martes, 3 de enero de 2012

ENCUENTRO DE ARTIGAS Y PAZ, EN EL PARAGUAY



















Quiero compartir un interesante (para quienes gustamos del estudio de la historia, obvio) artículo del diario montevideano "El Nacional", del 25 de setiembre de 1884, referida al encuentro que mantuvieron los generales José Artigas (ya exiliado en el Paraguay), y José María Paz. Si prefieren leerlo en la web, aquí tienen el enlace:


Pero de todas maneras, lo transcribo completo a continuación  (la transcripción es textual, sin correcciones y tal como fue publicada en el periódico; con las reglas, usos y costumbres ortográficos y de sintaxis de la época).
Que lo disfruten.

-Juan Carlos Serqueiros-

 
   ENTREVISTA DEL GENERAL PAZ CON EL GENERAL ARTIGAS EN PARAGUAY *

Era un hermoso dia de primavera, de la sexta década del presente siglo, no podemos precisar el dia, ni el año; pero fué por aquel tiempo en que, para eterno arrepentimiento, leccion y ejemplo, encontrábanse á cada paso escombros y ruinas, en el camino de esta ciudad á la Union; y que producian un efecto penosísimo en el ánimo de los viajeros, al recordar éstos que aquellos sitios yermos y solitarios entonces, habian sido en otra época el asiento, sino de un pujante imperio, de una población laboriosa y floreciente; mientras que por aquel tiempo, sombras funerarias, de millares de victimas, parecia que giraban en torno de aquellas ruinas... En uno de los "Omnibus" que salió en aquel dia, á eso de la una ó dos de la tarde, tomó en el pasaje el que estos mal aliñados renglones escribe. A poco andar notó éste que dentro de aquel mismo carruaje, iban, entre otros pasajeros, dos personas muy distinguidas. En el momento que se preguntaba á sí mismo, ¿quién serán estos dos señores? uno de ellos, aquel que con su brazo izquierdo tocaba su brazo derecho, le dirije la palabra al otro, que le quedaba vis á vis, como obedeciendo á un deber de urbanidad, preguntándole: ¿es usted el señor don Justiniano Pérez? —Si señor— le contestó éste. —¿Y podré sabér á mi vez con quien tengo el honor de hablar? —Porque nó? Soy el general Paz. En seguida se dieron la mano.
Señor Pérez, dijo el general Paz, creo que lo más agradable que podré decir á usted, es darle noticias del General Artigas. Efectivamente, repuso el primero, tendré gran satisfaccion en oírle. Después que terminé, dijo el general Paz, los asuntos que me llevaron al Paraguay, hace poco tiempo, creí que era de mi deber no salir aquel pais, sin ir ántes á saludar y ofrecerle mis servicios al General Artigas. Tomé informes y fui en efecto á visitarlo á su residencia. Me encontré con un hombre verdaderamente anciano; pero en quien existía el mas puro y sublime amor por su patria... Sólo tenia en su compaña un negro, tambien anciano, que le acompañaba desde tiempos remotos, y que me pareció ser oriundo de este pais.
Este negro hacia las veces de mucamo, cocinero, caballerizo y asistente del General, acompañándolo cada vez que salia á paseo. A penas me habia revelado, á aquel verable anciano, cuando, entusiasmado, me acedió con preguntas. ¡Con que atención oia, media y pesaba mis palabras! Era una cosa verdaderamente edificante el ver la animacion y rejuvenecimiento que recobraban de hito en hito aquel rostro y aquellos ojos. Parecia que concentraba todas sus fuerzas vitales en el sitio de la inteligencia, para manifestarme su angustia y su profunda tristeza por el estado de guerra en que se hallaban en aquel momento sus compatriotas.
¿Será posible, me decia, que no puedan entenderse unos con otros, los Orientales? ¡Oh esto es horrendo! Me ha dicho usted, General Paz, que hay estrangeros con unos y con otros. Está bien. Pero, ¿cómo es que se entienden con éstos, y no se entiendan con los suyos propios?... Para el General Artigas este punto era una cosa inconcebible, un misterio, una aberracion. El no podia esplicarse como podían los Orientales con el ejemplo de la alianza de los Scitas con los Romanos y la de los Lascaltecas con Hernán Cortés, aliarse á estrangeros ambiciosos de su patria, y relativamente mas fuertes, para hacerse la guerra.
Esto, General Paz, me desorienta, me entristece y me acibara la vida, á punto de preferir la muerte aquí, á vivir en mi tierra. Por otra parte, yo le he prometido al General Francia, mi palabra de honor, de no salir del Paraguay. Su gobierno ha tenido conmigo todo género de atenciones y hasta la de acordarme una pension.
Felizmente hoy no la necesito porque con los productos de esta chacra, tengo lo suficiente para vivir como usted lo vé, y hasta me permiten hacer donativos á los pobres de mi vecindario.
Efectivamente, señor Perez, el General Artigas en su ostracismo, atenuaba los efectos de su nostalgia, cultivando y haciendo cultivar la tierra; e imitando en esto á Cinsinati, era llamado en su comarca, el padre de los pobres.
Por no hacer, dijo el General Paz, demasiado larga mi visita, le pedí al General Artigas me acordara otra para el dia siguiente inmediato, a lo cual accedió gustoso; agregando que saldriamos á dar una vuelta a caballo, por los contornos de su chácra.
Al siguiente dia fuí a la sita, para darle al general mi adios, quizá para siempre... Al poco rato de mi llegada a su casa, víno el negro diciéndole al General, que los caballos estaban prontos.
Muy bien contestó éste; y dirigiéndose á mí, me dijo: ¡Ea, General, emprendámos la campaña! En seguida le acompañé hasta fuera de la habitacion, dándole como era natural la derecha; lo que notado por él me dijo: no use usted ceremonia.
Estaba el general Artigas con las riendas en las manos, agarrando con estas la crin, fue el negro y le puso el estribo en el pie, dio un salto el general y quedó arriba.
Acto continuo entonando la voz la dirige a mí y me dice: Ahora si general Paz; ¡QUE VENGAN PORTUGUEZES: QUE VENGAN PORTEÑOS!!
El General Artigas notó al momento que habia alguna inconveniencia en esa última palabra, y la corrigió diciendo, no que vengan REALISTAS. En el paseo, aunque someramente, algo se habló de :política. El que habia sido el Primer Jefe de los Orientales, y protector de Entre Rios, Corrientes, Santa Fé y Córdoba habló en aquel momento, imitando con sus palabras el último canto del Cisne.
Dijo, General Paz, yo no hize otra cosa que responder con la guerra, á los manejos tenebrosos del Directorio, y á la guerra que él me hacia por considerarme enemigo del centralismo el cual sólo distaba entonces un paso del realismo. Tomando por modelo á los Estados Unidos, yo queria la autonomía de las Provincias, yo queria que fueran Estados, y no Provincias, lo cual se aviene mejor con el sistema confederado; —dándole á cada Estado, su gobierno propio, su Constitución, su bandera, y el derecho de elegir sus Representantes, sus Jueces y sus Gobernadores, entre los ciudadanos naturales de cada Estado. Esto era lo que yo había pretendido para mi Provincia, y para las que me habian proclamado su protector.
Hacerlo así, habria sido darle á cada uno lo suyo, erijiendo al mismo tiempo un monumento á la Diosa Libertad, en el corazon de todos. Pero los Pueirredones y sus acólitos, querían hacer de Buenos Aires, una nueva Roma imperial mandando sus procónsules á gobernar, las Provincias militarmente, y despojárlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado, y poniendo á precio mi cabeza.
El fusilamiento de José Miguel Carreras, y el manifiesto de sus hermanos, á los Chilenos, serán eternamente mi mejor justificativo: —Llegado que hubo el Omnibus a la Unión, el General Paz y el señor Pérez se despidieron; y el autor de esta narración, que no ha vuelto a ver, ni á uno ni á otro de estos dos señores, ha conservado en la memoria las palabras del primero, como un recuerdo imperecedero—. Para terminarla agregará —Nunca la histonia (sic) será demasiado severa, por mucho que repruebe y estigmatice las veleidades y tendencias políticas de aquel célebre Director;— al menos la historia nacional.
La Banda Oriental fue sacrificada, diezmada y desmenbrada, por la mano de un conquistador estranjero para saciar el odio de aquel Directorio contra Artigas. Mientras tanto forzoso es reconocer hoy que el General Artigas tenia razon, desde que, despues de medio siglo de guerra civil, la República Argentina ha adoptado su sistema político; sino completamente, como lo hará más tarde en su mayor parte. Artigas debe ser considerado como el Bayardo de América. Por defender el suelo donde habia nacido, él peleó contra los Ingleses, Españoles, Argentinos y contra los Portugueses, durante catorce años. Estos últimos, aprovechándose de la ocasión que le ofrecía el tener la Banda Oriental sus mejores fuerzas en el Peru, á las órdenes del General don José de San Martín; de hallarse Artigas en entredicho con el gobierno de Buenos Aires, no teniendo escuadra, ni elementos bélicos suficientes, y con solo reclutas ignorantes y pobres, sin instrucción militar ni alianza alguna, invadieron la Banda Oriental con tropas regulares sitiándola por mar y tierra, y contando además con el criminal concentimiento del Directorio de Buenos Aires... Artigas y los suyos pelearon como espantarnos (sic) contra los Portugueses, como lo declara o confiesa el mismo mariscal Saldanha. Era tal, el empuje y el valor de estos indómitos proclamadores DA LIBERDADE, dice en su memoria este mariscal, QUE CUANDO GAHAVAMOS NOS AS BATALHAS, SAIAM0S DO CAMPO, EU, E OS NOSSOS, TODOS TINGIDOS DO SANGUE E MIOLHOS D'ELLES.
Los Orientales somos hoy, la víctima espiatoria del odio entrañable y tradicional del Lusitano contra el Castellano, y del odio de los Puyrredones y sus acólitos contra Artigas. Ninguna de las Repúblicas Hispano-Sud-Americanas, limítrofes del Brasil, ha sufrido tanto las consecuencias de ese odio, como la Banda Oriental. Véase un mapa geográfico, de los terrenos al Oriente del Uruguay, y se convendrá en que la Banda Oriental tiene hoy á penas poco más de la mitad del área superficial que debería tener por derecho. Si Artigas hubiera vencido, la República Oriental del Uruguay, tendría al presente trece mil leguas cuadradas de territorio —que son las que le corresponden por el tratado preliminar de paz, celebrado entre las cortes de España y Portugal en 1777; pero vencido Artigas, los Gobiernos de Portugal primero, y los del Brasil después, han hecho de nuestra patría lo que han querido; sacando beneficio astutamente, de nuestros estravíos políticos y de nuestra des-unión.
Uvano Cloni


* Se transcribe tal como fue publicado originalmente.

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