes a lograr la equivalencia en cuanto a poderío naval con el vecino país de allende la cordillera. Entonces, la tesonera voluntad y el acendrado nacionalismo de Mercedes Pujato Crespo la llevaron a concebir y concretar, el 24 de marzo de 1898, la iniciativa de fundar la Asociación Pro-Patria, con el propósito de recaudar fondos para ese fin. Se formó así dicha asociación, con sede en Santa Fe, y de la cual se procedió a constituir inmediatamente una comisión especial en Buenos Aires y delegaciones en doce provincias (después, en 1908, se trasladaría la central a Buenos Aires). En 1900, el semanario Don Quijote le rendía homenaje en esta ilustración:




Mechunga publicó en 1903 su primer libro de poesía, titulado Albores, al cual subseguirían uno de sonetos bajo el título Flores del campo, editado en 1914; Liropeya, en 1928, poema dramático en tres actos basado en una leyenda indiana y dedicado a Leopoldo Lugones; Días de sol, en 1929, un poema en prosa, y el que sería su contribución a la historia: La provincia de Santa Fe. Escribió, además; en los diarios santafesinos Unión Provincial y Nueva Época, y también en publicaciones de Uruguay, Colombia, Guatemala y España.
Incansable en sus múltiples actividades, aparte de ejercer la presidencia de la Asociación Pro-Patria; formó parte desde el nacimiento del mismo, del Consejo Nacional de Mujeres, teniendo a su cargo la comisión de prensa. 
Ese Consejo, presidido por Albina Van Praet de Sala, fue el que en 1908 (presidencia de José Figueroa Alcorta) organizó la Fiesta del Libro, con un concurso literario cuya entrega de premios se realizó el 15 de junio. Después, en 1924, por decreto del presidente Marcelo T. de Alvear, se instituyó aquel evento como Feria del Libro; y en 1941, el presidente Roberto M. Ortiz dispuso que en dicha fecha se celebrase el Día del Libro.
En 1926, Mercedes Pujato Crespo apoyó entusiastamente el proyecto Primer viaje aéreo al Polo Sur, abocándose a la tarea de conseguir y allegar recursos para su realización (que lamentablemente, no se concretó), con insistentes llamados al espíritu nacional y al despertar de una conciencia antártica.
En 1948, el presidente Juan Domingo Perón dispuso, a través del Ministerio de Guerra, que se le cediese a la Asociación Pro-Patria el local en que funcionaba.
Mercedes Pujato Crespo falleció en Buenos Aires el 19 de octubre de 1954.   
Vaya uno a saber por cuáles rumbos habrán tomado mis pensamientos como para ponerme súbitamente a evocar, sin ninguna razón —o por lo menos, sin ninguna razón consciente a una mujer (gran mujer, por otra parte) que creció, vivió y murió inclaudicable en su sentimiento profundo de argentinidad.
Es que se ha machacado tanto, que se logró instalar en el imaginario colectivo la idea de que las inquietudes en pos de los derechos civiles y políticos de las mujeres se deben exclusivamente a iniciativas de aquellas que fueron socialistas o anarquistas; y a las que no lo fueron... ni pa' vela, como dice Larralde. Y es ese un mito que continúa difundiéndose más y más, producto de la ignorancia de nuestro pasado y del desdén por conocerlo. Porque ¿sabe usted, querido lector?, también se miente la historia cuando se ocultan partes de ella y se soslaya la participación de determinadas figuras. 
Así que quizá, tal vez, haya estado influido mi subconsciente por la intención de hacer notar que las cosas no fueron como algunos pretenden hacernos creer que ocurrieron.
Vaya uno a saber...

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 26 de mayo de 2021

TRENZAS

 


Escribe: Juan Carlos Serqueiros


"Trenzas", esa maravillosa poesía del genial Homero Expósito a la que puso melodía Armando Pontier, es un tango nada sencillo de cantar, al contrario; es muy difícil. Aunque claro, difícil... si es que se quiere hacerlo no sólo correctamente, sino además; con nivel de excelencia. Digo esto porque lamentablemente, algún que otro desvergonzado caradura también se ha atrevido a "cantarlo" (es un modo de decir), como por ejemplo, el Chino Hidalgo y el Chino Laborde. Pareciera que esos dos, apodados con la nacionalidad de los hijos del celeste imperio, estuviesen resueltos a asesinar al tango. No se enojen, muchachos, va de onda y con humor; pero dejen tranquilo a ”Trenzas”, ¿sí? Que no es pa’ tuitos la bota ‘e potro.

TRENZAS
(Tango, 1944)
Música: Armando Pontier – Letra: Homero Expósito)

Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia.
Trenzas que me ataron en el yugo de tu amor,
yugo casi de blando de tu risa y de tu voz...
Fina
caridad de mi rutina,
me encontré tu corazón
en una esquina...
Trenzas de color de mate amargo
que endulzaron mi letargo gris.

¿Adónde fue tu amor de flor silvestre?
¿Adónde, adónde fue después de amarte?
Tal vez mi corazón tenía que perderte
y así mi soledad se agranda por buscarte.
¡Y estoy llorando así
cansado de llorar,
trenzado a tu vivir
con trenzas de ansiedad... sin ti!
¡Por qué tendré que amar
y al fin partir!

Pena,
vieja angustia de mi pena,
frase trunca de tu voz
que me encadena...
Pena que me llena de palabras sin rencor,
llama que te llama con la llama del amor.
Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia,
trenzas,
nudo atroz de cuero crudo
que me ataron a tu mudo adiós...


Sublime, directamente. No en vano dijo, acerca de Homero Expósito, el ilustre poeta del elegante verso piantao, el quemerísimo Horacio Ferrer: “Su obra poética, que causó verdadera sorpresa en el momento de su aparición, queda, por su indiscutible calidad, a la vanguardia de los clásicos del tango”.
Y es tal cual. “Trenzas” es uno de los puntos más altos de la lírica tanguera. La tríada dialéctica, esto es, tesis: encuentro con y presencia de, la mujer amada, que se da a entender como felicidad debida al acaso: (me encontré tu corazón / en una esquina); antítesis: la ausencia de ésta, derivada de su alejamiento, el cual se representa en el cuasi oxímoron mudo adiós; y síntesis: el dolor experimentado por el bien perdido, con la inevitable carga de ansiedad y llanto que eso conlleva. Conjuga elementos sensoriales, de lo visual (luna en sombra), de lo táctil (seda) y de lo gustativo (dulce). Y hace contrastar aquello de trenzas que me ataron en el yugo de tu amor, o sea, la primigenia ligazón por medio de esas trenzas que lo uncen a la mujer que las lleva; con la pena profunda y la evocación dolorosa del amor truncado, sumiéndolo en una soledad que se agranda por buscarte y que se le antoja —como literalmente lo enuncia— un nudo atroz de cuero crudo, y que al fin lo conduce a la queja-protesta ante lo que siente como una inexplicable y cruel sinrazón: ¡Por qué tendré que amar / y al fin partir!, vomitada desde los entresijos de un alma transida de frustración. Pero que al mismo tiempo, y a pesar de la angustia infinita que la embarga; es un alma que se demuestra como incapaz de evidenciar resentimiento, porque su aflicción es una pena que me llena de palabras sin rencor.


Desde lo musical y vocal, la mejor —y por lejos— de las versiones de este tango, es la del maestro Horacio Salgán con Edmundo Rivero como cantante. Un verdadero obsequio para los oídos.


Pero hay un… problemita, digamos. Resulta que el Ofe Rivero tenía la costumbre de alterar las letras de los tangos que interpretaba en su muy extenso repertorio. Tanto así, que en su osadía, hasta llegó a hacerlo con ese sublime himno suburbano que es "Sur", de Homero Manzi (otro hincha de Huracán, y van...): en lugar de tu nombre florando en el adiós; cantó "tu nombre 'flotando' en el adiós", y en vez de y mi amor y tu ventana; "y mi amor 'en' tu ventana". ¡Sacrilegio!
Dicen los que saben (o presumen de saber), que cuando lo empezó a cantar, con la orquesta del Gordo Troilo, y éste se percató de los cambios que introducía Rivero en la letra, le dijo: "Mire, Leonel, antes de que lo grabemos, mejor va y le pregunta a Homero qué opina de esas variaciones". Rivero (siempre según los que dicen que saben) fue y le consultó a Manzi si autorizaba las modificaciones que había introducido; y aparentemente, aquel tipazo hecho todo de corazón y de bondad que fue Homero, le dio el OK.
Particularmente, me parece una atrocidad. La metáfora de Manzi tu nombre florando en el adiós (siendo —según los tiranos presuntuosos y fanfarrones nucleados en el aguantadero llamado RAE— “florar: dar flor una planta o un árbol”), ilustrando la despedida entre un joven y su novia, en la cual poéticamente, el nombre de la amada se torna flor en el adiós; es infinitamente más bella que el torpe “flotando” que le zampa Rivero. Y ni hablar de eso de “y mi amor EN tu ventana” en lugar de la exquisitez y mi amor y tu ventana que escribió Homero. Porque a ver: ¿qué carajo vendría a ser eso de amor EN la ventana de alguien? El poeta se refiere a la silueta de la novia que se deja adivinar a través de la ventana, saludándolo al llegar y aprestándose a ir a su encuentro, ¿o acaso Rivero creyó que Manzi era Romeo escalando hasta el balcón de Julieta para meterse en su alcoba y cogérsela? Por favor…
Detestable y deplorable esa manía de cambiar los versos. Máxime, si se lo hace so pretexto de que “el público no comprendía el significado; por eso alteré la letra”. Un horror… Encima, agravado con la arrogancia de pontificar, asignándole a los demás una presunta imposibilidad de entender. Ni más ni menos que endosar al otro un defecto o incapacidad propia: identificación proyectiva, que le dicen. Por otra parte, no alcanzo a discernir porqué a Rivero debería interesarle si el público entendía o no la letra de Manzi, toda vez que a éste, que era el autor, no le importaba lo más mínimo. Lo cual es lógico, porque ¿dónde se ha visto que a un poeta le preocupe si la gente comprende o no exactamente lo que él quiso expresar y si lo interpreta en el mismo sentido que él pretendió darle? Como certeramente dijo el Indio Solari: “Una buena canción (su lírica) debe parecer que no pudo ser escrita de otra manera. Debe tener poder de seducción y comportarse como un enigma del cual uno presenta, para su resolución, sólo indicios”.
En el caso de “Trenzas”, a Rivero no le fue tan bien como le había ido con el bueno de Manzi cuando se atrevió a enmendarle a éste la plana en la letra de ”Sur”. En cuanto Expósito se enteró de que el Ofe, en lugar de trenzas de color de mate amargo; cantaba “trenzas con sabor de mate amargo”, estalló: ¡¿Cómo “con sabor de mate amargo”?! ¡¿Pero qué se piensa ese hombre, que yo chupo trenzas?!
Y razón para chivarse, no le faltaba ¿no? Porque convengamos en esto: en tanto resulte afectado lo simbólico, no estamos ante una cuestión menor, sino ante algo muy grave, porque el daño infligido no se limita al afeamiento de lo estético; sino que representa una alteración sustancial de lo expresado en el verso. Rivero, o no atinó a decodificar lo hermético de la lírica de Expósito, o si lo hizo; se cagó en ello. Y así, se demostró impermeable, ya fuere a la aprehensión o a la valoración cabal, del significado de la metáfora de color de mate amargo, que es ilustrativa de lo amarronado de las trenzas de la mujer, las cuales por un efecto óptico, de pronto adquieren reflejos verdosos (y que está en correspondencia perfecta con la tonalidad mate asignada a su tez, expresada poéticamente en luna en sombra de tu piel). Al reemplazarlo por el elemento gustativo “con sabor de mate amargo”, incurrió con ello nada menos que en la irreparable destrucción de la sinestesia elaborada por Homero en su genialidad.


Como para no enojarse… Encima, siendo Expósito un poeta refinado y obsesivo con su arte hasta el extremo de revisar y corregir innumerables veces sus propios versos. El Mimo no era meramente un rimador que escribía letras para ser aplicadas a una melodía, sino un eximio creador de poemas en los cuales las frases poseen una musicalidad propia que conmueve los sentidos resonando en planos muy altos de la psiquis. Por eso, su bronca era más que legítima, claro que sí.
Cabría preguntarse por qué, siendo los dos Homeros, Manzi y Expósito, poetas enormes y trascendentales, y ambos con más yeca que Buenos Aires, más brolis que la biblioteca de Salamanca y más noche que Drácula; el primero accedió sin chistar a las modificaciones de Rivero, mientras que el segundo hizo tronar su disconformidad. Tengo para mí que ello no se debió única, solamente, a diferencias de temperamento, sino también —y fundamentalmente— a modos distintos de considerarse y de situarse a sí mismos ante la poesía. Manzi (quien en la grandeza de su dimensión fue, además de poeta; guionista, cineasta, gremialista y político) dijo en su modestia: “Preferí hacer letras para los hombres antes que ser un hombre de letras”. En tanto que Expósito (poeta, y por añadidura; filósofo, políglota, escritor, compositor y rugbier) aseveró: “Nadie puede escribir un tango si no sabe escribir un soneto”.
Pero le propongo, querido lector, que le “levantemos la sanción” a don Leonel (que por otra parte, más allá de ese pecado que cometía al alterar las letras; era un caballerazo y un tipo más bueno que el pan). Después de todo, la historia no debe juzgar, en tanto no es un tribunal de justicia póstuma. Además; el Ofe fue, sin dudas ni quizás, un cantante de esmerada formación académica, de virtuosismo superlativo y de mérito extraordinario. No por nada se lo mencionaba como “el feo que canta lindo”. Y ni le cuento si, como en este caso, canta acompañado por la maravillosa orquesta de ese gran maestro, ese excepcional músico, que fue Horacio Salgán. Lo invito, pues, a que oigamos juntos su versión de “Trenzas”.


¿Escuchó? Superior, ¿no? Espero haya disfrutado tanto como yo. ¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: Luis Cejas, “Homero Expósito”, caricatura, contemporáneo.

miércoles, 28 de abril de 2021

bullrich, EL ODIO VOMITADO

 


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Lo de la soreta bullrich no es en modo alguno un exabrupto pronunciado irresponsablemente en un rapto de ira ni una frase desafortunada vertida al calor de una discusión bajo el influjo de una emoción exacerbada y violenta, al contrario; es un detrito, un excremento vocal pensado(en mala hora) y vomitado adrede, consciente y reflexivamente, desde la más helada racionalidad y el más cultivado y cerval de los odios. Es, en fin, un manera cruel, cínica y brutalmente elocuente de evidenciar (una vez más, y van...) cómo entiende y siente el país.
Manera esa que, por otra parte, no es exclusiva de ella, sino que es característica común y notoria del grupejo ruin e infame nucleado so pretexto y bajo la pantalla de, una falsa expresión política o corriente de opinión, integrado por siniestros y abyectos personajes como el perduellis mugricio lacri, el guasón larrata, la bola de pus biblita descarrió, el monstruito laura alonso, el cipayo iglesias, la hormiguita ladrona ocaña y una desgraciadamente extensa lista de etcéteras que abarca desde nauseabundos cagatintas pseudo periodistas como el gordo falopero larata, in-morales solá, johnny "B"iale, cindy-entes tongobardi, nabonecio, cuernitos majul y demás bichos de similar laya; hasta jueces venales de la in-justicia argenta enquistados en comodoro pro.
Todos conformando una repulsiva y espantable banda, una asociación ilícita concebida y armada con el definido propósito de delinquir en beneficio de sus intereses personales y sectarios, de los intereses de potencias extranjeras y aún los de los más oscuros poderes foráneos a los cuales sirven.

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 24 de abril de 2021

LA INTELLIGENTZIA Y SUS ODIOS DEL AYER Y DEL HOY

 



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Lo que me trajo a la memoria la gobernación de Aloé fue, paradojalmente, esta imagen que circuló los últimos días por las “redes sociales” y que muestra a un idiotita (encima, con el barbijo puesto sin cubrir la nariz) portando un cartel que reza "quiero estudiar para no ser como Kicillof":


A ese hombre, Carlos Vicente Aloé (n. Rosario, 1900 - m. Rojas, 1978), la intelligentzia argenta lo llamaba "caballo", "bruto", "burro", "ignorante" y lo zahería con mil epítetos más.
Fue el organizador de los Campeonatos Infantiles Evita, escribió varios libros, infinidad de artículos periodísticos, era propietario de una empresa editorial, poseía una nutrida biblioteca, detentaba una envidiable cultura y todavía hoy por hoy es reputado como uno de los mejores gobernadores que tuvo la provincia de Buenos Aires. Pero aún con todo eso... para la tilinguería vernácula era un "bruto".
Aloé adhería al revisionismo histórico, ergo, admiraba la figura histórica de Juan Manuel de Rosas, y fue el primero en disponer, en 1953, actos oficiales en conmemoración del combate de Vuelta de Obligado y en decretar feriado por fecha patria el 20 de Noviembre. Todo lo cual no le impedía comprender y valorar en toda su enorme dimensión, también la de Sarmiento, acerca del cual escribió: "Sarmiento -cuya acción se desarrolló en una época convulsionada, llena de pasiones violentas, donde precisamente el eje era él mismo- fue el más terrible, el más violento, el más terco y el más apasionado de los políticos de su tiempo. Pero también fue el más grande cerebro." (sic)
Fue Aloé quien mejor entendió el concepto y la mirada que respecto de la construcción, la narración y la divulgación del pasado de los argentinos tenía Perón, y por ende, el peronismo en tanto movimiento: sumar, siempre sumar; no contribuir jamás a perpetuar las divisiones y los odios pretéritos, y sobre todo; no propugnar la imposición de un relato histórico único erigido en "oficial", de manera de servirse de la historia para beneficiarse política y electoralmente en el presente. Porque en el panteón nacional hay cabida para todos los héroes de la argentinidad, TODOS.
Muy probablemente, los bisabuelos del pequeño guarango subnormal que por estos días portaba ese cartel denigrando a Kicillof, hayan formado parte de la intelligentzia estúpida, estulta y colonizada culturalmente, que irresponsablemente denostaba a Aloé en aquellos tiempos del primer peronismo. Eso casi seguro. Tan seguro como que sus abuelos hayan sido fervorosos partidarios de la fusiladora, y que el padre que en mala hora lo engendró y la madre que en peor hora todavía lo parió, tengan el cociente intelectual equivalente al de una ameba.
Persistir en el odio y en el desencuentro es la peor de las "escuelas".

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 21 de abril de 2021

BONAVENA-KARADAGIÁN, LA PELEA QUE NO FUE

 























Escribe: Juan Carlos Serqueiros 

... Trato de hacer todo lo que siento. Por eso grabé un disco, no tengo nada de voz, pero me gusta cantar. Por eso voy a correr el Gran Premio si se hace: porque hago lo que siento. (Oscar Natalio “Ringo” Bonavena)

Me pasé 249 días mirando los 15 agujeros del techo de mi celda. (Martín Karadagián)

A Martín Karadagián (n. Buenos Aires, 30.04.1922) y Oscar Natalio Bonavena (n. Buenos Aires, 25.09.1942) los vinculaba, desde los 60, una relación de amistad: ambos eran hinchas de Huracán, iban al mismo balneario de Olivos: El Ancla, y compartían, además; la pasión por un auto en especial: el Torino. Incluso, Martín —que era muy buen cocinero— preparaba ricos platos para doña Dominga, la mamá de Ringo, y supo ser asiduo concurrente a las famosas ravioladas de ésta los domingos en su casa de Parque de los Patricios.
Ambos de humilde origen social, tipos de barrio, nacidos en San Telmo el uno (Martín) y en Boedo el otro (Ringo), se habían hecho a sí mismos a fuerza de inteligencia, audacia, astucia, yeca, manejo consumado del histrionismo y sobre todo; a partir de la innata capacidad que poseían y que parecía inagotable a la hora de revelarse como verdaderos maestros del show business.






Pero el año 1970 no había sido precisamente favorable para ninguno de los dos.
Ringo había perdido frente a Muhammad Ali aquella legendaria, mítica, pelea en el Madison Square Garden de Nueva York, lid en la cual pese a los prodigios de guapeza que hizo y al coraje que evidenció; no pudo lograr una victoria que mucho anhelaba y por la que tanto había hecho.



Y Martín, por su parte, se había comido una larga reja: el 30 de noviembre de 1970 lo habían metido preso en la seccional primera de Olivos a raíz de una denuncia y posterior juicio que por amenazas, lesiones y extorsión, entabló en su contra un tal León Platis, a quien el Titán le había comprado un edificio en construcción de 14 pisos, con la intención de fundar un hogar de ancianos en homenaje a su madre. Finalmente, tras una apelación, fue condenado a dos años de prisión en suspenso, y liberado el 5 de agosto de 1971, tras 249 días de detención. Como consecuencia de todo aquello, ninguno de los canales de televisión quería saber nada con incluir en su programación a Titanes en el ring.


Así estaban las cosas, cuando en octubre de 1971, Karadagián volvió a encontrarse con su amigo Bonavena (quien acababa de derrotar en el Luna Park, el 2 de ese mes, al norteamericano Alvin Blue Lewis por descalificación de éste en el séptimo round) en la boite (del francés boîte: cajita) Afrika, un boliche bailable que ambos frecuentaban y que estaba situado a la entrada del hotel Alvear.


El Gran Martín quiso convencer a Ringo de realizar, en el Luna Park, una pelea entre ambos, pues estimaba que aparte del beneficio económico que iba a redituarles; el suceso sería tal, que todos los canales televisivos se disputarían cuál de ellos iba a quedarse con la emisión de Titanes en el ring. Y Ringo, a su vez, le propuso al Titán formar un binomio para participar, a fines de ese año, en el Turismo Carretera, en la Vuelta de la Montaña, corriendo con un Torino preparado por Oreste Berta.
Finalmente, la cosa quedó reducida a una charla entre amigos, porque ni corrieron la Vuelta de la Montaña (que ganó Luis Rubén Di Palma pilotando, precisamente, un Torino) ni se realizó la pelea.
De todos modos, Titanes en el ring volvió a la televisión y fue un éxito mayúsculo.



No obstante, cada tanto aquel showman sin dudas genial que fue Karadagián, salía a reflotar la cuestión en entrevistas periodísticas y reiteraba su “desafío”. Por su parte, Bonavena, de buen grado y de onda, también se prendía en las ocurrencias y chicanas de su amigo: en el verano de 1972, en Mar del Plata, se hizo fotografiar pisando unos muñecos inflables que representaban al Titán y a La Momia, manifestando que así los iba “a tumbar y a pisar a los dos juntos en el ring del Luna” (ver la imagen que oficia de portada de este artículo).
Y ya en 1973, todavía Martín, en el programa televisivo El pueblo quiere saber, que conducían Pinky y Raúl Urtizberea, “retaba” a pelear a Ringo, lo llamaba “Natalia o Natalio, no sé”, y aseguraba que éste le “tenía miedo” y se le “escapaba por la escalerita de Afrika”.


Vaya mi recuerdo emocionado para esos dos ídolos populares de cuyas ocurrencias y destrezas supe disfrutar en mi niñez y mi adolescencia.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Archivo DiFilm. Martín Karadagián desafía a Cassius Clay, 1970. https://www.youtube.com/watch?v=q0e4j2LaRPI.
Revista Primera Plana, Año VII, edición n° 310, 03.12.1968.
Revista Extra, Año 4, edición n° 38, setiembre de 1968.
Rival, Juan Claudio. ¿Mereció una celda? La vida de Karadagian, Editorial Revancha, Buenos Aires, 1971.
Roncoli, Daniel. El Gran Martín. Vida y obra de Karadagian y sus titanes. Editorial Planeta, Buenos Aires, 2012.
Stadium Luna Park Centro Documentación Histórico. Sección 40 - Luna Park Temporada 1971.
YouTube. El pueblo quiere saber (programa de T.V. conducido por Pinky y Raúl Urtizberea, 1973), https://www.youtube.com/watch?v=lGL9-XRf9yk

viernes, 16 de abril de 2021

LA GUERRA CIVIL DE 1880




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Cuál será el desenlace de este drama? Creo firmemente que la guerra. ¡Caiga la responsabilidad y la condenación de la historia sobre quienes la tengan! (Julio A. Roca en carta del 28 de abril de 1880 a Dardo Rocha)


La sucesión presidencial de 1880 estuvo signada por una de las tantas guerras civiles en las que nos hemos trabado los argentinos en nuestra corta historia de dos siglos. El domingo 11 de abril, en las elecciones primarias presidenciales, había triunfado en todas las provincias, excepto Buenos Aires y Corrientes, la candidatura del general Julio A. Roca con 155 electores, por sobre la del doctor Carlos Tejedor -a la sazón, gobernador de Buenos Aires- con 71. 
Pero ocurrió que Buenos Aires y Corrientes, aliadas política, militar y económicamente, no reconocieron el veredicto de los comicios y se alzaron en armas contra el gobierno nacional.


Entonces, el presidente Nicolás Avellaneda, ante el hecho de haberse producido, el 1 de junio, el casus belli que marcó el inicio de la lucha interna (durante un desembarco de armas importadas por el gobierno de Buenos Aires, las tropas provinciales se enfrentaron con las nacionales que buscaban impedirlo), a instancias de su ministro de Guerra, Carlos Pellegrini; ordenó concentrar las tropas nacionales en la Chacarita de los Colegiales (hoy barrio de Chacarita), excepto las de Entre Ríos, que debían acantonarse en el límite de esta provincia con la de Corrientes, con miras a combatir a las fuerzas de esta última. 


Paralelamente, dispuso también el traslado de la sede del poder ejecutivo (en la práctica, sólo el gabinete de ministros menos el de Guerra, porque él despachaba y pernoctaba en la Chacarita junto a Pellegrini; y su vicepresidente, Mariano Acosta -identificado con los rebeldes- eligió quedarse en Buenos Aires) al pueblo de Belgrano (por entonces cabecera del partido del mismo nombre, y hoy barrio porteño), a ese efecto declarado capital provisoria de la Nación (en un decreto cojitranco de legitimidad, dicho sea de paso; por más que no estuvieran las cosas en junio de 1880 como para ser excesivamente puntilloso en la observancia de las prescripciones constitucionales). 
Asimismo, se fueron a Belgrano los senadores y diputados de la Nación (sólo parte de estos últimos; porque el resto prefirió quedarse en Buenos Aires, suscitándose así la coexistencia de dos cámaras “funcionando” a la vez, lo que ocasionó no pocas dificultades y conflictos). También quedó en Buenos Aires la Corte Suprema, con el cometido público de procurar el avenimiento y la paz (y el más o menos secreto de pescar en río revuelto, convirtiendo en candidato de transacción a alguno de sus miembros, como por ejemplo, Gorostiaga).
Tejedor, por su parte, movilizó las milicias de Buenos Aires, y ante lo que reputó como “ausencia de las autoridades nacionales”, ocupó la Casa Rosada, el Correo y la Aduana para “custodiarlos”, según declaró, “olvidando” que la “ausencia” del gobierno nacional la había forzado él mismo con su rebelión, lo cual lo colocaba como gobernador en una posición tanto o más dudosa en cuanto a la legalidad de las vías procedimentales que adoptaba, que la del presidente de la República.
Avellaneda y Tejedor, principistas y hombres de leyes el uno y el otro, se afanaban buscando vericuetos  y resquicios por los cuales introducir a como diese lugar, aún con fórceps y aventando escrúpulos de conciencias remordidas al saberse ambos flojitos de papeles, algún recurso abogadil de consumado avechucho que les permitiese sortear los frenos de la constitución; pero disimulando la violación de hecho que de ella hacían. Tarea, por cierto, más ímproba todavía que los trabajos de Hércules.
En aprontes y partidas estaban, sin atacarse abiertamente uno y otro bando, hasta que el 13 de junio los colegios electorales reunidos en todas y cada una de las capitales de las catorce provincias, proclamaron para presidente y vice la fórmula Julio A. Roca-Francisco Madero. 
Los electores de Buenos Aires (que habían votado por Carlos Tejedor-Saturnino Laspiur), ni bien cerrado el acto, se dirigieron a la casa del primero a reiterarle verbalmente la adhesión que habían evidenciado al elegirlo unánimemente; y éste, que era el arquetipo del centralismo a ultranza y que con el mismo tacto de un elefante en un bazar ya había ofendido antes al gobierno nacional llamándolo “huésped de Buenos Aires”; les agradeció con frases de soberbia inaudita, del más crudo localismo y del más expresivo e insultante de los desprecios hacia el interior del país: “La provincia más poderosa me ha acordado sus votos por vuestro órgano. Otros podrán abrumarnos por el número; yo no cambio sus votos por los míos”.
Tales palabras eran de hecho un escupitajo al rostro del gobierno nacional y una clarinada de guerra a la que Avellaneda, inteligentemente, respondió cuatro días más tarde con un ardid de leguleyo: como constitucionalmente no podía intervenir la provincia de Buenos Aires al impedírselo la circunstancia que apunté antes de no tener quorum suficiente en la cámara de diputados para hacerla votar (a la intervención, quiero decir) por el Congreso; apeló a designar al coronel José María Bustillo “comisionado nacional encargado de la administración de la campaña de la provincia de Buenos Aires”, es decir, a todos los efectos, un interventor; pero con otro título.
Era la guerra abierta, que comenzó ese mismo día 17, con un choque en el paraje de Olivera, cerca de Luján, prosiguió con las acciones de Barracas al Sud -actual Avellaneda- por el control del puente Pueyrredón -llamado de Barracas en los partes- (20 de junio), y culminó con combates prácticamente simultáneos en todo el frente: Puente Alsina, los Corrales, la Convalecencia -la actual plaza España, en Barracas- y mercado Constitución -la actual plaza Constitución, en el barrio del mismo nombre- (21 de junio), tras lo cual se convino una tregua hasta el 24, iniciándose el 25 las tratativas de paz entre los contendientes: Bartolomé Mitre, que el 22 había sido designado por Tejedor jefe de la Defensa, por Buenos Aires; y el presidente Avellaneda (a través de sus ministros, por entender que pactar el primer magistrado de la República con un jefe rebelde, implicaba mengua del decoro de su investidura) por la Nación, negociaciones esas que desembocaron en la renuncia de Tejedor el día 30; la asunción como gobernador del vice, José María Moreno (sobrino del secretario de la Junta de Mayo y amigo íntimo de Avellaneda); el desarme del ejército provincial y el acatamiento de la provincia a las autoridades de la Nación. Todo eso significaba, pues, la victoria de ésta y la capitulación (la generosidad de Avellaneda lo movió a no llamarla como lo que en realidad era: una rendición) de Buenos Aires.


No es exacto lo que sostiene José María Rosa -y otros historiadores (la mayoría) también- en lo referente a que la suerte de las armas haya quedado indecisa y no hubiera un triunfador claro en aquel conflicto, porque más allá de los rimbombantes partes de los jefes militares de las fuerzas porteñas que abundaban en menciones exaltando el arrojo y el valor de las tropas provinciales (que en efecto, los habían manifestado con creces); lo real y concreto era que Buenos Aires quedó sitiada por el ejército nacional (en el cual, dicho sea de paso, los prodigios de heroísmo no habían sido menores que los evidenciados en las filas de su oponente). Asimismo, estimo como aventuradas y aún temerarias las inferencias de Rosa en el sentido de que Buenos Aires tenía superioridad militar y podía ganar la guerra de proponérselo, que Roca no se atrevería a hacer una "confederación de trece ranchos como Urquiza en 1853 ante la imposibilidad de entrar en Buenos Aires" y que Tejedor y Mitre habían capitulado porque no les gustaba “esa guerra de rifleros y gauchos contra tropas de línea” y temieron que “la milicia armada, una vez victoriosa, escapase a su control”. Creo posible que ese extraordinario historiador y gran maestro que fue don Pepe Rosa, se haya dejado llevar en esta cuestión por un excesivo localismo porteño y por la simpatía que como historiador popular debe de haberle despertado la adhesión indudablemente masiva que había tenido la rebelión en Buenos Aires, porque lo cierto es que la superioridad militar que le adjudica a ésta; en realidad no era tal: si excelentes y valerosos coroneles tenía Buenos Aires; no los tenía en menor grado la Nación (Levalle, Racedo, Bosch, Olascoaga y Campos, por ejemplo y entre otros muchos), que además; hasta se había dado el lujo de poner a un civil (Pellegrini) en el ministerio del ramo, e inclusive, de que el mejor -y por lejos- de los generales que tenía (Roca), no interviniese en la guerra. Y si bien es cierto que en el ejército provincial había muchos gauchos; no lo es menos que el nacional estaba asimismo integrado en buena proporción no sólo por gauchos (“mis chinos” como los llamaba el Zorro), sino también -como por otra parte, lo reconoce (quizá inadvertidamente) el propio Rosa- por “indios prisioneros de la conquista del desierto” (sic). Y si en efecto, como consigna Rosa, estaba claro que la escuadra de la nación no era precisamente un ejemplo de eficacia y que “todos se burlaban de sus artilleros que le erraban a una ciudad” (sic), no puede dejar de reconocerse que la nación podía usarla, si no para bombardear Buenos Aires; sí para bloquear el puerto y terminar rindiendo a la ciudad por la quiebra del comercio, la escasez, la miseria y hasta el hambre; pues cercada por agua y por tierra ¿cómo iban a entrar la carne y demás alimentos, y las mercancías de consumo familiar? Y no hay que olvidar que el matadero del Sud estaba ocupado por el ejército nacional a partir de la batalla de los Corrales, con lo cual ¿cómo iban a faenarse las reses? Resulta más que ilustrativa la caricatura de La Cotorra en su edición del 6 de junio, en la cual se representa a Roca y Tejedor trabados en duelo criollo, mientras Hermes, el dios del comercio en la mitología griega (el Mercurio de los romanos), les implora por la paz:


En cuanto a lo de que Roca no iba a resignarse a tolerar una eventual secesión de Buenos Aires y gobernar sobre los “trece ranchos”, es cierto; pero también lo es que las cosas habían cambiado no poco en el país con respecto a la etapa del caudillismo. No podía considerarse “bárbaros” a los militares y políticos de las provincias, quienes se habían formado en los claustros de los colegios de Monserrat y Concepción del Uruguay y en las universidades de Córdoba y de la propia Buenos Aires, cuando no en el exterior, ni tampoco a los militares y políticos porteños que estaban de parte de la nación; por más que Tejedor vociferara en sus discursos o publicara en los diarios encendidas frases llamando a la civilización de Buenos Aires a resistir la barbarie provinciana, con las que demagógicamente halagaba a las masas populares porteñas para exacerbar su localismo. 
A menos que en serio se creyese que Avellaneda, Roca, Pellegrini, Viso, Juárez Celman, Pacheco, Romero, Iriondo, Plaza, Levalle, Donovan, Racedo, Bosch (quien, por ejemplo, logró disolver la legislatura de Buenos Aires sin disparar un solo tiro ni derramar una gota de sangre), etc., fuesen “bárbaros”, lo cual era un completo delirio, como bien lo sabían en sus fueros íntimos aún los más exaltados centralistas. 
Por otra parte, Roca debió pagar un precio altísimo para recibirse de la presidencia de la República en Buenos Aires: acceder a que Avellaneda ejecutase su propósito de erigirla en capital federal, resignando él su idea de establecerla en Rosario.
No, Tejedor y Mitre eran oligarcas, cierto, qué duda cabe; pero no se rindió (y luego renunció a su cargo) el primero, ni “entregó a los suyos” el segundo porque “no les gustaba” esa guerra con masiva adhesión popular y tufillo plebeyo como entiende Rosa; sino que todo el drama se originó en que ese verdadero “Catón infecundo, majestuoso, pobre de inteligencia, espíritu mediocre, fatuo y orgulloso” (como certeramente lo había apodado y definido Roca) que era Tejedor, en su infinita soberbia había calibrado mal a Avellaneda. 
Como todo aquel que clasifica a las personas guiándose por las exterioridades, creyó que la exigua talla y el físico enfermizo y esmirriado (Tejedor era alto, y pagado de sí mismo, y tendía siempre a despreciar a los petisos y a tenerlos en menos, por eso no pudo resistirse a mencionar a Roca como “chico de estatura pero gigante en ambición”, como si en política la ambición fuera un pecado inconfesable y como si no la tuviera él mismo; además de no saberla servir, encima) de Avellaneda, sumados a su espíritu inclinado al diálogo y a la moderación y la repulsión hacia la violencia que lo caracterizaban, implicaran necesariamente debilidad de carácter; entonces supuso que bastaba con una demostración del poderío de Buenos Aires para doblegarlo y aún quebrar la escasa voluntad que erróneamente le atribuía. Y se equivocó de medio a medio: aún en sus vacilaciones y dispuesto siempre a renunciar; Avellaneda le demostró que se puede tener firmeza de convicciones sin caer en la prepotencia, que la generosidad no significa debilidad y que siempre la inteligencia termina por primar frente a la fuerza. En cuanto a Mitre, algo más astuto que el bruto y fanfarrón Tejedor; entendió que 1880 no era 1852 y que no era el caso de provocar otra secesión de Buenos Aires, la cual sería resistida aún por los más crudos de entre los porteñistas. 
Por eso, el siempre irreverente periódico dominical El Mosquito publicaba, el 4 de julio, una caricatura muy sagaz y expresiva, en la cual aparece, entre Mitre y Moreno, Tejedor de rodillas frente a Avellaneda, con este epígrafe por demás elocuente: “Una lección dura: El Dr. Tejedor ha querido evitar que haya más derrame de sangre argentina. Ha llegado para Dr. Nicolás el momento de probar que si es pequeño de estatura puede ser grande de patriotismo dejando de lado rencores y venganzas”:


El 20 de setiembre el Congreso sancionó la ley que declaraba capital federal a Buenos Aires, y el 9 de octubre aprobó el resultado emergente de la reunión de los colegios electorales que habían consagrado a Roca presidente de la República. Consecuentemente, tres días más tarde, el Zorro asumía, en Buenos Aires, la primera magistratura de la Nación.
La guerra civil desatada por el empecinamiento, la soberbia y la imbecilidad de Tejedor, costó la movilización de 90.000 hombres entre ambos ejércitos, un número de muertos que nunca pudo establecerse con exactitud, pero que con certeza superó los 3.000, y 110 millones de pesos gastados sólo por Buenos Aires (y que por supuesto, pasaron a engrosar la deuda nacional). Ah, y ya nunca sería Rosario capital de la República.
En 1994, ciento catorce años después de todo aquello, a instancias de un patéticamente ridículo y mamarrachesco politicastro con veleidades de tiranuelo, ignorante, venal y corrupto -encima, del interior del país (Anillaco, La Rioja), como para aumentar la vergüenza por la iniquidad-, se agravaba aquel tremendo error de 1880, declarándose a Buenos Aires “ciudad autónoma” y convirtiéndose al país de macrocefálico en bimacrocefálico.
Un período de nada menos que siete décadas, desde 1810 hasta 1880, nos insumió a los argentinos poder al fin arribar a la creación de un Estado nacional normado por una constitución, simbolizado en una bandera y una canción patria, regido por un gobierno central que detenta el monopolio de la fuerza y ejerce su poder sobre todo el territorio de un país cuya soberanía esté formalmente aceptada por los demás estados del mundo.
Y a ciento cuarenta y un años de aquello, aún continuamos empeñados en el difícil y a menudo doloroso proceso de consolidación de una nacionalidad identificada por una cultura propia y distintiva, en la pertenencia a la cual se reconozcan todos los habitantes de un país, país este cuya soberanía sea no ya sólo formalmente aceptada; sino también real y efectivamente respetada por los demás pueblos de la tierra.
¿Lograremos los argentinos llegar a ese estadio? No desmayemos en el esfuerzo, porque después de todo, como escribió aquel poeta argentino que nunca obtuvo el Nobel: “Siempre el coraje es mejor, / la esperanza nunca es vana”.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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Diario La Nación, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Prensa, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
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Semanario El Mosquito, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.
Semanario La Cotorra, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.