martes, 31 de marzo de 2015

LA FORESTAL. TIERRAS Y FERROCARRILES, PROGRESO Y DEPREDACIÓN, EXPLOTACIÓN Y MUERTE. SEGUNDA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Desierto verde en el tiempo / que el hacha vino a poblar. / Con sangre de los quebrachos, / el Chaco, llorando está. (Luis Landriscina)

En la pregunta con la cual terminaba la primera parte de este artículo, obviamente me refería, estimado lector, a la élite santafesina de ese momento; pues recuerde usted que arribamos a un punto del relato en el que ya habían transcurrido nada menos que treinta y cuatro años desde la suscripción del empréstito y un cuarto de siglo desde la cancelación del mismo con la venta en Londres de las tierras. 
Desde aquel entonces, la situación había experimentado muchas y sustanciales variaciones, desprendiéndose de ella derivaciones que nada tenían que ver con las ideas que animaron a Iriondo y demás, ni con los propósitos que perseguían. Por ejemplo: en 1890, arrastrada por la crisis de la Baring Bros., la banca Murrieta & Co. había quebrado y The Santa Fe Land Company, la compañía colonizadora que había formado para rentabilizar el capital erogado subdividiendo la tierra en parcelas para ser vendidas a migrantes europeos; trocó su misión empresarial original por otra que entendió como mucho más atractiva y conveniente para la maximización de la ganancia: la explotación maderera. Y así, resultó absorbida en 1913 por La Forestal, la cual trascartón cerró la fábrica de Santa Felicia por "baja rentabilidad": el anterior ejercicio comercial había repartido "solamente"... ¡el 12,5% de dividendos!
Retomo la ilación: me preguntaba entonces si la élite santafesina habrá sido consciente de las implicancias de lo que estaba haciendo. Y tengo para mí que sí lo fue, que actuó como lo hizo sabiendo lo que podía pasar de resultas de ello. Y no le importó. Y voy aún más allá: no creo, sino que afirmo, que entre los políticos santafesinos de por entonces, no había un solo hombre comparable a Nicasio Oroño, Simón de Iriondo o Servando Bayo. Y sostengo, además; que la aristocracia santafesina de principios del siglo XX atravesaba, en lo moral e intelectual, por un proceso de deterioro y descomposición si no mayor; por lo menos sí idéntico al sufrido por las clases dirigentes de la capital y las demás provincias argentinas.
El postulado de que el progreso (ese dios Progreso del positivismo spenceriano) necesariamente venía asociado al capital (por fuerza, extranjero), seguía siendo para esa élite, indiscutible (tal como lo había sido para la anterior). Pero como a diferencia de la otra, esta era (y así se evidenció) claudicante y decadente; renegó de sus responsabilidades, archivó el coraje en algún baúl, embriagada de sectarismo vomitó la virtud política que no pudo digerir y olvidada de antiguas glorias y pretéritos señoríos; cayó en la molicie y el deshonor, se prostituyó miserablemente y le dejó al gringo que venía a expoliarnos el resolver el "problema" de llevar "civilización" a ese montaraz norte provincial de "tierras sin valor" (las que para mayor ludibrio, reclamó a la Nación y obtuvo, como vimos en la primera parte), "llenas de indios" y que "tantos gastos dispendiosos generaba en el presupuesto" (¿para qué las querían, entonces?). No puedo imaginar una desgracia mayor para un país, que la degeneración en oligarquía de su clase dirigente.
Medio siglo de accionar de La Forestal significó lisa y llanamente un ecocidio. La deforestación trajo aparejadas alteraciones irreversibles en la biodiversidad, la erosión y desmineralización de los suelos y un descenso alarmante en su capacidad de absorción y retención del agua, la modificación del régimen hídrico y una sensible baja en la población de las especies animales, varias de ellas incluso hasta la cuasi extinción. Suele argumentarse, aún en nuestros días, que "no había por entonces consciencia de la necesidad de protección del medio ambiente", por lo cual "lógicamente no se legislaba acerca de ello". No es cierto; sí se sabían los problemas que deberían arrostrarse después y también la manera de evitarlos o por lo menos reducirlos al mínimo posible. Y la carencia de normas y leyes para ello no se debía al desconocimiento, sino a la desidia o a la corrupción, cuando no a ambas.
En 1905, el gobernador del Chaco, Martín Goitía, informaba al presidente de la República acerca de la tala indiscriminada e irresponsable que se hacía ("explotación arrasadora de los bosques", la llamaba) en los latifundios ("tierras acaparadas entre pocos dueños", escribió), alertaba sobre el riesgo de extinción, sugería la adopción de "medidas simples como la prohibición absoluta del corte de árboles inferiores a determinado diámetro" y solicitaba recursos para poner más inspectores y arbitrar más medios de vigilancia para impedir los abusos. ¿Qué, tenemos que creer que Goitía era una excepción y que lo que era sabido por él en el Chaco era ignorado por la oligarquía en Santa Fe? Por favor... Y para colmo de los colmos, ya en 1915, en el seno de la legislatura santafesina se cantaban loas al "adelanto que a Santa Fe trajo La Forestal" y se lo comparaba orgullosamente con el "escaso" del Chaco, "ese gran desierto inhóspito habitado por tribus refractarias a la civilización". Como si en la naturaleza, un sistema ecológico distinguiese entre las líneas caprichosamente trazadas en un mapa por la mano arbitraria del hombre o entre las palabras vertidas por un imbécil infatuado henchido de vanidad que ostentaba el dudoso privilegio de encontrarse al servicio de intereses espurios.
En lo socio-económico-político La Forestal impactó de manera diversa. Es innegable que su presencia y actividad generó miles de puestos de trabajo, pues en la industria taninera, enormemente demandante de mano de obra, eso es conditio sine qua non. Para atraerla, tuvo que darles a sus obreros y empleados la imprescindible infraestructura de vivienda y servicios: quien trabajaba para la compañía, tenía asegurados un salario nominal medianamente razonable, abonado puntualmente y en moneda nacional, una casa, energía eléctrica, agua corriente, atención médica en el hospital de la empresa y esparcimiento (en una cancha de bochas si era obrero, en un cine si era empleado, o en un link de golf o un court de tenis si era de esta última condición, pero jerarquizado). Todo ello, gratis. Surgieron así los "pueblos de La Forestal".
Pero todo eso equivalía a un contrato con el diablo. Y para peor; no había por allí ningún herrero Miseria que se diera maña para joderlo a Mandinga: La Forestal les daba a sus obreros y empleados todo eso, sí; pero se quedaba con sus almas, que en adelante le pertenecerían; pues tales "beneficios" los detentarían en tanto sus vidas se consagrasen a la compañía, ya que todo era de ella y se habían convertido en cautivos de un poder que sustituía a un Estado ausente, ese que sólo "existía" en la virtualidad de lo meramente formal y enunciativo. La policía, el juzgado de paz, la escuela (cuyos edificios eran también propiedad de la empresa), el limitadísimo "comercio" (reducido a la botica, la panadería, la lechería y el almacén de ramos generales), todo, absolutamente todo, respondía a La Forestal y no había en esos pueblos más ley que la que el consorcio transnacional imponía. Incluso, desde 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, cada 25 de Mayo y 9 de Julio, junto a la bandera argentina ¡se izaba la Union Jack!Y la consabida espada de Damocles siempre pendiendo sobre ellos en forma de despido, el cual no representaba sólo la pérdida del puesto (como si ello no fuera ya suficiente drama), sino además; la de la casa, los goces de la energía eléctrica y el agua corriente, la posibilidad de acceder al hospital y sobre todo; lo más aterrador, la Celda 101 de aquel Big Brother: la expulsión y el desarraigo, porque ¿adónde podrían ir, si estaban en una propiedad privada de casi dos millones de hectáreas? ¡Dos millones de hectáreas! ¿Se acuerda, lector, de aquella canción de Serrat titulada Manuel?: "Del amo eran las tierras, camino abajo / las moras y las flores de los ribazos. / La mula y los arreos, el pan y el vino, / los árboles, las piedras y los caminos", bueno; al igual que en ese estadio de vasallo de un señor feudal en el que se hallaba el hispánico Manuel; estaban los obreros y empleados de La Forestal.
Si así transcurría la existencia (o mejor dicho; subsistencia) monótona, gris, sin horizontes y signada por el miedo, de los trabajadores concentrados en los pueblos de la compañía; la de los obrajeros, es decir, los peones de los obrajes: hacheros, playeros y carreros, era una tragedia que espanta el solo describirla. 


Éstos conformaban una masa seminómada que ambulaba por los quebrachales condenada a malvivir hacinada en ranchos de madera y lata, cuando no en medio del monte, en precarias ramadas, sujeta a los arbitrios de quien intermediaba entre ella y La Forestal: el contratista.
Era éste quien le vendía al obrajero a precios siderales el hacha y el machete con los que trabajaba, los alimentos que consumían él y su familia, los vicios (yerba, tabaco y caña) que lo ayudaban a soportar las infrahumanas condiciones en que se hallaba, y quien regenteaba la bailanta y la casa de tolerancia en las que el pobre peón habría de dilapidar los pocos pesos que le quedaran (encima, en vales o billetes de moneda La Forestal) una vez hechas las cuentas con el patrón. Y eso, siempre y cuando el saldo entre su magra paga, que más que salario era una befa; y lo que en la libreta le debía al contratista, le hubiese resultado favorable y no fuera él quien quedara endeudado. La expectativa de vida de los obrajeros andaba por los 35 años y su inexorable destino era el de muerte causada por el veneno de una yarará, o el paludismo, o la sífilis, o una puñalada recibida en alguna pelea de esas en las que, borracho y por alguna zoncera, se enfrentaba o otro tan deseoso como lo estaba él mismo de escapar de ese infierno por la ruta del alcohol (Hubo pago en el obraje, ese extraordinario poema de Luis Landriscina es arte, pintura en palabras, pero no basado en lo imaginario, en lo ficcional; sino en una terrible y aberrante realidad).
Durante el trienio que va de 1919 a 1921 y bajo gobiernos radicales: el nacional, que presidía Hipólito Yrigoyen (1916-1922) y los provinciales de Rodolfo Lehmann (1916-1919), Juan Cepeda (1919-1920) y Enrique Mosca (1920-1924) sucesivamente, estallaron los conflictos obreros en el Chaco "santafesino", con su horrorosa secuela de represión y muerte. La historia no es un tribunal que dictamina acerca de culpabilidades y las castiga en consecuencia, pero innegablemente, del análisis honesto y desapasionado de la heurística surgen responsabilidades gravísimas en aquellos ominosos sucesos tanto de los gobiernos provinciales como del nacional. En apretada síntesis, puede concluirse en que los de Lehmann, Cepeda y Mosca pecaron por comisión y que el de Yrigoyen lo hizo por omisión e ineptitud.
A los primeros, alineados con los intereses de la compañía, no les cabe ni siquiera el atenuante (aún cuando soslayemos la negligencia vergonzosa de quienes los antecedieron en el cargo al permitir y alentar la erección de un poder que venía a sustituir al del Estado) de interpretar que actuaron como actuaron por cuidar el orden público, ya que obraron decididamente en connivencia con la compañía, a la cual, además; suministraron como fuerza represiva la policía provincial y los guardiacárceles (con sobresueldos pagados por la transnacional), que conjuntamente con grupos de civiles armados y la llamada "gendarmería volante" que había formado y y equipado La Forestal, perpetraron una masacre obrera cuyo número de víctimas nunca pudo determinarse con exactitud, pero que con certeza no fue menor a trescientas (hay fuentes que indican seiscientas). Y desde luego, no se eximen de los cargos terribles que pesan sobre los ejecutivos provinciales las legislaturas santafesinas de por entonces y los jueces complacientes con aquel régimen de oprobio, miseria y terror.
En cuanto al gobierno de Hipólito Yrigoyen, es menester consignar que aquella "política obrera" suya tan cacareada por sus turiferarios, habrá formado parte de sus intenciones y fue proclamada hasta la exageración, escrita en algunas leyes y proyectos y abundantemente declamada; pero al mismo tiempo, en la realidad efectiva se demostró no sólo ineficaz, sino también perniciosa. Y fluctuó entre el paternalismo, el desentendimiento y la represión. 
El enigmático Peludo resolvió, a través de sus ministros del Interior, Ramón Gómez y de Guerra, Julio Moreno; el envío al Chaco "santafesino" de tropas del Regimiento 12 de Infantería General Arenales, acantonado en Santa Fe, para "restablecer el orden". Mandó el ejército para "pacificar"... ¡sólo dos meses después de haber remitido al Congreso para su tratamiento, un proyecto de ley sobre conciliación y arbitraje en los conflictos obreros! Era la incoherencia llevada al extremo del absurdo.

Sólo merced a la actitud firme pero a la vez no exenta de prudencia y ecuanimidad de los por entonces capitán Bartolomé Descalzo y teniente Juan Domingo Perón el Ejército Argentino no resultó en julio y diciembre de 1919 y enero de 1920 manchado con sangre de huelguistas (sí lo sería después, pero cuando ya, por desgracia, no estaban Descalzo y Perón para impedir la consumación de atrocidades) como ocurrió durante la Semana Trágica en los Talleres Vasena en Buenos Aires y la Patagonia Trágica en las estancias de Santa Cruz. Y como seguramente habría acaecido en el Chaco durante los conflictos obreros en la azucarera Sociedad Anónima Las Palmas del Chaco Austral, de no haber mediado en la cuestión el buen tino y la inconmovible decisión de no reprimir del también por entonces capitán Gregorio Pomar, al mando de las tropas del Regimiento 9 de Infantería de Corrientes que hasta allí había enviado el gobierno nacional.
Así y todo, la "pacificación" del norte quebrachero fue una orgía de sangre, una carnicería monstruosa cuyos brazos ejecutores fueron el ejército y las fuerzas provinciales y "privadas" al servicio de la compañía, cuya exclusiva responsabilidad recae indefectiblemente sobre la oligarquía santafesina con su criminal conducta y sobre el gobierno de Yrigoyen con su impericia, su negligencia y su escasa comprensión de la realidad provincial. Eran momentos que requerían una aguda percepción del contexto, un diagnóstico certero del mal, un discernimiento inequívoco y una voluntad férrea de corregir el rumbo remediando olvidos y postergaciones, poniendo fin a la falta de presencia del Estado, fijando reglas claras y justas en la relación trabajo-capital e inhibiendo a la vez la influencia perniciosa del maximalismo que amenazaba extenderse por las prédica y accionar de los ácratas del anarcosindicalismo y del socialismo marxista.
Pero nada de eso se comprendió, porque la élite santafesina era un círculo irremisiblemente viciado, corrupto y sectario, e Yrigoyen, tal vez por su krausismo exacerbado, se creía llamado a cumplir una misión trascendental: la causa (eso era en su concepto el radicalismo), que adquiría en él ribetes de misticismo, lo cual lo llevaba a la dispersión de una visión que debía necesariamente focalizarse y ser pragmática, y a diluirse en el empeño de un principismo esencialista que desde lo individual podría ser muy loable; pero que en modo alguno era lo que esa región del país precisaba entonces. Envió por decreto "intervenciones reparadoras" (?) a las provincias gobernadas por lo que reputaba como "régimen funesto" (o sea, todas las que no eran radicales); en tanto que a Santa Fe, que gemía bajo la planta opresora de politicastros indignos, infinitamente más perniciosos y encima, permeables al poder económico extranjero; la dejó a la camarilla, porque para él, el solo hecho de ser provincia radical bastaba para redimirla. Lo que se necesitaba era un estadista capaz de enfrentar la coyuntura y triunfar sobre ella; mientras que el Peludo era, o creía serlo, un apóstol de la redención. Y para colmo de males, esa redención no significaba para los peones de La Forestal lo mismo que para Yrigoyen.
Paradojalmente, en los últimos años muchos "historiadores argentinos" se dedican, con enjundia digna de mejor causa, a emitir un juicio negativo sobre el presidente Julio A. Roca, a quien tildan de "oligarca" y "genocida". Así tratan la figura histórica de quien integró miles de leguas de desierto al territorio nacional, propugnó un desarrollo sustentable del país, no avasalló a las provincias gobernadas por un signo político distinto al suyo con intervenciones federales, trató por todos los medios de evitar la descomposición de la clase dirigente y percibió nítidamente el peligro que representaba soslayar la gravedad de los conflictos obreros que seguramente se desatarían de no atenderse la situación angustiante de los trabajadores, para lo cual encargó un exhaustivo y prolijo estudio y proyectó un código de trabajo de resultas de él; mientras que consideran "popular" y "democrático" a Hipólito Yrigoyen, quien toleró un "estado privado" dentro del Estado, intervino todas las provincias que no tuvieran gobiernos radicales, apañó a oligarquías arribistas y mediocres y mandó reprimir las huelgas por el ejército y la policía con un saldo atroz de miles de muertos. Hay muchos que deberían corregir el relato, ¿no?
Desde fines de la década del 20 y comienzos de la del 30, la demanda mundial de extracto de quebracho declinaba a raíz de la baja en el consumo de cueros (pese a lo cual la compañía continuaba obteniendo ganancias astronómicas que eran giradas al exterior y por las cuales tributaba en nuestro país prácticamente nada). Posteriormente, a partir de la segunda mitad de los 40, la llegada del peronismo al gobierno nacional, con la consiguiente legislación obrera, aumento de salarios en términos reales e intervención activa del Estado; más el "alejamiento" paulatino de la materia prima de las vías de comunicación (pues la tala indiscriminada principió por los quebrachales más cercanos a los pueblos forestales y lógicamente, una vez agotados, había que ir a buscarlos cada vez más y más adentro del monte, es decir, más lejos de la fábrica, el puerto y el ferrocarril); representando todo ello un sensible incremento en los costos de explotación, llevó a que el tanino de quebracho argentino perdiera competitividad con respecto al de mimosa africana; con lo cual La Forestal terminó por retirarse de nuestro país en la década del 60.
Las secuelas del paso de esta compañía, que nació y creció al amparo de una oligarquía venal y extranjerizante fueron: tierra arrasada tanto en lo botánico como en lo zoológico; alteraciones irreversibles en lo climático y ruinas, desolación y un recuerdo perenne de miseria, destrucción y muerte en lo socioeconómico.

-Juan Carlos Serqueiros-

2 comentarios:

  1. Recuerdo perenne de miseria, destruccion y muerte en la socioeconomico!!!!
    Asi es!!!!!!!!!!!!!

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  2. Me pregunto si las cosas han cambiado mucho. Medio país está vendido por hectáreas a capitales extranjeros: minas con mucho veneno que contaminan napas y matan gente. Terrenos privados que nos llevan los ríos y hasta algunos que nos "donan" las aguas que le pertenece a nuestra tierra

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