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jueves, 24 de abril de 2025

MARGO


















































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El impresionismo invadió todas las formas de expresión, no hay motivo para que la letra del tango sea una excepción. (Homero Expósito)

Homero Mimo Expósito (1918-1987) no es meramente un autor que alcanzó la excelencia en el empleo de la metáfora, ni un punto muy alto —uno más entre otros similares o iguales, quiero decir— a la hora de evidenciar el poder de síntesis que se tenga. No, es mucho más que eso; es lisa y llanamente la sublimación de la metáfora, es LA metáfora (a modo de ejemplo: Trenzas de color de mate amargo, escribe en “Trenzas” como genial sinestesia). Expósito es, entre nosotros los argentinos, la canonización misma de la poética inscripta en el impresionismo.
Y es también el súmmum en cuanto a capacidad de concentrar algo enunciado previamente, ya sea en un texto universalmente celebérrimo [Y yo pienso en la hormiga y la cigarra: / —meta guitarra / que yo laburo— (“Polos”), en alusión a la fábula atribuida a Esopo y recreada por La Fontaine y Samaniego], o instalado definitivamente en el imaginario colectivo [Como un desnudo de vidriera (“Afiches”), alegórico de lo promiscuo]; acertando a acotarlo a la brevedad de unos pocos vocablos que reunidos, condensen, por ejemplo, la representación fidedigna de un alma devastada por la pérdida o ausencia de la persona amada o por el hartazgo de vivir [Por eso grito mi dolor desesperado / como hincado en las ternuras del pasado (“Óyeme”); Ventanal, y esta pena que envenena, / ya cansado de vivir y de esperar (“Sexto piso”) y Se me gastaron las sonrisas de luchar (“Afiches”)], o la traducción en palabras de la pintura de un paisaje [Un arrabal con casas / que reflejan su dolor de lata (“Farol”)].
Su poesía es intrínsecamente elegíaca en tanto verso libre (es decir, no sujeto a ninguna métrica determinada) que aborda temáticas decididamente tristes y de relato invariablemente pesaroso. Expósito fue tan pero tan grandioso, que los argentinos hubimos de esperar cuatro décadas para que ¡al fin! apareciera en nuestro universo cultural un poeta que pueda equipararlo, o al menos; asemejársele: Carlos Indio Solari.
Dicho sea de paso, hay, entrambos artistas, coincidencias notables, como por ejemplo, en la búsqueda obsesiva de la perfección en sus obras, en una ubicación política de izquierda —a la americana en el caso del Indio, más a la europea en el del Mimo— pero apartidista, y en una misma postura asumida frente a la bohemia. Mire si no:

Nunca milité en ningún partido, pero me considero un auténtico liberal, y por consiguiente tachado, muchas veces, como zurdo. (Expósito)

Mi guía fueron los escritores de la izquierda americana, quienes me acercaron a otros autores… Yo tengo un estilo, pero no es neutral, es de izquierda. Independientemente de que coincida o no en su articulado con la manera de ver la izquierda de los demás, pero el estilo nunca es neutral. (Solari)

Me acostaba diariamente a las 9, 10 de la mañana. Allí andaba yo con el "Indio" Galván, Francini, Stamponi, Contursi... Parábamos en El Ciervo, de Callao y Corrientes, en el bar Suárez, en el Tropezón… La bohemia murió en la década del 50 y debe haber ocurrido en todo el mundo, nunca más la vi. Ni acá ni en los países de Europa que visité. Éramos un enjambre de vagos que nos encontrábamos a las cuatro de la mañana. El tiempo entonces corría muy lento. La nuestra era una ciudad poblada día y noche, de horario eterno. Para mí, la bohemia hoy empieza muy temprano, a las 4 de la mañana cuando me levanto, me siento al piano y toco lo que estaba soñando. (Expósito)

Abandoné la bohemia cuando me dejó de gustar. Había empezado todo un chusmerío que ya no era la bohemia que yo reconocía, donde cantábamos embriagados todos juntos… Me empezó a joder que después de una noche de caravana iba a estar un día tumbado al pedo… Me levanto muy temprano, a las cinco de la mañana, leo alguna cosita que ha quedado por ahí dando vueltas… puedo pintar, grabar, escribir, hacer música, tengo la suerte de poder hacer lo que quiero en cada momento. (Solari)

Perdón por la digresión, mejor retorno al objeto principal de este opúsculo:

MARGO
(Homero Expósito, 1945)

Margo ha vuelto a la ciudad
con el tango más amargo,
su cansancio fue tan largo
que el cansancio pudo más.
Varias noches el ayer
se hizo grillo hasta la aurora,
pero nunca como ahora
tanto y tanto hasta volver.
¿Qué pretende? ¿A dónde va
con el tango más amargo?
¡Si ha llorado tanto Margo
que dan ganas de llorar!

Ayer pensó que hoy... y hoy no es posible...
La vida puede más que la esperanza...
París
era oscura y cantaba su tango feliz,
sin saber, pobrecita
que el viejo París
se alimenta con el breve
fin brutal de la magnolia
entre la nieve...
Después
otra vez Buenos Aires
y Margo otra vez
sin canción y sin fe...

Hoy me hablaron de rodar
y yo dije a las alturas:
Margo siempre fue más pura
que la luna sobre el mar.
Ella tuvo que llorar
sin un llanto lo que llora,
pero nunca como ahora
sin un llanto hasta sangrar.
Los amigos que no están
son el son del tango amargo...
¡Si ha llorado tanto Margo
que dan ganas de llorar!

Nadie pintó tan magistralmente como lo hace Expósito en esta su monumental “Margo”, la desilusión y la desesperanza que sobrevienen a la afanosa, desesperada y finalmente infructuosa, búsqueda del amor soñado e idealizado; y al desarraigo en que se incurrió al encarar la aventura (desventura) de dirigirse a tierras extrañas en pos de él. Y máxime, si quien sufre por ello es mujer (Y a más, mujer…, nos dice Luis Landriscina en su sentido poema “Maestra de campo”), y Mañana partirá mi tren / a la estación del olvido. / Un largo trajinar / por vías de dolor, / ansiando mi pronto arribo, nos sacude Andrés Clifford en su bellísimamente triste balada rock “Estación del olvido”).
En 1943, esto es, dos años antes de concebir “Margo”, Expósito ya había encarado el tema en otra sublime viñeta: “Percal”, narrando poéticamente el periplo de aquella piba quinceañera: la de tenías quince abriles / anhelos de sufrir y amar, / de ir al centro, triunfar / y olvidar el percal, que en procura de conquistar el centro, pira de su casa y de su barrio para después, ya perdida la juventud; terminar llorando porque el único anhelo que se le ha cumplido es el de sufrir. Todo lo cual se agrava al verter sobre la herida un chorro de vinagre en forma de brutal certeza: la de saber que al final / no olvidaste el percal. Pero desde luego, eso en modo alguno implica que “Margo” sea una especie de remake ni de segunda parte de “Percal”.
La cosa no arranca por el principio, sino por el final. Desde el vamos, el autor nos pone frente al aquí y ahora de Margo, para recién después, en las estrofas siguientes, pasar a contarnos sus cuitas.
Margo es en sí misma una apuesta al amor, ese que no pudo encontrar en el país; por ello decide emigrar para buscarlo en tierras lejanas: una cantante de tango recién retornada desde París a la ciudad (Buenos Aires). Vuelve decepcionada, angustiada, agobiada, frustrada, hastiada y desesperanzada. Y en la agonía de esperar por el amor, su canción se ha tornado acerba, más agria que antes, cuando se marchó (“Margo ha vuelto a la ciudad / con el tango más amargo, / su cansancio fue tan largo / que el cansancio pudo más”).
Y trascartón, Mimo nos obsequia con una metáfora exquisita. Muchas veces Margo fue presa del insomnio que la tuvo hasta el alba sin poder conciliar el sueño, pero no a causa de un sonido como por ejemplo, el estridular de un grillo; sino por la nostalgia y el desasosiego que la acuciaban en su extrañamiento (“Varias noches el ayer / se hizo grillo hasta la aurora, / pero nunca como ahora / tanto y tanto hasta volver”).
Y a continuación, el yo poético narrador, se pregunta: ¿Qué pretende? ¿A dónde va / con el tango más amargo?, para enseguida concluir: ¡Si ha llorado tanto Margo / que dan ganas de llorar! Interrogantes sin respuesta posible y que además, en realidad no están puestos para exigirla; sino que son simplemente el pie para exteriorizar el sentimiento compasivo enunciado inmediatamente después. Equivale a un “Adónde irá con su tango más triste que nunca la pobre Margo…”. ¿Se acuerda de esa verdadera joya que es “Domingo de agua”, de Osiris Rodríguez Castillos, en que se menciona a un peón de campo que en un domingo lluvioso no tiene novia que visitar ni —aunque la tuviera— tampoco caballo en el que ir a verla?: “Total… si vaya a’nde vaya / el triste nunca halla paz… / Conque más vale que llueva / me gusta oír garugar”? Bueno, es eso mismo.
Seguidamente, Expósito deja una sentencia que parece provenir de la expertise, y trae para Margo una suerte de obligada resignación, un cuasi fatalismo al estilo del popular “qué le vas a hacer… es así”: (“Ayer pensó que hoy… / y hoy no es posible… / la vida puede más que la esperanza…”). Es tal cual, la esperanza no sirve para nada que no sea detenernos estérilmente; lo que motoriza es el deseo. Y esa es la gran tragedia de Margo: esperar; en vez de desear.
Llegados a este punto, mi querido lector (y disculpe el atrevimiento, pero convendrá conmigo en que la circunstancia no sólo lo justifica, sino que incluso lo amerita), me animo a pedirle que preste especial atención a esto, porque lo de Mimo aquí es directamente de antología: conocedor profundo de París (tanto así, que la curtió por años: “Después me fui a París y aquello lo sentí como algo mío, al punto que ya me conocía todos los boliches”, manifestó en un reportaje), sabía perfectamente que la llamada ciudad luz no siempre es tan luminosa como generalmente se le atribuye ser (por constituir, en aquellas épocas, el faro cultural de occidente), y que mirada en detalle; también puede advertirse lo tenebroso de sus sombras (la visión romanticona sobre la tan mentada bohemia parisina es sesgada y el relato que pinta ya edulcorada y despojada de miserias, la relación entre artista y vida bohemia, es puro mito). Asimismo, había visto (y admirado, claro) la magnificencia de sus magnolios en floración. Y hombre de vasta erudición al fin, sabía que la flor del magnolio no tiene pétalos protegidos por sépalos como sí los tienen otras flores; la magnolia está conformada por indefensos tépalos que al menor roce o contacto, ennegrecen, ajándose su belleza y muriendo. En fin… digamos que París, minga de ciudad luz, puede ser oscura y amenazar con devorarse a la pobre y vulnerable Margo tal como la nevada a una magnolia (“París / era oscura y cantaba su tango feliz, / sin saber, pobrecita / que el viejo París / se alimenta con el breve / fin brutal de la magnolia / entre la nieve...”).
Así las cosas, arrasada por una pena existencial, Margo resuelve abandonar París y volver a Buenos Aires (“Después / otra vez Buenos Aires”). Esta Margo del regreso, tan distinta de aquella otra que recientemente llegada a París cantaba su tango feliz, sólo puede interpretar ahora tangos con letras hondamente tristes (después de todo, mi querido amigo, no debemos perder de vista que el tango no suele ser precisamente para la celebración jubilosa, sino para llorar lo perdido); por eso Margo está sin canción. Y descreída ya del amor al que había apostado todo lo mejor de sí, se ha convertido, en su honda decepción, en una Margo “sin fe” (“sin canción y sin fe…”).
Alguien —probablemente un metiche santurrón de esos que la van de moralistas y pontifican sobre la vida de los demás— arriesga un comentario… desafortunado y estúpido, digamos, atribuyendo el penar de Margo a la circunstancia de haber ella “rodado” (“Hoy me hablaron de rodar”). Cuántas veces habremos escuchado tangos en cuyas letras se menciona eso de rodar ¿no? Pero nadie conoce tanto a Margo como quien la creó; por eso el hablante lírico de la poesía le zampa al chismoso que emitió ese juicio a la ligera —y de paso, como alter ego de Expósito, también a cualquier otro… poco avisado, que malinterprete su poética coincidiendo con el pavote— su respuesta: “Y yo dije a las alturas: / Margo siempre fue más pura / que la luna sobre el mar”. Y seguidamente describe el horror del atroz sufrimiento por el que ella atraviesa y que soporta estoicamente sin que pueda tan siquiera dejarlo fluir en lágrimas (“Ella tuvo que llorar / sin un llanto lo que llora, / pero nunca como ahora / sin un llanto hasta sangrar”).
Y un cierre de aquellos, en el que vemos a Expósito florearse con su magistral dominio del lenguaje y con su inmensa capacidad para el manejo de los recursos de la lírica. Primero, urdiendo una metáfora que resulta estéticamente la más adecuada para pintar, poéticamente, la soledad de esa Margo del aquí y ahora, ya sin los amigos que antes, en otros tiempos, supo tener: “los amigos que no están”; y segundo, apelando a la polisemia al utilizar vocablos homógrafos, es decir, palabras que se escriben igual pero no significan lo mismo: “son el son del tango amargo...” donde emplea son, del verbo “ser”; y son como indicador de sonoridad. ¡Humille, Mimo! Dígame usted, querido lector, si no es directamente para imprimirlo, enmarcarlo y colgarlo en el living. Pero ojo al piojo: no es que Expósito esté alardeando, eh; ocurre que esos en apariencia lujos literarios, no son tal cosa sino que sencillamente entrañan la única manera de resolver perfecta y bellamente esos versos. Si en el mundo del tango Gardel es la perfección del canto y Troilo la perfección de la melodía (que lo son, sin dudas), Expósito es la perfección de la poesía.
Y para coronar esa obra maravillosa que es “Margo”, Mimo recurre a los mismos versos finales de la primera estrofa: “¡Si ha llorado tanto Margo / que dan ganas de llorar!”. Y es que esa metáfora es única e irremplazable, en tanto encierra toda la conmiseración, toda la compasión y toda la empatía.
El poema “Margo” fue musicalizado por Armando Pontier (1917 - 1983, Armando Punturero en el documento de identidad), compositor extraordinario y gran bandoneonista quien, zarateño como Expósito e integrante, junto a él; a Enrique Mario Francini y a Héctor Stamponi, de aquella runfla noctámbula, creativa e innovadora que provenía de esa ciudad y aledaños, acertó a ponerle la melodía justa a los versos de Mimo (aún cuando estos, al ser leídos, resuenan en los sentidos con musicalidad propia). Después de todo, no hay decreto alguno que nos sujete a la obligatoriedad de circunscribir nuestro goce al disfrute de la lectura de la poesía en estado puro, quiero decir, despojada de acompañamiento melódico - armónico - vocal; para privarnos así del placer de escucharla cantada, enriquecida y realzada con los elementos que le agrega la música.
Muchos cantantes han interpretado “Margo” y hay versiones de altísimo mérito y calidad superlativa, como por ejemplo y entre otras, la del Tano Alberto Marino con Aníbal Troilo y la del querido y siempre recordado Negro Rubén Juárez con Raúl Garello; pero la que más extasía mis sentidos es la de Julio Sosa con Amando Pontier, grabada en 1959. Es gloria de titanes, palabra.
Lo invito a que la escuchemos juntos, con una copa de noble y viejo tinto al alcance de la mano (y mejor todavía si es cabernet sauvignon):


Deleitémonos, pues. ¡Salud y hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-



miércoles, 26 de mayo de 2021

TRENZAS

 


Escribe: Juan Carlos Serqueiros


"Trenzas", esa maravillosa poesía del genial Homero Expósito a la que puso melodía Armando Pontier, es un tango nada sencillo de cantar, al contrario; es muy difícil. Aunque claro, difícil... si es que se quiere hacerlo no sólo correctamente, sino además; con nivel de excelencia. Digo esto porque lamentablemente, algún que otro desvergonzado caradura también se ha atrevido a "cantarlo" (es un modo de decir), como por ejemplo, el Chino Hidalgo y el Chino Laborde. Pareciera que esos dos, apodados con la nacionalidad de los hijos del celeste imperio, estuviesen resueltos a asesinar al tango. No se enojen, muchachos, va de onda y con humor; pero dejen tranquilo a ”Trenzas”, ¿sí? Que no es pa’ tuitos la bota ‘e potro.

TRENZAS
(Tango, 1944)
Música: Armando Pontier – Letra: Homero Expósito)

Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia.
Trenzas que me ataron en el yugo de tu amor,
yugo casi de blando de tu risa y de tu voz...
Fina
caridad de mi rutina,
me encontré tu corazón
en una esquina...
Trenzas de color de mate amargo
que endulzaron mi letargo gris.

¿Adónde fue tu amor de flor silvestre?
¿Adónde, adónde fue después de amarte?
Tal vez mi corazón tenía que perderte
y así mi soledad se agranda por buscarte.
¡Y estoy llorando así
cansado de llorar,
trenzado a tu vivir
con trenzas de ansiedad... sin ti!
¡Por qué tendré que amar
y al fin partir!

Pena,
vieja angustia de mi pena,
frase trunca de tu voz
que me encadena...
Pena que me llena de palabras sin rencor,
llama que te llama con la llama del amor.
Trenzas,
seda dulce de tus trenzas,
luna en sombra de tu piel
y de tu ausencia,
trenzas,
nudo atroz de cuero crudo
que me ataron a tu mudo adiós...


Sublime, directamente. No en vano dijo, acerca de Homero Expósito, el ilustre poeta del elegante verso piantao, el quemerísimo Horacio Ferrer: “Su obra poética, que causó verdadera sorpresa en el momento de su aparición, queda, por su indiscutible calidad, a la vanguardia de los clásicos del tango”.
Y es tal cual. “Trenzas” es uno de los puntos más altos de la lírica tanguera. La tríada dialéctica, esto es, tesis: encuentro con y presencia de, la mujer amada, que se da a entender como felicidad debida al acaso: (me encontré tu corazón / en una esquina); antítesis: la ausencia de ésta, derivada de su alejamiento, el cual se representa en el cuasi oxímoron mudo adiós; y síntesis: el dolor experimentado por el bien perdido, con la inevitable carga de ansiedad y llanto que eso conlleva. Conjuga elementos sensoriales, de lo visual (luna en sombra), de lo táctil (seda) y de lo gustativo (dulce). Y hace contrastar aquello de trenzas que me ataron en el yugo de tu amor, o sea, la primigenia ligazón por medio de esas trenzas que lo uncen a la mujer que las lleva; con la pena profunda y la evocación dolorosa del amor truncado, sumiéndolo en una soledad que se agranda por buscarte y que se le antoja —como literalmente lo enuncia— un nudo atroz de cuero crudo, y que al fin lo conduce a la queja-protesta ante lo que siente como una inexplicable y cruel sinrazón: ¡Por qué tendré que amar / y al fin partir!, vomitada desde los entresijos de un alma transida de frustración. Pero que al mismo tiempo, y a pesar de la angustia infinita que la embarga; es un alma que se demuestra como incapaz de evidenciar resentimiento, porque su aflicción es una pena que me llena de palabras sin rencor.


Desde lo musical y vocal, la mejor —y por lejos— de las versiones de este tango, es la del maestro Horacio Salgán con Edmundo Rivero como cantante. Un verdadero obsequio para los oídos.


Pero hay un… problemita, digamos. Resulta que el Ofe Rivero tenía la costumbre de alterar las letras de los tangos que interpretaba en su muy extenso repertorio. Tanto así, que en su osadía, hasta llegó a hacerlo con ese sublime himno suburbano que es "Sur", de Homero Manzi (otro hincha de Huracán, y van...): en lugar de tu nombre florando en el adiós; cantó "tu nombre 'flotando' en el adiós", y en vez de y mi amor y tu ventana; "y mi amor 'en' tu ventana". ¡Sacrilegio!
Dicen los que saben (o presumen de saber), que cuando lo empezó a cantar, con la orquesta del Gordo Troilo, y éste se percató de los cambios que introducía Rivero en la letra, le dijo: "Mire, Leonel, antes de que lo grabemos, mejor va y le pregunta a Homero qué opina de esas variaciones". Rivero (siempre según los que dicen que saben) fue y le consultó a Manzi si autorizaba las modificaciones que había introducido; y aparentemente, aquel tipazo hecho todo de corazón y de bondad que fue Homero, le dio el OK.
Particularmente, me parece una atrocidad. La metáfora de Manzi tu nombre florando en el adiós (siendo —según los tiranos presuntuosos y fanfarrones nucleados en el aguantadero llamado RAE— “florar: dar flor una planta o un árbol”), ilustrando la despedida entre un joven y su novia, en la cual poéticamente, el nombre de la amada se torna flor en el adiós; es infinitamente más bella que el torpe “flotando” que le zampa Rivero. Y ni hablar de eso de “y mi amor EN tu ventana” en lugar de la exquisitez y mi amor y tu ventana que escribió Homero. Porque a ver: ¿qué carajo vendría a ser eso de amor EN la ventana de alguien? El poeta se refiere a la silueta de la novia que se deja adivinar a través de la ventana, saludándolo al llegar y aprestándose a ir a su encuentro, ¿o acaso Rivero creyó que Manzi era Romeo escalando hasta el balcón de Julieta para meterse en su alcoba y cogérsela? Por favor…
Detestable y deplorable esa manía de cambiar los versos. Máxime, si se lo hace so pretexto de que “el público no comprendía el significado; por eso alteré la letra”. Un horror… Encima, agravado con la arrogancia de pontificar, asignándole a los demás una presunta imposibilidad de entender. Ni más ni menos que endosar al otro un defecto o incapacidad propia: identificación proyectiva, que le dicen. Por otra parte, no alcanzo a discernir porqué a Rivero debería interesarle si el público entendía o no la letra de Manzi, toda vez que a éste, que era el autor, no le importaba lo más mínimo. Lo cual es lógico, porque ¿dónde se ha visto que a un poeta le preocupe si la gente comprende o no exactamente lo que él quiso expresar y si lo interpreta en el mismo sentido que él pretendió darle? Como certeramente dijo el Indio Solari: “Una buena canción (su lírica) debe parecer que no pudo ser escrita de otra manera. Debe tener poder de seducción y comportarse como un enigma del cual uno presenta, para su resolución, sólo indicios”.
En el caso de “Trenzas”, a Rivero no le fue tan bien como le había ido con el bueno de Manzi cuando se atrevió a enmendarle a éste la plana en la letra de ”Sur”. En cuanto Expósito se enteró de que el Ofe, en lugar de trenzas de color de mate amargo; cantaba “trenzas con sabor de mate amargo”, estalló: ¡¿Cómo “con sabor de mate amargo”?! ¡¿Pero qué se piensa ese hombre, que yo chupo trenzas?!
Y razón para chivarse, no le faltaba ¿no? Porque convengamos en esto: en tanto resulte afectado lo simbólico, no estamos ante una cuestión menor, sino ante algo muy grave, porque el daño infligido no se limita al afeamiento de lo estético; sino que representa una alteración sustancial de lo expresado en el verso. Rivero, o no atinó a decodificar lo hermético de la lírica de Expósito, o si lo hizo; se cagó en ello. Y así, se demostró impermeable, ya fuere a la aprehensión o a la valoración cabal, del significado de la metáfora de color de mate amargo, que es ilustrativa de lo amarronado de las trenzas de la mujer, las cuales por un efecto óptico, de pronto adquieren reflejos verdosos (y que está en correspondencia perfecta con la tonalidad mate asignada a su tez, expresada poéticamente en luna en sombra de tu piel). Al reemplazarlo por el elemento gustativo “con sabor de mate amargo”, incurrió con ello nada menos que en la irreparable destrucción de la sinestesia elaborada por Homero en su genialidad.


Como para no enojarse… Encima, siendo Expósito un poeta refinado y obsesivo con su arte hasta el extremo de revisar y corregir innumerables veces sus propios versos. El Mimo no era meramente un rimador que escribía letras para ser aplicadas a una melodía, sino un eximio creador de poemas en los cuales las frases poseen una musicalidad propia que conmueve los sentidos resonando en planos muy altos de la psiquis. Por eso, su bronca era más que legítima, claro que sí.
Cabría preguntarse por qué, siendo los dos Homeros, Manzi y Expósito, poetas enormes y trascendentales, y ambos con más yeca que Buenos Aires, más brolis que la biblioteca de Salamanca y más noche que Drácula; el primero accedió sin chistar a las modificaciones de Rivero, mientras que el segundo hizo tronar su disconformidad. Tengo para mí que ello no se debió única, solamente, a diferencias de temperamento, sino también —y fundamentalmente— a modos distintos de considerarse y de situarse a sí mismos ante la poesía. Manzi (quien en la grandeza de su dimensión fue, además de poeta; guionista, cineasta, gremialista y político) dijo en su modestia: “Preferí hacer letras para los hombres antes que ser un hombre de letras”. En tanto que Expósito (poeta, y por añadidura; filósofo, políglota, escritor, compositor y rugbier) aseveró: “Nadie puede escribir un tango si no sabe escribir un soneto”.
Pero le propongo, querido lector, que le “levantemos la sanción” a don Leonel (que por otra parte, más allá de ese pecado que cometía al alterar las letras; era un caballerazo y un tipo más bueno que el pan). Después de todo, la historia no debe juzgar, en tanto no es un tribunal de justicia póstuma. Además; el Ofe fue, sin dudas ni quizás, un cantante de esmerada formación académica, de virtuosismo superlativo y de mérito extraordinario. No por nada se lo mencionaba como “el feo que canta lindo”. Y ni le cuento si, como en este caso, canta acompañado por la maravillosa orquesta de ese gran maestro, ese excepcional músico, que fue Horacio Salgán. Lo invito, pues, a que oigamos juntos su versión de “Trenzas”.


¿Escuchó? Superior, ¿no? Espero haya disfrutado tanto como yo. ¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: Luis Cejas, “Homero Expósito”, caricatura, contemporáneo.