domingo, 13 de abril de 2014

PROLEGÓMENOS Y EPÍLOGO DE UTRECHT








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Los dos últimos reinados de la casa de Habsburgo o Austria (Felipe IV y su hijo, Carlos II el Hechizado) significaron una calamidad para España, marcaron el inicio de su ocaso como potencia rectora en el orden mundial y fueron el prólogo del derrumbe del imperio hispánico.


El primero hubo de afrontar, además de la guerra con Francia; una severísima crisis económica, la independencia de Portugal (lograda con una pequeña ayuda de mis amigos -Paul McCartney dixit-: Inglaterra y Francia) y los intentos de secesión de catalanes y andaluces.
El segundo, raquítico, de naturaleza enfermiza y para colmo, estéril; debió soportar el lento pero sostenido despojo que de sus posesiones en Europa le hacían los franceses, y como consecuencia de la independencia portuguesa del brazo de su patrón (¿o amo?) comercial, Inglaterra; se produjo, por orden emanada del infante Don Pedro al capitán general de Río de Janeiro, Manuel de Lobo, la expedición lusitana al Plata que desembocó en la fundación de la Colonia del Santísimo Sacramento, en territorios que en virtud de lo estipulado en el tratado de Tordesillas, eran de España. El objetivo de Portugal estaba claro para todo el mundo, menos para la corte del desdichado Carlos II: establecer una cabecera de playa para los contrabandistas ingleses y apoderarse de la Banda Oriental.
La América española daría a los portugueses una lección de hidalguía, fidelidad y bravura; y a la metrópoli, un ejemplo de cómo debían defenderse las posesiones del monarca: el gobernador de Buenos Aires, un vasco cabeza dura: José de Garro, no quiso saber nada de extranjeros, y sin escuchar sus cantos de sirena ni tomar en consideración las frases almibaradas con que procuraban empaquetarlo, los intimó a retirarse, y al no hacerlo los portugueses; remontó un ejército integrado por 500 efectivos entre trinitarios o porteños, cordobeses, riojanos, santafesinos y correntinos, el cual engrosado con 3.000 indios guaraníes aportados por las Misiones, puso al mando del maestre de campo Antonio de Vera y Mujica. El 7 de agosto de 1680, éste entró a sangre y fuego en la ciudad recién fundada, y luego de ocasionarles a los lusitanos 112 bajas, tomó prisionero al resto, incluido Manuel de Lobo; tras lo cual procedió a arrasarla. ¿Cuál fue el pago de la corte de Carlos II a tanto heroísmo y tanta lealtad? ¡Pues firmar con los portugueses el 7 de mayo de 1681 el inicuo tratado de Lisboa de resultas del cual se les devolvía Colonia del Sacramento!
Fallecido el Hechizado el 1 de noviembre de 1700, se desencadenó la Guerra de Sucesión, la cual se inició en 1702 y duró hasta su conclusión en 1713 con la firma de los tratados de Utrecht, y se desarrolló no sólo en Europa sino también en América, donde otra vez Buenos Aires dio el ejemplo reconquistando el 16 de marzo de 1705 Colonia del Sacramento con un ejército de guaraníes que al mando de Baltazar García Ros puso el gobernador Alonso Juan de Valdés e Inclán.
A partir de Utrecht la debacle española sería indetenible. En vano América se prodigaría otra vez en el valor de sus hijos en Cartagena de Indias con su resonante victoria frente a la armada británica, en vano sería la sabia y atinada sugerencia del conde de Aranda al infeliz Carlos III (ver en este ENLACE mi artículo Un consejo desestimado) y en vano sería, por fin, el heroísmo de Buenos Aires rechazando en 1806 y 1807 sendas invasiones inglesas. No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oir.
Y yo agregaría: ni peor enfermo que el que no quiere curarse.

-Juan Carlos Serqueiros-  

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