Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de el tipito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de el tipito. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de octubre de 2025

LA LAGUNA













































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Contratado por la Compañía por el término de un año como dibujante técnico, el tipito había llegado al pueblo sobre fines del gélido julio de 1974 iniciado infaustamente con la muerte de Perón.  
En derredor de la fábrica que alzaba al cielo el falo prepotente de su chimenea, las casas: las de estilo inglés construidas en simultáneo con el complejo industrial en las últimas décadas del siglo XIX, destinadas a viviendas para el gerente, el contador, el médico, los ingenieros y técnicos (al tipito le asignaron una), y distribuidas en un espacio de quince por quince cuadras a lo sumo; las de los empleados y obreros de la poderosa Compañía. El ejido urbano se completaba con la Municipalidad, el Banco Nación, ENTel, la comisaría, el correo, el Registro Civil, el hospital, tres escuelas primarias, dos secundarias, una plaza con juegos infantiles y calesita, y una biblioteca pública; amén de las edificaciones que con el correr del tiempo se habían ido construyendo para comercios, servicios y esparcimiento, acotadas a una tienda y mercería, una pilchería, una YPF, dos bares al copeo, tres panaderías, cinco o seis almacenes, un par de carnicerías, un taller mecánico, un cine, una librería, un consultorio de medicina general, un estudio de abogado, una farmacia, una escribanía, un consultorio odontológico, una veterinaria y el único “local nocturno de diversión”: Acuario, un antro simpático y acogedor en el cual se podía beber, comerse un sánguche, escuchar música y bailar. Y ¡eso es to-to-todo, amigos! (Porky dixit).
El tipito se adaptó rápido a la apacible vida pueblerina que discurría entre el trabajo de 9 a 18 hs. y los vínculos sociales previsibles: lunes de póker nocturno con el juez de paz, el jefe de Correos, el comisario y el médico de la Compañía; y viernes culturales de asado y guitarreada en el Club Social —donde también, dicho sea de paso, almorzaba y cenaba a diario—. Habían trascurrido ya siete meses desde su llegada (aún le quedaban cinco de contrato), y corría un febrero de calor agobiante.
Cierta noche, tomando una copa de vino en Acuario, reparó en una morocha de cuerpo exuberante que bailaba sola en medio de una ronda de chicas y muchachos que festejaban su danza batiendo palmas. Al terminar la canción, ella se acercó a la barra; él se presentó y le invitó un trago. —Me gusta el vino —repuso ella, aceptando el convite. Fue así como conoció a Adela. Desde entonces, se habían encontrado casi todos los días en la casa que él habitaba. Esencialmente, ella era un fuego fatuo que se encendía per se, sin vergüenzas ni tabúes. Multiorgásmica, se entregaba sin reserva alguna, para luego pasar naturalmente de la pasión desenfrenada a la dulzura acariciante de la camaradería y la complicidad inter genera.
Ahora, después de una maratón erótica, habían dado buena cuenta de una mayonesa de ave y estaban en el dormitorio, desnudos, con el aire acondicionado a full, bebiendo torrontés helado y escuchando “Modart en la noche” en la radio Noblex 7 Mares de él. Sonaban los Pink Floyd con su palazo a la avaricia: “Money”, cuando de pronto el tipito, apoyada su cabeza en las enormes tetas de Adela, dijo: —Esta casa, para ser perfecta, necesitaría una piscina. Es una pena que no la tenga. —Podríamos ir a la laguna. Si te animás, claro; porque dicen que el que se baña allí no se va nunca del pueblo —contestó ella con cierto retintín irónico. Riendo, él se puso un short y una remera, y sacó del placar un par de toallones. —Dale. Vamos. Nos damos un chapuzón y después te dejo en tu casa. —Sí. Llevemos la botella de vino, que todavía está por la mitad. Ah, y apagá el aire acondicionado —dijo Adela mientras guardaba en su cartera el corpiño y la bombacha, se ponía el liviano vestido directamente sobre la piel y se aprontaba a salir. —No, ¿para qué? Mejor lo dejo prendido hasta que vuelva y me acueste a dormir. Total, la electricidad la garpa la Compañía, o mejor dicho; no la garpa nadie. Si hasta la usina es de ellos.
Afuera, el calor y la humedad eran insoportables. Una vez en el garaje, subieron al viejo Fiat 1100 modelo 1959 de él, y por la calle de atrás se dirigieron a la laguna. Tuvieron suerte: no había nadie. Se desnudaron y metieron en el agua. Bebieron el vino que quedaba en la botella y empezaron a acariciarse y besarse. Ella frotaba su concha velluda contra la pija ya erecta de él, que le pellizcaba suavemente los pezones endurecidos y se disponía a tomarla por detrás. —Cogeme por el orto mientras me pajeo el clítoris. Sí, así… fuerte… ¡llename el culo de leche! —pidió Adela con voz enronquecida de deseo. Cuando hubieron acabado, jugaron un rato más en el agua, luego salieron, se secaron el uno al otro, ella se embutió el vestido, él se calzó el short y subieron al coche. Llegados a su casa, ella lo besó brevemente y bajó, no sin antes decirle: —Te bañaste en la laguna; no te vas a ir nunca del pueblo.
Riendo de la ocurrencia, él enfiló el auto hacia la suya. Metió el Millecento en el garaje, se dirigió al baño, se cepilló los dientes, y bajo la ducha se lavó prolijamente la cabeza, el cuerpo y los genitales (en especial, el pene, dada la incursión anal efectuada un rato antes). Fue al dormitorio y se tendió en la cama con una placentera sensación de bienestar. De pronto, recordó las palabras de Adela y quiso descartarlas con una sonrisa burlona que permaneció en su rostro justo en el instante de entregarse al sueño.
El tipito no sabía cuán equivocado estaba.

-Juan Carlos Serqueiros-

miércoles, 18 de septiembre de 2024

SHE'S GONE
















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

—Ella se ha ido —le cuenta a Cleo. Feliz Navidad, amigo.
Se sienta en el escritorio, se envuelve el cuello en el echarpe nuevo y bebe, con la sensación deprimente de que algo le falta. (Lawrence Sanders, "Los archivos de Timothy")

—Me acuerdo, ¡claro que me acuerdo! Y además; vívidamente –espeta evocador el tipito para sí.
Corría 1976 cuando los Black Sabbath lanzaron Technical Ecstasy. Tenía por entonces 20 años y hacía algo más de dos había dejado la casa de sus viejos para irse a vivir solo, yendo a parar a una pieza mugrosa situada en una pensión de mala muerte regentada por una vieja paraguaya que, para él, era la encarnación misma de la hijaputez. Hasta allí, ya había pasado por tres trabajos, todos de mierda, retribuidos miserablemente. Y dos de ellos en pueblitos perdidos, de esos en los que toda la diversión consistía en un rato de charla en el Club Social con el farmacéutico o con el médico o con el gerente del Banco Nación —al otro personaje (el comisario), lo esquivaba cuidadosamente, porque el tipito no la iba con la yuta—. 
Ahora andaba por el cuarto laburo y la guita continuaba sin alcanzarle (ganaba un sueldito exiguo, como peón industrial en una fábrica de ladrillos cerámicos, con turnos rotativos), y para peor; se había enroscado mal con la timba, de modo que nunca le quedaba una moneda como para morfar más o menos digna y decentemente. Comía toneladas de caramelos Media Hora para engañar al estómago, llegó a pesar 90 kilos y estaba flaco como una alfajía.
Así las cosas, en la universidad (como no podía ser de otra manera), le iba como el orto: con el asunto de los turnos rotativos en el trabajo, eran más los días que faltaba que los que asistía. Y para colmo, con la mil veces funesta y terrible tiranía militar que azotaba al país, cuando él llegaba al comedor universitario a las doce y pico de la noche después de salir de clases; ya lo único que quedaba en la olla del guiso eran unos pocos fideos o granos de arroz pegados en el fondo, los que devoraba hambriento e invariablemente trasegaba con una jarra de vino tinto Toro, Talacasto o algún otro querosén por el estilo. Ciertamente, no se lo podía acusar de bon vivant.
Y para completar el cuadro de esa etapa de su vida tan exitosa en fracasos, a pesar de que siempre las minas lo habían encontrado atractivo al punto de que se las hacía al brochette garchando con la que raye; en lo sentimental él parecía no durarle a nadie y nadie le duraba a él. Si de dramones y romances turbulentos y efímeros se trataba, él estaba hecho a medida, o más bien se diría… customizado.
También recuerda que en general, ese disco no le había parecido gran cosa, ni siquiera “Gypsy” —canción con la cual cabría inferir a priori que él debió haberse identificado un cachito, porque en ese tiempo se había encamotado con una gitana que hacía variedades en un parque de diversiones de esos bien pobretes, y alucinaba con que juntos se irían muy lejos de este mundo abandonado (Litto Nebbia dixit)—. Pero eso sí: un tema en especial, una balada, le había volado la marota: “She's Gone”, cuya temática giraba en torno a la devastación experimentada por un hombre abandonado por la mujer a la que creyó el amor de su vida.
Y claro, una canción que al tipito le caía como el consabido anillo al dedo: triste, melancólica, densa, bien darkita, depre a full, y de yapa; la magistral guitarra acústica de Tony Iommi desgranando notas desgarradoras, más la voz atormentada de Ozzy Osbourne, que tal parecía que más que cantar; lo estuvieran eviscerando arrancándole las tripas con tenazas al rojo vivo.
Ahora, ya muy lejos de todo aquello, mientras afuera bate la lluvia y arrecia el viento, se sorprende sintiendo a menudo que es feliz, por más que aún en esos breves instantes de felicidad; él perciba que subyace un dejo de tristeza que quizá —sólo quizá— sea congénita... 
Bruscamente se levanta del sillón, escancia más ron en su vaso y mueve la cabeza de arriba hacia abajo como asintiendo a sus propios pensamientos. —Fiero de atravesar el duelo por desamor... —musita de súbito y para sus adentros. 
Y de pie frente al espejo, el tipito brinda: —Por vos, dolor, porque fuiste lo que me salvó de la locura… o de la muerte.


-Juan Carlos Serqueiros-




viernes, 26 de julio de 2024

UNO DE ESOS DÍAS










































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El tipito se despertó temprano. Muy temprano. Atenaceado por la urgencia del deseo elocuentemente manifestada en la erección de su sexo. Y se masturbó pensando en Ella.
No obstante, el efecto placentero del sucedáneo al que obligadamente tuvo que recurrir; fue efímero, tanto, que nada más levantarse de la cama supo, aún sin poder explicarse cómo y porqué; que ese iba a ser uno de esos días.
Entonces, la inmediatez se le trocó bruscamente en morosidad, como si percibiera que su cielo amenazaba con ennegrecer. Se dirigió cansinamente al baño y se miró en el espejo. Esa arruga —otra más— no estaba ayer. Al menos, eso le parecía a él (o quizá, prefería y elegía creerlo así). Se afeitó cuidadosamente, se bañó, se perfumó y se vistió. Y mientras tanto, sin concederle tregua, un dejo de tristeza se le fue ganando en el corazón, despacio pero firme y sostenidamente. Lo que había sido meramente un presentimiento, un pálpito; fue tornándosele una certeza: sí, indudablemente todo pintaba para que ese fuera uno de esos días.
En el teléfono, la cantarina voz de Ella, la mujer amada, le llegó acariciándole el alma y mitigando su esplín. Pero sólo brevemente: ni bien cortó la comunicación; la insatisfacción lo aguardaba de nuevo, tenaz e implacable. 
—La distancia es una mierda —musitó para sí, frustrado. Miró el reloj: las ocho. Sacó la cuenta de los días que faltaban para que Ella llegara: once. ¡Aún faltaban once días! Misturada con la ansiedad, la tristeza se le fue haciendo enojo. Un enojo que adentro suyo, crecía y crecía.
Después, ya en franca iracundia, el tipito dio un par de gritos en soledad, puteando por cosas de nada que se empeñó en considerar importantes como si en realidad lo fueran. Cerró la puerta ruidosa, furiosamente, salió al pasillo y apretó impaciente e insistentemente el botón para llamar el ascensor. Una vez en la calle, sin cuidarse y a viva voz, comenzó a lanzar imprecaciones contra dios, el clima, el tránsito, el ruido, el mundo, la gente… contra todo. —¡Vida puta! —exclamó a voz en cuello. —¿Y vos qué mirás, pelotudo? —le espetó trascartón a un infeliz que cruzaba y que (creyó notar él) contemplaba la escena con extrañeza.
Ya sentado ante una mesa en el bar de costumbre, ordenó su frugal desayuno de siempre (cuya composición, a esa altura de su vida, bien podría estar grabada en una placa de bronce): un café y dos medialunas de grasa. Y como el mozo —consideró él— demorara en alcanzarle el diario (al que por otra parte, reputaba de pasquín inmundo), le enrostró un reproche tan agrio como arbitrario. —Y bueno… al fin de cuentas ¿acaso no es injusta la vida? —se dijo el tipito, indulgente consigo mismo.
Decididamente, ese no “iba a ser”, sino que de hecho, ya lo era…uno de esos días.

-Juan Carlos Serqueiros-


miércoles, 1 de noviembre de 2023

EL ESPIANTE QUE NO FUE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El tipito quería rajar de la ciudad. Alejarse, dejando atrás los abigarrados edificios, la opresión del cemento y del vapor asfixiante que irradia el asfalto, la locura del tránsito vehicular, la morosidad exasperante y riesgosa de los semáforos, el anonimato entre la multitud, el ruido alienante, la tortura de las bocinas, el parpadeo de las luces de neón, la urgencia mentirosa del teléfono celular, los papeles, la cumbia a todo volumen del esquenún del 10° C, los alaridos del borderline del 9° F en sus brotes psicóticos, la repulsiva resignación complaciente del cornudo consciente del 8° H cada vez que encontraba a su jermu encamada con algún tipo y a sus hijitos sentados en la escalera esperando que la mami termine su laburo de hetaira, la perversa sonrisa del psicópata del 7° A en alguna nueva fechoría, la falsa y coimera predisposición “amable” del portero, y en fin; el insoportablemente lento y tedioso transcurrir de días y más días de hastío, tabicados y amarretes.
Sí, el tipito quería huir… creyendo que el motivo real no era escapar de sí mismo y sus fantasmas; sino el hartazgo de una vida que no merecía ser considerada tal, toda vez que se trataba meramente de una existencia agobiante sin por qué ni para qué. La cual, dicho sea de paso; en vano procuraba llenar saltando de cama en cama, trajinando noches, gastando madrugadas, despreciando la magia de las auroras y ahuyentando el sueño esnifando polvitos mágicos.
Él quería irse a un pueblito. Pero… ¿en busca de qué? Tal vez de la bucólica tranquilidad, del concierto de los pájaros al amanecer, de los plácidos ocasos y las semisombras de las tardes-noches, de la calidez de los leños ardiendo en la salamandra, de la templanza del vino bebido con el fondo musical de los grillos, de la redondez de la luna reflejada en la mansedumbre del agua, de las tradiciones y del ser nacional que yacían irremisiblemente archivados en las grandes urbes de una Argentina que se iba desdibujando lenta pero sostenidamente hasta desvanecerse como una víctima más de esa peste que han dado en llamar globalización.
Felizmente, el tipito descartó la ocurrencia aquella, porque en lo profundo del verdemar misterioso e insondable de unos ojos de ensueño, encontró ¡al fin! el amor que tanto había buscado; sin darse cuenta que estaba… en su propio corazón.

-Juan Carlos Serqueiros-


lunes, 13 de marzo de 2023

BUENOS AIRES LLUEVE




































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Buenos Aires llueve. A través de la vidriera del bar, el tipito contempla a la gente que corre buscando dónde guarecerse del chubasco.
Desde la mesa de al lado le llega, insoportable y chillona, atiplada hasta la exasperación, la voz de pito de un hombre que previsoramente le avisa a su mujer: "Llego en maso una horita, Gorda. Pedí unas empanadas y acostá a los chicos, que tengo buenas noticias: me dijo el gerente que el ascenso es para mí y que voy a ser el nuevo jefe de ventas. Sí… lo garqué al pelotudo ese de Aguirre… Sí… Sí… Naa… qué Costamagna… no existe ese, es un pancho, ya estaba borrado desde el vamos… Bueno, después te cuento, que me estoy quedando sin batería… Dale, Gorda, nos vemos en un ratito. Beso". En la de enfrente, un ñato cara de nada y colorado como chorizo ídem, corre el pocillo del café que se le heló en la espera, y le ladra por el celular a su novia, pareja o lo que fuere (que por los gritos del colorado, se deben haber enterado hasta en Tombuctú de que se llama Luciana): "¡Me dejaste de garpe! ¿En qué carajo andás, Luciana? ¿Me viste cara de gil o qué? ¿Eh? ¿Qué decís? ¿Cómo que ‘pará la moto’? No paro nada, me escuchás… ¡Una mierda paro! Oíme bien esto, Luciana… ¿Estás ahí? ¡Lucianaaa!". Y después, como para sí mismo: "Cortó la hija de puta…". Trascartón, levanta la vista y mira al tipito, como esperando su comprensión. O su solidaridad.
Hábilmente, gambeteando como el Hueso Houseman, éste esquiva la mirada del otro, como para no "contaminarse", mientras piensa que si la tal Luciana le estuviera metiendo los cuernos a ese energúmeno colorado-cara-de-nada; entonces habría que felicitarla, porque ¿a quién se le ocurre ponerse a gritar como un desaforado que la mina lo plantó y que (probablemente, ojalá) lo guampea? Y piensa también en el coso ese al que ascendieron, pero sobre todo; en su jefe que, calcula, debe ser un terrible idiota marca ACME, porque al fin de cuentas; qué otra cosa puede ser un fulano que asciende a nada menos que jefe de ventas a un tipejo con tal voz de pito que parece una trola histérica. Por favor…
El tipito mira la hora: ya pasa de las 20. Todavía no escampó. Si deja de llover, va a patear Lavalle hasta El Palacio de la Papa Frita para embuchar unos escalopes de esos que hacen ahí y que lo deliran. O tal vez se zambulla en la prisa inútil de un tacho y corra hasta Pompeya a morfarse unas empanadas y escuchar unos tangos en el bar El Chino. O de última, quizá recale su osamenta en algún local de Las Cañitas, a ver qué aventura puede depararle esta noche de jueves. Total…
Decididamente, no tiene ganas de meterse en la confortable suite de hotel cinco estrellas que aloja al ejecutivo importante que es.
Sigue lloviendo. El boludo recién ascendido de la voz de pito se fue. Y también el colorado estentóreo y cornudo. Su mesa la ocupa ahora una morocha, largamente cincuentona, que mira al tipito apreciativa, invitadora, sugerente y prometedora. Él la mira a su vez y repara en sus pilchas —ostentosamente caras, sin duda alguna—, en la belleza de su rostro fino y aristocrático, y en que carga unas exuberantes tetas que se dejan adivinar bajo el profundo escote (¡ay! ese Edipo que lo va a terminar matando uno de estos días). "Y si agarro viaje con su convite a garchar…", esboza como intención, para seguidamente descartarla al toque. "Una rota y un descosido no hacen precisamente lo que diríamos un buen combo", concluye. 
Llama al mozo, pide otro ristretto y otro Bacardi dorado —ya va por la tercera vuelta, mientras reitera que no quiere hielo ("hay que ser ordinario como inodoro 'e porlan para ponerle hielo al fiel y viejo ron", piensa), mientras rezonga una feroz puteada contra la absurda prohibición de fumar en lugares cerrados. "Tenés que cortarla con el escabio y el faso", le reprochan sus eternas promesas incumplidas a pura mentira. 
Afuera, la ciudad sigue llorando su cargante letanía en copiosas lágrimas de plata que son como una melange de río, puerto, obelisco, semáforo, asfalto, bandoneón y rock.
Buenos Aires llueve. Y llueve la soledad del tipito (no soledad en tanto carencia de compañía; sino soledad en serio, de verdad y sin grupo, absoluta, inmaterial; soledad del alma que no ha aprendido a valorar la compañía del sí mismo, bah). 
Buenos Aires llueve. Y llueve su tristeza (congénita). Verne escribió que los italianos nacen músicos así como nacen ingenieros los yanquis y metafísicos los alemanes. Y el tipito masculla para sí que al bueno de Julito se le olvidó agregar que los argentinos nacen tristes.
Llama al mozo, paga, se levanta sin volverse para mirar a la cincuentona de enormes tetas, lo cual lo pone tan orgulloso como un yonqui que lleva una semana sin drogarse y al fin sale, resuelta, osada y valientemente al aguacero.  
Buenos Aires llueve. Y llueve también sobre eso que él llama su puta anhedonia.

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen: Mario Eduardo Aguilera Merlo, “Buenos Aires llueve”, óleo sobre tabla, contemporáneo.



miércoles, 23 de junio de 2021

PLATAFORMA 26


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El tipito madrugó aunque había dormido poco, casi nada. Amaneció por detrás de los vahos tenaces de alcoholes mentirosos trasegados a hectolitros, miedos no cuajados y… otras yerbas (la carne es débil). Emergió desde una noche que se le había antojado interminable, con luna artificial y fugaces estrellas de fasos hurtados a sí mismo a fuerza de pura promesa olvidada (pues raramente, esa vez le falló la palabra que —craso error— había empeñado ante Ella sin detenerse a pensarlo mucho).
Miró el reloj sobre la mesa de luz. Eran las 6:20. Saltó de la cama y encaminó sus pasos a la cocina. Se preparó un café al que agregó unas gotas de leche, y deglutió dos tostadas con manteca. Luego se zampó un sobrecito con sal de frutas que disolvió en un vaso de soda, y eructando ruidosamente se dirigió al baño.
Frente al espejo se le ocurrió que estaba ante el retrato de Dorian Gray: ojeras antiguas, de noches antiguas, reas de culpas aún más antiguas, las que a solas solía reprocharse (pero sólo en contadas ocasiones), entre loables propósitos de enmienda cuya perdurabilidad equivalía más o menos a la de una pompa de jabón. En el lavabo, se afeitó cuidadosamente el rostro, y al hacerlo se lastimó un lunar del que empezó a manar un hilo de sangre. Rápidamente, aplicó sobre su mejilla un trocito de papel higiénico doblado en cuatro. —¡La puta que lo parió! —imprecó. Se miró el lunar, que apenas un minuto después ya no sangraba (siempre había tenido buena coagulación), y trascartón, entre pensativo y preocupado, se pasó un dedo sobre otro lunar que tenía en la sien, luego sobre otro que tenía en la ingle, después sobre otro que tenía en una rodilla, y sucesivamente sobre otro que tenía en el empeine de un pie y sobre otro que… Estaba lleno de lunares, incluso; unos cuantos en el culo, entre las nalgas, muy cerca del ano. —Debería consultar con un dermatólogo —murmuró para sí, sabedor de que se mentía, consciente de que no lograría superar la repugnancia que sentía por los médicos, ni el espanto que le provocaba cualquier cirugía, ni el celo con que protegía su intimidad (intimidad esa a la cual, pese a la incontable cantidad de mujeres que habían pasado por su lecho; nadie-nunca-jamás había tenido acceso; salvo Ella, porque Ella… era distinta, su alma gemela, la única persona en el mundo que lo sabía todo, absolutamente TODO, sobre él).
Seguidamente, procedió a afeitarse la cabeza. Diez años llevaba ya haciéndolo, un poco porque empezó a caérsele el cabello y otro poco harto de acudir religiosamente cada semana a la peluquería para mantener prolijos los rulos rebeldes que aún le quedaban. Se cepilló los dientes durante diez minutos, hizo buches con enjuague bucal durante otros cinco, y luego se metió bajo la ducha. Sintió el placer intenso del agua caliente sobre su cuerpo, se enjabonó, frotándose obsesivamente con esponja, y luego, meticuloso, se rasuró el pubis y los genitales librándolos hasta de un atisbo de pendejos por minúsculo que fuese, porque a Ella (que también se depilaba muy cuidadosamente) le gustaba sentirlo así: terso, suave y sin un solo vello imprudente e inoportuno. Salió de la ducha, se envolvió en un toallón, y una vez que se hubo secado, se dirigió al dormitorio para vestirse.
De un cajón de la cómoda sacó un slip negro, un par de medias del mismo color y un pañuelo gris. Abrió el placar, seleccionó un traje negro, una camisa blanca y una corbata, también negra con pintitas blancas. Se vistió sin apuro, morosamente, y por fin; se calzó unos zapatos negros lustrados a espejo.
Volvió a mirar el reloj. —¡Carajo, las 8 ya! —exclamó. Se abrigó con un sobretodo pied de poule y un echarpe blanco, echó sobre su figura alta, elegante, una última mirada satisfecha y aprobadora, y bajó a la cochera en procura de su auto. El micro que traía a Ella arribaría 8:30.
Llegó a la terminal y consultó el enorme cartel electrónico para saber a qué plataforma dirigirse: 26. Entonces recorrió infinidad de veces de uno a otro extremo ese andén sembrado de colillas, sucio de esperas trajinadas, nerviosas, ansiosas y… odiosas.
Hasta que casi puntual, el bondi llegó apenas pasada la hora, y el tipito la distinguió a Ella sonriéndole desde la ventanilla, agitando su mano e iluminando la mañana con su divina presencia. Se sintió renacer ese día, fuerte, enorme, embargado por la felicidad, murmurando entre dientes: —No me importaría morir en este instante para perpetuarlo en mi alma por toda la eternidad (suponiendo que tal cosa exista, claro).
Y así renació el tipito; puro otra vez, rescatado de lo que había sido una constante en su vida durante años: una insoportable espera añeja de esperar sin deseo, agobiado por ese esplín incurable que llevaba como marca en el orillo y atrapado en un torbellino de placeres efímeros que después del goce se demostraban como meros sucedáneos y que pronto lo sumían en la más espantable de las oquedades: el sinsentido.
Renació, nuevamente nuevo, ahora… pasadas las 8:30.

-Juan Carlos Serqueiros-