domingo, 28 de junio de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? CONCLUSIONES II



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

No encuentro explicación para la absurda idolatría en que ha caído gran parte de la República Argentina rindiendo culto a los pobres diablos como Alem. (Miguel Juárez Celman)

Uno de los factores que ha llevado a interpretaciones desacertadas de la crisis del 90, es la creencia de que el gobierno de Juárez Celman fue, en lo social, político y económico, continuidad del de Roca, la cual es errónea; porque no bastan la procedencia de un mismo partido y tener en lo sustancial un común ideario para afirmar que fueron lo mismo.
El 12 de octubre de 1886, la meritocracia característica del roquismo cedió paso a la obsecuencia y el amiguismo distintivos de los juaristas. Si la presidencia de Roca fue proclive al equilibrio; la de Juárez Celman lo fue al desborde, y si el Zorro construyó su poder a partir de los gobernadores nucleados en la liga (en el armado de la cual desempeñó un rol clave su concuñado, dicho sea de paso), entre los que halló consenso y apoyo por su habilidad, su constancia y su prudencia; el Burrito Cordobés audazmente se empeñó en acapararlo todo para sí, menudeando las intervenciones a los gobiernos provinciales en los cuales quiso colocar adeptos suyos incondicionales y de paso, dejar claro cómo les iba a ir a quienes osaran ponerle la proa. Juárez Celman admiraba a Maquiavelo, siendo El príncipe una de sus lecturas predilectas, especialmente aquello de “debe lograr que los principados vecinos deseen hacerle bien y teman causarle daño”. Roca era laico y se mantenía en ese límite (es famosa su frase “en política, comer carne de cura resulta indigesto”); mientras que Juárez Celman era abierta, exaltada, ideológicamente anticlerical, lo cual le valió no pocos enemigos políticos.
La concentración del poder, ejercido discrecionalmente por el cordobés, el autoritarismo desembozado que evidenció, el nepotismo en que incurrió y el círculo de favoritos que lo rodeaba, fueron un guiso indigerible para la oposición, que a su vez; se manifestó ferozmente encarnizada contra el gobierno. El ambiente político no sólo estaba enrarecido, sino que su aire, de tan malsano; era directamente irrespirable. Y si el gobierno no se andaba con chiquitas en su tratamiento a la oposición; ésta no se quedaba atrás en virulencia.
Como para muestra basta un botón, veamos uno de cada saco: “En la actualidad argentina no existe otro partido que aquel al que pertenecen las mayorías parlamentarias y todos los gobiernos de la Nación y sus Estados”, decía con inaudita soberbia y  nulo tacto Juárez Celman en su Mensaje Presidencial al Congreso de 1889 (haciendo pública y explícita su íntima convicción de que no había más partido que el suyo e ignorando olímpicamente a la minoría, a la cual hasta le negaba entidad ¡nada menos que en un discurso oficial!). Y por su parte, la oposición, a través de Mitre, decía el 15 de junio de 1890 en La Nación: “Los caprichos de una voluntad veleidosa, las influencias personales y los intereses partidarios valen más que los intereses generales; el doctor Juárez no transige en nada de lo que puede perjudicar a sus amigos políticos, y las influencias valen más que los intereses del país”. Evidentemente, no había un manso pa’ acollarar un arisco.
Otro aspecto cuya consideración inexplicablemente suele soslayarse, es el repudio que a tout Buenos Aires le inspiraba Juárez Celman.
El apodo de “burrito cordobés” era peyorativo y tenía resabios de viejos rencores porteños, inquinas esas que Roca tuvo el buen criterio de no exacerbar, ni siquiera durante la guerra civil iniciada por Tejedor ni tampoco después de ella; pero que su concuñado, en su torpe soberbia, hizo renacer y aún acrecer. Además, las autoridades municipales de Buenos Aires eran designadas por el gobierno nacional, lo cual hería el localismo porteño que lo consideraba una humillación. Si a eso le sumamos la concesión de las obras de salubridad a la Buenos Aires Supply and Drainage Co., una firma inglesa subsidiaria de la Baring Brothers que impuso tarifas abusivas, y la candidatura de otro cordobés: Ramón J. Cárcano, prohijada desde el oficialismo para suceder a Juárez Celman al término de su mandato, la cual para los porteños resultó intolerable; no resulta difícil darnos cuenta de que la malquerencia de Buenos Aires hacia el presidente fue un factor cuya consideración no puede desdeñarse a la hora de meternos en los entresijos de la crisis del 90. Y no debemos perder de vista que la revolución del Parque fue un hecho exclusivamente porteño.
Esto no debe llevarnos a considerar a Juárez Celman como un campeón del federalismo ni mucho menos, como caprichosamente han interpretado algunos. Si bien tenía (al igual que Roca) sus ribetes de federal; no vaciló en avasallar las autonomías provinciales siempre que lo creyó conveniente para sus intereses político-partidarios.
Se ha creído ver en el proyecto de amnistía impulsado por Juárez Celman, presentado al legislativo por el ministro del Interior, Eduardo Wilde y que el Congreso sancionó como ley N° 2310 el 1 de setiembre de 1888, una prueba del federalismo presidencial. La ley benefició a Ricardo López Jordán, es cierto; pero no es menos cierto que la iniciativa obedecía al ideario liberal del gobierno y no perseguía el propósito expreso de indultar al viejo caudillo y menos aún el de reivindicarlo. Es más; su asesinato, acaecido poco después, el 22 de junio de 1889, sólo mereció del vespertino Sud-América, diario juarista por excelencia y en los hechos, su órgano oficial, unas escuetas líneas en el obituario, dando cuenta de “la muerte del último caudillo provincial”, encima; publicadas tres días después del hecho. Y en el recinto de la cámara de diputados, el presidente de la misma y espadachín del juarismo, Lucio V. Mansilla, fundamentaba la intervención a Tucumán que había dispuesto el ejecutivo, con estas palabras: “No es sino una especie de espantapájaros aquello que se llama autonomía de las provincias... la Nación es lo primero, las provincias, los Estados como se dice, no son sino poquísima cosa". Más claro, imposible.
Párrafo aparte para el asunto de las emisiones clandestinas que le achacan todos los historiadores al gobierno de Juárez Celman y que inclusive muchos consideran nada menos que como el detonante de la revolución del Parque.
Lo que sucedió fue que en el primer trimestre de 1890 hubo por parte de los ahorristas un masivo retiro de depósitos a raíz de lo cual el Banco Nacional y el de la Provincia de Buenos Aires sufrieron corridas, lo que motivó que ambas instituciones solicitaran por nota al gobierno la urgente remisión de billetes para afrontar la situación; éste autorizó a la Oficina Inspectora y así se entregaron a los dos bancos exactamente 15.600.000 pesos (6.200.000 al Nacional y 9.400.000 al Provincia), que después el Congreso aprobó por ley N° 2700 votada a fines de junio en diputados y principios de julio en senadores. Pero enterado de la cuestión, un hábil político opositor como Aristóbulo del Valle, a la sazón senador por Buenos Aires, no iba a dejar pasar la oportunidad de caerle con todo al gobierno denunciando a gran estrépito (primero en reuniones partidarias, de modo de que corriera la bola e instalar el tema en el imaginarlo colectivo como una certeza, y después, formalmente en el senado y con amplia difusión en la prensa) lo que tildó de emisiones clandestinas, cuando en realidad se trataba de una desprolijidad gubernamental (una más de las tantas del juarismo) originada en lo apremiante de las circunstancias; porque ni el más ingenuo de los ingenuos podía creer seriamente que Juárez Celman pretendía mantener el tema en secreto, cuando del mismo imprescindiblemente debía participar un sinnúmero de funcionarios y empleados. Y de ningún modo el asunto fue el detonante de la revolución; en realidad, la conspiración contra el gobierno se inició en setiembre de 1889 por un sector del ejército compuesto por oficiales mitristas, pero entró en un impasse porque dado el cariz militar que presentaba, Leandro Alem se negó a sumarse a ella.
Eso tan elusivo que llamamos verdad histórica, es que las elecciones de diputados nacionales realizadas el 2 de febrero de 1890, sorprendentemente (“sorprendentemente” para la oposición, quiero decir) las ganó el juarismo en buena ley y sin fraude; lo cual viene a dar por tierra con el mito de la “popular Unión Cívica” enfrentada a la “oligarquía juarista”.
Lo cierto es que si el oficialismo no era lo que diríamos popular; tampoco lo era la oposición, y que bastaron unos cuantos indicadores de mejoría en lo económico (una baja en el premio del oro, un mensaje tranquilizador y optimista del ministro de Hacienda, Pacheco, un aumento de salarios y la perspectiva de una excelente cosecha de cereales) para que el pueblo, puesto a elegir entre los “malos” del gobierno y los “buenos” de la oposición; se decidiese por los primeros. No por nada diría Perón, décadas más tarde, que “la víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo”.
La circunstancia de que el juarismo ganara las elecciones y un recrudecimiento de la crisis económica, produjeron el resurgimiento de la conspiración contra el gobierno a partir del mitin del Frontón el 13 de abril de 1890. A la logia militar se sumaron: Leandro Alem (ahora sí), Aristóbulo del Valle, Mariano Demaría, Juan José Romero, Manuel Ocampo, Hipólito Yrigoyen, Lucio V. López, Miguel Goyena y José M. Cantilo; los generales Manuel J. Campos y Domingo Viejobueno (que adhería a la conjura pero no participaba de las reuniones, al igual que su hermano Joaquín), los coroneles Julio Figueroa y Martín Irigoyen, y el comandante Joaquín Montaña. Los revolucionarios (no todos, porque Del Valle era –y no andaba desencaminado- escéptico en lo que respecta a la efectividad real de la “acción popular”) creían contar con el apoyo de la ciudadanía convertida en legión (dijo Alem). Y así se produjo el 26 de julio de 1890 la revolución del Parque, la cual fue rápidamente vencida por el gobierno.
El fracaso revolucionario estaba cantado. A los militares que participaron de la revuelta; los cívicos de Mitre (pero no éste, quien ascendido a teniente general a propuesta de Juárez Celman votada afirmativamente en el Senado, se fue  a Europa en viaje de turismo, no sin antes visitar al presidente para agradecerle la distinción; visita esa que fue retribuida por el presidente con una velada de gala en la Opera en honor a don Bartolo); los ultra católicos de José Manuel Estrada, Emilio Lamarca, Miguel Navarro Viola, Manuel Gorostiaga, Pedro Goyena y demás; los autonomistas disconformes por distintas causas con el gobierno como por ejemplo y entre otros, José María Rosa y Juan José Romero; los hombres vinculados al ámbito bursátil como Carlos Zuberbühler y Carlos Videla; y los estancieros con una creciente y criolla desconfianza hacia los usureros internacionales y sus personeros locales, no los unía el amor; sino el espanto, y nada tenían en común a no ser el repudio al que reputaban como “enemigo”: Juárez Celman. La revolución que las distintas corrientes historiográficas nos vienen presentando como “nacional y popular”, no fue en absoluto ni lo uno ni lo otro. Ya hemos visto que no fue nacional, sino circunscripta a Buenos Aires, y en cuanto a popular, lo consignó inequívocamente Carlos D’Amico en su Buenos Aires, sus hombres, su política: “El pueblo no concurrió a la revolución, sea por indiferencia, sea por temor, sea por desconfianza. Nosotros creemos que no concurrió porque se le dio al movimiento un marcado carácter mitrista”.
La crisis económica, como vimos en capítulos anteriores, no sólo no se resolvió con el reemplazo de Juárez Celman por Pellegrini; sino que incluso se agravó. Acertadamente, Roque Sáenz Peña (que había sido el último canciller de Juárez Celman) le escribía el 10 de noviembre de 1890 a Belisario Montero: “¿La revolución ha salvado al país? Eso lo dirá el porvenir; yo creo que no”.

Continuará

miércoles, 10 de junio de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? CONCLUSIONES I























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


En esta obra de errores, todos y cada uno de nosotros hemos sido colaboradores, todos hemos ayudado al error del señor presidente de la República. (Lucio V. Mansilla, 6 de agosto de 1890)


Para 1886, las creación y consolidación del Estado nacional se habían llevado a cabo sobre la base del crédito proveniente del exterior, con el cual se financiaron tanto las obras de infraestructura, transporte, comunicaciones y el mejoramiento de los campos para el desarrollo de la actividad agropecuaria, como la burocracia administrativa; todo redundando en una crecida deuda externa que pendía sobre la nación como la consabida espada de Damocles, en un marcado déficit fiscal y en una balanza comercial que arrojaba un saldo negativo de 30 millones oro. En esas condiciones el país se hallaba, pues, en virtual estado de quiebra financiera, pero sin embargo; el crecimiento económico parecía no tener fin.
Era ese un statu quo que imprescindiblemente requería de un liderazgo fuerte e inteligente para el manejo de la coyuntura y su paulatina corrección. Pero Juárez Celman no era Roca. Este último, al traspasar la presidencia a su concuñado, le dijo en su discurso: “Os entrego el poder con la República más rica, más fuerte, más vasta y con más crédito y amor a la estabilidad, con más serenos y halagüeños horizontes que cuando la recibí”, y era exacto, exactísimo. Ese día, 12 de octubre de 1886, el peso estaba con respecto al oro en una relación de 110 centavos papel por 1 peso oro, es decir, prácticamente a la par. Tres meses después, se devaluaba hasta llegar a 144. Era un síntoma, al cual no se le prestó atención. Y era asimismo acertadísima la frase del diario La Prensa en su edición del 26 de octubre de ese mismo año: “Lo solo malo y oscuro que existe en la República es el estado financiero”.
¿Tuvo la crisis del 90 sus causales en los desaciertos y corruptelas del gobierno de Juárez Celman? La creencia que ha primado y está actualmente instalada en el imaginario colectivo, es que en efecto, así fue. Sin embargo, la recurrencia periódica en la caída, debería indicarnos que esa conclusión es probablemente errónea, con seguridad simplista y que algo estamos obviando considerar en la cuestión, porque si no; tendríamos que convenir en que los argentinos somos masoquistas empeñados en infligirnos daño y complacernos en ello. Y no somos tal cosa, ¿no? Bah, creo (espero) que no.
La crisis se agravó con la combinación de factores externos e internos, y de estos últimos no todos eran achacables (algunos -o muchos, si se quiere- sí; pero otros no) a la administración juarista, por pésima que ésta haya sido (que lo fue, sin dudas). Veamos.
En Gran Bretaña la economía estaba en depresión y los activos financieros excedentes se volcaron mayoritariamente a nuestro país. Pero llegó un momento en que, debido a una brusca caída en las reservas del Banco de Inglaterra, los prestamistas no sólo exigieron la remesa en tiempo y forma de los intereses, sino que además; se produjo un proceso acelerado de retiro de capitales de la Argentina. Entonces ya no se pudieron pagar deudas contrayendo más deudas y en consecuencia, se debería negociar con los acreedores las esperas imprescindibles hasta que la balanza de pagos se equilibrara cuando los recursos por exportaciones permitieran hacer frente tanto a las obligaciones emergentes de los empréstitos, como a las importaciones; o bien reducir drásticamente estas últimas, de modo que todos los ingresos o la mayor parte de ellos pudieran afectarse a abonar los compromisos externos; o ambas cosas a la vez. 
Esa era una de las opciones posibles. Y la otra (alternativa sola y única) era repudiar la deuda y que se aguantaran los gringos hasta que pudiéramos pagar.
Y esto último era, precisamente, lo que se disponía a hacer el gobierno de Juárez Celman, porque hablando en plata, no otra cosa significaban las palabras de Pacheco a fines de 1889: "El gobierno tiene en Europa los recursos que aseguran el servicio (de la deuda) hasta enero de 1891", aludiendo a los 50 millones oro que estimaba disponibles en Londres producto del arrendamiento de las obras sanitarias. En buen romance, era decirle a la Baring Brothers más o menos esto: “Estimados socios (porque a fuerza de repetirlo, se había llegado a creer que los capitalistas y los argentinos éramos de verdad socios), mucho lamentamos que no hayan podido llenar en Londres la suscripción de los bonos, pero es vuestro problema; si somos socios en las utilidades, también debemos serlo en los quebrantos”. Por supuesto, esa intención no era proclamada abiertamente a voz en cuello, pero ni los opositores al juarismo ni -muchísimo menos- los ingleses, eran lo bastante zonzos como para no darse cuenta de que estaba ahí, como un cuchillo oculto bajo el poncho de la economía seria, moralizadora y conciliadora con los acreedores externos de Francisco Uriburu que vistió por un momento Juárez Celman en procura de disimularla. Y más aún, llegó a hacerse desembozado ese propósito cuando Pacheco (esta vez como presidente del Banco Nacional y ya renunciado Uriburu) se encargó de comunicarle oficialmente a la Baring Brothers que el gobierno no estaría en condiciones de pagar los dividendos trimestrales de los bonos nacionales. Estaba así clarísimo hasta para el menos avisado, que el primer mandatario de la Nación ya se había pronunciado por una de las dos opciones: la moratoria unilateral. Pero ocurrió que eso que proyectaba el gobierno (y que reitero, a nadie escapaba), resultaba inaceptable para la oposición.
Por eso (entre otros factores) cayó Juárez Celman, pues como hemos visto, luego de renunciar el burrito cordobés; Pellegrini y López eligieron de entre las dos opciones, la mencionada en primer término: negociar con los acreedores tomando deuda nueva para pagar deuda vieja y paralelamente, restringir al máximo las importaciones sustituyendo con producción local todas las que se pudieran (la crisis del 90 significó, paradojalmente, un impulso a la industria nacional).
El "ostracismo histórico" que de hecho se ha decretado para Juárez Celman (pues sólo se lo menciona para defenestrarlo y hacerlo aparecer como culpable principalísimo y hasta único de la crisis), ha llegado al extremo de atribuir esa intención de repudiar la deuda a su carácter veleidoso, ninguneando (cuando no directamente velando) el factor que lo decidió a inclinarse por la opción de la moratoria: de las negociaciones con los banqueros ingleses, surgía que éstos accederían a una operación de consolidación de la deuda argentina, a cambio de que el gobierno se abstuviera de contratar nuevos empréstitos por el lapso de diez años, renunciase a emitir moneda y adoptase un riguroso programa de reducción del gasto público; todo lo cual obviamente el presidente no podía aceptar (y tampoco ningún otro gobierno), pues eso lo convertiría en inerme político, huérfano de todo apoyo y sin sustento alguno, ya que la política es el arte de lo posible, sí, pero de lo posible en esos momentos y esas circunstancias. El tiempo se encargaría de demostrar que la opción correcta era la moratoria, porque fue eso en esencia el Arreglo Romero, celebrado con los acreedores en Londres el 3 de julio de 1893 durante la presidencia de Luis Sáenz Peña.
Pero no todos se comieron la galletita de que el cambio de hombres en el gobierno combinado con la adopción de la estrategia de negociar con los acreedores accediendo a lo que se les ocurriera imponernos, solucionaría la crisis luego de la revolución del Parque; porque hubo voces sensatas que no fueron escuchadas, como por ejemplo, la de Manuel Demetrio Pizarro, senador por Santa Fe, quien en la sesión del 30 de julio de 1890, dijo en el Senado de la Nación: “Yo vengo, derrotada la revolución, a pedir como medio de pacificación del país, no leyes de estado de sitio, sino la renuncia en masa de los miembros del poder ejecutivo: presidente, vice, ministros y presidente mismo del senado”. ¿Y quién era el "vice"? No otro que el que asumió la presidencia: Pellegrini. ¿Y quién era el “presidente mismo del senado”? Pues nada menos que Roca, el zorro. A Pizarro no pudieron engatusarlo; pero nadie prestó atención a sus atinadas palabras. Era esa Argentina del 90 un país que marchaba a paso acelerado hacia el precipicio.
Vayamos ahora a las conclusiones acerca del manejo de la economía y las finanzas por parte del gobierno de Juárez Celman en sus aspectos técnicos. ¿Fue tan malo como se cree? Rotundamente sí. Y es más; fue peor aún que malo.
La imprudencia y el descontrol en todo lo atinente a obras públicas y la enajenación insensata de ferrocarriles y empresas estatales en aras de un dogmatismo excesivo hasta el absurdo, trajeron aparejada una inevitable secuela de corrupción, y la coima y el peculado (no limitados solamente al juarismo, como veremos después) tornáronse las reglas corrientes. La ley de bancos garantidos, iniciativa de Pacheco que tenía el propósito de remediar la iliquidez monetaria en las provincias, sin los resguardos imprescindibles para que el destino de los fondos fuera la producción y no la especulación; sólo sirvió para aumentar el circulante de una moneda cada vez más depreciada. Es que ese modelo (copiado a los norteamericanos) era posible en países con tradición de inversión interna, como Estados Unidos; mientras que aplicado en el nuestro, condujo al irresponsable endeudamiento con el extranjero de todas las provincias (con la sola excepción de Jujuy). También la obcecación del gobierno de Juárez Celman en atribuir los problemas financieros a lo que llamaba una “crisis de progreso” (?) y las culpas de la trepada del oro a la especulación y el agio (todo fogoneado por la oposición, sostenía), sin tomar consciencia de los errores que cometía, influyó y no poco en la crisis; porque en efecto, había especulación y agio, pero también había un orden (o desorden, mejor dicho) que lo propiciaba y toleraba: el suyo. Asimismo, fue deplorable la gestión del ministro Rufino Varela, reemplazante de Pacheco, que creyó que bastaba con movilizar los depósitos (eufemismo usado para no decir derechamente poner a la venta todo el que había en las reservas del Banco Nacional), para que el oro bajase (contrariando la opinión adversa a tal medida del propio directorio del banco); sin percatarse ese “gran economista” que el mercado del oro no se circunscribía a Buenos Aires, sino que era internacional, con lo cual los corredores extranjeros, obedeciendo a sus mandantes, lo compraron masivamente, esfumándose así los últimos 50 millones oro que quedaban.

Intentó tapar el sol con el dedo, prohibiendo su transacción en la Bolsa: resultó peor el remedio que la enfermedad. Y para terminar la función, el manco Varela no tuvo mejor idea que erigirse en déspota, al menos, en su cartera. Decía el diario La Prensa en su edición del 18 de julio de 1890: “El Sr. Varela, por simple decreto administrativo, con calidad de dar cargo al Congreso (cosa que nunca hizo), derogó la disposición de la ley de Bancos Garantidos que exigía que el oro estuviera depositado en el Banco Nacional por lo menos dos años contados a partir del 1 de enero de 1888, y se autorizó a sí mismo a disponer de ese oro. Sentado en su poltrona ministerial recibía todas las tardes la lista de todos los que le pedían comprar el oro del Gobierno y señalaba con un lápiz los pedidos que debían ser inmediatamente satisfechos por el Banco Nacional. El ministro se convertía así en un banquero y manejaba el tesoro como un autócrata”.
Y desde luego, no se privó de otorgarse créditos en oro a sí mismo y a familiares suyos, además.
Sin dudas, el gobierno de Juárez Celman en lo técnico económico no dejó desaguisado por cometer y en lo administrativo se pasó por el… fundillo, digamos, la consideración debida a los otros poderes, irrespetándolos e incurriendo en cuanta… irregularidad, llamémosla (siendo buenos), se le antojó.
En las próximas entregas, estimado lector, arribaremos a las conclusiones en lo que respecta a lo político y moral y cómo incidieron esos factores en la crisis del 90.

Continuará

domingo, 24 de mayo de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? CUARTA PARTE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Si el presidente evacuara / el sillón que está ocupando / y libre al país dejara, / al oro, con linda cara, / lo veríamos bajando. (Semanario Don Quijote, 26 de enero de 1890)

El 26 de julio se produjo la revolución del 90 o revolución del Parque, y aunque vencida ésta; al gobierno de Juárez Celman no le quedó más aire y una vez renunciado, asumió la presidencia Carlos Pellegrini, con Vicente Fidel López de ministro de Hacienda. Entrambos llevaron adelante el plan Pellegrini-López, cuyo objeto era ordenar la economía.
Mediante su aceitada relación con los banqueros, Pellegrini consiguió, en lo interno, una “colaboración patriótica” de éstos consistente en un préstamo de 16 millones de pesos papel, los cuales convertidos a oro (la gente, confiando ingenuamente en que la caída de Juárez Celman traería la paridad cambiaria, salió a vender el metal) utilizó para pagar el servicio semestral de la deuda que vencía el 15 de agosto. En lo externo, el Gringo pensaba tomar un empréstito a oro destinado exclusivamente a pagarles a los acreedores extranjeros durante los dos años que habría de durar su gobierno; y en lo interno, planeaba emitir papel moneda, que los bancos oficiales (previamente saneados) prestarían, de modo de revitalizar el comercio; todo ello complementado con estrictas medidas de austeridad administrativa, severas reducciones presupuestarias, suba de aranceles a las importaciones, sustitución de éstas a través del fomento a la industria nacional e imposición de gravámenes a las empresas y bancos extranjeros. Buscaría asimismo, mejorar la imagen del gobierno procurando ganar en credibilidad y confiabilidad con una medida más efectista que apropiada: anular el contrato de venta de las Obras Sanitarias llevado a cabo durante la gestión de Juárez Celman en 1888.
La cosa anduvo a los tumbos, tanto en lo externo como en lo interno: en octubre estalló en Londres la crisis que venía arrastrando la Baring Brothers (causada en buena parte por la acreditación a nuestro país de 21 millones de pesos oro -producto precisamente del arrendamiento de las Obras Sanitarias citado precedentemente- y la certeza de que el gobierno argentino no podría hacer frente al pago de la deuda), de resultas de lo cual se produjo su liquidación. 
Ante eso, un consorcio de banqueros ingleses presidido por Nathan Mayer Rothschild, exigió como condición previa al otorgamiento del empréstito solicitado por Pellegrini para hacer frente a los servicios de la deuda externa que mencioné antes, que se giraran a Londres convertidos en oro los 50 millones de pesos que se habían emitido para fortalecer los bancos oficiales y reactivar el comercio. Una vez cumplida esa imposición, la banca Morgan prestó 75 millones de pesos oro a tres años con el 6% anual de interés, destinados exclusivamente a atender los pagos de la deuda externa, con fiscalización a cargo de un veedor británico que retendría de la recaudación aduanera el oro necesario para las amortizaciones, con la consiguiente mengua en el ejercicio de la soberanía efectiva del país.
Y aun así, se corrió más de una vez el riesgo de una intervención militar extranjera (impulsada por los acreedores alemanes, postura esta que no quisieron acompañar los ingleses; pese a lo cual hubo por entonces en nuestro país un marcado sentimiento antibritánico, que se expresó con roturas de banderas y retiro masivo de depósitos del Banco de Londres). Habría que esperar a que durante el gobierno de Luis Sáenz Peña, merced a la eficaz gestión del tándem Juan José Romero-Tomás de Anchorena, desde los ministerios de Hacienda y Relaciones Exteriores respectivamente, se llegara en Londres el 3 de julio de 1893, a un acuerdo con los acreedores externos: el archifamoso Arreglo Romero.
La crisis del 90 es una de las páginas más exhaustivamente estudiadas de nuestra historia, y sin embargo; los argentinos no hemos logrado llegar a un punto en el que, plantados, nos acordemos de aquello de “chico quemado teme al fuego”.
¡Ah!, es que hemos aprendido mucho de economía, tanto, que no debe haber en el mundo un pueblo tan versado en la materia como nosotros: el argentino promedio es capaz de debatir sesudamente acerca de Jean-Baptiste Colbert y el mercantilismo, Adam Smith y el librecambio, Friedrich List y el proteccionismo y John Maynard Keynes y el rol del estado en períodos de recesión. Asimismo lo es con respecto a la crisis del 90: todo ciudadano argentino serio sabe (o cree saber) qué la provocó: la “corruptela y el desmanejo administrativo de Juárez Celman”, la “emisión descontrolada a partir de la creación de los bancos garantidos” y hasta tiene grabadas en la memoria las palabras que pronunciara aquel venerable viejo Vicente Fidel López: “No sé si hubiera sido preferible para el país y para quienes hemos sacrificado nuestro patriotismo y nuestros desvelos en sacarlo del abismo, que la ciega obcecación del gobierno anterior hubiese seguido su desborde hasta estrellarse contra la bancarrota exterior e interior que ya tenía encima, para que el gobierno que le sucediera no hubiese heredado esa sucesión ilíquida y desastrosa que pone a prueba la resignación, los sacrificios y hasta la reputación personal”. 
¿Por qué, entonces, si conocemos los dislates en que hemos incurrido, tanto en el pasado remoto como en el más reciente; seguimos cayendo periódicamente en crisis que conmueven los cimientos mismos de la nación? ¿Será, por acaso, fatal y certeramente profética aquella predicción de Carlos D’Amico en su Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890): “Así continuarán, porque ése es el carácter argentino… Dominada esta crisis, otra vez serán deslumbrados por las riquezas excepcionales de esa tierra privilegiada, y volverán a las andadas, y cada cinco años tendrán una crisis cuyos peligros irán creciendo en proporción geométrica, hasta que llegue un día en que deban a los judíos de Londres y Frankfort todo el valor de sus tierras…”.
Como ni usted, querido lector, ni el servidor que esto escribe, somos de quedarnos con lo que nos cuentan; en las próximas partes de este artículo, arriesgaremos nuestras propias conclusiones.

Continuará

sábado, 9 de mayo de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? TERCERA PARTE

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¡Triste recurso, cuando se apela al diluvio para regar los campos! Este chaparrón de nuevo papel moneda, nos ahogará. (Semanario Don Quijote, 20 de julio de 1890)

En marzo de 1890 la tormenta, preanunciada con señales que irresponsablemente se ignoraron, se desató por fin. En rápida sucesión, el oro subió a 260 y al mes siguiente ya estaba en 290. Y como inexorablemente ocurre, la crisis financiera trajo aparejados los consabidos cambios en el gabinete. Esta vez, la modificación fue total, porque la renuncia de Wenceslao Pacheco provocó las de los demás ministros.
El motivo fue un desacuerdo entre el ministro de Hacienda, quien había dispuesto una emisión de 2 millones de pesos por parte del Banco Nacional; y Marco Avellaneda, presidente de la Oficina Inspectora de Bancos Garantidos, quien no quiso aprobarla. Junto con Pacheco renunció, como consigné precedentemente, el resto del gabinete. Juárez Celman no dejó trascender las renuncias, pues confiaba en convencer a los ministros de que conservasen sus carteras; pero ocurrió que alguien se fue de boca (por lo visto, los “secretos” del gobierno eran como los amores de las putas; conocidos por todo el mundo) y la cosa llegó a oídos de Miguel Navarro Viola, quien en el mitin del Frontón (13 de abril) lo anunció a voz en cuello en su encendido (y destituyente) discurso opositor.
Y entonces, al presidente no le quedó otro camino que darlas a conocer a la opinión pública y aceptarlas; tras lo cual se reunió con el vice, Carlos Pellegrini, para examinar la situación.
En abril de 1890, Pellegrini jugaba a dos puntas. Su relación con Juárez Celman podría definirse como de una “aparente cordialidad”, desde el verano de 1889, cuando estando él a cargo del gobierno por las vacaciones del presidente, el círculo áulico de este último instigó y organizó una revolución en Mendoza para derrocar al gobernador Tiburcio Benegas; pero Pellegrini -en contra de los deseos e intenciones de Juárez Celman, por descontado- lo hizo reponer. Al inseguro y desconfiado Burrito cordobés se le exacerbó el recelo hacia el vice; pese a que el Gringo le explicó que había procedido así para respetar las prescripciones constitucionales y evitar “un escándalo público”. El 29 de setiembre de 1889, Carlos Pellegrini le escribía desde Europa a su hermano Ernesto, a propósito del plan de venta de tierras públicas ideado por Pacheco que mencioné en el capítulo anterior: “La venta de 24.000 leguas en Europa sería una calamidad que nos costaría la vida. Sería crear una Irlanda en medio de la República y sacrificar el porvenir de la Nación por dificultades del momento”. En público, el vice no aparecía como distanciado del presidente; pero en privado, expresaba su total desacuerdo con las medidas económicas que éste adoptaba, y entonces, procuraba convencer a Juárez Celman de que debía cambiar su política. Apenas tres meses después, se haría patente su acuerdo con Roca para provocar la renuncia del Burrito cordobés y asumir él la primera magistratura del país.
Por ahora, Pellegrini le sugería a Juárez Celman un gabinete integrado por figuras políticas que generaran consenso e inspiraran respeto y confianza. El presidente aceptó el consejo y tan buena impresión causó el nuevo gabinete en la opinión pública al darse a conocer los nombres de quienes lo integraban, que instantáneamente el premio del oro bajó a 230.
Juárez Celman nombró a: Francisco Uriburu en Hacienda, Nicolás Levalle en Guerra, Amancio Alcorta, abogado, catedrático y diplomático muy prestigioso que había sido ministro de Roca (y después, en su segunda presidencia, volvería a serlo); en Justicia e Instrucción Pública, Roque Sáenz Peña en Relaciones Exteriores y Salustiano J. Zavalía (único amigo del presidente en el gabinete) en Interior. La influencia de Pellegrini se hizo notoria por entonces: sin duda, había andado su mano (con el beneplácito de los banqueros ingleses) tras la designación de Uriburu, muy amigo suyo y de toda su confianza era el general Levalle, y ni decir tiene de Sáenz Peña, su íntimo amigo y además; socio en el bufete jurídico. Pero Juárez Celman, aparte de reservarse la cartera de Interior para darla a un incondicional suyo como Zavalía; no quiso prescindir del todo de Pacheco y lo hizo designar al frente del Banco Nacional. La última disposición de Pacheco, cuando ya tenía decidida y redactada su renuncia, previamente a abandonar el ministerio, fue un gesto amable para con los empleados del mismo: de la partida Eventuales del presupuesto, les hizo dar un adicional equivalente a un mes del sueldo que cada uno de ellos percibía.Francisco Uriburu, el nuevo ministro de Hacienda, era considerado por la banca inglesa y en especial por la Baring Brothers, un economista de los llamados serios. Su estrategia consistía básicamente en la conciliación: en lo externo, apuntaba a lograr acuerdos con los banqueros a fin de consolidar la deuda, de modo de patear la pelota hacia adelante, sorteando la coyuntura y teniendo buen cuidado de no caer en el repudio de la deuda o en lo que pudiera ser interpretado como tal; y en lo interno, mantener un tipo de cambio alto de modo de favorecer las exportaciones; todo ello en el marco de una política moralizadora de manera de quitar argumentos a la oposición y generar un clima de confianza. Se trataba, en síntesis, de retomar en lo posible el paz y administración de la etapa roquista... pero con Juárez Celman en la presidencia y Pellegrini detrás del trono; en vez del Zorro.
Alentado por el impacto positivo provocado por su nuevo gabinete, Juárez Celman inauguró, el 11 de mayo, el período de sesiones ordinarias del Congreso. Fue el suyo un discurso optimista y tranquilizador: se refirió a la crisis financiera atribuyéndola al agio, la especulación y el abuso, señaló que a pesar de ella; el crecimiento continuaba, mencionó que se avecinaba una excelente cosecha de cereales, saludó a la oposición y expresó sus plácemes por el surgimiento de un nuevo partido, anunció que su gobierno se proponía llevar adelante reformas en la ley electoral incluyendo la representación de las minorías y finalmente, destacó que por primera vez en muchos años, la balanza comercial había arrojado saldo favorable en el primer trimestre del año.
El discurso presidencial había sido sincero: el liberalismo de Juárez Celman lo llevó a alegrarse por el surgimiento de la oposición que seguramente se traduciría en una nueva expresión partidista, era cierto que alentaba el propósito de otorgar representación a ésta en el Congreso, era verdad que se esperaba una cosecha récord y en efecto, el superávit comercial había sido nada menos que de 40 millones. Los miasmas de la crisis parecían disiparse al soplo de una brisa renovadora. Pero como en la fábula de Esopo, el problema del Burrito cordobés estaba en su naturaleza, y su fugaz consciencia se perdió al igual que se pierde una falena en enloquecido vuelo alrededor de una lámpara encendida.
En la sesión del Senado del 9 de mayo, Aristóbulo del Valle, senador por Buenos Aires, denunció que circulaban billetes emitidos clandestinamente por el Banco Nacional, que desde abril presidía, como vimos, Wenceslao Pacheco. El asunto denunciado era grave; pues aparentemente se ponía en circulación papel moneda mediante emisiones no autorizadas previamente (el gobierno las haría después en el Congreso, a fines de junio en diputados y el 1 de julio en senadores) y se daba en un sentido absolutamente opuesto al rumbo que se proponía imprimirle Uriburu a la economía. El ministro pidió derechamente la salida de Pacheco, pero Juárez Celman se negó a echarlo y no paró ahí, sino que además le exigió, a través del ministro del Interior, Zavalía; la renuncia a Uriburu y éste se la mandó inmediatamente, anunciando, a gran estrépito, que “el ministro (es decir, él mismo) remaba hacia adelante y el Banco Nacional hacia atrás”. El ministro de Justicia, Alcorta, se solidarizó con él y renunció también. El premio del oro trepó a 314 y la crisis financiera se tornó (en realidad, siempre lo fue, pues imposible es que haya buena economía sin buena política) institucional, produciéndose la revolución del 90 o revolución del Parque, que daría por tierra con el gobierno del Burrito cordobés.
En las próximas entregas, veremos, estimado lector, cómo terminó la cuestión y elaboraremos las conclusiones.

Continuará

domingo, 3 de mayo de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? SEGUNDA PARTE


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Pero mire usted la Bolsa, / mire la Bolsa nomás, / que está cotizando el oro / cual no se ha visto jamás. (Semanario Don Quijote, 11 de diciembre de 1887)


El presidente Juárez Celman y su ministro Pacheco habían anudado una íntima amistad que databa de 1883, cuando el primero comenzó a residir en Buenos Aires luego de ser electo senador por Córdoba. 
El trato entre ellos era el familiar vos. Para darse una idea de cuán estrecha relación tenían, tómese en cuenta que se tuteaban; mientras que por ejemplo, Juárez Celman y Roca, aún a pesar de su parentesco (eran concuñados), se trataron siempre de usted. Y ni decir tiene que Roca tuteando a un ministro o viceversa, era algo que no entraba ni siquiera en la imaginación del más divagante de los divagantes. Encima, Juárez Celman se rodeó de un círculo áulico que lo adulaba y reputaba como el summum de la inteligencia y el liderazgo. Y de entre esa camarilla de cortesanos, había elegido como favoritos a Ramón J. Cárcano (comprovinciano suyo y de hecho, delfín presidencial) y Wenceslao Pacheco. 
Transcurridos sólo tres meses de haberse recibido Juárez Celman de la presidencia, el premio del oro ya estaba a 144. El circulante total país era de 88 millones de pesos papel garantizado con una reserva de 35 millones oro. Sin embargo, a pesar de las señales de alarma; la economía crecía a un vertiginoso ritmo del 11% anual.
Durante el gobierno de Roca, la creación y consolidación del Estado nacional se habían llevado a cabo sobre la base del crédito proveniente del exterior, con el cual se financiaron tanto las obras de infraestructura y comunicaciones, como la burocracia administrativa; redundando en una crecida deuda externa que pendía sobre la nación como la consabida espada de Damocles, en un marcado déficit fiscal y en una balanza comercial que arrojaba un saldo negativo de 30 millones de pesos oro. En esas condiciones el país se hallaba, pues, en virtual estado de quiebra financiera. Y sin embargo, el crecimiento económico parecía no tener fin. Era ese un statu quo que imprescindiblemente requería de un liderazgo fuerte e inteligente para el manejo de la coyuntura y la paulatina corrección que debía hacerse. Pero Juárez Celman no era Roca.
A fines de 1887, por iniciativa de Pacheco, el Congreso sancionó la ley de bancos garantidos ("bancos libres" los llamaba el periódico Don Quijote, ferozmente opositor al gobierno, que paradojalmente, si bien era crítico de la gestión del ministro; no lo zahería con la misma intensidad con la cual destrozaba a otros integrantes del gobierno y a figuras políticas estrechamente ligadas al mismo, como por ejemplo el ministro del Interior, Eduardo Wilde; el gobernador de Córdoba, Marcos Juárez -hermano del presidente-; el director de Correos, Ramón J. Cárcano, etc., limitándose a señalar, en versos humorísticos una característica de Pacheco: sus frecuentes ausencias del ministerio debidas a las largas temporadas que pasaba en una estancia que había adquirido en Entre Ríos).



En la teoría, la ley perseguía el objetivo benéfico de inyectar dinero a las economías regionales de modo de favorecer el comercio y la incipiente industria e incrementar las reservas de la Nación (para hacer frente a los compromisos con los acreedores extranjeros) con el oro proveniente de la deuda externa tomada por las provincias, el cual sería canjeado a éstas por títulos llamados notas metálicas; pero en la práctica, sin los resguardos imprescindibles para que el destino de los recursos financieros fuera la producción y no la especulación; sólo sirvió para triplicar el circulante de una moneda cada vez más depreciada. 
El 28 de febrero de 1889, ante una nueva trepada del premio del oro, que había llegado a 157 y del estallido de huelgas obreras, Juárez Celman designó ministro de Hacienda a Rufino Varela, a la par que nombraba a Wenceslao Pacheco ministro del Interior; quien desde esa cartera lograría volcar a algunos remisos y disconformes del PAN que empezaban a expresar disidencias, en favor de las políticas presidenciales.
Se hacían nítidas, patentes, con la preanunciación de la crisis, las diferencias entre los sectores ligados a la importación (el comercio interior), a quienes la suba del oro perjudicaba; y los vinculados con la exportación, a quienes la depreciación de la moneda favorecía, pues internamente pagaban sus costos en pesos devaluados y percibían sus ingresos en oro. Juárez Celman, fiel a su lema “en política la audacia lo es todo”, redoblaba la apuesta contra la oposición, a la cual sindicaba como culpable de las dificultades de la economía: sustituía en Hacienda a un economista “político” como Pacheco; por uno “técnico” como Varela (vinculado al comercio, y por lo tanto, inequívocamente interesado en la baja del oro), al tiempo que utilizaba al primero como herramienta para nuclear en torno suyo a la mayor parte del arco político del interior del país. 
Apenas seis meses después, las medidas implementadas por Varela (lanzamiento al mercado de toda la reserva en oro, prohibición de su transacción en la Bolsa, cierre de ésta y búsqueda de capitales en centros financieros no ingleses como Berlín y París) habían fracasado, el oro había llegado a 180, y por eso el 27 de agosto Juárez Celman volvía a designar a Pacheco al frente del ministerio de Hacienda.
Para setiembre de 1889 el oro ya estaba a 242. Sereno ante la crisis hasta el extremo de mostrarse despreocupado, el ministro Pacheco hizo circular por distintos medios el proyecto que había concebido para capear la crisis monetaria: restringir a 100 millones de pesos papel el total circulante, que al estar respaldados por un fondo de 80 millones oro constituido previamente con las disponibilidades del Banco Nacional y del Banco de la Provincia de Buenos Aires engrosadas con el producido de la venta de tierras fiscales; pondrían la cotización a la par, y en octubre envió al Congreso un mensaje en el cual anunciaba un paquete de medidas en el sentido indicado, agregando, con respecto al tratamiento que pensaba dársele a la cuestión de la deuda externa, que "el gobierno tenía en Europa los recursos que aseguraban su servicio hasta enero de 1891" (se refería a los 50 millones oro que creía disponibles en Londres producto del arrendamiento de las obras sanitarias).

Continuará

lunes, 27 de abril de 2015

WENCESLAO PACHECO. ¿QUIÉN PAGÓ LOS PLATOS ROTOS DE LA GIRA? PRIMERA PARTE








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Políticos, comiteses, matones y matoneaos. / Cuarto oscuro, pa' algunos; pa' otros, iluminao. / Promesas, medias chupadas, taba cargada y asao. (José Larralde)

Wenceslao Pacheco (n. Mendoza, 28.09.1838) fue un abogado, periodista, economista y político que integró la llamada Generación del 80 y desempeñó altos cargos durante las presidencias de Nicolás Avellaneda, Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman.
Cursó estudios en el Colegio Superior del Uruguay, en Concepción del Uruguay, Entre Ríos (donde también, en 1863 se iniciaría en la masonería, ingresando en la logia Jorge Washington) y se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires. Enrolado en el autonomismo, ejerció de periodista como redactor de los diarios El Nacional y La República. Fue designado juez y después, director del Banco Nacional, todo durante 1877; y electo diputado provincial en 1878, destacándose por su cerrada oposición a la política del gobernador Carlos Tejedor. Al año siguiente, Nicolás Avellaneda lo nombró presidente del Banco Nacional, al frente del cual cumplió una excelente gestión.

Después de Pavón, durante el gobierno de Bartolomé Mitre se implantó el unitarismo de hecho -ya que no podía establecérselo de derecho- en el orden nacional. Se lo impuso en lo político, manu militari, a sangre y fuego; y en lo económico, mediante el uso discrecional de la formidable herramienta financiera que representaba el Banco de la Provincia de Buenos Aires, reformulado en octubre de 1863, que emitía los pesos papel que se forzaba a las provincias a admitir. Dalmacio Vélez Sársfield, el doctor Mandinga (a la sazón, ministro de Hacienda de Mitre), se había percatado de la evidente contradicción y propuso la nacionalización del banco, pero se topó con la negativa de los más recalcitrantes del porteñismo (que constituían la base del partido de don Bartolo, quien nada efectivo hizo, al contrario; para impulsar y favorecer la iniciativa de su ministro).
Llegado en 1868 Domingo Sarmiento a la presidencia de la República, no estaba dispuesto a tolerar que el Banco de la Provincia de Buenos Aires continuara siendo el emisor principal (y por ende, árbitro) de la moneda circulante en todo el país, no porque ello repugnara a un criterio federalista que muy lejos estaba de tener (no era hombre de partido y se jactaba de ello: “yo soy Don Yo”, decía de sí mismo); sino porque, gran ególatra, no cabía en su concepción del gobierno el estar sujeto a la dependencia de un organismo provincial en una cuestión capital cual lo era la monetaria, por más que gobernara en Buenos Aires Emilio Castro, alsinista, y que los billetes de ese banco fueran aceptados en las provincias no ya por la prepotencia de los fusiles del ejército nacional como en épocas de Mitre; sino porque estaban respaldados con nada menos que un encaje en oro equivalente a 7/8 del total del circulante. En 1872, Sarmiento consiguió que el Congreso (que hasta poco antes había sido desfavorable a su gobierno, pues la mayoría la detentaba su más enconado adversario, el mitrismo; ecuación esta que había logrado modificar en su quizá única demostración de habilidad política: el aumento de diputados de resultas del censo de 1869) votara una ley que estipulaba la creación del Banco Nacional, entidad mixta que reuniría capitales estatales y privados, sería administrada por particulares e iniciaría sus operaciones en noviembre del año siguiente.
Los capitales estatales se constituyeron con 10 millones de pesos oro provenientes del empréstito de Obras Públicas por un total de 6 millones de libras esterlinas al 88,5% con 3,5% de comisiones colocado en Londres en 1870, fondos estos que llegaron al país al año siguiente y que el gobierno había depositado en cuenta corriente en distintos bancos, pero la mayor parte, en el de la Provincia de Buenos Aires. Consecuentemente, la abundancia de oro condujo a la baja de la tasa de interés y al aumento de la liberalidad en la concesión de los créditos. El dinero se prestaba a manos llenas y se importaba a mansalva. Pero a fines de 1873, el gobierno nacional necesitó extraer los 10 millones destinados a capitalizar el Banco Nacional y además; el oro necesario para girar a Londres el semestre de las garantías ferroviarias y los servicios de la deuda externa. La economía se frenó, se produjeron muchas quiebras comerciales y el Banco de la Provincia de Buenos Aires sufrió corridas, no por retiro de depósitos; sino por el impedimento de satisfacer la demanda cada vez más creciente de quienes solicitaban convertir sus pesos en oro.
Al asumir Nicolás Avellaneda el 12 de octubre de 1874 la presidencia de la Nación, la situación no era de crisis, pero sí preocupante. Muy. El 14 de mayo de 1875, el gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares, recibido del cargo apenas trece días antes y que hasta allí se había desempeñado durante nueve años como presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, se constituyó en el despacho de Avellaneda para anunciarle a éste que dicha entidad ya no tenía oro para enfrentar las corridas. Quince días más tarde, el presidente del Banco Nacional, Juan Nepomuceno Anchorena, luego de una áspera discusión con quienes hacían cola en la ventanilla de conversión, enrostrándoles airadamente a éstos su “carencia de patriotismo y de confianza en el país”, fue a verlo a Avellaneda para interiorizarlo de la situación. No quedaba otro arbitrio que declarar el curso forzoso y así se hizo. Paradojalmente, lo que parecía ser la catástrofe financiera; se convirtió en el remedio (bien que circunstancial y efímero) para la economía: se redujeron notablemente las importaciones, aumentaron las exportaciones, despuntó una industria nacional y aunque tibiamente, se adoptaron medidas proteccionistas y algunos hasta insinuaron la conveniencia de expropiar los ferrocarriles ingleses. Los bancos extranjeros mezquinaron los créditos a la naciente industria, lo cual trajo aparejado el crecimiento de las entidades nacionales; no había oro, pero sí había papel moneda y éstas últimas lo prestaron generosamente. 


En apretada síntesis, ese fue el proceso de creación de la entidad financiera y esa era la situación al asumir Wenceslao Pacheco en 1879 la presidencia del Banco Nacional. El crecimiento que tuvo la misma durante la eficaz y exitosísima gestión de Pacheco fue exponencial, tanto en la expansión de la cartera de clientes; como así también en lo patrimonial y en el resultado neto de utilidades.
A principios de marzo de 1885, el presidente Julio A. Roca lo llamó a integrar su gabinete como ministro de Hacienda.

Félix Luna insinúa y otros afirman, que influyó en esa decisión la común circunstancia de ser coetáneos y ex alumnos del Colegio de Concepción del Uruguay. Particularmente, no me parece que haya sido ese un factor relevante y mucho menos decisivo, porque Roca era cinco años menor que Pacheco, de modo que si bien habían estudiado los dos en el mismo colegio; no fueron condiscípulos. Y suponer al Zorro teniendo en cuenta tal nimiedad a la hora de elegir al hombre para encargarle en ese momento la cartera de Hacienda, implica no tener una idea acabada y certera de su índole. Los motivos para haber llevado a Pacheco al ministerio hay que buscarlos en la coyuntura política y en la naturaleza personal del presidente: a fines de 1884, la escasez de oro tornó imposible la continuidad de la conversión del peso papel, y Roca y su ministro de Hacienda por entonces, Victorino de la Plaza, emitieron en enero de 1885 un decreto por el cual se suspendía la misma por dos años, imponiéndose así el curso forzoso (otra vez y van…). En marzo, el coya De la Plaza renunció su cartera y entonces, el presidente convocó a Wenceslao Pacheco. Ocurría que, además de la difícil situación financiera que debía atender; Roca estaba empeñado en frustrar a como diese lugar la candidatura presidencial de Dardo Rocha (a quien consideraba “un Catilina capaz de todo”), la cual se financiaba a través del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Llevar a Hacienda al presidente de la entidad competidora de éste, el Banco Nacional, acción complementada con la de designar a Pellegrini (hasta poco antes, impulsor de y adherente a, la postulación rochista) para encomendarle la gestión en Europa de un nuevo empréstito que trajera oro a las arcas fiscales exhaustas (y de paso, distanciarlo definitivamente de Rocha), fue una jugada maestra de ajedrez político por parte del Zorro. Para 1886, la crisis financiera -que no llegó a convertirse en económica- había pasado y el oro, que en diciembre de 1885 había rozado los 145 centavos, estaba en 110, es decir, apenas por encima de la par. En cuanto a Rocha, hubo forzosamente de resignar sus aspiraciones presidenciales y (después de una intentona revolucionaria que no llegó a plamarse y quedó sólo en los “planes”) los restos de su naufragio se nuclearon, más o menos de mala gana, con el resto de la oposición al roquismo (mitristas, bernardistas, sarmientistas, delvallistas y demás istas) en una bolsada ‘e gatos denominada Partidos Unidos. 

En las presidenciales de abril, la fórmula oficialista Miguel Juárez Celman-Carlos Pellegrini se impuso cómodamente en todo el país; excepto Buenos Aires y Tucumán (en Salta no hubo comicios).



Y hasta se dio el lujo Wenceslao Pacheco de impulsar la creación del Banco Hipotecario, que se fundó a partir de la ley 1804 votada por el Congreso el 24 de setiembre de 1886, menos de un mes antes del traspaso del poder de Roca a Juárez Celman el 12 de octubre. Recibido este último de la presidencia, confirmó a Pacheco como ministro de Hacienda, en un intento por evidenciar ante la opinión pública que su política habría de ser la continuación de la de su antecesor en el cargo.
Lo cual trascartón nomás, se comprobaría que no era cierto.


Continuará

lunes, 6 de abril de 2015

INTELECTUALES NO, INTELIGENTES SÍ




















Los intelectuales jamás han servido para nada en ninguna parte del mundo; salvo aquellos que evolucionaron hasta llegar a inteligentes. Y de estos últimos, en nuestro país no he encontrado más que estos ejemplos: Juan B. Alberdi, Ramón J. Cárcano, Eduardo Wilde, Osvaldo Magnasco, Joaquín V. González, Manuel Gálvez, Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche.
Este concepto era en mí una presunción que pugnaba por arraigarse, más que otra cosa; porque estaba allí, latente, la maldita duda nublando mi consciencia... 
Pero acabo de leer un par de notas periodísticas que le hicieron a Mario Bunge (con los emergentes consabidos y abundantes ditirambos que generosamente suele prodigar desde siempre la inteligentzia "nacional") y entonces; la presunción se me tornó convicción.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 5 de abril de 2015

LA CONSPIRACIÓN DE ASHWORTH HALL








































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Escribo mirando a la vida, mis obras reflejan lo que siento y lo que hace la gente. Y lo que intento con mis libros es que todos comprendamos que una persona, en ciertas circunstancias, puede llegar a extremos, y que debemos pensarlo dos veces antes de juzgar a los demás. Que mis lectores sean conscientes de que todos somos moralmente ambivalentes y se enfrenten a ello. (Anne Perry)

Anne Perry es la actual identidad de la escritora Juliet Marion Hulme (n. Londres, Inglaterra, 28.10.1938), una prolífica autora de historias policiales.


Su vida, que hoy por hoy transcurre plácidamente a pesar de la celebridad y el éxito que ha alcanzado como autora de thrillers; tuvo en sí misma mucho de novelesca y dramática, pues hallándose en Nueva Zelanda y siendo una adolescente de 15 años, en complicidad con su amiga y compañera de escuela, Pauline Yvonne Parker, asesinó a ladrillazos en la cabeza a la madre de ésta, pues la mujer planeaba separarlas; mientras que ellas habían proyectado vivir juntas en Sudáfrica con el padre de la primera, una vez terminado el divorcio entre éste y su esposa, la madre de Juliet.


Como eran menores, en lugar de condenadas a muerte, lo fueron a prisión, hasta que al cabo de cinco años y alcanzada la mayoría de edad, ambas jóvenes fueron liberadas imponiéndoseles como condición judicial que en adelante y mientras viviesen, jamás podrían tomar contacto entre sí en forma alguna. Luego de ser indultada, Juliet vivió alternativamente en Inglaterra y Estados Unidos, se hizo mormona y a los 21 años trocó sus nombres y apellido originales por los de Anne Perry.


Estudió historia, griego y latín (ha traducido no pocos clásicos), para ganarse la vida trabajó de azafata y de empleada de comercio en distintos rubros, y se radicó en Escocia (donde también vivía su madre), país en el cual continúa residiendo en la actualidad, en una apacible aldea de las highlands. En 1979 logró publicar -recién diez años después de escribirla- su primera novela: Los crímenes de Cater Street (The Cater Street Hangman, en el inglés original), que tuvo gran suceso y representó el inicio de su ascendente carrera literaria, la cual se compone de sesenta títulos editados (muchos de los cuales fueron llevados al cine), con más de veinticinco millones de ejemplares vendidos.


Celosa guardiana de su intimidad, lo que de trágico y azaroso había en su pasado era ignoto para el gran público, hasta que en 1994, el estreno de una película: Criaturas celestiales (Heavenly creatures), de gran repercusión, llevó a que el caso Hulme-Parker fuera mundialmente conocido y salieran a la luz circunstancias de su vida las cuales Anne hubiera querido, lógicamente, que permanecieran en el mismo olvido al cual ella las había relegado. Pero eso no influyó en modo alguno en su carrera, ni para bien ni para mal; sus libros continuaron vendiéndose en forma sostenida, sin variaciones ni en más ni en menos. Así, quienes somos sus lectores, seguimos aguardando las dos novelas a que cada año nos tiene habituados: una de la serie de Thomas Pitt y la otra de la de William Monk, los personajes que ha creado como protagonistas principales de sus thrillers, todos ambientados en la Inglaterra victoriana. Dado que la novela que comentaré es de la saga del primero, me limitaré a dar una semblanza suya; dejando la del segundo para la oportunidad de abordar una que sea protagonizada por él. 
Thomas Pitt es un inspector de la policía londinense altísimo, desgarbado y desaliñado, de humilde y plebeyo origen (hijo del guardabosques de la extensa propiedad de un lord, y éste, que vio en el muchacho condiciones excepcionales de inteligencia y responsabilidad, costeó sus estudios en el mismo exclusivo colegio al que mandaba a su hijo; merced a lo cual Pitt es poseedor de una esmerada educación), que en el transcurso de su primer caso (Los crímenes de Cater Street), conoce a una bella aristócrata, Charlotte Ellison, de la cual se enamora y con la que termina casándose. Charlotte, una hermosa pelirroja, es todo un carácter, un espíritu libre: apasionada, rebelde y con una lengua filosa que es capaz de herir como un estilete, no se ciñe a los convencionalismos y prejuicios que le prescriben un matrimonio con alguien de su misma condición y posición social, y al casarse con Pitt, se ve obligada a renunciar a su anterior estilo de vida marcado por el lujo y la abundancia; para adoptar el de una esposa que debe necesariamente limitarse al magro sueldo de su marido en la policía, cuidando los centavos, zurciendo la ropa y haciendo las tareas hogareñas. Pero pese a todas las predicciones de su familia, que se resigna forzosamente a que se haya casado con ese policía; ella y Pitt se aman y son felices, aún entre privaciones. Charlotte no sólo es una mujer preciosa y desprejuiciada, sino que posee además en grado sumo lo que se llama sentido común y unas sagacidad y perspicacia asombrosas, que utilizará para ayudar a su esposo a resolver hasta los casos más complicados. Para ello, necesariamente debe volver en ocasiones a frecuentar los círculos de la nobleza y la clase alta, apelando a la ayuda de su hermana Emily, ventajosamente casada con un acaudalado lord, quien le presta los vestidos y carruajes necesarios para desenvolverse en ese ámbito, y sobre todo; a la de una pariente lejana: lady Vespasia Cumming-Gould, una anciana aristócrata de gran fortuna, proveniente de una de las familias inglesas de más rancio abolengo, quien había sido, según la pluma de la autora, "una de las mujeres más hermosas de su tiempo, capaz de conversar con filósofos, cortesanos y dramaturgos", "duques y príncipes se habían sentido honrados con una sonrisa suya" y a la que ahora, a sus ochenta años, "por su edad y su riqueza, no le importaba ya en lo más mínimo lo que la alta sociedad pensase de ella".
Descritos los personajes, pasemos al libro: La conspiración de Ashworh Hall. En esta oportunidad, la acción no transcurre en las elegantes avenidas de los barrios londinenses que habitan las clases altas ni en los tenebrosos callejones del puerto, sino en una fastuosa mansión campestre propiedad del esposo de Emily, en la cual tendrá lugar una serie de conferencias encaminadas a la resolución de la espinosa Cuestión Irlandesa. Políticos de esa nacionalidad, de ambos bandos, los nacionalistas católicos y los protestantes, tratarán, con la mediación de un alto funcionario del Home Office inglés, lord Aisley Greville, de lograr acuerdos mínimos que posibiliten la aprobación de leyes relacionadas con la propiedad de la tierra en Irlanda, de modo de avanzar en la emancipación de la comunidad católica. El fracaso de las negociaciones (que se desarrollarán en secreto) supondría el recrudecimiento de las luchas intestinas que desgarran aquella nación, y Greville ha sido amenazado por grupos extremistas y ya ha sufrido un atentado del que milagrosamente logró salir ileso; de manera que el ministerio encarga a Pitt (quien en esta historia ya es comisario), tanto por su discreción y sus exitosos antecedentes, como por la coincidencia de que es el concuñado del anfitrión; que proteja a Greville. No obstante los cuidados de Pitt, el mediador aparece asesinado en su cuarto de baño, y entonces el comisario deberá emprender una concienzuda investigación para esclarecer el crimen, en el transcurso de la cual saldrá a la luz lo turbulento y miserable de la vida paralela que el occiso llevaba a espaldas de sus esposa e hijo. Para colmo de las dificultades, el concuñado de Pitt, Jack Radley, ha sido designado por el ministerio para reemplazar al asesinado Greville en la moderación de las negociaciones; de manera que recaerá sobre las ya muy cargadas espaldas del comisario la responsabilidad de cuidar de que nada malo le ocurra. La fría lógica y la incansable laboriosidad de Pitt, aunadas a la extraordinaria percepción de su inestimable esposa Charlotte, conducirán al fin a desentrañar la verdad.
En resumen, una muy lograda novela, con una trama atrapante que, a pesar de no ser lo que llamaríamos ágil ("escribir es como andar en bicicleta -dice la autora-, si vas demasiado rápido, puedes caerte; pero si vas con extrema lentitud, puede pasarte lo mismo"); fluye con una continuidad que no da tregua al lector, en la cual se entremezclan personajes de variada condición social y moral y se abordan temas como el debate en torno a la teoría de Darwin, la situación de las masas populares, los derechos de la mujer y el voto femenino, las virtudes y miserias de la aristocracia inglesa, los convencionalismos sociales aún los más ridículos, la hipocresía de la clase alta, los afanes y desventuras de la clase trabajadora, la independencia de Irlanda y las culpas de Inglaterra en el drama de esa nación, todo tratado por la pluma magistral de Anne Perry llevando al papel los frutos de su vasta cultura y su tenaz labor de investigación y recopilación de datos sobre la época victoriana. Un libro para disfrutarlo intensamente de principio a fin. 
Y usted, si todavía no lo leyó, ¿qué espera para hacerlo? No se prive de ese placer.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 31 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. SEGUNDA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Desierto verde en el tiempo / que el hacha vino a poblar. / Con sangre de los quebrachos, / el Chaco, llorando está. (Luis Landriscina)

En la pregunta con la cual terminaba la primera parte de este artículo, obviamente me refería, estimado lector, a la élite santafesina de ese momento; pues recuerde usted que arribamos a un punto del relato en el que ya habían transcurrido nada menos que treinta y cuatro años desde la suscripción del empréstito y un cuarto de siglo desde la cancelación del mismo con la venta en Londres de las tierras. 
Desde aquel entonces, la situación había experimentado muchos y sustanciales cambios, derivándose de ella consecuencias en las que nada tenían que ver las ideas que animaron a Iriondo y demás, ni los propósitos que perseguían. Por ejemplo: en 1890, arrastrada por la crisis de la Baring Bros., la banca Murrieta & Co. había quebrado y The Santa Fe Land Company, la compañía colonizadora que había formado para rentabilizar el capital erogado subdividiendo la tierra en parcelas para ser vendidas a migrantes europeos; trocó su misión empresarial original por otra que entendió como mucho más atractiva y conveniente para la maximización de la ganancia: la explotación maderera. Y así, resultó absorbida en 1913 por La Forestal, la cual, trascartón nomás, cerró la fábrica de Santa Felicia por "baja rentabilidad": el anterior ejercicio comercial había repartido "solamente"... ¡el 12,5% de dividendos!
Retomo la ilación: me preguntaba entonces si la élite santafesina habrá sido consciente de las implicancias de lo que estaba haciendo. Y tengo para mí que sí lo fue, que actuó como lo hizo sabiendo lo que podía pasar de resultas de ello. Y no le importó. Y voy aún más allá: no creo, sino que afirmo, que entre los políticos santafesinos de por entonces, no había un solo hombre comparable a Nicasio Oroño, Simón de Iriondo o Servando Bayo. Y sostengo, además; que la aristocracia santafesina de principios del siglo XX atravesaba, en lo moral e intelectual, por un proceso de deterioro y descomposición si no mayor; por lo menos sí idéntico al sufrido por las clases dirigentes tanto de la capital como de las demás provincias argentinas.
El postulado de que el progreso (ese dios Progreso del positivismo spenceriano) necesariamente venía asociado al capital (por fuerza, extranjero), seguía siendo para esa élite, indiscutible (tal como lo había sido para la anterior). Pero como a diferencia de la otra, esta era (y así se evidenció) claudicante y decadente; renegó de sus responsabilidades, archivó el coraje en algún baúl, embriagada de sectarismo vomitó la virtud política que no pudo digerir y olvidada de antiguas glorias y pretéritos señoríos; cayó en la molicie y el deshonor, se prostituyó miserablemente y le dejó al gringo que venía a expoliarnos el resolver el "problema" de llevar "civilización" a ese montaraz norte provincial de "tierras sin valor" (las que para mayor ludibrio, reclamó a la Nación y obtuvo, como vimos en la primera parte), "llenas de indios" y que "tantos gastos dispendiosos generaba en el presupuesto" (¿para qué las querían, entonces?). No puedo imaginar una desgracia mayor para un país, que la degeneración en oligarquía de su clase dirigente.
Medio siglo de accionar de La Forestal significó lisa y llanamente un ecocidio. La deforestación trajo aparejadas alteraciones irreversibles en la biodiversidad, la erosión y desmineralización de los suelos y un descenso alarmante en su capacidad de absorción y retención del agua, la modificación del régimen hídrico y una sensible baja en la población de las especies animales, varias de ellas incluso hasta la cuasi extinción. 
Suele argumentarse, aún en nuestros días, que "no había por entonces consciencia de la necesidad de protección del medio ambiente", por lo cual "lógicamente no se legislaba acerca de ello". Sofisma miserable. Sí se sabían los problemas que deberían arrostrarse después, y también cuál era la manera de evitarlos o por lo menos reducirlos al mínimo posible. Y la carencia de normas y leyes para ello, no se debía al desconocimiento, sino a la desidia o a la corrupción, cuando no a ambas.
En 1905, el gobernador del Chaco, Martín Goitía, informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos. ¿Qué, tenemos que creer que Goitía era una excepción y que lo que era sabido por él en el Chaco era ignorado por la oligarquía en Santa Fe? Por favor... Y para colmo de los colmos, ya en 1915, en el seno de la legislatura santafesina se cantaban loas al "adelanto que a Santa Fe trajo La Forestal" y se lo comparaba orgullosamente con el "escaso" del Chaco, "ese gran desierto inhóspito habitado por tribus refractarias a la civilización". Como si en la naturaleza, un sistema ecológico distinguiese entre las líneas caprichosamente trazadas en un mapa por la mano arbitraria del hombre o entre las palabras vertidas por un imbécil infatuado henchido de vanidad que ostentaba el dudoso privilegio de encontrarse al servicio de intereses espurios.
En lo socio-económico-político La Forestal impactó de manera diversa. Es innegable que su presencia y actividad generó miles de puestos de trabajo, pues en la industria taninera, enormemente demandante de mano de obra, eso es conditio sine qua non. Para atraerla, tuvo que darles a sus obreros y empleados la imprescindible infraestructura de vivienda y servicios: quien trabajaba para la compañía, tenía asegurados un salario nominal medianamente razonable, abonado puntualmente y en moneda nacional, una casa, energía eléctrica, agua corriente, atención médica en el hospital de la empresa y esparcimiento (en una cancha de bochas si era obrero, en un cine si era empleado, o en un link de golf o un court de tenis si era de esta última condición, pero jerarquizado). Todo ello, gratis. Surgieron así los pueblos-factoría, los "pueblos de La Forestal".
Pero todo eso equivalía a un contrato con el diablo. Y para peor; no había por allí ningún herrero Miseria que se diera maña para joderlo a Mandinga: La Forestal les daba a sus obreros y empleados todo eso, sí; pero se quedaba con sus almas, que en adelante le pertenecerían; pues tales "beneficios" los detentarían en tanto sus vidas se consagrasen a la compañía, ya que todo era de ella y se habían convertido en cautivos de un poder que sustituía a un Estado ausente, ese que sólo "existía" en la virtualidad de lo meramente formal y enunciativo. La policía, el juzgado de paz, la escuela (cuyos edificios eran también propiedad de la empresa), el limitadísimo "comercio" (reducido a la botica, la panadería, la lechería y el almacén de ramos generales), todo, absolutamente todo, respondía a La Forestal y no había en esos pueblos más ley que la que el consorcio transnacional imponía. Incluso, desde 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, cada 25 de Mayo y 9 de Julio, junto a la bandera argentina ¡se izaba la Union Jack! Y la consabida espada de Damocles siempre pendiendo sobre ellos en forma de despido, el cual no representaba sólo la pérdida del puesto (como si ello no fuera ya suficiente drama), sino además; la de la casa, los goces de la energía eléctrica y el agua corriente, la posibilidad de acceder al hospital y sobre todo; lo más aterrador, la Celda 101 de aquel Big Brother: la expulsión y el desarraigo, porque ¿adónde podrían ir, si estaban en una propiedad privada de casi dos millones de hectáreas? ¡Dos millones de hectáreas! ¿Se acuerda, lector, de aquella canción de Serrat titulada Manuel?: "Del amo eran las tierras, camino abajo / las moras y las flores de los ribazos. / La mula y los arreos, el pan y el vino, / los árboles, las piedras y los caminos", bueno; al igual que en ese estadio de vasallo de un señor feudal en el que se hallaba el hispánico Manuel; estaban los obreros y empleados de La Forestal.
Si así transcurría la existencia (o mejor dicho; subsistencia) monótona, gris, sin horizontes y signada por el miedo, de los trabajadores concentrados en los pueblos de la compañía; la de los obrajeros, es decir, los peones de los obrajes: hacheros, playeros y carreros, era una tragedia que espanta el solo describirla. 


Éstos conformaban una masa seminómada que ambulaba por los quebrachales condenada a malvivir hacinada en ranchos de madera y lata, cuando no en medio del monte, en precarias ramadas, sujeta a los arbitrios de quien intermediaba entre ella y La Forestal: el contratista.
Era éste quien le vendía al obrajero a precios siderales el hacha y el machete con los que trabajaba, los alimentos que consumían él y su familia, los vicios (yerba, tabaco y caña) que lo ayudaban a soportar las infrahumanas condiciones en que se hallaba, y quien regenteaba la bailanta y la casa de tolerancia en las que el pobre peón habría de dilapidar los pocos pesos que le quedaran (encima, en vales o billetes de moneda La Forestal) una vez hechas las cuentas con el patrón. Y eso, siempre y cuando el saldo entre su magra paga, que más que salario era una befa; y lo que en la libreta le debía al contratista, le hubiese resultado favorable y no fuera él quien quedara endeudado. La expectativa de vida de los obrajeros andaba por los 35 años y su inexorable destino era el de muerte causada por el veneno de una yarará, o el paludismo, o la sífilis, o una puñalada recibida en alguna pelea de esas en las que, borracho y por alguna zoncera, se enfrentaba o otro tan deseoso como lo estaba él mismo de escapar de ese infierno por la ruta del alcohol (Hubo pago en el obraje, ese extraordinario poema de Luis Landriscina es arte, pintura en palabras, pero no basado en lo imaginario, en lo ficcional; sino en una terrible y aberrante realidad).
Durante el trienio que va de 1919 a 1921 y bajo gobiernos radicales: el nacional, que presidía Hipólito Yrigoyen (1916-1922) y los provinciales de Rodolfo Lehmann (1916-1919), Juan Cepeda (1919-1920) y Enrique Mosca (1920-1924) sucesivamente, estallaron los conflictos obreros en el Chaco "santafesino", con su horrorosa secuela de represión y muerte. La historia no es un tribunal que dictamina acerca de culpabilidades y las castiga en consecuencia, pero innegablemente, del análisis honesto y desapasionado de la heurística surgen responsabilidades gravísimas en aquellos ominosos sucesos tanto de los gobiernos provinciales como del nacional. En apretada síntesis, puede concluirse en que los de Lehmann, Cepeda y Mosca pecaron por comisión y que el de Yrigoyen lo hizo por omisión e ineptitud.
A los primeros, alineados con los intereses de la compañía, no les cabe ni siquiera el atenuante (aún cuando soslayemos la negligencia vergonzosa de quienes los antecedieron en el cargo al permitir y alentar la erección de un poder que venía a sustituir al del Estado) de interpretar que actuaron como actuaron por cuidar el orden público, ya que obraron decididamente en connivencia con la compañía, a la cual, además; suministraron como fuerza represiva la policía provincial y los guardiacárceles (con sobresueldos pagados por la transnacional), que conjuntamente con grupos de civiles armados y la llamada "gendarmería volante" que había formado y equipado La Forestal, perpetraron una masacre obrera cuyo número de víctimas nunca pudo determinarse con exactitud, pero que con certeza no fue menor a trescientas (hay fuentes que indican seiscientas). Y desde luego, no se eximen de los cargos terribles que pesan sobre los ejecutivos provinciales las legislaturas santafesinas de por entonces y los jueces complacientes con aquel régimen de oprobio, miseria y terror.
En cuanto al gobierno de Hipólito Yrigoyen, es menester consignar que aquella "política obrera" suya tan cacareada por sus turiferarios, habrá formado parte de sus intenciones y fue proclamada hasta la exageración, escrita en algunas leyes y proyectos, y abundantemente declamada; pero al mismo tiempo, en la realidad efectiva se demostró no sólo ineficaz, sino también perniciosa. Y fluctuó entre el paternalismo, el desentendimiento y la represión. 
El enigmático Peludo resolvió, a través de sus ministros del Interior, Ramón Gómez y de Guerra, Julio Moreno; el envío al Chaco "santafesino" de tropas del Regimiento 12 de Infantería General Arenales, acantonado en Santa Fe, para "restablecer el orden". Mandó el ejército para "pacificar"... ¡sólo dos meses después de haber remitido al Congreso para su tratamiento, un proyecto de ley sobre conciliación y arbitraje en los conflictos obreros! Era la incoherencia llevada al extremo del absurdo.

Sólo merced a la actitud firme pero a la vez no exenta de prudencia y ecuanimidad de los por entonces capitán Bartolomé Descalzo y teniente Juan Domingo Perón el Ejército Argentino no resultó en julio y diciembre de 1919 y enero de 1920 manchado con sangre de huelguistas (sí lo sería después, pero cuando ya, por desgracia, no estaban Descalzo y Perón para impedir la consumación de atrocidades) como ocurrió durante la Semana Trágica en los Talleres Vasena en Buenos Aires y la Patagonia Trágica en las estancias de Santa Cruz. Y como seguramente habría acaecido en el Chaco durante los conflictos obreros en la azucarera Sociedad Anónima Las Palmas del Chaco Austral, de no haber mediado en la cuestión el buen tino y la inconmovible decisión de no reprimir del también por entonces capitán Gregorio Pomar, al mando de las tropas del Regimiento 9 de Infantería de Corrientes que hasta allí había enviado el gobierno nacional.
Así y todo, la "pacificación" del norte quebrachero fue una orgía de sangre, una carnicería monstruosa cuyos brazos ejecutores fueron el ejército y las fuerzas provinciales y "privadas" al servicio de la compañía, cuya exclusiva responsabilidad recae indefectiblemente sobre la oligarquía santafesina con su criminal conducta y sobre el gobierno de Yrigoyen con su impericia, su negligencia y su escasa comprensión de la realidad provincial. Eran momentos que requerían una aguda percepción del contexto, un diagnóstico certero del mal, un discernimiento inequívoco y una voluntad férrea de corregir el rumbo remediando olvidos y postergaciones, poniendo fin a la falta de presencia del Estado, fijando reglas claras y justas en la relación trabajo-capital e inhibiendo a la vez la influencia perniciosa del maximalismo que amenazaba extenderse por la prédica y el accionar de los ácratas del anarcosindicalismo y del socialismo marxista.
Pero nada de eso se comprendió, porque la élite santafesina era un círculo irremisiblemente viciado, corrupto y sectario, e Yrigoyen, tal vez por su krausismo exacerbado, se creía llamado a cumplir una misión trascendental: la causa (eso era en su concepto el radicalismo), que adquiría en él ribetes de misticismo, lo cual lo llevaba a la dispersión de una visión que debía necesariamente focalizarse y ser pragmática, y a diluirse en el empeño de un principismo esencialista que desde lo individual podría ser muy loable; pero que en modo alguno era lo que esa región del país precisaba entonces. Envió por decreto "intervenciones reparadoras" (?) a las provincias gobernadas por lo que reputaba como "régimen funesto" (o sea, todas las que no eran radicales); en tanto que a Santa Fe, que gemía bajo la planta opresora de politicastros indignos, infinitamente más perniciosos y encima, permeables al poder económico extranjero; la dejó a la camarilla, porque para él, el solo hecho de ser provincia radical bastaba para redimirla. Lo que se necesitaba era un estadista capaz de enfrentar la coyuntura y triunfar sobre ella; mientras que el Peludo era, o creía serlo, un apóstol de la redención. Y para colmo de males, esa redención no significaba para los peones de La Forestal lo mismo que para Yrigoyen.
Paradojalmente, en los últimos años muchos "historiadores argentinos" se dedican, con enjundia digna de mejor causa, a emitir un juicio negativo sobre el presidente Julio A. Roca, a quien tildan de "oligarca" y "genocida". Así tratan la figura histórica de quien integró miles de leguas de desierto al territorio nacional, propugnó un desarrollo sustentable del país, no avasalló a las provincias gobernadas por un signo político distinto al suyo con intervenciones federales, trató por todos los medios de evitar la descomposición de la clase dirigente y percibió nítidamente el peligro que representaba soslayar la gravedad de los conflictos obreros que seguramente se desatarían de no atenderse la situación angustiante de los trabajadores, para lo cual encargó un exhaustivo y prolijo estudio y proyectó un código de trabajo de resultas de él; mientras que consideran "popular" y "democrático" a Hipólito Yrigoyen, quien toleró un "estado privado" dentro del Estado, intervino todas las provincias que no tuvieran gobiernos radicales, apañó a oligarquías arribistas y mediocres y mandó reprimir las huelgas por el ejército y la policía con un saldo atroz de miles de muertos. Hay muchos que deberían corregir el relato, ¿no?
Desde fines de la década del 20 y comienzos de la del 30, la demanda mundial de extracto de quebracho declinaba a raíz de la baja en el consumo de cueros (pese a lo cual la compañía continuaba obteniendo ganancias astronómicas que eran giradas al exterior y por las cuales tributaba en nuestro país prácticamente nada). Posteriormente, a partir de la segunda mitad de los 40, la llegada del peronismo al gobierno nacional, con la consiguiente legislación obrera, aumento de salarios en términos reales e intervención activa del Estado; más el "alejamiento" paulatino de la materia prima de las vías de comunicación (pues la tala indiscriminada principió por los quebrachales más cercanos a los pueblos forestales y lógicamente, una vez agotados, había que ir a buscarlos cada vez más y más adentro del monte, es decir, más lejos de la fábrica, el puerto y el ferrocarril); representando todo ello un sensible incremento en los costos de explotación, llevó a que el tanino de quebracho argentino perdiera competitividad con respecto al de mimosa africana; con lo cual La Forestal terminó por retirarse de nuestro país en la década del 60.
Aunque, sin privarse antes, claro, de dar al mundo su propia versión de todo el proceso, emitida y volcada en un libro laudatorio (¡y cómo, si no) escrito en 1956, por alguien tan "imparcial" como... ¡una asociada a La Forestal!, Agnes H. Hicks, y editado en Londres, en idioma inglés, por... la misma empresa: The Story of The Forestal. 
Las secuelas del paso de esta compañía, que nació y creció al amparo de una oligarquía venal y extranjerizante fueron: tierra arrasada tanto en lo botánico como en lo zoológico; alteraciones irreversibles en lo climático, y ruinas, desolación y un recuerdo perenne de miseria, destrucción y muerte en lo socioeconómico.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS
 
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